lunes, 25 de septiembre de 2023

2.2 Hesicasmo (notas)

Os recuerdo esta entrada que ya se mandó en Junio. No viene mal recordar este modo de oración propio de las Iglesias orientales. La más conocida obra de este modo de orar está recogida en el escrito anónimo de El peregrino ruso.


El Hesicasmo, hesiquiasmo o, más raramente, esicasmo (del griego hēsykhasmós, derivado de hēsykhía"quietud, silencio, paz interior"), es una doctrina y práctica ascética meditativa difundida entre los monjes cristianos orientales, a partir del siglo iv con los llamados Padres del Desierto.

El objetivo del hesicasmo es la búsqueda de la paz interior en unión mística con Dios y en armonía con la creación. Las tres características fundamentales del hesiquiasmo son: la soledad, como medio de huir del mundo; el silencio, para lograr la revelación; y la quietud, para conseguir el control de los pensamientos, la ausencia de preocupaciones y la sobriedad.

Divulgada por Evagrio Póntico  en el siglo iv d. C., es una tradición inicialmente eremítica  y que se hizo célebre en el monasterio del Monte Athos (Grecia). La enseñanza de los místicos rusos orientales afines al hesicasmo es recopilada  en un corpus de textos que se denomina Filocalia.   

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Lo que se expone en el articulo que incluyo en fotocopias es un comentario del Hesicasmo en Rusia según la reforma que establece Nilo Sorskii (1433-1508). Os lo paso porque lo comenté. Interesante es sobre todo:

La idea de la "atención" no tanto como "estar donde se está, viviendo el momento" (centrados en las reglas del monasterio) sino como "guarda del corazón" (portero que vigila la puerta del monasterio interior que somos)

*La aparición en el siglo XIV del "método físico" de la respiración con el añadido de la oración del nombre de Jesús"Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador" (Oración del corazón). Tal vez esto es lo más conocido del hesicasmo hoy en occidente. La enseñanza de esto se recoge en la Filocalia de los padres Népticos (Filocalia significa "amor a la belleza,   y népsis  -"néptico"- sobriedad, sencillez del alma).

Son muy conocidas en los estudios teológicos las polémicas que generó este movimiento, resueltas parcialmente por Gregorio Palamas. Por otro lado se generaron disputas, sobre todo acerca del peligro de endiosamiento y quietismo del monje o laico que practica esta espiritualidad.
  
Nilo Sorsky declara que "sin la disposición interior es inútil ocuparse de lo exterior", algo que apuntamos en nuestro tema de la oración: debe haber armonía entre el ser (orar) y el hacer (vivir el amor). 

Para los hesicastas la naturaleza humana no deja de ser buena en su fondo.  Es la  semilla buena que Dios ha sembrado en el campo (su espíritu, su chispa divina); pero el diablo siembra de noche la cizaña, que se adhiere al alma.  

En cada persona se repite lo acontecido en el paraíso (pecado y alienación-alejamiento de Dios) ; un proceso  que acaba viciando la naturaleza humana.... En este proceso se siguen estas etapas:

1. La sugestión; algo exterior sugiere, provoca el apetito, invita a la transgresión, a obrar el mal. En el relato del libro del Génesis es "el árbol de la ciencia del bien y del mal".

2.  La confrontación o coloquio, el diálogo con el mal, que se debería evitar (Jesús suele decir al demonio : ¡Calla y sal fuera!, no se deja enredar por sus discursos) ... Pero nosotros nos dejamos llevar y nace el deseo de pecar:  "Seréis como Dioses", dice la serpiente, y Adán comienza a ver el árbol como "apetitoso", inclinándose a probar. Nace el deseo de probar, de ocupar el lugar de Dios ("Seréis como Dioses), de decidir desde la desconfianza (abandono de la fe).

3. Se da la lucha, que no siempre acaba con la victoria del hombre. Con frecuencia quien vence es el espíritu del mal.

4. Se cae en la cautividad del diablo. 

5. Final del proceso: nace la pasión, la inclinación habitual (automática) al mal, algo que no tenía la naturaleza humana, que desde ahora es "naturaleza viciada". La pasión se pega a la persona como rémora al barco y no la deja avanzar en la vida espiritual. ¿Quién me librará de la esclavitud de las pasiones? 

El camino espiritual consiste en purificar el alma del "vicio", veneno o rémora que ha introducido en ella el mal. Ya sabemos que el hombre puede regirse por la carne (concupicencia, deseos ególatras, no confundir carne con cuerpo; exterioridad) o por el espíritu o chispa-presencia-fuego divino al interior del hombre (recordad la división tripartita: cuerpo-espíritu-alma). El demonio alienta la concupiscencia (satisfacción del ego), y el Espíritu Santo procura que lo que nos mueva a vivir y obrar sea nuestro espíritu (humano) iluminado por el Espíritu Santo. La pasión es lo que nos ata a la carne. Liberarse de la carne (pasiones, pecados capitales) exige generar automatismos para que sea el  espíritu  el que marque el ritmo de la vida. 


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Dentro de este esquema, los hombres espirituales deben aprender a discernir, para no "consentir" al mal. El "consentimiento" es la esencia del pecado.  

Ahora bien, la experiencia demuestra que para hallar la paz  no basta con evitar el pecado, es decir, evitar que el mal distraiga al alma; no basta con rechazar la sugestión de los pecados capitales, lo que Evagrio llama pensamientos (ideas, sentimientos, mociones, que invitan a prescindir de Dios); y no es suficiente el rechazo porque aunque no se impongan del todo dejan siempre en el alma una semilla de turbación. ¿Cómo orar con fervor si toda mi atención se concentra en superar las distracciones? 

El arte de la paz consiste en la capacidad de reaccionar y rechazar los malos pensamientos al primer movimiento, y rechazarlos sin discusiones, sin detenerse en ellos siquiera un momento. Para ello se ha de trabajar por cambiar las reacciones automáticas viciadas y no dejarse llevar por ellas, porque éstas tienden a darle juego a los pensamientos (sentimientos, mociones) pecaminosos.

Para rechazarlos es preciso conocerlos bien, formarse en el estudio, observar cómo se presentan a la inteligencia del alma, muy sutilmente, sin hacer ruido, como la serpiente en el Edén; y en la práctica, analizando (revisión de vida) cómo reacciono ante la seducción de los pensamientos. 

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¿Cuáles son esos pensamientos que hay que cortar de raíz? Ya los hemos mencionado, los que llamamos "pecados capitales": Gula, fornicación (lujuria), ira, avaricia, envidia (tristeza y acedia), pereza y soberbia (vanagloria). No podemos detenernos a analizarlos aquí detalladamente, pero habrá que hacerlo en su momento.

El padre de todos los pensamientos es la soberbia, algo mucho más pernicioso que la vanidad o vanagloria. A éste pensamiento de soberbia u orgullo Evagrio Pontico le concede el último puesto en la lista, destacando que puede dar al traste con todo lo que se ha conseguido vencer antes en la vida espiritual. 

La soberbia es más que vanidad. El vanidoso se gloría a sí mismo, pero por cosas de poca monta: cualidades como cantar bien, tener habilidades, ser inteligente, etc.. Pero el soberbio se gloría no en los dones naturales que tiene sino que se jacta de los dones divinos recibidos (gracias recibidas), los hace propios y presume de ellos; se atribuye a sí mismo lo que es don de Dios. Es la perversión de lo mejor, que es lo peor que puede pasar (perversio optimi pesima). Fruto de la soberbia es la hipocresía, creerse Dios cuando lo que busco y adoro es mi persona y mis actos.

Contra soberbia, humildad, virtud esencial; sin ella todo va perdido. La humildad es el contrapunto a la soberbia, y ocupa en la tradición monástica un lugar de honor. Sin humidad, repito, todo va perdido. 

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Octubre 2023
Casto Acedo

2.3 Elimina automatismos. Consejos prácticos (I)

No seas un robot

Es importante que la visión de la vida que vamos adquiriendo en nuestra formación espiritual vaya respaldada por la conducta. Y por conducta no entendemos simplemente algo verbal y físico, sino más bien un estado mental que se hace visible en el modo de reaccionar ante las situaciones que se presentan en el día a día.

En lo referente a esto de la conducta o modo de conducirnos en la vida viene bien un primer consejo: “no seas un robot”. Sabes que un robot no tiene personalidad, es sólo una máquina que actúa siguiendo los patrones programados. Pues bien, ocurre que con los años también tú has ido incorporando a tu vida una serie de patrones que determinan tus reacciones ante sucesos, situaciones o personas.

Me atrevo a decir que el feroz aumento de medios de comunicación y de (des)información va creando una sociedad uniforme, robotizada, previsible en sus reacciones, lo cual  conlleva unos peligros impredecibles para la vida espiritual, ya que está, si es genuina, se caracteriza por su vocación de libertad. 

La Inteligencia Artificial (IA), cuyo desarrollo está dando lugar a debates muy duros sobre los límites que hay que poner al avance tecnológico industrial, pone de manifiesto que las respuestas programadas a situaciones que van surgiendo pueden acabar con la humanidad. Alejar semejante amenaza no es solo cuestión de leyes de protección frente a los tecnócratas y sus inventos. Frente al demonio que es el automatismo programado (IA) sólo una educación espiritual seria  garantizará que podamos seguir siendo lo que somos: personas libres, no máquinas sometidas al imperio de programas o patrones de comportamiento predeterminados.   

Para madurar debes tomar conciencia de cuáles son esos patrones. Si estás atento a tu vida puedes observar que la mayor parte del día no estás participando conscientemente en lo que haces; tus reacciones ante lo que tienes delante son en su mayor parte inconscientes; no estás atento a lo que pasa en el presente, y el pasado, con sus patrones, costumbres y condicionamientos, determina tus actos. Las experiencias personales ya vividas, los convencionalismo sociales y los caprichos personales imponen su criterio estableciendo reglas fijas, reacciones automáticas.

¿Por qué ocurre esto? Primeramente porque esos hábitos que repites, aunque sean dañinos, te son familiares y no te crean excesivas molestias; al asumirlos te identificas con la actitud de víctima, como, por ejemplo, te identificas con ser autoritario, criticón o perfeccionista; incluso te alegras de ello. A veces eres consciente de esta identificación, pero otras muchas veces no tienes la más mínima pista consciente de identificaciones muy arraigadas en ti, de aspectos de tu conducta que te definen y que incluso tú mismo ignoras.

No deberíamos reaccionar de manera previsible o automática ante las sensaciones. Como ya comentamos en un tema anterior nos dejamos llevar alegremente por lo que nos es agradable para abrazarlo sin atisbo de autocrítica, por lo desagradable para rechazarlo de plano, o simplemente mostramos indiferencia ante lo que nos parece neutro. No discernimos ni elegimos nada, simplemente reaccionamos como robots; y para que se de un cambio y crecimiento espiritual se requiere salir de este modo tan simplista de reaccionar. 

De principio has de asumir que no debes ser tan tolerante con los patrones habituales que te definen, te programan y deciden por ti; patrones que te imponen lo que has de pensar, lo que has de decir y lo que has de hacer. Ha llegado la hora de que tengas voz y voto sobre lo que transcurre dentro de ti, de que dejes de ser un robot sumiso a un mimetismo inconsciente.

¿Cómo dejar de ser un robot?

Quiero vivirme más plenamente liberándome de algunos automatismos adquiridos. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo cambiar mis impulsos  inconscientes? Podemos seguir tres pasos: evaluar, elegir y actuar.

Primero evaluar reconocer y determinar lo que está ocurriendo dentro y fuera de ti. Abrir los ojos de la consciencia al presente, es decir, estar atento. Si no eres consciente de lo que se cocina en el exterior y del modo en que estás reaccionando (sentimientos, emociones, impulsos, etc), si tu radar no detecta lo que estás viviendo, el contexto en que lo vives, la situación concreta, los condicionamientos, etc., no vas a poder actuar el cambio en tu vida. El primer paso para salir de la trampa del automatismo es pausar tu actividad, acostumbrarte a estar donde estás, vivir el presente, despertar a lo que ocurre aquí y ahora.

Segundo, elegir. Se trata de determinar cuál es el mejor curso de acción. ¿Recuerdas cuando hablamos de que la verdadera felicidad supone tener la conciencia limpia y elegir la verdadera satisfacción? Pues eso. Se trata de decidir tu respuesta con una visión certera de qué es lo que más te conviene, qué es lo más beneficioso que puedo decir o compartir  en cada situación concreta. Lógicamente nos referimos aquí a “lo que más te conviene” teniendo en cuenta no sólo el interés de tu ego sino el de tu ser auténtico, lo cual te lleva a medir tus actos mirando también el bien de los demás y el de todos los demás seres.

Finamente hay que actuar con decisión, porque no se avanza simplemente haciendo un diagnóstico de la situación y sabiendo cuál es la respuesta más apropiada para ella; hay que pasar a la acción, actuar decisivamente con plena presencia y convicción.  Y aquí hallamos el principal escollo, porque hay que abrir nuevos canales por los que dejar fluir el agua de la vida. Cuando el agua baja de la montaña y va tallando el terreno haciendo unos surcos; por esos canales el agua baja con más facilidad, y por eso es lógico que siga ese curso que ya está hecho. Y lo mismo pasa a nivel neuronal, social y de hábitos. Solemos dejarnos arrastrar por el “siempre se ha hecho así”, siempre ha bajado el agua por ese canal. Por eso, cuando elegimos un camino distinto, actuar de una manera nueva, tienes que recapacitar y, sobre todo al principio insistir en hacer las cosas con presencia (consciencia presente) y convicción. No es fácil abrir un nuevo canal cuando ya la tendencia del agua se ha acostumbrado a bajar cómodamente por el antiguo. Por eso es preciso una decisión firme.

Así que, date tiempo y oportunidad para conocer cuánto de robot eres, cuánto estás dispuesto a trabajar para dejar de serlo y cuánto de decisión hay en ti para cambiar a mejor.


Octubre  2023
C. A.

2.1 La oración, cuatro aspectos.


Jesús fue un hombre de oración.  ¿De dónde sino iba a sacar las fuerzas para hacer de su vida un canto a la bondad? “Velad y orad para no caer en la tentación” (Mt 26,41). Si él, Dios encarnado, asumió como humano la necesidad de orar para salir victorioso en el combate espiritual, ¿cuánto más debemos asumir nosotros esa misma necesidad?

De las pruebas que nos regala la vida sólo se sale victoriosos fortalecidos en la oración. Con ella se cultiva ese núcleo de nuestro ser en el que el espíritu va dando espacio al Espíritu para que se adueñe del alma. Cuando la oración se deja guiar por el espíritu iluminado por el Espíritu brota el amor bondadoso. Nuestros pensamientos, sentimientos y acciones se despojan de los condicionantes del ego y se ponen “en salida”, abiertos más al bien del prójimo que al propio.

La oración o meditación, en lo que tienen de conocimiento de la sabiduría divina y de adentramiento en la interioridad personal, es el primer paso que han de dar quienes se proponen ser felices haciendo felices a los demás. Hablando en lenguaje teresiano, la felicidad está en la séptima morada del castillo interior, allí donde se produce el encuentro y asimilación del alma con Dios; ahí me conozco en Dios y encuentro en Él mi gozo. Dice la santa que  "la puerta para entrar en este castillo es la oración" (2 M 11), la oración es, por tanto, la puerta a la felicidad.

Hablamos, pues aquí de la oración, señalando algunos aspectos importantes de la misma a fin de que sea completa su práctica, y completa la felicidad y satisfacción que buscamos.

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Cuatro aspectos de la oración 

Con la práctica de la oración vamos conectando con nosotros mismos y con Dios. ¿Qué es la oración sino un encuentro con el Otro y conmigo mismo? Creados a imagen y semejanza de Dios la oración forma parte del desarrollo de ese anhelo profundo de felicidad que nos embarga y que intuimos se halla en la comunión con Él.


La oración es como una amalgama de cuatro elementos, que unificados van haciendo que ese anhelo interior de felicidad se concrete, se manifieste y transforme mi vida y el mundo.

1) La oración tiene mucho de deseo, de “buen deseo”, de querer alcanzar lo que anhela y valora. Todo comienza con un deseo, una aspiración, que en la oración es el primer paso.   

Los proyectos más ambiciosos que realiza el hombre parten de una aspiración o deseo; pues bien, también todo el desarrollo espiritual que queremos para nosotros tiene que estar inspirado en una oración consciente que vaya situando los deseos de  nuestro yo en el eje de Dios que es su lugar natural. Por la oración entramos en el silencio, escuchamos, dejando a un lado el ego, y aprendemos a conectar con nuestro ser más auténtico intuyendo que en esa conexión está la clave de la felicidad.

Es preciso que te preguntes: ¿qué quieres?, ¿qué valoras?, ¿qué necesitas?,¿qué es lo esencial para ti? Es importante aclarar estas preguntas antes de ponerte a orar; porque si tus deseos son egoístas, si tus valoraciones son egocéntricas, si lo que consideras importante es sobre todo tu bienestar al precio que sea, tu oración será falsa o demoníaca. El deseo que te lleve a la oración no es ese deseo caprichoso que puede tener un origen muy bajo, burdo, mundano, que nace de la atracción externa de cosas o modas. El deseo propio de la oración es un deseo noble que sale de la mejor parte de nuestro ser, un deseo consciente que fomentamos en la práctica.

Conviene que repases tu oración y que valores hasta que punto nace de un deseo puro de Dios, que es lo mismo que decir que nace de un puro amor. Para ello pregúntate si tu oración es más de imperativo (“Dame, Señor,...”) o de subjuntivo (“Que todo mi ser sea conforme a tu voluntad,... que donde haya paz ponga yo amor ... Que todos los seres encuentren la felicidad, ... etc). Los deseos más puros son los que aspiran a obtener lo mejor para todos los seres antes que para sí mismo. Esto es básico para comprender en qué consiste el amor bondadoso al que nos encamina la oración.

2) Es importante, pues, el deseo, pero no menos importante es contrastar el deseo con un segundo elemento que es la inteligencia de la sabiduría, es decir, con un conocimiento o saber intelectual que me dice qué es lo mejor. El deseo es como el aspecto emocional de la oración; ahora nos referimos a que al motor de las emociones como fuerza para la oración le pongamos otro motor: el del conocimiento, al “sentir” le añadimos el “saber”, la certeza de que si busco la felicidad sé donde está, en qué consiste, y vivo en la confianza de que deseando lo apropiado la tendré como resultado de mi oración. El sabio tiene tanta confianza en que está sembrando la buena semilla que ya en la oración saborea el fruto del árbol que ha sembrado.

El seguidor de Jesús sabe que la sabiduría que busca la encuentra en la persona de Jesús, y más en concreto en los Evangelios, que no son sino una colección de enseñanzas sobre el modo más adecuado de orar (relacionarnos con Dios) y de mejorar el mundo (relacionarnos  con los hermanos y con la naturaleza). En este sentido, del Padrenuestro, como oración inspirada que es (cf Mt 6,9-13) podemos decir sin error que contiene en sí lo mejor y más sabio que podemos decir y pedir a Dios. 

3) Un tercer elemento de la oración es la súplica, que podríamos llamar el aspecto devocional; buscar ayuda fuera de nosotros. No oramos como seres separados de la realidad total; nuestro mismo ser incluye el entorno, el universo, y, por supuesto, el mundo de lo divino: Dios y los santos. La oración no es sólo un acto individual, es también comunitario. Este aspecto purifica lo que hemos llamado “inteligencia de la sabiduría”; el mismo Dios-Espíritu Santo y la intercesión de los santos vienen en “ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8,26a).

En la súplica invocamos la presencia del Espíritu Santo o la intercesión de los santos y nos hacemos así receptivos a sus bendiciones y enseñanzas. Reconocemos en ellos unas fuerzas mayores a nosotros, y al suplicar nos abrimos a esas fuerzas que vienen en nuestra ayuda. No es que esa fuerza o gracias no existieran antes de que las invoquemos, sino que por la invocación nuestro corazón se hace más receptivo a todo lo bueno y hermoso de Dios y de los santos.

Es importante saber que en nuestra oración no estamos solos. “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26b), y podemos recibir la misma intercesión de la Virgen María y de los santos si nos abrimos a su presencia y venida a nosotros; la Iglesia del cielo se une a la Iglesia de la tierra en sus oraciones en virtud de lo que llamamos la comunión de los santos; además, es muy importante este aspecto devocional por lo que tiene de didáctico, ya que en la vida de María de Nazaret y en la de los demás santos tenemos un evangelio vivo que puede orientar nuestro modo de orar y de vivir.

No sólo podemos procurar la ayuda de los ángeles y los santos, y entre ellos la mediación de la Virgen María, en la oración; también podemos pedir a otros hermanos que oren por nosotros y con nosotros;  a fin de cuentas la oración es un acto de Iglesia: cuando yo oro lo hace la Iglesia, y cuando la Iglesia ora lo hace en comunión conmigo. Decir a la comunidad o a algún hermano "rezad o reza por mi" es lícito y loable por lo que tiene de sentido comunitario y de aumento de la eficacia en la oración.  Jesús dijo "que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos" (Mt 18,19)

4) Y un cuarto elemento es el aspecto resolutivo, la decisión de actuar. La oración auténtica forma parte de un todo en el que no podemos excluir la práctica del amor y la bondad, que no son simples deseos, ideas o peticiones de ayuda para ser mejores y más felices. “No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). Es muy importante la resolución firme de actuar, de comprometerse en los cambios necesarios para que la felicidad fruto del amor bondadoso alcance a todo el universo.

Una cosa es quiero, otra es puedo y otra muy diferente es hago, lo que voy a hacerSer orante o meditador supone un compromiso serio por trabajar a fin de que la felicidad sea una realidad para todos; asumir que sólo o acompañado, con viento favorable o contra corriente, voy a hacer todo lo posible porque yo mismo y los demás seamos felices.

Es muy común que quienes practican meditación se pregunten por qué no avanzan en ello, por qué se va transformando su práctica oracional en una rutina, un aburrimiento. Tal vez sea porque se han quedado en el aspecto emotivo, intelectual o devocional, pero no han movido un dedo para cambiar su vida cotidiana; siguen mirándolo todo con el prisma de quien está convencido de que “la vida es como es y no se puede hacer nada por cambiarla”; ni siquiera han dado pasos para corregir automatismos conductuales propios que sienten y saben que deben corregir. Para estos la meditación es fuga mundiuna huida cobarde.  Pregúntate: en el tiempo que llevo en esto de la meditación, aparte del tiempo que dedico a la práctica ritual, ¿qué he cambiado en mi vida? Es importante esto para evaluar tu avance o retroceso en el proceso que seguimos.

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Evalúa tu oración

Un buen ejercicio para profundizar en este tema sobre la oración es explorar (probar a fondo) en ti mismo todos y cada uno de los cuatro aspectos de la oración mencionados. ¿Te mueve más la emotividad, el deseo?, ¿te inspiran más las ideas, el convencimiento de que haces lo más apropiado?,  ¿das importancia a la súplica, la petición de ayuda exterior, la devoción a la Virgen y a los santos?, ¿qué valor das a tu estilo de vida en relación a tu oración?

Es bueno que te hagas consciente del elemento de la oración que es más determinante para ti, la que más te activa, la que más te inspira. Puedes dedicar un tiempo a meditar incluyendo los cuatro aspectos. Luego, con el tiempo, te darás cuenta de que hay uno que te motiva más, que enciende en ti con más facilidad la chispa del amor; puede ser el deseo, la sabiduría, la devoción (imitación de los santos) o actos concretos de bondad en tu día a día. Busca e insiste y desarrolla desde la meditación el  aspecto que más te mueve a alcanzar el ideal de la bondad hacia todos los seres y la consecuente felicidad.

Cuando el fuego del amor sea continuo en tu corazón, ve aflojando tu atención de ese aspecto que más te llama y vuelve a fijarte en la globalidad de los cuatro aspectos; generarás en ti una práctica más completa, más consolidada. 

La oración tiende a ser algo que unifica en un solo acto los cuatro aspectos. Si nos quedamos sólo con el primero (deseo) seremos unos meditadores emocionales, que alimentan sus sentimientos, pero nada más. Si con el segundo (conocimientos), seremos muy amigos de comprenderlo todo, incluso de convencernos de la bondad de la sabiduría espiritual, pero eso sólo nos ilustra la mente sin alentar ni cambiar el corazón. Si damos prioridad a lo devocional nos quedaremos en una espiritualidad de ritos vacíos de contenido y carentes de fuerza para cambiar nada, ya que esperaremos que sean los santos quienes lo cambien. Y, por fin, si lo nuestro es la obsesión por cambiar detalles conductuales (hacer, obrar) que consideramos perniciosos por otros de más bondad, puede que terminemos por engordar nuestro ego, satisfecho porque ha conseguido hacer algo por los demás y por el mundo.

Estudia y medita considerando estos aspectos que forman parte del todo de la oración o meditación. Es de vital importancia saber qué es lo que te mueve en la búsqueda de la felicidad. 

Febrero 2024
Casto Acedo

1.3f. Responsabilízate de tus actos. Consejos prácticos (VI)

 Concluimos con esta entrada al blog el tema primero de la segunda etapa de nuestro programa.


 Tres tipos de acciones

Solemos llamar "acciones" solo a los actos que realizamos, minimizando aquello que sentimos o decimos. Obras son amores y no buenas razones, dice el refrán. Pero habría que matizar lo de reducir las acciones sólo a su dimensión de materialidad exterior.

Mirando atentamente vemos que hay tres tipos de acciones: físicasverbales y mentales. Por lo general concedemos mucha más importancia a las acciones físicas, otorgamos el segundo puesto a las verbales y relegamos a un tercer lugar a las mentales.

Pegar a una persona nos parece más grave que insultarla, y ambas cosas peores que tenerle cierta  animadversión no expresada verbalmente.

Fijémonos en el noveno y décimo mandamientos recogidos en Ex 20,17 "No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo", y que se ha resumido tradicionalmente en el catecismo como "no codiciarás los bienes ajenos" y "no consentirás pensamientos ni deseos impuros" siguiendo éste último los pasos de Mt 5,28: "El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón", lo de pensamientos y deseos impuros ha quedado reducido al ámbito de la impureza sexual. Es una pena que al final sólo veamos en estos preceptos una llamada a la castidad y a la pobreza evangélica creyendo posible alcanzarlas sólo con la práctica de un arduo ascetismo exterior.

Si nos fijamos en los verbos "codiciar" y "desear" nos damos cuenta de que estos mandamientos no se refieren a evitar "acciones físicas" (externas), que ya se mencionan en el sexto y el octavo mandamientos. La novedad del noveno y el décimo está en las "acciones mentales" (internas). Resulta evidente, sin embargo, que nuestra cultura se ha centrado sobre todo en las "acciones físicas", minimizando las otras dos, cuando deberíamos considerar las tres acciones con el mismo interés ya que están mutua e íntimamente implicadas.

Un agricultor usa el hacha realizando el mismo acto físico que un asesino al que le guste decapitar a sus víctimas; y puedes decirle a una persona "¡qué cerdo eres!" realizando con ello un insulto verbal nada bueno, o decirle lo mismo de modo jocoso a un amigo que come algo que a ti te desagrada. Según estos ejemplos y otros tantos que puedes imaginar está claro que más importante que la acción física y la acción verbal es la acción mental, el pensamiento o intención que precede al acto. Todo acto humano adquiere un significado totalmente distinto dependiendo de la intención con que se hace.

A toda palabra o acto humano le precede un pensamiento, ya sea éste consciente o inconsciente, por decisión instantánea o por un automatismo fruto de la pereza mental que da por hecho que lo que se hace es lo adecuado. Y todo esto nos lleva a reconsiderar la importancia de las "acciones mentales", que no son sino las "acciones del corazón", la matriz de donde nacen nuestras palabras y obras: "El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca" (Lc 6,45). "Lo que sale de la boca, del corazón sale; y eso contamina al hombre.  Porque del corazón salen los malos pensamientos..." (Mt 15,18-19).

Quede pues constancia de que para tomar las riendas de nuestra vida tenemos necesidad de adueñarnos de nuestro corazón, al que también podemos llamar "mente", por lo que tiene de "pensamiento intencional". El silencio y la meditación aportan lucidez para mirar el trasfondo de nuestros actos. Contemplando mis acciones verbales y físicas escudriño mi corazón y trabajo para purificar lo que haya en él de mala intención. Se trata de algo que ya dijimos en otro lugar: "cambiar de mente", metanoia en griego, conversión del corazón. 

Responsabilízate de tus actos (importancia de la voluntad)

Deberíamos mirar con detenimiento cuáles son nuestras intenciones al realizar cualquier acto, porque la respuesta que damos a los interrogantes que nos va planteando la vida acaban volviendo a nosotros. “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, ... no perderá su recompensa” (Mt 10,42), “donde no hay amor pon amor y sacarás amor” (S Juan de la Cruz), pero si siembras vientos cosechas tempestades (cf Os 8,7).

Aunque son muchos los factores que influyen en nuestras vidas son nuestras acciones verbales y físicas las que parecen incidir de modo más fehaciente en las personas y ambientes con quienes vivimos y en el que nos movemos. ¿No has observado cómo quienes son acogedores y tolerantes reciben acogida y amor por parte de quienes les rodean? Sin embargo, quien es arisco y despreciador puede ver cómo se alejan todos de él.

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Aunque sabemos que la gracia de Dios es imprescindible, “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), no podemos menospreciar el papel de la voluntad a la hora de cambiar nuestra mentalidad, nuestras palabras y nuestros actos. El aspecto humano más decisivo, la causa principal para tu mejora espiritual, es la decisión, el impulso, el paso adelante que das por iniciativa propia. Y es ahí, en la voluntad, donde puedes actuar.

Una espiritualidad abierta al crecimiento pide necesariamente sembrar buenas semillas en el entorno. Sabemos que somos muy limitados para poder cambiar el mundo según los criterios del Reino. No podemos cambiar así, de golpe, la mentalidad consumista, individualista o de comodidad insolidaria, pero podemos cambiar nuestra actitud personal, lo que decimos y lo que hacemos. Si lo hacemos correctamente no va a cambiar el mundo, pero de momento nosotros lo vamos a vivir de manera diferente, tendremos una experiencia distinta a la de “todo el mundo”, y nuestro nivel de felicidad tenderá a ser mayor. Desde aquí no hay duda de que atraeremos a personas que buscan lo mismo que nosotros, y alejaremos, naturalmente, a personas y situaciones desfavorables a nuestro modo de decir y hacer. Por aquí se empieza, por el testimonio personal que se hace evangelizador y se convierte en polo de atracción para otros.

Por otro lado, a nivel personal, los pequeños pasos que vamos dando orientan adecuadamente nuestra vida, que con la ayuda de la meditación y la experiencia práctica de las virtudes, puede abrirse a comprender los errores del pasado equivocado facilitando así el poder corregirlos.

Y con respecto al automatismo del actuar inconsciente, debemos trabajar la consciencia del presente. No menosprecies cualquier esfuerzo que hagas por tomar las riendas del presente  alejándote de automatismos. Hacerte consciente de lo que vives en cada momento te ayuda a ser responsable de él y a maximizar las oportunidades que se presentan; es decir, en vez de estancarte en el reciclaje de lo que has vivido antes, en vez de repetir los viejos automatismos, y en vez de estar focalizados en las expectativas del futuro, tomas las riendas del presente convirtiéndolo en agente de cambio aprovechando lo que te ofrece la oportunidad del momento. El futuro no viene solo, se construye en el presente.

Los pequeños avances que se vayan dando te permiten experimentar la felicidad de ser tú mismo y te hacen vivir con mayor confianza en el futuro, porque vas entendiendo y experimentando que el futuro no es un paraíso soñado que hay que esperar con brazos cruzados, sino una realidad que se degusta mientras vas edificándola en el presente.

Nuestro compromiso con el presente supone un paso importante, porque estamos creando las causas y las condiciones para que los valores del Reino de Dios arraiguen con solidez. El “venga a nosotros tu Reino”, como el “perdónanos como nosotros perdonamos” piden de  un aquí y ahora a favor de la justicia y la reconciliación, “porque si no perdonáis de corazón”o si no os esforzáis por ser justos, tampoco recibiréis el perdón ni podréis participar del gozo de la justicia del mundo nuevo (cf Mt 6,12-14).

Debes arrancar de tu mente y tu corazón el pensamiento propio de la  “religiosidad mágica”, que espera que Dios haga todo mientras te limitas a repetir oraciones  o  ritos. Has recibido de Dios la capacidad de actuar libremente, el poder de cambiar tu historia a voluntad. No esperes que te lo dé todo hecho; has de asumir tu responsabilidad. 

Deja a un lado el pensamiento de los éxitos y los fracasos pasados o de los sueños futuros. Vive el presente y haz lo posible por mejorarlo. Reorienta a mejor tus acciones mentales, verbales y físicas. Aprendemos del pasado,  ¡perfecto!, y creamos el futuro, pero vivimos el presente, el “pan de cada día”. No dejes pasar un día sin aportar mejoría a tu vida; estarás aportando mejoría a todo el cosmos.

Mayo 2023

Casto Acedo

1.3e Transparencia y autoconocimiento. Consejos prácticos (V)


«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?
¿No caerán los dos en el hoyo?
(Lc 6,39)

*

A la hora de evaluar la marcha de tu vida espiritual puedes echar mano de tres testigos: de ti mismo, de los demás y de Dios. Aquí hablamos solamente de los dos primeros: tú mismo y las personas que te conocen y, para bien o para mal, te juzgan.

Hay que reconocer el beneficio de la crítica venida desde fuera; hay que agradecer toda crítica constructiva pero, de hecho, incluso las críticas destructivas venidas de las  personas que nos quieren mal pueden ser buena fuente de información acerca de cómo somos, y pueden servirnos para descubrir en nosotros un defecto o un error que nos costaría décadas descubrir y aceptar por nosotros mismos,

No obstante, aunque sea un beneficio contar con quien nos critique, para que sea exitoso nuestro camino espiritual ha de depender sobre todo del propio criterio; es más, si se quiere ser serio y apuntar alto en duración y calidad, nuestro proyecto de cambio debería apoyarse solo en el propio parecer. Si no desarrollas la habilidad de ser lo suficientemente autocrítico con tus limitaciones no vas a llegar muy lejos. Por ello es importante trabajarte la habilidad de ser testigo, aprender a mirar tu proceso como vigilante (mejor decir aliado) de ti mismo. La meditación en lo que tiene  de "observador que se observa a sí mismo" es muy útil para esto.

Es de vital importancia ser transparentes y honestos con uno mismo. Nuestro mundo no es especialmente amante de la transparencia personal; esta virtud de ser transparente va contra la tendencia del ego a elaborar una imagen propia que garantice la consideración y el aprecio social. De ahí que cuando aparece algo inquietante, alguna travesura de la soy autor, mi ego la camufla, la enmascara para mantener viva la imagen idealizada que pretendo mostrar a los demás. 

En esta etapa de “bajada al valle” o de “vida pública” es básico desarrollar confianza en ti mismo, estar muy seguro de tu intención, tener claro lo que quieres o buscas y estar interesado y comprometido con ello muy en serio. Sólo estando seguro al cien por cien de que soy mi mejor amigo en esta tarea, mi mejor aliado en esta batalla, me podré permitir ser transparente.

Es conveniente y necesario ser realista y sincero con uno mismo por dos razones: para prevenir el autoengaño, que es el principal obstáculo del practicante espiritual y para poder avanzar en inteligencia intrapersonal (conocimiento de uno mismo).

Si desarrollamos una relación muy íntima con nuestra verdad tendremos más posibilidades de detectar el autoengaño y prevenir el autosabotaje por el que el ego tiende a imponer su ley. Y esto es vital; primero porque nadie que no sea sincero y transparente consigo mismo puede avanzar; tenderá a desviarse del camino justificando hipócritamente su actitud; y segundo porque siendo transparente puede uno conocerse en profundidad. Siendo honestamente introspectivos percibimos dónde surge el conflicto y cuáles son las dificultades.  Y sabiendo cómo funcionamos por dentro, como interactúan los conceptos, las obsesiones, las emociones, etc. podemos intervenir para modificar nuestra vida.

En conclusión: sin transparencia no te vas a conocer, y si no hay una comprensión mayor y más profunda de ti mismos no vas a saber cómo mejorar. Por tanto, sé sincero, esfuérzate en conocer tus automatismos, tu modo de justificar los errores, tu manera de evadir la responsabilidad por los actos que dañan la imagen de autobombo que tu ego se esfuerza en mantener.

 Y si bien es cierto que el mejor testigo de tu vida eres tú mismo, no dejes de aprovechar  además la oportunidad que te dan los que te critican; rompe la inercia de pasar de largo ante sus opiniones; confróntalas, puede que estén tocando la herida que debes sanar. Nada es casual, y tal vez Dios esté poniendo en las palabras de tu enemigo la verdad sobre ti que no quieres escuchar. 

Como dice el texto de san Lucas com que iniciábamos este artículo, "si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo". Ahora bien, si te dejas guiar por quien ve, el Maestro, puedes alcanzar maestría. Merece la pena leer completa la parábola de los dos ciegos, que es como se conoce esta enseñanza. Medítala despacio, en lectio divina.

«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.  ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la mota del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. 

Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.  ¿Por qué me llamáis "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo?

(Lc 6,39-46)

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Mayo 2023
Casto Acedo

1.3c. Motivación altruista. Consejos prácticos (III)

El joven se acercó al anciano maestro y le manifestó su deseo de ser instruido en el conocimiento de Dios para alcanzar la perfección de la santidad. 
El maestro le invitó a adentrarse con él en el río. Y cuando el agua alcanzaba un poco más arriba de la cintura, el maestro puso sus manos sobre la cabeza del aspirante y sujetándolo bien le zambulló bajo el agua.
Al poco, el joven comenzó a moverse deseando salir a respirar, pero el maestro le impedía hacerlo. Cuando ya empezaba a tragar agua mientras luchaba denodadamente por salir  y respirar, el maestro le soltó  y el joven salió al exterior con gran estrépito. Recuperado el aliento, se  alejó un poco del maestro temeroso de que volviera a sumergirle.
-¿Qué pensabas cuando estabas ahí abajo, asfixiándote? -  dijo el maestro.
-Quería salir, respirar, salvarme, -contestó el joven.
-Pues cuando pienses sólo en Dios, vuelve y te recibiré como discípulo.

 * * *


Para lograr hacer cualquier cosa hay que tener un plan, una estrategia, unas metas, un compromiso, ... pero por encima de todo hay que tener una motivación. Si quieres lograr la felicidad a la que aspiras, sea esta de tinte religioso o no, necesitas desarrollar una motivación altruista pura. Y si tu elección va por seguir los pasos de Jesús de Nazaret deberías comenzar por contemplar qué es lo que le motivó a vivir como “un hombre para los demás”.

¿Qué me mueve a obrar el bien?

Uno de los pilares que hemos de procurar en este momento de nuestro camino es el de asegurar que nuestras acciones sean realmente altruistas, es decir, que no nos  mueva ningún interés sino la más absoluta gratuidad.

Somos muy ingenuos en esto de la “motivación altruista” y tendemos al autoengaño. He conocido a muchas personas que se han ofrecido a colaborar en Caritas o en otras instituciones benéficas manifestando su interés y ganas por hacer algo en favor de los demás. Aparentemente parece que el ofrecimiento responde a una motivación de puro altruismo, pero ¿hasta qué punto es así? El tiempo deja ver la realidad..

Gestos que apariencia son de buena voluntad pueden esconder motivaciones no tan altruistas. Hay quien se ofrece a trabajar como voluntario a alguna asociación benéfica para dar salida a sus ansias de notoriedad, para salir de la soledad relacionándose con otras personas, para escapar del aburrimiento, para sentirse válido o ser reconocido socialmente, etc. 

¿Cómo discernir la decisión en casos así? Puedo darme cuenta de que no hay en mí una motivación altruista pura cuando me ofrezco a ayudar y me siento humillado si no se acepta mi colaboración, cuando me molesta que no se reconozca suficientemente mi aportación, cuando no acepto estar bajo las órdenes de quien lleva las actividades y quiero imponer mis criterios de actuación, etc. Al final, tras no cumplirse mis expectativas, retiro mi ofrecimiento, abandono la causa, y lo justifico echando balones fuera: "no se puede trabajar con esta gente", "los dirigentes son muy institucionales y poco comprometidos", "me estaban explotando en esa asociación benéfica", "ya no puedo aportar nada más", etc. 

A la hora de trabajar mi interioridad sobre todo en la meditación, debo estar en constante alerta para cultivar una motivación altruista pura. Porque puede ser que medite, reciba formación, practique técnicas de silencio, quietud y autoayuda, etc., creyendo que lo hago por  altruismo, para ser mejor persona y ayudar a los demás a serlo.  Pero tal vez mi motivación última no sea más que presunción o egoísmo puro y duro. No quiero ayudar a los demás sino destacar entre ellos, no busco el bien de la humanidad sino el mío propio, no tengo en mente ayudar a otros a salir de sus sufrimientos sino ante todo salir del mío. Estas motivaciones son muy sutiles, pero suelen estar en el fondo del corazón, y así no hay manera de desarrollar la capacidad de amor de la que dispongo, el amor que soy.

Es fácil que al iniciarte en la meditación sientas que te estás despreocupando de los que te rodean. Y te justificas diciendo: "mi compromiso por un mundo mejor empieza por mí mismo",  "el amor a otros comienza por uno mismo", o "siendo compasivo conmigo mismo estoy compadeciéndome de la humanidad toda". Superas así ese tic de desagrado que te producía hasta entonces la necesidad del pobre que te pide limosna o el malestar que te embarga cuando piensas que estás haciendo muy poco por alguien que reclamaba tu ayuda. 

No te engañes. Es verdad que has de comenzar por ti, pero el problema viene cuando empiezas y terminas ahí. La auténtica espiritualidad no te separa de los hermanos; al contrario, sabes que progresas cuando vences el desagrado, el malestar y la pereza y respondes a la llamada del hermano; entonces sabes que has crecido en un genuino altruismo. Revísate en esto; hay quienes sólo buscan una espiritualidad y meditación que les proporcione una zona de confort nada solidaria.

Desarrolla una motivación altruista

Si eres cristiano convencido sabes lo importante que es captar la lección de altruismo que ofrece Jesús. Es lo primero que engancha de su personalidad. Todo lo hace por pura generosidad, sin mirarse a sí mismo y viviendo para otros. ¿Qué le motiva? Primero su Padre (el amor de su Padre y su amor al Padre). “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4,34), y con el amor al Padre el amor a todos, lo cual le lleva a trabajar para que “todos los hombres se salven (encuentren la felicidad) y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,3)

La motivación, el motor de empuje, la fuerza de Jesús  está en su “conversión” (mirada) al Padre, referencia que vivió inseparablemente unida  a su  conversión a la humanidad (encarnación). Lo que anima la vida de Jesús no es otra cosa que la voluntad de Dios Padre que quiere que todos los hombres le conozcan, se conozcan a sí mismos en Él,  desarrollen sus capacidades y vivan concordes con su ser esencial que es amor siendo así felices. A esta misión se consagró Jesús.

Si hacemos nuestra la misma motivación de Jesús, si encarnamos su mismo espíritu, y de verdad buscamos la perfección del mundo, la armonía de la creación, el bien de los demás, su desarrollo, su crecimiento, la felicidad de todos los seres, estamos bien encaminados. Todo lo que hacemos impulsados por ese deseo, esa aspiración o esa motivación avanzará con el viento a favor; no va a haber fricción, no va a encontrar resistencia nuestro avance espiritual. El verdadero altruismo, el que surge del corazón enamorado,  no es forzado sino que fluye de un corazón que vive como suyas las inquietudes y los aciertos del prójimo. Al altruismo lo mueve el amor puro. Muy distinto de cuando se ocultan oscuros intereses particulares en nuestras motivaciones.

Por todo esto, te animo a comenzar el día o cualquier inicio de actividad, como pueden ser  tus vacaciones, un proyecto que tienes entre manos, la meditación diaria, etc., plantando en tu corazón la semilla altruista de Jesús. Ayuda a tu motivación con una oración de ofrecimiento: 

“Dios Padre creador, Hijo redentor,  Espíritu santificador, Trinidad Santa. Ofrezco (o dedico) este día (esta meditación, esta actividad) para mayor gloria tuya, para el bien de mis hermanos y beneficio de toda la creación. Gloria a ti por siempre Señor Dios del universo”.

 Acostúmbrate a desear que todas las criaturas se beneficien de tu actividad; que todo sea, como reza la máxima jesuítica, “ad maiorem Dei gloriam” (AMDG), para mayor gloria de Dios, teniendo en cuenta quLa gloria de Dios es que el hombre viva” siendo feliz. Más adelante tendremos la oportunidad de profundizar en la segunda parte de esta sentencia  de san Ireneo: “Y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”. 

Cuando empieces tu meditación-oración ten claro por qué la haces. Si en ella no recibes consuelo (experiencias gratificantes), ¿te vas a desanimar por ello?. Tú no meditas para engordar tu ego; lo haces porque quieres el bien de la humanidad; el valor de la oración no está en sus frutos sino en ella misma. El mismo acto de orar tiene su valor cuando se realiza por puro altruismo. Y cuando permaneces fiel a la meditación en tiempos de sequedad espiritual puedes decir que estás madurando tu espíritu de gratuidad. Aquí encuentra sentido la historia que abre este escrito: "cuando pienses sólo en Dios, vuelve. Serás bien acogido como discípulo".

Para finalizar pregúntate: ¿qué es lo que motiva tus acciones? Si quieres mejorar en tu vida espiritual es conveniente que comiences por asentar tu propósito en la solidez de una motivación que sea de absoluta generosidad.

Enero 2024

Casto Acedo

1.3b. Valora tu responsabilidad. Consejos prácticos (II)

Hay muchas cosas que nos influyen determinando lo que decimos o hacemos, e incluso lo que pensamos. Sociedad, amigos, familia, herencia genética, comida, situación social, economía, etc., son realidades en las que nos movemos y que tienen su incidencia en el ritmo de nuestra vida. Queremos crecer a pesar de esas cosas, pero no cabe duda de que todo cuanto nos circunda tiene su papel a la hora de facilitar o impedir nuestra libertad de movimientos. 

"Yo soy yo y mis circunstancias", sentenció Ortega y Gasset. Es conveniente ser consciente de que las respuestas que damos a las situaciones vitales están influidas por  muchos factores circunstanciales. Pero también es importante considerar lo que de personal hay en todo lo que hacemos. Por eso, esfuérzate por adquirir una visión panorámica de tu vida, y teniendo en cuenta las circunstancias valora tu participación, el grado de responsabilidad personal que tienes en todo lo que realizas.

A la hora de evaluar una conducta es bueno observar correctamente el protagonismo que disfruta el “egocentrismo”. De todos los elementos que influyen en nosotros el egocentrismo es el número uno, el principal. En nuestra manera de afrontar la adversidad influyen muchas circunstancias externas (familiares, económicas, culturales, etc.), pero por encima de todo  es nuestro “egocentrismo” interno el que más influye.

Recuerda que el egocentrismo no es sino el “nerviosismo del ego” que reacciona de modo exagerado ante las amenazas reales o ficticias que recibe; y nos hace muy reactivos. Al destacar aquí su importancia no pretendo que entres en un juicio moral sobre tus actos; simplemente apunto que seas conscientes del poder que el “egocentrismo” tiene sobre ti. Las reacciones tóxicas o indebidas (de agrado, desagrado o indiferencia) que protagonizas ante los acontecimientos que se te presentan son el producto de la distorsión que se genera en tu ego nervioso y temeroso de verse descubierto en su falsedad.

*

Algunas veces culpamos de las malas acciones a nuestra torpeza, a nuestra voluntad, pero si en realidad hay algún culpable en el drama de la vida es el “egocentrismo”. En realidad es el “ego”, pero por el momento hacemos hincapié en el estado de inquietud que abruma al ego cuando se ve en peligro, lo que llamamos "egocentrismo" como manifestación de los miedos del ego, un concepto este de "egocentrismo" menos abstracto y más accesible. El egocentrismo podemos disminuirlo de alguna manera, especialmente con determinadas prácticas; este es un trabajo que debemos cuidar mucho en esta etapa. 

No olvides, por tanto, fijarte en el “egocentrismo” como protagonista cuando estás interactuando en el mundo, sobre todo ahora que estás empezando a operar en el “valle”. Cada vez que te pares y analices algún comportamiento o conflicto concreto, más allá de los muchos participantes en él, recurre, como primera estrategia, a enfocarte en el malo de la película, que es el egocentrismo, la actitud reactiva, la obsesión por ti mismo.

Asumir la responsabilidad que tu ego y sus reacciones tienen en todo lo que haces te da la posibilidad, el poder, de intervenir en el cambio de tu vida. La transformación espiritual ha de tener un mucho de resistencia al ego: “Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo (el ego), como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. 'Resistidle, firmes en la fe” (1 Pe,8-9). Es importante saber que el ego es enemigo de tu felicidad, que produce estados aflictivos, que estos a su vez producen acciones tóxicas que a su vez producen conflicto en el mundo. Si reconoces en ti este enemigo que dentro de ti te quiere hacer mal y asumes la responsabilidad de lo que está ocurriendo, asumes la responsabilidad de que tú eres la víctima, te identificas como víctima de algo que está fuera de control.

Es verdad que, vistas así las cosas, cuando reaccionas descontroladamente ante situaciones diversas (juicios injustos, violencia, desprecios innecesarios, etc.) parece disminuir tu responsabilidad hasta casi parecer inexistente. Pero no es así. Lo que ocurre es que la responsabilidad no la pones tanto en tus acciones externas (reacciones) cuanto en el motor que las impulsa, en el caso de reacciones aflictivas en el ego y su nerviosismo, el diablo en lenguaje religioso; el mal está en la ignorancia, en el engaño en que vives, creyendo que controlas tu vida cuando en realidad te están controlando. Aquí tendría que decirte que el gran pecado es la ignorancia; es ésta la que produce infelicidad, porque rendimos nuestra vida al ego queriendo ser felices y lo único que conseguimos son sinsabores.

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Por tanto, acepta tu responsabilidad, no tanto por las acciones reactivas que protagoniza tu egocentrismo cuanto por las facilidades que das a tu ego para que mande sobre tu vida. Ser consciente de esto te permite al menos tener la opción de poder realizar cambios voluntarios en tu conducta que muestren a tu ego que él no tiene la última palabra. La fuerza del Espíritu para cambiar la tienes, sólo necesitas dejar que sea tu espíritu (tu ser original y auténtico, iluminado y guiado por el Espíritu) el que se imponga a tu ego.

No caigas en la trampa de culpar al ego de tus meteduras de pata. Es un recurso muy cínico y muy común para desligarse de la propia responsabilidad. Tú eres responsable de tus actos porque eres tú quien abre la ventana de tu alma para que el vendaval del ego desordene tu casa interior.

Un desafío para practicar: Aunque haya situaciones en que  tu reacción egocéntrica  parece estar en los límites de lo correcto, como puede ser el impulso a responder con el “ojo  por ojo” ante un agravio, párate, respira serenamente tres veces, y toma el control, asume la responsabilidad de actuar como te dicta tu centro personal, “no des lugar al diablo” (Ef 4,24). Si el caso es significativo llévalo a la reflexión y la meditación. Ve creando en ti automatismos que te salven de echarte alegremente en manos del ego; sabes que si lo haces sólo obtendrás insatisfacción  e infelicidad.

Diciembre 2023

Casto Acedo