“Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. (Mt 6,24
Es preciso vaciar el alma de aficiones como las riquezas, el poder, la vanidad, el orgullo, etc., que son contrarias a Dios. Dos realidades opuestas no pueden estar en el mismo lugar, por tanto, si llenas tu alma de lo que no es Dios estás impidiendo que Dios la ocupe. “Cada uno coge agua como lleva el vaso”, dice san Juan (2 S 24,2. Si tu vaso lo llenas de materialidades y fantasías poco espacio queda para que el Espíritu Santo la habite.
*También se señalan en el libro daños positivos, es decir, efectos negativos que afectan al alma impidiendo el crecimiento espiritual, y que “al alma en que viven la cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen”.
El alma que está totalmente inmersa en la idolatría y vive en la obsesión de sus caprichos queda privada de Dios; privada “en esta vida de la gracia y en la otra de la gloria, que es poseer a Dios”. “Los apetitos de pecado mortal causan tal ceguera, tormento, y inmundicia y flaqueza, etc; mas los otros de materia de venial o imperfección no causan estos males en total y consumado grado”. No obstante, los apetitos que podemos llamar veniales son una rémora o traba que impide avanzar en las cosas del espíritu. ¿Cómo sé que me hacen daño? Porque "el apetito cuando se ejecuta es dulce y parece bueno, pero después se siente su amargo efecto. Lo cual podría bien juzgar el que se deja llevar dellos”.
CUATRO CONSEJOS
Para entrar en la noche es preciso soltar los apetitos. Y san Juan da en el capítulo 13 del primer libro de Subida unos consejos que podríamos llamar “método simplificado para entrar en la noche oscura”. En Subida expone san Juan lo que el alma puede hacer y hace de su parte para entrar en la noche, y en Noche oscura trata de lo que sucede al alma por la gracia de Dios, es decir, las maravillas que obra Dios en el alma que suelta sus apetitos.
Y ¡atención! la noche no es para san Juan un concepto negativo sino positivo. La noche es el fruto de la renuncia a los apetitos, un estado del alma que te ofrece la oportunidad de entrar en una vida nueva.
Los consejos que da san Juan en 1 Sub 13 ha de sleerlos cada cual desde su particular experiencia. Cada persona debería discernir cuales son sus deseos desordenados, aquello que le ata a la tierra y le impide volar al cielo.
¿Cómo saber qué es bueno y qué no para mi vida espiritual? Pregúntate si la práctica de la oración y tu modo de vida te ayudan a sintonizar con la voz de Dios y si están ayudándote a crecer en el amor. No olvides que todo lo que hacemos es un medio para un fin, cumplir el mandamiento nuevo: amor a Dios ya amor al prójimo. Si tu objetivo al rezar o al actuar es dar una mayor gloria de Dios, si te mueve no el egocentrismo sino el amor, vas por buen camino. Sino, párate y medita qué apegos o apetitos desordenados debes soltar.
Veamos los consejos que nos da el santo.
PRIMER CONSEJO
Crecer en el deseo continuo de conocer e imitar a Cristo
“Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él” (1 S 13,3)
Es importante y conveniente renovar cada día el deseo de estar con Cristo y de imitarlo. La clave de la enseñanza sanjuanista aquí está en hacer, no en sentir. Intentar imitar a Cristo en todo lo que haces. Para entender esto del “deseo de imitar a Cristo” hay que tener en cuenta que deseo no es emoción.
A veces las emociones nos juegan una mala pasada. Somos propensos a caer en lo que los psicólogos llaman “razonamiento emocional” y “sobregeneralización”. El razonamiento emocional consiste en que a veces, frustrados por un pequeño fracaso en una empresa deseada y querida, acabamos pensando que no valemos para nada; y la generalización define la tendencia a ver un hecho aislado y negativo como el comienzo de un fracaso sin remedio.
Aquí hay que considerar el consejo de san Juan: mi deseo de Cristo tiene que contar con mi carácter, a veces propenso a emociones negativas o pesimistas. Hay que saber distinguir entre crecimiento espiritual y madurez emocional. Vivimos inclinados a creer que el progreso espiritual ha de ir acompañado por el crecimiento en emociones agradables. Y no son la misma cosa; amar a nuestro prójimo no significa necesariamente que mis sentimientos hacia dicho prójimo hayan cambiado. Hay ciertas personas en nuestras vidas que, independientemente de lo que podamos amarles, nunca nos gustarán. Y tampoco Dios espera que nos agraden.
También hay que decir que la “imitación de Cristo” no consiste en pretender una “clonación espiritual”. Estamos llamados a practicar las virtudes de Cristo, pero según las situaciones y el momento de nuestras vidas. Cristo es un modelo a imitar en sus virtudes, no un molde a replicar. Cada cual ha de mirar su vida e imitar a Jesús con “orden y discreción” (1 S 13,7), es decir teniendo en cuenta la situación de cada uno. No es conveniente para un matrimonio, por ejemplo, dedicar un tiempo excesivo a la oración y descuidar el cuidado de su hogar y la atención a los hijos; y tampoco es conveniente que un monje dedicado a la oración se cargue de ocupaciones que le impidan su tiempo para la oración de contemplación. Cada cual debe encontrar su camino de santificación adaptado a su estado de vida.
Finalmente, anotar que considerar o conocer la vida de Cristo no es un simple acto intelectual; requiere un acercamiento meditativo a su persona. Para ello es esencial la lectura espiritual, especialmente la Sagrada Escritura, y más en concreto en Nuevo Testamento. Junto a los Evangelios una buena selección de lecturas espirituales predisponen nuestro corazón para imitar a Jesús en su arte de vivir de y en la voluntad del Padre (cf Jn 4,34). Y no consideremos como espirituales sólo los libros de literatura mística; también hay obras profanas que pueden ayudarnos a buscar la voluntad de Dios para nuestra vida.
SEGUNDO CONSEJO
Renunciar a la mera satisfacción sensual
“Cualquiera gusto que se le ofreciere a los sentidos, como no sea puramente para honra y gloria de Dios, renúncielo y quédese vacío de él por amor de Jesucristo, el cual en esta vida no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre, lo cual llamaba él su comida y manjar” (1 S 13,4).
San Juan de la Cruz pone ejemplos para esto: “Si se le ofreciere gusto de oír cosas que no importen para el servicio y honra de Dios, ni lo quiera gustar ni las quiera oír. Y si le diere gusto mirar cosas que no le ayuden (a amar) más a Dios, ni quiera el gusto ni mirar las tales cosas. Y si en el hablar otra cualquier cosa se le ofreciere, haga lo mismo; y en todos los sentidos, ni más ni menos, en cuanto lo pudiere excusar buenamente; porque si no pudiere, basta que no quiera gustar de ello, aunque estas cosas pasen por él. Y de esta manera ha de procurar dejar luego mortificados y vacíos de aquel gusto a los sentidos, como a oscuras. Y con este cuidado en breve aprovechará mucho” (Ibid).
Si quieres seguir a Cristo mortifica tus placerse sensoriales. Esto es lo central del mensaje. Sin embargo, no malinterpretemos las palabras, porque san Juan no está condenando sin más los placeres sensuales y sensoriales. El hecho de que añada “como no sea puramente para honra y gloria de Dios” implica que hay placeres que sirven para honrar y dar gloria a Dios.
Juan Casiano nos cuenta una anécdota que nos puede aclarar esto:
“Se cuenta que, cuando San Juan evangelista ya era muy anciano y vivía en Éfeso, pasaba sus días enseñando sobre el amor de Dios. Pero un día, un cazador que pasaba por allí se quedó asombrado al ver al gran Apóstol —el autor del cuarto Evangelio y el Apocalipsis— sentado tranquilamente, acariciando con ternura a una pequeña perdiz que tenía entre sus manos.
El cazador, algo confundido, le preguntó:
— "¿Cómo es posible que un hombre tan importante y sabio pierda su tiempo jugando con un pajarito?"
Juan, con una sonrisa llena de paz, miró el arco que el hombre llevaba al hombro y le preguntó:
— "Dime, amigo, ¿por qué llevas el arco destensado?"
— "Porque si lo mantuviera siempre tenso", respondió el cazador, "la madera se volvería rígida, perdería su fuerza y se rompería cuando necesitara disparar una flecha".
Juan asintió suavemente y le dijo:
"Exactamente lo mismo ocurre con el espíritu humano. Si no permitimos que nuestra mente descanse y se recree en las pequeñas maravillas de la creación, nos quebraríamos bajo el peso de nuestras responsabilidades y no podríamos elevar nuestro corazón hacia Dios".
Esta anécdota recuerda a la enseñanza budista sobre el camino medio. Siddharta escuchó a un maestro de música que instruía a sus alumnos sobre el modo de afinar un instrumento: "Si tensas demasiado la cuerda de tu instrumento revienta. Si la aflojas mucho, no suena. La clave está en el punto medio”.
San Francisco de Sales decía: “Es verdad que se debe llevar una vida de renuncias, pero hay que evitar el error de ser tan estricto con uno mismo, tan austero e insociable, que se niegue a los demás o a uno mismo la recreación”. Y también Santo Tomás de Aquino escribió: “¿Puede haber pecado donde nunca se juega?”. Su respuesta: “¡Sí!” Y argumenta que la ausencia de juego o la recreación no es solo algo necesario, sino además puede ser una falta de caridad, porque cuando nos privamos de los placeres necesarios, nos volvemos taciturnos y molestos parea los demás, o sea, nos convertimos en un aguafiestas.
Nos han educado para asociar el pecado y el placer. Y santo Tomás nos recuerda que el placer puede ser desordenado tanto por exceso como por defecto; la moderación ha de ser la norma: hallar el punto medio entre la austeridad de la renuncia y la relajación del placer. Esto es especialmente importante para aquellos “ocupados en los trabajos contemplativos”, pues los placeres derivados de los sentidos reaniman el espíritu y la mente fatigados (Summa Theológica II, II, q. 168, a. 2).
Los extremos se tocan. Ayunar demasiado y comer demasiado conduce a lo mismo. El ayuno excesivo también produce debilidad. Además, si los seres humanos son privados de los placeres del espíritu es probable que se muestren complacientes en exceso con los placeres de la carne. El enemigo no es el placer en sí, sino el placer desordenado. Por eso Juan es consciente de que los placeres, incluso los legítimos, necesitan algún tipo de control. Cada cual, examinándose, ha de buscar el equilibrio.
Las enseñanzas de san Juan de la Cruz acerca de las prácticas ascéticas no son ni maniqueas (todo placer es malo) ni epicúreas (el placer es lo único bueno). Nuestro santo no es ni riguroso ni permisivo. Es realista. Hay ciertos objetos que no podemos poseer sin evitar ser poseídos por ellos. Es uno de los temas centrales de la trilogía de J.R. R. Tolkien en El señor de los anillos, donde se muestra nuestra inhabilidad para ejercer un poder absoluto (simbolizado en el Anillo) cuando somos poseídos por él. Así los placeres pueden ser disfrutados, pero también puede que esos mismos placeres nos dominen haciéndonos adictos a ellos. Un aspecto esencial de la sabiduría es no asumir lo que no podemos afrontar. Reconozcamos que poner límites a la gratificación de nuestros deseos no restringe nuestras vidas, más bien nos libera de vivir absorbidos o esclavizados. Y cuanto menos obsesionados estemos con propósitos mundanos o egoístas, más capaces somos de vivir conscientes de la presencia de Dios.
Desde lo dicho sobre este consejo hay que leer los aforismos que escribe san Juan de la Cruz para apaciguar “las cuatro pasiones naturales que son gozo, esperanza, temor y dolor”, es decir, para vivir en quietud y serenidad espiritual; del cual estado salen muchos bienes. Para este apaciguamiento interior san Juan aconseja:
“Procure siempre inclinarse:
no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso;
no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido;
no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto;
no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso;
no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo;
no a lo más, sino a lo menos;
no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciable;
no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor,
y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo”. (1 S 13,6)
No quiere decir san Juan que debemos “hacer” lo que es más difícil. Mas bien afirma que debemos procurar inclinarnos a lo más difícil. Se trata de desarrollar el hábito de inclinar nuestra voluntad a la práctica de la virtud. Por ejemplo, acostumbrarse a escoger no mirar el wasap a cualquier hora del día, elegir conscientemente para que te acompañe en alguna tarea laboral ese compañero que no te cae muy bien, disciplinarte para hacer silencio durante unos minutos al día renunciando a otra actividad también buena y legítima, etc.
Lo que pretende decir san Juan es que hay como dos estilos de vida diferentes, uno que se inclina a hacer lo más fácil, lo más cómodo, agradable y gratificante, otro se centra en la búsqueda de la voluntad de Dios y el bien del prójimo. A primera vista parecería que el primer estilo proporciona paz y felicidad a la persona. Sin embargo da a entender que, aunque la vida tenga momentos de alivio frente a las dificultades, a la larga mirar exclusivamente por uno mismo hace la vida más pesada y frustrante; cuando uno se inclina a lo más fácil toda tarea se convierte en opresiva y la voluntad se resiste a las obligaciones de la vida diaria; nuestro deseo termina siempre en frustración.
Cuando nos inclinamos a buscar la voluntad de Dios y el bien del prójimo, aunque esto sea más difícil que arrojarse a la comodidad, descubrimos “gran deleite y consuelo”. ¿Cómo es esto posible? San Juan da una doble respuesta: en primer lugar, porque la consolación y el deleite son los frutos de estas prácticas; aunque de principio hay resistencia, perseverar en esta práctica conduce a la felicidad, por eso aconseja: “procure allanar la voluntad en ellas” (1 S 13,7). Y en segundo lugar porque el delite y la consolación derivados de hacer la voluntad de Dios están más allá de todo cálculo humano. Se trata de una alegría que brota de la experiencia de la presencia de Dios. Hacer la voluntad de Dios nos hace sentirnos más unidos a Dios, y nos proporciona la satisfacción de estar haciendo lo correcto.
Anotar finalmente en este consejo que la práctica de “inclinarse a lo más difícil” ha de hacerse “ordenada y discretamente”, alejándose de penitencias corporales excesivas. La práctica de disciplinas corporales duras, que san Juan tacha de ”penitencia de bestias”, suelen conducir a la soberbia más que a la humildad. Lo conveniente en esto es la “via media”, disciplinar la vida alejándose de planteamientos individualistas de tinte masoquista y dejándose llevar por los consejos evangélicos y por la tradición espiritual de la Iglesia, en diálogo con la comunidad.
C. A
Mayo 2026