lunes, 2 de marzo de 2026

Conversión y sinodalidad

El texto recoge el contenido de la charla-meditación dada en el arziprestazgo de Mérida en Cuaresma de 2026. Se trata de iluminar la necesaria conversión personal y comunitaria para poder "caminar juntos", en sinodalidad. Se señalan para ello la necesidad de una verdadera conversión personal (purificar mi historia) y eclesial o social (purificar nuestra hisroria como grupos laicos o eclesiales) a fin de convertirnos a Dios (la historia de la salvación), es decir, para adquirir la visión divina de la realidad que posibilita la unidad en nuestra diversidad. La redacción es un tanto errática; espero que eso no sea un problema. Al final podéis bajar desde mi Drive  un infograma, un video y un PowwerPoint resumen de todo.

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Mi historia, nuestra historia, la Historia.

Conversión y sinodalidad


Richard Rohr, franciscano de EEUU, fundador del Centro de oración y contemplación, habla de la Biblia como un texto que tiene algo especial si lo comparamos con otros textos sagrados: Coran, Upanisads, etc... La Biblia enseña, pero a través de la historia, y mediante historias... En la Biblia se nos cuentan experiencias de vida, historias, retazos de vida de las que podemos extraer unas enseñanzas (algunos textos, sobre todo los últimos del AT: Sapienciales, y del NT: Escritos joánicos - Cartas - Apocalipsis, nos dan las enseñanzas mascadas, pero el grueso de la Biblia es historia donde mirar nuestra historia.Y convertirse no es sino mirar nuestra historia bajo el prisma de La historia de la Salvación, verme a mi mismo/a y ver la sociedad en la que vivo con los ojos de Dios. [0] 

Observa la Biblia. Es historia. Y si la miras desde un óptica convencional verás que trata de una historia extraña y contradictoria. En ella se habla de un Dios que permite que su pueblo sufra esclavitud en Egipto, que lo pone a prueba en el desierto y el exilio, que hace pasar a su Hijo -Él mismo- por la experiencia de la cruz. Se dice de santa Teresa que, encierta ocasión en que el carro en qu viajaba volcó, le dijo a Dios: “Si así tratas a tus amigos, con razón tienes tan pocos”. Y es que en la Biblia no oculta  el lado oscuro de la vida, no sólo  nos da a conocer la dulzura de Dios; también narra las amarguras de unas personas y un pueblo que se resigna a reconocerle como su mayor bien.

Al contemplarnos y contemplar nuestras iglesias no debemos tener miedo a reconocer nuestros errores o pecados. También esos hechos que nos parecen tan oscuros son revelación de Dios. La Biblia nos muestra como el pueblo judío creó una religión a partir de los peores momentos de su historia (instalación en Egipto tras traicionar a José, travesía del desierto, dolatrias, conquista dolorosa de la tierra prometida, exilio en Babilonia, dominación griega y romana, etc.) No es extraños que un tercio de los salmos sean de lamentación, o que Jeremías sea el profeta de los lamentos.De fondo se pone siempre la confianza en Dios, que se expresa: “El Señor peleará por vosotros; vosotros esperad en silencio” (Ex 14,14)  “Los que esperan en el Señor no quedan defraudados” (Sal 25,3), sino confiamos en nuestra tradición creyente.

Para entender cuál es la conversión que se nos pide en Cuaresma vamos a echar mano de una figura que Richard Rohr define como “tres cúpulas o niveles de sentido”;  como si hubiera tres niveles de comprensión de la realidad que nos pueden ayudar a discernir convenientemente nuestras vidas y la de nuestras comunidades, al tiempo que nos pueden dar pistas acerca de las dificultades para la práctica de la sinodalidad. 

1.     Mi historia (Lo que soy)

Un paso importante para la conversión es el de “convertir la imagen que tenemos de nosotros mismos”. ¿Cómo me pienso y me siento a mí mismo? ¿Qué me gusta de mí y qué no? ¿Hay algo que tenga bloqueada mi vida? A veces esos bloqueos son inconscientes, y por eso somos miedosos, reservados, tímidos; o somos agresivos y pendencieros, porque algo (a veces inconsciente) está bloqueando nuestro propio ser.

¿Y cuál es nuestro propio ser? Si me fio de la Palabra escrita en la Biblia “soy un ser creado y amado por Dios”, creado a su imagen, y, por tanto, si Dios es amor, transparencia (verdad) y bondad, yo soy “amoroso, transparente y bueno”. Si no me percibo así es que en mi historia ha entrado el pecado que oscurece el “diamante”[1] que soy.

Es importante contemplar mi historia para detectar las sombras que han podido envenenar la mirada que tengo sobre mi. Hoy esta mira a uno mismo es apremiante. ¿Por qué? Porque el modo predominante en que nuestra cultura mira las cosas y los acontecimientos es desde la perspectiva de uno mismo. Solemos leerlo todo desde el prisma de cómo nos ha ido personalmente, según lo que “yo creo”, “yo siento” y “yo pienso”. Y tal vez esas creencias, sentimientos pensamientos necesitan conversión.

Este modo de ver predominantemente de ver la propia historia (acontecimientos de la vida) desde uno mismo no ha sido siempre así,  aunque sí ha habido algunas personas que en la antigüedad han mirado todo desde sí mismos. Citemos el ejemplo de san Agustín en sus confesiones, o santa Teresa en el libro de su Vida, o los escritos de san Juan de la Cruz, cuyo lenguaje psicológico  muestra de modo excelente los estados interiores. Mirar la historia desde uno mismo como algo de mayorías  es algo  relativamente reciente, fruto de los últimos tiempos.

Hoy hemos colocado el propio “yo” en el centro. Se habla mucho de autoayuda, se encumbra la propia opinión por encima de la de expertos en el tema del que opinamos, se ve todo desde el prisma del “ego”; y se pone el yo (el ego o el concepto de mí mismo) como lo más importante.

La mayoría de las personas a lo largo de la historia no han tenido la oportunidad siquiera de tener acceso a este tipo de lenguaje tan personalista; y han vivido más centradas en “otro nivel de sentido”.  La “nueva era” es experta en este modo de mirar la realidad desde uno mismo y sus historias. En las nuevas religiosidades: yoga tantrico, mindfulness, meditación trascendental (supraconciencia), etc., el yo adquiere un protagonismo casi total. Todo se centra en el yo; y la relación con lo otro o los otros se zanja enfatizando el principio de la no-dualidad: al renovarte tú se está renovando la humanidad, al purificarte tú estás purificando al mundo, porque no hay tu y mundo sino una sola realidad; la iluminación es tomar conciencia de esto.

El lenguaje del “yo” de este nivel de sentido que ve la propia historia como lo más importante, se está convirtiendo en la actualidad en un sucedáneo de la verdadera trascendencia. Sin embargo, “mi historia” (lo que me sucede a mi) no es “toda la historia” (lo que sucede en el mundo). Una espiritualidad desde aquí, desde el “mi, yo, conmigo mismo”, crea individuos, incluso “buenos individuos”, pero no santidad, ni auténtica integridad; y mucho menos crea personas conscientes de su humilde lugar en la historia general y en la sociedad.

La tentación de la nueva era, como la del liberalismo sofisticado, es la de vivir exclusivamente bajo la cúpula de sentido de la experiencia individual. Esto da lugar a una espiritualidad muy pobre. Mirar y contar sin cesar la “historia de uno mismo” acaba siendo aburrido y narcisista. La vida privada hay que encajarle en un contexto más amplio o más grande para que merezca la pena ser tenida en cuenta.

A pesar de todo, la tradición Bíblica se toma en serio este nivel de sentido centrado en el “yo”, aunque no es el nivel más presente en ella. Hay encuentros de Dios con persona concretas, y planteamientos sobre el ser de Dios (teología) desde experiencias concretas, por ejemplo: vocación de Abrahám, Moisés, los profetas.. aunque los relatos de vocación siempre apuntan a la misión para un “nosotros”; también parecen tener en cuenta al individuo particular los libros sapienciales, especialmente el libro de Job; pero siempre la consideración de la propia historia tiene como trasfondo la relación con el mundo y con los demás; se trata de enriquecerme enriqueciendo a la comunidad (cultivando el nosotros).

La sinodalidad pide en nosotros convertir el propio ser, la mirada sobre uno mismo. Dar el paso del individulaismo a la relación con los otros. Para ello no estaría mal que tomáramos conciencia del “amor de Dios”, pero no tanto con las gafas de mi pecado, que me lleva a mirar a un Dios que me condena, sino desde las gafas del mismo Dios, amante, clemente y misericordioso, que me ama y ama a todos por igual (Mt 5,44-47), ya sea el hijo pródigo o el hermano mayor que queda en casa (Lc 15); Dios te ama y te ha perdonado; sólo resta que tú aceptes a ese Dios, que te abras a su amor y perdón.

2.     Nuestra historia” (Lo que somos)

No sólo necesita conversión a Dios mi ser individual, no sólo he de convertir a Dios mi visión personal; la Cuaresma, y la sinodalidad, están pidiéndome también una conversión de los “nosotros” de los que formo parte.

Hay  un segundo nivel de sentido desde el que leer la vida. Se trata de mirar la historia desde un “nosotros”. “Nuestra historia” (story). Aquí pasamos de “mi historia”  a  “nuestra historia”, de mi consideración interior a la consideración del ámbito comunitario en el que cada cual has desarrollado su vida: familia concreta, genero, grupo, religión, profesión, ideas políticas, lugar geográfico (calle, pueblo, región, nación, continente...).

Hasta no hace mucho éste era el nivel en el que la mayoría de las personas pensaron y desarrollaron su vida. La mayoría de las personas se han realizado dando prevalencia a su identidad grupal: pueblo, profesión, religión, ... Esto nos lleva a hablar con propiedad del “nosotros”: nosotros los españoles, nosotros los católicos, nosotros los agricultores, etc... En este nivel la ident idad se pone en el grupo, y dicha identidad se defiende como algo propio; se tiene un pensamiento grupal con el que el individuo se identifica.

Todavía en muchos lugares del mundo swe da la prevalencia del "nosotros" sobre el "yo"; sobre todo en lugares donde no se tiene tiempo ni oportunidad (formación, educación) para desarrollar una “identidad personal”. ¿No ocurría entre nosotros hasta no hace mucho? ¿No siegue siendo así en muchos casos?  Se era católico sin plantearse siquiera que es eso, se aceptaba el matrimonio único y para siempre sin  poner en duda la bonda del mismo, se creía en el cielo o el infierno como final sin poner peros, etc:, todo entraba en la lógica de la vida que se aprendía y aceptaba. Nadie se preguntaba por qué bautizar al niño, ni porqué hacer la primera comunión, ni por qué enterrarse pasando por la Iglesia, ni por qué lo normal era la heterosexualidad y lo demás una grave desviación. Las cosas en este nivel “son porque son”, no se buscan explicaciones... ¿No nos suena el “ esto se hace porque siempre se ha hecho así”?

No seamos sólo negativos. Existe un “nosotros” que es de necesidad si queremos vivir y sobrevivir. Yo no me puedo entender sin un “otro” y un “nosotros”. “No es bueno que el hombre esté sólo”, necesita la ayuda adecuada de otros. Jesús mismo escoge un grupo para continuar su tarea; necesitamos del “nosotros” (familia, tribu) para sobrevivir; no podemos vivir sin ellos. Y de la buena marcha de la comunidad va a depender mucho nuestro avance personal. No es lo mismo “caminar solos” que “caminar juntos”, en sínodo. Jesús lo sabía, y por eso dejó preparado un “nosotros” que continuara su tarea.

Pero, sin ser excesivamente negativos, no hay duda de que “instalarse ciegamente en el nosotros” puede acarrear algunos problemas:

*El primero es el de descargar la responsabilidad en el grupo. No me preocupo de crecer en planeamientos personales y me dejo llevar de modo acrítico por lo que me dice la “tradición”: las verdades, las leyes y los haceres del grupo. No me preocupo de formarne, y desde un grupo sin formación seria es difícil hacer un camino juntos con otros grupos.

*El segundo es que el “nosotros”, cuando presiente una amenaza externa proveniente de particulares o de otro “nosotros” se puede reaccionar, y de hecho se reacciona, a la defensiva y de manera violenta. Dentro del “nosotros”, el individuo muy identificado con su grupo y con una débil formación en la libertad personal, tiende a la violencia si es preciso para defender sus ideas cuando no puede con las armas de la razón.

Este segundo es el peligro del fundamentalismo, donde todo se piensa según la tradición del grupo (trado = lo que me han dejado o transmitido, para que sirva de apoyo en el futuro). El fundamentalisata entiende la tradición como un paquete cerrado de doctrinas, ritos y leyes morales eternas que hay que considerar de obligatoria aceptación y cumplimiento. Esto es tradicionalismo más que tradición; y en él no hay formación ni espíritu crítico sino la repetición mimética de lo que me han dejado y que no quiero perder so pena de perder el sentido de mi vida. Hay que entender, aunque no justificar, el fundamentalismo-tradicionalismo. El tradicionalista o integrisata vive en el engaño de estar en la verdad; cree que ve, pero no ve, como los fariseos del eavngelio(cf Jn 9,41); y cuando un integrista reacciona violentamente contra el opresor cree que lo hace dando gloria a Dios (Jn 16,2).

Somos invitados a mantener la tradición, pero la “tradición verdadera”, que no es sumisión a lo que nos dejaron nuestros antepasados: la tradición creyente de los que no fueron defraudados por Dios. La tradición nos habla de santos y teólogos que confiaron en Dios; pero esas experiencias del pasado no pueden transformarse en una forma astuta y diabólica de rehuir en el presente la misma experiencia divina. Las certezas del pasado no salvan sólo Dios presente hoy puede salvar. “No os hagáis ilusiones, pensando: "Tenemos por padre a Abrahán", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras” (Mt 3,9). Nuestra sumisión no es a un "nosotros" en una tradición, sino a un Dios vivo que es siempre misterio, del que siempre nos queda prácticamente todo por saber.  Es farisaico cantar nuestras grandezas u seguir pretendiéndolas recurriendo a la tradición o tradiciones del pasado que no han sido actualizadas; muchas tradiciones del pasado son cambiadas con frecuencia a beneficio de los interesados: “¿Por qué quebrantáis vosotros el mandato de Dios en nombre de vuestra tradición?” (Mt 15,3).

Tal vez el mayor obstáculo de para una sinodalidad fructífera sea éste del integrismo de alguos grupos en la Iglesia. El texto de la curación del ciego de nacimiento en el Evangelio de san Juan pone de manifiesto la gravedad de una tradición que acaba sepultando al mismo Dios al que dice representar:

Oyó Jesús que lo habían expulsado (al ciego), lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?». Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece». (Jn 9,35-41)

Los fariseos habían hecho lo que hacemos muchos: transformaron la idea bíblica de la fe (estar y confiar en Dios en cada momento) en una tradición de conocimiento cierto, supuesta predicibilidad y completa seguridad sobre quien y qué agrada a Dios y quien y qué no. Se cree tener a Dios en el bolsillo. Se cree que nuestra particular tradición religiosa, con sus particularidades, nos enseña todo sobre Dios y su voluntad. Y en ese todo caben todas las "tonterías" imaginables. En un esquema así Dios deja de ser libre y debe someterse a nuestras reglas, normas y tradiciones. Dios es secuestradeo por el grupo. El mismo grupo establece el bien y el mal. Y, por supuesto, la misericordia no etá entre las lentes con las que se mira a los demás.  

El fundamentalismo es la gran rémora de la sinodalidad, porque en una Iglesia sinodal es importante que el “caminar juntos” de personas y de grupos sea desde el reconocimiento de la identidad y libertad de cada individuo y de cada colectivo eclesial. Creerse en posesión de la verdad absoluta, encerrarla en dogmatismos y moralismos, y autodefinirse como única mediación salvadora,  impide que se pueda avanzar juntos desde la suprema Verdad que es el Misterio de Dios (dogma), desde la única Mediación que es Cristo (sacramento del encuentro con Dios)  y desde el Amor de Dios como gran principio moral (“ama y haz lo que quieras”, dijo san Agustín).

La caída de la importancia del “nosotros” para dar sentido a la fe y la propia vida, eestá suponiendo un gran problema para nuestra Iglesia. Hasta no hace mucho Dios, con sus mandamientos, con la doctrina cristiana, los ritos de paso (bautismo, comunión, boda, entierro...) proveían de “sentido” a la gran mayoría de lo que se llamaba “cristiandad”.  Pero cuando Dios desparece de la órbita como lo central, y es la persona y su historia la que ocupa su lugar surgen los “tradicionalismos” y los “fundamentalismos”; hay quienes quieren seguir manteniendo un “nosotros” que ahoga al individuo no dejando que piense, no sea que  se pervirta y rompa la armonía y disciolina necesaria para el grupo. 

Si queremos vivir la sinodalidad haabríamsde articular una seria formación bíblico-doctrinal, espiritual y moral que llegue a todos los iembros de la Iglesia. Sin esta formación, en el mundo de la increencia y el individualismo, el cristiano de a pie se siente huérfano, indefenso, porque es incapaz de pensar y vivir un sentido de la vida propio que le defienda de la vorágine de ideas científicas, morales y religiosas que le rodean.  Son muchos los creyentes en Jesucristo que, habiendo estado hasta ahora por un osotros acrítico,  viven el drama del sinsentido cuando se ven sometidos a los imperativos del mundo. Les cuesta conjugar lo que ven dentro y fuera de la Iglesia con el Evangelio que se les predica. 

No todos estamos capacitados como lo estuvo Jesús para mantenernos en pie en todas las circunstancias; necesitamos un “nosotros” que ayude a sostener la mirada en el Padre cuando la oscuridad se hace grande. En la debilidad me hace fuerte la fe y la gracia de Jesucristo (1 Cor 12,9), pero también el sentir que esa fe y esa gracia me llegan en un “nosotros sinodal”, el saber que no camino solo, y que en mi soledad me acompaña sólo Dios, también lo hace la comunidad.

En la Iglesia es bueno que haya distintos colectivos que completan los distintos matices de una única espiritualidad. Todos los subgrupos de la Iglesia tienen como fuente última de inspiración el Misterio del Dios Trinitario.[2]  En este Misterio tenemos el campo o nivel donde la “conversión” (metanoia; ir más allá del pensamiento) necesita activarse especialmente. Entramos aquí en el tercer nivel de sentido: una mirada sobre mi persona y mi pertenencia social y religiosa desde Dios.

3. La historia (Historia de la salvación)

El tercer nivel de sentido es el nivel de Dios, que abarca e ilumina todo; Dios está en la vida de cada ser, presente en su creación y sobre todo en el hombre y la mujer, creados a su imagen y semejanza; está también Dios en su Pueblo (Iglesia) reunido en su nombre (Mt 18,20), y actúa en los sacramentos, que son signos del encuentro con Él. Hablamos aquí de “La historia”, que en la Biblia podemos especificar como “historia de la salvación”.

La tradición Bíblica valora los dos primeros niveles de sentido (“mi historia”, “nuestra historia”); ambas son tomadas en serio en la Sagrada Escritura. Tanto el “soy yo” como el “somos nosotros” forman parte de los relatos bíblicos: la vida del individuo y la vida del pueblo de Dios son escenarios donde se da la revelación de Dios. Pero la Biblia añade algo más. Ambas miradas están “conectadas con un nivel infinito”. La Biblia no es un libro dirigido a personas especiales, ni tampoco a un pueblo especial, sino a la universalidad. En ella podemos bucear para descubrir “la historia”, sin pronombres posesivos -nadie puede tener a Dios como posesión particular- y que es “historia de la salvación”; en esta historia de Dios que se revela amando, perdonando, sanando, etc., contemplamos y recibimos las ideas, y los valores universales y eternos. La mirada divina, la manifestación de Dios como el "Padre de todos, que está sobre todo, que actúa por medio de todos y estrá en todos" (Ef 4,6)  hace que la Biblia sea n Libro donde cualquier persona puede leer y extraer sabiduría, independientemente de su ateísmo, agnosticismo o asignación religiosa.

La genialidad de la Biblia (Jesús de Nazaret) no está en ser un manual donde se exponen “los siete hábitos de la gente altamente efectiva”; no es un manual de autoayuda al uso. La Biblia ofrece unos materiales didácticos -historias, discursos, parábolas, consejos sabios- para que nos apropiemos de nuestra propia historia en todos los niveles; y lo hace ofreciendo testimonios tanto positivos como negativos que conectan con nosotros. Encontramos en ella historias de heroísmo e historias de cobardías, de fidelidad y de traición, de nobleza y de bajeza. ¿Quién no se ha identificado, para bien o para mal, con algún personaje o circunstancia bíblicos?  La Biblia, Palabra revelada de Dios, ofrece los materiales necesarios para conectar y discernir la vida y la muerte, el amor y el odio. Y presente en todas esas historias la presencia de Dios que va tejiendo los hilos de lo que llamamos “historia de la salvación”, la historia del amor de Dios por su pueblo.

La Biblia nos enseña a llegar al “conocimiento de Dios”, a la visión divina de la realidad, a una comprensión de la totalidad. Y lo hace a partir de la experiencia (historia) personal, pero también de la experiencia del grupo; Yo ilumino mi vida no sólo asumiendo mi responsabilidad personal, pero también asumiendo la responsabilidad que tengo como grupo familiar, social, político, religioso, etc.  Has de prestar atención a tu experiencia individual, a tus aciertos (éxitos)  y tus fallos (pecados), pero también has de tener en cuenta éxitos y los errores propios de tu cultura o grupo religioso (pecados sociales). Eres hijo de una cultura para bien o para mal.

Los males sólo los puedo sanar si los asumo y admito honestamente. También los éxitos comunitarios he de asumirlos con la humildad que da el saber que, como las personas, también los grupos son falibles. En esto de presumir de lo bueno y no asumir la ignorancia y las deficiencias propias se retratan los fundamentalistas, que quieren estar en el tercer nivel sin hacer autocrítica personal ni grupal. 

Es nefasto creerse en el lado correcto de “la historia” (en la perfección) sin hacer un análisis crítico histórico-social de la propia realidad personal y comunitaria. La religión fundamentalista (llamémosla también “tradicionalista”) es muy superficial y muy poco autocrítica. Una religión así hace del segundo nivel (“nosotros”) el primero (“Dios”), y así se convierte en lo peor de lo peor, grupos que se presentan como los auténticos intérpretes de la ley de Dios, y se siente con derecho a imponerla a costa de negar con sus obras que “Dios es amor” (Jn 4,8), un Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (Sal 145,8; Neh 9,17.31).

Vivir en el tercer nivel, mirar el mundo desde Él, es lo que hacen los místicos. Las contradicciones entre la espiritualidad individualista y la fundamentalista se resuelven en el nivel de Dios, en la inmersión en su ser (unión mística), en la fe, la esperanza y el amor como virtudes teologales, que sólo Dios puede dar y que no niega a quienes se lo piden con sincero corazón. Cuando dejamos que Dios ocupe su lugar adquiere sentido mi vida y la vida de mi comunidad humana y reñigiosa.

Cuando san Juan de la Cruz habla de silenciar nuestros pensamientos (ideas y creencias) para entrar en fe, nuestra memoria (experiencias negativas y positivas) para entrar en esperanza y nuestra voluntad (deseos, impulsos ególatras) para dar espacio a Dios en nuestra vida, está invitando a la vida mística, que pone el Misterio de Dios como lo más envolvente, el sentido de los sentidos, la razón de las razones, la clave para una fructifera sinodalidad de la Iglesia.Todo conisste en algo tan simple como dejar que Dios sea Dios. Ser con Dios comunidad. Ser con Dios personas distintas que con su gracia pueden vivir en la unidad, sin dejar de ser cada cual ella misma.

Sobre la conversión a la sinodalidad Dios tiene mucho que decirnos. Dios es Trinidad, tres personas distintas en una sola naturaleza divina.  Dios no se reúne para ser Trinidad en unos momentos concretos, es “comunidad de personas que existe y actúa desde siempre sin dejar de ser Trinidad”. En la Encarnación (Padre anuncia, Hijo que se encarna, Espíritu Santo que fecunda a Maria con su sombra), en la Pasión (el Padre que entrega al HIjo, el Hijo que se entrega al Padre, el Espíritu Santo que es entregado al Padre por el Hijo) y en la resurrección  (el Hijo que resucita; el Padre que resucita al Hijo; el Espíritu Santo que saca al Hijo de la muerte), se da una sinodalidad divina. Tal vez casi podríamos decir -salvando las distancias- que “Dios es comunidad que camina junta (perijóresis)”.

Conclusión

Para convertir nuestra vida personal y eclesial a la sinodalida hay que mirar a Dios, dejarse iluminar por su mirada de amor, aspirar a la objetividad de la visión divina de mi historia personal y comunitaria.  Dios nos ama; y si no nos amara no nos habría creado (cf Sab 11,24-26)

Hemos de relativizar las "tradiciones" en aras a la única tradición verdadera, que es la de Dios que ama a sus criaturas haste el extremo, y cuyo amor se predica sacramentalmente con la Eucaristía: :

“He recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido -dice san Pablo-: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega porvosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mia” (1 Cor 11,23-25)

En Cuaresma se nos llama a esta conversión. Conversión a Dios que renueva nuestra vida interior y nuestra Iglesia toda. Estamos llamados a ser “eucaristía”, vidas entregadas por amor a Dios y a los hermanos para ganarnos así, con ellos, para Dios. No creo que sea una barbaridad teológica decir que la sinodalidad es una cualidad de la Eucaristía como comunión y alimento para el camino. Con su entrega Jesús da gloria al Padre; también nosotros estamos llamado a glorificarlo.

San Juan de la Cruz, en su dibujo del monte, en la cima pone una frase que es todo un resumen de su espiritualidad: “Solo mora en este monte la gloria y honra de Dios”; si cada uno de nosotros, con detenimiento y discernimiento, buscamos en nuestra vida la gloria de Dios y no nuestras glorias ni las de nuestros grupos, haremos camino juntos. Esta es la llamada a la sinodalidad a la que nos está llamando la Iglesia.

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INFOGRAMA

RESUMEN DEL TEMA EN VIDEO

https://drive.google.com/file/d/1gH5Y3u-aS8pdDMW_fpJYf45LawNsjd8s/view?usp=sharing

POWER POINT 

https://docs.google.com/presentation/d/1YjtinLDOj73f8EgRS3FNak3DrHPKUkOw/edit?usp=drive_link&ouid=100969728777469114903&rtpof=true&sd=true

NOTAS

[0] La idea general que se desarrolla aquí está tomada de ROHR, Richard. La Biblia y su espiritulidad. Sal Terrae 2012 (20-26).

[1] Así, como un diamante, define santa teresa al alma, o a la persona. Según ella podemos “considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites” (1ª Morada, 1,1).

[2] Los “nosotros” de la Iglesia son múltiples: carcas y progres, grupos tradicionalistas y grupos progresistas, clero diocesano y clero reguilar; Opus Dei, Carismáticos, Comunión y liberación, Comunidades  Neocatecumenales, Focolares, Hakuna, Acción Católica, etc...

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Febrero 2026

Casto Acedo 

viernes, 6 de febrero de 2026

El antisemitismo

  


Me ha impresionado este texto de Vasili Grosman (1905-1964), escrito en 1959, dentro de su obra Vida y destino.  V,. Grossman fue un periodista y escritor ruso-ucraniano de origen judío que conoció la segunda guerra mundial como periodista y que me recuerda a Manuel Chaves en España por su  pensamiento independiente. Tal vez podríamos ampliar la definición que aquí se hace del término “antisemitismo” a “racismo” o cualquier otro término que defina a grupos humanos marginados o marginales a los que se les culpa de las propias deficiencias o responsabilidades.  A mi me viene a la mente hoy cómo tratan los mismos judios a los gazatíes, o cómo Putin desprecia a los ucranianos, o como Trump está actuando con los inmigrantes, etc... En el fondo hay una falta de cultura y de sensibilidad no aceptada, ... El antisemitismo no es sino un escape de uno mismo, la no-aceptación de las propias miserias. 

El texto es toda una reflexión sobre hacia dónde nos puede conducir la ignorancia y el fanatismo personal y social. Merece la pena leerlo y meditarlo. No sabía dónde colgarlo para dároslo a conocer. Creo que, aunque no es una temática esgtrictamente religiosa, no desafina en  este blog.

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Vasili Grossman, Vida y destino,

Segunda parte,cap. 32

El antisemitismo se manifiesta de modos diversos, desde el desprecio burlesco hasta los sangrientos pogromos.

Puede asumir diferentes aspectos: ideológico, interior, oculto, histórico, cotidiano, fisiológico, y son varias sus formas: individual, social, estatal.

El antisemitismo se encuentra en el mercado y en las sesiones del presídium de la Academia de las Ciencias, en el alma de un hombre viejo y en los juegos infantiles. Sin perder un ápice de su fuerza, el antisemitismo ha pasado de la época de las lámparas de aceite, los barcos de vela y las ruecas a la época de los motores de reacción, las pilas atómicas y las máquinas electrónicas.

El antisemitismo nunca es un fin, siempre es un medio; es un criterio para medir contradicciones que no tienen salida.

El antisemitismo es un espejo donde se reflejan los defectos de los individuos, de las estructuras sociales y de los sistemas estatales. Dime de qué acusas a un judío y te diré de qué eres culpable.

El odio hacia el régimen de servidumbre de la patria, incluso en la mente del campesino Oleinichuk, combatiente por la libertad encarcelado en Schlisselburg, se transforma en odio hacia los polacos y los judíos. E incluso un genio como Dostoyevski vio un judío usurero allí donde debería haber visto los ojos despiadados del contratista, el fabricante y el esclavista rusos.

Y el nacionalsocialismo, al acusar al pueblo judío que él mismo había inventado de racismo, de ansia de dominar el mundo y de una indiferencia cosmopolita hacia la nación alemana, proyectaba sobre los judíos sus propios rasgos. Pero éste es sólo uno de los aspectos del antisemitismo.

El antisemitismo es la expresión de la falta de talento, de la incapacidad de vencer en una contienda disputada con las mismas armas; y eso es aplicable a todos los campos, tanto la ciencia como el comercio, la artesanía, la pintura. El antisemitismo es la medida de la mediocridad humana. Los Estados buscan la explicación de sus fracasos en las artimañas del judaísmo internacional. Pero éste es sólo uno de los aspectos del antisemitismo.

El antisemitismo es la expresión de la falta de cultura en las masas populares, incapaces de analizar las verdaderas causas de su pobreza y sufrimiento. Las gentes incultas ven en los judíos la causa de sus desgracias en lugar de verla en la estructura social y el Estado. Pero también el antisemitismo de las masas no es más que uno de sus aspectos.

El antisemitismo es la medida de los prejuicios religiosos que está latente en las capas más bajas de la sociedad. Pero éste, también, es sólo uno de los aspectos del antisemitismo.

La repugnancia hacia el aspecto físico de los judíos, hacia su manera de hablar y comer, no es ni mucho menos la causa real del antisemitismo fisiológico. De hecho, el mismo hombre que habla con desagrado de los cabellos rizados de los judíos, de su modo de gesticular, entra en éxtasis ante los niños de pelo oscuro y crespo de los cuadros de Murillo, y se muestra indiferente a la pronunciación gutural, al modo de gesticular de los armenios y mira sin aversión los gruesos labios de un negro.

El antisemitismo ocupa un lugar particular en la historia de la persecución a las minorías nacionales. Es un fenómeno único porque el destino histórico de los judíos es único.

Al igual que la sombra de un hombre da una idea de su figura, también el antisemitismo nos da una idea de la historia y el destino de los judíos. La historia del pueblo judío se encuentra ligada y mezclada con abundantes cuestiones políticas y religiosas a nivel mundial. Y ése es el primer rasgo que distingue a los judíos de otras minorías nacionales. Los judíos viven en casi todos los países del mundo. La insólita dispersión de una minoría nacional en los dos hemisferios constituye el segundo rasgo distintivo de los judíos.

Durante el apogeo del capital mercantil, aparecieron los comerciantes y los usureros judíos. Con el florecimiento de la industria muchos judíos emergieron como técnicos y emprendedores. En la era atómica, no pocos judíos dotados de talento se dedicaron a la física nuclear.

Durante las luchas revolucionarias un buen número de judíos se revelaron como destacados revolucionarios. Constituyen una minoría nacional que no se margina en la periferia social y geográfica, sino que se esfuerza en desempeñar un papel central en el desarrollo de las fuerzas ideológicas y productivas. En eso consiste la tercera particularidad de la minoría nacional judía.

Una parte de la minoría judía se asimila, se confunde en la población autóctona del país, mientras una amplia base popular conserva su religión, su lengua y sus costumbres. El antisemitismo toma como regla acusar sistemáticamente a los judíos asimilados de perseguir oscuras aspiraciones nacionalistas y religiosas, mientras que los judíos no asimilados, artesanos y trabajadores manuales en su mayoría, son acusados de las actividades de aquellos que han tomado parte en la revolución, que dirigen la industria, que crean reactores atómicos, empresas y bancos.

Cada uno de estos rasgos tomado por separado puede hacer referencia a cualquier otra minoría nacional, pero sólo los judíos han aglutinado en sí todos ellos.

El antisemitismo también refleja estas particularidades. También ha estado ligado a las principales cuestiones de la política mundial, de la vida económica, ideológica y religiosa. En eso consiste su siniestra peculiaridad. La llama de sus hogueras ha iluminado los períodos más terribles de la historia.

Cuando el Renacimiento irrumpió en el desierto del medioevo católico, el mundo de las tinieblas fue iluminado por las hogueras de la Inquisición. Aquellas llamas no sólo alumbraron el poder del mal, también iluminaron el espectáculo de la destrucción.

En el siglo XX, un aciago régimen nacionalista encendió las hogueras de Auschwitz, de los hornos crematorios de Lublin y Treblinka. Estas llamas no sólo iluminaron el breve triunfo del fascismo, sino que también indicaron a la humanidad que el fascismo estaba condenado. Épocas históricas enteras, así como gobiernos reaccionarios fallidos e individuos con la esperanza de mejorar su suerte recurren al antisemitismo en un intento de escapar a un destino inexorable.

¿Ha habido casos en estos dos milenios en que la libertad y el humanitarismo se hayan servido del antisemitismo para alcanzar sus fines? Es probable, pero no los conozco.

El antisemitismo del día a día es un antisemitismo que no hace correr la sangre. Sólo atestigua que en el mundo existen idiotas, envidiosos y fracasados.

En los países democráticos puede nacer un antisemitismo de tipo social. Se manifiesta en la prensa que representa a estos o aquellos grupos reaccionarios; en las acciones de grupos del mismo tipo, por ejemplo mediante el boicot de la mano de obra o de los productos judíos; en la religión y en la ideología de los reaccionarios.

En los países totalitarios, donde no existe la sociedad civil, el antisemitismo sólo puede ser estatal.

El antisemitismo estatal es el indicador de que el Estado intenta sacar provecho de los idiotas, los reaccionarios, los fracasados, de la ignorancia de los supersticiosos y la rabia de los hambrientos. La primera etapa es la discriminación: el Estado limita las áreas en las que los judíos pueden vivir, la elección de profesión, su acceso a posiciones importantes y el derecho a matricularse en las universidades y obtener títulos académicos, grados, etcétera.

La siguiente etapa es el exterminio.

Cuando las fuerzas de la reacción entablan una guerra mortal contra las fuerzas de la libertad, el antisemitismo se convierte en una ideología de Partido y del Estado; eso es lo que ocurrió en el siglo XX con el fascismo.


Vasili Grossman

martes, 21 de octubre de 2025

La esperanza cristiana

 

Un texto budista 

Me escandalizó en su momento un texto de un maestro budista, Lama Rinchen Gyhaltsen, que ningunea y niega la esperanza como virtud y que transcribo aquí:  
“No entres en el juego de la esperanza si no quieres que te persiga la sombra del miedo. Es tentador, es muy tentador tratar de buscar energíá con la esperanza. Cuando todo, de repente, parece tan gris queremos soñar que el futuro será mejor; y queremos pintar ese futuro, queremos cristalizarlo, queremos proyectarnos ahí,́ salir de este horrible y pésimo presente y transportarnos a ese futuro maravilloso. Es muy tentador ese juego de la esperanza, pero tiene un coste muy caro que es el miedo; lo acompaña de la mano el miedo. Con la energíá que apuestas en la esperanza, con esa energía estás comprando el miedo. Si compras un kilo de esperanza, viene un kilo de miedo; van a la par. Es decir, todo lo que esperamos que nos salve en el futuro, también tememos que no ocurra o que alguien lo logre antes”. 
Sigue el discurso invitando a vivir con un optimismo centrado en el presente; porque el futuro no existe, y por tanto la esperanza aleja de la realidad y no tiene mucho sentido, por eso apostilla: 
“No hay ninguna garantía en el mundo más segura que tu lealtad a ti mismo –eso es lo que quiere decir compromiso– . Y después, que venga lo que venga, que digan lo que digan; no hay nada que no puedas afrontar y superar”. (EMI 3, lección 7)
Ciertamente que el discurso tiene su lógica, esa lógica un tanto engañosa que engancha a quien anda en momentos bajos, a quien lleva tiempo esperando salir de una situación desesperada. Entones se agarra uno a lo primero que encuentra. 

Sin embargo, dejando a un lado su lógica teórica y de tinte new age, y desde la perspectiva cristiana vemos que el texto tiene dos errores importantes. El primero es que confunde la “esperanza” con las “expectativas”. Y un segundo error, el error pelagiano, que cree que el hombre puede salvarse o compleatrse, es decir, vivir en plenitud, contando sólo con sus propias fuerzas. "No hay ninguna garantía en el mundo más segura que tu lealtad a ti mismo". Sólo ante el peligro. 


¿Qué enseña la Tradición Cristiana sobre la esperanza?

Ante el pelagianismo budista. Igual que Pelagio, el budismo parte del principio de que la persona es libre para elegir el mal o el bien. Y le basta con seguir las enseñanzas del dharma -doctrina del Buda- bajo la guía de un maestro (en el caso del pelagianismo cristiano tendríamos la ley y el ejemplo de Cristo) para alcanzar la verdad de la iluminación (la salvación).

Sin embargo los cristianos creemos que nadie puede hacer el bien y realizarse sin la ayuda de Dios que con su gracia obra en el corazón y la voluntad para para poder vivir según el Espíritu del Evangelio. 

Y si alguien arguye que la intervención de la gracia de Dios quita la libertad a la persona, decirle que la gracia no destruye la libertad sino que libera para elegir el bien (cf Concilio de Cartago de 418,  y Éfeso de 431). La gracia no destruye la naturaleza original de las persona sino que la perfecciona devolviéndole las capacidades de libertad original antes de la caída. Esto el budismo no pude entenderlo, porque supondría tener fe en un Dios creador y salvador que no tiene.

Sobre la esperanza entendida como virtud reducida a expectativas acerca de un mundo futuro maravilloso e irreal, por la que el budismo invita a renunciar a toda esperanza futura en aras al presente, hay que matizar que en las Escrituras no se da una visión de la esperanza centrada en acontecimientos futuros sino en el acontecimiento-Cristo, en quien confluyen pasado, presente y futuro: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir” (Apc 1,8).

Para nosotros la esperanza no es una idea, ni una utopía inalcanzable, es Cristo, encarnado y que nos alcanza a nosotros.  Cuando las dificultades del mundo, o la inestabilidad interior, el desánimo o la desesperación nos asaltan,
“cobramos ánimos y fuerza refugiándonos en Él, aferrándonos a la esperanza que tenemos delante, la cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme”(Hb 6,17-18). 
La esperanza es como ancla en el presente (presencia; la tenemos delante) de “Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria” (Col 1,27); un ancla en nosotros, una presencia de Dios en nuestro espíritu en el que vivimos la seguridad de que nuestra apuesta no está en sueños, ilusiones o expectativas futuras. 

 Nuestra esperanza está aquí y ahora, con nosotros; venga lo que venga tenemos la seguridad-esperanza de que nuestra alma está anclada a buen puerto; vengan tormentas y vientos, permanecemos firmes en Cristo.
“Si Dios está con nosotros,-dice san Pablo- ... ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; .... Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá apararnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 31.35.37-38)
Si Cristo es nuestra eperanza, ¿a qué vamos a tener miedo? El precio de la eperanza no es el miedo, como afirma el Lama Rinchen, sino la valentía de afrontar la vida virtuosa sabiéndose acompañado por Cristo. Quien pone en Cristo su esperanza queda revestido de fortaleza para la brega de cada día; venga lo que venga.

Cristo es nuestra esperanza (Col 1,27). Y lo poseemos ya “como prenda”, por tanto es una esperanza ya cumplida pero paradójicamente aún no plenamente. Esto también hay que reseñarlo. San Juan de la Cruz, dice que el alma 
"cuanto más de esperanza tiene, tanto más tiene de unión con Dios; porque acerca de Dios, cuanto más espera el alma, tanto más alcanza”(S 3,7). 
Sin embargo también advierte de la necesidad de purificar  la memoria de falsas esperanzas que podríamos llamar pasiones; y, en esto san Juan es admirable cuando aconseja desapegarse incluso de la posesión del orgullo de ser amado de Dios (seguridad de la esperanza), 
“ya que cuando se hubiere desposeído perfectamente, perfectamente quedará con la posesión en unión divina” (Ibid). 
Un consejo este último que nos libera de creernos ya salvados del todo; lo cual no traería sino desesperanza, porque "una esperanza que se ve, no es esperanza" (Rm 8,24). Tener la perfecta seguridad no es posible en esta vida. 

De nuevo san Juan de la Cruz en nuestro socorro, en un poema donde menciona la esperanza como camino a la unión con Dios:

Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

1.
Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino 
que de vista me perdiese;
y, con todo, en este trance 
en el vuelo quedé falto; 
mas el amor fue tan alto, 
que le di a la caza alcance.

2. 
Cuanto más alto subía 
deslumbróseme la vista, 
y la más fuerte conquista 
en oscuro se hacía; 
mas, por ser de amor el lance 
di un ciego y oscuro salto, 
y fui tan alto, tan alto, 
que le di a la caza alcance.

3.
Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba;
dije: ¡No habrá quien alcance!
y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

4.
Por una extraña manera 
mil vuelos pasé de un vuelo, 
porque esperanza del cielo
 tanto alcanza cuanto espera;
 esperé solo este lance, 
y en esperar no fui falto, 
pues fui tan alto, tan alto, 
que le di a la caza alcance.

"Cuanto más alto llegaba, más bajo y rendido y abatido me hallaba,  dije: ¡no habrá quien alcance!, y abatime tanto, tanto, que fui tan alto tan alto, que le di a la caza alcance". Cuanto más cerca de Dios, más consciente de mi pequeñez y miseria. La esperanza verdadera, la que está en Cristo, crece cuando la pequeñez e impotencia tocan fondo y, humillada, el alma deja paso a Aquel que quiere alcanzar, lo cual le permite ser alcanzada por Él. Esa es nuestra esperanza,  esperanza de gracia y compasión de Dios, esperanza de los pobres.

No olvidemos que nuestra meta no es vivir eternamente en esperanza, sino la unión con Dios. Y, paradójicamente, al idolatrar o enorgullecermos egoístamente de poseerle en la plena esperanza en esta vida le perdemos. Si ya lo tenemos todo no hay nada que esperar, porque entonces está todo cumplido, y nmo hay nada más que hacer. Tener la esperanza no puede ser motivo para cruzarnos de brazos en la dulce complacencia del presente sino motivo (motor) para empujar hacia adelante la realidad de la Vida que hemos recibido. Viviendo el presente saboreamos los bienes esperados en el pasado y buscamos incansablemente los futuros. 
"Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús" (Flp 43,13-14).

* * *

Espero, con estas letras, no confundir más acerca de lo que es la esperanza. Queden como resumen:

*La esperanza cristiana no debe confundirse con las expectativas, iluisiones o sueños de futuro.

*La Esperanza es virtud el presente, pero un presente no pasivo y complaciente sino activo y operante.

*Y frente al pelagianismo budista reseñado al principio, decir que para Jesucristo “nada es utopía”, porque con Él ya ha llegado el futuro; quien vive el Amor de Dios en el presente está colaborando a hacer presente el futuro que es promesa de Dios.

Octubre 2025
Casto Acedo

martes, 9 de septiembre de 2025

Bajando al valle


Cuando, hace ya cuatro años, iniciamos nuestro camino, hablábamos de tres grandes etapas que señalábamos como cueva, valle y cementerio. La cueva era el periodo que nos invitaba  a retirarnos para establecer distancia del mundo y recuperar o restaurar nuestra identidad con calma y silencio. Con la etapa del valle lo que pretendemos es volver a la normalidad de nuestras relaciones vitales obsevando todo lo que surge ahí fuera, sea favorable o  adverso,  y aprovechando para aprender las lecciones espirituales que podemos extraer de los hechos de la vida. 
 
El ejemplo de Jesús

Si miramos el proceso cueva-valle-cementerio en la vida de Jesús vemos que, de principio, vivió su cueva en Nazaret, donde “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres“. (Lc 10,52). Ahí fue conociendo su ser y madurando su personalidad. Hay un momento en que el evangelio de Lucas nos revela también cómo Jesús, al ritmo de su crecimiento físico, crece también en hracia y en espiritu; tenemos como referencia de ello la respuesta que dio a sus Padres en el pasaje de la visita al templo a los 12 años: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Mt. Lc 2,49). Teniendo conciencia de su ser Hijo del Padre del cielo, pero sometido a sus padres de la tierra,  Jesús va descubriendo el misterio de su persona y su misión. Es su época de cueva.

Cuando llega el momento, Jesús deja la cueva y sale al valle. Es el paso a la vida pública. Lo hace aprovechando la misión de su pariente Juan Bautista. Éste llamaba a un bautismo de conversión, de cambio de vida. Y Jesús cambia su vida, en cierto modo eremítica, para lanzarse a vivir en medio del mundo y dar ahí testimonio del amor de su Padre Dios por la humanidad (cf Mt 3).

Supo Jesús aprovechar y maximizar las oportunidades que se le ofrecieron para desarrollar en su faceta humana todos los estados positivos que el Padre quiere. Desde su propia experiencia, con su ejemplo, enseña cómo hacer de nuestra vida una misma cosa con la suya, un paso “haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el diablo” ( Hch 10,38).

Las tentaciones de Jesús en el desierto, detalladas en los evangelios sinópticos (Mt 4,1-11 y par) y que contemplaremos detenidamente en su momento, resumen la realidad de que existe el mal, que es seductor y nos tienta, pero el mismo texto muestra que también existe la esperanza de que el mal puede ser derrotado. El mal se presenta ante Jesús personificado en el diablo, que pone a prueba y somete a Jesús a un discernimiento y a una respuesta libre. Jesús hubo de luchar toda su vida con la tentación o prueba que son el poder, el prestigio y el dinero. 

 La tarea espiritual consiste en salir victoriosos de los embates del mal; y la victoria de Jesús no sólo afirma que vencer al diablo (maligno) es posible; también da pistas sobre cómo vencer: con ayuno y oración (Mc 9,28), prácticas propias del retiro en el desierto. La vida de Jesús que nos cuentan los evangelios son una fuente privilegiada para saber cómo atravesar el valle de la vida.

No debemos caer en el pesimismo que reduce nuestra existencia a un "valle de lágrimas"; el valle también es "valle de gozos"; pero hay que tener cuidado de que ni uno ni otro nos atrapen y paralicen. Veamos cómo afrontar los problemas de la vida y salir victoriosos. Con la energía aprendida en la cueva y la fuerza que dan la oración (autoconciencia de mis ser ante Dios), el ayuno (desapego de todo) y la gracia (sacramentos, vida en Cristo) mi vida será la propia de un ser “liberado” para “liberar” ( libertador)


Aceptar la realidad de fuera,
crecer por dentro.

¿Cómo superar la prueba del valle? Lo primero diciendo “no a las actitudes derrotistas”. Cuando las cosas no salen como pensábamos tendemos a la negatividad; la mayor derrota no es el fracaso de nuestros planes sino la caída en picado de nuestro ánimo. Hay que entender que los fracasos forman parte inseparable de la vida, y que tienen una función pedagógica esencial: “reconfigurarnos”, remodelarnos. Las derrotas, al desajustar la falsa visión que teníamos de la realidad y su funcionamiento (expectativas), dan la oportunidad para comenzar de nuevo reajustándonos a la realidad. Ante un fracaso podemos concluir que estamos perdidos, o bien podemos leer los hechos como una oportunidad para corregir errores. En este caso es importante cultivar el optimismo.

Así pues,  un consejo: “trabaja con los problemas, no los niegues ni los rehúyas”; el valle no es neccesariamente como crees que es (crencias) sino que tiene su propia identidad. Las cosas son como son y de momento no son de otra manera; no vale la pena insistir en no verlas, es preferible aceptar la realidad tal como es, ajustarse a ella. Me explico: hay quienes se empeñan en que todo funcione según las propias expectativas: un mundo feliz, sin problemas, en perfecta armonía; pero la realidad no es así. Nos gustaría que no hubiera nubarrones, que no oscureciera, que no cayera la lluvia en días especiales, que todo el mundo adorara mi visión de la vida; dicho en clave cristiana: nos gustaría que el Reino de los Cielos estuviera en la tierra; y en cierto modo está, pero en germen, mezclado con los reinos de este mundo. Desear que todo responda a nuestras expectativas es ridículo. Hay que dar tiempo; trabaja y trabájate con los problemas que se te presentan; están ahí para que crezcas solucionándolos.

“Cuando la vida nos trata mal  podemos sacar beneficio de ello”. Todo problema es una oportunidad de crecimiento. Para ello  partimos de considerar que una cosa son los acontecimientos externos y otra nuestra vivencia de los mismos. Tendemos a confundir ambas cosas. A nosotros nos toca trabajarnos internamente, cambiar nuestra visión para navegar en la realidad que a veces no podemos cambiar a mejor. 

La familia, las personas, los acontrecimientos concretos, las situaciones sociales, las circunstancias externas, etc., fluctuan. La vida es dura y da golpes; y en esa jungla de hechos hemos de aprender a no ir a no fluctuar con el mundo; es importante tener cada vez más maestría, más control; pedirle a Dios el poder gozar de un dominio más pleno de uno mismo. Hay dos realidades: la externa y la interna, a veces la realidad exterior nos hace sufrir; y no pocas veces hay que saber encajar el sufrimiento cediendo, perdonando, lo cual no quiere decir que con ello bendigamos lo que está mal fuera. Hay que cortar de raíz tanto el mal que me habita como el que está fuera y se manifiesta como un abuso descarado. No olvidemos el principio aristotélico que San Juan de la Cruz nos recuerda en sus escritos: "No pueden morar dos contrarios en un sujeto" (1 Sub 6,3). El bien y el mal, Dios y el diablo, no pueden vivir juntos; hay que erradicar el mal, pero con prucencia, no sea que al recoger la cizaña arranquemos también el trigo. (Mt 13,29)


Tres modos de enfocar la realidad

A lo largo de nuestros encuentros hemos ido comentando en más de una ocasión las tres maneras como percibimos las cosas, los acontecimientos y la realidad de las personas que nos rodean: con agrado, con desagrado o con indiferencia.

Para simplificar vamos a hablar de personas. Tú mismo pudes aplicar lo que se dice refiriéndolo a las cosas o a los acontecimientos. 

Cuando nos topamos con una persona con la que hemos tenido experiencias gratificantes brota en nosotros el agrado, un sentimiento de placer al verla y al saber de ella; sin embargo, cuando la historia de nuestra relación personal tiene de fondo un desencuentros solemos reaccionar con desagrado, molestos por la presencia de aquel o aquella a quien no deseamos ver. ¿Por qué hemos llegado a esas reacciones de agrado o desagrado? Por un proceso mental que muchas veces pasa desapercibido. Lo primero es la sensación (agradable, desagradable o neutra), e inmediatamente reaccionamos juzgando (normalmente los prejuicios positivos nos llevan a juicios benévolos y los negativos a juicios malévolos) y actuando (aceptación y acercamiento y en el caso de agrado o alejamiento y rechazo en caso de desagrado).

Nos queda por señalar el modo en que abordamos, o mejor decir "nos evadimos de", aquellas personas que nos resultan indiferentes. En este caso no hay ni aceptación plena ni rechazo, simplemente una actitud neutra. Como si esas personas no existiesen; se cruzan  por mi mente o pasan por mi vida pero dejan en mí ningún poso. Simplemente paso de ellas. Es esta una actitud que parece que no es ni buena ni mala; sin embargo, a la larga es la peor: porque resulta nefasta. Los mayores males del mundo tienen como fondo el tapiz de la indiferencia. 

¿No es la indiferencia del mundo la que está sosteniendo los enfrentamientos entre Israelíes y Palestinos o Rusos y ucranianos?  ¿Acaso la indiferencia ante las personas que vienen de la inmigración no propicia la marginación y el rechazo de los inmigrantes? Y mirando más cerca, ¿cuántos vecinos y personas cercanas físicamente viven momentos de soledad, rechazo o abandono y ni siquiera las miramos? ¿Es justa nuestra indifertencia? En todos estos casos el silencio (indiferencia) es cómplice. Si miramos la parábola del juicio final (Mt 25,31-46), observaremos que lo que permite la condena de los injustos es precisamente su omisión, su pasividad e  inacción: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre, o con sed, o enfermo, o en la cárcel ... y no te atendimos?". Frente a los justos, sensibilizados, atentos al sufrimiento del otro, la parábola presenta a los injustos, a los cuales el dolor ajeno les resultó indiferente. 

Deberíamos revisar más a menudo nuestro pecado de “omisión”, porque está claro que  permite que se den muchos conflictos que se pudieron evitar. Pudieron evitarse, pero no se hizo nada en su momento. Y es importante destacar, de cara a entender la importancia de que la acción acompañe a la contemplación, que en la parábola citada, ni los buenos ni los malos reconocieron al Señor en el prójimo; la salvación no está en la fe teórica sino en la práctica de la misericordia. 


Buscar la verdad y seguirla

Resumiendo, y de cara a trabajar nuestro modo de relacionarnos con el prójimo, anotemos que cuando alguien nos resulta desagradable, el desagrado nos produce aversión, y ésta nos lleva a la irritación, el rechazo, el enfado, el enojo, ... e incluso algo más violento: la agresión.

Por su parte, las sensaciones que nos llegan de quienes nos son agradables nos producen placer, encanto, atracción, y finalmente un cierto aferramiento o apego a ellas; por ello pueden transformarse para nosotros en dependencia o adicción. Además, lo agradable puede llevarnos a reacciones exageradas de sumisión a la persona u objeto que nos deslumbra con su encanto.

Cuando las sensaciones que nos producen las personas son neutras (ya dije que casi podríamos definirla como no-sensación) la tendencia es a no considerarlas ni buenas ni malas; sin embargo esta opción de neutralidad es muy tóxica; es una postura egocentrista, sólo tiene en cuenta lo que afecta al ego, lo demás no interesa. ¿No te has regocijado nunca egoístamente ante situacines dolorsas que ves dicéndote a tí mismo "menos mal que no estaba yo, o no me ha tocado a mí"?

Solemos mirarnos y movernos desde unos parámetros concretos que traen consigo consecuencias: “tengo algo que ganar o tengo algo que perder”, gano o pierdo; si gano, la consecuencia es apego y aferramiento; si pierdo, rechazo, aversión o ira. No solemos pensar en la sociedad como un todo en colaboración sino como una dinámica de confrontación; así nos vemos como en un juego de supervivencia personal: “necesito o no necesito”, "tomo, rechazo", “peleo o huyo”. Y donde no hay ambición de ganar ni miedo a perder se desactiva el interés dando paso a la indiferencia.

Es conveniente someter a revisión nuestra vida de apegos, rechazos e indiferencias. No es fácil discernir desde los sentimientos, porque los grados de bondad o maldad suelen estar muy ligados en nuestro inconsciente al agrado y desagrado. Como ya hemos dicho, todo lo agradable dirá el ego que es bueno y lo desagradable malo. 

Para un sano discerniento ayuda mucho llevar a la oración y el silencio situaciones que estamos viviendo con gozo o con sufrimiento y practicar miradas contemplativas (desde fuera y sin prejucios ni apasionamientos) dejando a un lado los sentimiento y creencias poniendo todo bajo el prisma de la sabiduría divina (mirar las cosas desde la mirada de Jesús). Esto es muy importante, porque sólo la mirada de la sabiduría del Amor nos puede ayudar a desmontar prejuicios y a ver la realidad no centrada en “mi historia” (ego), ni en la “historia de mi grupo” (religión, ideología, nación, etc.), sino en “la historia de Dios" (historia de la salvación, biblia)”, lo cual nos facilitará conocer lo que la sabiduría de Dios considera mejor  para mí y para la humanidad.

Para alcanzar el objetivo de "entrar y moverse sabiamente en el valle de este mundo" se requiere una dedicación especial para meditar acerca de aquellas personas o situaciones que hasta ahora hemos preferido mantener en la “ignorancia”. Dicen que ésta, la ignorancia, es el mayor pecado del mundo. Y en cierto modo es verdad. Jesús fue crucificado por la ignorancia de unos que creían que con su muerte daban culto a Dios, es decir, obraban convencidos de obrar el bien quitándoselo de encima (cf Jn 16,2); e ignorancia también de otros que, tal vez reconociendo que era un hombre justo, prefirieron abandonarlo o simplemente mirar con golpes de pecho su sufrimiento y su muerte. No lo hubieran crucificado si hubieran conocido que aquel al que crucificaban era "el Señor de la Gloria" (1 Cor 2,8). En ambos casos, la ignorancia les llevó a despreciar el mayor bien que tenían: la Sabiduría de Dios.

*

Todas las consideraciones expuestas nos llevan a una toma de postura que en el tiempo de valle (confrontación con la realidad después de habernos retirado a meditar en la cueva) se ha plasmar en acciones concretas de acercamiento y toma de conciencia de la realidad, mirada no desde nuestros prejuicios, creencias y sentimientos sino desde la objetividad de Dios. Se trata de recobrar nuestra relación con lo que dejamos atrás en el periodo de retiro, y permitir sobrevolar a nuestro espíritu para que, desde lo alto, donde la contaminación del agrado, el desagrado y la neutralidad, vislumbremos todo con la luz de la Verdad y con la libertad que esta procura (Jn 8,31). El objetivo: dejar a Dios hacer de nuestra vida una danza de contemplación y acción liberadoras.

Septiembre 2025
Casto Acedo