lunes, 2 de marzo de 2026

Conversión y sinodalidad

El texto recoge el contenido de la charla-meditación dada en el arziprestazgo de Mérida en Cuaresma de 2026. Se trata de iluminar la necesaria conversión personal y comunitaria para poder "caminar juntos", en sinodalidad. Se señalan para ello la necesidad de una verdadera conversión personal (purificar mi historia) y eclesial o social (purificar nuestra hisroria como grupos laicos o eclesiales) a fin de convertirnos a Dios (la historia de la salvación), es decir, para adquirir la visión divina de la realidad que posibilita la unidad en nuestra diversidad. La redacción es un tanto errática; espero que eso no sea un problema. Al final podéis bajar desde mi Drive  un infograma, un video y un PowwerPoint resumen de todo.

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Mi historia, nuestra historia, la Historia.

Conversión y sinodalidad


Richard Rohr, franciscano de EEUU, fundador del Centro de oración y contemplación, habla de la Biblia como un texto que tiene algo especial si lo comparamos con otros textos sagrados: Coran, Upanisads, etc... La Biblia enseña, pero a través de la historia, y mediante historias... En la Biblia se nos cuentan experiencias de vida, historias, retazos de vida de las que podemos extraer unas enseñanzas (algunos textos, sobre todo los últimos del AT: Sapienciales, y del NT: Escritos joánicos - Cartas - Apocalipsis, nos dan las enseñanzas mascadas, pero el grueso de la Biblia es historia donde mirar nuestra historia.Y convertirse no es sino mirar nuestra historia bajo el prisma de La historia de la Salvación, verme a mi mismo/a y ver la sociedad en la que vivo con los ojos de Dios. [0] 

Observa la Biblia. Es historia. Y si la miras desde un óptica convencional verás que trata de una historia extraña y contradictoria. En ella se habla de un Dios que permite que su pueblo sufra esclavitud en Egipto, que lo pone a prueba en el desierto y el exilio, que hace pasar a su Hijo -Él mismo- por la experiencia de la cruz. Se dice de santa Teresa que, encierta ocasión en que el carro en qu viajaba volcó, le dijo a Dios: “Si así tratas a tus amigos, con razón tienes tan pocos”. Y es que en la Biblia no oculta  el lado oscuro de la vida, no sólo  nos da a conocer la dulzura de Dios; también narra las amarguras de unas personas y un pueblo que se resigna a reconocerle como su mayor bien.

Al contemplarnos y contemplar nuestras iglesias no debemos tener miedo a reconocer nuestros errores o pecados. También esos hechos que nos parecen tan oscuros son revelación de Dios. La Biblia nos muestra como el pueblo judío creó una religión a partir de los peores momentos de su historia (instalación en Egipto tras traicionar a José, travesía del desierto, dolatrias, conquista dolorosa de la tierra prometida, exilio en Babilonia, dominación griega y romana, etc.) No es extraños que un tercio de los salmos sean de lamentación, o que Jeremías sea el profeta de los lamentos.De fondo se pone siempre la confianza en Dios, que se expresa: “El Señor peleará por vosotros; vosotros esperad en silencio” (Ex 14,14)  “Los que esperan en el Señor no quedan defraudados” (Sal 25,3), sino confiamos en nuestra tradición creyente.

Para entender cuál es la conversión que se nos pide en Cuaresma vamos a echar mano de una figura que Richard Rohr define como “tres cúpulas o niveles de sentido”;  como si hubiera tres niveles de comprensión de la realidad que nos pueden ayudar a discernir convenientemente nuestras vidas y la de nuestras comunidades, al tiempo que nos pueden dar pistas acerca de las dificultades para la práctica de la sinodalidad. 

1.     Mi historia (Lo que soy)

Un paso importante para la conversión es el de “convertir la imagen que tenemos de nosotros mismos”. ¿Cómo me pienso y me siento a mí mismo? ¿Qué me gusta de mí y qué no? ¿Hay algo que tenga bloqueada mi vida? A veces esos bloqueos son inconscientes, y por eso somos miedosos, reservados, tímidos; o somos agresivos y pendencieros, porque algo (a veces inconsciente) está bloqueando nuestro propio ser.

¿Y cuál es nuestro propio ser? Si me fio de la Palabra escrita en la Biblia “soy un ser creado y amado por Dios”, creado a su imagen, y, por tanto, si Dios es amor, transparencia (verdad) y bondad, yo soy “amoroso, transparente y bueno”. Si no me percibo así es que en mi historia ha entrado el pecado que oscurece el “diamante”[1] que soy.

Es importante contemplar mi historia para detectar las sombras que han podido envenenar la mirada que tengo sobre mi. Hoy esta mira a uno mismo es apremiante. ¿Por qué? Porque el modo predominante en que nuestra cultura mira las cosas y los acontecimientos es desde la perspectiva de uno mismo. Solemos leerlo todo desde el prisma de cómo nos ha ido personalmente, según lo que “yo creo”, “yo siento” y “yo pienso”. Y tal vez esas creencias, sentimientos pensamientos necesitan conversión.

Este modo de ver predominantemente de ver la propia historia (acontecimientos de la vida) desde uno mismo no ha sido siempre así,  aunque sí ha habido algunas personas que en la antigüedad han mirado todo desde sí mismos. Citemos el ejemplo de san Agustín en sus confesiones, o santa Teresa en el libro de su Vida, o los escritos de san Juan de la Cruz, cuyo lenguaje psicológico  muestra de modo excelente los estados interiores. Mirar la historia desde uno mismo como algo de mayorías  es algo  relativamente reciente, fruto de los últimos tiempos.

Hoy hemos colocado el propio “yo” en el centro. Se habla mucho de autoayuda, se encumbra la propia opinión por encima de la de expertos en el tema del que opinamos, se ve todo desde el prisma del “ego”; y se pone el yo (el ego o el concepto de mí mismo) como lo más importante.

La mayoría de las personas a lo largo de la historia no han tenido la oportunidad siquiera de tener acceso a este tipo de lenguaje tan personalista; y han vivido más centradas en “otro nivel de sentido”.  La “nueva era” es experta en este modo de mirar la realidad desde uno mismo y sus historias. En las nuevas religiosidades: yoga tantrico, mindfulness, meditación trascendental (supraconciencia), etc., el yo adquiere un protagonismo casi total. Todo se centra en el yo; y la relación con lo otro o los otros se zanja enfatizando el principio de la no-dualidad: al renovarte tú se está renovando la humanidad, al purificarte tú estás purificando al mundo, porque no hay tu y mundo sino una sola realidad; la iluminación es tomar conciencia de esto.

El lenguaje del “yo” de este nivel de sentido que ve la propia historia como lo más importante, se está convirtiendo en la actualidad en un sucedáneo de la verdadera trascendencia. Sin embargo, “mi historia” (lo que me sucede a mi) no es “toda la historia” (lo que sucede en el mundo). Una espiritualidad desde aquí, desde el “mi, yo, conmigo mismo”, crea individuos, incluso “buenos individuos”, pero no santidad, ni auténtica integridad; y mucho menos crea personas conscientes de su humilde lugar en la historia general y en la sociedad.

La tentación de la nueva era, como la del liberalismo sofisticado, es la de vivir exclusivamente bajo la cúpula de sentido de la experiencia individual. Esto da lugar a una espiritualidad muy pobre. Mirar y contar sin cesar la “historia de uno mismo” acaba siendo aburrido y narcisista. La vida privada hay que encajarle en un contexto más amplio o más grande para que merezca la pena ser tenida en cuenta.

A pesar de todo, la tradición Bíblica se toma en serio este nivel de sentido centrado en el “yo”, aunque no es el nivel más presente en ella. Hay encuentros de Dios con persona concretas, y planteamientos sobre el ser de Dios (teología) desde experiencias concretas, por ejemplo: vocación de Abrahám, Moisés, los profetas.. aunque los relatos de vocación siempre apuntan a la misión para un “nosotros”; también parecen tener en cuenta al individuo particular los libros sapienciales, especialmente el libro de Job; pero siempre la consideración de la propia historia tiene como trasfondo la relación con el mundo y con los demás; se trata de enriquecerme enriqueciendo a la comunidad (cultivando el nosotros).

La sinodalidad pide en nosotros convertir el propio ser, la mirada sobre uno mismo. Dar el paso del individulaismo a la relación con los otros. Para ello no estaría mal que tomáramos conciencia del “amor de Dios”, pero no tanto con las gafas de mi pecado, que me lleva a mirar a un Dios que me condena, sino desde las gafas del mismo Dios, amante, clemente y misericordioso, que me ama y ama a todos por igual (Mt 5,44-47), ya sea el hijo pródigo o el hermano mayor que queda en casa (Lc 15); Dios te ama y te ha perdonado; sólo resta que tú aceptes a ese Dios, que te abras a su amor y perdón.

2.     Nuestra historia” (Lo que somos)

No sólo necesita conversión a Dios mi ser individual, no sólo he de convertir a Dios mi visión personal; la Cuaresma, y la sinodalidad, están pidiéndome también una conversión de los “nosotros” de los que formo parte.

Hay  un segundo nivel de sentido desde el que leer la vida. Se trata de mirar la historia desde un “nosotros”. “Nuestra historia” (story). Aquí pasamos de “mi historia”  a  “nuestra historia”, de mi consideración interior a la consideración del ámbito comunitario en el que cada cual has desarrollado su vida: familia concreta, genero, grupo, religión, profesión, ideas políticas, lugar geográfico (calle, pueblo, región, nación, continente...).

Hasta no hace mucho éste era el nivel en el que la mayoría de las personas pensaron y desarrollaron su vida. La mayoría de las personas se han realizado dando prevalencia a su identidad grupal: pueblo, profesión, religión, ... Esto nos lleva a hablar con propiedad del “nosotros”: nosotros los españoles, nosotros los católicos, nosotros los agricultores, etc... En este nivel la ident idad se pone en el grupo, y dicha identidad se defiende como algo propio; se tiene un pensamiento grupal con el que el individuo se identifica.

Todavía en muchos lugares del mundo swe da la prevalencia del "nosotros" sobre el "yo"; sobre todo en lugares donde no se tiene tiempo ni oportunidad (formación, educación) para desarrollar una “identidad personal”. ¿No ocurría entre nosotros hasta no hace mucho? ¿No siegue siendo así en muchos casos?  Se era católico sin plantearse siquiera que es eso, se aceptaba el matrimonio único y para siempre sin  poner en duda la bonda del mismo, se creía en el cielo o el infierno como final sin poner peros, etc:, todo entraba en la lógica de la vida que se aprendía y aceptaba. Nadie se preguntaba por qué bautizar al niño, ni porqué hacer la primera comunión, ni por qué enterrarse pasando por la Iglesia, ni por qué lo normal era la heterosexualidad y lo demás una grave desviación. Las cosas en este nivel “son porque son”, no se buscan explicaciones... ¿No nos suena el “ esto se hace porque siempre se ha hecho así”?

No seamos sólo negativos. Existe un “nosotros” que es de necesidad si queremos vivir y sobrevivir. Yo no me puedo entender sin un “otro” y un “nosotros”. “No es bueno que el hombre esté sólo”, necesita la ayuda adecuada de otros. Jesús mismo escoge un grupo para continuar su tarea; necesitamos del “nosotros” (familia, tribu) para sobrevivir; no podemos vivir sin ellos. Y de la buena marcha de la comunidad va a depender mucho nuestro avance personal. No es lo mismo “caminar solos” que “caminar juntos”, en sínodo. Jesús lo sabía, y por eso dejó preparado un “nosotros” que continuara su tarea.

Pero, sin ser excesivamente negativos, no hay duda de que “instalarse ciegamente en el nosotros” puede acarrear algunos problemas:

*El primero es el de descargar la responsabilidad en el grupo. No me preocupo de crecer en planeamientos personales y me dejo llevar de modo acrítico por lo que me dice la “tradición”: las verdades, las leyes y los haceres del grupo. No me preocupo de formarne, y desde un grupo sin formación seria es difícil hacer un camino juntos con otros grupos.

*El segundo es que el “nosotros”, cuando presiente una amenaza externa proveniente de particulares o de otro “nosotros” se puede reaccionar, y de hecho se reacciona, a la defensiva y de manera violenta. Dentro del “nosotros”, el individuo muy identificado con su grupo y con una débil formación en la libertad personal, tiende a la violencia si es preciso para defender sus ideas cuando no puede con las armas de la razón.

Este segundo es el peligro del fundamentalismo, donde todo se piensa según la tradición del grupo (trado = lo que me han dejado o transmitido, para que sirva de apoyo en el futuro). El fundamentalisata entiende la tradición como un paquete cerrado de doctrinas, ritos y leyes morales eternas que hay que considerar de obligatoria aceptación y cumplimiento. Esto es tradicionalismo más que tradición; y en él no hay formación ni espíritu crítico sino la repetición mimética de lo que me han dejado y que no quiero perder so pena de perder el sentido de mi vida. Hay que entender, aunque no justificar, el fundamentalismo-tradicionalismo. El tradicionalista o integrisata vive en el engaño de estar en la verdad; cree que ve, pero no ve, como los fariseos del eavngelio(cf Jn 9,41); y cuando un integrista reacciona violentamente contra el opresor cree que lo hace dando gloria a Dios (Jn 16,2).

Somos invitados a mantener la tradición, pero la “tradición verdadera”, que no es sumisión a lo que nos dejaron nuestros antepasados: la tradición creyente de los que no fueron defraudados por Dios. La tradición nos habla de santos y teólogos que confiaron en Dios; pero esas experiencias del pasado no pueden transformarse en una forma astuta y diabólica de rehuir en el presente la misma experiencia divina. Las certezas del pasado no salvan sólo Dios presente hoy puede salvar. “No os hagáis ilusiones, pensando: "Tenemos por padre a Abrahán", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras” (Mt 3,9). Nuestra sumisión no es a un "nosotros" en una tradición, sino a un Dios vivo que es siempre misterio, del que siempre nos queda prácticamente todo por saber.  Es farisaico cantar nuestras grandezas u seguir pretendiéndolas recurriendo a la tradición o tradiciones del pasado que no han sido actualizadas; muchas tradiciones del pasado son cambiadas con frecuencia a beneficio de los interesados: “¿Por qué quebrantáis vosotros el mandato de Dios en nombre de vuestra tradición?” (Mt 15,3).

Tal vez el mayor obstáculo de para una sinodalidad fructífera sea éste del integrismo de alguos grupos en la Iglesia. El texto de la curación del ciego de nacimiento en el Evangelio de san Juan pone de manifiesto la gravedad de una tradición que acaba sepultando al mismo Dios al que dice representar:

Oyó Jesús que lo habían expulsado (al ciego), lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?». Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece». (Jn 9,35-41)

Los fariseos habían hecho lo que hacemos muchos: transformaron la idea bíblica de la fe (estar y confiar en Dios en cada momento) en una tradición de conocimiento cierto, supuesta predicibilidad y completa seguridad sobre quien y qué agrada a Dios y quien y qué no. Se cree tener a Dios en el bolsillo. Se cree que nuestra particular tradición religiosa, con sus particularidades, nos enseña todo sobre Dios y su voluntad. Y en ese todo caben todas las "tonterías" imaginables. En un esquema así Dios deja de ser libre y debe someterse a nuestras reglas, normas y tradiciones. Dios es secuestradeo por el grupo. El mismo grupo establece el bien y el mal. Y, por supuesto, la misericordia no etá entre las lentes con las que se mira a los demás.  

El fundamentalismo es la gran rémora de la sinodalidad, porque en una Iglesia sinodal es importante que el “caminar juntos” de personas y de grupos sea desde el reconocimiento de la identidad y libertad de cada individuo y de cada colectivo eclesial. Creerse en posesión de la verdad absoluta, encerrarla en dogmatismos y moralismos, y autodefinirse como única mediación salvadora,  impide que se pueda avanzar juntos desde la suprema Verdad que es el Misterio de Dios (dogma), desde la única Mediación que es Cristo (sacramento del encuentro con Dios)  y desde el Amor de Dios como gran principio moral (“ama y haz lo que quieras”, dijo san Agustín).

La caída de la importancia del “nosotros” para dar sentido a la fe y la propia vida, eestá suponiendo un gran problema para nuestra Iglesia. Hasta no hace mucho Dios, con sus mandamientos, con la doctrina cristiana, los ritos de paso (bautismo, comunión, boda, entierro...) proveían de “sentido” a la gran mayoría de lo que se llamaba “cristiandad”.  Pero cuando Dios desparece de la órbita como lo central, y es la persona y su historia la que ocupa su lugar surgen los “tradicionalismos” y los “fundamentalismos”; hay quienes quieren seguir manteniendo un “nosotros” que ahoga al individuo no dejando que piense, no sea que  se pervirta y rompa la armonía y disciolina necesaria para el grupo. 

Si queremos vivir la sinodalidad haabríamsde articular una seria formación bíblico-doctrinal, espiritual y moral que llegue a todos los iembros de la Iglesia. Sin esta formación, en el mundo de la increencia y el individualismo, el cristiano de a pie se siente huérfano, indefenso, porque es incapaz de pensar y vivir un sentido de la vida propio que le defienda de la vorágine de ideas científicas, morales y religiosas que le rodean.  Son muchos los creyentes en Jesucristo que, habiendo estado hasta ahora por un osotros acrítico,  viven el drama del sinsentido cuando se ven sometidos a los imperativos del mundo. Les cuesta conjugar lo que ven dentro y fuera de la Iglesia con el Evangelio que se les predica. 

No todos estamos capacitados como lo estuvo Jesús para mantenernos en pie en todas las circunstancias; necesitamos un “nosotros” que ayude a sostener la mirada en el Padre cuando la oscuridad se hace grande. En la debilidad me hace fuerte la fe y la gracia de Jesucristo (1 Cor 12,9), pero también el sentir que esa fe y esa gracia me llegan en un “nosotros sinodal”, el saber que no camino solo, y que en mi soledad me acompaña sólo Dios, también lo hace la comunidad.

En la Iglesia es bueno que haya distintos colectivos que completan los distintos matices de una única espiritualidad. Todos los subgrupos de la Iglesia tienen como fuente última de inspiración el Misterio del Dios Trinitario.[2]  En este Misterio tenemos el campo o nivel donde la “conversión” (metanoia; ir más allá del pensamiento) necesita activarse especialmente. Entramos aquí en el tercer nivel de sentido: una mirada sobre mi persona y mi pertenencia social y religiosa desde Dios.

3. La historia (Historia de la salvación)

El tercer nivel de sentido es el nivel de Dios, que abarca e ilumina todo; Dios está en la vida de cada ser, presente en su creación y sobre todo en el hombre y la mujer, creados a su imagen y semejanza; está también Dios en su Pueblo (Iglesia) reunido en su nombre (Mt 18,20), y actúa en los sacramentos, que son signos del encuentro con Él. Hablamos aquí de “La historia”, que en la Biblia podemos especificar como “historia de la salvación”.

La tradición Bíblica valora los dos primeros niveles de sentido (“mi historia”, “nuestra historia”); ambas son tomadas en serio en la Sagrada Escritura. Tanto el “soy yo” como el “somos nosotros” forman parte de los relatos bíblicos: la vida del individuo y la vida del pueblo de Dios son escenarios donde se da la revelación de Dios. Pero la Biblia añade algo más. Ambas miradas están “conectadas con un nivel infinito”. La Biblia no es un libro dirigido a personas especiales, ni tampoco a un pueblo especial, sino a la universalidad. En ella podemos bucear para descubrir “la historia”, sin pronombres posesivos -nadie puede tener a Dios como posesión particular- y que es “historia de la salvación”; en esta historia de Dios que se revela amando, perdonando, sanando, etc., contemplamos y recibimos las ideas, y los valores universales y eternos. La mirada divina, la manifestación de Dios como el "Padre de todos, que está sobre todo, que actúa por medio de todos y estrá en todos" (Ef 4,6)  hace que la Biblia sea n Libro donde cualquier persona puede leer y extraer sabiduría, independientemente de su ateísmo, agnosticismo o asignación religiosa.

La genialidad de la Biblia (Jesús de Nazaret) no está en ser un manual donde se exponen “los siete hábitos de la gente altamente efectiva”; no es un manual de autoayuda al uso. La Biblia ofrece unos materiales didácticos -historias, discursos, parábolas, consejos sabios- para que nos apropiemos de nuestra propia historia en todos los niveles; y lo hace ofreciendo testimonios tanto positivos como negativos que conectan con nosotros. Encontramos en ella historias de heroísmo e historias de cobardías, de fidelidad y de traición, de nobleza y de bajeza. ¿Quién no se ha identificado, para bien o para mal, con algún personaje o circunstancia bíblicos?  La Biblia, Palabra revelada de Dios, ofrece los materiales necesarios para conectar y discernir la vida y la muerte, el amor y el odio. Y presente en todas esas historias la presencia de Dios que va tejiendo los hilos de lo que llamamos “historia de la salvación”, la historia del amor de Dios por su pueblo.

La Biblia nos enseña a llegar al “conocimiento de Dios”, a la visión divina de la realidad, a una comprensión de la totalidad. Y lo hace a partir de la experiencia (historia) personal, pero también de la experiencia del grupo; Yo ilumino mi vida no sólo asumiendo mi responsabilidad personal, pero también asumiendo la responsabilidad que tengo como grupo familiar, social, político, religioso, etc.  Has de prestar atención a tu experiencia individual, a tus aciertos (éxitos)  y tus fallos (pecados), pero también has de tener en cuenta éxitos y los errores propios de tu cultura o grupo religioso (pecados sociales). Eres hijo de una cultura para bien o para mal.

Los males sólo los puedo sanar si los asumo y admito honestamente. También los éxitos comunitarios he de asumirlos con la humildad que da el saber que, como las personas, también los grupos son falibles. En esto de presumir de lo bueno y no asumir la ignorancia y las deficiencias propias se retratan los fundamentalistas, que quieren estar en el tercer nivel sin hacer autocrítica personal ni grupal. 

Es nefasto creerse en el lado correcto de “la historia” (en la perfección) sin hacer un análisis crítico histórico-social de la propia realidad personal y comunitaria. La religión fundamentalista (llamémosla también “tradicionalista”) es muy superficial y muy poco autocrítica. Una religión así hace del segundo nivel (“nosotros”) el primero (“Dios”), y así se convierte en lo peor de lo peor, grupos que se presentan como los auténticos intérpretes de la ley de Dios, y se siente con derecho a imponerla a costa de negar con sus obras que “Dios es amor” (Jn 4,8), un Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (Sal 145,8; Neh 9,17.31).

Vivir en el tercer nivel, mirar el mundo desde Él, es lo que hacen los místicos. Las contradicciones entre la espiritualidad individualista y la fundamentalista se resuelven en el nivel de Dios, en la inmersión en su ser (unión mística), en la fe, la esperanza y el amor como virtudes teologales, que sólo Dios puede dar y que no niega a quienes se lo piden con sincero corazón. Cuando dejamos que Dios ocupe su lugar adquiere sentido mi vida y la vida de mi comunidad humana y reñigiosa.

Cuando san Juan de la Cruz habla de silenciar nuestros pensamientos (ideas y creencias) para entrar en fe, nuestra memoria (experiencias negativas y positivas) para entrar en esperanza y nuestra voluntad (deseos, impulsos ególatras) para dar espacio a Dios en nuestra vida, está invitando a la vida mística, que pone el Misterio de Dios como lo más envolvente, el sentido de los sentidos, la razón de las razones, la clave para una fructifera sinodalidad de la Iglesia.Todo conisste en algo tan simple como dejar que Dios sea Dios. Ser con Dios comunidad. Ser con Dios personas distintas que con su gracia pueden vivir en la unidad, sin dejar de ser cada cual ella misma.

Sobre la conversión a la sinodalidad Dios tiene mucho que decirnos. Dios es Trinidad, tres personas distintas en una sola naturaleza divina.  Dios no se reúne para ser Trinidad en unos momentos concretos, es “comunidad de personas que existe y actúa desde siempre sin dejar de ser Trinidad”. En la Encarnación (Padre anuncia, Hijo que se encarna, Espíritu Santo que fecunda a Maria con su sombra), en la Pasión (el Padre que entrega al HIjo, el Hijo que se entrega al Padre, el Espíritu Santo que es entregado al Padre por el Hijo) y en la resurrección  (el Hijo que resucita; el Padre que resucita al Hijo; el Espíritu Santo que saca al Hijo de la muerte), se da una sinodalidad divina. Tal vez casi podríamos decir -salvando las distancias- que “Dios es comunidad que camina junta (perijóresis)”.

Conclusión

Para convertir nuestra vida personal y eclesial a la sinodalida hay que mirar a Dios, dejarse iluminar por su mirada de amor, aspirar a la objetividad de la visión divina de mi historia personal y comunitaria.  Dios nos ama; y si no nos amara no nos habría creado (cf Sab 11,24-26)

Hemos de relativizar las "tradiciones" en aras a la única tradición verdadera, que es la de Dios que ama a sus criaturas haste el extremo, y cuyo amor se predica sacramentalmente con la Eucaristía: :

“He recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido -dice san Pablo-: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega porvosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mia” (1 Cor 11,23-25)

En Cuaresma se nos llama a esta conversión. Conversión a Dios que renueva nuestra vida interior y nuestra Iglesia toda. Estamos llamados a ser “eucaristía”, vidas entregadas por amor a Dios y a los hermanos para ganarnos así, con ellos, para Dios. No creo que sea una barbaridad teológica decir que la sinodalidad es una cualidad de la Eucaristía como comunión y alimento para el camino. Con su entrega Jesús da gloria al Padre; también nosotros estamos llamado a glorificarlo.

San Juan de la Cruz, en su dibujo del monte, en la cima pone una frase que es todo un resumen de su espiritualidad: “Solo mora en este monte la gloria y honra de Dios”; si cada uno de nosotros, con detenimiento y discernimiento, buscamos en nuestra vida la gloria de Dios y no nuestras glorias ni las de nuestros grupos, haremos camino juntos. Esta es la llamada a la sinodalidad a la que nos está llamando la Iglesia.

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INFOGRAMA

RESUMEN DEL TEMA EN VIDEO

https://drive.google.com/file/d/1gH5Y3u-aS8pdDMW_fpJYf45LawNsjd8s/view?usp=sharing

POWER POINT 

https://docs.google.com/presentation/d/1YjtinLDOj73f8EgRS3FNak3DrHPKUkOw/edit?usp=drive_link&ouid=100969728777469114903&rtpof=true&sd=true

NOTAS

[0] La idea general que se desarrolla aquí está tomada de ROHR, Richard. La Biblia y su espiritulidad. Sal Terrae 2012 (20-26).

[1] Así, como un diamante, define santa teresa al alma, o a la persona. Según ella podemos “considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites” (1ª Morada, 1,1).

[2] Los “nosotros” de la Iglesia son múltiples: carcas y progres, grupos tradicionalistas y grupos progresistas, clero diocesano y clero reguilar; Opus Dei, Carismáticos, Comunión y liberación, Comunidades  Neocatecumenales, Focolares, Hakuna, Acción Católica, etc...

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Febrero 2026

Casto Acedo 

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