lunes, 15 de enero de 2024

4.2 Lo puedes todo con Cristo.

En el centro y hondón de la vida espiritual cristiana está Jesucristo. Él es el punto de referencia del amor bondadoso. Sobre el cimiento de su Palabra divina y eterna ("El cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" Mt 24,35) la vida del creyente se activa y adquiere un dinamismo que le lleva a negociar sus talentos a la luz de una humildad que le conecta con las palabras de Jesús: "sin mi no podéis hacer nada" (cf  Jn 15,5)


La humildad

Todos quieren alcanzar cotas altas de triunfos mundanos, ya sea poder económico, popularidad mediática, santidad: ser maestro, dominar artes espirituales, etc. Y esta búsqueda suele  conducir a la depresión, la tristeza y la baja autoestima. ¿Quién podrá lograr sus ambiciosos objetivos?  Las esperanzas suelen superar con creces a la realidad.


No hay nada malo en tener grandes expectativas, ambiciones; pero sí es nefasto poner el valor en el peldaño, evaluar según el parámetro que establece la sociedad desde los atributos externos, los dones o a las capacidades. Esto es sólo circunstancial.

 

Puedes ser un genio del fútbol, de las finanzas, de la música, etc. y hoy por hoy puedes considerarte muy arriba en tu mundo, pero esto no es ni definitivo ni eterno. Si en la realidad relativa del presente puedes hacer mucho bien con tus capacidades (medico, profesor, deportista, etc.), ¡enhorabuena! Puedes ayudar en algo y lo haces, ¡perfecto!. Hacerlo no es orgullo, ni arrogancia, “lo puedo hacer” y lo hago con sencillez. Hay otras cosas que no sabré hacer y deberé dar paso a que otros, con otras capacidades, lo hagan. A todas estas cosas temporales debemos darle el valor que se merecen; un valor temporal, relativo, contextual, … nada más.

 

Pero esas cosas temporales no definen nuestro valor intrínseco. ¡Qué importante es comprender esto! Tu apariencia no te define, las personas que te admiran no te definen, tu altura, tu peso, tu memoria, tu voz, tu coche, tu cuenta corriente, tus títulos, tu apellido, tu familia, no te definen. Y en la medida que ponemos nuestra identidad en esos atributos o cosas sufrimos, padecemos, estamos limitados; estamos constantemente amenazados, en jaque, porque siempre hay alguien que nos supera.

 

Es importante hacer una reflexión sobre la verdadera humildad, que no tiene su centro en posturas o acciones exteriores sino en la actitud interna. ¿Cómo definir la humildad evitando confundirla con la baja autoestima? Es fácil. Pues la autoestima es arrogante; muchas veces compensamos nuestra baja autoestima proyectando hacia fuera una imagen dura para que otros nos muestren aprecio, nos den el valor que no sentimos dentro. En la humildad genuina uno se conforma con ser socialmente igual a los demás. Esta es la clave: en esencia, soy igual de importante que los demás.


Puedo tener mis tareas y cargos propios en los que soy un especialista, y cuando los ejerzo puedo decir: “quitaos de en medio, ya controlo yo”, y esto no es arrogancia, es simplemente mostrar que se sabe hacer una tarea. El problema viene cuando ante los demás me pongo medallas por mis habilidades, cuando mi hacer lo considero un un valor añadido a mi ser. Esto se suele hacer cuando se cae en un estado de baja autoestima: la valoración que me falta dentro la busco fuera. La verdadera humildad está conforme con lo que hay dentro y no necesita confirmación externa; la falsa humildad sí.

 

La humildad es una virtud que escasea en una sociedad diseñada para sobresalir buscando continuamente confirmación externa. Se presume de humildad, pero no se posee. Los gestos de “mosquita muerta”, propios de quienes quieren presumir de humildes, no son humildad genuina. Hay personas que son discretas en gestos, palabras, opiniones, pero en su interior piensan: “yo soy más inteligente, estos no saben lo que están diciendo o haciendo, mi idea es mucho mejor”. Resulta paradójico: la verdadera humildad no necesita hacer demostraciones públicas de lo insignificante, bajo o pequeño que se es, pero cuando uno no está seguro de su humildad  recurre a ciertas demostraciones públicas de la misma y tiende a hacer un poquito el ridículo para asegurarse que no es un creído soberbio.


Los tres poderes

 

La  clave de la humildad no está en el hacer (exterioridad) sino en el ser (interioridad). La fe, la meditación y todo lo que conlleva de educación espiritual ayudan a descubrir dentro el potencial infinito, lo que realmente define e identifica a la persona. Trabajar la propia humildad es excavar un pozo para llegar a la mente primaria, al manantial infinito y permanente de gracia que fluye por tu interior. 


Reconocer en tu espíritu el agua del Espíritu que alienta tu vida en el hondón, es ya un motivo de confianza independiente de los altibajos que pueda sufrir tu vida en el exterior. Descubres con Él que tienes tres potenciales o poderes importantes:

 

o  El poder de corregir errores. ¿Recordáis el diagrama con el punto blanco en el centro? 


   Ese centro, que es nuestro ser original anterior a la caída, nimbado por la gracia de Dios, tiene la posibilidad de abrirse paso eliminando los otros velos que lo obstruyen. Podemos, pues, eliminar el mal, los patrones malos, las emociones malas, el conocimiento y las ideas malas. Abandonados (que no significa dejados pasivamente) al Espíritu, podemos purificarnos, sacar la suciedad de nuestro sistema.

 

o  El poder de desarrollar cualidades. También esto es  importante; nuestra naturaleza -herida por el mal, pero no muerta- tiene capacidad para desarrollar y cultivar las virtudes y adquirir sabiduría. El Espíritu viene en ayuda del espíritu.

 

o  El poder de hacer el bien, de beneficiar a los demás. Incluso desde nuestra pobreza material podemos aportar algo positivo. Ya el hecho de despertar tu corazón a la sabiduría es un beneficio para la comunidad, que no es una suma de seres independientes y desconectados entre sí sino una fraternidad que vive en comunicación de bienes (comunión de los santos)

 

El camino espiritual recibe luz cuando reconoces en ti que puedes activar en tu vida esos tres dones divinos o talentos: poder de cambiar mi vida, de mejorar mis cualidades y beneficiar a otros con mi amor). 


Lo primero que tienes que aprender es que tienes talentos latentes, y esos talentos no te han sido dados para enterrarlos bajo tierra por temor a no sé qué, sino para negociarlos (cf Mt 25,14-30: parábola de los talentos). No tienes una colección de talentos estáticos sino dinámicos; es decir,  tu ser no se te ha dado hecho del todo sino que está en proceso.


Estabilidad en el cambio 

 

Si te preguntas "¿quién soy?" puedes decir: “antes que nada soy cambio”, es decir, potencial para cambiar lo negativo, aumentar lo positivo y de este modo cambiar el mundo. Si te identificas interiormente con esa sólida interioridad llamada al cambio, con ese “ser divino que eres”, con ese talento que negociar, nada que cambie fuera te puede hundir; los cambios exteriores sólo serán un reto, una oportunidad para reforzar tu habilidad para el crecimiento (cambio) interior.

 

Para llegar a eso se necesita audacia, la necesaria para poner tu identidad en Dios. Podemos usar muchas máscaras en la vida; nada malo hay en identificarse con la familia, la ciudad, la región, el idioma, la tradición, la bandera, el equipo de fútbol, etc… todo eso es fantástico, pero lo importante es que predomine la identidad base, el “ser imagen de Dios”, hijo de Dios. ¡Esto es muy importante!

 

Sirve de ejemplo para lo dicho la imagen del sistema solar alrededor del cual giran los planetas; lo importante es tener asumido que el sol de nuestra identidad es “el don original”, la “imagen de Dios” que soy. Desde ahí puedo tener otras identidades fluctuantes, pasajeras, contextuales, relativas, que tienen su centro de gravedad, giran y reciben la luz de la “identidad original”, como los planetas la reciben del sol. Mi “identidad original” es mi “ser en Cristo”, “soy otro Cristo”. “No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. (Gal 2,20). Es muy importante no aferrarte a tu “identidad original” afirmándola como sólo tú, sin Cristo, haciendo de ella una máscara más.

El núcleo central, divino, permanece inalterable en ti. Pero, tal como ya hemos dicho, no es estático sino dinámico, es cambio; está siempre en salida; cuando de Cristo entra en la vida no hay nada ni nadie que lo pueda parar; es como una fuente continua e inagotable que nutre a la persona sin agotarla. Los obstáculos, lejos de ser rémoras, son palancas para subir. ¿Salió mal este proyecto? No importa, no hay problema, se vuelve a intentar, la vida es conversión continua; incluso en la caída Cristo sigue conmigo y me ayuda a levantarme. Cuando el corazón está anclado en Cristo nada puede parar su impulso hacia la perfección.

No son las conquistas y las victorias, ni los fracasos ni las derrotas, las que me definen. Si alguien me aprecia o si alguien me ignora da igual; mi valor interno, asentado en Cristo, permanece; sólo cambian los proyectos y sus consecuencias externas. El Espíritu de Cristo sigue trabajando en mí, si lo dejo actuar me sobrepondré a los posibles fracasos con fortaleza y nada podrá detener mi avance espiritual.   


Enero 2024

Casto Acedo