En el centro y hondón de la vida espiritual cristiana está Jesucristo. Él es el punto de referencia del amor bondadoso. Sobre el cimiento de su Palabra divina y eterna ("El cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" Mt 24,35) la vida del creyente se activa y adquiere un dinamismo que le lleva a negociar sus talentos a la luz de una humildad que le conecta con las palabras de Jesús: "sin mi no podéis hacer nada" (cf Jn 15,5)
La humildad
Todos quieren alcanzar cotas altas de triunfos mundanos, ya sea poder económico, popularidad mediática, santidad: ser maestro, dominar artes espirituales, etc. Y esta búsqueda suele conducir a la depresión, la tristeza y la baja autoestima. ¿Quién podrá lograr sus ambiciosos objetivos? Las esperanzas suelen superar con creces a la realidad.
No hay nada malo en tener
grandes expectativas, ambiciones; pero sí es nefasto poner el valor en el
peldaño, evaluar según el parámetro que establece la sociedad desde los atributos
externos, los dones o a las capacidades. Esto es sólo circunstancial.
Puedes ser un genio del
fútbol, de las finanzas, de la música, etc. y hoy por hoy puedes considerarte muy arriba en tu mundo, pero esto no es ni definitivo ni eterno. Si en la
realidad relativa del presente puedes hacer mucho bien con tus capacidades
(medico, profesor, deportista, etc.), ¡enhorabuena! Puedes ayudar
en algo y lo haces, ¡perfecto!. Hacerlo no es orgullo, ni arrogancia, “lo puedo
hacer” y lo hago con sencillez. Hay otras cosas que no sabré hacer y deberé dar
paso a que otros, con otras capacidades, lo hagan. A todas estas cosas
temporales debemos darle el valor que se merecen; un valor temporal, relativo,
contextual, … nada más.
Pero esas cosas temporales no definen nuestro valor intrínseco. ¡Qué importante es comprender esto! Tu apariencia no te define, las personas que te admiran no te definen, tu altura, tu peso, tu memoria, tu voz, tu coche, tu cuenta corriente, tus títulos, tu apellido, tu familia, no te definen. Y en la medida que ponemos nuestra identidad en esos atributos o cosas sufrimos, padecemos, estamos limitados; estamos constantemente amenazados, en jaque, porque siempre hay alguien que nos supera.
Es importante hacer una reflexión sobre la verdadera humildad, que no tiene su centro en
posturas o acciones exteriores sino en la actitud interna. ¿Cómo definir la
humildad evitando confundirla con la baja autoestima? Es fácil. Pues la autoestima
es arrogante; muchas veces compensamos nuestra baja autoestima proyectando
hacia fuera una imagen dura para que otros nos muestren aprecio, nos den el
valor que no sentimos dentro. En la humildad genuina uno se conforma con ser socialmente igual a los demás. Esta es la clave: en esencia, soy igual de importante que
los demás.
Puedo tener mis tareas y cargos propios en los que soy un especialista, y cuando los ejerzo puedo decir: “quitaos de en medio, ya controlo yo”, y esto no es arrogancia, es simplemente mostrar que se sabe hacer una tarea. El problema viene cuando ante los demás me pongo medallas por mis habilidades, cuando mi hacer lo considero un un valor añadido a mi ser. Esto se suele hacer cuando se cae en un estado de baja autoestima: la valoración que me falta dentro la busco fuera. La verdadera humildad está conforme con lo que hay dentro y no necesita confirmación externa; la falsa humildad sí.
La
humildad es una virtud que escasea en una sociedad diseñada
para sobresalir buscando continuamente confirmación externa. Se presume de
humildad, pero no se posee. Los gestos de “mosquita muerta”, propios de quienes
quieren presumir de humildes, no son humildad genuina. Hay personas que son
discretas en gestos, palabras, opiniones, pero en su interior piensan: “yo soy
más inteligente, estos no saben lo que están diciendo o haciendo, mi idea es
mucho mejor”. Resulta paradójico: la verdadera humildad no necesita hacer demostraciones públicas
de lo insignificante, bajo o pequeño que se es, pero cuando uno no está seguro
de su humildad recurre a ciertas
demostraciones públicas de la misma y tiende a hacer un poquito el ridículo para asegurarse que no
es un creído soberbio.
Los tres poderes
La clave de la humildad no está en el hacer (exterioridad) sino en el ser (interioridad). La fe, la meditación y todo lo que conlleva de educación espiritual ayudan a descubrir dentro el potencial infinito, lo que realmente define e identifica a la persona. Trabajar la propia humildad es excavar un pozo para llegar a la mente primaria, al manantial infinito y permanente de gracia que fluye por tu interior.
Reconocer en
tu espíritu el agua del Espíritu que alienta tu vida en el hondón,
es ya un motivo de confianza independiente de los altibajos que pueda sufrir tu
vida en el exterior. Descubres con Él que tienes tres potenciales o poderes
importantes:
o El poder de corregir errores. ¿Recordáis el diagrama con el punto blanco en el centro?
Ese centro, que es
nuestro ser original anterior a la caída, nimbado por la gracia de Dios, tiene
la posibilidad de abrirse paso eliminando los otros velos que lo obstruyen.
Podemos, pues, eliminar el mal, los patrones malos, las emociones malas, el
conocimiento y las ideas malas. Abandonados (que no significa dejados
pasivamente) al Espíritu, podemos purificarnos, sacar la suciedad de nuestro
sistema.
o El poder de desarrollar cualidades. También esto es importante; nuestra naturaleza -herida por el mal, pero no muerta- tiene capacidad para desarrollar y cultivar las virtudes y adquirir sabiduría. El Espíritu viene en ayuda del espíritu.
o El poder de
hacer el bien, de
beneficiar a los demás. Incluso desde nuestra pobreza material podemos aportar
algo positivo. Ya el hecho de despertar tu corazón a la sabiduría es un
beneficio para la comunidad, que no es una suma de seres independientes y
desconectados entre sí sino una fraternidad que vive en comunicación de bienes
(comunión de los santos)
El camino espiritual recibe luz cuando reconoces en ti que puedes activar en tu vida esos tres dones divinos o talentos: poder de cambiar mi vida, de mejorar mis cualidades y beneficiar a otros con mi amor).
Lo primero que tienes que aprender es que tienes talentos latentes, y esos talentos no te han sido dados para enterrarlos bajo tierra por temor a no sé qué, sino para negociarlos (cf Mt 25,14-30: parábola de los talentos). No tienes una colección de talentos estáticos sino dinámicos; es decir, tu ser no se te ha dado hecho del todo sino que está en proceso.
Estabilidad en el cambio
Si
te preguntas "¿quién soy?" puedes decir: “antes que nada soy cambio”, es decir,
potencial para cambiar lo negativo, aumentar lo positivo y de este modo cambiar el
mundo. Si te identificas interiormente con esa sólida interioridad llamada al cambio,
con ese “ser divino que eres”, con ese talento que negociar, nada que cambie
fuera te puede hundir; los cambios exteriores sólo serán un reto, una
oportunidad para reforzar tu habilidad para el crecimiento (cambio) interior.
Para
llegar a eso se necesita audacia, la necesaria para poner tu identidad en Dios. Podemos usar muchas máscaras en la vida; nada malo hay
en identificarse con la familia, la ciudad, la región, el idioma, la tradición,
la bandera, el equipo de fútbol, etc… todo eso es fantástico, pero lo
importante es que predomine la identidad base, el “ser imagen de Dios”, hijo de Dios. ¡Esto
es muy importante!
Enero 2024
Casto Acedo


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