lunes, 25 de septiembre de 2023

2.5 Amor universal y arrepentimiento

Altruismo (amor)  divino

“Dios, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.  (1 Tm 2,3). Es importante este “todos”, porque pone de manifiesto que Dios, y en su caso Jesús, no pone límites al alcance de sus bendiciones.

Cuando se cambió en la misa la fórmula litúrgica de la consagración, que hasta entonces hablaba de “sangre derramada por todos los hombres” a  "sangre derramada por muchos, se abrió un debate no poco importante.  Al decir que la sangre se entrega “por todos” deja claro Jesús que su Pascua de muerte y resurrección no beneficia sólo a un grupo determinado, aunque numeroso, de individuos. Su intención fue de sanación universal. 

Jesús quiere la salvación de todos. La expresión “por muchos”, parece reducir el campo de acción. Aunque no es así, porque mantiene abierta la inclusión de cada persona individualmente sin dejar de reflejar también el hecho de que la salvación no se cumple de forma mecánica, sin la voluntad o participación de quién la acoge; tiene que haber una decisión. Tú puedes decidir si incluirte entre los salvados o mantenerte al margen. 

Según se mire, sea desde la voluntad de Dios o desde la aceptación de la misma por parte de la persona,  ambas expresiones se complementan. La voluntad humana puede situarse en la cercanía o en la lejanía de la de Dios; puede aceptar o rechazar el don de su amor, pero lo que no se puede poner en duda es la voluntad divina que quiere que “todos” encuentren la felicidad. La vida de Jesús, al decir de muchos teólogos, fue pro-existencia, un vivir puesto al servicio de la vida y la felicidad de todos los hombres. No murió Jesús para favorecer exclusivamente a sus discípulos.

Dios quiere que la creación entera se beneficie de sus dones. Esto es el altruismo universal, o más acertadamente la fraternidad universal del Dios Padre de Jesús que este texto evangélico da a entender de modo excelente:

“Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publícanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” ( Mt 5 44-48).

Dios "no hace acepción de personas” (Hch 10,34; cf  Lc 20,21; Rm 2,11;Col 3,25). Desde la perfección del amor de Dios que no excluye a nadie puedes comprender que tus acciones también has de ofrecerlas y dedicarlas para bienestar de “todos los hombres y demás criaturas” y a “beneficio de todos los seres”.  Y "todos" quiere decir "todos". 

Obrar amando a todos, sin excepción  ni acepción, es un acierto, porque permite que esa acción que dedicas perdure en el tiempo y en el espacio. “Visitar a un amigo enfermo”, por ejemplo, es ciertamente algo que hiciste, y si el enfermo y sus allegados se alegraron de tu visita, cumpliste con tu misión;  pero  el espíritu de amor que pusiste en esa acción sigue presente en el mundo y lo está cambiando para bien. Una obra virtuosa no genera sólo un bien particularista puntual sino que beneficia a todos los seres y genera un cambio global.

El amor, abono para la paz

Ten en cuenta que las acciones buenas son un abono para la paz, el bienestar y la felicidad de la humanidad. Aunque no sean recibidas por aquellos a quienes las dirigimos -por ejemplo, si hago un regalo una persona y lo rechaza, o si pido perdón a alguien que no acepta ese perdón-, el acto de altruismo queda ahí y no pierde su valor. 

Un regalo beneficia  a quien lo quiera recibir, es cierto, pero además, si quien regala lo hace con una generosidad altruista, movida por el amor fraterno que no tiene interés alguno, el regalo también beneficia a quien lo hace; y su primera ganancia es que, aunque se rechace su acción o regalo, él nunca sufrirá por ello porque no hizo su obra para que le agradezcan nada. 

El mejor premio para quien quiere crecer en vida espiritual es precisamente el no-premio, porque le entrena para vivir desde dentro en libertad y no pendiente y dependiente de los elogios que le pudieran venir de fuera. El altruismo genuino supera la adversidad de no verse correspondido; y en esta falta de recompensa se fortalece. ¿No es esta la victoria de Cristo en la cruz?

”Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos;  ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.  (Rom 5, 6-7). 

En este texto de expone muy bellamente cómo el altruismo o fraternidad universal, vivido en absoluta gratuidad hacia todos, lleva consigo una gran fuerza y eficacia. Es la entrega totalmente altruista de Jesús la que salva al mundo, un gran regalo de Dios. Y para responder y "completar lo que falta a la pasión de Cristo" (la expresión es de san Pablo, Col 1,24) cuenta Dios con nuestras obras de generosidad gratuita, las que no desisten en el amor a pesar del rechazo, y que redimen a aquellos a quienes se dirigen, pero sobre todo a quienes las practican. Es este un buen motivo, desde la espiritualidad cristiana, para “hacer el bien sin mirar a quien” y sin esperar nada a cambio. Altruismo en estado puro, fraternidad universal sin fisuras.

La bondad del arrepentimiento

Lo dicho sobre la persistencia y efectividad de las acciones hemos de considerarlo tanto en caso de que sean buenas como cuando sean malas. Las malas obras, como las buenas, tampoco son acciones cerradas y terminales sino que ambas permanecerán en el tiempo si no haces lo necesario para que su fuerza negativa se desvanezca.

¿Qué hacer? Para paliar el efecto negativo de tus malas acciones lo primero que debes hacer es repasar mentalmente lo ocurrido tomando conciencia de lo torpemente que obraste, por ejemplo contra otra persona. Debes, además, no rehuir sino aceptar y mirar de frente ese pecado, no solamente como un acto puntual (robo, infidelidad, insulto, bofetada, difamación, etc.) sino teniendo en cuenta también la globalidad de condicionantes, momentos, circunstancias y decisiones que te llevaron a él. Asumir esto te ayudará a erradicar el mal.

Observar y ser consciente de todo lo que envuelve a una mala acción, reconocer los elementos que dieron lugar al huracán, al caos, a la tormenta  perfecta que surgió en aquel momento causando gran daño, no quita responsabilidad al hecho, pero ayuda a valorarlo desde el grado de consciencia habido en el momento. Y se abre con ello el paso para llegar a un arrepentimiento que será más perfecto si se asume en su justa medida la culpabilidad y se toma la decisión de cambiar en adelante los resortes que llevaron a la mala acción a fin de evitar que vuelva a repetirse.

Para alguien que no es creyente, en los casos de malas acciones viene bien un sincero reconocimiento del error y hacer un voto o promesa de reparación y de cambio que facilite la corrección; podrá así eliminar el sentimiento de culpabilidad. Si soy cristiano católico no vendrá mal, además, recurrir al sacramento de la penitencia reconociendo con humildad ante Jesús cómo la idolatría del ego me ha llevado al mal; el perdón de Dios recibido con fe y la diligencia en la reparación del daño producido por el pecado sanan la herida y dan pie a una renovación espiritual de gran hondura, porque Dios "sana a los que tienen quebrantado el corazón y venda sus heridas" (Sal 147,3). En ambos casos, creyente o no, el arrepentimiento, el deseo de cambio y las buenas obras, terminarán por limpiar el corazón dejando al pecado en el olvido.

Saldar deudas es encontrar la paz

Recuerdo la antigua traducción litúrgica del padrenuestro que decía “perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.  Una deuda es “lo que se debe a alguien”; y ¿qué es lo que debemos a nivel espiritual? Pues debemos amor, aceptación, dedicación a la justicia, etc. Aunque más "que debemos" deberíamos decir “nos debemos”.

Si queremos vivir una felicidad sostenible en el tiempo no podemos eludir el hecho de que ésta sólo puede venirnos de la paz, de la ausencia de lo negativo en nosotros. Es decir, cuando estamos libres de deudas económicas, o libres de deudas sociales, o de deudas de tipo personal, cuando no nos come la conciencia por haber hecho algo malo, entonces podemos tener paz y quietud. Por tanto, hemos de hacer todo lo posible para sanar las deudas pendientes. Y vale la pena porque es una forma de desarrollar una felicidad sostenible.

Decimos de Jesús que “Él pagó por nosotros” (Col 1,14; 1 Pe 1,18-19). Pues bien, también nosotros podemos y debemos pagar lo que debemos, o sea, amor, fraternidad sin límites, bondad, generosidad; esta es una forma de desarrollar felicidad que no vendrá de la obsesión por cobrarnos todo lo que creemos que nos debe la vida, como hace el mundo, sino pagando (amando) lo que debemos como imágenes de Cristo que somos; respondiendo sabiamente a las exigencias de nuestra naturaleza buena.

Este amor que nuestro ser divino nos exige no quedará sin premio. Cuando me dejo llevar por el Espíritu Santo y dejo a un lado los caprichos de mi ego embarcándome en las duras tareas del evangelio, no quedo sin recompensa; vacío de intereses y deseos que no sean Dios comenzaré a sentirme lleno de su Espíritu, y podré decir con san Juan de la Cruz: ¡Oh mano blanda! / ¡Oh toque delicado / que a vida eterna sane! / y toda deuda paga. (Llama de amor viva).  

Solemos huir de las sequedades y sufrimientos, de las noches oscuras, sin embargo, 

"conviénele al alma mucho estar con grande paciencia y constancia en todas las tribulaciones y trabajos que la pusiere Dios de fuera y de dentro, espirituales y corporales, mayores y menores, tomándolo todo como de su mano para su bien y remedio, y no huyendo de ellos, pues son sanidad para ella, tomando en esto el consejo del Sabio (Ecle. 10, 4), que dice: Si el espíritu del que tiene la potestad descendiere sobre tí, no desampares tu lugar (esto es, el lugar y puesto de tu probación, que es aquel trabajo que te envía); porque la curación hará cesar grandes pecados, esto es, cortarte ha las raíces de tus pecados e imperfecciones, que son los hábitos malos, porque el combate de los trabajos y aprietos y tentaciones apaga los hábitos malos e imperfectos del alma y la purifica y fortalece" (San Juan de la Cruz, Ll B 2,30).
Cada acto de amor por insignificante que parezca pone en órbita una serie de bendiciones que sana a quien los realiza y sanan a la humanidad: "El que os dé a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no se quedará sin recompensa" (Mc 9,41).

Para el mundo la felicidad es placer hedonista, estimulación, excitación, algo que viene de fuera. Sin embargo para quien es espiritual y no está atado al mundo la felicidad viene de la paz y tranquilidad interior fruto de una vida que se hace don, que “paga la deuda” no sólo de sí, si es que tiene algo negativo que purgar, sino también la de aquellos por los que intercede. Con mi entrega curo el daño de mis pecados,  y puedo sanar también el mal que hacen los hermanos, porque “yo soy ellos” y “ellos son yo”; esto significa fraternidad y verdadero altruismo. 

Ser altruista o hermano al modo de Jesús lleva consigo unirse a Él “pagando por todos”. ¿Qué es un santo sino una persona que ha asumido que no sólo es responsable del mal que provoca sino, en cierto modo, se sabe también responable del provocado por otros? Quien se sabe parte de un todo no puede ver una guerra, una injusticia, una enfermedad, una miseria humana, etc. y decir "no lo he visto",  “yo no he sido”, “yo no tengo culpa de nada de eso”. ¿Dónde está aquí la fraternidad como cualidad y el altruismo como tarea?

Eres un beneficiario del pago de otros. Muchos restañan los daños que tú produces. Cristo pagó por ti y por todos (Rm 5,8), vivió dándolo todo, perdonando, asumiendo tus deudas. Y eso no fue para él motivo de insatisfacción, al contario, dio paz y sentido a su vida. Tienes en Él un espejo y un camino. 

Resumiendo: toda tu actividad debe estar sellada con un sentimiento de fraternidad universal y una intención altruista. Si no desarrollas esta actitud lo que haces queda un poco en el limbo. Y mirado desde el otro lado, una simple actitud negativa puede destruir y anular para el futuro lo que hiciste de positivo. Así que ya sabes: si todo lo que haces va nimbado por una donación pura,  un "hacer por el bien de todos",  nunca pierdes el premio; de momento todo lo que das de ti va a crear en ti mismo más virtud, más fuerza; recibes, como dice Jesús, "el ciento por uno" (Mc 10,29), y a la larga toda la creación saldrá beneficiada.

Noviembre  2023

Casto Acedo

2.4 Lo que siembras cosechas. Consejos prácticos (II)

Seguimos en el segundo tema de la segunda etapa.  Aquí se dan consejos prácticos para aprender a vivir mirando al prójimo como modo de mirar por mí mismo. Cuando doy es cuando recibo. Pero no siempre veo y siento este aforismo con claridad; hay veces en que hay que obrar siguiendo la sabiduría aprendida, pero sin certeza presente sino desde la duda, el riesgo y la dificultad.


Sabiduría y virtud

"El que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará" (2 Corintios 9,6). 

En el proceso espiritual has de cuidar mucho tus deseos y tus acciones, porque existe una estrecha sinergia entre ellas y lo que puedes conseguir. Si la espiritualidad es algo “concreto” está claro que tus acciones marcarán el verdadero ritmo de avance; no va a crecer nada que no hayas sembrado. “Lo que uno siembre, eso cosechará. El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos” (Gal 6,8-9). Si plantas bondad, paciencia, tolerancia, amabilidad, evangelio..., o sea, si plantas virtud, vas a crecer en sabiduría evangélica y felicidad. 

La virtud es el producto acabado de la sabiduría. La sabiduría es la savia del árbol,  y la  virtud el fruto. Ahora bien, también el fruto (la acción buena) da alas a la sabiduría. El sabio practica la virtud, y esa práctica es el abono adecuado para crecer en sabiduría. 

Acciones virtuosas y sabiduría nos ponen en sintonía con lo que somos: criaturas tocadas por la chispa divina.  La virtud es un don de Dios, "todo lo bueno y perfecto que se nos da viene  de Dios” (Sant 1,17), y una vida abrazada a la virtud toca la esencia de nuestro ser original. En la medida en que vivimos en armonía con la verdad de lo que somos vamos adquiriendo sabiduría, y en esa misma misma medida somos felices disfrutando la satisfacción plena de nuestro ser, que no es otro que “ser hijos de Dios” (cf 1 Jn 3,1-2).

Es importante entender que la sabiduría no se puede extraer directamente de los libros, o de los maestros o las enseñanzas escolares. 

Hay que distinguir entre aprender y aprehender; lo primero consiste en adquirir nuevos conocimientos o memorizar información; el segundo, aprehender, es algo más; es adquirir algo, cogerlo, asimilarlo, capturarlo haciéndolo tuyo. Mientras lo aprendido se queda en el intelecto, lo aprehendido afecta a la vida, a la posesión por experiencia. 

Pues bien, la sabiduría de la que hablamos aquí no es algo que está fuera y que incorporamos a nuestros conocimientos sino algo que se adquiere con la experiencia de una vida virtuosa; el sabio no puede ser tal sabio en paralelo con una vida corrupta.

Para crecer como hijo de Dios en virtud y en sabiduría debes mirarte a ti mismo con detenimiento. Dios pone su gracia, pero tú has de poner la respuesta. En gran medida depende de ti. 

Cuando las cosas no te salen como debieran salir no te enredes pensando en que tal o cual persona o circunstancia no te han acompañado. Es una estrategia muy del ego echar balones fuera a fin de no asumir la responsabilidad. No pienses cómo debe actuar tal o cuál persona, o cuál ha de ser la situación perfecta para tu crecimiento; deja que las personas sean como sean y acepta las circunstancias tal como vienen. Tú lo que debes pensar es: ¿qué debo hacer yo?

La mayoría de nuestros problemas y emociones negativas vienen de enredarse en el pensamiento de “qué debería haber hecho el otro, que debería estar haciendo ahora”, “esto es injusto, esto no debería de ser así, esto es incorrecto, ¿no habíamos quedado en esto?” Y resulta que todo eso que señalas como causante de tu desgracia está fuera de tu control. Al focalizarte hacia afuera lo único que consigues es frustración y desgaste. La respuesta correcta es reconocer que cada instante o circunstancia, sea favorable o desfavorable, es una oportunidad para elegir lo que hago, lo que pienso y lo que digo; en cada situación puedo redefinirme y reconducirme.

Para ello debo asumir que en la adversidad la prioridad número uno es ser virtuosos, optar por el bien y la bondad según la sabiduría adquirida hasta la fecha. Es conveniente advertir también que la adversidad suele venir como el resultado de algo a lo que hemos colaborado directa o indirectamente. Cuando surge un conflicto o una situación adversa debería reconocer que, bien sea por acción o por omisión, mi participación en ese terremoto está ahí. Reconocerlo debería ser un aliciente para ver en toda virtud que practico una respuesta debida al daño que he sembrado desde la ignorancia o desde la consciencia. En cierta manera la virtud repara el roto producido por las malas acciones (cf Lc 7,47; 1 Pe 4,8).

El enfoque de mi respuesta ante la adversidad debe ser: “ahora es el momento de las buenas obras, ahora es el momento de empezar a definir el próximo momento, ahora es el momento de adueñarme de mi próximo momento, de mi futuro; ahora es el momento de construir mi vida, mi realidad”. "Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación" (2 Cor 6,2).

Sabiduría práctica

¿Cómo adueñarte de ti? ¿Cómo conducirte en tu vida diaria para crecer en virtud? Hemos dicho que cultivando la sabiduría y la virtud. Ahora damos un consejo para caminar por la virtud que parece una solución hipócrita y por eso necesita ser explicadas: “Fuera sé práctico y sigue las convenciones; dentro siéntete libre y desarrolla virtud”. 

La sociedad necesita un proceso de adaptación a una vida en armonía y paz, igual que tú necesitas un proceso; no se pueden imponer cambios violentando esos procesos. Por eso se recomienda ser práctico fuera, es decir, no forzar los procesos.

Tienes un ejemplo de ello en las palabras de Jesús acerca del divorcio:  “Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así” (Mt 19,8). La perfección de la virtud está en el amor para siempre, pero Dios no revela esa perfección de la virtud hasta el tiempo de Jesús, cuando su compasión absoluta o amor sobrepuesto a toda adversidad pudieron hacer mínimamente comprensible el precepto. Sólo desde el amor de Jesús, crucificado por aquellos a quienes ama, se puede entender su doctrina sobre el divorcio. Pues este mismo debería de ser el hilo conductor en nosotros: procurar la perfección, pero sin imponerla a nadie; “todo tiene su momento oportuno” (Ecl 3, 1ss).

Así pues, si estás practicando una alimentación vegetariana para mejorar tu salud, si estás procurando una vida de ocio más saludable, si planificas tus vacaciones con fines más de relajación y concentración que de dispersión o diversión, pueden surgir conflictos con amigos o con miembros de tu familia. Tendrás que moderar tus actos para evitar rupturas y separaciones innecesarias. Evitarás discusiones de sordos, donde sabes que nadie escucha. A ti te corresponde simplemente ser generoso en tu compasión con los que te rodean e interiormente paciente. Nunca debes soltar la paciencia, nunca perder la paz.

Ahora bien, esto no quiere decir que seas un conformistas cuando lo que está en juego son principios de justicia elemental. Si a veces hemos de ser silenciosos y transigentes porque no hay nada que hacer, otras veces habrá que montar escándalos y pasar vergüenza. Por ejemplo: si estás siendo testigo de cómo alguien está maltratando  física o verbalmente a otra persona, o si alguien hace un comentario racista o discriminatorio contra alguien, etc. no debes callar. Eso sí, sin perder la tranquilidad ni la paz, dejando ver que no estás contra nadie (no culpes a nadie, la injusticia suele ser fruto de la ignorancia) sino contra actitudes y actos que son humanamente inaceptables.

La paciencia es un estado interno de paz, pero es realista protegernos de los violentos que hay fuera, de los ladrones o los mentirosos. Si hay que llamar a la policía se le llama. Fuera no podemos ser idealistas sino prácticos. Repetimos: dentro paz, disciplina, serenidad, pero fuera hay que ajustar, medir la situación y decidir lo más conveniente.

Aprende que a más adversidad mayores beneficios para la virtud. Por tanto, si estás viviendo un mal momento, un tiempo de problemas familiares, laborales, personales, o espirituales, procura vivir ese episodio afrontando la dificultad; si lo que te ocurre lo estás viviendo con paciencia y fortaleza, atrévete a seguir así sabiendo que una mayor exigencia para ti aportará más virtud y más sabiduría a la larga. Desarrollarás con más intensidad no solo las virtudes cardinales (templanza, prudencia, fortaleza, justicia) sino también las teologales, entre ellas la esperanza, virtud que sienta las bases para permanecer firmes en el presente a pesar de las tormentas (cf Rm 5,3-5).

En los momentos de oscuridad, por tanto, se te da la oportunidad de crecer en fe, esperanza y caridad. En  fe  porque ¿qué es la fe sino el riesgo de apostar por lo que se cree correcto cuando no se sabe qué hacer?), en amor: ¿qué valor tendría el amor si solo fuera el pago a un amor recibido recibido o que se espera recibir?), y en esperanza, “ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina” -Hbr 6,19-, más allá de la oscuridad del momento presente.

*

“Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. ... Y el Dios de la paz estará con vosotros".( Flp 4,8-9). Concluyo con estas palabras que pueden muy bien resumir lo tratado. Sabed que, por ley de vida, la virtud trae ella misma su premio. Por eso si quieres paz sé pacífico, si bondad sé bueno, si bendición bendice, si justicia sé justo, si amor, ama.

Octubre 2023

Casto Acedo


2.2 Hesicasmo (notas)

Os recuerdo esta entrada que ya se mandó en Junio. No viene mal recordar este modo de oración propio de las Iglesias orientales. La más conocida obra de este modo de orar está recogida en el escrito anónimo de El peregrino ruso.


El Hesicasmo, hesiquiasmo o, más raramente, esicasmo (del griego hēsykhasmós, derivado de hēsykhía"quietud, silencio, paz interior"), es una doctrina y práctica ascética meditativa difundida entre los monjes cristianos orientales, a partir del siglo iv con los llamados Padres del Desierto.

El objetivo del hesicasmo es la búsqueda de la paz interior en unión mística con Dios y en armonía con la creación. Las tres características fundamentales del hesiquiasmo son: la soledad, como medio de huir del mundo; el silencio, para lograr la revelación; y la quietud, para conseguir el control de los pensamientos, la ausencia de preocupaciones y la sobriedad.

Divulgada por Evagrio Póntico  en el siglo iv d. C., es una tradición inicialmente eremítica  y que se hizo célebre en el monasterio del Monte Athos (Grecia). La enseñanza de los místicos rusos orientales afines al hesicasmo es recopilada  en un corpus de textos que se denomina Filocalia.   

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Lo que se expone en el articulo que incluyo en fotocopias es un comentario del Hesicasmo en Rusia según la reforma que establece Nilo Sorskii (1433-1508). Os lo paso porque lo comenté. Interesante es sobre todo:

La idea de la "atención" no tanto como "estar donde se está, viviendo el momento" (centrados en las reglas del monasterio) sino como "guarda del corazón" (portero que vigila la puerta del monasterio interior que somos)

*La aparición en el siglo XIV del "método físico" de la respiración con el añadido de la oración del nombre de Jesús"Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador" (Oración del corazón). Tal vez esto es lo más conocido del hesicasmo hoy en occidente. La enseñanza de esto se recoge en la Filocalia de los padres Népticos (Filocalia significa "amor a la belleza,   y népsis  -"néptico"- sobriedad, sencillez del alma).

Son muy conocidas en los estudios teológicos las polémicas que generó este movimiento, resueltas parcialmente por Gregorio Palamas. Por otro lado se generaron disputas, sobre todo acerca del peligro de endiosamiento y quietismo del monje o laico que practica esta espiritualidad.
  
Nilo Sorsky declara que "sin la disposición interior es inútil ocuparse de lo exterior", algo que apuntamos en nuestro tema de la oración: debe haber armonía entre el ser (orar) y el hacer (vivir el amor). 

Para los hesicastas la naturaleza humana no deja de ser buena en su fondo.  Es la  semilla buena que Dios ha sembrado en el campo (su espíritu, su chispa divina); pero el diablo siembra de noche la cizaña, que se adhiere al alma.  

En cada persona se repite lo acontecido en el paraíso (pecado y alienación-alejamiento de Dios) ; un proceso  que acaba viciando la naturaleza humana.... En este proceso se siguen estas etapas:

1. La sugestión; algo exterior sugiere, provoca el apetito, invita a la transgresión, a obrar el mal. En el relato del libro del Génesis es "el árbol de la ciencia del bien y del mal".

2.  La confrontación o coloquio, el diálogo con el mal, que se debería evitar (Jesús suele decir al demonio : ¡Calla y sal fuera!, no se deja enredar por sus discursos) ... Pero nosotros nos dejamos llevar y nace el deseo de pecar:  "Seréis como Dioses", dice la serpiente, y Adán comienza a ver el árbol como "apetitoso", inclinándose a probar. Nace el deseo de probar, de ocupar el lugar de Dios ("Seréis como Dioses), de decidir desde la desconfianza (abandono de la fe).

3. Se da la lucha, que no siempre acaba con la victoria del hombre. Con frecuencia quien vence es el espíritu del mal.

4. Se cae en la cautividad del diablo. 

5. Final del proceso: nace la pasión, la inclinación habitual (automática) al mal, algo que no tenía la naturaleza humana, que desde ahora es "naturaleza viciada". La pasión se pega a la persona como rémora al barco y no la deja avanzar en la vida espiritual. ¿Quién me librará de la esclavitud de las pasiones? 

El camino espiritual consiste en purificar el alma del "vicio", veneno o rémora que ha introducido en ella el mal. Ya sabemos que el hombre puede regirse por la carne (concupicencia, deseos ególatras, no confundir carne con cuerpo; exterioridad) o por el espíritu o chispa-presencia-fuego divino al interior del hombre (recordad la división tripartita: cuerpo-espíritu-alma). El demonio alienta la concupiscencia (satisfacción del ego), y el Espíritu Santo procura que lo que nos mueva a vivir y obrar sea nuestro espíritu (humano) iluminado por el Espíritu Santo. La pasión es lo que nos ata a la carne. Liberarse de la carne (pasiones, pecados capitales) exige generar automatismos para que sea el  espíritu  el que marque el ritmo de la vida. 


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Dentro de este esquema, los hombres espirituales deben aprender a discernir, para no "consentir" al mal. El "consentimiento" es la esencia del pecado.  

Ahora bien, la experiencia demuestra que para hallar la paz  no basta con evitar el pecado, es decir, evitar que el mal distraiga al alma; no basta con rechazar la sugestión de los pecados capitales, lo que Evagrio llama pensamientos (ideas, sentimientos, mociones, que invitan a prescindir de Dios); y no es suficiente el rechazo porque aunque no se impongan del todo dejan siempre en el alma una semilla de turbación. ¿Cómo orar con fervor si toda mi atención se concentra en superar las distracciones? 

El arte de la paz consiste en la capacidad de reaccionar y rechazar los malos pensamientos al primer movimiento, y rechazarlos sin discusiones, sin detenerse en ellos siquiera un momento. Para ello se ha de trabajar por cambiar las reacciones automáticas viciadas y no dejarse llevar por ellas, porque éstas tienden a darle juego a los pensamientos (sentimientos, mociones) pecaminosos.

Para rechazarlos es preciso conocerlos bien, formarse en el estudio, observar cómo se presentan a la inteligencia del alma, muy sutilmente, sin hacer ruido, como la serpiente en el Edén; y en la práctica, analizando (revisión de vida) cómo reacciono ante la seducción de los pensamientos. 

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¿Cuáles son esos pensamientos que hay que cortar de raíz? Ya los hemos mencionado, los que llamamos "pecados capitales": Gula, fornicación (lujuria), ira, avaricia, envidia (tristeza y acedia), pereza y soberbia (vanagloria). No podemos detenernos a analizarlos aquí detalladamente, pero habrá que hacerlo en su momento.

El padre de todos los pensamientos es la soberbia, algo mucho más pernicioso que la vanidad o vanagloria. A éste pensamiento de soberbia u orgullo Evagrio Pontico le concede el último puesto en la lista, destacando que puede dar al traste con todo lo que se ha conseguido vencer antes en la vida espiritual. 

La soberbia es más que vanidad. El vanidoso se gloría a sí mismo, pero por cosas de poca monta: cualidades como cantar bien, tener habilidades, ser inteligente, etc.. Pero el soberbio se gloría no en los dones naturales que tiene sino que se jacta de los dones divinos recibidos (gracias recibidas), los hace propios y presume de ellos; se atribuye a sí mismo lo que es don de Dios. Es la perversión de lo mejor, que es lo peor que puede pasar (perversio optimi pesima). Fruto de la soberbia es la hipocresía, creerse Dios cuando lo que busco y adoro es mi persona y mis actos.

Contra soberbia, humildad, virtud esencial; sin ella todo va perdido. La humildad es el contrapunto a la soberbia, y ocupa en la tradición monástica un lugar de honor. Sin humidad, repito, todo va perdido. 

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Octubre 2023
Casto Acedo

2.3 Elimina automatismos. Consejos prácticos (I)

No seas un robot

Es importante que la visión de la vida que vamos adquiriendo en nuestra formación espiritual vaya respaldada por la conducta. Y por conducta no entendemos simplemente algo verbal y físico, sino más bien un estado mental que se hace visible en el modo de reaccionar ante las situaciones que se presentan en el día a día.

En lo referente a esto de la conducta o modo de conducirnos en la vida viene bien un primer consejo: “no seas un robot”. Sabes que un robot no tiene personalidad, es sólo una máquina que actúa siguiendo los patrones programados. Pues bien, ocurre que con los años también tú has ido incorporando a tu vida una serie de patrones que determinan tus reacciones ante sucesos, situaciones o personas.

Me atrevo a decir que el feroz aumento de medios de comunicación y de (des)información va creando una sociedad uniforme, robotizada, previsible en sus reacciones, lo cual  conlleva unos peligros impredecibles para la vida espiritual, ya que está, si es genuina, se caracteriza por su vocación de libertad. 

La Inteligencia Artificial (IA), cuyo desarrollo está dando lugar a debates muy duros sobre los límites que hay que poner al avance tecnológico industrial, pone de manifiesto que las respuestas programadas a situaciones que van surgiendo pueden acabar con la humanidad. Alejar semejante amenaza no es solo cuestión de leyes de protección frente a los tecnócratas y sus inventos. Frente al demonio que es el automatismo programado (IA) sólo una educación espiritual seria  garantizará que podamos seguir siendo lo que somos: personas libres, no máquinas sometidas al imperio de programas o patrones de comportamiento predeterminados.   

Para madurar debes tomar conciencia de cuáles son esos patrones. Si estás atento a tu vida puedes observar que la mayor parte del día no estás participando conscientemente en lo que haces; tus reacciones ante lo que tienes delante son en su mayor parte inconscientes; no estás atento a lo que pasa en el presente, y el pasado, con sus patrones, costumbres y condicionamientos, determina tus actos. Las experiencias personales ya vividas, los convencionalismo sociales y los caprichos personales imponen su criterio estableciendo reglas fijas, reacciones automáticas.

¿Por qué ocurre esto? Primeramente porque esos hábitos que repites, aunque sean dañinos, te son familiares y no te crean excesivas molestias; al asumirlos te identificas con la actitud de víctima, como, por ejemplo, te identificas con ser autoritario, criticón o perfeccionista; incluso te alegras de ello. A veces eres consciente de esta identificación, pero otras muchas veces no tienes la más mínima pista consciente de identificaciones muy arraigadas en ti, de aspectos de tu conducta que te definen y que incluso tú mismo ignoras.

No deberíamos reaccionar de manera previsible o automática ante las sensaciones. Como ya comentamos en un tema anterior nos dejamos llevar alegremente por lo que nos es agradable para abrazarlo sin atisbo de autocrítica, por lo desagradable para rechazarlo de plano, o simplemente mostramos indiferencia ante lo que nos parece neutro. No discernimos ni elegimos nada, simplemente reaccionamos como robots; y para que se de un cambio y crecimiento espiritual se requiere salir de este modo tan simplista de reaccionar. 

De principio has de asumir que no debes ser tan tolerante con los patrones habituales que te definen, te programan y deciden por ti; patrones que te imponen lo que has de pensar, lo que has de decir y lo que has de hacer. Ha llegado la hora de que tengas voz y voto sobre lo que transcurre dentro de ti, de que dejes de ser un robot sumiso a un mimetismo inconsciente.

¿Cómo dejar de ser un robot?

Quiero vivirme más plenamente liberándome de algunos automatismos adquiridos. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo cambiar mis impulsos  inconscientes? Podemos seguir tres pasos: evaluar, elegir y actuar.

Primero evaluar reconocer y determinar lo que está ocurriendo dentro y fuera de ti. Abrir los ojos de la consciencia al presente, es decir, estar atento. Si no eres consciente de lo que se cocina en el exterior y del modo en que estás reaccionando (sentimientos, emociones, impulsos, etc), si tu radar no detecta lo que estás viviendo, el contexto en que lo vives, la situación concreta, los condicionamientos, etc., no vas a poder actuar el cambio en tu vida. El primer paso para salir de la trampa del automatismo es pausar tu actividad, acostumbrarte a estar donde estás, vivir el presente, despertar a lo que ocurre aquí y ahora.

Segundo, elegir. Se trata de determinar cuál es el mejor curso de acción. ¿Recuerdas cuando hablamos de que la verdadera felicidad supone tener la conciencia limpia y elegir la verdadera satisfacción? Pues eso. Se trata de decidir tu respuesta con una visión certera de qué es lo que más te conviene, qué es lo más beneficioso que puedo decir o compartir  en cada situación concreta. Lógicamente nos referimos aquí a “lo que más te conviene” teniendo en cuenta no sólo el interés de tu ego sino el de tu ser auténtico, lo cual te lleva a medir tus actos mirando también el bien de los demás y el de todos los demás seres.

Finamente hay que actuar con decisión, porque no se avanza simplemente haciendo un diagnóstico de la situación y sabiendo cuál es la respuesta más apropiada para ella; hay que pasar a la acción, actuar decisivamente con plena presencia y convicción.  Y aquí hallamos el principal escollo, porque hay que abrir nuevos canales por los que dejar fluir el agua de la vida. Cuando el agua baja de la montaña y va tallando el terreno haciendo unos surcos; por esos canales el agua baja con más facilidad, y por eso es lógico que siga ese curso que ya está hecho. Y lo mismo pasa a nivel neuronal, social y de hábitos. Solemos dejarnos arrastrar por el “siempre se ha hecho así”, siempre ha bajado el agua por ese canal. Por eso, cuando elegimos un camino distinto, actuar de una manera nueva, tienes que recapacitar y, sobre todo al principio insistir en hacer las cosas con presencia (consciencia presente) y convicción. No es fácil abrir un nuevo canal cuando ya la tendencia del agua se ha acostumbrado a bajar cómodamente por el antiguo. Por eso es preciso una decisión firme.

Así que, date tiempo y oportunidad para conocer cuánto de robot eres, cuánto estás dispuesto a trabajar para dejar de serlo y cuánto de decisión hay en ti para cambiar a mejor.


Octubre  2023
C. A.

2.1 La oración, cuatro aspectos.


Jesús fue un hombre de oración.  ¿De dónde sino iba a sacar las fuerzas para hacer de su vida un canto a la bondad? “Velad y orad para no caer en la tentación” (Mt 26,41). Si él, Dios encarnado, asumió como humano la necesidad de orar para salir victorioso en el combate espiritual, ¿cuánto más debemos asumir nosotros esa misma necesidad?

De las pruebas que nos regala la vida sólo se sale victoriosos fortalecidos en la oración. Con ella se cultiva ese núcleo de nuestro ser en el que el espíritu va dando espacio al Espíritu para que se adueñe del alma. Cuando la oración se deja guiar por el espíritu iluminado por el Espíritu brota el amor bondadoso. Nuestros pensamientos, sentimientos y acciones se despojan de los condicionantes del ego y se ponen “en salida”, abiertos más al bien del prójimo que al propio.

La oración o meditación, en lo que tienen de conocimiento de la sabiduría divina y de adentramiento en la interioridad personal, es el primer paso que han de dar quienes se proponen ser felices haciendo felices a los demás. Hablando en lenguaje teresiano, la felicidad está en la séptima morada del castillo interior, allí donde se produce el encuentro y asimilación del alma con Dios; ahí me conozco en Dios y encuentro en Él mi gozo. Dice la santa que  "la puerta para entrar en este castillo es la oración" (2 M 11), la oración es, por tanto, la puerta a la felicidad.

Hablamos, pues aquí de la oración, señalando algunos aspectos importantes de la misma a fin de que sea completa su práctica, y completa la felicidad y satisfacción que buscamos.

* * *
Cuatro aspectos de la oración 

Con la práctica de la oración vamos conectando con nosotros mismos y con Dios. ¿Qué es la oración sino un encuentro con el Otro y conmigo mismo? Creados a imagen y semejanza de Dios la oración forma parte del desarrollo de ese anhelo profundo de felicidad que nos embarga y que intuimos se halla en la comunión con Él.


La oración es como una amalgama de cuatro elementos, que unificados van haciendo que ese anhelo interior de felicidad se concrete, se manifieste y transforme mi vida y el mundo.

1) La oración tiene mucho de deseo, de “buen deseo”, de querer alcanzar lo que anhela y valora. Todo comienza con un deseo, una aspiración, que en la oración es el primer paso.   

Los proyectos más ambiciosos que realiza el hombre parten de una aspiración o deseo; pues bien, también todo el desarrollo espiritual que queremos para nosotros tiene que estar inspirado en una oración consciente que vaya situando los deseos de  nuestro yo en el eje de Dios que es su lugar natural. Por la oración entramos en el silencio, escuchamos, dejando a un lado el ego, y aprendemos a conectar con nuestro ser más auténtico intuyendo que en esa conexión está la clave de la felicidad.

Es preciso que te preguntes: ¿qué quieres?, ¿qué valoras?, ¿qué necesitas?,¿qué es lo esencial para ti? Es importante aclarar estas preguntas antes de ponerte a orar; porque si tus deseos son egoístas, si tus valoraciones son egocéntricas, si lo que consideras importante es sobre todo tu bienestar al precio que sea, tu oración será falsa o demoníaca. El deseo que te lleve a la oración no es ese deseo caprichoso que puede tener un origen muy bajo, burdo, mundano, que nace de la atracción externa de cosas o modas. El deseo propio de la oración es un deseo noble que sale de la mejor parte de nuestro ser, un deseo consciente que fomentamos en la práctica.

Conviene que repases tu oración y que valores hasta que punto nace de un deseo puro de Dios, que es lo mismo que decir que nace de un puro amor. Para ello pregúntate si tu oración es más de imperativo (“Dame, Señor,...”) o de subjuntivo (“Que todo mi ser sea conforme a tu voluntad,... que donde haya paz ponga yo amor ... Que todos los seres encuentren la felicidad, ... etc). Los deseos más puros son los que aspiran a obtener lo mejor para todos los seres antes que para sí mismo. Esto es básico para comprender en qué consiste el amor bondadoso al que nos encamina la oración.

2) Es importante, pues, el deseo, pero no menos importante es contrastar el deseo con un segundo elemento que es la inteligencia de la sabiduría, es decir, con un conocimiento o saber intelectual que me dice qué es lo mejor. El deseo es como el aspecto emocional de la oración; ahora nos referimos a que al motor de las emociones como fuerza para la oración le pongamos otro motor: el del conocimiento, al “sentir” le añadimos el “saber”, la certeza de que si busco la felicidad sé donde está, en qué consiste, y vivo en la confianza de que deseando lo apropiado la tendré como resultado de mi oración. El sabio tiene tanta confianza en que está sembrando la buena semilla que ya en la oración saborea el fruto del árbol que ha sembrado.

El seguidor de Jesús sabe que la sabiduría que busca la encuentra en la persona de Jesús, y más en concreto en los Evangelios, que no son sino una colección de enseñanzas sobre el modo más adecuado de orar (relacionarnos con Dios) y de mejorar el mundo (relacionarnos  con los hermanos y con la naturaleza). En este sentido, del Padrenuestro, como oración inspirada que es (cf Mt 6,9-13) podemos decir sin error que contiene en sí lo mejor y más sabio que podemos decir y pedir a Dios. 

3) Un tercer elemento de la oración es la súplica, que podríamos llamar el aspecto devocional; buscar ayuda fuera de nosotros. No oramos como seres separados de la realidad total; nuestro mismo ser incluye el entorno, el universo, y, por supuesto, el mundo de lo divino: Dios y los santos. La oración no es sólo un acto individual, es también comunitario. Este aspecto purifica lo que hemos llamado “inteligencia de la sabiduría”; el mismo Dios-Espíritu Santo y la intercesión de los santos vienen en “ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8,26a).

En la súplica invocamos la presencia del Espíritu Santo o la intercesión de los santos y nos hacemos así receptivos a sus bendiciones y enseñanzas. Reconocemos en ellos unas fuerzas mayores a nosotros, y al suplicar nos abrimos a esas fuerzas que vienen en nuestra ayuda. No es que esa fuerza o gracias no existieran antes de que las invoquemos, sino que por la invocación nuestro corazón se hace más receptivo a todo lo bueno y hermoso de Dios y de los santos.

Es importante saber que en nuestra oración no estamos solos. “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26b), y podemos recibir la misma intercesión de la Virgen María y de los santos si nos abrimos a su presencia y venida a nosotros; la Iglesia del cielo se une a la Iglesia de la tierra en sus oraciones en virtud de lo que llamamos la comunión de los santos; además, es muy importante este aspecto devocional por lo que tiene de didáctico, ya que en la vida de María de Nazaret y en la de los demás santos tenemos un evangelio vivo que puede orientar nuestro modo de orar y de vivir.

No sólo podemos procurar la ayuda de los ángeles y los santos, y entre ellos la mediación de la Virgen María, en la oración; también podemos pedir a otros hermanos que oren por nosotros y con nosotros;  a fin de cuentas la oración es un acto de Iglesia: cuando yo oro lo hace la Iglesia, y cuando la Iglesia ora lo hace en comunión conmigo. Decir a la comunidad o a algún hermano "rezad o reza por mi" es lícito y loable por lo que tiene de sentido comunitario y de aumento de la eficacia en la oración.  Jesús dijo "que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos" (Mt 18,19)

4) Y un cuarto elemento es el aspecto resolutivo, la decisión de actuar. La oración auténtica forma parte de un todo en el que no podemos excluir la práctica del amor y la bondad, que no son simples deseos, ideas o peticiones de ayuda para ser mejores y más felices. “No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). Es muy importante la resolución firme de actuar, de comprometerse en los cambios necesarios para que la felicidad fruto del amor bondadoso alcance a todo el universo.

Una cosa es quiero, otra es puedo y otra muy diferente es hago, lo que voy a hacerSer orante o meditador supone un compromiso serio por trabajar a fin de que la felicidad sea una realidad para todos; asumir que sólo o acompañado, con viento favorable o contra corriente, voy a hacer todo lo posible porque yo mismo y los demás seamos felices.

Es muy común que quienes practican meditación se pregunten por qué no avanzan en ello, por qué se va transformando su práctica oracional en una rutina, un aburrimiento. Tal vez sea porque se han quedado en el aspecto emotivo, intelectual o devocional, pero no han movido un dedo para cambiar su vida cotidiana; siguen mirándolo todo con el prisma de quien está convencido de que “la vida es como es y no se puede hacer nada por cambiarla”; ni siquiera han dado pasos para corregir automatismos conductuales propios que sienten y saben que deben corregir. Para estos la meditación es fuga mundiuna huida cobarde.  Pregúntate: en el tiempo que llevo en esto de la meditación, aparte del tiempo que dedico a la práctica ritual, ¿qué he cambiado en mi vida? Es importante esto para evaluar tu avance o retroceso en el proceso que seguimos.

* * *

Evalúa tu oración

Un buen ejercicio para profundizar en este tema sobre la oración es explorar (probar a fondo) en ti mismo todos y cada uno de los cuatro aspectos de la oración mencionados. ¿Te mueve más la emotividad, el deseo?, ¿te inspiran más las ideas, el convencimiento de que haces lo más apropiado?,  ¿das importancia a la súplica, la petición de ayuda exterior, la devoción a la Virgen y a los santos?, ¿qué valor das a tu estilo de vida en relación a tu oración?

Es bueno que te hagas consciente del elemento de la oración que es más determinante para ti, la que más te activa, la que más te inspira. Puedes dedicar un tiempo a meditar incluyendo los cuatro aspectos. Luego, con el tiempo, te darás cuenta de que hay uno que te motiva más, que enciende en ti con más facilidad la chispa del amor; puede ser el deseo, la sabiduría, la devoción (imitación de los santos) o actos concretos de bondad en tu día a día. Busca e insiste y desarrolla desde la meditación el  aspecto que más te mueve a alcanzar el ideal de la bondad hacia todos los seres y la consecuente felicidad.

Cuando el fuego del amor sea continuo en tu corazón, ve aflojando tu atención de ese aspecto que más te llama y vuelve a fijarte en la globalidad de los cuatro aspectos; generarás en ti una práctica más completa, más consolidada. 

La oración tiende a ser algo que unifica en un solo acto los cuatro aspectos. Si nos quedamos sólo con el primero (deseo) seremos unos meditadores emocionales, que alimentan sus sentimientos, pero nada más. Si con el segundo (conocimientos), seremos muy amigos de comprenderlo todo, incluso de convencernos de la bondad de la sabiduría espiritual, pero eso sólo nos ilustra la mente sin alentar ni cambiar el corazón. Si damos prioridad a lo devocional nos quedaremos en una espiritualidad de ritos vacíos de contenido y carentes de fuerza para cambiar nada, ya que esperaremos que sean los santos quienes lo cambien. Y, por fin, si lo nuestro es la obsesión por cambiar detalles conductuales (hacer, obrar) que consideramos perniciosos por otros de más bondad, puede que terminemos por engordar nuestro ego, satisfecho porque ha conseguido hacer algo por los demás y por el mundo.

Estudia y medita considerando estos aspectos que forman parte del todo de la oración o meditación. Es de vital importancia saber qué es lo que te mueve en la búsqueda de la felicidad. 

Febrero 2024
Casto Acedo

1.3f. Responsabilízate de tus actos. Consejos prácticos (VI)

 Concluimos con esta entrada al blog el tema primero de la segunda etapa de nuestro programa.


 Tres tipos de acciones

Solemos llamar "acciones" solo a los actos que realizamos, minimizando aquello que sentimos o decimos. Obras son amores y no buenas razones, dice el refrán. Pero habría que matizar lo de reducir las acciones sólo a su dimensión de materialidad exterior.

Mirando atentamente vemos que hay tres tipos de acciones: físicasverbales y mentales. Por lo general concedemos mucha más importancia a las acciones físicas, otorgamos el segundo puesto a las verbales y relegamos a un tercer lugar a las mentales.

Pegar a una persona nos parece más grave que insultarla, y ambas cosas peores que tenerle cierta  animadversión no expresada verbalmente.

Fijémonos en el noveno y décimo mandamientos recogidos en Ex 20,17 "No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo", y que se ha resumido tradicionalmente en el catecismo como "no codiciarás los bienes ajenos" y "no consentirás pensamientos ni deseos impuros" siguiendo éste último los pasos de Mt 5,28: "El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón", lo de pensamientos y deseos impuros ha quedado reducido al ámbito de la impureza sexual. Es una pena que al final sólo veamos en estos preceptos una llamada a la castidad y a la pobreza evangélica creyendo posible alcanzarlas sólo con la práctica de un arduo ascetismo exterior.

Si nos fijamos en los verbos "codiciar" y "desear" nos damos cuenta de que estos mandamientos no se refieren a evitar "acciones físicas" (externas), que ya se mencionan en el sexto y el octavo mandamientos. La novedad del noveno y el décimo está en las "acciones mentales" (internas). Resulta evidente, sin embargo, que nuestra cultura se ha centrado sobre todo en las "acciones físicas", minimizando las otras dos, cuando deberíamos considerar las tres acciones con el mismo interés ya que están mutua e íntimamente implicadas.

Un agricultor usa el hacha realizando el mismo acto físico que un asesino al que le guste decapitar a sus víctimas; y puedes decirle a una persona "¡qué cerdo eres!" realizando con ello un insulto verbal nada bueno, o decirle lo mismo de modo jocoso a un amigo que come algo que a ti te desagrada. Según estos ejemplos y otros tantos que puedes imaginar está claro que más importante que la acción física y la acción verbal es la acción mental, el pensamiento o intención que precede al acto. Todo acto humano adquiere un significado totalmente distinto dependiendo de la intención con que se hace.

A toda palabra o acto humano le precede un pensamiento, ya sea éste consciente o inconsciente, por decisión instantánea o por un automatismo fruto de la pereza mental que da por hecho que lo que se hace es lo adecuado. Y todo esto nos lleva a reconsiderar la importancia de las "acciones mentales", que no son sino las "acciones del corazón", la matriz de donde nacen nuestras palabras y obras: "El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca" (Lc 6,45). "Lo que sale de la boca, del corazón sale; y eso contamina al hombre.  Porque del corazón salen los malos pensamientos..." (Mt 15,18-19).

Quede pues constancia de que para tomar las riendas de nuestra vida tenemos necesidad de adueñarnos de nuestro corazón, al que también podemos llamar "mente", por lo que tiene de "pensamiento intencional". El silencio y la meditación aportan lucidez para mirar el trasfondo de nuestros actos. Contemplando mis acciones verbales y físicas escudriño mi corazón y trabajo para purificar lo que haya en él de mala intención. Se trata de algo que ya dijimos en otro lugar: "cambiar de mente", metanoia en griego, conversión del corazón. 

Responsabilízate de tus actos (importancia de la voluntad)

Deberíamos mirar con detenimiento cuáles son nuestras intenciones al realizar cualquier acto, porque la respuesta que damos a los interrogantes que nos va planteando la vida acaban volviendo a nosotros. “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, ... no perderá su recompensa” (Mt 10,42), “donde no hay amor pon amor y sacarás amor” (S Juan de la Cruz), pero si siembras vientos cosechas tempestades (cf Os 8,7).

Aunque son muchos los factores que influyen en nuestras vidas son nuestras acciones verbales y físicas las que parecen incidir de modo más fehaciente en las personas y ambientes con quienes vivimos y en el que nos movemos. ¿No has observado cómo quienes son acogedores y tolerantes reciben acogida y amor por parte de quienes les rodean? Sin embargo, quien es arisco y despreciador puede ver cómo se alejan todos de él.

* * *

Aunque sabemos que la gracia de Dios es imprescindible, “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), no podemos menospreciar el papel de la voluntad a la hora de cambiar nuestra mentalidad, nuestras palabras y nuestros actos. El aspecto humano más decisivo, la causa principal para tu mejora espiritual, es la decisión, el impulso, el paso adelante que das por iniciativa propia. Y es ahí, en la voluntad, donde puedes actuar.

Una espiritualidad abierta al crecimiento pide necesariamente sembrar buenas semillas en el entorno. Sabemos que somos muy limitados para poder cambiar el mundo según los criterios del Reino. No podemos cambiar así, de golpe, la mentalidad consumista, individualista o de comodidad insolidaria, pero podemos cambiar nuestra actitud personal, lo que decimos y lo que hacemos. Si lo hacemos correctamente no va a cambiar el mundo, pero de momento nosotros lo vamos a vivir de manera diferente, tendremos una experiencia distinta a la de “todo el mundo”, y nuestro nivel de felicidad tenderá a ser mayor. Desde aquí no hay duda de que atraeremos a personas que buscan lo mismo que nosotros, y alejaremos, naturalmente, a personas y situaciones desfavorables a nuestro modo de decir y hacer. Por aquí se empieza, por el testimonio personal que se hace evangelizador y se convierte en polo de atracción para otros.

Por otro lado, a nivel personal, los pequeños pasos que vamos dando orientan adecuadamente nuestra vida, que con la ayuda de la meditación y la experiencia práctica de las virtudes, puede abrirse a comprender los errores del pasado equivocado facilitando así el poder corregirlos.

Y con respecto al automatismo del actuar inconsciente, debemos trabajar la consciencia del presente. No menosprecies cualquier esfuerzo que hagas por tomar las riendas del presente  alejándote de automatismos. Hacerte consciente de lo que vives en cada momento te ayuda a ser responsable de él y a maximizar las oportunidades que se presentan; es decir, en vez de estancarte en el reciclaje de lo que has vivido antes, en vez de repetir los viejos automatismos, y en vez de estar focalizados en las expectativas del futuro, tomas las riendas del presente convirtiéndolo en agente de cambio aprovechando lo que te ofrece la oportunidad del momento. El futuro no viene solo, se construye en el presente.

Los pequeños avances que se vayan dando te permiten experimentar la felicidad de ser tú mismo y te hacen vivir con mayor confianza en el futuro, porque vas entendiendo y experimentando que el futuro no es un paraíso soñado que hay que esperar con brazos cruzados, sino una realidad que se degusta mientras vas edificándola en el presente.

Nuestro compromiso con el presente supone un paso importante, porque estamos creando las causas y las condiciones para que los valores del Reino de Dios arraiguen con solidez. El “venga a nosotros tu Reino”, como el “perdónanos como nosotros perdonamos” piden de  un aquí y ahora a favor de la justicia y la reconciliación, “porque si no perdonáis de corazón”o si no os esforzáis por ser justos, tampoco recibiréis el perdón ni podréis participar del gozo de la justicia del mundo nuevo (cf Mt 6,12-14).

Debes arrancar de tu mente y tu corazón el pensamiento propio de la  “religiosidad mágica”, que espera que Dios haga todo mientras te limitas a repetir oraciones  o  ritos. Has recibido de Dios la capacidad de actuar libremente, el poder de cambiar tu historia a voluntad. No esperes que te lo dé todo hecho; has de asumir tu responsabilidad. 

Deja a un lado el pensamiento de los éxitos y los fracasos pasados o de los sueños futuros. Vive el presente y haz lo posible por mejorarlo. Reorienta a mejor tus acciones mentales, verbales y físicas. Aprendemos del pasado,  ¡perfecto!, y creamos el futuro, pero vivimos el presente, el “pan de cada día”. No dejes pasar un día sin aportar mejoría a tu vida; estarás aportando mejoría a todo el cosmos.

Mayo 2023

Casto Acedo