lunes, 25 de septiembre de 2023

1.3e Transparencia y autoconocimiento. Consejos prácticos (V)


«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?
¿No caerán los dos en el hoyo?
(Lc 6,39)

*

A la hora de evaluar la marcha de tu vida espiritual puedes echar mano de tres testigos: de ti mismo, de los demás y de Dios. Aquí hablamos solamente de los dos primeros: tú mismo y las personas que te conocen y, para bien o para mal, te juzgan.

Hay que reconocer el beneficio de la crítica venida desde fuera; hay que agradecer toda crítica constructiva pero, de hecho, incluso las críticas destructivas venidas de las  personas que nos quieren mal pueden ser buena fuente de información acerca de cómo somos, y pueden servirnos para descubrir en nosotros un defecto o un error que nos costaría décadas descubrir y aceptar por nosotros mismos,

No obstante, aunque sea un beneficio contar con quien nos critique, para que sea exitoso nuestro camino espiritual ha de depender sobre todo del propio criterio; es más, si se quiere ser serio y apuntar alto en duración y calidad, nuestro proyecto de cambio debería apoyarse solo en el propio parecer. Si no desarrollas la habilidad de ser lo suficientemente autocrítico con tus limitaciones no vas a llegar muy lejos. Por ello es importante trabajarte la habilidad de ser testigo, aprender a mirar tu proceso como vigilante (mejor decir aliado) de ti mismo. La meditación en lo que tiene  de "observador que se observa a sí mismo" es muy útil para esto.

Es de vital importancia ser transparentes y honestos con uno mismo. Nuestro mundo no es especialmente amante de la transparencia personal; esta virtud de ser transparente va contra la tendencia del ego a elaborar una imagen propia que garantice la consideración y el aprecio social. De ahí que cuando aparece algo inquietante, alguna travesura de la soy autor, mi ego la camufla, la enmascara para mantener viva la imagen idealizada que pretendo mostrar a los demás. 

En esta etapa de “bajada al valle” o de “vida pública” es básico desarrollar confianza en ti mismo, estar muy seguro de tu intención, tener claro lo que quieres o buscas y estar interesado y comprometido con ello muy en serio. Sólo estando seguro al cien por cien de que soy mi mejor amigo en esta tarea, mi mejor aliado en esta batalla, me podré permitir ser transparente.

Es conveniente y necesario ser realista y sincero con uno mismo por dos razones: para prevenir el autoengaño, que es el principal obstáculo del practicante espiritual y para poder avanzar en inteligencia intrapersonal (conocimiento de uno mismo).

Si desarrollamos una relación muy íntima con nuestra verdad tendremos más posibilidades de detectar el autoengaño y prevenir el autosabotaje por el que el ego tiende a imponer su ley. Y esto es vital; primero porque nadie que no sea sincero y transparente consigo mismo puede avanzar; tenderá a desviarse del camino justificando hipócritamente su actitud; y segundo porque siendo transparente puede uno conocerse en profundidad. Siendo honestamente introspectivos percibimos dónde surge el conflicto y cuáles son las dificultades.  Y sabiendo cómo funcionamos por dentro, como interactúan los conceptos, las obsesiones, las emociones, etc. podemos intervenir para modificar nuestra vida.

En conclusión: sin transparencia no te vas a conocer, y si no hay una comprensión mayor y más profunda de ti mismos no vas a saber cómo mejorar. Por tanto, sé sincero, esfuérzate en conocer tus automatismos, tu modo de justificar los errores, tu manera de evadir la responsabilidad por los actos que dañan la imagen de autobombo que tu ego se esfuerza en mantener.

 Y si bien es cierto que el mejor testigo de tu vida eres tú mismo, no dejes de aprovechar  además la oportunidad que te dan los que te critican; rompe la inercia de pasar de largo ante sus opiniones; confróntalas, puede que estén tocando la herida que debes sanar. Nada es casual, y tal vez Dios esté poniendo en las palabras de tu enemigo la verdad sobre ti que no quieres escuchar. 

Como dice el texto de san Lucas com que iniciábamos este artículo, "si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo". Ahora bien, si te dejas guiar por quien ve, el Maestro, puedes alcanzar maestría. Merece la pena leer completa la parábola de los dos ciegos, que es como se conoce esta enseñanza. Medítala despacio, en lectio divina.

«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.  ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la mota del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. 

Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.  ¿Por qué me llamáis "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo?

(Lc 6,39-46)

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Mayo 2023
Casto Acedo

1.3c. Motivación altruista. Consejos prácticos (III)

El joven se acercó al anciano maestro y le manifestó su deseo de ser instruido en el conocimiento de Dios para alcanzar la perfección de la santidad. 
El maestro le invitó a adentrarse con él en el río. Y cuando el agua alcanzaba un poco más arriba de la cintura, el maestro puso sus manos sobre la cabeza del aspirante y sujetándolo bien le zambulló bajo el agua.
Al poco, el joven comenzó a moverse deseando salir a respirar, pero el maestro le impedía hacerlo. Cuando ya empezaba a tragar agua mientras luchaba denodadamente por salir  y respirar, el maestro le soltó  y el joven salió al exterior con gran estrépito. Recuperado el aliento, se  alejó un poco del maestro temeroso de que volviera a sumergirle.
-¿Qué pensabas cuando estabas ahí abajo, asfixiándote? -  dijo el maestro.
-Quería salir, respirar, salvarme, -contestó el joven.
-Pues cuando pienses sólo en Dios, vuelve y te recibiré como discípulo.

 * * *


Para lograr hacer cualquier cosa hay que tener un plan, una estrategia, unas metas, un compromiso, ... pero por encima de todo hay que tener una motivación. Si quieres lograr la felicidad a la que aspiras, sea esta de tinte religioso o no, necesitas desarrollar una motivación altruista pura. Y si tu elección va por seguir los pasos de Jesús de Nazaret deberías comenzar por contemplar qué es lo que le motivó a vivir como “un hombre para los demás”.

¿Qué me mueve a obrar el bien?

Uno de los pilares que hemos de procurar en este momento de nuestro camino es el de asegurar que nuestras acciones sean realmente altruistas, es decir, que no nos  mueva ningún interés sino la más absoluta gratuidad.

Somos muy ingenuos en esto de la “motivación altruista” y tendemos al autoengaño. He conocido a muchas personas que se han ofrecido a colaborar en Caritas o en otras instituciones benéficas manifestando su interés y ganas por hacer algo en favor de los demás. Aparentemente parece que el ofrecimiento responde a una motivación de puro altruismo, pero ¿hasta qué punto es así? El tiempo deja ver la realidad..

Gestos que apariencia son de buena voluntad pueden esconder motivaciones no tan altruistas. Hay quien se ofrece a trabajar como voluntario a alguna asociación benéfica para dar salida a sus ansias de notoriedad, para salir de la soledad relacionándose con otras personas, para escapar del aburrimiento, para sentirse válido o ser reconocido socialmente, etc. 

¿Cómo discernir la decisión en casos así? Puedo darme cuenta de que no hay en mí una motivación altruista pura cuando me ofrezco a ayudar y me siento humillado si no se acepta mi colaboración, cuando me molesta que no se reconozca suficientemente mi aportación, cuando no acepto estar bajo las órdenes de quien lleva las actividades y quiero imponer mis criterios de actuación, etc. Al final, tras no cumplirse mis expectativas, retiro mi ofrecimiento, abandono la causa, y lo justifico echando balones fuera: "no se puede trabajar con esta gente", "los dirigentes son muy institucionales y poco comprometidos", "me estaban explotando en esa asociación benéfica", "ya no puedo aportar nada más", etc. 

A la hora de trabajar mi interioridad sobre todo en la meditación, debo estar en constante alerta para cultivar una motivación altruista pura. Porque puede ser que medite, reciba formación, practique técnicas de silencio, quietud y autoayuda, etc., creyendo que lo hago por  altruismo, para ser mejor persona y ayudar a los demás a serlo.  Pero tal vez mi motivación última no sea más que presunción o egoísmo puro y duro. No quiero ayudar a los demás sino destacar entre ellos, no busco el bien de la humanidad sino el mío propio, no tengo en mente ayudar a otros a salir de sus sufrimientos sino ante todo salir del mío. Estas motivaciones son muy sutiles, pero suelen estar en el fondo del corazón, y así no hay manera de desarrollar la capacidad de amor de la que dispongo, el amor que soy.

Es fácil que al iniciarte en la meditación sientas que te estás despreocupando de los que te rodean. Y te justificas diciendo: "mi compromiso por un mundo mejor empieza por mí mismo",  "el amor a otros comienza por uno mismo", o "siendo compasivo conmigo mismo estoy compadeciéndome de la humanidad toda". Superas así ese tic de desagrado que te producía hasta entonces la necesidad del pobre que te pide limosna o el malestar que te embarga cuando piensas que estás haciendo muy poco por alguien que reclamaba tu ayuda. 

No te engañes. Es verdad que has de comenzar por ti, pero el problema viene cuando empiezas y terminas ahí. La auténtica espiritualidad no te separa de los hermanos; al contrario, sabes que progresas cuando vences el desagrado, el malestar y la pereza y respondes a la llamada del hermano; entonces sabes que has crecido en un genuino altruismo. Revísate en esto; hay quienes sólo buscan una espiritualidad y meditación que les proporcione una zona de confort nada solidaria.

Desarrolla una motivación altruista

Si eres cristiano convencido sabes lo importante que es captar la lección de altruismo que ofrece Jesús. Es lo primero que engancha de su personalidad. Todo lo hace por pura generosidad, sin mirarse a sí mismo y viviendo para otros. ¿Qué le motiva? Primero su Padre (el amor de su Padre y su amor al Padre). “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4,34), y con el amor al Padre el amor a todos, lo cual le lleva a trabajar para que “todos los hombres se salven (encuentren la felicidad) y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,3). 

La motivación, el motor de empuje, la fuerza de Jesús  está en su “conversión” (mirada) al Padre, referencia que vivió inseparablemente unida  a su  conversión a la humanidad (encarnación). Lo que anima la vida de Jesús no es otra cosa que la voluntad de Dios Padre que quiere que todos los hombres le conozcan, se conozcan a sí mismos en Él,  desarrollen sus capacidades y vivan concordes con su ser esencial que es amor siendo así felices. A esta misión se consagró Jesús.

Si hacemos nuestra la misma motivación de Jesús, si encarnamos su mismo espíritu, y de verdad buscamos la perfección del mundo, la armonía de la creación, el bien de los demás, su desarrollo, su crecimiento, la felicidad de todos los seres, estamos bien encaminados. Todo lo que hacemos impulsados por ese deseo, esa aspiración o esa motivación avanzará con el viento a favor; no va a haber fricción, no va a encontrar resistencia nuestro avance espiritual. El verdadero altruismo, el que surge del corazón enamorado,  no es forzado sino que fluye de un corazón que vive como suyas las inquietudes y los aciertos del prójimo. Al altruismo lo mueve el amor puro. Muy distinto de cuando se ocultan oscuros intereses particulares en nuestras motivaciones.

Por todo esto, te animo a comenzar el día o cualquier inicio de actividad, como pueden ser  tus vacaciones, un proyecto que tienes entre manos, la meditación diaria, etc., plantando en tu corazón la semilla altruista de Jesús. Ayuda a tu motivación con una oración de ofrecimiento: 

“Dios Padre creador, Hijo redentor,  Espíritu santificador, Trinidad Santa. Ofrezco (o dedico) este día (esta meditación, esta actividad) para mayor gloria tuya, para el bien de mis hermanos y beneficio de toda la creación. Gloria a ti por siempre Señor Dios del universo”.

 Acostúmbrate a desear que todas las criaturas se beneficien de tu actividad; que todo sea, como reza la máxima jesuítica, “ad maiorem Dei gloriam” (AMDG), para mayor gloria de Dios, teniendo en cuenta que “La gloria de Dios es que el hombre viva” siendo feliz. Más adelante tendremos la oportunidad de profundizar en la segunda parte de esta sentencia  de san Ireneo: “Y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”. 

Cuando empieces tu meditación-oración ten claro por qué la haces. Si en ella no recibes consuelo (experiencias gratificantes), ¿te vas a desanimar por ello?. Tú no meditas para engordar tu ego; lo haces porque quieres el bien de la humanidad; el valor de la oración no está en sus frutos sino en ella misma. El mismo acto de orar tiene su valor cuando se realiza por puro altruismo. Y cuando permaneces fiel a la meditación en tiempos de sequedad espiritual puedes decir que estás madurando tu espíritu de gratuidad. Aquí encuentra sentido la historia que abre este escrito: "cuando pienses sólo en Dios, vuelve. Serás bien acogido como discípulo".

Para finalizar pregúntate: ¿qué es lo que motiva tus acciones? Si quieres mejorar en tu vida espiritual es conveniente que comiences por asentar tu propósito en la solidez de una motivación que sea de absoluta generosidad.

Enero 2024

Casto Acedo

1.3b. Valora tu responsabilidad. Consejos prácticos (II)

Hay muchas cosas que nos influyen determinando lo que decimos o hacemos, e incluso lo que pensamos. Sociedad, amigos, familia, herencia genética, comida, situación social, economía, etc., son realidades en las que nos movemos y que tienen su incidencia en el ritmo de nuestra vida. Queremos crecer a pesar de esas cosas, pero no cabe duda de que todo cuanto nos circunda tiene su papel a la hora de facilitar o impedir nuestra libertad de movimientos. 

"Yo soy yo y mis circunstancias", sentenció Ortega y Gasset. Es conveniente ser consciente de que las respuestas que damos a las situaciones vitales están influidas por  muchos factores circunstanciales. Pero también es importante considerar lo que de personal hay en todo lo que hacemos. Por eso, esfuérzate por adquirir una visión panorámica de tu vida, y teniendo en cuenta las circunstancias valora tu participación, el grado de responsabilidad personal que tienes en todo lo que realizas.

A la hora de evaluar una conducta es bueno observar correctamente el protagonismo que disfruta el “egocentrismo”. De todos los elementos que influyen en nosotros el egocentrismo es el número uno, el principal. En nuestra manera de afrontar la adversidad influyen muchas circunstancias externas (familiares, económicas, culturales, etc.), pero por encima de todo  es nuestro “egocentrismo” interno el que más influye.

Recuerda que el egocentrismo no es sino el “nerviosismo del ego” que reacciona de modo exagerado ante las amenazas reales o ficticias que recibe; y nos hace muy reactivos. Al destacar aquí su importancia no pretendo que entres en un juicio moral sobre tus actos; simplemente apunto que seas conscientes del poder que el “egocentrismo” tiene sobre ti. Las reacciones tóxicas o indebidas (de agrado, desagrado o indiferencia) que protagonizas ante los acontecimientos que se te presentan son el producto de la distorsión que se genera en tu ego nervioso y temeroso de verse descubierto en su falsedad.

*

Algunas veces culpamos de las malas acciones a nuestra torpeza, a nuestra voluntad, pero si en realidad hay algún culpable en el drama de la vida es el “egocentrismo”. En realidad es el “ego”, pero por el momento hacemos hincapié en el estado de inquietud que abruma al ego cuando se ve en peligro, lo que llamamos "egocentrismo" como manifestación de los miedos del ego, un concepto este de "egocentrismo" menos abstracto y más accesible. El egocentrismo podemos disminuirlo de alguna manera, especialmente con determinadas prácticas; este es un trabajo que debemos cuidar mucho en esta etapa. 

No olvides, por tanto, fijarte en el “egocentrismo” como protagonista cuando estás interactuando en el mundo, sobre todo ahora que estás empezando a operar en el “valle”. Cada vez que te pares y analices algún comportamiento o conflicto concreto, más allá de los muchos participantes en él, recurre, como primera estrategia, a enfocarte en el malo de la película, que es el egocentrismo, la actitud reactiva, la obsesión por ti mismo.

Asumir la responsabilidad que tu ego y sus reacciones tienen en todo lo que haces te da la posibilidad, el poder, de intervenir en el cambio de tu vida. La transformación espiritual ha de tener un mucho de resistencia al ego: “Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo (el ego), como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. 'Resistidle, firmes en la fe” (1 Pe,8-9). Es importante saber que el ego es enemigo de tu felicidad, que produce estados aflictivos, que estos a su vez producen acciones tóxicas que a su vez producen conflicto en el mundo. Si reconoces en ti este enemigo que dentro de ti te quiere hacer mal y asumes la responsabilidad de lo que está ocurriendo, asumes la responsabilidad de que tú eres la víctima, te identificas como víctima de algo que está fuera de control.

Es verdad que, vistas así las cosas, cuando reaccionas descontroladamente ante situaciones diversas (juicios injustos, violencia, desprecios innecesarios, etc.) parece disminuir tu responsabilidad hasta casi parecer inexistente. Pero no es así. Lo que ocurre es que la responsabilidad no la pones tanto en tus acciones externas (reacciones) cuanto en el motor que las impulsa, en el caso de reacciones aflictivas en el ego y su nerviosismo, el diablo en lenguaje religioso; el mal está en la ignorancia, en el engaño en que vives, creyendo que controlas tu vida cuando en realidad te están controlando. Aquí tendría que decirte que el gran pecado es la ignorancia; es ésta la que produce infelicidad, porque rendimos nuestra vida al ego queriendo ser felices y lo único que conseguimos son sinsabores.

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Por tanto, acepta tu responsabilidad, no tanto por las acciones reactivas que protagoniza tu egocentrismo cuanto por las facilidades que das a tu ego para que mande sobre tu vida. Ser consciente de esto te permite al menos tener la opción de poder realizar cambios voluntarios en tu conducta que muestren a tu ego que él no tiene la última palabra. La fuerza del Espíritu para cambiar la tienes, sólo necesitas dejar que sea tu espíritu (tu ser original y auténtico, iluminado y guiado por el Espíritu) el que se imponga a tu ego.

No caigas en la trampa de culpar al ego de tus meteduras de pata. Es un recurso muy cínico y muy común para desligarse de la propia responsabilidad. Tú eres responsable de tus actos porque eres tú quien abre la ventana de tu alma para que el vendaval del ego desordene tu casa interior.

Un desafío para practicar: Aunque haya situaciones en que  tu reacción egocéntrica  parece estar en los límites de lo correcto, como puede ser el impulso a responder con el “ojo  por ojo” ante un agravio, párate, respira serenamente tres veces, y toma el control, asume la responsabilidad de actuar como te dicta tu centro personal, “no des lugar al diablo” (Ef 4,24). Si el caso es significativo llévalo a la reflexión y la meditación. Ve creando en ti automatismos que te salven de echarte alegremente en manos del ego; sabes que si lo haces sólo obtendrás insatisfacción  e infelicidad.

Diciembre 2023

Casto Acedo 

1.3a. No te sobreestimes. Consejos prácticos (I)

 En cada tema de esta etapa iremos dando una serie de consejos prácticos, es decir, orientaciones sobre la meditación, sobre conducta, modos concretos para animarnos a seguir en el buen camino, claves para el discernimiento de la vida espiritual, etc.

En la primera etapa estábamos en la fase de “cueva o celda”. ¿Recordáis? Tras un largo periodo  retiro en la celda nos hemos preocupado por conocer nuestras debilidades, nuestros apegos, nuestras relaciones tóxicas, mirándolo todo desde fuera, observándonos. Ahora  toca “bajar al valle”,  retomar la vida. 

Los cambios que hemos procurado para nuestra vida interior los vamos a confrontar con la exterioridad, con las personas, circunstancias y situaciones que vivimos cada día en la familia, el trabajo, los amigos, las diversiones, etc. Lo que se pretende con estos "consejos prácticos" es servir de ayuda de cara a tomar decisiones acertadas. 

No te sobreestimes

Comenzamos con un consejo: no te sobreestimes por lo conseguido hasta ahora. La salida de la celda o cueva puede traer consigo confrontación con situaciones o personas que dejaste al comenzar este camino.  Esta confrontación has de hacerla poco a poco, dosificando energías, sin extralimitarte, sin exageraciones. 

No hace falta demostrarte con acciones espectaculares, ni a ti mismo ni a nadie, que estás cambiando, que te sientes con más valor personal. No es preciso que te autoflageles duplicando tu tiempo de meditación o tus días de retiro; tampoco es necesario hacer ejercicios ascéticos, como ayunos, o mortificaciones que estén por encima de tus capacidades; y por supuesto no intentes imponer tus nuevos criterios de vida a tus amigos. No te preocupes por esas cosas; la vida misma te irá dando oportunidades para demostrarte que vales y para dejar ver y valer a otros tus progresos espirituales.

Buscar situaciones difíciles no deja de tener tintes de exhibicionismo; y si vienen esas situaciones vívelas discretamente, simplemente siente la satisfacción de haber hecho lo más fuerte, lo más duro; pero no te jactes de ello ni ante ti ni ante nadie. Evita caer en la soberbia espiritual. Nunca presumas de tu estado espiritual.

Camina por donde vas, no des saltos arriesgados. Recuerda una vez más que lo del espíritu meditativo y contemplativo es un proceso, un camino que hay que transitar paso a paso. Y sólo será eficaz si empiezas en el punto donde te encuentras. Por tanto, acepta tus limitaciones en la meditación, no dejes de volver de vez en cuando al “modo cueva” para mirar tu interior; pero ve subiendo pequeños peldaños tomando decisiones importantes en tu vida práctica, en tu relación diaria con las cosas, las instituciones  y las personas. Debes entrenarte en las pequeñas acciones para llegar a las grandes.

* * *

En resumen: evita caer en la soberbia espiritual. 

¿Qué es y cómo se manifiesta esta soberbia? Para saberlo te paso una selección del capítulo 2 del libro primero de la "Noche oscura", de san Juan de la Cruz. 

Recuerda que san Juan habla para principiantes, novicios  que han dado un paso adelante dejando el mundo y  decidiéndose a entrar en un monasterio. Habían purificado los sentidos físicos, pero ahora han de esforzarse en educar los sentidos espirituales.

Espero que te iluminen sus consejos. Lo seleccionado en cursiva es cosa mía.

CAPITULO 2

De algunas imperfecciones espirituales que tienen los principiantes acerca del hábito de la soberbia.

 SOBERBIA ESPIRITUAL:   1. Como estos principiantes se sienten tan fervorosos y diligentes en las cosas espirituales y ejercicios devotos, ...  les nace muchas veces cierto ramo de soberbia oculta, de donde vienen a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos. Y de aquí también les nace cierta gana algo vana, y a veces muy vana, de hablar cosas espirituales delante de otros, y aun a veces de enseñarlas más que de aprenderlas, y condenan en su corazón a otros cuando no los ven con la manera de devoción que ellos querrían, y aun a veces lo dicen de palabra, pareciéndose en esto al fariseo, que se jactaba alabando a Dios sobre las obras que hacía, y despreciando al publicano (Lc. 18, 11­12).

2. A estos muchas veces los acrecienta el demonio el fervor y gana de hacer más estas y otras obras porque les vaya creciendo la soberbia y presunción. Porque sabe muy bien el demonio que todas estas obras y virtudes que obran, no solamente no les valen nada, mas antes se les vuelven en vicio. Y a tanto mal suelen llegar algunos de éstos, que no querrían que pareciese bueno otro sino ellos; y así, con la obra y palabra, cuando se ofrece, les condenan y detraen, mirando la motica en el ojo de su hermano, y no considerando la viga que está en el suyo (Mt.7,37); cuelan el mosquito ajeno y tráganse su camello (Mt. 23, 24).  ...     

4. Muchos quieren preceder y privar con los confesores, y de aquí les nacen mil envidias y desquietudes. Tienen empacho de decir sus pecados desnudos porque no los tengan sus confesores en menos, y vanlos coloreando porque no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decir lo malo porque el otro no piense que tienen nada malo, sino bueno; y así, siempre gustan de decirle lo bueno, y a veces por términos que parezca antes más de lo que es que menos, con gana de que le parezca bueno, .... 

5. También algunos de éstos tienen en poco sus faltas, y otras veces se entristecen demasiado de verse caer en ellas, pensando que ya habían de ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección. Tienen muchas veces grandes ansias con Dios porque les quite sus imperfecciones y faltas, más por verse sin la molestia de ellas en paz que por Dios; no mirando que, si se las quitase, por ventura se harían más soberbios y presuntuosos. Son enemigos de alabar a otros y amigos que los alaben, y a veces lo pretenden; en lo cual son semejantes a las vírgenes locas, que, teniendo sus lámparas muertas, buscaban óleo por de fuera (Mt. 25, 8). ... 

EQUILIBRIO ESPIRITUAL: 6.  ... Pero los que en este tiempo van en perfección, muy de otra manera proceden y con muy diferente temple de espíritu; porque se aprovechan y edifican mucho con la humildad, no sólo teniendo sus propias cosas en nada, mas con muy poca satisfacción de sí; a todos los demás tienen por muy mejores, y les suelen tener una santa envidia, con gana de servir a Dios como ellos; porque, cuanto más fervor llevan y cuantas más obras hacen y gusto tienen en ellas, como van en humildad, tanto más conocen lo mucho que Dios merece y lo poco que es todo cuanto hacen por él; y así, cuanto más hacen, tanto menos se satisfacen. ...

7. Estos, con mucha tranquilidad y humildad, tienen gran deseo que les enseñe cualquiera que los pueda aprovechar; harta contraria cosa de la que tienen los que habemos dicho arriba, que lo querrían ellos enseñar todo, ...

.... No tienen gana de decir sus cosas, porque las tienen en tan poco, que aun a sus maestros espirituales tienen vergüenza de decirlas, pareciéndoles que no son cosas que merezcan hacer lenguaje de ellas. Más gana tienen de decir sus faltas y pecados, o que los entiendan, que no sus virtudes; y así se inclinan más a tratar su alma con quien en menos tienen sus cosas y su espíritu, lo cual es propiedad de espíritu sencillo, puro y verdadero, y muy agradable a Dios.

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Admira la finura psicológica de san Juan de la Cruz. 

Para nosotros, en el momento en que estamos, quede el aviso de no caer en "soberbia espiritual". Tal como hemos propuesto: no te sobreestimes, procura no creer que eres más porque meditas, no presumas de tus "experiencias místicas" (?) ante nadie, no minusvalores a nadie porque no tenga la suerte que tú tienes de haber encontrado un camino. Sé discreto/discreta en el hablar y vive discretamente.

En conclusión: aprende a estar donde estás, no te minusvalores; tampoco te sobreestimes.

Mayo 2023

Casto A.

1.2. Jesús, altruismo, bondad, compasión y felicidad.

No hay duda de que Jesús, tal como lo presentan los evangelios, buscó la felicidad; y no tengo dudas de que lo consiguió. Su propuesta de vida tiene como eje la bienaventuranza, la dicha, la felicidad propia y la de todos.

El Sermón del monte (Mt 5-7) recoge enseñanzas que abren la puerta a una vida dichosa:

*felices los que viven la virtud de la pobreza;

*felices los compasivos;

*felices los que tienen la mirada limpia;

*felices los que trabajan por la reconciliación de los hombres;

*felices los que aman con fidelidad y sin dobleces;

*felices los que están abiertos a luz de la verdad;

*felices los que no hacen acepción de personas;

*felices los que hacen de su vida una limosna, una donación total de su tiempo y de sus bienes;

*felices los que cada día dan gracias a Dios por todo lo que reciben;

*felices los que practican el bien, se abstienen del mal y ayunan de injusticias;

*felices los que no ponen su corazón en las riquezas;

*felices los que se saben protegidos por la mano del Padre y viven su día a día con paz;

*felices los que no se justifican en el mal ajeno y procuran hacer siempre el bien;

*felices los que más allá de las palabras, “¡Señor, Señor!”,  hacen de su vida un compromiso por la felicidad de todos;

*felices los que se confían a la Palabra de Dios en la prosperidad y en la adversidad.

Si en Jesús se unifican enseñanza y vida no hay duda de que Jesús fue inmensamente feliz.

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En la etapa que iniciamos vamos a unirnos a la propuesta de felicidad de Jesús, cuya realización vemos posible por la práctica de tres cualidades esenciales: ALTRUISMO, BONDAD Y COMPASIÓN, acciones útiles y necesarias para ser plenamente humanos (felices) y hacer del mundo un paraíso de felicidad. 

Jesús vivió comprometido con éstos valores. No los entendió como un código de leyes morales, sino como un anhelo que sale de dentro;  vivir esto es en Él la consecuencia o despliegue más lógico de su ser divino y humano.  

¿Cómo elaboró e hizo suya  Jesús la felicidad propia y ajena? Con la práctica del altruismo, la bondad y la compasión.

ALTRUISMO

No se puede ser feliz sin contar con los otros; por tanto el altruismo forma parte esencial de la felicidad. El aislamiento no conduce a ella. 

Jesús fue un altruista convencido; volcó su atención amorosa sobre  la humanidad identificándose con todos e identificando a todos consigo mismo. La misma Encarnación no es sino una manifestación de altruismo del mismo Dios que se hace uno de tantos (Flp 2).

El Otro (Dios) se me da a conocer en el otro (hombre, Jesús). Dios se hace visible en la Encarnación. “A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). Se hizo semejante a nosotros menos en el pecado (Hb 2,17). “Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? ... Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,39-40) ).

Jesús parece decirnos: yo soy el otro, yo soy tú, soy vosotros. Ciertamente, y sin detrimento de la propia identidad personal, supo entender su humanidad como una unidad con todo y con todos; unidad sólo posible en una alteridad y que sólo es inteligible en la diversidad. La imagen de la comunidad humana como “cuerpo de Cristo” es un espejo donde contemplarme como parte de un todo que me afecta. Sin altruismo, sin vivir en el otro, no soy yo, no puedo ser feliz.



BONDAD 

Dice san Pedro que Jesús “pasó haciendo el bien ... porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38). Este texto nos revela que Jesús vivió en bondad. Su padre, José, de quien se dice en la Escritura “que era bueno” (Mt 1,19) debió enseñarle que el camino de la bondad es el más apropiado si se quiere tener una vida feliz y satisfactoria.

Ser bueno es algo necesario para una vida gozosa. El malvado se recome a sí mismo por dentro, sus maldades son producto de su insatisfacción y más que darle felicidad generan  en él más desdicha; el bueno, sin embargo, alineado con su  naturaleza bondadosa es feliz haciendo feliz a los demás. 

Si algo no podemos negar de Jesús es su bondad, su capacidad de escucha, su acogida, su compromiso por liberar del sufrimiento a quienes sufren la maldad de otros. ¿Puede ser triste alguien que se preocupa de las necesidades de los hermanos y reparte bondad a quienes le rodean?

No "tenemos" que ser buenos, "somos" buenos. Creados a imagen de Dios no podemos sino ser buenos por naturaleza, como Dios. Lo somos. La maldad no forma parte de nuestra naturaleza sino que es algo adherido a ella. Si bondad y felicidad han de caminar unidas no cabe duda de que hemos de soltar todo lo malo que se ha apegado a nuestro ser bondadoso como la rémora al casco de un barco. En otras palabras: para ser felices hemos de borrar del corazón la malicia que nos domina y debemos esmerarnos en la práctica de las buenas obras.  

COMPASIÓN. 

“Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor»” (Mt 9,36). “Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer” (Mt 15,32) La  Encarnación del Hijo es pura compasión de Dios, amor de excelsa y total gratuidad. Los milagros de Jesús en los evangelios son motivados por la compasión; Jesús no puede soportar el sufrimiento ajeno y su instinto de amor le lleva hasta la Cruz. “Por pura gracia estáis salvados” (Ef 2,5).

Ante el dilema de matar o morir Jesús prefirió morir “por” la humanidad; un “por” que hay que entender en doble sentido: “por” (a causa de) la maldad de la humanidad y “por” (a beneficio de) la sanación de todos exculpándonos por nuestra ignorancia. “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Contemplar sus heridas, su compasión, su amor extremo, conmueve y sana a quienes aún viven en el error de la ira, la violencia y la venganza. 

Prueba a contemplar el amor de Dios en el crucificado. Cuando en silencio te dejas invadir por su perdón tu corazón se ablanda haciéndose como el suyo. "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo" (Lc 6,36)

En circunstancias adversas la compasión parece oponerse a la felicidad entendida como algo grato. A nadie le gusta sufrir. El misterio del dolor siempre será el más evidente enemigo de la felicidad; pero no confundamos dolor con tristeza ni placer con felicidad; hay dolores que apuntan a una felicidad más alta: “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hijo” (Jn 16,21); y hay placeres que anuncian infelicidad: ¡Habéis acumulado riquezas… Habéis vivido con lujo sobre la tierra y os habéis dado a la gran vida, habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza” (San 5,3-5); un texto éste último que no sólo tiene un sentido para el final de la vida sino también para el hoy. La avaricia, lujuria y la gula matan la felicidad. No es sostenible una felicidad que se quiera asentar  en el exceso de los placeres; a la fruición primera siempre le seguirá el hastío.

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Jesús eligió el camino correcto para la felicidad: encarnación altruista, bondad divina y misericordia. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Altruismo, bondad y compasión. Abordaremos estas tres joyas de la vida espiritual desde el entusiasmo por la persona de Jesús. Por eso, en toda esta etapa os digo con santa Teresa: “Los ojos en Él”.

Mira a Jesús. ¿Crees que fue feliz? ¿Crees que su camino de vida es camino de felicidad? No olvides que la felicidad no es simplemente la satisfacción de unos deseos arbitrarios; es una elección de vida que rompe los velos (egocentrismo) que no te dejan respirar y asfixian tu aspiración a ser feliz.

Repito: Altruismo, bondad, compasión. Graba estas palabras en tu mente y en tu corazón. Enamórate de ellas. Deja que maceren tus entrañas y dibujen el rostro de Jesús en tu corazón. 

Jesús es el camino de la felicidad. Si no te seduce la idea de vivir como Él, es mejor que abandones. La vuelta al “valle” tras tu periodo de “cueva” supone dejar de mirarte el ombligo (causa de todos tus males) y comenzar a mirarte en Jesús y en los hermanos. Es lo que hizo el mismo Jesús cuando dejó su "cueva de Nazaret" e inició lo que llamamos su "vida pública", una  misión de servicio a la humanidad con la mirada en el Padre. 

Noviembre 2023
Casto Acedo

1.1 La felicidad (Reflexión inicial de etapa)

«Todos los hombres buscan la manera de ser felices. Esto no tiene excepción, por muy diferentes que sean los medios que empleen, todos tienden a este fin»  (B. Pascal, Pensamientos, 148)
“La felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días de vida que Dios da al hombre, porque esa es su recompensa; y si Dios da a cada hombre bienes y riquezas y le permite comer de ellas, tomarse su parte y disfrutar de su trabajo, es también un don de Dios. Porque no pensará mucho en la brevedad de su vida si Dios le llena de alegría el corazón” (Ecl 5, 17-19)

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Iniciamos una nueva etapa de nuestro camino espiritual en grupo.

En la primera destacábamos el objetivo de ver con claridad nuestro ser personal, conocernos íntimamente e ir adquiriendo el equilibrio emocional necesario para caminar seguros. Para ello nos retirábamos a la celda o cueva.  

Clave para discernir si hemos aprovechado bien esta primera etapa es comprobar si hemos crecido en conocimiento propio. Recordad el consejo de santa Teresa: 

“Es cosa tan importante este conocernos, que no querría en ello hubiese jamás relajación, por subidas que estéis en los cielos; pues, mientras estamos en esta tierra, no hay cosa que más nos importe que la humildad. Y así torno a decir que es muy bueno y muy rebueno tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que volar a los demás, porque éste es el camino; y si podemos ir por lo seguro y llano” (1M 2,9).

Hemos aprovechado las lecciones sobre el conocimiento propio (primera etapa) si hemos crecido en humildad, si hemos descubierto y aceptado que somos de barro, débiles y propensos a dejarnos llevar por los engaños de nuestro ego.

Conocer mi situación de esclavitud a determinados apegos, mis autoengaños, mis desequilibrios emocionales, relaciones tóxicas, etc., eso que hemos procurado en la primera etapa, es de vital importancia para sortear los obstáculos que hallaremos en la segunda. En esta miramos hacia afuera y nos preocupamos de desarrollar unas cualidades que podemos resumir en estas palabras: bondad, altruismo y compasión.

Antes de entrar a estudiar esas cualidades o virtudes vamos a decir ahora algo acerca de la felicidad, problema y cuestión de interés general y especialmente necesitado de revisión en la espiritualidad cristiana, porque son muchos los filósofos que han detectado en el mundo cristiano un sentido triste y masoquista de la vida. 

Baste este comentario de Lin Yutang, un pensador chino, educado como cristiano y que en un principio aspiró al sacerdocio para luego declararse a sí mismo pagano tras abandonar la fe. Justificando su apostasía comenta que  el cristianismo, como el budismo que conoció en china, niega la felicidad que viene del disfrute de los placeres sensoriales.  
“Es extraño que este problema de la felicidad, que es la gran cuestión que ocupa la mente de todos los filósofos paganos, haya sido enteramente descuidado por los pensadores cristianos. La gran cuestión que preocupa a las mentes teológicas no es la felicidad humana, sino la "salvación" humana, trágica palabra. ... . La cuestión de la vida es olvidada por la cuestión de salir con vida de este mundo. ¿Por qué ha de preocuparse tanto el hombre por la salvación, a menos que tenga la idea de estar condenado? Las mentes teológicas se ocupan tanto de la salvación, y tan poco de la felicidad, que todo lo que nos pueden decir sobre el futuro es que habrá un cielo muy vago, y cuando las interrogamos acerca de lo que haremos allí y cómo seremos felices en el cielo, sólo tienen ideas de las más vagas, como la de que cantaremos himnos y usaremos túnicas blancas” (Lin Yutang, en La importancia de vivir).
Sin negar que ciertas corrientes dentro del cristianismo parecen sentir una cierta atracción masoquista por la cruz como sufrimiento, hay que decir a quienes  acusan a los cristianos de sufridores, pesimistas y aguafiestas, que si nos atenemos al evangelio no tienen razón para tales acusaciones. Jesús no predica el sacrificio, el dolor, el sufrimiento y la tristeza en esta vida a la espera de alcanzar felicidad en la otra.
 
La cruz no es para los cristianos una invitación al sufrimiento sino una "contemplación del amor de Dios". Hay una interpretación perversa de la cruz que sostiene que el Padre exige el sufrimiento del Hijo, pero esa no es la mirada de quien cree en el evangelio (buena noticia, noticia feliz). La voluntad de muerte no está en Dios sino en los que crucifican a Jesús. En Dios hay un proyecto de vida, de esperanza, de fe, de no renuncia a la felicidad en la adversidad, cuando todo invita a la desesperación. Sentir el amor extremo de Jesús en su entrega no es para el creyente motivo de llanto sino de gozo.

La cruz es el punto omega de la vida terrena de un Jesús que tuvo como objetivo procurar la felicidad terrena y eterna de la humanidad con todo lo que dijo e hizo. Ciertamente que habla de vida eterna, pero no como un aparte de la vida finita sino como la plenitud de ésta. Y en este sentido es como hay que entender sus palabras en el discurso de las bienaventuranzas al proclamar “felices” a los pobres, a los no violentos, a los que trabajan por la paz, etc. (cf Mt 5,1-10). Serán felices en el Reino de los Cielos; eso sí, este Reino celestial está ya aquí y ahora dentro y en medio de nosotros, aunque en espera de alcanzar su cenit. 

 Por tanto, el cristiano no es un sufridor vocacional sino que, en línea con la cita bíblica del Eclesiastés que abre el encabezamiento de este tema, una persona que disfruta de las bondades de la vida material cuando estás le salen al paso; y cuando la enfermedad, el dolor y el sufrimiento aparecen busca en su interior la fortaleza necesaria para no caer en la tristeza.

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Hablemos de la felicidad 


"Todos queremos ser felices", el deseo de bienestar y felicidad es el anhelo primario del ser humano, el motor e impulso de su vida.

Hemos comenzado esta segunda etapa hablando de felicidad por la necesidad de poner en claro que la vida espiritual no se opone a los fines de la vida en general; y en segundo lugar por la evidencia de que sólo quien es feliz puede dar felicidad. Sólo una persona satisfecha de su vida puede darse a otra en altruismo (acogida), bondad y compasión, que son los motivos que nos guiarán este año. ¿Cómo sentir a otros como hermanos si yo mismo soy un extraño para mí? ¿Cómo ser bondadoso si me odio y me desprecio a mí mismo? ¿Cómo ser compasivo si me muestro duro con mi propia vida? Sólo un corazón abierto a la aceptación y el amor de sí mismo está abierto para acoger y amar a todo el mundo. 

Pero ¿qué es la felicidad auténtica? 

Si preguntas a varias personas puedes obtener definiciones muy variadas sobre la felicidad.  Cada uno la ve de manera diferente, aunque en realidad cada uno aspira en su mundo personal y social a un mismo fin: disfrutar, ser feliz. 

Unos andan más o menos acertados en su búsqueda; otros, sin embargo, buscando ser felices no hacen sino arruinar sus vidas. Tal es el caso de quienes, como quedó indicado en la primera etapa,  cometen el error de poner la felicidad en el aferramiento o apego a cosas, ideas o personas que no hacen sino conducirles a mayor sufrimiento a causa de la falsa felicidad fruto del empeño en querer llenar el vacío existencial recurriendo a lo que no puede llenarlo.

El problema no es el anhelo de felicidad, que es congénito en la persona, sino saber qué es la verdadera felicidad, dónde se encuentra la satisfacción o cumplimiento correcto del anhelo que se siente. Recurrir al consumo compulsivo, a los títulos, a la consideración social, a proyectos mundanos, etc., aunque éstos puedan dar la sensación de seguridad y felicidad, no es un buen camino. Poner la felicidad en un objeto, un terreno, un amante, un reconocimiento, una posición social, etc. es justo lo opuesto a la misma. Nunca estamos más lejos de la felicidad como cuando creemos poseerla en estas cosas. En el apego a todo esto comienza el miedo, la ansiedad, la competición, los celos o el desprecio a otros.

De principio la felicidad supone tener una conciencia limpia y elegir la verdadera satisfacción. El bienestar, la felicidad, no es una conquista sino una experiencia, algo así como una especie de sensación de libertad. Estar libres de culpa, de remordimiento, de contradicciones; tener la conciencia limpia; estar en línea con lo que se es (amor) y para lo que se es (amar) produce alivio, paz, tranquilidad, satisfacción, bienestar.

Y junto a esa paz de la conciencia la felicidad supone elegir libremente la satisfacción, que no es “desear estar con la barriga llena”, no es estar hinchado, no es el estado que se produce cuando se cumple un deseo. La satisfacción es más una elección que un estado. Se trata de elegir estar satisfecho, elegir estar completo, hacerte consciente y aceptar el hecho de que ya lo tienes todo dentro. No tienes que esperar cosa alguna que te llene, no necesitas que alguien te apruebe, que reconozcan tus méritos. La felicidad está en ti cuando no tratas de buscar; no en el sentido de dejar la actividad de buscar, porque eso puede llevarte a la frustración de no tener nada que hacer. Lo que hay que descubrir es que no hay nada que buscar fuera; ya tienes dentro todo lo necesario para estar satisfecho y completo. "El reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc 17,21)

¿Recuerdas la imagen del ser humano que nos da Teresa en Las Moradas? Ella invita a comenzar la vida espiritual con la consideración de que “nuestra alma es como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites” (1M 1.1). Cuando despertamos a la conciencia de que somos habitados por Dios y dejamos que ese Dios que descubrimos dentro ocupe todo nuestro espacio interior, vivimos en satisfacción y felicidad.

No hay necesidad de buscar fuera, todo está dentro. Cuando, dejadas las sombras con las que el ego enturbia nuestra mirada, nos miramos en la cristalina fuente de nuestra alma, descubrimos que ya lo teníamos todo, que no tenemos que ser felices, porque la felicidad es ya parte de mi ser. La transparencia de mi vida me hace luminoso y feliz.

Esta satisfacción pura y cristalina, esta transparencia de vida, me ayuda luego a relacionarme con todo lo de fuera con una libertad inaudita. Puedo disfrutar sin ansia, sin dependencias ni apegos, de todo lo exquisito y hermoso que hay en el planeta, sin tratar de devorar el mundo, las cosas y las personas, sin querer poseerlas y consumirlas, sino apreciándolas en su justo valor.

Felicidad y meditación

Te puedes acercar a la experiencia de la felicidad por la inmersión meditativa, por la práctica correcta de la meditación que te ayuda a recuperar tu estado original. ¿Recuerdas cuando explicábamos aquel cuadro de los círculos en el que el central era tu “yo” genuino u original?  Tu centro es un diamante; eres imagen de Dios; Cristo está en tu centro, es la piedra preciosa que guardas en el núcleo de tu ser. Y no sólo está ahí como adorno sino como gracia que lo impregna todo en ti. Por su presencia misteriosa en tu corazón tú eres bondad y amor. Ya explicamos en otros temas cómo en la meditación te ejercitas en ir eliminando los diversos velos -conceptuales, emocionales y conductuales- que te envuelven y no te permiten ser tú mismo. De ese revoltijo de emociones, ideas y malas costumbres surgen las insatisfacciones que vives. Cuando eliminas esos velos entras en el “interior intimo meo” que dice san Agustín, un lugar más interior a  ti que tu propio interior, el lugar donde donde está Cristo; donde Cristo está en ti.

Cuando meditas dejando a un lado los ruidos que te impiden el acceso a lo más profundo de tu ser, al lugar donde el Espíritu se cruza con tu espíritu, encuentras reposo y paz. Te sientes feliz, como una casa edificada sobre roca que no tiene miedo ninguno a la tempestad o los terremotos exteriores (cf Lc 6,47-49); nada puede hundir tu estado de satisfacción, bienestar y felicidad (cf Rm 8,35-38), porque estás saciado del agua que brota de la roca que es Cristo (1 Cor 10, 4). Cuando llegas al éxtasis (salida de ti para estar en Cristo) en la meditación logras la satisfacción y felicidad plenas; todo tu cuidado está en manos de Dios. Así lo define poéticamente  San Juan de la Cruz en el Cantico Espiritual:

“Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el amado,

cesó todo, y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado”.      

 

Esta es la auténtica felicidad. El alma ha recorrido el camino del silencio y el despojo dejando atrás todos los velos que le impedían el encuentro con el Amado, la unión con el único capaz de satisfacer sus anhelos y hacerla feliz. Hacia este encuentro apunta el ejercicio de la meditación. En este sentido podemos decir que meditar es un camino de felicidad, porque te conduce a la satisfacción de reconocerte y permanecer en Cristo.


Elegir buscar aquí la felicidad es la mejor opción. Porque sólo desde ahí puedes desplegar un altruismo, una bondad y una compasión puras, sin asomo de egocentrismo.

 

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Profundizaremos más en esto, en cómo reconociéndome en Cristo y practicando con Él las citadas virtudes, puedo hacer de mi vida una bienaventuranza, un estado de felicidad como la suya.


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Mayo 2023

Casto Acedo