martes, 16 de enero de 2024

4.3 Consejos prácticos: Pragmatismo, interioridad, crecimiento.


Sé pragmático

A veces nos liamos queriendo resolver problemas. Lo queremos todo para ya. Sin embargo la sabiduría nos dice: “paciencia”. Es esta una virtud de verdadero sabio. Lo importante no es llegar cuanto antes, sobre todo cuando se corre el peligro de perder el entusiasmo o la vida en el camino; lo importante es llegar. Así que de principio cuando haya un obstáculo que superar, es decir, un problema que resolver, pon a un lado o tira a la basura lo que tú pensabas que iba a pasar o lo que querías o te gustaría que pasase, y reconoce la realidad de lo que está ocurriendo. En una palabra: deja que Dios haga su trabajo (“hágase tu voluntad”) y permite que las cosas ocurran como van a ocurrir aunque tú te hayas preocupado o intentado de hecho que ocurrieran de otro modo.

Hay un silogismo lógico muy conocido que nos enseña que cuando tenemos delante una situación difícil lo primero que debemos preguntarnos es si esa situación puede mejorar. Si el problema tiene solución no hace falta que te preocupes, relájate. Y si el problema no tiene solución, ¿para qué preocuparte? Lo único que conseguirás es dañarte a ti mismo con el sufrimiento. Deja por tanto a un lado el estrés y la ansiedad que te produce y que en modo alguno te beneficia.

Una segunda pregunta que nos hacemos es sobre nuestra intervención o no en una situación problemática dada. La posible solución ¿tiene algo que ver conmigo? ¿puedo y debo intervenir? Si no puedo intervenir, si no hay nada que pueda hacer, no me debo preocupar. Y si puedo intervenir tampoco me debo preocupar, lo que debo es contribuir para mejorar la situación o el problema que se presenta.

El razonamiento es de una lógica muy simple, sin embargo, por no hacernos estas preguntas, por no pensar en término lógicos y buscar respuestas alternativas que no concuerdan con la realidad de los hechos, terminamos siendo víctimas del estrés,  la aversión, la ira, el enfado, etc. Si aceptamos la realidad tal cual es bajará la intensidad de nuestra ansiedad ante los problemas.

La respuesta lógica que hemos expuesto se entrena con la práctica. Cuando tengas un pequeño problema somételo al análisis de si puedes o no puedes hacer algo por cambiar las cosas y relájate; si hay solución y está en tu mano la puedes poner, si no la hay relájate igualmente; acepta la realidad tal como es; “deja que Dios sea dios” te diría desde la fe. ¿Por qué no lo intentas conscientemente analizando pequeños problemas que te agobian? Es una forma de entrenarte para situaciones mayores.

Ya sabes, recuerda y memoriza esta pequeña frase: “Tengo que ser pragmático”, que quiere decir que tengo que aceptar la realidad (cuando se ha dado un hecho hay que asumir que ya no hay marcha atrás), preguntarme si tiene solución o no (si la tiene o no la tiene, ¿por qué sufrir a causa de ello?), y plantearme si debo intervenir en caso de poder hacer algo y ser consecuente. Todas las demás disquisiciones sólo consiguen embarullar la mente y generar preocupaciones o sufrimientos inútiles.


Trabaja la interioridad

Al inicio de nuestro programa hablábamos de cambiar de lugar, de retirarnos a la celda o cueva, en huir de los problemas para fortalecernos y poder volver con ánimo y modos de vivir renovados. Ahora insistimos en que los problemas se han de solucionar no huyendo de ellos, cambiando de sitio, sino cambiando dentro.

Hay cosas que tenemos que cambiar ya, sin esperar a que se den esas condiciones que solemos poner como excusas para no hacerlo. ”Ya lo haré cuando llegue el verano y las vacaciones”, “en cuanto no tenga que cuidar de mis hijos haré paseos meditativos”, y los hijos se van y vienen los nietos, “cuando pueda me retiraré a vivir todo esto”, y pasan los días, los meses, los años y al final llegas al camposanto con todo previsto y nada realizado.
Empieza ahora. Medita, retírate, cambia hábitos. ¡Es que ahora no puedo!, te dices, tengo muchos compromisos familiares, sociales, laborales, ... Empieza ahora con lo que tengas y a medida que vayas caminando mejorarás las condiciones para seguir adelante. No hay un mañana, sólo existe el hoy. Ahora o nunca.

Por ejemplo: cuando hay pequeños en casa es casi imposible hacer que se callen. Por tanto, si tienes que levantarte antes que ellos para meditar deberías hacerlo. Para practicar, para tener tiempo de oración y reflexión, tienes que acomodarte al mundo, al clima, al tiempo, a los ladridos del perro de tu vecino, acomodarte a todo. Acomodarte incluso a ser considerado un bicho raro. En medio de esa vorágine de circunstancias has de encontrar tu oportunidad y tu momento para practicar.

Estamos en la segunda etapa, tiempo de salir a la calle, de movernos en medio del mundo. Nos estamos enfocando en el altruismo y el amor bondadoso, y esta semilla sólo crece en medio del ruido; no necesita de un entorno idóneo ni de silencio. En la dificultad está el mejor terreno para que crezca el amor. Cuanta más resistencia encuentra nuestra práctica en el exterior, cuanto más ruido, cuanto más ladre el perro del vecino, mayor es el reto y mayor será el crecimiento si lo afrontas con amor. No hay excusas en este sentido.


¿Estoy avanzando?

Ya comentábamos en otra entrada que no debemos evaluar nuestro avance en la aventura espiritual comparándonos con otros, y en todo caso deberíamos compararnos con nosotros mismos ayer, o hace un mes o un año. Aquí apuntamos otro criterio de evaluación: nuestro nivel de interés; en dos sentidos: nuestro interés por el bienestar de los demás y el interés que tenemos en realizar actividades monótonas, neutrales, en nuestro día a día.

Primeramente pregúntate si aumenta o disminuye tu interés por la felicidad de los demás. ¿Cuántas veces piensas en la felicidad de personas a las que no ves? ¿En qué medida eres cada día más consciente de los grupos de personas que son especialmente marginadas u olvidadas? ¿Qué nivel de identificación tienes con quienes padecen las injusticias sociales? ¿Qué atención prestas a las personas que cada día interactúan contigo o simplemente pasan a tu lado? Nuestro camino nos debe estar concienciando acerca de todo sufrimiento; por eso es importante medir el nivel de interés que tenemos por el bienestar de los seres que vemos. Y no solo las personas, también los seres vivos como los animales y las plantas que vemos y pasan a nuestro lado. La felicidad de las personas pende también de la preocupación por la ecología medioambiental.

En segundo lugar, debes mirar también el interés que pones en tus actividades cotidianas: trabajo, atención a mi pareja, cuidado de los hijos, lecturas, descanso, etc. ¿Qué interés pones en esas actividades en las que te desenvuelves cada día? ¿Con qué ganas y entusiasmo vives todo eso? El colorido y el encanto con que vives estas realidades son también un buen termómetro de la temperatura espiritual de tu corazón.

Yendo más allá podemos mirar también el interés que ponemos en maximizar el potencial que tiene cada instante, el interés por aprovechar cada día, cada hora, cada encuentro con otra u otras personas. ¿Con qué animo te despiertas cada día? Este es un buen medidor del estado espiritual. ¿Ves el día como oportunidad o como algo que aceptas vivir resignado? El tiempo es oro, se dice; aunque quienes lo definen así lo hacen por intereses económicos; pero es verdad que “el tiempo es oro” si se aprovecha para aportar más, apoyar mas, ayudar más a la tarea de construir un mundo más feliz cada día. 

La persona virtuosa se queja de no tener más tiempo para hacer el bien. "Qué lástima no haber podido atender tal o cual asunto"; el caprichoso se queja de no tener mejores oportunidades: "si tuviera más tiempo haría esto o aquello". Excusas que ponemos, y además nos las creemos. “Ahora es tiempo de la gracia, ahora es el tiempo de la salvación” (2 Cor 6,2). Sólo hay un ahora que vivir y disfrutar dando todo lo que somos al ritmo de los acontecimientos y las personas que pasan ante nosotros.

Así que no pongas excusas. Procura discernir tu interés, es un buen medidor de tu avance espiritual.

Enero 2024
Casto Acedo

lunes, 15 de enero de 2024

4.2 Lo puedes todo con Cristo.

En el centro y hondón de la vida espiritual cristiana está Jesucristo. Él es el punto de referencia del amor bondadoso. Sobre el cimiento de su Palabra divina y eterna ("El cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" Mt 24,35) la vida del creyente se activa y adquiere un dinamismo que le lleva a negociar sus talentos a la luz de una humildad que le conecta con las palabras de Jesús: "sin mi no podéis hacer nada" (cf  Jn 15,5)


La humildad

Todos quieren alcanzar cotas altas de triunfos mundanos, ya sea poder económico, popularidad mediática, santidad: ser maestro, dominar artes espirituales, etc. Y esta búsqueda suele  conducir a la depresión, la tristeza y la baja autoestima. ¿Quién podrá lograr sus ambiciosos objetivos?  Las esperanzas suelen superar con creces a la realidad.


No hay nada malo en tener grandes expectativas, ambiciones; pero sí es nefasto poner el valor en el peldaño, evaluar según el parámetro que establece la sociedad desde los atributos externos, los dones o a las capacidades. Esto es sólo circunstancial.

 

Puedes ser un genio del fútbol, de las finanzas, de la música, etc. y hoy por hoy puedes considerarte muy arriba en tu mundo, pero esto no es ni definitivo ni eterno. Si en la realidad relativa del presente puedes hacer mucho bien con tus capacidades (medico, profesor, deportista, etc.), ¡enhorabuena! Puedes ayudar en algo y lo haces, ¡perfecto!. Hacerlo no es orgullo, ni arrogancia, “lo puedo hacer” y lo hago con sencillez. Hay otras cosas que no sabré hacer y deberé dar paso a que otros, con otras capacidades, lo hagan. A todas estas cosas temporales debemos darle el valor que se merecen; un valor temporal, relativo, contextual, … nada más.

 

Pero esas cosas temporales no definen nuestro valor intrínseco. ¡Qué importante es comprender esto! Tu apariencia no te define, las personas que te admiran no te definen, tu altura, tu peso, tu memoria, tu voz, tu coche, tu cuenta corriente, tus títulos, tu apellido, tu familia, no te definen. Y en la medida que ponemos nuestra identidad en esos atributos o cosas sufrimos, padecemos, estamos limitados; estamos constantemente amenazados, en jaque, porque siempre hay alguien que nos supera.

 

Es importante hacer una reflexión sobre la verdadera humildad, que no tiene su centro en posturas o acciones exteriores sino en la actitud interna. ¿Cómo definir la humildad evitando confundirla con la baja autoestima? Es fácil. Pues la autoestima es arrogante; muchas veces compensamos nuestra baja autoestima proyectando hacia fuera una imagen dura para que otros nos muestren aprecio, nos den el valor que no sentimos dentro. En la humildad genuina uno se conforma con ser socialmente igual a los demás. Esta es la clave: en esencia, soy igual de importante que los demás.


Puedo tener mis tareas y cargos propios en los que soy un especialista, y cuando los ejerzo puedo decir: “quitaos de en medio, ya controlo yo”, y esto no es arrogancia, es simplemente mostrar que se sabe hacer una tarea. El problema viene cuando ante los demás me pongo medallas por mis habilidades, cuando mi hacer lo considero un un valor añadido a mi ser. Esto se suele hacer cuando se cae en un estado de baja autoestima: la valoración que me falta dentro la busco fuera. La verdadera humildad está conforme con lo que hay dentro y no necesita confirmación externa; la falsa humildad sí.

 

La humildad es una virtud que escasea en una sociedad diseñada para sobresalir buscando continuamente confirmación externa. Se presume de humildad, pero no se posee. Los gestos de “mosquita muerta”, propios de quienes quieren presumir de humildes, no son humildad genuina. Hay personas que son discretas en gestos, palabras, opiniones, pero en su interior piensan: “yo soy más inteligente, estos no saben lo que están diciendo o haciendo, mi idea es mucho mejor”. Resulta paradójico: la verdadera humildad no necesita hacer demostraciones públicas de lo insignificante, bajo o pequeño que se es, pero cuando uno no está seguro de su humildad  recurre a ciertas demostraciones públicas de la misma y tiende a hacer un poquito el ridículo para asegurarse que no es un creído soberbio.


Los tres poderes

 

La  clave de la humildad no está en el hacer (exterioridad) sino en el ser (interioridad). La fe, la meditación y todo lo que conlleva de educación espiritual ayudan a descubrir dentro el potencial infinito, lo que realmente define e identifica a la persona. Trabajar la propia humildad es excavar un pozo para llegar a la mente primaria, al manantial infinito y permanente de gracia que fluye por tu interior. 


Reconocer en tu espíritu el agua del Espíritu que alienta tu vida en el hondón, es ya un motivo de confianza independiente de los altibajos que pueda sufrir tu vida en el exterior. Descubres con Él que tienes tres potenciales o poderes importantes:

 

o  El poder de corregir errores. ¿Recordáis el diagrama con el punto blanco en el centro? 


   Ese centro, que es nuestro ser original anterior a la caída, nimbado por la gracia de Dios, tiene la posibilidad de abrirse paso eliminando los otros velos que lo obstruyen. Podemos, pues, eliminar el mal, los patrones malos, las emociones malas, el conocimiento y las ideas malas. Abandonados (que no significa dejados pasivamente) al Espíritu, podemos purificarnos, sacar la suciedad de nuestro sistema.

 

o  El poder de desarrollar cualidades. También esto es  importante; nuestra naturaleza -herida por el mal, pero no muerta- tiene capacidad para desarrollar y cultivar las virtudes y adquirir sabiduría. El Espíritu viene en ayuda del espíritu.

 

o  El poder de hacer el bien, de beneficiar a los demás. Incluso desde nuestra pobreza material podemos aportar algo positivo. Ya el hecho de despertar tu corazón a la sabiduría es un beneficio para la comunidad, que no es una suma de seres independientes y desconectados entre sí sino una fraternidad que vive en comunicación de bienes (comunión de los santos)

 

El camino espiritual recibe luz cuando reconoces en ti que puedes activar en tu vida esos tres dones divinos o talentos: poder de cambiar mi vida, de mejorar mis cualidades y beneficiar a otros con mi amor). 


Lo primero que tienes que aprender es que tienes talentos latentes, y esos talentos no te han sido dados para enterrarlos bajo tierra por temor a no sé qué, sino para negociarlos (cf Mt 25,14-30: parábola de los talentos). No tienes una colección de talentos estáticos sino dinámicos; es decir,  tu ser no se te ha dado hecho del todo sino que está en proceso.


Estabilidad en el cambio 

 

Si te preguntas "¿quién soy?" puedes decir: “antes que nada soy cambio”, es decir, potencial para cambiar lo negativo, aumentar lo positivo y de este modo cambiar el mundo. Si te identificas interiormente con esa sólida interioridad llamada al cambio, con ese “ser divino que eres”, con ese talento que negociar, nada que cambie fuera te puede hundir; los cambios exteriores sólo serán un reto, una oportunidad para reforzar tu habilidad para el crecimiento (cambio) interior.

 

Para llegar a eso se necesita audacia, la necesaria para poner tu identidad en Dios. Podemos usar muchas máscaras en la vida; nada malo hay en identificarse con la familia, la ciudad, la región, el idioma, la tradición, la bandera, el equipo de fútbol, etc… todo eso es fantástico, pero lo importante es que predomine la identidad base, el “ser imagen de Dios”, hijo de Dios. ¡Esto es muy importante!

 

Sirve de ejemplo para lo dicho la imagen del sistema solar alrededor del cual giran los planetas; lo importante es tener asumido que el sol de nuestra identidad es “el don original”, la “imagen de Dios” que soy. Desde ahí puedo tener otras identidades fluctuantes, pasajeras, contextuales, relativas, que tienen su centro de gravedad, giran y reciben la luz de la “identidad original”, como los planetas la reciben del sol. Mi “identidad original” es mi “ser en Cristo”, “soy otro Cristo”. “No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. (Gal 2,20). Es muy importante no aferrarte a tu “identidad original” afirmándola como sólo tú, sin Cristo, haciendo de ella una máscara más.

El núcleo central, divino, permanece inalterable en ti. Pero, tal como ya hemos dicho, no es estático sino dinámico, es cambio; está siempre en salida; cuando de Cristo entra en la vida no hay nada ni nadie que lo pueda parar; es como una fuente continua e inagotable que nutre a la persona sin agotarla. Los obstáculos, lejos de ser rémoras, son palancas para subir. ¿Salió mal este proyecto? No importa, no hay problema, se vuelve a intentar, la vida es conversión continua; incluso en la caída Cristo sigue conmigo y me ayuda a levantarme. Cuando el corazón está anclado en Cristo nada puede parar su impulso hacia la perfección.

No son las conquistas y las victorias, ni los fracasos ni las derrotas, las que me definen. Si alguien me aprecia o si alguien me ignora da igual; mi valor interno, asentado en Cristo, permanece; sólo cambian los proyectos y sus consecuencias externas. El Espíritu de Cristo sigue trabajando en mí, si lo dejo actuar me sobrepondré a los posibles fracasos con fortaleza y nada podrá detener mi avance espiritual.   


Enero 2024

Casto Acedo

sábado, 30 de diciembre de 2023

4.1 Amor bondadoso

 Comenzamos con una breve introducción acerca del amor como arte, mitad inspiración, mitad entrenamiento, y luego comentamos algo de lo que llamaremos “amor bondadoso”

"Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”. (San Agustín de Hipona).
El arte de amar

Erich Fromm escribió en el año 1956 un ensayo de notable éxito donde trata del amor; y que tituló El arte de amar. Este escrito ha ayudado a varias generaciones a reflexionar sobre el amor y a hacerse algunas preguntas tan sencillas como qué es el amor y qué es amar. Al hablar del amor como un arte da a entender que, como cualquier arte, el amor requiere conocimiento y esfuerzo, y como todo arte tiene una parte de inspiración y otra de aprendizaje. Asimismo E. Fromm concibe el amor no sólo como una relación personal, sino como un rasgo de madurez que se manifiesta en diversas formas: amor erótico, amor fraternal, amor filial, amor a uno mismo.

Nosotros vamos a tratar aquí del amor en un sentido amplio; el amor universal que se concreta en la bondad, amor bondadoso que es una forma de amor que se basa en la compasión, la generosidad y el deseo sincero de hacer el bien a los demás, contribuyendo así a relaciones más sanas y positivas. Meditar sobre el amor bondadoso es abrir la conciencia a un amor universal

Contemplar el amor e impregnarse de su misterio es una de las mayores obras que se pueden hacer. Cuando el amor ocupa el centro de mi ser, cuando “ya todas estas potencias y habilidad del caudal de mi alma y mi cuerpo, que antes algún tanto empleaba en otras cosas no útiles, las he puesto en ejercicio de amor”, estoy cumpliendo el fin para el que  existo, una vida donde “ya sólo en amar es mi ejercicio” (cf Juan de la Cruz, Cantico espiritual, 19, 7-9).


Amor, empatía y sanación

El amor es empático, es decir: tiene la capacidad de despertar empatía; hace entrar en conexión con el otro sintiéndolo como parte propia hasta sentir que todo lo que afecta a mi hermano me concierne a mí (cf Mt 25,40.45). Sentir al prójimo como parte de mi ser, amarlo como a mí mismo (Mc 12,31), facilita que pueda realizar una de las prácticas más exigentes del amor compasivo: poder tocar el dolor y el sufrimiento del mundo, interesarme en el bien de los demás sin pretender adueñarme de ellos.

Es importante desarrollar en mi un amor así, que me ayude a entrar en contacto con todas las personas y con su estado interno sin vanagloriarme en su felicidad y sin hundirme en su sufrimiento al hacerlo mío.

El amor es sanador, sana todos los miedos existenciales producidos por la tacañería y la avaricia. Porque el amor es presencia y vocación de apertura, donación, dar y dar-se, y asi puedo neutralizar mi egocentrismo y tacañería y erradicar las emociones que me conducen a conductas tóxicas. 

Cuesta entenderlo, pero un instante de meditación en que quede absorto en el amor bondadoso de Dios que me habita y se proyecta hacia toda la creación,  o cuando realizo una obra por pura gratuidad amorosa, estoy sanando en profundidad todo aquello que distorsiona mi vida. Es lo que dice Jesús: al que ama mucho se le perdona mucho (cf Lc 7,47).

*
Amor bondadoso

El que llamamos amor bondadoso se dirige a todos los seres, es universal en el sentido geográfico y humano. Si dividimos a los seres, o a las personas, en tres categorías: las que están pasando por un momento bueno, los que están en un momento malo y los que viven en un momento rutinario, cotidiano, el amor bondadoso se relaciona con todos ellos, aunque se ve más claro en cuando se dirige a los últimos:
*con quien está pasando un momento malo el amor se manifiesta como compasión (amor compasivo)
*con quien vive momentos buenos como regocijo (amor de regocijo),
*y con quien está pasando por una etapa de mediocridad o simplemente nos parece indiferente y neutral, el amor altruista se manifiesta como bondad (amor bondadoso).

El amor bondadoso lo motiva el estar bien (regocijo) o estar mal (compasión) del objeto amoroso.  Es un amor  que hay que distinguir del amor que creemos vivir en el día a dia, que aparentemente es amor gratuito, pero si observamos bien descubrimos que no lo es tanto, porque suele estar movido por la alegría del ser amado (amor de regocijo) o por su dolor (amor compasivo). Lo que solemos llamar amor parece más un amor de do ut des, “te doy para que me des”, un trueque, o un contrato, “te amo, pero sólo en la medida en que tú me amas a mí”; un modo de asegurarme aliados con quienes alcanzar seguridad, acompañamiento, admiración, mimos, atenciones o ayuda. 
Lo que llamamos amor bondadoso, sin embargo, es incondicional, sin expectativas de un beneficio personal. Me interesa el bien del otro, su salud, su éxito, su felicidad y me despreocupo por lo que pudiera recibir a cambio. Esto es amor genuino.

Un amor así vive en el deseo de que todos los seres sean felices, y desea que las circunstancias y situaciones  faciliten a todas las personas el disfrute de una felicidad genuina y sostenible. Deseamos lo mejor para los demás, nos preocupa que tengan siempre a su disposición los recursos para ser dueños de su felicidad. Y  deseamos que la felicidad que hallen sea sostenible, es decir, que no dependa de las causas externas. Hay una felicidad que es relativa, porque se acaba cuando se acaba eso que exteriormente nos hace felices; y también hay una felicidad diabólicamente engañosa, como la que llega por la dependencia de estupefacientes. El amor verdadero trabaja porque arraigue en toda persona  una felicidad sostenible que no suponga peligro para ellos ni para nadie y les lleve a lograr su mayor aspiración: la plenitud de vida, la perfección del ser, la bienaventuranza absoluta.

El amor bondadoso cuida el no caer en su antítesis que es la malicia o deseo de que otros caigan en desgracia. A veces hay un deseo de mal para otro, bien porque envidio su situación o por un deseo de venganza; se desea la caída del otro, que tenga mala fortuna, que pase por momentos de dolor y de ruina. Es importante que tomes nota si en algún momento surgen en ti esos deseos, porque ahogan el amor bondadoso y te privan de su alegría. Si hay un enemigo para la vivencia y la práctica del amor bondadoso  es el deseo malicioso; apenas asome a tu mente debes aplastarlo con el deseo consciente de un amor bondadoso.


¿De dónde nace ese amor universal-bondadoso? ¿Cuál será su causa cercana? Nace principalmente de la conexión con los otros por la empatía, deseando para todos lo que deseo para mí, ser reconocido, ser amado, ser feliz. Lo que deseas para ti deséalo para los otros. “Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella” (Mt 7,8).

Este amor bondadoso es algo natural que existe en todos, pero que la ceguera del corazón ofuscado por los pensamientos malignos mantiene oculto e improductivo. Dios es bueno, e hizo todas las cosas buenas. "Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno" (Gn 1,31); todo participa de la bondad de Dios. Somos imagen de Dios-amor y participamos de su misma bondad amorosa. Pero ocurre que cuando el amor divino intenta salir hacia fuera se cruza con el egocentrismo que inclina al aferramiento, al apego a lo nuestro y a los nuestros: “que yo y los míos seamos felices”, decimos, en vez del deseo altruista de "que todos sean felices". 

La tentación está en pensar: ¿qué gano yo con que todos sean felices? El egocentrismo tira para casa, "deseo el bienestar y la felicidad para mí y si sobra algo repartiré algunas migajas a los demás". Hay que estar atentos, porque el afecto que tenemos a lo nuestro es bueno, pero suele estar contaminado por el egocentrismo y genera el aferramiento, las expectativas, la posesión y la parcialidad. No vendrá mal contemplar en ti hasta que punto eres siervo del egocentrismo hasta el punto de no ser capaz de vivir  el amor bondadoso universal

Finalmente anotamos que el equilibrio del amor total vendrá por la imparcialidad y ecuanimidad. Cuando el egocentrismo manipula la bondad haciendo que seamos parciales e injustos deberíamos recurrir a la imparcialidad o la ecuanimidad; con ellas podemos neutralizar el aferramiento. Básicamente consiste en que asumamos que todos los seres tienen los mismos derechos y la misma necesidad de ser felices y merecen serlo por igual. El amor genuino evita beneficiar más a quienes amamos o a quienes nos aman (amigos) y toma la determinación de llevar a la práctica el deseo de que no haya favoritismos que generen barreras. El amor es enemigo de todo tipo de división, ya sea por racismo, ideas, prejuicios, etc.

Estamos apuntando al amor que pide Jesús: 
“Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros” (Lc 6, 32-38)


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Enero 2024

Casto Acedo

sábado, 30 de septiembre de 2023

Salir de la cueva, entrar en el valle

 

La segunda etapa del camino que hemos emprendido  pide “salir de la cueva”. Y esto hay que aclararlo. Si entrar en la cueva es una especie de entrenamiento para evaluar el propio ser, si es una oportunidad  para preguntarte por dónde andas, qué te sobra, que está entorpeciendo  tu vida, etc... y si ese tiempo supone descubrir qué cosas quitar de tu vida porque suponen una rémora, salir de la cueva es comenzar a vivir de modo distinto, con la libertad que da el ver con cierta claridad  cuáles son tus ataduras y cadenas.

Pero ¿y si la cueva acaba siendo vista por el novicio como su lugar natural? ¿Y si comienza a sentirse cómodo, feliz, encantado de estar en ella? Entonces hay que salir corriendo hacia el valle, porque esos síntomas indican que la cueva te puede atrapar.  Y no es fácil salir de ella cuando caes en su trampa; es más fácil entrar. Porque si entrar te aleja de la maleza y las zarzas salir te vuelve a acercar a ellas. 

A menudo me engaño creyendo  que he salido de la cueva, cuando lo único que he conseguido es  un lugar intermedio (interactivo) donde creo que estoy confrontando mi vida con los demás, pero lo que hago es confrontarme con otros que comparten conmigo la creencia de haber salido. Compartimos los sentimientos y las nuevas apreciaciones con quienes nos comprenden y nos  quieren, con aquellos ante quienes podemos felicitarnos de las nuevas relaciones y enfoques  que damos a la vida,  o lloramos con ellos lo poco que nos comprenden quienes viven afuera. A estos incluso los miramos con cierta conmiseración. Parece que he salido de la cueva, pero sigo en ella.

En la cueva pones bálsamo a las heridas, y algunas cicatrizan. Eso te hace caer en el error de creerla un fortín, un hospital de campaña donde puedes acostumbrarte a vivir siempre dedicado a los cuidados de tu vida espiritual con cierta sensación de satisfacción personal. Sin darte cuenta haces de la cueva (meditación, reflexión, análisis, pequeños retos vitales, etc.) tu mundo de yupi, tu jardín de las delicias.

¿Cómo sé que aún no he salido de la cueva? No sabría decirlo con seguridad, pero creo que comienzas a salir cuando miras la realidad de afuera y la aceptas tal como es; y reconoces que así era el mundo antes de que te retiraras y así sigue siéndolo a tu regreso. Porque en realidad  no has hecho nada para cambiarlo. No te horrorices por ello. El mundo no cambia porque tú te retires de él. Sigue igual, y tal vez sientas sobre él los mismos miedos que antes. Pero tampoco te excuses diciéndote “no debí salir aún de mi cueva” o “debería volver a mi cueva”, "aún no estaba preparado".  A la cueva no se vuelve. Si vuelves una y otra vez caes en el abismo. Una vez sales de ella llega la hora de decidir a dónde ir, solo te queda la decencia de aceptar lo que tienes por delante. 

¿Quién quiere volver a la oscuridad de la cueva cuando ya ha vislumbrado un poco de luz? A veces sientes la tentación de volver.  Pero es el miedo el que te está empujando.

Cuando vuelves al valle las heridas que produce el choque con el nuevo ambiente, a veces violento, comienzan a sangrar. Dice la carta a los Hebreos: “Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión” (Hbr 12,4-5

Pasas años en tu celda queriendo romper el cielo con tus oraciones para que un rayo baje hasta ti. Y de tanto mirar y golpear la nube del no-saber a lo más que puedes llegar es a ver una pequeña grieta que se abre al exterior y desde la cual parece llegarte una tenue luz. ¡Qué bonito! Sí, pero que engañoso también; porque esa lucecita que ves no daña tus ojos; es una luz encantadora. Y te encanta mirarla y ser mirado por ella. Pero si tienes  miedo a que una luz más fuerte dañe tus ojos, si te asusta el rayo de tinieblas que lo trastorna todo en ti, la pequeña luz de la grieta alargada en el tiempo es sólo un signo que pone en evidencia la oscuridad en que vives y tu cobardía para ir más allá.

La cueva tiene su tiempo. El necesario para que te des cuenta de que no hay cueva, ni valle ni cementerio. Y por tanto para que aprendas que ha llegado el momento de poner a un lado toda regla y todo método para abandonarte a la vida. No has salido de la cueva si todavía  es para ti una clave esencial, si el tiempo formal de silencio y contemplación se ha transformado para ti en un todo maravilloso, si el calor de tu comunidad de escogidos te seduce y atrae con su dulzura dándote sensación de realidad e impidiéndote ver lo que hay fuera. ¡Qué bien se está aquí!, haremos tres tiendas (Mt 17,4). No he salido de la cueva si calculo mi felicidad por el bajo estrés y las sensaciones placenteras de mi alma.

Al salir de la cueva descubres la fragilidad de la misma. Has labrado en ella el panal de tu vida; ¡un panal tan frágil! Ahora, en el valle, has den transformar la amargura en miel, perdonar, amar, desechar impurezas, soltar cadenas que ya no estaban pero que vuelven a salir cuando menos lo esperas. Hacer miel no es comerla y degustarla. Díselo a las abejas obreras. No se lo preguntes a los zánganos que se ilusionan con fecundar a la reina para terminar siendo expulsados de la colmena y muriendo arrojados al frío de la noche.  El valle es tiempo de abejas obreras; tiempo de llenar la vida con la miel de la compasión y la misericordia. Trabajo dulce y amargo.

Si he descubierto algo en la cueva debería trabajar en mi lo aprendido. Cuando digo que "quiero un cambio en mi vida" eso incluye huir de mi cueva (mi ficticia y virtual realidad idílica) y abrirme a una relación más directa y real con el mundo. Ya he vislumbrado a Dios en mi oración; o algo que creo que es Dios. Si lo es o no lo es no me toca a mí juzgarlo. En el valle quiero palparlo de nuevo, pero de un modo más directo: elevando mi corazón al prójimo en un suave movimiento de amor que rompa la nube del no-amar; o sea, amando vivir en Iglesia pecadora, porque lo soy.

En fin, el valle es algo simple y bonito; no es el destino final, y si conviene que pase por la cueva es para vislumbrarlo en toda su dureza y hermosura. El peligro es quedarme en la caverna, dejar que nuevos velos cieguen mis ojos con nuevos artificios que me impidan tocar la realidad con amor. Sal de tu cueva, me dice Isaías. ¿Cómo? 

“He aquí lo que has de hacer. Vuelve tu corazón amoroso a tu hermano, con un suave movimiento de amor, deseándole por sí mismo, no por sus virtudes o defectos. Centra tu atención y deseo en él y deja que su bien sea la única preocupación de tu mente y tu corazón.... Quizá pueda parecer una actitud irresponsable; pero créeme, déjate guiar” (Plagio de La nube del no-saber, 3). Te lo digo yo, Isaías cap. 58:

«¿Para qué ayunar, si no haces caso; mortificarnos, si no te enteras?». En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios,  y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo. ¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia: inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza? ¿A eso llamáis ayuno, día agradable al Señor? (Esto es ayuno virtual, de caverna, ficticio y falso cuando no lo complementa la realidad; es el prefacio que no tiene sentido sin la obra del valle).

 “Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. (Esto es ayunar de veras: vivir en el valle "misericordiando"). 

Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: «Aquí estoy». (Ahora puedes subir al siguiente nivel, el de los perfectos que viven junto a Dios).

*

No quieras volver una y otra vez a la cueva. No quieras ser un oso polar condenado a vivir en eterna  hibernación en tu mundo virtual. Si has tomado la decisión de salir y he dado los primeros pasos para ello, no vuelvas la vista atrás. «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios» (Lc 10,62).  Has arado la tierra; no vuelvas a ararla una y otra vez, ahora es tiempo de sembrar compasión y abonar con amor. Por eso, no vuelvas a encerrarte, no vuelvas a tus realidades virtuales, afectos desordenados, avaricias, envidias, etc. Créeme, si has estado en la cueva eso ya ha pasado. Ahora permite que todo lo humano te toque, no con un toque sentimental-virtual sino real, piel contra piel. 

Dios me libre de hacer de mi cueva el cielo.

*

NOTA: Curiosamente, al día siguiente de haber publicado esta entrada leo en La razón un artículo que creo que complementa lo que quiero decir al hablar de "salir de la cueva", porque si no se sale de ella te condenas a la caverna de lo virtual. https://www.larazon.es/cultura/rob-riemen-vamos-directos-destruccion-civilizacion_202309266511cb2a1fb4a60001300304.html Como deja ver el autor la realidad es insustituible, el valle no se puede atravesar virtualmente; mejor es tomar un café que chatear vía internet, mejor ir a un cumpleaños que felicitar por washap y enviar el regalo por amazon, mejor palpar que embriagarte con ensoñacionesEl valle, con su calidad de real, es insustituible. Es el lugar de la verdad, de la práctica, de experimentar que la vida es algo más que algoritmos y letras. En el valle se juega el futuro de nuestra civilización cristiana.

Septiembre 2023

Casto Acedo

lunes, 25 de septiembre de 2023

3.5 Atención a los demás. Consejos prácticos (III)


"Si te amas a ti mismo, amas a todos los hombres como a ti mismo. Mientras le tienes menos amor a un solo hombre que a ti mismo, nunca has llegado a amarte de veras, con tal de que no ames a todos los hombres como a ti mismo, a todos los hombres en un solo hombre: y este hombre es Dios y hombre. De modo que va por buen camino el hombre que se ama a sí mismo y ama a todos los hombres como a sí mismo; y éste sí va por buen camino". (M.  Eckhart, Sermón XII. Qui audit me)
*

Seguimos invitando a prácticas que ayudarán a conocernos más y mejor en lo que somos; hemos hablado ya de mejorar la conducta, eliminar prejuicios, perdonar. Hoy añadimos una práctica muy sencilla y evangélica que nos llenará de alegría: “Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella” (Mt 7,12).

Esta práctica traerá a tu vida  felicidad y al mismo tiempo la dará a todos los que te rodean. Para comprenderlo has de tener claro primeramente que todo sufrimiento viene de quererse uno a sí mismo más que a los demás. El sufrimiento que hay en el mundo proviene de acciones dañinas que son impulsadas por estados emotivos tóxicos que tienen su punto de partida en el egocentrismo, la falta de amor, la obsesión por el propio bienestar. Tan obsesionados vivimos con lo nuestro que nos olvidamos del resto de las personas.

Nos cuesta entender que pensar en los otros antes que en mi me pueda hacer feliz, porque mi mentalidad es competitiva, muy dualista. Hay quien sólo se siente feliz si tiene a su alrededor personas desdichadas con quien compararse. Viven una felicidad tasada y medida desde fuera haciendo suyo el refrán de que “en tierra de ciegos el tuerto es rey”; es una lástima que haya quienes para brillar ellos necesitan oscurecer a los demás. La sabiduría divina nos dice que la felicidad propia no se apoya en la infelicidad ajena; al contrario, es de Dios que no puedes ser feliz si no te preocupa la felicidad de los demás. Para ser feliz has de querer a los demás como te quieres a ti mismo. Y si quieres ir más allá, la suprema felicidad está en querer la felicidad de los otros sin tener para nada en cuenta la tuya.

Una primera afirmación para entender nuestro tema de hoy: todos los seres merecen ser felices por igual. Ahora bien, si ponemos por medio opiniones que nos dividen por su  dualismo (confrontación), si agregamos a la consideración sobre las personas opiniones que establecen separaciones: apellidos, títulos, coeficiente intelectual, nacionalidad, etc., entonces mi familia, mi raza, mi clase social, mis nacionales, merecerán más que los otros, porque los considero más puros, más elegidos y/o cercanos a Dios. Pero si quitamos esas preferencias o prejuicios irracionales lo que nos queda es la equidad o ecuanimidad, el hecho de que todos son iguales en derechos, todos merecen ser tratados con justicia sin detrimento de su particularidad y todos merecen ser igualmente felices. Y en la medida en que nos ajustemos a esto vamos a estar cada vez más en armonía con la realidad de cómo son las cosas y cada vez más encaminados a la felicidad.


Vamos a “hacernos” felices

¿Cuándo te ha hecho feliz una persona? Cuando te ha prestado atención, te ha escuchado, te ha dejado ser tu mismo sin juzgarte, cuando se ha adelantado a tus deseos, ha respetado y apoyado tus ideas, te ha valorado en lo que tú consideras que vales, ha minimizado tus errores, etc., es decir, cuando ha empatizado contigo y has sentido su comprensión y su aprecio.

Eso que hacen contigo y te hace feliz debes hacerlo tú con los otros poniendo su bienestar por encima del tuyo, no sólo igual que el tuyo sino “más arriba”. Esto supone un esfuerzo extra pero muy conveniente para crecer en equidad, porque nuestro péndulo suele estar inclinado hacia el lado del mi, mi, mi, .. yo, yo, yo, y para compensar y lograr el equilibrio es conveniente ir más allá de la igualdad, hasta centrarte en hacer el bien al otro antes que a ti mismo.

Si tu felicidad no es posible sin la felicidad de la gente, y si para que la gente sea feliz debes hacer con ella lo que quieres que la gente haga contigo, ¿por qué no aprovechas las oportunidades que cada jornada te ofrece para interesarte por las necesidades de los demás y hacerles felices respondiendo a ellas con amor? Si lo haces así harás felices a otros y te harás feliz a ti misma. Una segunda afirmación importante: toda felicidad viene de querer a los demás tanto como a uno mismo

Si aceptas como cierto todo lo dicho hasta ahora, para completar este tema te invito a aplicar esta enseñanza de modo consciente durante unas semanas. Estate atento a tu vida, a los detalles de tu relación con los demás y si encuentras la oportunidad, la más pequeña excusa,  para hacer felices a otros no dudes en hacer lo necesario. Es este un ejercicio sencillo que no tardará mucho en mostrarte que es cierto que soy feliz cuando los otros son felices, o mejor: soy feliz haciendo felices a los demás. Toma nota del desafío:

*Si te pones de pie para abrir la puerta o la ventana, piensa “hace calor; los demás ¿tienen frío o necesitan aire fresco?".

*Si te pone de pie para buscar algo, “¿alguien necesita algo de la cocina?”

*Si vas a salir en coche, “¿alguien necesita algo que pueda comprar?”. Voy hacia tal sitio, ¿le viene bien a alguien?

*Cada vez que muevas el cuerpo, piensa. “¿De qué manera este movimiento puede servir a los demás? ¿en qué puedo ayudar? Ya que estoy de pie, ¿necesitáis algo? Ya que estoy en la farmacia, ¿alguien necesita algo?"

*Cede tu asiento gustoso en el autobús, en la sala de espera del médico, en el aforo del teatro... "Por favor,..."

*Interésate por el bienestar de los demás; hazlo verbalmente: empatizando con su sitaución: "¿se solucionó el problema que me comentaste?", o interesándote por su salud: "¿estás recuperado del constipado?", o por sus seres amados: "¿cómo siguen tus padres?".

*Calla tus respuestas cortantes en las conversaciones, no discutas, escucha; deja que quien te habla disfrute de su comunicación; permite que el otro sea feliz contándote su vida como tú lo eres al sentirte escuchado: "¡Sí, te escucho; dime!"

*Sonríe, no pongas mala cara a nadie; una sonrisa tuya puede hacer sonreír a muchos como muchos te hacen sonreír a ti. "¡Holaaaaa...! 😊"

Serían casi infinitos los ejemplos que se podrían poner. Si prestas atención, la misma vida te irá dando momentos que son oportunidades para hacer felices a la gente; y de paso observa cómo practicando lo que podemos llamar el altruismo de la felicidad también tú te irás sintiendo cada día más feliz.


“No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto, sino al contrario, responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados, para heredar una bendición. ... ¿Quién os va a tratar mal si vuestro empeño es el bien? ... Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto “ (1 Pe 1,10.13.16). 

En resumen, ama y trata a los demás con la misma atención, el mismo cariño y la misma delicadeza con que deseas ser tratado; y si quieres llegar a la perfección en esto no te quedes en el “como quiero que me traten a mi”, avanza hacia “mejor de lo que deseo ser tratado yo mismo”. Tenemos así una tercera afirmación importante: la felicidad en grado sumo viene de querer a los demás más que a uno mismo. Es fácil de comprender, aunque no tanto de vivir: si no miras por ti mismo, si no deseas nada para ti mismo, nada puede perturbar tu paz interior.

* * *

Esmérate en amar como quieres ser amado, en “tratar como quieres que los demás te traten”. A esto pueden ayudarte los ejemplos de altruismo práctico que hemos señalado antes. Y una última nota: aunque de momento tengas bastante con ejercitarte en “amar al prójimo como a ti mismo” (Rm 13,9), no olvides que la meta a la que aspiras es mayor: “amar los demás como los ama Jesús” (Jn 13,.34). Si lo primero (altruismo) te aporta felicidad, lo segundo (compasión) te fundirá con la felicidad misma. Pero este es otro tema que en su momento será tratado. Cada cosa a su tiempo; paso a paso. 

Nota: Puedes terminar esta reflexión visionando este sugestivo corto donde se plasma bien el efecto beneficioso del amor bondadoso que te hace feliz y hace feliz a los demás. Clickar en la foto. O directamente en https://www.youtube.com/watch?v=zmIensH77WQ .


Julio 2023
Casto Acedo

3.4 La tarea del perdón. Consejos prácticos (II)

 Ya comentamos que para refinar el oro de nuestro ser es preciso ir eliminando la escoria que se le ha mezclado, o mejor, la basura que oculta su valor y belleza. Hemos señalado cómo los prejuicios no nos dejan vernos a nosotros mismos y a los demás en justicia y verdad. Deberíamos mirar más allá de las apariencias perdonando y soltando el mal adherido a nuestro ego.

Nos ocupamos ahora de esta “tarea de perdón”, sin la cual no podemos avanzar en el empeño de ser cada vez más contemplativos. Un corazón que guarda rencor, odio o deseos de venganza, se incapacita para conocerse, conocer a Dios e incluso conocer objetivamente al hermano. De ahí que debamos imponernos la tarea de perdonar para vivir con transparencia. Como imagen de Dios que somos, hermanos en Jesucristo, está inscrita en nuestra naturaleza la necesidad del perdón. La práctica de la misericordia acrisola el oro de la fe y nos hace merecedores del "premio, la gloria y el honor de la revelación de Jesucristo"  (1 Pe, 1,7). 


El perdón

El perdón es un desafío imprescindible para la vida espiritual. Es una decisión sabia que se ha de tomar de modo consciente. El gesto de “poner la otra mejilla” a quien te abofetea no surge espontáneamente; se hace imposible sin la ayuda  de Dios y la opción firme de seguir e imitar a Jesús en este arte. 

Hay textos evangélicos que rechinan en cualquier cultura competitiva, violenta y gustosa de liderazgos mundanos. "Habéis oído que se dijo "Ojo por ojo, diente por diente". Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa” (Mt 5,38-40). ¿De veras es este un camino adecuado? La primera intención, el primer impulso ante quien te agrede o agravia, es responderle con la misma agresividad o mayor; aplicar la ley del talión.

Sin embargo, la enseñanza de Jesús parece ir en otro sentido: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). La ignorancia es lo que caracteriza al pecador; y frente a ella está el conocimiento de Dios, la sabiduría divina que es Jesucristo; en Él se cumple la profecía: cuando venga el Señor "la tierra se llenará del conocimiento del Señor" (Hab 2,14). Los profetas hablan de los tiempos mesiánicos, que ya han llegado con Jesús. En este tiempo el perdón fluye sin obstáculos haciendo del mundo un paraíso: "El lobo y el cordero pacerán juntos, el león y el ganado comerán forraje, la serpiente se nutrirá de polvo. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo" (Is 65,25).


Perdonar, mejor que dañar.

¿Es posible ya, aquí y ahora, un mundo como el que describe Isaías? En ello estamos, y creemos que es posible si aprendemos a soltar las armas de guerra con las que de continuo amenazamos a todo aquel que parece que nos agrede.

La sabiduría cristiana, recogida en la vida y enseñanza de Jesús nos dice que es mejor perdonar que dañar a quien nos amenaza o ataca. El perdón es un arma preventiva de primer orden; previene del daño que podríamos hacernos si recurrieramos al “ojo por ojo, diente por diente”.

¿Cómo prevenir tus accesos de ira cuando te ves humillado, ofendido o agredido?

En primer lugar quiero que seas consciente de que quien más daño te puede hacer no son esos enemigos declarados de los cuales no esperas precisamente palabras bonitas sobre ti. Son precisamente las personas que más te quieren las que te pueden hacer más daño. No son perfectas, y por tanto nada te garantiza que un buen día se pueden volver contra ti, te pueden abandonar, harán algo que te inquiete, te moleste e incluso te haga daño (cf Mt 9,34-36). Y te dolerá mucho. Es la realidad de la vida. ¿No son las incomprensiones o los desplantes de los más amigos los que más te duelen?

Cuando tomas la decisión seria de seguir el estilo de vida de Jesús y sus enseñanzas has de prever que el rechazo y la crítica inmisericorde de quienes hasta entonces eran tus más fieles amigos se pueden dar. Aquí habrás de repetir lo de “perdónales, no saben lo que hacen”.

Te puede ayudar a perdonar el comenzar por comprenderte a ti mismo y descubrir que tampoco eres perfecto. Muchas veces se apoderan de ti emociones, fantasías, miedos o ambiciones que distorsionan tu visión de la realidad y causas daño a otras personas sin darte cuenta. ¿No has protagonizado nunca alguna acción torpe con la que has causado daños a quienes no quieres dañar? Todos tenemos recuerdos, cercanos o lejanos, de que esto ocurrió.

Y también sabemos la influencia que ejercen sobre nosotros las tendencias, los hábitos, las costumbres, de otras personas, o incluso el estado físico-anímico que me embarga en un momento concreto, y que me lleva a responder con violencia física o verbal a lo que considero una amenaza para mi ego. Si reconocemos esto ya tenemos mucho ganado. Es fácil ser manipulados por fuerzas ajenas a nuestro núcleo personal, que nos arrastran "fuera de nosotros mismos".  

La meditación, como práctica de la atención amorosa a Dios desde el corazón,  nos puede liberar de esas influencias ambientales, culturales o biológicas que nos condicionan. Es uno de los beneficios que se espera de ella. Si eres perseverante cada día experimentarás más libertad para responder con más libertad interior a los estímulos externos; y tu deseo de perdón, impulsado por el amor de Dios,  te surgirá desde dentro espontáneamente.


Todos vivimos tormentas 

De cara a perdonar a otros los daños que te pueden causar con su actitud agresiva, con sus desplantes o con su estilo de vida poco ejemplar, te puede ayudar el pensar que en realidad esa persona no desea ser así. Tal vez también esté inmerso como tú en un proceso de mejora espiritual; quiere ser mejor persona, pero tropieza y se hunde  una y otra vez en el barro; puede que esté viviendo una tormenta personal y cae en el charco embarrado que forma esa tormenta y el lodo acaba por salpicarte a ti. Su confusión, su crisis, de alguna manera te afecta, te salpica. ¿Porqué lo vives a veces como un ataque personal cuando en realidad es un efecto colateral indirecto? Simplemente has tropezado con su tormenta. Ésa persona es más víctima que verdugo. Míralo así.

Si nos comprendemos y sabemos cómo surgen las tormentas dentro de nosotros, y lo erráticos que somos cuando estamos dentro de esa tormenta, también podemos comprender y tener paciencia con esas personas cercanas que viven sus dramas particulares. No te molestes si te salpican sus caídas; perdona y acoge.

Sabiendo que hay tormentas esporádicas en la vida de toda persona, y teniendo como fondo que tú también vives tus propias tormentas, procura adoptar una postura proactiva: antes de que sus rayos y truenos te inquieten, antes de que te critiquen, antes de que te insulten,  perdonas. Un perdón así es manifestación de la sabiduría, de la paciencia, de la aceptación desde el corazón; es comprender lo que está viviendo la persona a la que perdonas incondicionalmente. Más adelante profundizaremos más en esto dando un paso hacia adelante: la meta última no solo será aceptar, comprender, perdonar, sino que todo esto lo transformaremos en compasión.

Jesús va a mostrarnos ese amor-perdón compasivo. En la cruz va a cargar sobre sí todo el barro con que le salpica la humidad. No verterá sobre ella venganza sino misericordia. Adelantamos aquí que en su perdón Jesús no sólo nos acepta tal como somos, pecadores, sino que hace que nuestro pecado haga visible la misericordia divina; su paciencia, su perdón incondicional, permite ver que “donde abunda el pecado sobreabunda la misericordia y la compasión” (cf Rm 5,20). Con su gesto nos está diciendo que también nosotros, al perdonar, también transformamos en compasión (gracia y bondad) las salpicaduras del barro del pecado.

* * *

En el Padrenuestro Jesús nos enseña a orar así. "Padre nuestro...,  perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12). Cuando medites estas palabras piensa que tu corazón no es un espacio con nichos separados e independientes donde en uno están recogidos nuestros errores, en otro nuestros perdones, en otro nuestras oraciones, en otro nuestros propósitos, etc.. No. La estancia es única (por más que santa Teresa hable pedagógicamente de “siete estancias”), y la puerta también es única. Si esa puerta se abre al perdón de mis hermanos queda abierta al perdón de Dios que entra con ellos en mi morada. Pero si la puerta se cierra al perdón del prójimo, también queda cerrada para Dios.

Practica pues el perdón y la misericordia. Medita: ¿Cuánto me cuesta perdonar? ¿Merece la pena guardar rencor? ¿No es mejor perdonar? ¿Es más feliz el rencoroso que el misericordioso? Ten en cuenta la sabiduría de Dios: "Si vosotros  perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (Mt 6,14-15). No es que Dios no quiera perdonar, es que tu cerrazón hace imposible su misericordia, y por tanto tu felicidad.
 
Haz silencio. Abre la puerta de tu corazón; trae a tu imaginación a aquellos a los que deberías perdonar; hazlos pasar uno por uno; pronuncia su nombre y atrévete a quererlos como Dios te quiere. Diles: N. Te perdono... Y recíbelos en tu morada interior. Al acogerlos acoges a Jesús (cf Mt 25,40). Termina tu oración poniendo atención amorosa a Dios que ilumina tu vida con una sonrisa y te dice: "Has sido fiel en lo poco, pasa a la fiesta de tu Señor" (Mt 25,21). 

Agradece recibir un don tan grande.

Julio 2023
Casto Acedo