martes, 16 de enero de 2024
4.3 Consejos prácticos: Pragmatismo, interioridad, crecimiento.
lunes, 15 de enero de 2024
4.2 Lo puedes todo con Cristo.
En el centro y hondón de la vida espiritual cristiana está Jesucristo. Él es el punto de referencia del amor bondadoso. Sobre el cimiento de su Palabra divina y eterna ("El cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" Mt 24,35) la vida del creyente se activa y adquiere un dinamismo que le lleva a negociar sus talentos a la luz de una humildad que le conecta con las palabras de Jesús: "sin mi no podéis hacer nada" (cf Jn 15,5)
La humildad
Todos quieren alcanzar cotas altas de triunfos mundanos, ya sea poder económico, popularidad mediática, santidad: ser maestro, dominar artes espirituales, etc. Y esta búsqueda suele conducir a la depresión, la tristeza y la baja autoestima. ¿Quién podrá lograr sus ambiciosos objetivos? Las esperanzas suelen superar con creces a la realidad.
No hay nada malo en tener
grandes expectativas, ambiciones; pero sí es nefasto poner el valor en el
peldaño, evaluar según el parámetro que establece la sociedad desde los atributos
externos, los dones o a las capacidades. Esto es sólo circunstancial.
Puedes ser un genio del
fútbol, de las finanzas, de la música, etc. y hoy por hoy puedes considerarte muy arriba en tu mundo, pero esto no es ni definitivo ni eterno. Si en la
realidad relativa del presente puedes hacer mucho bien con tus capacidades
(medico, profesor, deportista, etc.), ¡enhorabuena! Puedes ayudar
en algo y lo haces, ¡perfecto!. Hacerlo no es orgullo, ni arrogancia, “lo puedo
hacer” y lo hago con sencillez. Hay otras cosas que no sabré hacer y deberé dar
paso a que otros, con otras capacidades, lo hagan. A todas estas cosas
temporales debemos darle el valor que se merecen; un valor temporal, relativo,
contextual, … nada más.
Pero esas cosas temporales no definen nuestro valor intrínseco. ¡Qué importante es comprender esto! Tu apariencia no te define, las personas que te admiran no te definen, tu altura, tu peso, tu memoria, tu voz, tu coche, tu cuenta corriente, tus títulos, tu apellido, tu familia, no te definen. Y en la medida que ponemos nuestra identidad en esos atributos o cosas sufrimos, padecemos, estamos limitados; estamos constantemente amenazados, en jaque, porque siempre hay alguien que nos supera.
Es importante hacer una reflexión sobre la verdadera humildad, que no tiene su centro en
posturas o acciones exteriores sino en la actitud interna. ¿Cómo definir la
humildad evitando confundirla con la baja autoestima? Es fácil. Pues la autoestima
es arrogante; muchas veces compensamos nuestra baja autoestima proyectando
hacia fuera una imagen dura para que otros nos muestren aprecio, nos den el
valor que no sentimos dentro. En la humildad genuina uno se conforma con ser socialmente igual a los demás. Esta es la clave: en esencia, soy igual de importante que
los demás.
Puedo tener mis tareas y cargos propios en los que soy un especialista, y cuando los ejerzo puedo decir: “quitaos de en medio, ya controlo yo”, y esto no es arrogancia, es simplemente mostrar que se sabe hacer una tarea. El problema viene cuando ante los demás me pongo medallas por mis habilidades, cuando mi hacer lo considero un un valor añadido a mi ser. Esto se suele hacer cuando se cae en un estado de baja autoestima: la valoración que me falta dentro la busco fuera. La verdadera humildad está conforme con lo que hay dentro y no necesita confirmación externa; la falsa humildad sí.
La
humildad es una virtud que escasea en una sociedad diseñada
para sobresalir buscando continuamente confirmación externa. Se presume de
humildad, pero no se posee. Los gestos de “mosquita muerta”, propios de quienes
quieren presumir de humildes, no son humildad genuina. Hay personas que son
discretas en gestos, palabras, opiniones, pero en su interior piensan: “yo soy
más inteligente, estos no saben lo que están diciendo o haciendo, mi idea es
mucho mejor”. Resulta paradójico: la verdadera humildad no necesita hacer demostraciones públicas
de lo insignificante, bajo o pequeño que se es, pero cuando uno no está seguro
de su humildad recurre a ciertas
demostraciones públicas de la misma y tiende a hacer un poquito el ridículo para asegurarse que no
es un creído soberbio.
Los tres poderes
La clave de la humildad no está en el hacer (exterioridad) sino en el ser (interioridad). La fe, la meditación y todo lo que conlleva de educación espiritual ayudan a descubrir dentro el potencial infinito, lo que realmente define e identifica a la persona. Trabajar la propia humildad es excavar un pozo para llegar a la mente primaria, al manantial infinito y permanente de gracia que fluye por tu interior.
Reconocer en
tu espíritu el agua del Espíritu que alienta tu vida en el hondón,
es ya un motivo de confianza independiente de los altibajos que pueda sufrir tu
vida en el exterior. Descubres con Él que tienes tres potenciales o poderes
importantes:
o El poder de corregir errores. ¿Recordáis el diagrama con el punto blanco en el centro?
Ese centro, que es
nuestro ser original anterior a la caída, nimbado por la gracia de Dios, tiene
la posibilidad de abrirse paso eliminando los otros velos que lo obstruyen.
Podemos, pues, eliminar el mal, los patrones malos, las emociones malas, el
conocimiento y las ideas malas. Abandonados (que no significa dejados
pasivamente) al Espíritu, podemos purificarnos, sacar la suciedad de nuestro
sistema.
o El poder de desarrollar cualidades. También esto es importante; nuestra naturaleza -herida por el mal, pero no muerta- tiene capacidad para desarrollar y cultivar las virtudes y adquirir sabiduría. El Espíritu viene en ayuda del espíritu.
o El poder de
hacer el bien, de
beneficiar a los demás. Incluso desde nuestra pobreza material podemos aportar
algo positivo. Ya el hecho de despertar tu corazón a la sabiduría es un
beneficio para la comunidad, que no es una suma de seres independientes y
desconectados entre sí sino una fraternidad que vive en comunicación de bienes
(comunión de los santos)
El camino espiritual recibe luz cuando reconoces en ti que puedes activar en tu vida esos tres dones divinos o talentos: poder de cambiar mi vida, de mejorar mis cualidades y beneficiar a otros con mi amor).
Lo primero que tienes que aprender es que tienes talentos latentes, y esos talentos no te han sido dados para enterrarlos bajo tierra por temor a no sé qué, sino para negociarlos (cf Mt 25,14-30: parábola de los talentos). No tienes una colección de talentos estáticos sino dinámicos; es decir, tu ser no se te ha dado hecho del todo sino que está en proceso.
Estabilidad en el cambio
Si
te preguntas "¿quién soy?" puedes decir: “antes que nada soy cambio”, es decir,
potencial para cambiar lo negativo, aumentar lo positivo y de este modo cambiar el
mundo. Si te identificas interiormente con esa sólida interioridad llamada al cambio,
con ese “ser divino que eres”, con ese talento que negociar, nada que cambie
fuera te puede hundir; los cambios exteriores sólo serán un reto, una
oportunidad para reforzar tu habilidad para el crecimiento (cambio) interior.
Para
llegar a eso se necesita audacia, la necesaria para poner tu identidad en Dios. Podemos usar muchas máscaras en la vida; nada malo hay
en identificarse con la familia, la ciudad, la región, el idioma, la tradición,
la bandera, el equipo de fútbol, etc… todo eso es fantástico, pero lo
importante es que predomine la identidad base, el “ser imagen de Dios”, hijo de Dios. ¡Esto
es muy importante!
Enero 2024
Casto Acedo
sábado, 30 de diciembre de 2023
4.1 Amor bondadoso
Comenzamos con una breve introducción acerca del amor como arte, mitad inspiración, mitad entrenamiento, y luego comentamos algo de lo que llamaremos “amor bondadoso”
"Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”. (San Agustín de Hipona).
“Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros” (Lc 6, 32-38)
*
Enero 2024
Casto Acedo
sábado, 30 de septiembre de 2023
Salir de la cueva, entrar en el valle
La segunda etapa del camino que hemos emprendido pide “salir de la cueva”. Y esto hay que aclararlo. Si entrar en la cueva es una especie de entrenamiento para evaluar el propio ser, si es una oportunidad para preguntarte por dónde andas, qué te sobra, que está entorpeciendo tu vida, etc... y si ese tiempo supone descubrir qué cosas quitar de tu vida porque suponen una rémora, salir de la cueva es comenzar a vivir de modo distinto, con la libertad que da el ver con cierta claridad cuáles son tus ataduras y cadenas.
Pero ¿y si la cueva acaba siendo vista por el novicio como su lugar natural? ¿Y si comienza a sentirse cómodo, feliz, encantado de estar en ella? Entonces hay que salir corriendo hacia el valle, porque esos síntomas indican que la cueva te puede atrapar. Y no es fácil salir de ella cuando caes en su trampa; es más fácil entrar. Porque si entrar te aleja de la maleza y las zarzas salir te vuelve a acercar a ellas.
A menudo me engaño creyendo que he salido de la cueva, cuando lo único que he conseguido es un lugar intermedio (interactivo) donde creo que estoy confrontando mi vida con los demás, pero lo que hago es confrontarme con otros que comparten conmigo la creencia de haber salido. Compartimos los sentimientos y las nuevas apreciaciones con quienes nos comprenden y nos quieren, con aquellos ante quienes podemos felicitarnos de las nuevas relaciones y enfoques que damos a la vida, o lloramos con ellos lo poco que nos comprenden quienes viven afuera. A estos incluso los miramos con cierta conmiseración. Parece que he salido de la cueva, pero sigo en ella.
En la cueva pones bálsamo a las heridas, y algunas cicatrizan. Eso te hace caer en el error de creerla un fortín, un hospital de campaña donde puedes acostumbrarte a vivir siempre dedicado a los cuidados de tu vida espiritual con cierta sensación de satisfacción personal. Sin darte cuenta haces de la cueva (meditación, reflexión, análisis, pequeños retos vitales, etc.) tu mundo de yupi, tu jardín de las delicias.
¿Cómo sé que aún no he salido de la cueva? No sabría decirlo con seguridad, pero creo que comienzas a salir cuando miras la realidad de afuera y la aceptas tal como es; y reconoces que así era el mundo antes de que te retiraras y así sigue siéndolo a tu regreso. Porque en realidad no has hecho nada para cambiarlo. No te horrorices por ello. El mundo no cambia porque tú te retires de él. Sigue igual, y tal vez sientas sobre él los mismos miedos que antes. Pero tampoco te excuses diciéndote “no debí salir aún de mi cueva” o “debería volver a mi cueva”, "aún no estaba preparado". A la cueva no se vuelve. Si vuelves una y otra vez caes en el abismo. Una vez sales de ella llega la hora de decidir a dónde ir, solo te queda la decencia de aceptar lo que tienes por delante.
¿Quién quiere volver a la oscuridad de la cueva cuando ya ha vislumbrado un poco de luz? A veces sientes la tentación de volver. Pero es el miedo el que te está empujando.
Cuando vuelves al valle las heridas que produce el choque con el nuevo ambiente, a veces violento, comienzan a sangrar. Dice la carta a los Hebreos: “Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión” (Hbr 12,4-5
Pasas años en tu celda queriendo romper el cielo con tus oraciones para que un rayo baje hasta ti. Y de tanto mirar y golpear la nube del no-saber a lo más que puedes llegar es a ver una pequeña grieta que se abre al exterior y desde la cual parece llegarte una tenue luz. ¡Qué bonito! Sí, pero que engañoso también; porque esa lucecita que ves no daña tus ojos; es una luz encantadora. Y te encanta mirarla y ser mirado por ella. Pero si tienes miedo a que una luz más fuerte dañe tus ojos, si te asusta el rayo de tinieblas que lo trastorna todo en ti, la pequeña luz de la grieta alargada en el tiempo es sólo un signo que pone en evidencia la oscuridad en que vives y tu cobardía para ir más allá.
La cueva tiene su tiempo. El necesario para que te des cuenta de que no hay cueva, ni valle ni cementerio. Y por tanto para que aprendas que ha llegado el momento de poner a un lado toda regla y todo método para abandonarte a la vida. No has salido de la cueva si todavía es para ti una clave esencial, si el tiempo formal de silencio y contemplación se ha transformado para ti en un todo maravilloso, si el calor de tu comunidad de escogidos te seduce y atrae con su dulzura dándote sensación de realidad e impidiéndote ver lo que hay fuera. ¡Qué bien se está aquí!, haremos tres tiendas (Mt 17,4). No he salido de la cueva si calculo mi felicidad por el bajo estrés y las sensaciones placenteras de mi alma.
Al salir de la cueva descubres la fragilidad de la misma. Has labrado en ella el panal de tu vida; ¡un panal tan frágil! Ahora, en el valle, has den transformar la amargura en miel, perdonar, amar, desechar impurezas, soltar cadenas que ya no estaban pero que vuelven a salir cuando menos lo esperas. Hacer miel no es comerla y degustarla. Díselo a las abejas obreras. No se lo preguntes a los zánganos que se ilusionan con fecundar a la reina para terminar siendo expulsados de la colmena y muriendo arrojados al frío de la noche. El valle es tiempo de abejas obreras; tiempo de llenar la vida con la miel de la compasión y la misericordia. Trabajo dulce y amargo.
Si he descubierto algo en la cueva debería trabajar en mi lo aprendido. Cuando digo que "quiero un cambio en mi vida" eso incluye huir de mi cueva (mi ficticia y virtual realidad idílica) y abrirme a una relación más directa y real con el mundo. Ya he vislumbrado a Dios en mi oración; o algo que creo que es Dios. Si lo es o no lo es no me toca a mí juzgarlo. En el valle quiero palparlo de nuevo, pero de un modo más directo: elevando mi corazón al prójimo en un suave movimiento de amor que rompa la nube del no-amar; o sea, amando vivir en Iglesia pecadora, porque lo soy.
En fin, el valle es algo simple y bonito; no es el destino final, y si conviene que pase por la cueva es para vislumbrarlo en toda su dureza y hermosura. El peligro es quedarme en la caverna, dejar que nuevos velos cieguen mis ojos con nuevos artificios que me impidan tocar la realidad con amor. Sal de tu cueva, me dice Isaías. ¿Cómo?
“He aquí lo que has de hacer. Vuelve tu corazón amoroso a tu hermano, con un suave movimiento de amor, deseándole por sí mismo, no por sus virtudes o defectos. Centra tu atención y deseo en él y deja que su bien sea la única preocupación de tu mente y tu corazón.... Quizá pueda parecer una actitud irresponsable; pero créeme, déjate guiar” (Plagio de La nube del no-saber, 3). Te lo digo yo, Isaías cap. 58:
«¿Para qué ayunar, si no haces caso; mortificarnos, si no te enteras?». En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo. ¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia: inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza? ¿A eso llamáis ayuno, día agradable al Señor? (Esto es ayuno virtual, de caverna, ficticio y falso cuando no lo complementa la realidad; es el prefacio que no tiene sentido sin la obra del valle).
“Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. (Esto es ayunar de veras: vivir en el valle "misericordiando").
Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: «Aquí estoy». (Ahora puedes subir al siguiente nivel, el de los perfectos que viven junto a Dios).
*
No quieras volver una y otra vez a la cueva. No quieras ser un oso polar condenado a vivir en eterna hibernación en tu mundo virtual. Si has tomado la decisión de salir y he dado los primeros pasos para ello, no vuelvas la vista atrás. «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios» (Lc 10,62). Has arado la tierra; no vuelvas a ararla una y otra vez, ahora es tiempo de sembrar compasión y abonar con amor. Por eso, no vuelvas a encerrarte, no vuelvas a tus realidades virtuales, afectos desordenados, avaricias, envidias, etc. Créeme, si has estado en la cueva eso ya ha pasado. Ahora permite que todo lo humano te toque, no con un toque sentimental-virtual sino real, piel contra piel.
Dios me libre de hacer de mi cueva el cielo.
*
NOTA: Curiosamente, al día siguiente de haber publicado esta entrada leo en La razón un artículo que creo que complementa lo que quiero decir al hablar de "salir de la cueva", porque si no se sale de ella te condenas a la caverna de lo virtual. https://www.larazon.es/cultura/rob-riemen-vamos-directos-destruccion-civilizacion_202309266511cb2a1fb4a60001300304.html Como deja ver el autor la realidad es insustituible, el valle no se puede atravesar virtualmente; mejor es tomar un café que chatear vía internet, mejor ir a un cumpleaños que felicitar por washap y enviar el regalo por amazon, mejor palpar que embriagarte con ensoñaciones. El valle, con su calidad de real, es insustituible. Es el lugar de la verdad, de la práctica, de experimentar que la vida es algo más que algoritmos y letras. En el valle se juega el futuro de nuestra civilización cristiana.
Septiembre 2023
Casto Acedo
lunes, 25 de septiembre de 2023
3.5 Atención a los demás. Consejos prácticos (III)
"Si te amas a ti mismo, amas a todos los hombres como a ti mismo. Mientras le tienes menos amor a un solo hombre que a ti mismo, nunca has llegado a amarte de veras, con tal de que no ames a todos los hombres como a ti mismo, a todos los hombres en un solo hombre: y este hombre es Dios y hombre. De modo que va por buen camino el hombre que se ama a sí mismo y ama a todos los hombres como a sí mismo; y éste sí va por buen camino". (M. Eckhart, Sermón XII. Qui audit me)
3.4 La tarea del perdón. Consejos prácticos (II)
Ya comentamos que para refinar el oro de nuestro ser es preciso ir eliminando la escoria que se le ha mezclado, o mejor, la basura que oculta su valor y belleza. Hemos señalado cómo los prejuicios no nos dejan vernos a nosotros mismos y a los demás en justicia y verdad. Deberíamos mirar más allá de las apariencias perdonando y soltando el mal adherido a nuestro ego.






.jpg)





