jueves, 13 de junio de 2024

Contra ira, paciencia (II)

Segunda entrega relacionada con el tema de la Ira. En ella se expone esencialemente la virtud de la paciencia. En un próximo tema nos acercaremos al amor bondadoso universal como antídoto privilegiado para erradicar el odio que respira la ira.

"El labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía" (San 5,7).
¿Qué es la paciencia?

La paciencia libera de la hostilidad y sostiene la paz. Pero ¿cómo definirla? Se trata de algo interno, un estado mental que te permite permanecer sereno aun cuando las circunstancias sean desfavorables, como en momentos en que se sufre una agresión por parte de otros o cuando se viven frustraciones o fracasos en la vida.

Ahora bien, hay que distinguir la paciencia de la “pasividad”. La paciencia es un estado espiritual, interno. Hay una tolerancia ciega que se da desde la pasividad física; por ejemplo: no responder con agresividad cuando ser recibe un insulto; esta no-respuesta puede venir motivada por timidez o por cobardía, o por considerar que quien agrede tiene cierta autoridad. Es la pasividad de quien se siente derrotado; no está siendo tolerante ni paciente, simplemente se da por vencido; esto no es paciencia. la paciencia es la paz que se mantiene incluso en la tormenta.

El avance en la vida espiritual necesita de la virtud de la paciencia evangélica, que no se altera en su marcha a causa de las dificultades que le salen al camino. Es la paciencia de Dios "que no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión" (2 Pe 3,9), y la paciencia de Job, que en la adversidad no entra en ira contra Dios: “Desnudo salí del vientre de mi madre. Sin nada volveré al sepulcro. Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea Dios” (Job 1,21).

La virtud de la paciencia requiere la humildad necesaria para aceptar que el mundo es como es y no necesariamente como nos gustaría que sea. 

Enemigo importante de la paciencia es la rigidez o cerrazón mental que nos inclina a ser duros en nuestras exigencias y expectativas respecto a nuestro entorno. Rechazamos que los hijos sean como son, que los mayores chocheen, que aquellos de quienes esperamos atenciones se muestren indiferentes e incluso despreciativos hacia nosotros; nos enfurece que llegue tarde el autobús, que alguien entorpezca el paso de nuestro vehículo, que al llegar al trabajo no encontremos la herramienta que necesitamos, etc. Ahí surge la frustración que va acumulando energía negativa, minando el alma, para acabar explotando por cualquier nimiedad. Normalmente el detonante suele ser algo pequeño, como que en el frutero hay una manzana pocha con un gusanito impertinente; te das cuenta, la coges y la arrojas con ira en el cubo de la basura. Luego alguien dice: ¡cómo te pones así por una manzana pocha!

No es la manzana y su simpático gusano quienes han llevado al ataque de ira sino un estado interno que ha ido envenenando el ánimo en una secuencia que podemos resumir así:
*expectativa rígida (cerrazón a que las cosas no sucedan tal como yo espero), 
*realidad que no coincide (¿tan difícil es aceptar que no todo ha de coincidir con lo que tú quieres?),
 *y rechazo (enfado, ira). 

En realidad, la ira comienza como una obsesión, la obsesión con algo que exigimos que sea de una manera concreta; más que una preferencia es una exigencia de que la realidad tiene que funcionar así, como requiere mi obsesión. Si se cruza en mi vida algo que no quiero, si algo impide lo que quiero, si no tengo los bienes, el estatus o la consideración que ambiciono, me invade la infelicidad y cualquier nimiedad detona la ira acumulada en mi interior.


¿Cómo desarrollar paciencia?

Teniendo claro el origen de la ira, ¿cómo podemos mejorar nuestra paciencia? Unos consejos.

Para lograr paciencia lo primero a cambiar no está fuera sino dentro. Y conviene comenzar trabajando la aceptación, cualidad que nos llevará a un estado de paz que trasciende las circunstancias.

1. Aceptación de uno mismo.  Muchos de los conflictos que tenemos con otras personas son los efectos de sentirnos frustrados con nosotros mismos. No nos gustamos, y proyectamos esos dis-gustos en los demás y en el entorno. No acepto ser lo que soy (por ejemplo: homosexual, pobre, torpe, poco agraciado físicamente, insignificante, etc.) y reacciono no aceptando a otros que tienen lo que yo deseo (salir del armario, riquezas, inteligencia, belleza, fama, etc); y así, ¿por envidia?,  vierto mi odio y agresividad contra aquellos que han conseguido lo que yo no poseo o no soy capaz de conseguir.

Deberíamos empezar conociendo y reconociendo lo bueno y lo malo, lo feo y lo bonito de nosotros mismos y aceptarlo. Dice santa Teresa que "esto del conocimiento propio jamás se ha de dejar, ... Es el pan con que todos los manjares se han de comer, por delicados que sean, en este camino de oración” (Vida 13,15). Hay que sacar un poco ce conocimiento de sí en cada sesión de oración; y este conociminto propio es básico para orar con provecho y cultivar la virtud de la humildad, hermana mayor de la paciencia. La aceptación no es otra cosa que "andar en verdad", palabras con las que santa Teresa define la humildad (6ª Moradas, 10,7).

Para vencer la ira se ha de comenzar por ser o aceptarse uno mismo, ser transparentes y honestos asumiendo nuestras cualidades y nuestros defectos; y así, sabiendo que nos somos muy diferentes a los demás, nos entrenamos para aceptarlos también a ellos.

2. Aceptar el presente sabiendo que “el presente es perfecto en lo que es”; o lo que es lo mismo: aceptar la realidad tal como es. No quiero decir con esto que no deben mejorarse las cosas, sino que hay que comenzar por aceptar la realidad actual, que tiene mucho de bueno (bienestar, instituciones benéficas, loables, personas admirables por su bondad, etc) y otro tanto de perverso (corrupción política y económica, grupos terroristas, manipulación mediática, individualismo, etc), y he de aceptar que las cosas al presente están funcionando de esta manera; puede que no coinciden con mi ideal, pero son así.



Aceptar el presente, no significa que hay que dejar que todo siga tal como está. Como buscador de la verdad espiritual en muchos casos la situación puede contar con tu bendición, pero habrá otras situaciones que generan en ti indignación; esperamos que sea “santa indignación”, como la que mostró Jesús al ver en su presente las mercancías y los mercaderes negociando en el templo (cf Mt 21,12-13). La aceptación del presente no es una invitación a la derrota (¡no se puede hacer nada!) sino una invitación a estar involucrado, a participar mejorando el desarrollo de las cosas.

Aceptar es hallar el equilibrio perfecto, ese que no cae en la pasividad derrotado por los obstáculos y dificultades que ofrece la realidad, pero tampoco vive en el estrés o ansiedad provocados por lo que no va bien. El axioma del sabio dice: “Si un problema tiene solución, no hace falta que te preocupes, y si no tiene solución, preocuparse no sirve de nada”. Siendo pragmáticos deberíamos aceptar la lógica de que la realidad es como es, y en esa realidad también entran nuestras opciones de movernos en ella.

A veces caemos en el error de querer negociar con la realidad pretendiendo que cambie a nuestro favor para aceptarla. La realidad no va a cambiar “porque sí”. La práctica de la paciencia no consiste en meter un zapato en una jaula y sentarse a esperar a que cante; cambiará el mundo si sacamos el zapato (pasividad) y metemos el jilguero (actividad);  entonces tiene sentido la esperanza del cambio. Para ello:

*Hay que comenzar teniendo la habilidad de tolerar el golpe, el shock que produce la realidad cuando ésta no es agradable.

*Luego hay que saber aceptar que la contaminación de ira ambiental es debida en parte también a la basura que yo mismo vierto en el manantial de las aguas puras; y a mi aportación a la contaminación se suma la acción de los demás, que como yo viven embarrados por los apegos, las envidias o el odio, que nos hacen vivir en confusión. No basta aceptar que yo sea pecador, también en quienes me rodean hay pecado. Por eso hay que realizar proyectos comunes de pacificación (paciencia).

*Debo aceptar que no todos van por donde yo quiero ir; y reconocer que si otros me dañan no lo hacen por malicia sino por la ignorancia propia de la condición pecadora común;  saber esto  me facilita perdonar al prójimo antes incluso de que me haga daño. ¿Por qué exigirle al prójimo que sea perfecto cuando sé por mi paropia experiencia de pecador que no lo es? Pensar que los otros son perfectos y no van a hacer nada malo no es realista, y es garantía de que habrá ira.

*Hay que poner claridad mental y emocional para reconocer lo que es (la realidad) y “reprogramar” nuestros deseos y expectativas. No me enfado porque el otro me insulta, que sería como enfadarme con el cactus por el pincho que se me clava en el trasero; en el cactus no hay mala intención (en el hermano tampoco, sino ignorancia); el daño no lo produce quien me insulta sino la ignorancia que padece quien me insulta, el demonio que le posee y que choca con mis propios demonios. Por tanto, perdona al prójimo antes incluso de que diga o haga algo contra ti. Entonces estarás cultivando la paciencia y desactivando la ira.


3. Tener paciencia para adquirir paciencia, es decir: entrenarme paulatinamente en esta virtud. Los cambios radicales no son aconsejables, es mejor ir dando pasos que nos permitan ir bien encaminados hacia el objetivo último de eliminar cualquier vestigio de ira. Lo mejor es ir poquito a poco, siendo realistas. ¿Cómo entrenarme?

*Programando tiempos, es decir, proponiéndome unos retos. “Voy a ser paciente esta mañana, todo este día, esta semana...” con todas las personas con las que me encuentre; las escucharé, las aceptaré tal como son, les perdonaré sus inoportunidades o impertinencias, etc.

*Delimitando lugares. Delimito mi ejercicio de paciencia a lugares concretos, como pueden ser mi zona de trabajo, en la comida, cuando estoy al teléfono, con la familia, al hacer deporte, etc. Hay lugares donde uno se siente más invitado a verter sus frustraciones sobre el esposo o esposa, los hijos, las personas subalternas en el trabajo, en la asistencia a espectáculos o prácticas deportivas. Son zonas circunstanciales o situaciones en las que merece la pena trabajar la paciencia.

*Atendiendo a personas. ¿Quién no conoce personas que con sólo estar ante ellas te sacan de tus casillas? Aquí tienes un buen campo de entrenamiento. No responder airadamente, no mirar con rencor o desprecio, o incluso evitar no pensar en nada que suponga rechazo a esa persona. Ejercitarte en verla trascendiendo lo superficial (sus manías, sus ideas políticas, sus insufribles patrones de comportamiento,...), mirarla tomando conciencia de que no es ella sino sus aflicciones (soledad, tristeza, fracasos, frustraciones, ignorancia, etc.) las que la hacen ser agresiva o egoísta.

*Atendiendo a hechos o circunstancias. Ser paciente con diferentes tipos de cosas. Tomar, por ejemplo, la decisión de ser paciente y tolerante con determinado tipo de habladurías, con un concreto modo de conducir el automóvil que me exaspera o con unos modos de vestir que me causan desagrado, etc. No emitir juicios de condena verbales ni mentales sobre la forma de ser de los jóvenes, sobre la orientación sexual de las personas o sobre la filosofía de colectivos concretos (partidos políticos, asociaciones, religiones, etc).

*


En fin, espero que este tema te ayude a conocerte más y mejor en tus reacciones y te mueva a sanar tu corazón erradicando cualquier atisbo de ira. 

No olvides que el cambio debe comenzar en tu interioridad y ser progresivo, y que tal vez no logres nunca la perfección de la paciencia. Pero no por ello debes desanimarte. De todos modos no olvides que tus accesos de ira nunca son  un bien, por mucho que me justifique con aquello de "¡qué agusto me he quedado!". Es un gusto traicionero que engorda el ego y lo hincha para una explosión mayor y más dañina. No odies, porque no es bueno. Una persona que odia y agrede no es una persona feliz. Dice Jesús: “Bienaventurados los mansos (pacíficos) porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5,4), que es como decir: felices los que cultivan la virtud de la paciencia.

Recuerda también que la mediación en silencio y quietud es una escuela de paciencia. A fin de cuenta lo que buscas es entrar en lo más íntimo de tí mismo, en el centro de tu ser para hallar a Dios y descansar en Él libre de todo lo que desde el exterior te puede sacar de quicio. Meditar alimenta la paciencia que te lleva a vivir disfrutando cada instante del presente de  tu vida.

Junio 2024
C. A.

lunes, 10 de junio de 2024

Sobre la ira (I)

Un tema que intentaré desarrollar en dos o tres partes. Es muy práctico, en el sentido de que invita a revisar las propias reacciones ante provocaciones externas. Es necesario conocer qué es y cómo funciona la ira, pero más importante es tomar decisiones sabias que no permitan que nos domine.

“Si os indignáis, no lleguéis a pecar; que la noche no os sorprenda en vuestro enojo. No deis ocasión al diablo” (Ef 4,26) 
*
¿Qué es la ira?

El dominio de la vida está ligado de manera indisoluble al dominio de la ira. Sin dominio de la ira cualquier intento de avance espiritual es un fracaso. 

¡Qué es la ira? Digamos de principio que no suele ser una emoción predominante como el apego, los deseos, la envidia, el orgullo, la vanidad. etc... Sin embargo es una de las emociones más dañinas porque nos descentra, nos saca de quicio, es decir, bloquea la razón, genera desconcierto y puede conducir a actos violentos graves.. 

Detrás de la ira se suele esconder una frustración que va creciendo poco a poco hasta explotar, y esa explosión, además de dañar a quien la provoca también daña al entorno. Una persona arrebatada por el odio puede terminar fuera de sí, hiriendo a personas, animales o cualquier otro elemento que encuentre a su paso. 

En un abrir y cerrar de ojos la ira puede arruinar el bien que hicimos en el pasado. En unos segundos un arranque violento acaba con una amistad de años, un matrimonio consolidado o un negocio próspero. De ahí la conveniencia de conocer qué es la ira y cómo controlar sus impulsos para evitar que haga estragos en la vida espiritual.

La ira está dentro del corazón

Es importante asumir, de principio, que la ira no está fuera de la persona sino dentro; lo que la define no es el sujeto odiado o los objetos externos, personas o circunstancias que éste odia y ante los cuales se reacciona violentamente y pretende destruir; lo que define a la ira no es lo que está fuera, es su existencia interna; la ira no es un ente exterior sino interior, habita dentro. Comprender esto es muy importante si no queremos perder tiempo atacando a personas que nos odian o nos desprecian, o maldiciendo situaciones que nos resultan desagradables. Si ante esto recurrimos a respuestas violentas material o mentalmente puede que a corto plazo nos dé la sensación de que vencemos la ira; pero lo cierto es que aunque tengamos la sensación de que ganamos una batalla a largo plazo con el recurso a la violencia la guerra se complica y se alarga.

Si el veneno mortal de la ira está dentro, si al decir ira nos referimos a cosas que salen de nuestro estado interior, es claro que no podemos descuidar en nuestra vida el cultivo de una sana interioridad. Se trata de entrenar para no ser víctima de una irritación repentina. Cuando esto ocurren nos volvemos reactivos al momento, y solemos reaccionar violentamente frente a lo primero que nos sale al paso, aunque no sea ese algo o alguien quien  está interrumpiendo nuestro orden.

Las reacciones viscerales ante personas o acontecimientos repentinamente molestos son hasta cierto punto naturales, y por ello no debería ser el principal motivo de preocupación. Un mal momento, o un mal día, lo tiene cualquiera. Es algo natural, esperable: lo grave es cuando ese enfado se convierte en algo más que puntual, es decir, cuando la mente retiene la crítica, el desprecio, la agresión, le rumía, y la recicla más tarde dándole vueltas en la memoria y de este modo aumenta el rencor agregando detalles insultantes, frases hirientes o inventando posibles malas intenciones del otro, etc. De este modo la ira se va apoderando del alma a la vez que se desliga de lo que pudiera ocurrir fuera. Puede que quien considero que me ofendió se haya olvidado de mí mientras yo me sigo torturando. Alguien de mal humor se tropezó conmigo y yo hice mía su tormenta salpicándome y ahogándome en ella. El cúmulo de pensamientos, como los cúmulos de nubarrones en un cielo oscuro, se cruzan sin orden ni discernimiento en mi mente produciendo una “fusión cognitiva” que me lleva a identificarme con mi problema hasta el punto de verme a mí mismo y verlo todo desde él.

Cuando se llega a este extremo se genera en mi entorno un círculo vicioso que, curiosamente, atrae más ira alrededor de mi persona. ¿No has observado cóm a las personas pendencieras le acuden por todas partes nuevas pendencias? Si al sembrar amor atraes amor, al sembrar odio atraes odio Si tienes mal humor, si estás agresivo atraes el mal humor y la agresividad hacia ti; “al perro flaco todo se le vuelven pulgas”, dice el refrán popular.


Protegerse de la provocación

Intentar someter con violencia o coacciones a enemigos externos sólo va a lograr incrementarlos. Los seres que nos pueden dañar están por todas partes; cualquier persona o cosa que se mueva en nuestro espacio puede hacer prender la ira en nosotros. Y sería imposible acabar con todo; es como pretender que la creación entera y el mismo Dios bailara a mi ritmo, es decir, se sometiera a mi capricho. Ahora bien, si se vence la ira, que es una actitud interna, todos los enemigos exteriores reales o supuestos serán derrotados.

Un sabio tibetano dice: "¿Dónde podría encontrar suficiente cuero para cubrir la superficie de la tierra? Pero con tan solo el cuero de la suela de mis zapatos es como si toda la tierra estuviera cubierta por él”. Es una imagen muy plástica. Si en el mundo exterior hay piedras molestas, espinos, lodo, escorpiones y demás elementos molestos y peligrosos, pulir toda la superficie de la tierra, cubrirla toda de cuero a fin de poder andar sobre ella con comodidad, es algo imposible. ¿No será mejor ponerme unas sandalias? Entonces todo quedará alfombrado y nada me podrá herir o dañar.


Esas sandalias, que son la paciencia, el amor y la compasión, y que en otro momento describiremos, producen tres efectos importantes. 
1- *A corto plazo neutraliza la ira interna, el “enfado del enfado”, el monstruo del odio y la venganza que el ego cocina en el corazón pudriendo la transparencia y oscureciendo la visión de la realidad tal cual es. 
2.- *A largo plazo ayuda a limar la agresividad, las reacciones violentas, que no nacen fuera sino dentro del corazón. 
3.- Y ocurrirá que el uso de sandalias de paciencia y amor hará posible un  mundo menos reactivo frente a las molestias y los desencuentros.

Superar la ira es derrotar a todos los enemigos; estos desaparecen. ¿Cómo? Dejan de ser enemigos, personas conflictivas amenazantes y pasan a ser en nuestra consideración personas que están pidiendo a gritos ayuda y reconocimiento, y entonces no es difícil sentir compasión por ellos. Observa a quien hace del odio yla venganza su bandera; no merece rechazo sino compasión; es esclavo de su ira; le domina el odio. Si lo llevas a tu tiempo de meditación y lo contemplas con ojos de hermano podrás ver que  siu ira no es sino una forma de llamar la atención, de pedir ayuda; entonces tu corazón se abrirá a la ternura y la compasión por él. 

No hagáis frente al que os agravia 

No es solución responder al odio con el odio. Y es una aspiración desproporcionada, inalcanzable y por tanto fantástica, pretender que nada nos resulte molesto. Además de las flores con su buen olor y suavidad existen también los cardos con sus pinchos. El modo de afrontar la existencia puede ser de apego a las flores y odio a los pinchos, pero hay un camino más sabio: dejar que flores y pichos sean lo que son mientras tú haces lo mismo, ser lo que eres: imagen de Dios, paciencia, amor, compasión, comprensión, acogida,... Para ello sólo has de educar y conducir tu interioridad por los caminos de la sabiduría del Espíritu.

Jesús desaconseja alimentar las reacciones violentas frente a las realidades que se cruzan en la vida. “Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente". Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra (paciencia), al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa (amor); a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas (compasión) ” (Mt 5, 38-49), es decir, cálzate las sandalias de Jesús -paciencia, amor, compasión- que no son otras que las del amor de Dios. Piensa y medita que Dios es Dios, todo lo demás, mis circunstancias y estados de ánimo incluidos, es relativo; poner a Dios en el centro de la conciencia es lo único importante; quien le pone en el centro de su ser podrá avanzar por la vida sin inmutarse, con la serenidad de los grandes ríos que se encaminan lentos y majestuosos hacia el océano sin que nada les impida el paso.

Si Dios quiere, seguiremos profundizando en estas "sandalias" en el próximo tema.

*

Junio 2024

Casto Acedo


martes, 28 de mayo de 2024

Repasando: San Pedro de Alcántara

Hablamos en la última reunión de "no confundir a Dios con las experiencias", y que no debemos bsucaer en la meditación experiencias exóticas sino a Dios. Os invito a leer estga entrada del año 2017. Es un el texto de san Pedro de Alcántara. Os lo transcribo en letra roja con comentarios míos en azul. El camino de la contemplación no es fácil; tiene momentos de sequedad, y hay que contar con ello. . Tras un tiempo de experimentar el silencio meditativo y sentir sus beneficios (si no fuera así no creo que siguierais en el grupo), llega el momento de la rutina, el cansancio, el aburrimiento… ¿Sigo o lo dejo? Es la pregunta-trampa. Supongo que quienes lleváis años ya estís maduros en esto; para los que empiezan o llevan poco tiempo va especialmente esta entradda. Se aprende de la vida que hay “noches oscuras”, aunque no llegamos a entender del todo su sentido; en los momentos de sequedad toca poner en marcha el corazón, o sea, la voluntad; no olvides que en latín “volo” –de donde viene voluntad-. significa “querer”. Ejercitarse en la voluntad supone seguir los pasos que Dios quiere para mí, no lo que yo quiero (normalmente confundo este “quiero” mío con “me apetece” o “me gusta”). San Pedro de Alcántara nos lo explica así:

 
 
 San Pedro de Alcántara
Tratado de oración y meditación
CAPÍTULO V.

DE ALGUNOS AVISOS NECESARIOS PARA LOS
QUE SE DAN A LA ORACIÓN

Aviso primero
 
Comienza el santo reconociendo que no es fácil llegarse a Dios, y sin una conveniente dirección (guía) y consejos para no perderse en el camino. O sea, que sin mapa de la carretera y sin humildad para dejarnos guiar por los caminos adecuados,  es casi un imposible.
 
Una de las cosas más arduas y dificultosas que hay en esta vida es saber ir a Dios y tratar familiarmente con él. Y por esto no se puede este camino andar sin alguna buena guía, ni tampoco sin algunos avisos para no perderse en él, y por esto será necesario apuntar aquí algunos con la nuestra acostumbrada brevedad….

1.- El primer consejo o aviso que da el santo es que sobre el “para qué” de la oración. Y previene de la reducción “filosófica” de la oración: buscarse a sí mismos y amarse a sí mismos. Es este un engaño lógico cuando se practica “meditación sin Dios”, es decir, cuando se reduce la meditación (también alude a la celebración de Sacramentos) a una serie de técnicas orientadas a encontrar un “lugar estufa” donde aislarme de mis preocupaciones y problemas; algo muy propio de la Nueva Era. Menciona aquí san Pedro de Alcántara que estamos ante una versión espiritual de los pecados capitales (avaricia, lujuria y gula espiritual) tan peligrosa como la versión sensual.

Entre los cuales, el primero sea acerca del fin que en estos ejercicios se ha de tener. Para lo cual es de saber que (como esta comunicación con Dios sea una cosa tan dulce y tan deleitable, según dice el Sabio) de aquí nace que muchas personas atraídas con la fuerza de esta maravillosa suavidad (que es sobre todo lo que se puede decir) se llegan a Dios y se dan a todos los espirituales ejercicios, así de lección como de oración y uso de Sacramentos, por el gusto grande que hallan en ellos, de tal manera, que el principal fin que a esto les lleva es el deseo de esta maravillosa suavidad. Éste es un muy grande y muy universal engaño en que caen muchos. Porque como el principal fin de todas nuestras obras haya de ser amar a Dios y buscar a Dios, esto más es amar a sí y buscar a sí, conviene saber, su propio gusto y contentamiento, que es el fin que los filósofos pretendían en su contemplación. Y esto es también -como dice un Doctor- un linaje de avaricia, lujuria y gula espiritual, que no es menos peligrosa que la otra sensual.

2.- Luego dice algo muy importante para nosotros cuando el cansancio de la práctica de meditación diaria puede hacer mella: no sentir gustos ni regalos en la oración no es signo de no estar haciendo lo correcto. No os juzguéis a vosotros como malos orantes si no vivís experiencias dulces y consoladoras; tampoco os juzguéis como más santos, ni juzguéis a nadie como tal, en razón de estas experiencias. Santa Teresa tuvo muchas de estas experiencias (también tuvo sus noches oscuras, aunque se mencionan menos), pero su santidad no se debe a esos dones de Dios sino a la búsqueda de la voluntad de Dios sobre la propia; fue vaciándose de su “volo” (querer, amar, voluntad) para que ese espacio lo fuera ocupando el “volo” de Dios. Así lo dice san Pedro:
 
…Y lo que es más, de este mismo engaño se sigue otro no menor, que es juzgar el hombre a sí y a los otros por estos gustos y sentimientos, creyendo que tanto tiene cada uno más o menos de perfección, cuanto más o menos gusta de Dios, que es un engaño muy grande. Pues contra estos dos engaños sirve este aviso y regla general: que cada uno entienda que el fin de todos estos ejercicios y de toda la vida espiritual es la obediencia de los mandamientos de Dios y el cumplimiento de la divina voluntad, para lo cual es necesario que muera la voluntad propia, para que así viva y reine la divina, pues es tan contraria a ella…. 
 
3. ¿Qué sentido tienen entonces las experiencias  humanamente gratificantes que se pueden dar en la oración? La razón es que se trata de signos que Dios nos da para hacernos saber que está cerca de nosotros en esta lucha por vivir según su voluntad. Y si es para este fin no hay inconveniente en pedirle esos dones a Dios, sobre todo en los momentos en que nos abate la oscuridad. Eso sí, siempre con un “que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Vuelve a insistir reiterativamente el santo en que no son los gustos sino la conformidad con la voluntad de Dios libremente aceptada (lo que supone exiliar los propios gustos y voluntades) lo que determina la calidad de nuestra oración.
 
…Y porque tan gran victoria como ésta no se puede alcanzar sin muy grandes favores y regalos de Dios, por esto principalmente se ha de ejercitar la oración, para que por ella se alcancen estos favores y se sientan estos regalos para salir con esta empresa. Y de esta manera y para tal fin se pueden pedir y procurar los deleites de la oración  (según arriba dijimos), como los pedía David cuando decía: Vuélveme, Señor, la alegría de tu salud, y confírmame con tu espíritu principal (Ps.50,14). Pues conforme a esto, entenderá el hombre cuál ha de ser el fin que ha de tener en estos ejercicios, y por aquí también entenderá por dónde ha de estimar y medir su aprovechamiento y el de los otros, conviene saber, no por los gustos que hubiere recibido de Dios, sino por lo que por él hubiese padecido, así por hacer la voluntad divina, como por negar la propia.

Que éste haya de ser el fin de todas nuestras lecciones y oraciones, no quiero traer para esto más argumentos que aquella divina oración o salmo: Beati immaculati in via (Ps.118,1), que teniendo ciento setenta y siete versos (porque es el mayor del salterio) no se hallará en él uno solo que no haga mención de la ley de Dios y de la guarda de sus mandamientos, lo cual quiso el Espíritu Santo que así fuese, para que por aquí viesen los hombres cómo todas sus oraciones y meditaciones se habían de ordenar en todo y en parte a este fin, que es la obediencia y guarda de la ley de Dios, y todo lo que va fuera de aquí, es uno de los muy sutiles y más colorados engaños del enemigo, con el cual hace creer á los hombres que son algo, no siéndolo.

Por lo cual dicen muy bien los Santos que la verdadera prueba del hombre no es el gusto de la oración, sino la paciencia de la tribulación, la abnegación de sí mismo y el cumplimiento de la divina voluntad, aunque para todo esto aprovecha grandemente así la oración como los gustos y consolaciones que en ellas se dan.
 
4.- Finalmente invita a un examen personal acerca de la propia oración. Lo primero es  que miremos si vamos creciendo en humildad, que se manifiesta interiormente en una consideración equilibrada de nosotros mismos y en la capacidad de “sufrir las injusticias de los otros” (no se afirma que haya que promover esto), exteriormente en la manera de relacionarnos con los demás, ayudándoles cuando nos necesitan, aceptándolos tal como son, con sus defectos y virtudes; también se ve la  humildad en el modo de soportar los momentos duros de la vida,  en la ausencia de críticas innecesarias (¿cómo rige su lengua?), en saber cuidar la vida afectiva (¿cómo guarda su corazón?), en luchar contra la dictadura de la sensualidad (dominar la carne), etc… ,
 
… Pues, conforme a esto, el que quisiere ver cuánto ha aprovechado en este camino de Dios, mire cuánto crece cada día en humildad interior y exterior. ¿Cómo sufre las injusticias de los otros? ¿Cómo sabe dar pasada a las flaquezas ajenas? ¿Cómo acude a las necesidades de sus prójimos? ¿Cómo se compadece y no se indigna contra los defectos ajenos? ¿Cómo sabe esperar en Dios en el tiempo de la tribulación? ¿Cómo rige su lengua? ¿Cómo guarda su corazón? ¿Cómo trae domada su carne con todos sus apetitos y sentidos? ¿ Cómo se sabe valer en las prosperidades y adversidades? ¿Cómo se repara y provee en todas las cosas con gravedad y discreción? …

5.- Y otra cuestión a analizar es la de la propia imagen, el propio “ego” (amor de la honra, del regalo y del mundo). Un elemento importante es que te preguntes si vas aceptándote cada día más como eres, más allá de querer proyectar ante los demás una imagen ideal de ti mismo que, a la larga, te esclaviza haciéndote decir y hacer lo que no quieres. Todo por temor al qué dirán, al rechazo, a sentirte solo.
 
Es verdad que ser tú mismo lleva a veces consigo incomprensiones, soledad, dudas de si no me estaré equivocando,… Es la experiencia de Jesús en Getsemaní: Soledad, abandono (se sentía incluso abandonado del Padre)… Es la “muerte del ego”, la mortificación, ¡habría que recuperar el significado de esta palabra como ejercicio de arrojar fuera de ti todo lo que te mata!. Ahora bien, eso que te anula y te mata,  tu “falso yo”,  no se va a retirar como si nada; luchará por seguir instalado en ti, por dominarte con el engaño de los pensamientos y las emociones; te dirá que te engañas a ti mismo si crees en la verdad de Dios, porque tú eres Dios...; ¡usa tu inteligencia!; también te dirá tu ego que has nacido para disfrutar, ¿No escuchas muy a menudo eso de “tengo derecho a disfrutar” como argumento para evadirse de las responsabilidades?

 Pero Dios te dice que tú no eres tus pensamientos; ya decía B. Pascal que el corazón tiene razones que la razón no comprende. Y tampoco eres tus emociones, ni las gratificantes ni las dolorosas; las emociones y los pensamientos son parte de ti, pero tú eres más que inteligencia y sentimientos, eres tú mismo, “imagen de Dios”; lo más grande, lo más fuerte y duradero de ti está muy dentro de ti mismo; como dice santa Teresa, lo que te da valor es que  tu “alma es como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, … un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites” (1 Moradas 1,1). La puerta para entrar en ese paraíso interior que eres tú, donde -¡pásmate!- Dios mismo tiene sus deleites, es la oración.

 
 …Y, sobre todo esto, mire si está muerto el amor de la honra, y del regalo, y del mundo, y según lo que en esto hubiere aprovechado o desaprovechado, así se juzgue, y no según no que siente o no siente de Dios. Y por esto siempre ha de tener él un ojo, y el más principal en la mortificación, y el otro en la oración, porque esa misma mortificación no se puede perfectamente alcanzar sin el socorro de la oración….
 
 
Creo que merece la pena que tomes conciencia de lo te dice  san Pedro de Alcántara, extremeño, paisano nuestro por tanto, y maestro de santa Teresa de Ávila. Bueno es que medites, que dediques tiempo a silenciar la mente y el corazón para dar paso a Dios. Pero también es bueno que te pares a evaluar tu oración, no tanto valorando los gustos y regalos cuanto los cambios que se van danto en tu vida (conversión a Dios y al prójimo).

En este segundo año, menos propenso a sorprenderte por los avances en tu meditación, toca hacer oración contemplativa siguiendo la voluntad de Dios más allá de tus gustos y caprichosHabrá momentos en que no encuentres un por qué  ni un para qué orar. A pesar de ello  te invito a perseverar. ¿Por qué tienes que hacerlo? Te respondo con las palabras de Jesús a san Pedro, que no entendía por qué Jesús, el maestro, tenía que lavarle los pies:  «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». (Jn 13,6-9). Orar, más que hacer, es “dejar hacer a Jesús”; para ello sólo tienes que descalzarte y poner los pies bajo el agua que Él  te acerca. Entiende así la oración; como un don que Jesucristo, Dios encarnado, se te acerca. Te parecerá impropio de Dios tanta humildad. Es su forma de hacer contigo. No dejes de poner tus pies ante él, tu vida entera, para que la purifique con el agua de su gracia. Eso es orar.

Por tanto, sé constante: no lo entiendes ahora, pero lo entenderás más tarde.


Buena semana de meditación a todos.
Casto Acedo. Octubre 2017.

miércoles, 22 de mayo de 2024

8.1 Amor, meditación, vida.

 El tema 8 de nuestro programa nos invita a ir concretando y resumiento lo tratado sobre el altruismo y amor bondadoso. En esta entrada se ofrece una nueva reflexión sobre el tema acompañada de unos interrogantes que van en letra cursiva. El tema es amplio. Léelo por partes, y sobre todo párate sin prisas en las cursivas; asimila, respóndete y toma notas para compartir en grupo.  

*


Meditación y amor

Hablamos del amor con demasiada superficialidad. Lo solemos confundir fácilmente con la fruición y el egoísmo refinado que produce la emoción de ser amado por otro y la respuesta autocomplaciente a ese amor recibido. El amor a los amigos es de fácil digestión porque suele estar aliñado con especias de amor propio. Me amo a mí mismo en los otros, pero ¿es ese el verdadero amor?

Mirándonos en los grados del amor que establecíamos en la entrada anterior casi todos nos quedaríamos en el segundo: “ama a los demás como quieres ser amado”, que en la práctica solemos entender como “amo a los demás porque (o mientras) me aman, o a condición de que me amen”. Es un amor de intercambio a veces muy sutil, da la sensación de que hay gratuidad absoluta, pero se esconde tras él un cierto interés las más de las veces  inconsciente. Hablamos por ejemplo del amor del esposo o la esposa,  del padre o la madre, o el amor del hijo; con respecto a su gratuidad suelen tener buena prensa estos amores, pero si afinas el diagnóstico  verás que llegados a cierto limite a estos amores les duele no ser correspondidos.

Teniendo como fondo el amor bondadoso, echemos un vistazo a nuestra meditación y oración contemplativa. ¿Qué busco en mis ejercicios de oración? ¿Dónde pongo mi amor? ¿Dónde mi atención?  Cuando me paro y observo objetivamente suelo descubrir que ante todo me busco a mí mismo, mis deseos, mi anhelo de vivir en paz, mi armonía interior, mi gozo, mi serenidad... mi, mi, mi... un posesivo que pone en evidencia mi falta de amor altruista y generoso. Si el camino de mi oración comienza en mí y termina en mi centro, no estoy bien encaminado, porque no es el amor lo que me mueve sino el egoísmo, por muy luminosas y gratificantes que me parezcan mis sentadas.

Reducir la tarea de la meditación a la adquisición de estados anímicos subjetivos es dar razón a quienes creen erróneamente que la palabra meditar proviene de la expresión in médium ire, ir al centro, sumergirse en el núcleo de la propia subjetividad. Una meditación así entendida elimina la relación con el Otro y con los otros. Según esto Dios y el prójimo, y toda la creación, están a mi servicio, o desaparecen para que sea la pura sensibilidad la que ocupe todo el espacio. En esta experiencia no hay relación, y sin relación no hay amor.

En la meditación nos puede ocurrir lo mismo que en la vida real, que no vayamos en busca del otro deseando incondicionalmente su bien y su felicidad, sino que en cierta medida siempre nos acerquemos a él esperando obtener algún beneficio personal.

Párate y mírate; haz de tu vida un objeto de contemplación. Descubrirás mucho si te observas en tus relaciones, incluso en aquellas que consideras más genuinamente amorosas, como pueden ser tu relación de pareja, tu voluntariado en alguna institución, tu compromiso con tal o cual causa, etc. ¿De veras obras por puro amor? ¿No te has descubierto nunca quejándote o lamentándote de la poca respuesta que encuentras en aquellos a quienes ayudas?

El amor puro, al modo del tercer grado, como ama Jesús de Nazaret, no es algo muy común sino excepcional. Él no amó buscándose a sí mismo sino con total apertura al Padre y a la humanidad. "Mi alimento -dice Jesús-  es hacer la voluntad del que me envió" (Jn 4,24); “No he venido a ser servido (ser amado) sino a servir (amar)”, a dar mi vida por todos (Mt 20,28). Para un cristiano este es el modelo a imitar. A quien llega a prácticar un amor así  podríamos llamarlo  “iluminado”, o con un término más bíblico: “converso”. Éste ha experimentado los límites del amor humano, ha salido de sí, se ha despojado de sus pretensiones de grandeza y ha preparado así el terreno para que Jesús llene su vacío. Ha dejado de mirar su ombligo y se ha vuelto a Cristo. Fue valiente y no enterró sus talentos en el hoyo del "sí-mismo", sino que los negoció para recibir la paga de un bien mayor . La parábola de los talentos (cf Mt 25,14-30) invita a apostar por el amor más grande, el de Jesús. Has recibido la capacidad de amar. ¿Dónde inviertes ese talento? ¿O lo tienes escondido por temor a perderlo? ¿Practico el amor servicial consciente como inversión rentable para mi vida espiritual? Recuerda que el amor que no se da se pierde.



Transmitir la experiencia

Aceptamos, pues, que la experiencia del amor cristiano no se ahoga en el solipsismo de estar yo conmigo mismo. Ciertamente la contemplación puede ayudar al propio conocimiento, pero si se queda estancada ahí no es cristiana. Es gnosis (saber, conocimiento) no-cristiana que se desliza hacia la autodivinización. 

El silencio de la contemplación no culmina en la experiencia inefable e incomprensible de mi yo; tampoco en el regusto de un conocimiento autoinducido de mi persona; el ejercicio de la contemplación no se reduce a la pura sensibilidad sino que apunta al encuentro con el Otro y con los otros, a la comunicación. Quién es tocado por el dedo de Dios no guarda esa experiencia para sí; no tiene razón cristiana el Tao Te King cuando dice que “el que sabe no habla; y el que habla no sabe”.  Quien saborea al Dios de Jesucristo no puede evitar compartir con otros el bien recibido; el amor le impulsa a ello. Puede no encontrar las palabras exactas para comunicar, pero lo hará con las que tenga a mano. Deberías preguntarte si la calidad de tus experiencias místicas la evaluas por tus sensaciones placenteras, que podríamos llamar  onanismo espiritual, o por los cambios a mejor que se van produciendo en tu relación con Dios, los otros y el mundo.   

La experiencia mística cristiana tiende por sí sola a difundirse. Dios no da su gracia para uso privado sino para enriquecer al mundo con ella. Sin compartir no habría existido la tradición mística. ¿Qué son los escritos evangélicos, o los tratados de los santos Padres, o las obras de santa Teresa y san Juan de la Cruz sino transmisión de experiencias de encuentro con Dios? La mística cristiana no se da en el cruce con uno mismo sino con el Misterio; un encuentro que no es hermético (cerrado sobre sí) sino hermenéutico, es decir, pide una interpretación y transmisión de lo vivido, con unas palabras  que siempre serán deficientes pero que permiten comunicar a otros con más o menos acierto la experiencia vivida.

Al hilo de todo esto, ¡qué importante es que en los grupos de meditación cada cual intente compartir su experiencia para confrontarla con los otros! Y, por supuesto, qué necesario es confrontarla con la Palabra evangélica y con las enseñanzas de los místicos que han pasado antes de nosotros.


La decisión de amar

El amor cristiano no tiene límites. El corazón amoroso puede crecer hasta donde quiera, y Dios no le va a faltar. Ahora bien, el mismo Dios que realiza en la persona el milagro del amor no prescindirá de la misma persona para llevar adelante su obra. Si algo limita la experiencia del amor místico no es que la persona esté incapacitada para recibirlo, sino los prejuicios y miedos, los conceptos adquiridos, los pactos con ella misma (“sólo llegaré hasta aquí en mis renuncias”), que no dejan libertad al crecimiento imparable e infinito del amor.  

Para avanzar en sabiduría y virtud, para que el amor no se estanque es preciso tomar la decisión amar. El amor, más que un sentimiento es una decisión, una apuesta que tiene mucho de trabajo y menos de intuición. Decía Edison que “el genio consiste en un 90% de sudor (trabajo, aplicación, método) y un 10% de inspiración (intuición, experiencia)”. Si aplicamos estos porcentajes a la vida espiritual parece que caeríamos en la trampa de minimizar la gracia y sobrevalorar las obras; no obstante creo que merece la pena destacar que si bien todo está en manos de Dios no se pueden desdeñar las cualidades y la libertad de la persona. Te puede tocar la lotería, pero lo tienes difícil si no compras el billete. San Ignacio del Loyola dice lo mismo cuando invita a “fatigarnos como si todo dependiera de uno mismo, y al mismo tiempo confiar como si todo dependiera de Dios”.

Por tanto, hay que decidir y actuar para seguir creciendo en esto del amor. Hay que salir afuera y tomar posturas concretas de rechazo a lo que impide el amor y de aceptación y práctica de lo que lo facilite. Esto es importante; el movimiento se demuestra andando, decimos; pues bien, el amor se visibiliza en los actos. ¿Qué ejercicios de vida práctica ves en ti que son signos de amor genuino? ¿Podrías señalar en la última semana algo que has hecho y que te deja ver que amas de verdad?


Romper barreras

La primera decisión de amar se ha de dar en la atención, en abrir los ojos del corazón para ver en mí lo negativo, aquello que bloquea y limita mi desarrollo espiritual. Imaginemos que Dios es el sol, la luz. No solemos darnos cuenta de que esa luz es invisible. Observa la luna de noche, ves el sol reflejado en ella, pero no ves la luz que ciertamente existe en el espacio que dista entre el sol y ella; no ves la luz, aunque existe. La luz fluye en la oscuridad.  Comprueba que lo que ves no es la luz sino el efecto que los rayos del sol producen al chocar con la materia; en nuestro ejemplo con la superficie de la luna. 

Así es el encuentro con Dios. Dios es la luz que ilumina nuestro ser dando sentido a lo que somos. No lo vemos, pero está ahí. Vemos sus efectos sobre nuestra vida. Nos hace vernos a nosorros mismos ayudándoos a sí a concernos como imagen suya que somos y a vivir en consecuencia: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Salmo 118,105). El mismo Jesús, Dios encarnado, dijo: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8,12), "he venido para que los que no ven vean" (Jn 9,39).

Pero ¿qué ocurre si entre la luna y el sol se interpone un objeto opaco? Entonces la luz no llegaría y la luna y toda la creación quedaría a oscuras. Pues, bien, hay muchos objetos o velos opacos que obstaculizan e impiden que la luz de Dios ilumine mi alma; sin la luz de Dios mi alma no puede ver ni comprender por qué existe, por qué el sufrimiento y por qué sus inquietudes. Y sin una respuesta a estas cuestiones, sin la debida luz,  la vida se deteriora como le ocurre a una planta abandonada en un lugar oscuro. Podemos decir que sin la luz del Amor el amor no florece. 

Por eso el primer paso que hemos de dar es el de observar qué está impidiéndote recibir la luz. ¿Cuáles son esos impedimentos? ¿Qué obstáculos se interponen entre mi alma y Dios? Entre ellos está el velo conductual, los patrones de comportamiento arraigados en el inconsciente, los automatismos y las costumbres negativas. También limitan la percepción de la luz los conceptos heredados que se adquieren en la niñez, y otros que nosotros mismos hemos hecho propios a través de los años. ¿Podrías identificar alguno de tus automatismos o conceptos escleriotizados tan asumidos por ti que sin ellos te parece que no serías tu? Toma nota de alguna creencia que consideras inamovibles e intuyes que te paraliza para crecer psíquica y espiritualmente.

Los que nos hemos criado en una cultura cristiana recibimos en la infancia y la juventud una formación religiosa plagada de conceptos y valores que aceptamos sin pasarlos por el tamiz de la experiencia. Conceptos que puede que en su momento nos llenaran del orgullo de saber y conocer; incluso nos sentíamos felices de cumplir las normas que se nos dictaban  “así porque sí”, sin desvelarnos la fuente que pudiera hacerla un valor santo y deseable. Cumplíamos entonces la ley por puro amor a la ley, y esto nos satisfacía, ¿por soberbia? No me atrevo a afirmar tanto, pero veo que todo eso pudo crear  automatismos y patrones de comportamiento que bloquean la vida y no le permiten volar en libertad. 

Con la mayoría de edad la dinámica espiritual no se puede sostener en un “así porque sí”, necesita la experiencia del Epíritu que le mueva a obrar no por la obligación de la ley sino con la libertad de la fe. Deberías preguntarte si tu motor conductual sigue siendo externo (moral heteróma), atado a unos mandamientos o leyes exteriores a los que te sometes por costumbre y que por falta de un discernimiento serio y dejación en un conformismo atávico te impiden recibir la luz del sol de Dios y vivir más plenamente. Ten en cuenta que las leyes y los credos salvadores arraigan con facilidad en el ego porque le permiten sosegarse y verse más fortalecido. No caigas en la trampa.

Obsérvate y toma nota de hasta qué punto no eres tú quien vive tu vida sino que bailas al ritmo de tics aprendidos que satisfacen tu egoísmo. ¿Por qué rezas? ¿Por qué amas solo a quienes te aman? ¿Por qué tu amor no es imparcial e incondicional sino parcial y condicionado por el objeto o sujeto amoroso? ¿Por qué sigue pesando más en ti la costumbre que la libertad? Uno de los objetivos de esta etapa que seguimos es eliminar gradualmente todo lo que fortalece el ego y pone peros al amor sin fronteras que pretendemos vivir. Eliminando automatismos es posible desarrollar unas mormas de conducta que sean producto de una libre valoración y elección (moral autónoma).

Hay que despertar de los sueños inducidos por nuestra cultura, alejarnos de conceptos o realidades que nos han enseñado a considerar claves para la vida,  apostatar de leyes y situaciones cuya aceptación creemos inevitable, como éstas:  
*individualismo (gusto y regusto por llevar una vida tranquila sin que nadie me moleste),
 *capitalismo (tener bienes materiales y posesiones que me aseguren un futuro confortable y cómodo) y 
*consumismo (que no me falte lo necesario para poder satisfacer a placer mi sentido del gusto, olfato, vista, oído y tacto; ¿tendría sentido mi vida sin eso?). 

¿Hasta qué punto aceptas que del círculo individuo-dinero-consumo no se puede salir?


Virtud y sabiduría

El segundo paso es desarrollar cualidades nuevas que podemos resumir como virtud y sabiduría, es decir, acercarnos a las propuestas de vida  cristianas para conocer la verdad desde la práctica del amor bondadoso y a partir de ahí anclar nuestra conducta a una sabiduría que no sea impuesta (ley) sino aprendida y aceptada desde el descubrimiento y la experiencia interior del amor de Dios (libertad). A esta sabiduría podemos llamarla conocimiento (verdadera gnosis), siempre que este conocimiento no sea producto de unas enseñanzas teóricas (conocimiento puramente intelectual) sino fruto de la praxis del amor y la compasión. Es lo que Isaías llama “el conocimiento del Señor”, cuya sabiduría da paso a los tiempos mesiánicos; lo puedes leer en Isaías 11,1-9.

Este conocimiento se adquiere abrazando la realidad. Hay que dar el paso a la práctica. "Estoy contigo y tú quieres leerme cartas; no es esa la naturaleza del amor auténtico", decía el místico sufí Rumi. Estoy aquí y, aunque estoy prersente, me lees las oraciones de tu libro. Podemos caer en la trampa de confundir la oración con las palabras, la contemplación con los métodos; confundir con el mismo Dios lo que sólo son estados afectivos fruto de la práctica del silencio; y también  confundir el amor con el sentimiento romántico de querer hacer el bien. En todos estos casos la presencia del amante no se percibe para nada porque se tiene miedo a la unión mística; unión que no sólo la refiero a Dios sino a toda la creación, incluidos, por supuesto, los hermanos, especialmente los más pobres y marginados. Esta es la naturaleza del amor cristiano: amor universal. ¡No me leas textos, frases ni oraciones pías! Abrázame en la carne. Amor encarnado. Estoy aquí, presente -dice Dios- en mi Espíritu, presente en la naturaleza, presente, también, en los hermanos. ¿Cómo vives esto?

Deberíamos ir ya introduciendo en nuestra vida diaria todo lo que sobre el amor bondadoso hemos aprendido, 
*cultivando las verdades evangélicas que contemplamos (¿Es para ti el evangelio una novela rosa o ha subido ya al nivel de manual contracultural?)
*unificando conducta y sabiduría (¿Qué nivel de coherencia detectas entre la fe evangélica y tus actitudes y acciones?, 
*dando pasos concretos de entrega y altruismo desinteresado (¿Amas con el mismo afán a tus amigos y a tus enemigos?).

Conclusión

Estas son las aspiraciones de la segunda etapa de nuestro caminar: amor y altruismo. Párate a evaluar tus progresos siguiendo las pistas de los interrogantes que se plantean en este escrito y que te he facilitado poniéndolos en cursiva. En próximos encuentros podemos exponer experiencias y dialogar sobre todo esto.

Mayo 2024
Casto Acedo