"El labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía" (San 5,7).
jueves, 13 de junio de 2024
Contra ira, paciencia (II)
lunes, 10 de junio de 2024
Sobre la ira (I)
Un tema que intentaré desarrollar en dos o tres partes. Es muy práctico, en el sentido de que invita a revisar las propias reacciones ante provocaciones externas. Es necesario conocer qué es y cómo funciona la ira, pero más importante es tomar decisiones sabias que no permitan que nos domine.
“Si os indignáis, no lleguéis a pecar; que la noche no os sorprenda en vuestro enojo. No deis ocasión al diablo” (Ef 4,26)
Junio 2024
Casto Acedo
martes, 28 de mayo de 2024
Repasando: San Pedro de Alcántara
Hablamos en la última reunión de "no confundir a Dios con las experiencias", y que no debemos bsucaer en la meditación experiencias exóticas sino a Dios. Os invito a leer estga entrada del año 2017. Es un el texto de san Pedro de Alcántara. Os lo transcribo en letra roja con comentarios míos en azul. El camino de la contemplación no es fácil; tiene momentos de sequedad, y hay que contar con ello. . Tras un tiempo de experimentar el silencio meditativo y sentir sus beneficios (si no fuera así no creo que siguierais en el grupo), llega el momento de la rutina, el cansancio, el aburrimiento… ¿Sigo o lo dejo? Es la pregunta-trampa. Supongo que quienes lleváis años ya estís maduros en esto; para los que empiezan o llevan poco tiempo va especialmente esta entradda. Se aprende de la vida que hay “noches oscuras”, aunque no llegamos a entender del todo su sentido; en los momentos de sequedad toca poner en marcha el corazón, o sea, la voluntad; no olvides que en latín “volo” –de donde viene voluntad-. significa “querer”. Ejercitarse en la voluntad supone seguir los pasos que Dios quiere para mí, no lo que yo quiero (normalmente confundo este “quiero” mío con “me apetece” o “me gusta”). San Pedro de Alcántara nos lo explica así:
CAPÍTULO V.
Entre los cuales, el primero sea acerca del fin que en estos ejercicios se ha de tener. Para lo cual es de saber que (como esta comunicación con Dios sea una cosa tan dulce y tan deleitable, según dice el Sabio) de aquí nace que muchas personas atraídas con la fuerza de esta maravillosa suavidad (que es sobre todo lo que se puede decir) se llegan a Dios y se dan a todos los espirituales ejercicios, así de lección como de oración y uso de Sacramentos, por el gusto grande que hallan en ellos, de tal manera, que el principal fin que a esto les lleva es el deseo de esta maravillosa suavidad. Éste es un muy grande y muy universal engaño en que caen muchos. Porque como el principal fin de todas nuestras obras haya de ser amar a Dios y buscar a Dios, esto más es amar a sí y buscar a sí, conviene saber, su propio gusto y contentamiento, que es el fin que los filósofos pretendían en su contemplación. Y esto es también -como dice un Doctor- un linaje de avaricia, lujuria y gula espiritual, que no es menos peligrosa que la otra sensual.
2.- Luego dice algo muy importante para nosotros cuando el cansancio de la práctica de meditación diaria puede hacer mella: no sentir gustos ni regalos en la oración no es signo de no estar haciendo lo correcto. No os juzguéis a vosotros como malos orantes si no vivís experiencias dulces y consoladoras; tampoco os juzguéis como más santos, ni juzguéis a nadie como tal, en razón de estas experiencias. Santa Teresa tuvo muchas de estas experiencias (también tuvo sus noches oscuras, aunque se mencionan menos), pero su santidad no se debe a esos dones de Dios sino a la búsqueda de la voluntad de Dios sobre la propia; fue vaciándose de su “volo” (querer, amar, voluntad) para que ese espacio lo fuera ocupando el “volo” de Dios. Así lo dice san Pedro:
Que éste haya de ser el fin de todas nuestras lecciones y oraciones, no quiero traer para esto más argumentos que aquella divina oración o salmo: Beati immaculati in via (Ps.118,1), que teniendo ciento setenta y siete versos (porque es el mayor del salterio) no se hallará en él uno solo que no haga mención de la ley de Dios y de la guarda de sus mandamientos, lo cual quiso el Espíritu Santo que así fuese, para que por aquí viesen los hombres cómo todas sus oraciones y meditaciones se habían de ordenar en todo y en parte a este fin, que es la obediencia y guarda de la ley de Dios, y todo lo que va fuera de aquí, es uno de los muy sutiles y más colorados engaños del enemigo, con el cual hace creer á los hombres que son algo, no siéndolo.
Por lo cual dicen muy bien los Santos que la verdadera prueba del hombre no es el gusto de la oración, sino la paciencia de la tribulación, la abnegación de sí mismo y el cumplimiento de la divina voluntad, aunque para todo esto aprovecha grandemente así la oración como los gustos y consolaciones que en ellas se dan.
Creo que merece la pena que tomes conciencia de lo te dice san Pedro de Alcántara, extremeño, paisano nuestro por tanto, y maestro de santa Teresa de Ávila. Bueno es que medites, que dediques tiempo a silenciar la mente y el corazón para dar paso a Dios. Pero también es bueno que te pares a evaluar tu oración, no tanto valorando los gustos y regalos cuanto los cambios que se van danto en tu vida (conversión a Dios y al prójimo).
Por tanto, sé constante: no lo entiendes ahora, pero lo entenderás más tarde.
miércoles, 22 de mayo de 2024
8.1 Amor, meditación, vida.
El tema 8 de nuestro programa nos invita a ir concretando y resumiento lo tratado sobre el altruismo y amor bondadoso. En esta entrada se ofrece una nueva reflexión sobre el tema acompañada de unos interrogantes que van en letra cursiva. El tema es amplio. Léelo por partes, y sobre todo párate sin prisas en las cursivas; asimila, respóndete y toma notas para compartir en grupo.
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Meditación y amor
Hablamos del amor con demasiada superficialidad. Lo solemos confundir fácilmente con la fruición y el egoísmo refinado que produce la emoción de ser amado por otro y la respuesta autocomplaciente a ese amor recibido. El amor a los amigos es de fácil digestión porque suele estar aliñado con especias de amor propio. Me amo a mí mismo en los otros, pero ¿es ese el verdadero amor?
Mirándonos en los grados del amor que establecíamos en la entrada anterior casi todos nos quedaríamos en el segundo: “ama a los demás como quieres ser amado”, que en la práctica solemos entender como “amo a los demás porque (o mientras) me aman, o a condición de que me amen”. Es un amor de intercambio a veces muy sutil, da la sensación de que hay gratuidad absoluta, pero se esconde tras él un cierto interés las más de las veces inconsciente. Hablamos por ejemplo del amor del esposo o la esposa, del padre o la madre, o el amor del hijo; con respecto a su gratuidad suelen tener buena prensa estos amores, pero si afinas el diagnóstico verás que llegados a cierto limite a estos amores les duele no ser correspondidos.
Teniendo como fondo el amor bondadoso, echemos un vistazo a nuestra meditación y oración contemplativa. ¿Qué busco en mis ejercicios de oración? ¿Dónde pongo mi amor? ¿Dónde mi atención? Cuando me paro y observo objetivamente suelo descubrir que ante todo me busco a mí mismo, mis deseos, mi anhelo de vivir en paz, mi armonía interior, mi gozo, mi serenidad... mi, mi, mi... un posesivo que pone en evidencia mi falta de amor altruista y generoso. Si el camino de mi oración comienza en mí y termina en mi centro, no estoy bien encaminado, porque no es el amor lo que me mueve sino el egoísmo, por muy luminosas y gratificantes que me parezcan mis sentadas.
Reducir la tarea de la meditación a la adquisición de estados anímicos subjetivos es dar razón a quienes creen erróneamente que la palabra meditar proviene de la expresión in médium ire, ir al centro, sumergirse en el núcleo de la propia subjetividad. Una meditación así entendida elimina la relación con el Otro y con los otros. Según esto Dios y el prójimo, y toda la creación, están a mi servicio, o desaparecen para que sea la pura sensibilidad la que ocupe todo el espacio. En esta experiencia no hay relación, y sin relación no hay amor.
En la meditación nos puede ocurrir lo mismo que en la vida real, que no vayamos en busca del otro deseando incondicionalmente su bien y su felicidad, sino que en cierta medida siempre nos acerquemos a él esperando obtener algún beneficio personal.
Párate y mírate; haz de tu vida un objeto de contemplación. Descubrirás mucho si te observas en tus relaciones, incluso en aquellas que consideras más genuinamente amorosas, como pueden ser tu relación de pareja, tu voluntariado en alguna institución, tu compromiso con tal o cual causa, etc. ¿De veras obras por puro amor? ¿No te has descubierto nunca quejándote o lamentándote de la poca respuesta que encuentras en aquellos a quienes ayudas?
El amor puro, al modo del tercer grado, como ama Jesús de Nazaret, no es algo muy común sino excepcional. Él no amó buscándose a sí mismo sino con total apertura al Padre y a la humanidad. "Mi alimento -dice Jesús- es hacer la voluntad del que me envió" (Jn 4,24); “No he venido a ser servido (ser amado) sino a servir (amar)”, a dar mi vida por todos (Mt 20,28). Para un cristiano este es el modelo a imitar. A quien llega a prácticar un amor así podríamos llamarlo “iluminado”, o con un término más bíblico: “converso”. Éste ha experimentado los límites del amor humano, ha salido de sí, se ha despojado de sus pretensiones de grandeza y ha preparado así el terreno para que Jesús llene su vacío. Ha dejado de mirar su ombligo y se ha vuelto a Cristo. Fue valiente y no enterró sus talentos en el hoyo del "sí-mismo", sino que los negoció para recibir la paga de un bien mayor . La parábola de los talentos (cf Mt 25,14-30) invita a apostar por el amor más grande, el de Jesús. Has recibido la capacidad de amar. ¿Dónde inviertes ese talento? ¿O lo tienes escondido por temor a perderlo? ¿Practico el amor servicial consciente como inversión rentable para mi vida espiritual? Recuerda que el amor que no se da se pierde.












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