lunes, 15 de abril de 2024

7.1 El corazón inclusivo


"Amas a todos los seres, Señor, y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado” (Sb 11,24).
La paradoja de nuestro tiempo

Nos movemos en una cultura “exclusiva”, en el sentido de que hay cierta tendencia a ser original, único, diferente, exclusivo, y eso nos lleva a alejarnos de lo que nos pudiera igualar o asimilar a todo lo que haya en el entorno, que propendemos a considerar monótono y vulgar. Lo importante es no ser uno más del montón, no parecerme a nadie, no ser un mal imitador, una copia. Nos disgusta el anonimato, la invisibilidad entre la masa, como si temiéramos que nuestro ser se difuminara en un todo indefinido.

Paradójicamente, sin embargo, arraiga en nosotros la tendencia a no desentonar con el ambiente. Ser original lleva consigo el peligro del rechazo, el riesgo de la marginación y la soledad, y esto genera inseguridad y miedo, por eso procuramos estar a la moda, al modo y manera que marca la sociedad, ya sea en el vestir, el comer, el viajar, el pensar o el modo de entender la vida.

Bien conocen los publicistas esta tensión interna entre la aspiración a ser original y el miedo a ser únicos, y sirviéndose de ella consiguen lo imposible: hacer creer que se es único consumiendo tal o cual producto; y así todo el mundo viste lo mismo, come lo mismo, viaja a los mismos lugares, lee los mismos libros, absorbe dócilmente las mismas noticias y con el mismo enfoque,... pero convencido cada cual de ser distinto y original. 

En una sociedad que presume de universalista, de aldea global, resultan sorprendentes las aspiraciones “exclusivistas” de las naciones, los grupos, las razas, las religiones, etc. ¿No es una paradoja evidente, aunque invisible para la ceguera intelectual y espiritual de muchos, el hecho de que mientras se ensalza y se predica la supresión de fronteras, la inclusión social, la paz universal, etc., se justifiquen las fronteras norte-sur, se vete el paso a los inmigrantes y se defienda con fuerza la individualidad y los nacionalismos independentistas?

Deberíamos concluir que nuestra cultura es teóricamente inclusiva, amante de mantener el corazón abierto a todos y a todo, pero a la vez, por miedo a perder la propia identidad (diría más bien por los propios intereses) es cada vez más realmente exclusiva (o excluyente) aficionada a marginar a todo el que no piense ni quiera vivir según los niveles y cánones establecidos por cada  cual.

Los nuestros son días de “puertas adentro”, de aislamiento confortable, de urbanizaciones privadas de acceso limitado, de viajes por el ancho mundo no como peregrinos que hacen suyos los gozos y las fatigas de la humanidad sino como turistas que recorren exóticos paisajes humanos insensibles a su posible situación de miseria e injusticia; vivimos en el miedo a lo universal, a la apertura de fronteras (¿son las fronteras obra de Dios?), miedo, en fin, a la inclusión de todos en un mismo proyecto de vida y de amor. Como si admitir la diversidad frustrara y dañara la propia identidad personal y social que consideramos, en nuestro más recónidto centro, como la única que tiene valor. 

Y ¡ojo a los grupos y movimientos de contemplación y espiritualidad de hoy! No somos ajenos al ambiente y el pensamiento común en que vivimos; y entre nosotros no faltará la tentación de hacer de nuestras comunidades particulares un gueto de iluminados y salvados, teóricamente amantes de todos pero realmente anestesiados para no ver la realidad de nuestra egolatría personal y grupal.

* * *


Un corazón inclusivo

Tanto individualismo debería ponernos en estado de alerta. El amor bondadoso no tiene límites de ningún tipo. Jesús rompe cualquier tipo de prejuicio que se oponga a amar sin límites.  La espiritualidad cristiana es naturalmente inclusiva. Nos dice la Escritura que Dios envió a su Hijo al mundo para que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tm 2,3). El  amor de Dios en Cristo es igual para todas las criaturas. “Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado” (Sb 11,24). Esto es el amor inclusivo, el amor de Dios, el que practica Jesús, amor sin límites de tiempo y espacio (cf 1 Cor 13,4-8). A este amor estás llamado, a un amor sin restricciones, abierto a todos los seres, lo cual supone romper cualquier barrera que impida acercarse al hermano e incluir a todos en la casa que es su alma.

El discípulo de Jesús cultiva un “corazón inclusivo”; así es el corazón del Maestro.  La devoción al "corazón de Jesús" no es otra que la afirmación de que Jesús no excluye a nada ni a nadie en su amor y compasión. El amor de Dios "no tiene acepción de personas" (Gal 2,6), ni es un don para algunos privilegiados, ni es patrimonio de ningún grupo especial; ni siquiera es patrimonio de Iglesia o religión alguna; Jesús ama a todos sin distinción, incluye a todos, acepta a todos por igual. 
 
La oración de dedicación que solemos hacer al iniciar nuestros encuentros es recomendable para el inicio del trabajo, descanso, juego, sueño, etc., y pretende despertarnos a la universalidad del amor: “¡todo sea para gloria tuya, de mis hermanos y de todas las criaturas!”; “¡ todos se beneficien de la oración o de la acción concreta que me dispongo a realizar!”.

Es importante dedicar u ofrecer lo que se hace porque la tendencia habitual según los patrones sociales que heredamos por educación es la de hacer las cosas con un propósito  egoísta: trabajar, descansar, rezar, .. para beneficio personal o de los míos. Suele faltarnos la apertura de mente y de corazón que tuvo Jesús, que no miró nunca para sí ni para los afectivamente más cercanos a Él, ni para los más buenos, o los más inteligentes. Su amor fue unversal, divino. "Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos" (Mt 5,44-45). No mira Dios el valor subjetivo de las cosas o de las personas; su amor no responde a una atracción externa e interesada sino que forma parte de la esencia de su ser. Dios no necesita ser seducido ni correspondido para amar, ama porque es amor "y no puede negarse a sí mismo" (2 Tm 2,13).

Cualquier oración o acción que hacemos con tintes individualistas, localistas o partidistas no es esencialmente cristiana. Y es importante saberlo y corregirlo en su caso si queremos alcanzar la perfección espiritual. Es lógico, y no es malo,  orar y ofrecer méritos intercediendo a Dios por la solución de problemas personales o la mejora de personas que nos preocupan; pero eso también lo hacen los paganos (cf Mt 5,43-48). Hay que vigilar esto.  Cuando rezo sólo por los míos y pienso sólo en ellos puede que no haga sino engordar mi propio ego. Y si conscientemente excluyo algo o a alguien en los beneficios de mi oración me perjudica directamente, porque “yo soy todo y todos”, no soy un ser aislado sino que formo parte de la totalidad. Amar a mi hermano es amarme a mí mismo; odiarle es odiarme. 

Mi ser es interdependiente de los otros seres. Y esto no es panteísmo (Dios es todo y está en todos) sino fraternidad o hermandad en Cristo. La misma que predicó Jesús al decir que lo que hicisteis (o no) con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,40.44). "Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna" (Mt 25,40.44.46), que es lo mismo que decir, que éstos verán cómo su amor inclusivo les beneficia y da vida y los otros verán el daño que se producen a sí mismos por no haber reconocido al Señor y a ellos mismos en el hermano.

El amor inclusivo, que hemos definido como parte de la esencia de Dios, es parte también de la esencia de la persona humana, de tu esencia. Por eso más que un mandamiento es una exigencia del corazón. El amor no es una obligación sino una necesidad del alma. Crecer en el espíritu no es sino crecer en un amor cada vez más universal. Por eso, "ensancha el espacio de tu tienda, despliega los toldos de tu morada, no los restrinjas, alarga tus cuerdas, afianza tus estacas" (Is 54,2). La invitación a ampliar tu radio de amor que  hace Dios por boca de  Isaías es una llamada a ser tú mismo o tú misma, a dejar el espacio de tu alma al amor de Dios, y descubrir así el amor que eres. Es hermosa la imagen de tu interiad como tienda vacía de egoísmos  y  llena de Dios abriendo así su espacio al universo, amándolo con el mismo amor de Dios a todas las creaturas. Es este un buen motivo, una buena imagen para dedicarle horas de silencio y contemplación. 


Beneficios de la oración y las acciones  inclusivas

¿Qué beneficios produce el amor inclusivo? ¿Qué saco de mi oración y de mis acciones cuando las ofrezco o las dedico para el bien de todo y de todos? Lo primero es que me ayuda a tomar conciencia de la catolicidad (universalidad) como realidad insoslayable; con lo cual se corrige el tinte egoísta que pudieran tener mis prácticas. Unidos al Espíritu de Jesús no oramos y actuamos siguiendo un plan individual sino sabiéndonos parte del gran proyecto divino que quire que todos los seres alcancen la plenitud.

Además, al purificar nuestra oración de deseos interesados o egoístas nos inmunizamos ante la sensación de decepción y fracaso que pudiera sobrevenir al evaluar la efectividad de nuestra oración y nuestras acciones. Cuando te sientas a orar o cuando trabajas a favor de algo o de alguien lo haces para gloria de Dios y el bien de todos y no para gloria propia. Lo tuyo es “hacer oración y hacer el bien”, con sólo eso ya estás glorificando el nombre de Dios; si el Señor te da consolación bien, si te da desolación bien también; porque tú no te buscas a ti mismo sino a Dios, no pretendes tu voluntad sino la suya. Y además debes saber  que la oración que va acompañada de sequedad tiene incluso más garantías de haber cumplido su fin que la que te regala gustos y consolaciones. ¿Acaso la oración de Getsemaní y la de la Cruz no fue buena? Fue la mejor, aunque quien la realizó no gustó sensiblemente de sus beneficios.

Digamos finalmente que, no aspirando a otra cosa sino a que se haga la voluntad de Dios y se logre la felicidad de todas las criaturas, estás poniendo en tu vida los cimientos de la virtud de la humildad. Quien es humilde se prepara para el amor universal desde el único sitio posible: desde abajo. "Quien quiera ser el primero que sea el último" (Mc 9,35). Hay quién ha sugerido que Dios, siendo todopoderoso, eligió nacer pobre y pequeño en Belén y morir humillado en la Cruz para mostrar así que el lenguaje de la humildad lo entiende todo elmundo y que sólo desde ahí, desde la base de la pirámide se puede tener y desarrollar un “corazón inclusivo”. Quien se sitúa en escalones más altos establece muros, barreras que no generan sino aflicción y sufrimiento. Lo más deseable es que nadie tenga que elevarse o subir escalones para ponerse a tu altura. Cuando estás abajo estás con todos.

* * *

Quédate hoy con la expresión “un corazón inclusivo”. No la contemples sólo como una idea hermosa. Hazla tuya llevándola al silencio. Siente en tu oración que no eres ni estás solo; en ti y contigo orando está Dios y toda la creación. Cuando trabajas, o descansas, o duermes, vive todo eso como una ofrenda de amor a Dios y la humanidad. Vacía tu corazón de prejuicios y desconfianzas, deja que Dios sea Dios y que tu hermano se él mismo; ámalos como son, no los excluyas de las preferencias de tu amor. Ensancha con amor la tienda de tu alma para que con Dios quepa todo el mundo en tu casa.

Abril 2024
Casto Acedo

miércoles, 10 de abril de 2024

6. 4 Reflexiones y consejos

Tienes en este tema unas ideas que complementan de forma realista la práctica del amor bondadoso, ya sea cultivando una conducta correcta o aprendiendo a ver la dificultad más desde la oportunidad que desde la queja. 


1. No cargues a otro con lo tuyo

El amor bondadoso tiene su propia ética, que es altruista, y si traicionamos sus principios traicionamos el propio crecimiento espiritual, que irremediablemente se va a deteriorar. Con el estudio y el ejercicio de la meditación puede que estemos cavando un hoyo con una cuchara; pero si nuestra conducta no acompaña es como si echáramos tierra con una pala al mismo hoyo. Importa mucho por tanto que lo que la meditación o el silencio que  practicamos diariamente en el cojín, el banquito o la silla no sea neutralizado por una conducta contradictoria. Es importante revisar la vida cotidiana para armonizarla con lo que oramos.

A este respecto podríamos comenzar preguntándonos si somos personas responsables o si huimos de nuestros deberes cargando sobre los hombros de otros los trabajos que nos corresponden simplemente para aliviarnos de la carga.

Me explico: Es muy tentador, cuando adquirimos cierto prestigio, o cuando ocupamos un cargo de mando, como puede ser el de padre o madre, profesor, párroco o maestro espiritual, dejar de hacer las tareas más humildes y pasarlas a las personas que están bajo nuestra autoridad o mando.

A los varones nos suele ocurrir con las tareas domésticas; cargamos las tareas menos agradables -limpieza del hogar, cambiar pañales, poner la mesa, hacer camas, fregar la loza, lavar y tender la ropa- a quienes consciente o inconscientemente consideramos que les corresponde hacerlo. A veces incluso convencidos de que es lo que les agrada. ¿Por qué han de ser las tareas domésticas sólo para mujeres y niñas? Las cosas están cambiando, pero despacio, por más que creamos que se han dado grandes avances en esto. Un aviso para varones: mira cómo andas en esto.

Los párrocos tienden a cargar sobre la espalda de catequistas u otros colaboradores las labores parroquiales de menos prestigio, las que resultan menos relevantes y por ello menos deseables o son aburridas y monótonas. 

Esa tendencia a quitarte de en medio en las tareas que te igualan al montón o que te parecen un poco humillantes, no es muy correcta, y quien busca la perfección espiritual debería tomar nota de ello. Todos somos responsable de todas las tareas que nos afectan. Escurrir el bulto cuando el trabajo que tengo por delante no es de mi agrado es faltar al amor bondadoso. 

No digamos cuando ese trabajo es peligroso;  por ejemplo, durante la pasada pandemia pudimos comprobaar que, sin detrimento del trabajo encomiable de gran parte del personal sanitario, también hubo quienes aprovecharon para quitarse de en medio buscando excusas o dándose fraudulentamente de baja laboral para no asumir su responsabilidad en situaciones de riesgo.

El testimonio de servicio de la persona espiritual en el trabajo y la vida social ha de ser en esto de total disponibilidad para asumir los deberes que parecen menos apetecibles o más pesados, especialmente cuando se tienen capacidades físicas y técnicas suficientes para ello.

Y también se ha de abrir este criterio a la hora de repartir tareas a las personas más preferidas por cada cual (hijos, esposo o esposa, amigos). ¿Es justo favorecer a los familiares y amigos y, contra todo criterio de justicia, permitir que otros hagan las tareas que no deseo para los míos?. Quien, por ejemplo, teniendo un negocio familiar carga conscientemente sobre el asalariado las tareas menos gratas que pudieran realizar también los miembros de la familia no se mueve precisamente por amor, más bien se muestra contrario al amor bondadoso y a la ecuanimidad que debe definir la conducta del buen espiritual.


2. Pase lo que pase, procura ganar siempre

Ocurra lo que ocurra tienes que ganar. No hablamos del éxito en una competición; no se trata de ganar ningún trofeo o título sino de crecer interiormente. Suceda lo que suceda en tu vida, ya sea bueno o malo, justo o injusto, gozoso o doloroso, saca de ello una ventaja, un plus de desarrollo espiritual. Si ocurre algo que favorece tus expectativas y alegra tu corazón, has de salir ganando con ello; si pasa algo desagradable, ruinoso, adverso,  también deberías ganar. Pase lo que pase, todo tiene un valor que está ahí, en el hecho mismo, y aprovecharlo va a depender de la percepción que tengas de las cosas. Para ganar siempre lo único que se requiere es la creatividad de una mente abierta y capaz de extraer algo positivo de lo aparentemente negativo. 

Es fácil sacar valor de lo que me favorece. Aunque no siempre. Pero, ¿cómo sacar valor de lo adverso? En primer lugar no mires en la adversidad las intenciones de los demás. Cuando aparecen los problemas no te obsesiones por las posibles intenciones de los demás (también de las intenciones divinas) y procura extraer de las experiencias de la vida, sean positivas o negativas, algo válido para ti. 

Para ello fíjate sólo en lo que ocurre, dejando a un lado cualquier supuesta intención ajena que te puede llevar a quedarte sólo en la crítica y en la queja. 

Solemos interpretar la adversidad como algo que se da cuando otra persona voluntariamente nos está creando problemas, o cuando el ambiente exterior no acompaña, cuando hay guerra o el clima es malo, o  cuando suceden desastres naturales, etc. Esa costumbre de echar las culpas de todos nuestros males a causas externas frena mucho el desarrollo espiritual. Al atribuir a otros la causa de nuestros problemas nos desactivamos para solucionarlos. 

Despreocúpate, pues, de lo que hace o no hace el otro, deja a un lado la intención que tenga, el cariño u odio con que actúa: enfócate en aquello que te está pasando y trata de sacar valor de ahí. Y por valor entendemos dos cosas: sabiduría y virtud.

Con la sabiduría aprendes cuál es la causa del daño,y por qué a ti te afecta aquello cuando a otros que viven lo mismo no les afecta.  Una cosa es saber qué te está causando daño y otra es conocer las causas o condiciones que producen este daño. Mucho de esto último está en ti. Has de aprender aquello de que "dos  no pelean si uno no quiere" y del mismo modo la adversidad no te daña si optas por considerarla amiga. Puedes aprender de tu propia historia para no repetirla.

Por otra parte, la adversidad ayuda a desarrollar la sabiduría de la humildad, la aceptación de las propias limitaciones. Cuando las cosas van bien tendemos a permanecer sedados, ricamente sobrevalorados en nuestras posibilidades, adormecidos en nuestra comodidad. La adversidad tiene la capacidad de despertarnos a la realidad. Y también de ayudarnos a comprender la interdependencia de las cosas, a darnos cuenta de que en la adversidad hay muchos factores en juego y nuestra participación es una de las claves determinantes de la misma.

Sobre la virtud decier que tenemos en la adversidad muchas oportunidades para el desarrollo de una personalidad virtuosa. Las situaciones difíciles o catastróficas nos ayudan a ser más generosos, más proactivos, más empáticos y solidarios. Son muchos los sociólogos que corroboran esto. Ver a personas cercanas en dificultad desarrolla en nosotros cualidades como la compasión y el amor. Nos ayudan también a ser más éticos, porque reconocemos en el dolor y el sufrimiento que causan, las consecuencias de las acciones negativas que realizamos.

La adversidad nos ayuda, como ya vimos ampliamente en otro tema, a cultivar la paciencia, a crecer en aceptación y así poder estar en paz por dentro independientemente del caos que existe afuera.


3. Adversidad,  entusiásmo, atención y compasión

También es importante saber que la adversidad ayuda a desarrollar entusiasmo. Eso sí, no es lo mismo el entusiasmo que surge de un día claro y soleado que el que tiene su origen cuando el barro llega hasta las rodillas. 

El entusiasmo o fortaleza que crece a la sombra de situaciones dolorosas o penosas, de fracasos o tragedias, no sólo sirve para superar un momento puntual sino que fortalece para siempre. Cambia nuestro sistema inmunológico espiritual. A partir de ahí podemos tener la certeza de que superaremos con éxito dificultades futuras. Es este un entusiasmo que surge del corazón, de la voluntad que ha sido probada y ha respondido ya antes con fuerza; nada tiene que ver con el entusiasmo ambiental que se deja llevar por la euforia del momento; es mucho más genuino el entusiasmo forjado en la adversidad ("¡yo puedo con esto!"), es más válido, más hondo.

Además de entusiasmo la adversidad desarrolla la atención. Cuando vienen dificultades estamos muy presentes.muy atentos a lo que acontece en el momento; el hambre, por ejemplo, nos hace vivos; el peligro nos mantiene despiertos.

Digamos finalmente que los momentos difíciles nos ayudan a crecer en amor y compasión;  incluso en capacidad de renuncia, porque cada vez vemos con mayor claridad las limitaciones de los proyectos mundanos y desarrollamos una visión más prosaica acerca del devenir de los días, y una sabiduría más realista que nos empodera para adueñarnos más certeramente de nuestra propia felicidad a pesar de los problemas.

Hay muchas oportunidades para crecer en situaciones difíciles. Y aunque no debemos buscar la adversidad es importante aprovecharla y no padecerla con resentimiento, porque todo lo que hagamos con hostilidad hacia ella la hará más dañina y perniciosa.

4. Sé consicente de que la adversidad es necesaria

“De la misma manera que un mendigo no es un obstáculo para la generosidad, tampoco una persona irritante es un obstáculo para la paciencia” (Dalai Lama); quien nos irrita nos está fortaleciendo, nos está permitiendo desarrollar paciencia. Sin esa persona no aprenderíamos esa virtud. Rodeados de personas dulces, sonrientes, no podríamos ser pacientes, que es una cualidad indispensable para ser feliz. Así que debes pensar que Dios pone en tu camino las circunsaatncias y las personas que necesitas par crecer.

Si no desarrollas la capacidad de tolerar a las personas irritantes y agresivas, no vas a tener paciencia para superar las incomodidades de tu propio desarrollo interior; y tampoco vas a desarrollar la gran paciencia que pide tolerar la verdad última que es Dios. Esa gran paciencia no es sino la capacidad de aceptar con paz la voluntad divina en cada momento de la vida. La adversidad genera paciencia, la paciencia virtud probada, y la virtud probada esperanza. (cf Rm 5,3-5).

Abril 2024
Casto Acedo 

miércoles, 3 de abril de 2024

6.3 Plantar semillas de bondad


"Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será la palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo" (Is 55,10-11).
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Hemos repetido ya en temas o discursos anteriores que todos queremos ser felices, que la búsqueda de la felicidad es un rasgo común a todo ser humano. Compartimos con todos el anhelo de felicidad, e intuimos que ese anhelo está íntimamente ligado al amor bondadoso y a la práctica del mismo.

"Obras son amores y no buenas razones”, dice un conocido refrán que viene a sentenciar que una vida feliz se ha sustentar sobre los pilares de una buena práctica amorosa. Y si admitimos que “quien siembra viento cosecha tempestades” y si aceptamos que “donde no hay amor pon amor y sacarás amor” (San Juan de la Cruz), está claro que el crecimiento del amor y la bondad dependen de la siembra. Las acciones virtuosas producen bienestar, las que se inspiran en motivaciones egoístas o en estados aflictivos como la ira, el orgullo o la envidia conducen al malestar y al sufrimiento.

Si todo lo que hacemos influye para bien o para mal en nosotros y en el mundo la conclusión para el tema del amor que nos ocupa es clara: todas nuestras acciones deberían ser positivas, estar motivadas por un deseo de felicidad y de bienestar para todos. Todo aquello que hagamos va a marcar el futuro de nuestra vida y, por supuesto,  el futuro mismo de nuestra sociedad.

Un crecimiento lento pero imparable

Una obra buena es algo maravilloso, pero es sólo una semilla, algo pequeño, es el comienzo de la vida, un inicio pequeñito del que se espera que llegue a crecer, a florecer y a fructificar. Lo sembrado  no va a hacerse un árbol grande de un día para otro. Todo tiene su ritmo, y cuando quieres forzar el ritmo de la realidad no aceptándo su dinámica natural  no consigues nada bueno, sólo impaciencia. Acepta esto. «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega» (Mc 4,26-29). Esta parábola ilustra lo que pretendo decir.

Aunque todas las acciones buenas tienen efectos buenos no siempre se produce ese efecto tan pronto como uno quiere, espera o imagina. En la “cultura de la rapidación” queremos resultados ¡ya!, y eso genera impaciencia y en la mayoría de los casos abandono de la tarea de sembrar el bien porque no se ven los frutos inmediatos.

La vida no va a  cambiar radicalmente de un día para otro porque dediques un tiempo al silencio y a la meditación. Los tiempos de Dios no son nuestros tiempos; sus planes no son los nuestros (cf Is 55,8).  Cuando pretendemos marcar las horas y los tiempos para alcanzar unos objetivos imaginarios, y normalmente egoístas, caemos en la mentalidad mundana fiada a su pretendido poder y a sus cálculos interesados.  

“Se parece el Reino de los cielos a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas” (Mt 13,31-32). La semilla del Reino, semilla de amor y bondad, es normalmente lenta, y además  humilde, pequeña como un grano de mostaza. Discreto, constante y paciente es el devenir del Reino de Dios.


Renunciar al crecimiento espectacular

Todos hemos conocido personas, grupos, instituciones, que han disfrutado un tiempo de crecimiento espectacular. Son muchos los que se admiran de ellos, cantan sus grandezas, quedan deslumbrados por su éxito. ¡Cuántas cosas en tan poco tiempo! En poco tiempo han crecido en expansión, en grandes y vistosas obras, y sobre todo en fortuna, prestigio y poder. Todos alaban su suerte y la suerte de ver tanto en tan poco tiempo.

No obstante, sabemos que lo que crece tan rápido suele carecer de la madurez que se aprende y adquiere en el caminar día a día. Porque el primer paso que ha de dar la semilla del Reino que se planta ha de ser muy distinto al de la explosión espectacular: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo” (Jn 12,23); el primer paso es morir, desaparecer, sin este anonadamiento lento y oscuro, sin esta noche, no es posible una cosecha digna de Dios. Cuando el ego se niega a pudrirse en el surco de la humildad lo que genera  no son preciosos granos sino cizaña mentirosa; parece trigo, pero no lo es.

Para crecer lo primero es menguar, soltar, desaparecer: “Quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros” (Mc 10,29-31). No es que debamos renunciar a hacer grandes cosas sino que conviene comenzar a construir desde lo oculto y aparentemente insignificante, desde la humildad, para que se vea que la cosa es de Dios y no de los hombres.

Cultivar el propio huerto

Se ha de comenzar cultivando en terreno pequeño. ¿Qué te parece empezar por cultivarte tú mismo? En vez de conquistar el mundo ¿por qué no te dedicas a conquistarte a ti procurando cambios internos, plantando semillas de bondad dentro de ti, identificando y arrancando cizañas que han arraigado en tu alma y permitiendo que el Reino florezca en tu interior?. Es muy importante esto, porque si esperas de golpe grandes éxitos, si tienes expectativas poco realistas acerca del cambio que debería producirse en tu persona y a tu alrededor con, por eujemplo, tus treinta minutos de silencio y meditación, caes en las redes del mundo, es decir, te vas a dar por vencido en tu propósito al ver que tus expectativas no se cumplen. ¿Por qué te decepcionas? Porque en esos objetivos que esperas alcanzar se esconde el deseo mundano de sobresalir y de lograr satisfacción por tus meritos. 

Primero quita la viga de tu ojo; luego podrás ayudar a otros a quitar las motas que  pudieran tener en los suyos (cf Mt 7,3-5). El amor bien entendido comienza por uno mismo, decimos. Algo de esto pretendo decir. No dejarte llevar ni por la mundanidad espiritual que busca imponer al mundo sus criterios espiritualistas con deseo de dominio, poder y gloria propios, ni por la espiritualidad mundana que se mueve en los parámetros de la moda espiritual aspirando a extrañas experiencias místicas que satisfagan la ambición espiritual. No busques premios por tu virtud, la virtud genuina es ella misma el premio.


Sembrar discretas semillas de bondad

¡Qué hermosa es la parábola del sembrador! Puedes contemplar en ella a Cristo sembrando la Palabra que arraiga en la tierra de la humanidad (cf Mt 13,3-23).Es una parábola que invita a la escucha y también a la acción, a ser sembradores de las semillas del Reino, sembradores de pequeños granos de paz, de justicia, de compasión, ternura, bondad...

Y la siembra se ha de hacer con discreción y concreción, es decir, sin artificios espectaculares y con gestos concretos. Aprovecharé para hablar bien de las bondades del prójimo, para estar más atento a mi cónyuge o mis hijos, para sonreír a quien me parece antipático, para defender siempre lo justo en debates y situaciones de desigualdad;  estaré pendiente de quien necesite de mí un gesto o una palabra de aliento, ... pequeñas semillas que con el tiempo arraigan con fuerza y se hacen árboles grandes.

Deja de esperar una cosecha o un cambio grandioso o milagroso y ponte a trabajar en tu pequeño huerto. Los milagros, más que esperarse, se hacen. Es nefasta la actitud que tiende a estar pasivamente a la espera de que algo o alguien cambie el mundo exterior. La esperanza cristiana no es un futurible sino el motor presente que no defrauda cuando se pone en marcha haciendo frente a las dificultades (cf Rom 5,2-5).

Te lo repito: procura sembrar el bien a tu alrededor. Realiza obras buenas en calidad y en cantidad; sé más amable, más cuidadoso, más atento con quienes pasan a tu lado. Y no lo hagas por interés, para conseguir algo concreto, no ames para alcanzar objetivos que satisfagan tu ego, sino por el convencimiento interno de que la siembra de semillas de bondad es esencial a tu “ser humano”. Ser virtuoso es la mejor opción de vida. ¿Qué otro sentido tiene vivir sino darte y regalarte en gratuidad? El amor y la bondad son la mejor opción, “porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí (por el Reino de la compasión, la bondad y de la paz, por Jesús) , la encontrará”. (Mt 16,25).

Al hacer lo que debes sin vanagloriarte por ello te libras de caer en las cadenas de la mundanidad. No consideres que realizas algo grandioso viviendo en la virtud; cuando practicas la bondad y el amor no haces nada extraordinario. ¿Has oído hablar de algún santo que presuma de sus obras? No. Se ven a sí mismos en la palabra evangélica: "Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer"  (Lc 17,10). Así las “semillas de bondad” que sembramos han de ser puras, libres de intereses, de gratuidad total. Es la semilla del Reino; ¿acaso se buscó Jesús a sí mismo en sus obras? No. buscó sólo la gloria del Padre.

Concluyendo 

Pregúntate:  ¿por qué y para qué haces las cosas?; ¿qué recompensa esperas al procurar una vida virtuosa?; ¿hasta qué punto “hacer el bien” es para ti una opción y no un imperativo? ¿aún no has comprendido que la virtud lleva implícito el premio?.  Poner amor en el mundo no debería ser para ti un mandamiento sino una necesidad. 

Confía en que ninguna obra buena cae en saco roto. Como reza el texto que encabeza este post, la "palabra" (Cristo, el amor) que se planta en la historia, las "semillas blancas", siempre fructifican. La semilla, dice Dios, "no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo". El deseo y el encargo de Dios, no el tuyo. Tarde o temprano las obras de bondad y amor acaban  dando semillas nuevas que alegran al sembrador y dan pan a quienes lo necesitan. 

Dedica tiempo, pues, a plantar éstas semillas en tu vida cotidiana. Es una decisión importante y una gran obra. A veces nos preguntamos qué podemos hacer para mejorar el mundo, y la respuesta es bien simple: siembra "paz y bien" en tu entorno ; es lo más eficaz que puedes  hacer en favor de la paz, la justicia y el desarrollo del mundo. El bien y la paz, más que un deseo es una realidad al alcance de tu mano; sólo tienes que creer en el poder de las "semillas blancas".

Así continúa en el libro de Isaías  el texto que abría este post: 
"Saldréis con alegría, os llevarán seguros; montes y colinas romperán a cantar ante vosotros, aplaudirán los árboles del campo. En vez de espinos, crecerá el ciprés; en vez de ortigas, el arrayán; serán el renombre del Señor y monumento perpetuo imperecedero" (Is 55,12-13).

Alegría, cantos, aplausos, flores y frutos, primavera... son la cosecha de las semillas de amor y bondad que siembras. 

Abril 2024

Casto Acedo

lunes, 18 de marzo de 2024

6.2 Amor y felicidad (eros y agape)

 

Amor y felicidad

Hay una relación muy directa entre amor y felicidad. Ambas palabras expresan “satisfacción plena”, pero hay que entender adecuadamente la satisfacción que se vive.

Comencemos por definir el amor como deseo; pero no como un deseo de que haya personas que amen o me amen. La expresión "no hay amor en el mundo" la suelen pronunicar las personas que no se sienten amadas y que suelen entender el amor como algo que se les debe y no algo que ellos deben.

Más objetivamente podríamos definir el amor como el deseo de que todas las personas sean felices y, a su vez, el deseo de que en todos y para todos se den las causas necesarias para serlo. Un deseo que se espera ver cumplido en ellos no  por las expectativas exteriores sino por el desarrollo de sus cualidades interiores.

Es importante diferenciar entre el amor compasivo, el amor de regocijo y el amor bondadoso que ya citamos en un comentario anterior. El amor compasivo y el de regocijo vienen motivados por causas externas, ya sea el sufrimiento ajeno que genera sentimientos de compasión o la alegría por el bien del prójimo que produce gozo y regocijo en quien lo contempla. Sin embargo, lo que llamamos amor bondadoso no viene del exterior sino que nace de la bondad espontánea que brilla en el centrro del ser, una bondad que no se despliega sólo hacia quienes sufren alguna desgracia o gozan de alguna dicha sino a todos; al amor bondadoso ninguna realidad le es indiferente.

Este amor nace del derecho de todos a ser felices, de la convicción y el sentimiento de que hay una afinidad insoslayable, una comunión, con toda la creación, y por tanto un deseo de lo mejor para todas las creaturas, y con ellas, por supuesto, para todas las personas. Todo es amado sin condiciones, sin etiquetas; amo simplemente porque quiero que todos sean felices, quiero “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4), y procuro que las causas para ello sean una realidad.

Hay que afinar mucho en esto del amor, porque la tendencia habitual es a amar aquello o a aquellas personas que me convienen o facilitan mi vida, y a despreciar todo lo que considero ajeno u opuesto a mis propios planes; el “amor a los enemigos” (en otro tema matizaremos quien o qué es nuestro enemigo) solemos excluirlo de nuestros objetivos amorosos.

Hay una visión muy subjetiva sobre el amor que podemos entender, por ejemplo, analizando lo que llamamos amor esposnal. ¿Es el amor matrimonial un amor simplemente emocional o es otra cosa? El amor compasivo y de regocijo son emocionales. Así, puede que lo que esté sosteniendo a la pareja sea el regocijo o la compasión, el gozo de estar unidos o la pena por abandonar al otro o la otra. Pero, ¿qué ocurre cuando el afecto emocional desaparece o disminuye? ¿Se acaba el amor? Si es así es porque no era amor, un amor completo o genuino. Ya dice san Pablo que “el amor no pasa nunca” ( 1 Cor 12, 8).



Amor eros y amor ágape

Hay matrimonios que se mantienen unidos por una relación de cierto apego (compasión o regocijo). Cuando éstos fallan se ha de recurrir a una “decisión” desde más allá de los afectos, decisión que nace de dentro, de la capacidad de comprensión y aceptación, de la fe en un amor más elevado, el “amor ágape” (amor de Dios, amar en pura gratuidad) que supera con creces al “amor eros”. Distingamos eros y ágape:

El amor eros es el amor con que me amo a mí mismo, el deseo del propio bien, algo que procuro obtener con mi esfuerzo, un amor que suele estar determinado por la cualidad del objeto o la persona amada, como pueden ser su belleza o su consideración personal o social. Amo porque me viene bien amar. Es por tanto un amor de deseo con matices egocéntricos, aunque el deseo sea  un deseo de lo divino: deseo de "Dios para mí".

El amor ágape es 
*espontáneo, no motivado, lo cual no significa que sea algo caprichoso sino que nace de la propia naturaleza divina impresa en la interioridad del ser; 
*es independiente del valor de su objeto, es decir, excluye todo mérito, abraza con la misma gratuidad al considerado amigo como al enemigo; 
*no se limita a amar sólo a las personas que valora sino que es creador de valores, porque da valor a lo que ama o a quien ama. Es el amor del padre del hijo pródigo (Lc 15,22-24), del dueño de la viña que contrata obreros a distinta hora (Mt 20,13-15) o del rey que perdona la deuda al siervo despiadado (Mt, 18,26-27); en estas parábolas se expone un amor ágape que trasciende cualquier atisbo de egocentrismo y concede valor a personas que parecen no tenerlo. 
*es el amor de Dios que me habita y se expande hacia fuera, un amor creativo y creador de un mundo nuevo.

Hay que evitar la simplicidad mental de decir que el amor erótico (eros) es malo y el amor de caridad (ágape) es bueno. Los dos matices forman parte del amor de Dios. No vendría mal tratar este tema en el grupo; lo mejor que hay sobre ello lo tenemos en la Carta encíclica “Deus caritas est” , de Benedicto XVI, en los nn. 3-10: «Eros» y «agapé», diferencia y unidad. Se menciona también el amor filía (amor de amistad). Puedes leerlo. Baste aquí anotar que no se debe demonizar el amor eros en lo que tiene de humano y bondadoso, que es mucho.


La decisión de amar 

Volviendo al ejemplo del amor matrimonial. A veces es un amor eros compasivo o de regocijo que decíamos se mantiene en pie bien sea por el sentimiento de lástima o por el placer mutuamente compartido. ¿Es esto algo totalmente negativo? No. Hemos anotado que el  amor erótico no es necesariamente malo. De hecho casi todas las historias de amor que acaban en matrimonio u otra convivencia en pareja suelen tener como punto de partida un grado más o menos intenso de amor-eros. Todo amor suele comenzar por ahí, por amarse uno a sí mismo en el otro, por el deseo más o menos consciente de ser valorado y considerado. Pero el amor más genuino es ágape, en él no hay consideración ni mirada hacia dentro de uno mismo sino hacia fuera.

Hemos dicho que este amor ágape requiere un cierto grado de decisión, un acto de voluntad que deberá partir de una consideración de la bondad del acto mismo de amar, independientemente de mis sentimientos actuales. La decisión es necesaria; y debe ser tomada no tanto desde las emociones sino desde la razón fundada en la sabiduría; porque ¿cómo abrirme al sufrimiento ajeno si ni siquiera puedo soportar el propio? ¿Cómo amar a quien es objeto de mi ira o mi envidida? En el amor ágape descubro que a pesar de la incomodidad que pueda suponer amar al prójimo, más ún si éste es considderado mi enemigo, hay un Amor (con mayúsculas) más elevado que me llama y me dice que merece la pena amar siempre; hablo del  Amor de Dios; éste es el amor que anhelo, que me atrae interiormente y en el que intuyo la posibilidad de plenitud amorosa.

La atracción del Amor de Dios hace surgir un sentimiento de conexión con el Misterio y un compromiso de meditar y obrar desde ese amor superior (ágape) que no desanima y cansa al alma sino que le da agilidad y frescura. En este amor al que se aspira  no se suprime el sufrimiento que pueda conllevar sino que éste se supera por la asociación del mismo a un sentido, al gozo de una meta, a la satisfacción de responder a la propia llamada interior que es vocación de amar. 

El amor ágape o amor de Dios es un amor atractivo pero no necesariamente indoloro; lo que ocurre es que el mismo sufrimiento (fruto del exceso de mal) es superado por el gozo del amor ágape (exceso de bien). Para los cristianos, la imagen plástica de este amor la tenemos en el Crucificado. “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, (cruz, entrega total de perdón y amor) atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). La cruz atrae y salva no tanto por el dolor que conlleva cuanto por el amor que manifiesta. La cruz se sufre, pero con un sufrimiento asociado a un sentido, a una meta. 

Tienes aquí un buen tema de contemplación para la próxima Semana Santa. 



Amor y sabiduría

En todo crecimiento espiritual, tal como ya lo expuso san Gregorio de Nisa en el siglo IV, se va dando progresivamente un deslizamiento desde el amor eros hacia el amor ágape. Lo normal es que la persona inicie su camino espiritual buscando respuesta a sus preguntas y satisfacción a sus propios deseos; el amor erótico suele ser el punto de partida. ¿Qué esperabas cuando comenzaste en el grupo?. Satisfacer tu necesidad de amor.

Poco a poco descubro que la felicidad no está recogida en ninguna respuesta teórica ni en la la satisfacción de mis deseos, sino en la apertura a la sabiduría revelada en Jesucristo y en la búsqueda de la voluntad de Dios sobre mi vida; es decir, descubro que no seré plenamente feliz mientras no sea el ágape de Dios el que ocupe el espacio central de mi alma. 

Entre las potencias del alma según la filosofía y teología clásicas están la memoria, el entendimiento y la voluntad. La que se ocupa del amor es la tercera. Y el crecimiento espiritual pasa por silenciar las potencias para dar paso a Dios: callar la mente o los pensamientos propios para adquirir la mentalidad de Dios y entrar en fe; callar las propias emociones para vivir en esperanzam liberado de miedos y aflicciones; y callar la  voluntad propia para abrazar la voluntad de Dios y vivir en amor. Ahondar en el Misterio es ir soltando los matices egocéntricos del eros para dejarse inundar por el amor ágape, que es de gratuidad total, Amor de Dios. 

Amarme a mi mismo o desearme lo mejor (eros) no es nada negativo ni malo siempre que sea coherente o transparente conmigo mismo, es decir, siempre y cuando procure hacer mía la verdad de Dios (ágape) a medida que la vaya descubriendo; es decir, siempre que al descubrir la sabiduría divina anteponga lo que me conviene según Dios a los propios deseos egoístas. 

Todos aspiramos a la felicidad, buscamos el gozo, la bienaventuranza. Sin embargo, podemos confundir dicho gozo o bienaventuranza, con la satisfacción de deseos egoístas, con la reducción del amor a simple satisfacción personal; “satisfacción” viene de “satis facere”, hacer lo suficiente o tener lo suficiente; pero no es felicidad genuina la que se contenta con satisfacer las necesidades individuales, la que tiene suficiente con lo suyo ninguneando la necesidad de los demás. Somos un todo; no hay amor auténtico que se limite a una parte.

Es también importante considerar que el amor genuino no debe confundirse con el apego al amor, propio de quienes aman esperando que otros le amen a su vez. El amor verdadero busca el bien propio (amor eros) en el bien de los demás, es misericordioso o bondadoso (amor ágape), sin prejuicios sobre el objeto o sujeto amoroso; desea que los demás se liberen de su sufrimiento, y este deseo está asociado al respeto por ellos y al compromiso porque todos encuentren lo necesario para ser felices, es decir, a la decisión de trabajar por la justicia de unos derechos iguales para todos.
*

Tienes en todo lo expuesto un montón de ideas para hacerlas tuyas y contemplarlas. En esto del amor todos y todas solemos barrer para casa. Nos cuesta aceptar el amor incondicional. Para el amor a los amigos y a los que suponemos necesitados estamos muy  abiertos; aunque más abiertos estamos para el amor a uno mismo. Pero eso del "amor universal", sin discriminaciòn de ningúnm tipo, superando toda dualidad, es decir, sintiendo que "todo y todos soy yo" en cierta medida, eso no acabamos de asumirlo. No se trata tanto de ayudar al prójimo sea quien sea sino de llegar al convencimiento de que "el prójimo soy yo", al sentimiento de que más que gestos de solidaridad se nos están pidiendo sentimientos de fraternidad. Aquí está la clave: ser hermano más que ser solidario, mirarnos con los mismos ojos con los que Dios nos mira en Jesucristo.

Marzo 2024
C.A.

lunes, 11 de marzo de 2024

6.1 Verdadera y falsa felicidad

 

"Observa los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y se prolonguen tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre" (Dt 4, 40)
Un principio universal que mueve a la humanidad es la aspiración a la felicidad, que es sinónimo de alegría, salud, equilibrio emocional, paz, satisfacción exterior e interior...  No cabe duda de que todo esto forma parte de los anhelos humanos.  

El problema está en cómo lograr la felicidad anhelada. Para eso cada cual busca sus caminos, por eso conviene preguntarse cada uno si está haciéndolo bien para conseguir la felicidad que persigue.

Digamos de principio que no deberíamos confundir dos cosas: placer gozo, entendiendo por el primero la satisfacción que encuentro fuera de mí y por el segundo la que brota de mi interioridad. Nuestro tiempo consumista tiende a equiparar la felicidad con el placer sensual. Si bien es cierto que ser feliz conlleva una sensación placentera, también lo es que no está en el placer sensual la clave para una felicidad sostenible. La falsa felicidad es pasajera y se identifica con el placer sensual, sea éste físico o psicológico, algo así como el gusto de un buen masaje o el regocijo puntual por el éxito obtenido en una competición.

El placer, en el sentido que le damos aquí, viene de fuera, y fuera se busca. Pero la felicidad genuina y con vocación de permanencia se sitúa más bien dentro de la persona, y la satisfacción que produce podemos describirla mejor como gozo que como placer. Se atribuye a Thomas Merton una frase que puede ayudar a comprender la diferencia: “No busques descanso en ningún placer, porque no fuiste creado para el placer sino para el gozo. Y si no conoces la diferencia entre el placer y el gozo aún no has comenzado a vivir”; es decir, el placer, como satisfacción externa, da cierta felicidad, pero esa felicidad se escapa apenas se ha disfrutado, porque de inmediato pide más, en un proceso interminable y en muchos casos desesperante. Y es que el placer es como el agua salada, refresca la boca y da la sensación de saciar, pero no hace sino aumentar la sed.

* * *


Para entender la verdadera felicidad, la que nace del ser y no del hacer, la que se gesta dentro y no está sometida a las circunstancias externas, nos puede servir la imagen de la llaga o la picadura. La tomo de Nagarjuna, un sabio tibetano, y dice literalmente: 

“Hay placer cuando una llaga es rascada,
pero el placer es mayor aún cuando no hay úlceras.
Similarmente hay placeres en los deseos mundanos,
pero permanecer libre de deseos es aún más placentero ”.

Todos sabemos por experiencia el gusto que experimentamos al rascar una postilla casi seca o el ronchón de una picadura; pero ¿no será más completo el gozo de no tener ni herida ni picadura? La cita apunta a poner en evidencia la trampa de las necesidades creadas, que generan un sufrimiento que obliga a estar en constante tensión para ser satisfechas. Es verdad que hay placer al satisfacer la avaricia, la gula, la lujuria o cualquier otro deseo mundano, pero verse liberado de la necesidad de dinero, alimento, sexo o demás cosas superfluas es mucho más placentero, o, mejor dicho, más gozoso.

Satisfacer un deseo concreto proporciona cierto alivio, pero no da la satisfacción total, no facilita la felicidad que se anhela en lo profundo. Las satisfacciones que vienen de fuera son siempre relativas y limitadas, por no decir engañosas. Llamar felicidad al hecho de saciar una necesidad superflua (no esencial) es como llamar rico a quien acaba de saldar la deuda que tenía, o a quien se las ha arreglado para rebajar una hipoteca recurriendo a otra mayor,  o como llamar felicidad al estado que experimenta quien ha soltado de sus hombros la carga que traía. Es un alivio haber pagado la deuda, tener más holgura para ir pagando el crédito o haber descargado el saco que se llevaba en la espalda,  pero no se gana nada con ello, no se ha progresado en nada, no se ha erradicado la raíz de la infelicidad mientras se siga apegado al dinero, al trabajo o a los placeres mundanos,  

Si el objetivo principal de la vida es acumular bienes, vivir el placer del momento, sumergirse en el “comamos y bebamos que mañana moriremos”, es indudable que la picadura o la herida irán de mal en peor, y con ella la insatisfacción y necesidad de más y más rascar. Se cae así en la esclavitud, en la dependencia de personas o sustancias tóxicas que abocan a la desesperación y el sinsentido. Quien ha vivido un poco sabe que es así.

* * *

¿Cómo romper el engaño de la falsa felicidad? No es fácil, porque los patrones conductuales que desde la infancia se reciben en nuestra cultura y nuestro entorno familiar suelen apostar por educar para obtener bienes exteriores a la persona. Hay un déficit importante de educación para la vida espiritual. Se educa para alimentar el ego para  tener, poseer, disfrutar de los placeres sensuales o triunfar socialmente, y se insiste poco en la importancia de vivir desde el centro (yo verdadero, conciencia) y así qué es lo más bueno y conveniente..

Además, se ha adueñado de nuestra cultura la idea y el principio de que es libre quien puede hacer lo que más le apetece en cada momento. ¿Tiene sentido una vida donde no puedas disfrutar de la sensualidad? El capitalismo-liberalismo-hedonismo endiosa los caprichos personales hasta hacer de ellos un derecho. Es bueno que haya derechos humanos que salvaguarden la posibilidad de tener lo necesario para vivir dignamente, pero ir más allá reclamando como derechos lo que solo son caprichos no hace ningún bien. 

¿Pensamos que somos adultos y libres y que por ello podemos hacer lo que nos apetezca sin que eso dañe nuestro ser? “Yo hago siempre lo que me apetece”, se oye decir con orgullo; muchos son los que consideran un triunfo poder dar gusto a los apetitos más exóticos e inconfesables. Y, además, hay quien vive en la convicción de que todo eso es expresión de  libertad. Pero si se mira con detenimiento, ¿podemos decir que todo  lo que  ambicionamos o deseamos sale de nuestra conciencia, de lo que elegimos conscientemente?, ¿no somos manipulados por los patrones de comportamiento sociales, por los medios de comunicación, el miedo al qué dirán, etc.? Considerado con honestidad sabemos que mucho de lo que parece una decisión libre no lo es realmente, porque lo que mueve a actuar no suele ser la elección consciente sino la trampa, el engaño. Más que por ideas razonables y sabias nos  movemos por sensaciones y emociones  que hechizan y nublan la mente responsable.

Es preciso estar alerta, porque  hoy se pretende llevar  hasta límites insospechados  la sumisión al "me apetece". Se sostiene que ya no existe la verdad, ni la bondad, ni la belleza objetivas; todo depende del impacto emocional, del agrado o desgrado, de si algo o alguien me gusta o no; y la tendencia común es la de bendecir y considerar óptimo lo que  apetece y pésimo o desechable lo que molesta. Se están traspasando demasiadas líneas rojas en este sentido; lo que  "deseo" tiene unos límites, porque no soy dios, no lo soy todo, soy parte de un todo;  criatura, no Creador.  

* * *

Recuerda el relato bíblico de la caída en desgracia de la humanidad: "La serpiente dijo a la mujer: si coméis del árbol prohibido no moriréis; Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».  Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió" (Gn 3, 4-6). Comer del fruto prohibido, saltarse la línea roja, se presenta siempre como algo "atrayente a los ojos y deseable"

Cuando se absolutizan los placeres se cae en la esclavitud de los mismos. Es la tragedia de la humanidad, la sumisión al placer que le lleva a situaciones indeseables. Grabado en las entrañas del hambre, las injusticias y las guerras, está el deseo inconfesable de quienes no están dispuestos a renunciar a dar satisfacción a sus deseos de dinero, poder y notoriedad. El remedio no está en poner parches (rascar la herida con golpes de pecho y ayudas puntuales a las víctimas de la  injusticia) sino en ir a la raíz, que nos es sino detectar y aniquilar la enfermedad que pudre el alma: los deseos egoístas. Para llegar a esta solución se ha de asumir como verdadera la segunda parte del aforismo que ya citamos: "hay placeres en los deseos mundanos, pero permanecer libre de deseos es aún más placentero" .

Rascando y rascando la úlcera lo único que logra uno es desangrarse por la herida. ¿Por qué cuesta tanto aceptar y practicar la solución que es renunciar a lo no necesario y así no tener la necesidad de rascarse? ¿Por qué no se sigue el consejo de los sabios? Por tres razones: por ignorancia, por debilidad y por miedo.

Para liberarse de las dependencias que conducen a la falsa felicidad lo primero es tomar conciencia de que el placer que proporcionan las apetencias caprichosas es falsa felicidad; y para entenderlo bien se debe estudiar y asumir el proceso por el que se llega a la dependencia de cosas o personas. La dependencia o apego a lo apetecible se da en el inconsciente, soterradamente y a gran velocidad; tanto la percepción del objeto deseado, como la emoción y la respuesta automática son tan rápidas que quedan fuera  el radar de la conciencia; los mensajes subliminares que recibimos por acumulación y sucesión de imágenes en los medios, o por el exceso de información, no se perciben si no nos entrenamos en la lentitud y el silencio. 

Y aquí entra la meditación y la formación espiritual. La meditación ayuda a desacelerar los procesos mentales para poder detectar y desenmascarar las sensaciones engañosas a fin de decidirse por aquello que es verdaderamente bueno para la persona. Podrá entonces elegir preguntándose con criterio: esto es bueno, pero ¿me conviene? Esto no es agradable, pero ¿no será lo mejor?. Si se hace una evaluación consciente se produce el discernimiento en sabiduría. Hasta ahora me fiaba de la sensación según la cual esta persona o cosa me convenía porque me resultaba agradable o me estorbaba porque me desagradaba. Normalmente operamos desde las sensaciones y la libertad de elección queda atrapada en ellas.  Recurrir a los consejos de los sabios, ¿quién más sabio que Jesús de Nazaret?,  meditar sus enseñanzas es un recurso valiosísimo para elegir lo mejor y vivir en felicidad plena.

La auténtica felicidad no se consigue rascándose la úlcera sino poniendo remedio al veneno que contamina el alma con necesidades artificiales que luego hay que satisfacer. Rascarse la picadura causa satisfacción (placer), pero es mucho más satisfactorio la ausencia de úlcera, la carencia de apetitos superfluos; ésto sí que es propio de la felicidad. 

* * *

Para que llegues a ser verdaderamente feliz te recomieneto un ejercicio final, unas preguntas:  ¿Cuáles son las picaduras (necesidades) que te ves obligado a rascar (cubrir) para aliviarte? ¿Cuáles son tus "me apetece", tus caprichos? ¿Qué medicina estás dispuesto a tomar, es decir,  qué ejercicios te comprometes a realizar, para curarte? 

Acallarte, serenarte, apaciguar tu ansiedad ante el picor permitiendo que cure la herida. Esta es la medicina para sanar.  Puedes trabajarla en la reflexión y la meditación; ahí entrenas tu conciencia para verte con claridad y aprendes que no todo lo que apetece conviene, ni todo lo que desagrada es dañino. El fármaco que cura la enfermedad del "me apetece" es la sabiduría, que no consiste en una visión subjetiva de los problemas sino en una verdad objetiva; puedes sanar si se confía en una verdad sanadora independiente de los caprichos y hay abandono a ella. 

Esa verdad para un cristiano es Jesucristo.  Déjale entrar en tu corazón. La felicidad genuina nace del gozo interior; y con Jesús ahí tienes mucho ganado. No es la implosión del ambiente consumista y  hedonista, que  acabará ahogando tu vida con su presión, el que  te proporcionará la verdadera felicidad, sino la explosión del núcleo divino de tu ser, que impulsado por la gracia de Jesucristo expande  hacia afuera el gozo de ser tú mismo, tu misma,  en Él. 

Sopesa la sabiduría que predica Jesús, porque da las claves para hallar el gozo interior dejando a un lado los placeres del mundo: 

* Felices los pobres en el espíritu,

*Felices los no-violentos,

*Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, 

*Felices los misericordiosos, 

*Felices los limpios de corazón,

*Felices los que trabajan por la paz, 

*Felices los perseguidos por causa de la justicia,

*Felices los que escuchan la Palabra y la cumplen,

*No te agobies por el mañana, cada día tiene su afán,

*Observa los lirios del campo y las aves del cielo,

*De qué  sirve ganar el mundo si se pierde la felicidad de la vida, 

*Etc.

Ser felíz es vivir desde dentro, renunciar a los apetitos para dar respuesta a la necesidad de amor y felicidad que tiene el mundo; no es feliz quien se rasca con placer sus úlceras sino quien sana su piel y vive sinceramente preocupado por sanar la piel del mundo. Ánimo.

Marzo 2025

Casto Acedo

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