miércoles, 10 de abril de 2024

6. 4 Reflexiones y consejos

Tienes en este tema unas ideas que complementan de forma realista la práctica del amor bondadoso, ya sea cultivando una conducta correcta o aprendiendo a ver la dificultad más desde la oportunidad que desde la queja. 


1. No cargues a otro con lo tuyo

El amor bondadoso tiene su propia ética, que es altruista, y si traicionamos sus principios traicionamos el propio crecimiento espiritual, que irremediablemente se va a deteriorar. Con el estudio y el ejercicio de la meditación puede que estemos cavando un hoyo con una cuchara; pero si nuestra conducta no acompaña es como si echáramos tierra con una pala al mismo hoyo. Importa mucho por tanto que lo que la meditación o el silencio que  practicamos diariamente en el cojín, el banquito o la silla no sea neutralizado por una conducta contradictoria. Es importante revisar la vida cotidiana para armonizarla con lo que oramos.

A este respecto podríamos comenzar preguntándonos si somos personas responsables o si huimos de nuestros deberes cargando sobre los hombros de otros los trabajos que nos corresponden simplemente para aliviarnos de la carga.

Me explico: Es muy tentador, cuando adquirimos cierto prestigio, o cuando ocupamos un cargo de mando, como puede ser el de padre o madre, profesor, párroco o maestro espiritual, dejar de hacer las tareas más humildes y pasarlas a las personas que están bajo nuestra autoridad o mando.

A los varones nos suele ocurrir con las tareas domésticas; cargamos las tareas menos agradables -limpieza del hogar, cambiar pañales, poner la mesa, hacer camas, fregar la loza, lavar y tender la ropa- a quienes consciente o inconscientemente consideramos que les corresponde hacerlo. A veces incluso convencidos de que es lo que les agrada. ¿Por qué han de ser las tareas domésticas sólo para mujeres y niñas? Las cosas están cambiando, pero despacio, por más que creamos que se han dado grandes avances en esto. Un aviso para varones: mira cómo andas en esto.

Los párrocos tienden a cargar sobre la espalda de catequistas u otros colaboradores las labores parroquiales de menos prestigio, las que resultan menos relevantes y por ello menos deseables o son aburridas y monótonas. 

Esa tendencia a quitarte de en medio en las tareas que te igualan al montón o que te parecen un poco humillantes, no es muy correcta, y quien busca la perfección espiritual debería tomar nota de ello. Todos somos responsable de todas las tareas que nos afectan. Escurrir el bulto cuando el trabajo que tengo por delante no es de mi agrado es faltar al amor bondadoso. 

No digamos cuando ese trabajo es peligroso;  por ejemplo, durante la pasada pandemia pudimos comprobaar que, sin detrimento del trabajo encomiable de gran parte del personal sanitario, también hubo quienes aprovecharon para quitarse de en medio buscando excusas o dándose fraudulentamente de baja laboral para no asumir su responsabilidad en situaciones de riesgo.

El testimonio de servicio de la persona espiritual en el trabajo y la vida social ha de ser en esto de total disponibilidad para asumir los deberes que parecen menos apetecibles o más pesados, especialmente cuando se tienen capacidades físicas y técnicas suficientes para ello.

Y también se ha de abrir este criterio a la hora de repartir tareas a las personas más preferidas por cada cual (hijos, esposo o esposa, amigos). ¿Es justo favorecer a los familiares y amigos y, contra todo criterio de justicia, permitir que otros hagan las tareas que no deseo para los míos?. Quien, por ejemplo, teniendo un negocio familiar carga conscientemente sobre el asalariado las tareas menos gratas que pudieran realizar también los miembros de la familia no se mueve precisamente por amor, más bien se muestra contrario al amor bondadoso y a la ecuanimidad que debe definir la conducta del buen espiritual.


2. Pase lo que pase, procura ganar siempre

Ocurra lo que ocurra tienes que ganar. No hablamos del éxito en una competición; no se trata de ganar ningún trofeo o título sino de crecer interiormente. Suceda lo que suceda en tu vida, ya sea bueno o malo, justo o injusto, gozoso o doloroso, saca de ello una ventaja, un plus de desarrollo espiritual. Si ocurre algo que favorece tus expectativas y alegra tu corazón, has de salir ganando con ello; si pasa algo desagradable, ruinoso, adverso,  también deberías ganar. Pase lo que pase, todo tiene un valor que está ahí, en el hecho mismo, y aprovecharlo va a depender de la percepción que tengas de las cosas. Para ganar siempre lo único que se requiere es la creatividad de una mente abierta y capaz de extraer algo positivo de lo aparentemente negativo. 

Es fácil sacar valor de lo que me favorece. Aunque no siempre. Pero, ¿cómo sacar valor de lo adverso? En primer lugar no mires en la adversidad las intenciones de los demás. Cuando aparecen los problemas no te obsesiones por las posibles intenciones de los demás (también de las intenciones divinas) y procura extraer de las experiencias de la vida, sean positivas o negativas, algo válido para ti. 

Para ello fíjate sólo en lo que ocurre, dejando a un lado cualquier supuesta intención ajena que te puede llevar a quedarte sólo en la crítica y en la queja. 

Solemos interpretar la adversidad como algo que se da cuando otra persona voluntariamente nos está creando problemas, o cuando el ambiente exterior no acompaña, cuando hay guerra o el clima es malo, o  cuando suceden desastres naturales, etc. Esa costumbre de echar las culpas de todos nuestros males a causas externas frena mucho el desarrollo espiritual. Al atribuir a otros la causa de nuestros problemas nos desactivamos para solucionarlos. 

Despreocúpate, pues, de lo que hace o no hace el otro, deja a un lado la intención que tenga, el cariño u odio con que actúa: enfócate en aquello que te está pasando y trata de sacar valor de ahí. Y por valor entendemos dos cosas: sabiduría y virtud.

Con la sabiduría aprendes cuál es la causa del daño,y por qué a ti te afecta aquello cuando a otros que viven lo mismo no les afecta.  Una cosa es saber qué te está causando daño y otra es conocer las causas o condiciones que producen este daño. Mucho de esto último está en ti. Has de aprender aquello de que "dos  no pelean si uno no quiere" y del mismo modo la adversidad no te daña si optas por considerarla amiga. Puedes aprender de tu propia historia para no repetirla.

Por otra parte, la adversidad ayuda a desarrollar la sabiduría de la humildad, la aceptación de las propias limitaciones. Cuando las cosas van bien tendemos a permanecer sedados, ricamente sobrevalorados en nuestras posibilidades, adormecidos en nuestra comodidad. La adversidad tiene la capacidad de despertarnos a la realidad. Y también de ayudarnos a comprender la interdependencia de las cosas, a darnos cuenta de que en la adversidad hay muchos factores en juego y nuestra participación es una de las claves determinantes de la misma.

Sobre la virtud decier que tenemos en la adversidad muchas oportunidades para el desarrollo de una personalidad virtuosa. Las situaciones difíciles o catastróficas nos ayudan a ser más generosos, más proactivos, más empáticos y solidarios. Son muchos los sociólogos que corroboran esto. Ver a personas cercanas en dificultad desarrolla en nosotros cualidades como la compasión y el amor. Nos ayudan también a ser más éticos, porque reconocemos en el dolor y el sufrimiento que causan, las consecuencias de las acciones negativas que realizamos.

La adversidad nos ayuda, como ya vimos ampliamente en otro tema, a cultivar la paciencia, a crecer en aceptación y así poder estar en paz por dentro independientemente del caos que existe afuera.


3. Adversidad,  entusiásmo, atención y compasión

También es importante saber que la adversidad ayuda a desarrollar entusiasmo. Eso sí, no es lo mismo el entusiasmo que surge de un día claro y soleado que el que tiene su origen cuando el barro llega hasta las rodillas. 

El entusiasmo o fortaleza que crece a la sombra de situaciones dolorosas o penosas, de fracasos o tragedias, no sólo sirve para superar un momento puntual sino que fortalece para siempre. Cambia nuestro sistema inmunológico espiritual. A partir de ahí podemos tener la certeza de que superaremos con éxito dificultades futuras. Es este un entusiasmo que surge del corazón, de la voluntad que ha sido probada y ha respondido ya antes con fuerza; nada tiene que ver con el entusiasmo ambiental que se deja llevar por la euforia del momento; es mucho más genuino el entusiasmo forjado en la adversidad ("¡yo puedo con esto!"), es más válido, más hondo.

Además de entusiasmo la adversidad desarrolla la atención. Cuando vienen dificultades estamos muy presentes.muy atentos a lo que acontece en el momento; el hambre, por ejemplo, nos hace vivos; el peligro nos mantiene despiertos.

Digamos finalmente que los momentos difíciles nos ayudan a crecer en amor y compasión;  incluso en capacidad de renuncia, porque cada vez vemos con mayor claridad las limitaciones de los proyectos mundanos y desarrollamos una visión más prosaica acerca del devenir de los días, y una sabiduría más realista que nos empodera para adueñarnos más certeramente de nuestra propia felicidad a pesar de los problemas.

Hay muchas oportunidades para crecer en situaciones difíciles. Y aunque no debemos buscar la adversidad es importante aprovecharla y no padecerla con resentimiento, porque todo lo que hagamos con hostilidad hacia ella la hará más dañina y perniciosa.

4. Sé consicente de que la adversidad es necesaria

“De la misma manera que un mendigo no es un obstáculo para la generosidad, tampoco una persona irritante es un obstáculo para la paciencia” (Dalai Lama); quien nos irrita nos está fortaleciendo, nos está permitiendo desarrollar paciencia. Sin esa persona no aprenderíamos esa virtud. Rodeados de personas dulces, sonrientes, no podríamos ser pacientes, que es una cualidad indispensable para ser feliz. Así que debes pensar que Dios pone en tu camino las circunsaatncias y las personas que necesitas par crecer.

Si no desarrollas la capacidad de tolerar a las personas irritantes y agresivas, no vas a tener paciencia para superar las incomodidades de tu propio desarrollo interior; y tampoco vas a desarrollar la gran paciencia que pide tolerar la verdad última que es Dios. Esa gran paciencia no es sino la capacidad de aceptar con paz la voluntad divina en cada momento de la vida. La adversidad genera paciencia, la paciencia virtud probada, y la virtud probada esperanza. (cf Rm 5,3-5).

Abril 2024
Casto Acedo 

miércoles, 3 de abril de 2024

6.3 Plantar semillas de bondad


"Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será la palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo" (Is 55,10-11).
*
Hemos repetido ya en temas o discursos anteriores que todos queremos ser felices, que la búsqueda de la felicidad es un rasgo común a todo ser humano. Compartimos con todos el anhelo de felicidad, e intuimos que ese anhelo está íntimamente ligado al amor bondadoso y a la práctica del mismo.

"Obras son amores y no buenas razones”, dice un conocido refrán que viene a sentenciar que una vida feliz se ha sustentar sobre los pilares de una buena práctica amorosa. Y si admitimos que “quien siembra viento cosecha tempestades” y si aceptamos que “donde no hay amor pon amor y sacarás amor” (San Juan de la Cruz), está claro que el crecimiento del amor y la bondad dependen de la siembra. Las acciones virtuosas producen bienestar, las que se inspiran en motivaciones egoístas o en estados aflictivos como la ira, el orgullo o la envidia conducen al malestar y al sufrimiento.

Si todo lo que hacemos influye para bien o para mal en nosotros y en el mundo la conclusión para el tema del amor que nos ocupa es clara: todas nuestras acciones deberían ser positivas, estar motivadas por un deseo de felicidad y de bienestar para todos. Todo aquello que hagamos va a marcar el futuro de nuestra vida y, por supuesto,  el futuro mismo de nuestra sociedad.

Un crecimiento lento pero imparable

Una obra buena es algo maravilloso, pero es sólo una semilla, algo pequeño, es el comienzo de la vida, un inicio pequeñito del que se espera que llegue a crecer, a florecer y a fructificar. Lo sembrado  no va a hacerse un árbol grande de un día para otro. Todo tiene su ritmo, y cuando quieres forzar el ritmo de la realidad no aceptándo su dinámica natural  no consigues nada bueno, sólo impaciencia. Acepta esto. «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega» (Mc 4,26-29). Esta parábola ilustra lo que pretendo decir.

Aunque todas las acciones buenas tienen efectos buenos no siempre se produce ese efecto tan pronto como uno quiere, espera o imagina. En la “cultura de la rapidación” queremos resultados ¡ya!, y eso genera impaciencia y en la mayoría de los casos abandono de la tarea de sembrar el bien porque no se ven los frutos inmediatos.

La vida no va a  cambiar radicalmente de un día para otro porque dediques un tiempo al silencio y a la meditación. Los tiempos de Dios no son nuestros tiempos; sus planes no son los nuestros (cf Is 55,8).  Cuando pretendemos marcar las horas y los tiempos para alcanzar unos objetivos imaginarios, y normalmente egoístas, caemos en la mentalidad mundana fiada a su pretendido poder y a sus cálculos interesados.  

“Se parece el Reino de los cielos a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas” (Mt 13,31-32). La semilla del Reino, semilla de amor y bondad, es normalmente lenta, y además  humilde, pequeña como un grano de mostaza. Discreto, constante y paciente es el devenir del Reino de Dios.


Renunciar al crecimiento espectacular

Todos hemos conocido personas, grupos, instituciones, que han disfrutado un tiempo de crecimiento espectacular. Son muchos los que se admiran de ellos, cantan sus grandezas, quedan deslumbrados por su éxito. ¡Cuántas cosas en tan poco tiempo! En poco tiempo han crecido en expansión, en grandes y vistosas obras, y sobre todo en fortuna, prestigio y poder. Todos alaban su suerte y la suerte de ver tanto en tan poco tiempo.

No obstante, sabemos que lo que crece tan rápido suele carecer de la madurez que se aprende y adquiere en el caminar día a día. Porque el primer paso que ha de dar la semilla del Reino que se planta ha de ser muy distinto al de la explosión espectacular: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo” (Jn 12,23); el primer paso es morir, desaparecer, sin este anonadamiento lento y oscuro, sin esta noche, no es posible una cosecha digna de Dios. Cuando el ego se niega a pudrirse en el surco de la humildad lo que genera  no son preciosos granos sino cizaña mentirosa; parece trigo, pero no lo es.

Para crecer lo primero es menguar, soltar, desaparecer: “Quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros” (Mc 10,29-31). No es que debamos renunciar a hacer grandes cosas sino que conviene comenzar a construir desde lo oculto y aparentemente insignificante, desde la humildad, para que se vea que la cosa es de Dios y no de los hombres.

Cultivar el propio huerto

Se ha de comenzar cultivando en terreno pequeño. ¿Qué te parece empezar por cultivarte tú mismo? En vez de conquistar el mundo ¿por qué no te dedicas a conquistarte a ti procurando cambios internos, plantando semillas de bondad dentro de ti, identificando y arrancando cizañas que han arraigado en tu alma y permitiendo que el Reino florezca en tu interior?. Es muy importante esto, porque si esperas de golpe grandes éxitos, si tienes expectativas poco realistas acerca del cambio que debería producirse en tu persona y a tu alrededor con, por eujemplo, tus treinta minutos de silencio y meditación, caes en las redes del mundo, es decir, te vas a dar por vencido en tu propósito al ver que tus expectativas no se cumplen. ¿Por qué te decepcionas? Porque en esos objetivos que esperas alcanzar se esconde el deseo mundano de sobresalir y de lograr satisfacción por tus meritos. 

Primero quita la viga de tu ojo; luego podrás ayudar a otros a quitar las motas que  pudieran tener en los suyos (cf Mt 7,3-5). El amor bien entendido comienza por uno mismo, decimos. Algo de esto pretendo decir. No dejarte llevar ni por la mundanidad espiritual que busca imponer al mundo sus criterios espiritualistas con deseo de dominio, poder y gloria propios, ni por la espiritualidad mundana que se mueve en los parámetros de la moda espiritual aspirando a extrañas experiencias místicas que satisfagan la ambición espiritual. No busques premios por tu virtud, la virtud genuina es ella misma el premio.


Sembrar discretas semillas de bondad

¡Qué hermosa es la parábola del sembrador! Puedes contemplar en ella a Cristo sembrando la Palabra que arraiga en la tierra de la humanidad (cf Mt 13,3-23).Es una parábola que invita a la escucha y también a la acción, a ser sembradores de las semillas del Reino, sembradores de pequeños granos de paz, de justicia, de compasión, ternura, bondad...

Y la siembra se ha de hacer con discreción y concreción, es decir, sin artificios espectaculares y con gestos concretos. Aprovecharé para hablar bien de las bondades del prójimo, para estar más atento a mi cónyuge o mis hijos, para sonreír a quien me parece antipático, para defender siempre lo justo en debates y situaciones de desigualdad;  estaré pendiente de quien necesite de mí un gesto o una palabra de aliento, ... pequeñas semillas que con el tiempo arraigan con fuerza y se hacen árboles grandes.

Deja de esperar una cosecha o un cambio grandioso o milagroso y ponte a trabajar en tu pequeño huerto. Los milagros, más que esperarse, se hacen. Es nefasta la actitud que tiende a estar pasivamente a la espera de que algo o alguien cambie el mundo exterior. La esperanza cristiana no es un futurible sino el motor presente que no defrauda cuando se pone en marcha haciendo frente a las dificultades (cf Rom 5,2-5).

Te lo repito: procura sembrar el bien a tu alrededor. Realiza obras buenas en calidad y en cantidad; sé más amable, más cuidadoso, más atento con quienes pasan a tu lado. Y no lo hagas por interés, para conseguir algo concreto, no ames para alcanzar objetivos que satisfagan tu ego, sino por el convencimiento interno de que la siembra de semillas de bondad es esencial a tu “ser humano”. Ser virtuoso es la mejor opción de vida. ¿Qué otro sentido tiene vivir sino darte y regalarte en gratuidad? El amor y la bondad son la mejor opción, “porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí (por el Reino de la compasión, la bondad y de la paz, por Jesús) , la encontrará”. (Mt 16,25).

Al hacer lo que debes sin vanagloriarte por ello te libras de caer en las cadenas de la mundanidad. No consideres que realizas algo grandioso viviendo en la virtud; cuando practicas la bondad y el amor no haces nada extraordinario. ¿Has oído hablar de algún santo que presuma de sus obras? No. Se ven a sí mismos en la palabra evangélica: "Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer"  (Lc 17,10). Así las “semillas de bondad” que sembramos han de ser puras, libres de intereses, de gratuidad total. Es la semilla del Reino; ¿acaso se buscó Jesús a sí mismo en sus obras? No. buscó sólo la gloria del Padre.

Concluyendo 

Pregúntate:  ¿por qué y para qué haces las cosas?; ¿qué recompensa esperas al procurar una vida virtuosa?; ¿hasta qué punto “hacer el bien” es para ti una opción y no un imperativo? ¿aún no has comprendido que la virtud lleva implícito el premio?.  Poner amor en el mundo no debería ser para ti un mandamiento sino una necesidad. 

Confía en que ninguna obra buena cae en saco roto. Como reza el texto que encabeza este post, la "palabra" (Cristo, el amor) que se planta en la historia, las "semillas blancas", siempre fructifican. La semilla, dice Dios, "no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo". El deseo y el encargo de Dios, no el tuyo. Tarde o temprano las obras de bondad y amor acaban  dando semillas nuevas que alegran al sembrador y dan pan a quienes lo necesitan. 

Dedica tiempo, pues, a plantar éstas semillas en tu vida cotidiana. Es una decisión importante y una gran obra. A veces nos preguntamos qué podemos hacer para mejorar el mundo, y la respuesta es bien simple: siembra "paz y bien" en tu entorno ; es lo más eficaz que puedes  hacer en favor de la paz, la justicia y el desarrollo del mundo. El bien y la paz, más que un deseo es una realidad al alcance de tu mano; sólo tienes que creer en el poder de las "semillas blancas".

Así continúa en el libro de Isaías  el texto que abría este post: 
"Saldréis con alegría, os llevarán seguros; montes y colinas romperán a cantar ante vosotros, aplaudirán los árboles del campo. En vez de espinos, crecerá el ciprés; en vez de ortigas, el arrayán; serán el renombre del Señor y monumento perpetuo imperecedero" (Is 55,12-13).

Alegría, cantos, aplausos, flores y frutos, primavera... son la cosecha de las semillas de amor y bondad que siembras. 

Abril 2024

Casto Acedo

lunes, 18 de marzo de 2024

6.2 Amor y felicidad (eros y agape)

 

Amor y felicidad

Hay una relación muy directa entre amor y felicidad. Ambas palabras expresan “satisfacción plena”, pero hay que entender adecuadamente la satisfacción que se vive.

Comencemos por definir el amor como deseo; pero no como un deseo de que haya personas que amen o me amen. La expresión "no hay amor en el mundo" la suelen pronunicar las personas que no se sienten amadas y que suelen entender el amor como algo que se les debe y no algo que ellos deben.

Más objetivamente podríamos definir el amor como el deseo de que todas las personas sean felices y, a su vez, el deseo de que en todos y para todos se den las causas necesarias para serlo. Un deseo que se espera ver cumplido en ellos no  por las expectativas exteriores sino por el desarrollo de sus cualidades interiores.

Es importante diferenciar entre el amor compasivo, el amor de regocijo y el amor bondadoso que ya citamos en un comentario anterior. El amor compasivo y el de regocijo vienen motivados por causas externas, ya sea el sufrimiento ajeno que genera sentimientos de compasión o la alegría por el bien del prójimo que produce gozo y regocijo en quien lo contempla. Sin embargo, lo que llamamos amor bondadoso no viene del exterior sino que nace de la bondad espontánea que brilla en el centrro del ser, una bondad que no se despliega sólo hacia quienes sufren alguna desgracia o gozan de alguna dicha sino a todos; al amor bondadoso ninguna realidad le es indiferente.

Este amor nace del derecho de todos a ser felices, de la convicción y el sentimiento de que hay una afinidad insoslayable, una comunión, con toda la creación, y por tanto un deseo de lo mejor para todas las creaturas, y con ellas, por supuesto, para todas las personas. Todo es amado sin condiciones, sin etiquetas; amo simplemente porque quiero que todos sean felices, quiero “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4), y procuro que las causas para ello sean una realidad.

Hay que afinar mucho en esto del amor, porque la tendencia habitual es a amar aquello o a aquellas personas que me convienen o facilitan mi vida, y a despreciar todo lo que considero ajeno u opuesto a mis propios planes; el “amor a los enemigos” (en otro tema matizaremos quien o qué es nuestro enemigo) solemos excluirlo de nuestros objetivos amorosos.

Hay una visión muy subjetiva sobre el amor que podemos entender, por ejemplo, analizando lo que llamamos amor esposnal. ¿Es el amor matrimonial un amor simplemente emocional o es otra cosa? El amor compasivo y de regocijo son emocionales. Así, puede que lo que esté sosteniendo a la pareja sea el regocijo o la compasión, el gozo de estar unidos o la pena por abandonar al otro o la otra. Pero, ¿qué ocurre cuando el afecto emocional desaparece o disminuye? ¿Se acaba el amor? Si es así es porque no era amor, un amor completo o genuino. Ya dice san Pablo que “el amor no pasa nunca” ( 1 Cor 12, 8).



Amor eros y amor ágape

Hay matrimonios que se mantienen unidos por una relación de cierto apego (compasión o regocijo). Cuando éstos fallan se ha de recurrir a una “decisión” desde más allá de los afectos, decisión que nace de dentro, de la capacidad de comprensión y aceptación, de la fe en un amor más elevado, el “amor ágape” (amor de Dios, amar en pura gratuidad) que supera con creces al “amor eros”. Distingamos eros y ágape:

El amor eros es el amor con que me amo a mí mismo, el deseo del propio bien, algo que procuro obtener con mi esfuerzo, un amor que suele estar determinado por la cualidad del objeto o la persona amada, como pueden ser su belleza o su consideración personal o social. Amo porque me viene bien amar. Es por tanto un amor de deseo con matices egocéntricos, aunque el deseo sea  un deseo de lo divino: deseo de "Dios para mí".

El amor ágape es 
*espontáneo, no motivado, lo cual no significa que sea algo caprichoso sino que nace de la propia naturaleza divina impresa en la interioridad del ser; 
*es independiente del valor de su objeto, es decir, excluye todo mérito, abraza con la misma gratuidad al considerado amigo como al enemigo; 
*no se limita a amar sólo a las personas que valora sino que es creador de valores, porque da valor a lo que ama o a quien ama. Es el amor del padre del hijo pródigo (Lc 15,22-24), del dueño de la viña que contrata obreros a distinta hora (Mt 20,13-15) o del rey que perdona la deuda al siervo despiadado (Mt, 18,26-27); en estas parábolas se expone un amor ágape que trasciende cualquier atisbo de egocentrismo y concede valor a personas que parecen no tenerlo. 
*es el amor de Dios que me habita y se expande hacia fuera, un amor creativo y creador de un mundo nuevo.

Hay que evitar la simplicidad mental de decir que el amor erótico (eros) es malo y el amor de caridad (ágape) es bueno. Los dos matices forman parte del amor de Dios. No vendría mal tratar este tema en el grupo; lo mejor que hay sobre ello lo tenemos en la Carta encíclica “Deus caritas est” , de Benedicto XVI, en los nn. 3-10: «Eros» y «agapé», diferencia y unidad. Se menciona también el amor filía (amor de amistad). Puedes leerlo. Baste aquí anotar que no se debe demonizar el amor eros en lo que tiene de humano y bondadoso, que es mucho.


La decisión de amar 

Volviendo al ejemplo del amor matrimonial. A veces es un amor eros compasivo o de regocijo que decíamos se mantiene en pie bien sea por el sentimiento de lástima o por el placer mutuamente compartido. ¿Es esto algo totalmente negativo? No. Hemos anotado que el  amor erótico no es necesariamente malo. De hecho casi todas las historias de amor que acaban en matrimonio u otra convivencia en pareja suelen tener como punto de partida un grado más o menos intenso de amor-eros. Todo amor suele comenzar por ahí, por amarse uno a sí mismo en el otro, por el deseo más o menos consciente de ser valorado y considerado. Pero el amor más genuino es ágape, en él no hay consideración ni mirada hacia dentro de uno mismo sino hacia fuera.

Hemos dicho que este amor ágape requiere un cierto grado de decisión, un acto de voluntad que deberá partir de una consideración de la bondad del acto mismo de amar, independientemente de mis sentimientos actuales. La decisión es necesaria; y debe ser tomada no tanto desde las emociones sino desde la razón fundada en la sabiduría; porque ¿cómo abrirme al sufrimiento ajeno si ni siquiera puedo soportar el propio? ¿Cómo amar a quien es objeto de mi ira o mi envidida? En el amor ágape descubro que a pesar de la incomodidad que pueda suponer amar al prójimo, más ún si éste es considderado mi enemigo, hay un Amor (con mayúsculas) más elevado que me llama y me dice que merece la pena amar siempre; hablo del  Amor de Dios; éste es el amor que anhelo, que me atrae interiormente y en el que intuyo la posibilidad de plenitud amorosa.

La atracción del Amor de Dios hace surgir un sentimiento de conexión con el Misterio y un compromiso de meditar y obrar desde ese amor superior (ágape) que no desanima y cansa al alma sino que le da agilidad y frescura. En este amor al que se aspira  no se suprime el sufrimiento que pueda conllevar sino que éste se supera por la asociación del mismo a un sentido, al gozo de una meta, a la satisfacción de responder a la propia llamada interior que es vocación de amar. 

El amor ágape o amor de Dios es un amor atractivo pero no necesariamente indoloro; lo que ocurre es que el mismo sufrimiento (fruto del exceso de mal) es superado por el gozo del amor ágape (exceso de bien). Para los cristianos, la imagen plástica de este amor la tenemos en el Crucificado. “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, (cruz, entrega total de perdón y amor) atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). La cruz atrae y salva no tanto por el dolor que conlleva cuanto por el amor que manifiesta. La cruz se sufre, pero con un sufrimiento asociado a un sentido, a una meta. 

Tienes aquí un buen tema de contemplación para la próxima Semana Santa. 



Amor y sabiduría

En todo crecimiento espiritual, tal como ya lo expuso san Gregorio de Nisa en el siglo IV, se va dando progresivamente un deslizamiento desde el amor eros hacia el amor ágape. Lo normal es que la persona inicie su camino espiritual buscando respuesta a sus preguntas y satisfacción a sus propios deseos; el amor erótico suele ser el punto de partida. ¿Qué esperabas cuando comenzaste en el grupo?. Satisfacer tu necesidad de amor.

Poco a poco descubro que la felicidad no está recogida en ninguna respuesta teórica ni en la la satisfacción de mis deseos, sino en la apertura a la sabiduría revelada en Jesucristo y en la búsqueda de la voluntad de Dios sobre mi vida; es decir, descubro que no seré plenamente feliz mientras no sea el ágape de Dios el que ocupe el espacio central de mi alma. 

Entre las potencias del alma según la filosofía y teología clásicas están la memoria, el entendimiento y la voluntad. La que se ocupa del amor es la tercera. Y el crecimiento espiritual pasa por silenciar las potencias para dar paso a Dios: callar la mente o los pensamientos propios para adquirir la mentalidad de Dios y entrar en fe; callar las propias emociones para vivir en esperanzam liberado de miedos y aflicciones; y callar la  voluntad propia para abrazar la voluntad de Dios y vivir en amor. Ahondar en el Misterio es ir soltando los matices egocéntricos del eros para dejarse inundar por el amor ágape, que es de gratuidad total, Amor de Dios. 

Amarme a mi mismo o desearme lo mejor (eros) no es nada negativo ni malo siempre que sea coherente o transparente conmigo mismo, es decir, siempre y cuando procure hacer mía la verdad de Dios (ágape) a medida que la vaya descubriendo; es decir, siempre que al descubrir la sabiduría divina anteponga lo que me conviene según Dios a los propios deseos egoístas. 

Todos aspiramos a la felicidad, buscamos el gozo, la bienaventuranza. Sin embargo, podemos confundir dicho gozo o bienaventuranza, con la satisfacción de deseos egoístas, con la reducción del amor a simple satisfacción personal; “satisfacción” viene de “satis facere”, hacer lo suficiente o tener lo suficiente; pero no es felicidad genuina la que se contenta con satisfacer las necesidades individuales, la que tiene suficiente con lo suyo ninguneando la necesidad de los demás. Somos un todo; no hay amor auténtico que se limite a una parte.

Es también importante considerar que el amor genuino no debe confundirse con el apego al amor, propio de quienes aman esperando que otros le amen a su vez. El amor verdadero busca el bien propio (amor eros) en el bien de los demás, es misericordioso o bondadoso (amor ágape), sin prejuicios sobre el objeto o sujeto amoroso; desea que los demás se liberen de su sufrimiento, y este deseo está asociado al respeto por ellos y al compromiso porque todos encuentren lo necesario para ser felices, es decir, a la decisión de trabajar por la justicia de unos derechos iguales para todos.
*

Tienes en todo lo expuesto un montón de ideas para hacerlas tuyas y contemplarlas. En esto del amor todos y todas solemos barrer para casa. Nos cuesta aceptar el amor incondicional. Para el amor a los amigos y a los que suponemos necesitados estamos muy  abiertos; aunque más abiertos estamos para el amor a uno mismo. Pero eso del "amor universal", sin discriminaciòn de ningúnm tipo, superando toda dualidad, es decir, sintiendo que "todo y todos soy yo" en cierta medida, eso no acabamos de asumirlo. No se trata tanto de ayudar al prójimo sea quien sea sino de llegar al convencimiento de que "el prójimo soy yo", al sentimiento de que más que gestos de solidaridad se nos están pidiendo sentimientos de fraternidad. Aquí está la clave: ser hermano más que ser solidario, mirarnos con los mismos ojos con los que Dios nos mira en Jesucristo.

Marzo 2024
C.A.

lunes, 11 de marzo de 2024

6.1 Verdadera y falsa felicidad

 

"Observa los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y se prolonguen tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre" (Dt 4, 40)
Un principio universal que mueve a la humanidad es la aspiración a la felicidad, que es sinónimo de alegría, salud, equilibrio emocional, paz, satisfacción exterior e interior...  No cabe duda de que todo esto forma parte de los anhelos humanos.  

El problema está en cómo lograr la felicidad anhelada. Para eso cada cual busca sus caminos, por eso conviene preguntarse cada uno si está haciéndolo bien para conseguir la felicidad que persigue.

Digamos de principio que no deberíamos confundir dos cosas: placer gozo, entendiendo por el primero la satisfacción que encuentro fuera de mí y por el segundo la que brota de mi interioridad. Nuestro tiempo consumista tiende a equiparar la felicidad con el placer sensual. Si bien es cierto que ser feliz conlleva una sensación placentera, también lo es que no está en el placer sensual la clave para una felicidad sostenible. La falsa felicidad es pasajera y se identifica con el placer sensual, sea éste físico o psicológico, algo así como el gusto de un buen masaje o el regocijo puntual por el éxito obtenido en una competición.

El placer, en el sentido que le damos aquí, viene de fuera, y fuera se busca. Pero la felicidad genuina y con vocación de permanencia se sitúa más bien dentro de la persona, y la satisfacción que produce podemos describirla mejor como gozo que como placer. Se atribuye a Thomas Merton una frase que puede ayudar a comprender la diferencia: “No busques descanso en ningún placer, porque no fuiste creado para el placer sino para el gozo. Y si no conoces la diferencia entre el placer y el gozo aún no has comenzado a vivir”; es decir, el placer, como satisfacción externa, da cierta felicidad, pero esa felicidad se escapa apenas se ha disfrutado, porque de inmediato pide más, en un proceso interminable y en muchos casos desesperante. Y es que el placer es como el agua salada, refresca la boca y da la sensación de saciar, pero no hace sino aumentar la sed.

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Para entender la verdadera felicidad, la que nace del ser y no del hacer, la que se gesta dentro y no está sometida a las circunstancias externas, nos puede servir la imagen de la llaga o la picadura. La tomo de Nagarjuna, un sabio tibetano, y dice literalmente: 

“Hay placer cuando una llaga es rascada,
pero el placer es mayor aún cuando no hay úlceras.
Similarmente hay placeres en los deseos mundanos,
pero permanecer libre de deseos es aún más placentero ”.

Todos sabemos por experiencia el gusto que experimentamos al rascar una postilla casi seca o el ronchón de una picadura; pero ¿no será más completo el gozo de no tener ni herida ni picadura? La cita apunta a poner en evidencia la trampa de las necesidades creadas, que generan un sufrimiento que obliga a estar en constante tensión para ser satisfechas. Es verdad que hay placer al satisfacer la avaricia, la gula, la lujuria o cualquier otro deseo mundano, pero verse liberado de la necesidad de dinero, alimento, sexo o demás cosas superfluas es mucho más placentero, o, mejor dicho, más gozoso.

Satisfacer un deseo concreto proporciona cierto alivio, pero no da la satisfacción total, no facilita la felicidad que se anhela en lo profundo. Las satisfacciones que vienen de fuera son siempre relativas y limitadas, por no decir engañosas. Llamar felicidad al hecho de saciar una necesidad superflua (no esencial) es como llamar rico a quien acaba de saldar la deuda que tenía, o a quien se las ha arreglado para rebajar una hipoteca recurriendo a otra mayor,  o como llamar felicidad al estado que experimenta quien ha soltado de sus hombros la carga que traía. Es un alivio haber pagado la deuda, tener más holgura para ir pagando el crédito o haber descargado el saco que se llevaba en la espalda,  pero no se gana nada con ello, no se ha progresado en nada, no se ha erradicado la raíz de la infelicidad mientras se siga apegado al dinero, al trabajo o a los placeres mundanos,  

Si el objetivo principal de la vida es acumular bienes, vivir el placer del momento, sumergirse en el “comamos y bebamos que mañana moriremos”, es indudable que la picadura o la herida irán de mal en peor, y con ella la insatisfacción y necesidad de más y más rascar. Se cae así en la esclavitud, en la dependencia de personas o sustancias tóxicas que abocan a la desesperación y el sinsentido. Quien ha vivido un poco sabe que es así.

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¿Cómo romper el engaño de la falsa felicidad? No es fácil, porque los patrones conductuales que desde la infancia se reciben en nuestra cultura y nuestro entorno familiar suelen apostar por educar para obtener bienes exteriores a la persona. Hay un déficit importante de educación para la vida espiritual. Se educa para alimentar el ego para  tener, poseer, disfrutar de los placeres sensuales o triunfar socialmente, y se insiste poco en la importancia de vivir desde el centro (yo verdadero, conciencia) y así qué es lo más bueno y conveniente..

Además, se ha adueñado de nuestra cultura la idea y el principio de que es libre quien puede hacer lo que más le apetece en cada momento. ¿Tiene sentido una vida donde no puedas disfrutar de la sensualidad? El capitalismo-liberalismo-hedonismo endiosa los caprichos personales hasta hacer de ellos un derecho. Es bueno que haya derechos humanos que salvaguarden la posibilidad de tener lo necesario para vivir dignamente, pero ir más allá reclamando como derechos lo que solo son caprichos no hace ningún bien. 

¿Pensamos que somos adultos y libres y que por ello podemos hacer lo que nos apetezca sin que eso dañe nuestro ser? “Yo hago siempre lo que me apetece”, se oye decir con orgullo; muchos son los que consideran un triunfo poder dar gusto a los apetitos más exóticos e inconfesables. Y, además, hay quien vive en la convicción de que todo eso es expresión de  libertad. Pero si se mira con detenimiento, ¿podemos decir que todo  lo que  ambicionamos o deseamos sale de nuestra conciencia, de lo que elegimos conscientemente?, ¿no somos manipulados por los patrones de comportamiento sociales, por los medios de comunicación, el miedo al qué dirán, etc.? Considerado con honestidad sabemos que mucho de lo que parece una decisión libre no lo es realmente, porque lo que mueve a actuar no suele ser la elección consciente sino la trampa, el engaño. Más que por ideas razonables y sabias nos  movemos por sensaciones y emociones  que hechizan y nublan la mente responsable.

Es preciso estar alerta, porque  hoy se pretende llevar  hasta límites insospechados  la sumisión al "me apetece". Se sostiene que ya no existe la verdad, ni la bondad, ni la belleza objetivas; todo depende del impacto emocional, del agrado o desgrado, de si algo o alguien me gusta o no; y la tendencia común es la de bendecir y considerar óptimo lo que  apetece y pésimo o desechable lo que molesta. Se están traspasando demasiadas líneas rojas en este sentido; lo que  "deseo" tiene unos límites, porque no soy dios, no lo soy todo, soy parte de un todo;  criatura, no Creador.  

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Recuerda el relato bíblico de la caída en desgracia de la humanidad: "La serpiente dijo a la mujer: si coméis del árbol prohibido no moriréis; Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».  Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió" (Gn 3, 4-6). Comer del fruto prohibido, saltarse la línea roja, se presenta siempre como algo "atrayente a los ojos y deseable"

Cuando se absolutizan los placeres se cae en la esclavitud de los mismos. Es la tragedia de la humanidad, la sumisión al placer que le lleva a situaciones indeseables. Grabado en las entrañas del hambre, las injusticias y las guerras, está el deseo inconfesable de quienes no están dispuestos a renunciar a dar satisfacción a sus deseos de dinero, poder y notoriedad. El remedio no está en poner parches (rascar la herida con golpes de pecho y ayudas puntuales a las víctimas de la  injusticia) sino en ir a la raíz, que nos es sino detectar y aniquilar la enfermedad que pudre el alma: los deseos egoístas. Para llegar a esta solución se ha de asumir como verdadera la segunda parte del aforismo que ya citamos: "hay placeres en los deseos mundanos, pero permanecer libre de deseos es aún más placentero" .

Rascando y rascando la úlcera lo único que logra uno es desangrarse por la herida. ¿Por qué cuesta tanto aceptar y practicar la solución que es renunciar a lo no necesario y así no tener la necesidad de rascarse? ¿Por qué no se sigue el consejo de los sabios? Por tres razones: por ignorancia, por debilidad y por miedo.

Para liberarse de las dependencias que conducen a la falsa felicidad lo primero es tomar conciencia de que el placer que proporcionan las apetencias caprichosas es falsa felicidad; y para entenderlo bien se debe estudiar y asumir el proceso por el que se llega a la dependencia de cosas o personas. La dependencia o apego a lo apetecible se da en el inconsciente, soterradamente y a gran velocidad; tanto la percepción del objeto deseado, como la emoción y la respuesta automática son tan rápidas que quedan fuera  el radar de la conciencia; los mensajes subliminares que recibimos por acumulación y sucesión de imágenes en los medios, o por el exceso de información, no se perciben si no nos entrenamos en la lentitud y el silencio. 

Y aquí entra la meditación y la formación espiritual. La meditación ayuda a desacelerar los procesos mentales para poder detectar y desenmascarar las sensaciones engañosas a fin de decidirse por aquello que es verdaderamente bueno para la persona. Podrá entonces elegir preguntándose con criterio: esto es bueno, pero ¿me conviene? Esto no es agradable, pero ¿no será lo mejor?. Si se hace una evaluación consciente se produce el discernimiento en sabiduría. Hasta ahora me fiaba de la sensación según la cual esta persona o cosa me convenía porque me resultaba agradable o me estorbaba porque me desagradaba. Normalmente operamos desde las sensaciones y la libertad de elección queda atrapada en ellas.  Recurrir a los consejos de los sabios, ¿quién más sabio que Jesús de Nazaret?,  meditar sus enseñanzas es un recurso valiosísimo para elegir lo mejor y vivir en felicidad plena.

La auténtica felicidad no se consigue rascándose la úlcera sino poniendo remedio al veneno que contamina el alma con necesidades artificiales que luego hay que satisfacer. Rascarse la picadura causa satisfacción (placer), pero es mucho más satisfactorio la ausencia de úlcera, la carencia de apetitos superfluos; ésto sí que es propio de la felicidad. 

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Para que llegues a ser verdaderamente feliz te recomieneto un ejercicio final, unas preguntas:  ¿Cuáles son las picaduras (necesidades) que te ves obligado a rascar (cubrir) para aliviarte? ¿Cuáles son tus "me apetece", tus caprichos? ¿Qué medicina estás dispuesto a tomar, es decir,  qué ejercicios te comprometes a realizar, para curarte? 

Acallarte, serenarte, apaciguar tu ansiedad ante el picor permitiendo que cure la herida. Esta es la medicina para sanar.  Puedes trabajarla en la reflexión y la meditación; ahí entrenas tu conciencia para verte con claridad y aprendes que no todo lo que apetece conviene, ni todo lo que desagrada es dañino. El fármaco que cura la enfermedad del "me apetece" es la sabiduría, que no consiste en una visión subjetiva de los problemas sino en una verdad objetiva; puedes sanar si se confía en una verdad sanadora independiente de los caprichos y hay abandono a ella. 

Esa verdad para un cristiano es Jesucristo.  Déjale entrar en tu corazón. La felicidad genuina nace del gozo interior; y con Jesús ahí tienes mucho ganado. No es la implosión del ambiente consumista y  hedonista, que  acabará ahogando tu vida con su presión, el que  te proporcionará la verdadera felicidad, sino la explosión del núcleo divino de tu ser, que impulsado por la gracia de Jesucristo expande  hacia afuera el gozo de ser tú mismo, tu misma,  en Él. 

Sopesa la sabiduría que predica Jesús, porque da las claves para hallar el gozo interior dejando a un lado los placeres del mundo: 

* Felices los pobres en el espíritu,

*Felices los no-violentos,

*Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, 

*Felices los misericordiosos, 

*Felices los limpios de corazón,

*Felices los que trabajan por la paz, 

*Felices los perseguidos por causa de la justicia,

*Felices los que escuchan la Palabra y la cumplen,

*No te agobies por el mañana, cada día tiene su afán,

*Observa los lirios del campo y las aves del cielo,

*De qué  sirve ganar el mundo si se pierde la felicidad de la vida, 

*Etc.

Ser felíz es vivir desde dentro, renunciar a los apetitos para dar respuesta a la necesidad de amor y felicidad que tiene el mundo; no es feliz quien se rasca con placer sus úlceras sino quien sana su piel y vive sinceramente preocupado por sanar la piel del mundo. Ánimo.

Marzo 2025

Casto Acedo

64

sábado, 24 de febrero de 2024

5.3 Amar con el cuerpo, la palabra y la mente.

 Un tema más de la serie sobre el amor. Es sencillo decentender. Invita a tomar en serio el amor desde el nivel físico, mental y espiritual,  todo junto y unido.  Espero que os ilumine en el conocimiento y la práctica de esta virtud esencial.



“Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser” (Mc 12,28-30; cf Dt 4,5). 

Todos hemos escuchado alguna vez este mandamiento propio del Antiguo Testamento y que el Nuevo recoge en boca de Jesús. Aunque solemos fijarnos más en lo que sigue al texto transcrito: "El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos". (v 31). La fijación en el segundo mandamiento hace que pasemos de puntillas sobre lo que se dice  acerca de la calidad del mandamiento: que el amor se ejercite “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”, exigencia que parece sólo aplicable al primero (amarás a Dios), pero que también debe decirse del segundo (amarás a tu prójimo),

Detengámonos en la cualidad o cualidades del amor que se citan; amar con todo el corazón (cardia, dice el texto griego, lo más profundo, el espíritu), con toda el alma (psiché, alma sede de los sentimientos), con toda la mente (dianoia, pensamientos), con todo el ser (iskís, fuerza, poder, energía).

El amor ha de ser total, sin divisiones. Se ha de poner al servicio de esta virtud todo lo que forma parte del propio ser. Y para sacar conclusiones prácticas destacamos tres aspectos inseparables del amor: actos, palabras y pensamientos: o desde otra perspectiva:  cuerpo, palabra y mente, elementos inseparables por donde caminar en amor.


Cuerpo

Nuestra cultura, muy sensual y tendente a reducir el amor a su dimensión erótica, sabe que sin encuentro corporal difícilmente se puede expresar el amor, sobre todo en el caso de la pareja.

El cuerpo es el primer medio con el que nos comunicamos. Nuestro cuerpo habla, expresa con gestos no-verbales verdades profundas que captamos al vuelo. De ahí que si queremos amar hemos de prestar mucha atención a nuestro cuerpo; las acciones corporales son verificación del amor; aunque también pueden ser engañosas; para distinguir hay que contar con la intención que mueve a obrar. Pero sea como sea, “obras son amores y no buenas razones”

Amar con el cuerpo supone presencia. La presencia físisa es esencial como testimonio de amor. Me gusta decir que la sola presencia física en las celebraciones eclesiales es una muestra de amor. A veces no hay mejor forma de expresar cariño que haciéndose presente. Cuando participo a la misa del domingo mi estar ya es significativo, ya acompaña, aunque no diga nada.

Lo mismo ocurre cuando simplemente guardamos silencio ante quien vive un sufriiento.  Ante quien está en duelo sobran las palabras; la presencia corporal por sí sola lo dice todo. Y no digamos si a la presencia se le suman gestos como el abrazo, la caricia o la mirada tierna dirigida a quien sufre y necesita ser consolado. La cercanía física es un modo sublime de mostrar amor. De María y las mujeres de la pasión se dice que “estaban de pie” junto a la Cruz. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19,25). El verbo “estar” (stábat) significa mantenerse en pie, acompañar sin rendirse. Creo que basta este ejemplo para reconocer la importancia de “estar”, de hacerse presente. Deberíamos tener esto en cuenta para corregir la obsesión moderna por la presencia virtual, porque castra un elemento fundamental del lenguaje del amor: el cuerpo visible y palpable.

Amar con el cuerpo es una opción preferencial, cuando no una necesidad. ¿No es un tanto artificial que dos amantes no se acerquen físicamente, no se abracen, no se besen, no unan sus cuerpos expresando el amor mutuo? Sería tan artificial como mantener relaciones online cuando es factible el encuentro directo. 

*Cuida tu cuerpo; sin él no puedes comunicar, no puedes transmitir tu ser a otros. Cuida tu salud con una buena alimentación, ejercicio físico, terapias adecuadas para tus achaques. Valora el potencial de riqueza que tienes al poder expresar físicamente tus emociones, pensamientos y mociones de tu volubtad.  

También es importatne el cuerpo en lo que se refiere a la meditación y contemplación. Una postura adecuada, digna, en quietud física, con las manos elevadas y centradas en el pecho, o bien juntas bajo la barbilla, la cabeza ligeramente inclinada, los ojos suavemente cerrados, la boca esbozando una sonrisa, etc. son una buena plataforma para facilitar la apertura espiritual, para expresar el amor a Dios durante el tiempo de oración. Una postura corporal de atención y escucha dice mucho. Ciertamente el cuerpo tiene mucho que ver y hacer en relación al amor a Dios y al prójimo; pero debe ir unido a otros elementos importantes como son la palabra y la mente.


Palabra

Con la presencia física, e inseparable de ella, ha de ir la palabra. Si a la presencia física y a los gestos le acompañan palabras oportunas, se da un paso más para mostrar y desarrollar la virtud del amor. 

Hay palabras que hieren y palabras que matan, palabras que bendicen y otras que maldicen, palabras oportunas e inoportunas, palabras que enseñan y palabras que confunden... palabras que hieren y palabras que sanan. "Panal de miel las palabras amables, dulces al paladar, remedio para el cuerpo", dice el libro de los Proverbios (16,24)Debes cuidar cuáles son las palabras que debes pronunciar para expresar amor.

Jesús fue un maestro en el uso de la palabra. Hablaba con tanto amor y con tanta verdad que cautivaba a quienes le escuchaban:”Todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca”. (Lc 4,22). Cultivar el lenguaje es una buena forma de amar. Las palabras de amor suelen ser performativas, tienen el poder de crear lo que expresan. Así era de modo admirable en Jesús: "Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?" (Mt 8, 26-27). La palabra de Jesús es proactiva, obra lo que pronuncia a favor del interlocutor. así es también la palabra que sale de mi boca: "Mi Palabra no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mi encargo" (Is 55,11)

La palabra facilita la relación con Dios. En este sentido es importante la recitación de jaculatorias (mantras) u oraciones que ayudan a interiorizar, que calman el cuerpo y la mente y permiten que el amor fluya en el corazón. No menos que la escucha de la Palabra evangélica; ¿quién no se ha sentido alguna vez tocado por la proclamación de algún texto bíblico? La Palabra se hizo carne y habita entre nosotros (Jn 1,14), y sigue haciéndose carne en quien la escucha, se realiza en él lo que pronuncia (cf Is 55,11). “Una palabra tuya bastará para sanarme” (cf Lc 7.1-10) decimos antes de comulgar.

No cabe duda de que el amor se expande en la palabra. De ahí la importancia de cuidar lo que decimos. En contraste con las palabras de amor que dan vida están las palabras de odio que matan. Por eso unos consejos:

*Cuida de no hablar con dureza de nadie ni a nadie; que tus palabras no sean hirientes; evita la crítica destructiva que no sirve sino para sembrar división y violencia.

*No seas mentiroso. Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar. Las mentiras pueden causar mucho daño: divisiones, desconfianza entre parejas, familiares, vecinos, ... y causan un tremendo estrés al mentiroso, que se ve obligado a recordar la propia mentira para no poner a la vista su falsedad.  Lo bueno de no mentir es que no tienes que acordarte de nada; la honestidad de vivir en la verdad es el camino del amor.

*No difames con palabras que dividen; no hables de personas que no estén presentes; esto causa deño no sólamente a quien es criticado o sometido al juicio ajeno, también daña a quien juzga, que siempre se queda con un sentimiento de vacío o de falta de honestidad personal.

Medita en el valor de la palabra como plataforma y puente hacia el amor o hacia el odio. Procura amar el silencio; y si has de hablar escucha el consejo del apóstol Pablo. “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 5,29). Esto es parte de la virtud del amor.


Mente

Entiendo aquí por mente el alma con sus potencias que son pensar, sentir y desear, y también el espíritu, lo más profundo del ser humano, su más preciado tesoro. Podemos también referirnos al corazón, el centro personal, la conciencia de la persona como lugar donde cultivar el amor. “De lo que rebosa el corazón habla la boca. El hombre bueno saca del caudal bueno cosas buenas, pero el hombre malo saca del caudal malo cosas malas” (Mt 12,34-35). La mente, o el corazón, es el tercer elemento que entra en el juego del amor y, no nos engañemos, es el más determinante.

Es conveniente tener una mente aristocrática, que no quiere decir selectiva, sino dedicada a lo mejor; aristócrata significa “el mejor”; la “aristocracia” el gobierno de los mejores. Pues que tu corazón, tu mente, tu conciencia, descubra lo que hoy se suele denominar como “la mejor versión de ti mismo”. Educa (conduce) tu mente para que aprenda a contemplar la virtud del amor como la más sublime de todas. Trabaja  siempre con el deseo de ser el mejor en el arte de amar; ser un aristócrata del amor. 

La mente se disciplina. “No codiciarás”, no desearás con la mente y el corazón los bienes del prójimo; así reza el décimo mandamiento (Ex 20,17). La seducción del mundo puede arrastrar a la mente hacia el abismo y la esclavitud; por eso es buena la meditación como ejercicio que ayuda a controlar la mente, los sentimientos y los deseos a fin de que estén al servicio del amor y no caigan en la esclavitud del egoísmo. Todo lo que se hace o se dice ha sido pensado antes. De ahí la importancia de ir a la raíz, la necesidad de sanar el corazón a fin de que partiendo de la chispa primera de la mente el amor sea completo.

*Cultiva pensamientos positivos. Disciplina tu imaginación y tu mente; no permitas que pensamientos negativos se apoderen de ti y te arrastren al desánimo y la depresión. No dejes hablar al enemigo; haz como Jesús hace con los demonios que se atreven a hablar con Él para embaucarle: "Cállate" (Mc 1,25; Lc 4,35). Con el mal no se dialoga; la mejor forma de vencerlo es no prestarle atención.

¿Cómo trabajar el amor en el corazón o el centro personal? No cabe duda de que aquí entran en juego la escucha en profundidad de la Palabra y la práctica de la meditación que prerpara el terreno para que la Palabra germine y  fructifique en la persona.  Quien llega al centro vive desde el espíritu (nucleo personal), y en el Espíritu (sabiduría de Dios encarnada). Dios es el único capaz de hacernos capaces de amar como Él ama. Contemplar y hacer propio el amor mismo de Dios es el objetivo de la disciplina espirtual. A nosotros sólo nos queda aprehender (ejercitar en la meditación, hacer nuestra) la mirada de Dios sobre lel mundo. 

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Conclusión

Concluyendo. En lo dicho en este tema hemos aprendido que el amor se despliega desde la persona como en tres niveles. Tanto el cuerpo, como la palabra, como la mente, han de estar en armonía con el amor para que éste sea verdadero e íntegro.

Amar sólo con el cuerpo es un imposible; los actos no son los que nos santifican sino la intención con la que actuamos. No nos santifican las obras, y tampoco las posturas oracionales; obrar por ambición no es amar y quedarse en  la palabrería o el postureo de la oración es engañarse. “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos, haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. ... Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame rabbí" (Mt 23,3.5-7). Postureo.

Amar sólo con la lengua es también una falsedad. Como hemos leído de los escribas y los fariseos “ellos dicen y no hacen”. Las bellas palabras suelen ser pretenciosas y engañosas. Los sabios enseñan que sólo debemos hablar “cuando nuestras palabras sean más valiosas que nuestro silencio”. Otra versión más irónica nos dice que “es mejor permanecer callado y ser considerado un tonto que hablar y eliminar toda duda”. Sólo es aconsejable hablar cuando se aporta valor. ¿Y qué le da valor a nuestras palabras? El amor que va en ellas y el bien que lleva a quienes las escuchan.

Pero el mayor mal para el amor viene cuando se vive internamente en confusión. No ama en absoluto quien hace del amor sólo un deseo, una buena intención, un sentimentalismo barato o un juego de palabras encantadoras. Todos creemos y decimos que amamos, pero me temo que pocos saben de veras lo que es amar. Quien se sigue escandalizando del dios crucificado aún no ha entendidon nada, no ha captado que el verdadero amor nace del centro y se expande en palabras y entrega corporal. "Tomad y comed, esto es mi cuerpo" (Mt 26,26).

Tendemos a considerar el amor solamente en uno de los elementos que hemos explicado;  hacemos cosas que creemos que son amor, decimos cosas que enamoran, pensamos cosas buenas sobre el amor. Pero nos falta la armonía del pensar, decir y obrar: pensar lo que digo y hago; decir lo que pienso y obro; obrar lo que pienso y digo. Desde aquí lanzo una invitación a unificar: “un cuerpo, una palabra, una mente” para vivir desde el amor total. 

Un consejo. Unifica tu vida en el amor. Si no lo haces no podrás disfrutar del misterio de la vida, ni del misterio de Dios, que es amor.

Febrero 2024
Casto Acedo