martes, 29 de abril de 2025

La ley del "karma"

“Caín ofreció al Señor dones de los frutos del suelo; también Abel ofreció las primicias y la grasa de sus ovejas. El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda; Caín se enfureció y andaba abatido. El Señor dijo a Caín: «¿Por qué te enfureces y andas abatido? ¿No estarías animado si obraras bien?; pero, si no obras bien, el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo" (Gn 4,3-7)

Abel, ofreciendo a Dios sus mejores dones, gozó el buen karma de la felicidad; en cambio, Caín, a causa de sus malas obras se atrajo hacia sí la desdicha de un mal karma

*

1. Karma y cristianismo

Comenzamos nuestra reflexión con una historia que sirva de introducción al  tema que nos ocupa.

Un hombre que gustaba de vivir en distintos lugares llegó un día a un pequeño pueblo. Al ver a un anciano sabio sentado junto al camino, se acercó y le preguntó
—Buenos días, señor. ¿Cómo es la gente de este pueblo?
El sabio, con una sonrisa serena, le respondió:
—Antes de contestarte, dime... ¿cómo era la gente del lugar de donde vienes?
El viajero frunció el ceño y dijo:
—¡Eran egoístas, maleducados y desagradables! Por eso me fui de allí.
El sabio asintió con calma y respondió:
—Lo siento, pero me temo que aquí encontrarás lo mismo.
El viajero se marchó con cara de decepción.

Un rato después, otro viajero llegó al mismo pueblo y le hizo la misma pregunta al sabio:
—Buenas tardes, señor. ¿Cómo es la gente de este pueblo?
El sabio repitió su pregunta:
—Dime tú primero, ¿cómo era la gente de donde vienes?
El viajero sonrió:
—Eran buenas personas, amables, generosas. Me costó mucho despedirme de ellos.
Entonces el sabio respondió con una sonrisa:
—Me alegra decirte que aquí encontrarás lo mismo.

La historia es un buen resumen de lo que, sin muchos matices, podemos aprender  acerca del “karma”, concepto que se ha hecho famoso entre nosotros al hilo de las enseñanzas budistas, pero cuyo contenido prácticamente forma parte de la sabiduría de todas las culturas.

En el budismo, el karma (del sánscrito karman, que significa “acción”) se refiere a la ley de causa y efecto moral. Esta doctrina sostiene que toda acción (buena o mala), ya sea física, verbal o mental, tiene siempre unas consecuencias. Ahora bien, estas consecuencias no son debidas a un castigo o a una recompensa externa, sino a un proceso natural. Algo que también se recoge en la Biblia y en la enseñanza de muchos sabios occidentales: lo que siembras, eso cosechas (Gal 6,8). Si haces el bien, cultivarás bienestar; si haces el mal tendrás sufrimiento. “Puesto que siembran viento, cosecharán tempestades”, dice el profeta Oseas (8,7) sobre quienes actúan contra a ley de la bondad.

En el karma budista, como en la Biblia, lo que cuenta no es la acción en sí misma, sino la intención que está detrás de la acción. La maldad o bondad que se expanden no son el resultado de las acciones, sino de las intenciones del corazón.  Como dice Jesús: "Lo que sale de dentro del hombre, eso es lo que daña y hace impuro al hombre». (Mc 7,20). Y cuando del corazón sale el bien la persona se beneficia de lo sembrado. Recordamos aquí el aforismo de san Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”.

Tanto en el budismo como en las enseñanzas bíblicas, la ley del premio-castigo o karma no es de efectos inmediatos. Puede que el beneficio de la bondad se recoja más tarde en el tiempo, o incluso en la otra vida en el caso de la biblia o en la transmigración del alma a un ser más honorable en las enseñanzas de budismo e hinduismo. Pero es también considerado como lógico y normal que ya en el presente quien obra el bien se beneficie de sus acciones, y quien obre el mal se perjudique a sí mismo.


El budismo sostiene que se puede transformar el karma y sus efectos (destino) con consciencia y esfuerzo; y los cristianos también sabemos que con nuestras acciones podemos dar un giro a nuestra vida, tanto en el tiempo presente como en el futuro: “En verdad os digo que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna”. (Mc 10, 29-30). Eso sí, los beneficios de lo que llamamos karma cristiano no se consideran un derecho de quien obra el bien sino un don que se espera recibir apoyados en las promesas de Dios. 

La Biblia no absolutiza el esfuerzo y las acciones concretas como garantes de la felicidad temporal y eterna; la satisfacción no la da el cumpliento de la ley virtuosa sino el mismo Dios; es su gracia la que provee. La fe que creemos no casa con el pelagianismo, doctrina que sostiene que cada cual puede y debe alcanzar la salvación y vivir en santidad recurriendo sólo a su propio esfuerzo. Se necesita la gracia de Dios para alcanzar la rectitud y su consecuente felicidad: “sin mí no podéis hacer nada”, dice Jesús (Jn 5,5).


Llegados aquí hay que decir que se da una cierta coincidencia entre la doctrina budista del karma y la enseñanza bíblica del premio a la virtud; dice la Biblia que “la cosecha del malvado resulta engañosa y quien siembra honradez tiene paga segura”. (Prov 11,18); “recibirán en este tiempo, cien veces más” (Mc 10,30, ya citado) y en la conclusión de las bienaventuranzas se dice de quienes las vivan que “su recompensa será grande en el cielo” (Mt 5,12). Pero, hay que matizar, el budismo está  teñido de pelagianismo; según sus enseñanzas ninguna fuerza sobrenatural va a venir en tu ayuda; no hay Dios que premie; eres tú quien debe decidir y obrar sin contar con nadie.

Si no hay Dios que me ayude, ¿qué sentido tienen para el budismo la oración y las devociones? Quien sigue el budismo no es teísta; la oración no es por tanto un diálogo con Dios; ésta tiene como finalidad expresar aspiraciones (compasión, sabiduría, desapego), recordar enseñanzas, generar méritos (energía espiritual) para el bienestar de todos los seres, y para fomentar la concentración y la meditación. Es decir, para el budismo la oración no es un acto de súplica a un ser que está en el exterior sino un ejercicio de transformación interior. Para el cristiano, sin dejar de ser también un ejercicio que repercute en la transformación interior, la oración es ante todo un modo de estar consciente ante Dios, abandonándose a Él, invocándole, dándole gracias o pidiéndole ayuda para una vida virtuosa. La doctrina de la no-dualidad budista hace inconcebible la oración como diálogo y encuentro entre dos; porque para el budismo no hay un “Otro” con quien relacionarse; y tampoco un "yo" que necesite relación. Tengamos esto en cuenta a la hora de discernir nuestros tiempos de oración y meditación.

*

Recuerda la historia que se cita al principio de esta entrada. Tal como tú vivas así te va a venir la vida. No busques fuera culpables de tu felicidad o desdicha; mejor piensa qué es lo que estás sembrando, cuáles son tus deseos e intenciones al obrar o al hablar. Purifica tu corazáon y esfuérzate por seguir lo que te dicta el buen espíritu. Rígete por el principio de ética universal que recoge el Nuevo Testamento: “Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella” (Mt 7,12).

Como cristiano estás llamado a trabajar para ti un “karma bueno”; para ello tienes las enseñanzas evangélicas (el dharma para los budistas), la comunidad (en el budismo la shanga), y al único Maestro y Señor Jesucristo (para el budismo Buda, el iluminado). A Jesús lo puedes encontrar en la Palabra (“Tu palabra me da vida”. Sal 119), en la Iglesia (“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” Mt 17,20), en los Sacramentos (“Lo reconocieron al partir el pan”. Lc 24,26), la creación ( “Lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación” Rm 1,20) y el prójimo ("Lo que hicisteis a cada uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis" Mt 25,40). Todas estas son mediaciones para dejar que fluya por tus venas la gracia de un buen karma.

Hacer posible la fraternidad universal no está totalmente en tus manos, aunque sí está el facilitarla. El hombre propone con sus actos y palabras y Dios dispone con sus dones;  san Agustín dijo: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, siempre respetará tu libertad para escoger el camino del buen karma, y si confías en Él, lo pides con humildad y procuras practicar la virtud, el mismo Dios te ayudará a alcanzarlo gozando tus méritos sin que caigas en la soberbia pelagiana de creer que lo que logras es obra tuya.


2. Evitar el karma nocivo 

Lo dicho hasta ahora nos ayuda a pensar la "ley del karma" desde una perspectiva cristiana. En un tema anterior ya tratamos de como cultivar un buen karma (Plantar semillas de bondad). En este breve apartado sólo vamos a exponer la otra cara: como evitar el karma malo. 

Sabemos que obrando el bien cultivamos el karma bueno. Ahora bien, ¿qué debemos evitar para no generar un  “karma nocivo”? (decimos nocivo y no negativo porque hay cosas y situaciones que son incómodas y producen malestar, pero no por ello son negativas; hay situaciones que en su momento no gustan pero que a la larga pueden generar mucho bien a la persona). Apuntamo dos principios importantes del que se derivan consejos que ayudan a evitar el mal karma:

1º. Ten en cuenta que un acto voluntario inspirado por un estado aflictivo, como pueden ser la ira o la avaricia, producirá necesariamente consecuencias dañinas.

* Y entre estas consecuencias está la de poderme condicionar para actuar de manera similar en el futuro; una mala acción generara hábitos nada buenos que tendemos a repetir cuando se vuelven a dar circunstancias similares; y estas repeticiones aumentan la posibilidad de  seguir haciendo el mal en el futuro. Conviene revisar nuestros patrones de comportamiento inconscientes y rutinarios, porque pueden estar alimentando consecuencias deplorables. 

*Es importante saber también que la práctica del mal atrae a personas antagonistas. Si somos arrogantes o pendencieros atraeremos hacia nosotros a personas que nos critiquen, que nos menosprecien y se enfrenten a nuestras aspiraciones de poder y grandeza. El malvado atrae hacia sí a personas que viven también encumbradas en su soberbia, Dios los cría y ellos se juntan, dice el refrán. "Abyssus abyssum invocat" (cf sal 41,8), que significa "el abismo llama al abismo", una frase que describe muy bien lo que estamos comentando: la maldad conduce a un vacío profundo que parece llamar a una maldad y un vacío aún mayores. 

*Y, por supuesto, cuando actuamos movidos por estados aflictivos, creamos un entorno hostil, un ambiente tóxico, negativo, caótico, que afecta a todos y a todo lo que nos rodea.

2º. Pero no sólo los actos, también las palabras, la forma de hablar, pueden generar un efecto (karma) dañino. Con nuestras palabras podemos generar mucho daño; hay lenguas que  hieren más que cuchillos afilados. Una palabra mal dicha, especialmente cuando se dirige a un niño o niña, puede causar un daño irreparable por mucho tiempo.

*Por tanto, procura no hablar con dureza sino acariciar con palabra dulces. Piensa en el daño que pueden causar palabras fuertes, agresivas, que desconciertan y hieren a los demás. Sobre esto nos previene la carta del Santiago en un texto que conviene meditar: 3,1-12.

*También es conveniente considerar el daño que se causa al ocultar la verdad recurriendo a engaños y patrañas. Considera la desconfianza que generan las mentiras en la vida de una pareja, o entre amistades o familiares; sin contar con el estrés que genera la necesidad de recordar la propia mentira para poder reproducirla cuando corro el riesgo de ser descubierto en mi falsedad. Decia Mark Twain, que "lo bueno de no mentir es que no tienes que acordarte de nada".

*Y, respecto al mal hablar, procura no difamar con palabras que dividen; al contrario, fomenta la unidad y la armonía con tus opiniones. Aquí es importante no hablar nunca de personas que no estén presentes; esto causa mucho daño en las relaciones de grupo, de familia o de cualquier colectivo.
* * *

Cerramos el tema con unas palabras de la Carta a los Gálatas que podemos leer y meditar al hilo de todo lo expuesto: "No os engañéis: de Dios nadie se burla. Lo que uno siembre, eso cosechará. El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos. Por tanto, mientras tenemos ocasión, hagamos el bien a todos, especialmente a la familia de la fe" (6,7-10). 

¡Buen karma!

*
Abril 2025
Casto Acedo.

jueves, 27 de marzo de 2025

Saber perder para ganar

Saber perder para ganar 

"¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita" (San Pablo, 1 Cor 9, 24-25)

No siempre se gana en la vida, no siempre las cosas salen como se espera y hay que saber perder. Tal vez en lo referente a la derrota externa que supone una pérdida no puedas hacer nada, pero sí que puedes manejar a favor tuyo lo que de derrota interna hay en las pérdidas externas.

La pregunta clave en este tema es: ¿Hasta qué punto me hunde una derrota? Si propongo a un amigo un plan para realizar juntos, ¿cómo me quedo al comprobar que eso mismo que yo le he propuesto y ha desistido sí lo ha aceptado hacer con otra persona?; o en relación a la vida de pareja ¿cómo me quedo cuando mis pretensiones amorosas hacia alguien no son correspondidas?, o ¿cómo encajo que ese puesto de trabajo al que aspiraba y para el que me he preparado con ahínco lo consiga alguien que considero peor preparado?, etc. 

Lo ocurrido fuera, la derrota externa, es inevitable, pero ¿qué hay de la derrota interna? Es importante entrenarse espiritualmente para que el fracaso exterior no se transforme en fracaso interior, para que el acontecimiento inesperado no afecte en negativo a la manera en que te valoras o te estimas.

Primeramente evalúa la capacidad de respuesta que tienes para poder levantarte después de un fracaso. ¿Cómo sales de él? ¿Te levantas peor, igual o mejor de lo que estabas? Cuando has vivido una competición con otra u otras personas, ¿cómo te sienta el perder? Todos sabemos que hay personas que no saben perder incluso en situaciones tan fútiles como puede ser un juego de entretenimiento. ¿Quién no ha conocido peleas desproporcionadas a causa de una decisión arbitral o del resultado de un partido de fútbol o de cualquier otro juego de competición?

Es bueno observarte en derrotas menores porque aprender a asumirlas te entrena para encajar derrotas o pérdidas más graves; y lo que es más importante, te ilumina y fortalece para que llegues a comprender que para obtener ganancias de bondad espiritual a veces conviene que haya pérdidas económicas, de poder o de consideración social; así lo da a entender Jesús cuando dice que “el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,39).

* 

¿Cómo encajar las derrotas? Ya sabes que perder es parte de la vida y del crecimiento personal. Ya vimos en un tema anterior que la adversidad no va a faltar nunca, y los fracasos como obstáculos para seguir con ánimos son parte de esa adversidad.

Para lograr la victoria cuando te enfrentas a la derrota, unos consejos prácticos:

*Acepta la realidad; no siempre se gana. Hay "tiempo de buscar, y tiempo de perder” (Ecle 3,6)". La vida tiene ciclos, y perder forma parte de ellos. No todo ha de salir necesariamente como esperas, “el hombre proyecta su camino, el Señor dirige sus pasos” (Prov 16,9), dicho de otro modo “el hombre propone y Dios dispone”; no olvides este aforismo tan elemental.

*Aprende de la experiencia; las cosas no ocurren por casualidad, y cuando perdemos en algo podemos aprender mucho de ello. Cada derrota trae una lección, y tal vez la más importante es que enseña a ser humildes. Tanto en la derrota como en la victoria la humildad es clave. Perder con la gracia y elegancia de quien se sabe falible es signo de que se está enfocando la vida con realismo y prudencia.

*Aprende a sacar motivación de las derrotas. La investigación científica sigue el método de “prueba, error y corrección”, y así es tambien en la vida interior. Una derrota puede ser un impulso para evitar errores futuros y fuente de un mayor esfuerzo para mejorar y afrontar los retos con más fortaleza. Para esto es bueno también celebrar los pequeños logros. No siempre se gana, pero siempre se puede aprender de las derrotas.

*Controla tus emociones. Es normal que te sientas frustrado con el fracaso, pero no dejes que las emociones negativas te venzan. Párate, respira, reflexiona, y recuerda que el fracaso no te define, tú no eres un fracaso; vales más de lo que te consideras en esos momentos. No te dejes llevar por ensoñaciones que te descontrolan emocionalmente; este consejo sirve para los éxitos y las derrotas.

*Evita echar balones fuera con críticas destructivas acusando a otros de tu caída, no busques excusas, asume tu responsabilidad; eso te hará crecer en conocimiento propio y humildad. Valórate en lo que eres y no en lo que  haces; concéntrate en que tu naturaleza no es omnipotente y tienes limitaciones. Echando la culpa a otros solo consigues ocultar y aumentar tu decepción.

*No te compares. Ya hemos dicho en otros lugares que en la evaluación del crecimiento espiritual no valen comparaciones con nadie. La persona que sigue un camino espiritual vive la soledad del corredor de fondo, que consiste en valorar la resistencia y perseverancia personal, controlar los pensamientos y las emociones en soledad, no ver en la carrera de la vida un desafío contra nadie, aceptar  que es una lucha con un mismo y  no esperar de fuera ningún reconocimiento inmediato

*Mira al vencedor con ojos de misericordia. Cuando pierdes, ¿cómo juzgas al ganador? ¿qué dices de los que salen victoriosos? En tu aceptación y capacidad de gozo con el que gana tienes  un buen criterio para evaluar tu progreso espiritual.

*

Desde el prisma cristiano la victoria tiene mucho de pérdida en lo humano para obtener ganancia en lo divino. Es más, cuando se corre con fe la aceptación de la debilidad lleva implícito el socorro de Dios para salir victorioso."Muy a gusto me glorío de mis debilidades -dice san Pablo-, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Cor 12,9-10).  

En la carrera de la vida espiritual es conveniente soltar valores mundanos, vencer los miedos a perder fama, poderes o dineros, y esforzarse por ganar como sea la vida en Cristo. San Pablo lo dice así: “Lo que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: “todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo” (Filip 3,7-8)

Saber perder es saber vivir, porque en la vida no todo es ganancia. Quizá la mayor de estas ganancias sea la pérdida de todo. Contempla a Jesús en la derrota de la cruz, que es, empero, su victoria.  “La cruz es necedad (tontería, derrota, fracaso) para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Cor, 1,18). Párate a meditar este koan tan evangélico: perder es ganar; dichosos los pobres, los que sufren, los perseguidos; dichosos (cf Mt 5,3-12).

Aprende en Cuaresma a vivir tus derrotas externas desde la victoria de la Pascua: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». (Mc 9,35). Humildad, esta es la receta para salir vencedor en todas las derrotas.

Marzo 2025

Casto Acedo

lunes, 17 de marzo de 2025

¡Alegraos con los que están alegres!

“Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran” .
(Rm 12,15).
En una entrada muy anterior comentábamos que las personas y los acontecimientos que se cruzan en nuestra vida suelen generar en nosotros tres tipos de reacciones: *simpatía (nos caen bien, aceptación), *antipatía (nos caen mal, rechazo) o *indiferencia. Y anotábamos que la peor de estas tres reacciones es la indiferencia, porque al que nos es simpático le sentimos cercano, le acogemos y le ayudamos; al que nos es antipático le miramos, aunque sea con cierto grado de odio y con la conciencia de que deberíamos amarle más; pero el indiferente no produce en nosotros ningún sentimiento, lo cual nos conduce a la pasividad y el descarte. Si observamos bien los parámetros del mundo vemos que su gran pecado es la indiferencia. ¿No has pensado nunca en el hecho de que lo que más ofende a alguien es el saberse ignorado? Eses es el gran pecado: la ignorancia de la compasión  (fraternidad) universal que lleva a la indiferencia.

Hecha la introducción, y dejando claro que el crecimiento espiritual auténtico pasa por el despertar a la presencia de quienes sufren y, sobre todo, de la gran masa de aquellos en los que ni pensamos (compasión universal que elimina la indiferencia), nos ocupamos en este tema de la “compasión en el regocijo o alegría”.

Compasión en regocijo 

Como dice el libro del Eclesiastés: "Todo tiene su momento: tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar” (3,1.4). Compasión en sentido amplio es “reír con los que ríen y llorar con los que lloran” (Rm 12,5). En nuestra cultura el sentimiento de compasión e asocia a cierta lástima o pena ante la desgracia que produce el dolor o marginación del otro. Pero también es compasiòn la solidaridad con el que es feliz,  gozarse en  las risas y el baile del prójimo, como alude el Eclesiastés, o saltar de gozo al contemplar la alegría del otro (cf Lc 1,41-44). Existe una compasión en la alegría o  regocijo empático del que aquí nos ocupamos, que  consiste en la capacidad de sentir alegría genuina por el bienestar o el éxito de los demás; la virtud de alegrarse sinceramente por el otro haciendo mía su dicha.

El regocijo empático que señalamos es una forma privilegiada de expresar el amor altruista que consiste en desear que la otra  persona permanezca en la mayor felicidad posible y que reúna todo lo necesario para que su felicidad sea sostenible, es decir, sólida y perdurablea.  Cuesta alegrarse con los que se alegran porque el egocentrismo inclina a que la felicidad de otros se mire con recelo, dando lugar a celotipias que conducen a críticas infundadas o al rechazo crudo y directo.

Es muy beneficioso practicar la compasión en esta vertiente de gozo del bien ajeno porque neutraliza el sabor amargo que puede producir el vivir siemrpe sumergidos por solidaridad en el dolor de otros;  ser empáticos con el sufrimiento ajeno puede quemarnos y arrastrarnos a a la tristeza; podemos meternos tanto en el dolor, en sus contrariedades, que la situación nos lleve a hundirnos o a ser aplastados bajo el peso de la tristeza. De ahí la importancia de contrarrestar la compasión en el sufrimiento equilibrando con la compasión en el regocijo.

Alegrarse en el otro

Regocijarse con otro es gozarse de que sea una persona sana, virtuosa, positiva, feliz. Es una práctica muy recomendable porque reduce en mí el egocentrismo que coloca el deseo de mi  propia alegría en el centro, como si el objetivo primero de la vida fuera “ser feliz yo”. 

Para que el regocijo en el bien del otro sea más efectivo es mejor enfocarse en las causas internas de la alegría del otro. Hay cosas exteriores que generan un momento puntual de alegría, como pueden ser un premio de la lotería o un problema al fin solucionado; pero existen también causas internas más sólidas que hacen feliz la persona, como pueden ser la bondad, la calma o la coherencia de vida que luego se reflejan en un rostro feliz; gozarse en ese tesoro de gozo profundo que se admira beneficia más que hacerlo en alegrías puntuales. La clave está en sentir de corazón la buenaventura del prójimo y cimentar mi alegría interior en el gozo que su contemplación me produce. Cuando hago esto estoy implementando en mi la virtud de la alegría: la esperanza, que no consiste en las expectativas puestas en el futuro, la ilusión de que a mí me ocurra lo mismo que a quien amo en su felicidad, sino en la certeza de que soy feliz en el presente participando de la felicidad del otro, con la conciencia de que esa felicidad me brota de dentro; la felicidad del otro es mi felicidad. 

Es importante no asociar el propio optimismo con el futuro, con algo que esperas que pase: que te inviten, que te llamen, que consigas esto o lo otro. No tienes garantía de nada de eso. La felicidad que se asienta en la verdadera esperanza está dentro, y no es otra que Dios interior intimo meo,  "más interior a mi que yo mismo" (San Agustín), que me lleva a gozarme en Él y con Él a gozarme en el gozo de mis hermanos.

La envidia

La antítesis del regocijo en el bien ajeno es la envidia; en vez de alegrarnos tendemos a despreciar u odiar la alegría del otro. La envidia descoloca el propio ser, que no quiere ser él mismo sino aquel al que envidia, lo cual le saca de sí y le produce una constante insatisfacción; sólo siendo tú, ahondando y amando tu especial identidad, puedes se feliz. San Pablo nos recuerda que “el amor no es envidioso, no es jactancioso, no se envanece”(1 Cor 13,4), lo cual implica que el amor auténtico se alegra del bien del prójimo, pero no lo ambiciona desordenadamente; hay una actitud de gratitud y reconocimiento de que toda bendición, todo gozo y alegría, proviene de Dios y es motivo de celebración, incluso cuando no me toca directamente.

La envidia es peligrosa. La Sagrada Escrituea advierte: “No sintamos envidia unos de otros” (Gal 5,26), ese sentimiento frustrante de percibir las bendiciones de los demás como una amenaza para mí en lugar de un don de la bondad de Dios hacia otros que a la larga me beneficia a mí. Dice san Juan dde la Cruz:

“Acerca de la envidia muchos suelen tener movimientos de pesarles del bien espiritual de los otros, dándoles alguna pena sensible que les lleven ventaja en este camino, y no querrían verlos alabar; porque se entristecen de las virtudes ajenas, y a veces no lo pueden sufrir sin decir ellos lo contrario, deshaciendo aquellas alabanzas como pueden, y les crece, como dicen, el ojo no hacerse con ellos otro tanto, porque querrían ellos ser preferidos en todo. Todo lo cual es muy contrario a la caridad, la cual, como dice san Pablo (1 Cor. 13, 6), se goza de la verdad; y, si alguna envidia tiene, es envidia santa, pesándole de no tener las virtudes del otro, con gozo de que el otro las tenga, y holgándose de que todos le lleven la ventaja porque sirvan a Dios, ya que él está tan falto en ello” (1 Noche 7,1).
Observa cómo el santo carmelitano considera importante gozarse de las virtudes de los otros, de su fidelidad en el seguimiento de Jesús, cuando vemos que supera con creces nuestra virtud. Y, por supuesto, es importante no envidiar de otros riquezas que son más para pérdida que ganancia: 
 “No temas cuando se enriqueciere el hombre, esto es, no le hayas envidia, pensando que te lleva ventaja, porque, cuando acabare, no llevará nada, ni su gloria y gozo bajarán con él (Sal 48,17-18). Procura ser siempre más amigo de dar a otros contento que a sí mismo, y así no tendrás envidia ni propiedad acerca del prójimo” porque no buscarás beneficiarte de lo que tiene sino darle lo mejor de ti. (Ibid, 3 Subida 19,1).


Vive la diferencia

Para no caer en el vicio de la envidia hemos de considerar una vez más algo muy repetido en nuestros encuentros: “no te compares con nadie”, porque las comparaciones son nefastas y odiosas. Cada cual tiene su camino. 
“ Nadie fue ayer, 
ni va hoy, 
ni irá mañana  
hacia Dios 
por este camino que yo voy. 
Para cada hombre guarda 
un rayo nuevo de luz el sol 
y un camino virgen Dios 
(León Felipe).
Jean Cadilhac (1931-1999), obispo francés, dijo muy acertadamente que “cada uno debe buscar su camino. ¿Pero cómo se va a reconocer el buen camino para no perderse? Una de las señales de que estamos sobre la Senda (mi camino es el Camino) es cuando aceptamos vivir la diferencia. Esto se manifiesta en el rechazo de la envidia, el fin de la mirada oblicua que juega, sin mostrarlo, a reglamentar en los demás su marcha y su paso… Si nosotros encontramos nuestro camino, no sufriremos ya viendo a los demás seguir el suyo. Les reconocemos su derecho a seguir un camino diferente”. Y prosigue: “En el evangelio, Jesús pone en marcha, pero no señala la ruta a seguir. Dice: ‘Ven, sígueme’, pero no nos dice a dónde nos lleva. Y el camino del uno no es el camino del otro. Cada vez más, nosotros debemos buscar vivir una Iglesia polifónica en la que cada uno es amado y apreciado por su voz”.

La envidia desaparece cuando acepto desde el fondo de mi ser que tú seas tú y al mismo tiempo me doy permiso para ser yo. Quien se afianza en su particularidad con humildad no comparándose con nadie, considerando dichosos a quienes le superan (compasión en el regocijo) y sintiendo como propia la situación de quien parece estar más abajo que él (compasión en el dolor), encuentra el equilibrio que le libera de la envidia y la soberbia.

Deléitate en el bien

Aprende, por tanto, a mirar cuánto bien y bondad hay en el mundo y deléitate en ello, sin envidias, con alegría empática. Si importante es sentir compasión con los que penan y ayudarles a salir del sufrimiento no menos importante es reconocer, saborear y celebrar la felicidad del otro a fin de corregir el desequilibrio que suele generar la envidia como fruto del egocentrismo.

Hay muchas cosas maravillosas ocurriendo en el mundo: hay personas maravillosas al servicio de los demás, muchas personas bondadosas que protegen y cuidan a los hermanos y a la naturaleza. No todas salen en las noticias, más dadas éstas al catastrofismo, pero si abres los ojos y te alegras por lo positivo que circula por el mundo, tienes razones más que sobradas para una visión optimista de la realidad y unos motivos más que suficientes para sentirte feliz como parte de un mundo así. Aunque los profetas de calamidades anuncien que se acerca la oscuridad, no te dejes llevar por ellos; el amor es más fuerte que la muerte, la felicidad más potente que la tristeza. Imprégnate de la luz del regocijo en tu meditación, alégrate del bien de tus hermanos, y cura tus tendencias a amargarte la vida con la negatividad.

¡Alégrate con los que se alegran! Mantén viva en ti la verdadera esperanza, la que se apoya en la alegría interior y con la serenidad que da esta alegría afronta la esperable  desesperanza de las expectativas no cumplidas y las ilusiones desvanecidas.

Marzo 2025
Casto Acedo

domingo, 9 de marzo de 2025

Rememorando

Releyendo algunas entradas pasadas me he econtrado con la que aborda el paso de la cueva al valle, del recogimiento interior a la vivencia exterior, del retiro espiritual a la vida. 

Yo mismo me sorprendo de lo que escribí entonces. Aprendo de mí por aquello de no compararme con nadie que considere mejor que yo, ni con quien considere peor, sino conmigo mismo ayer.

En la dinámica de la conversión la cueva me parece signo de algo necesario y válido en su momento, pero viejo e inservible si no se supera. Es lo que pretendía decir en el texto. La conversión cuaresmal, pide relativizar las devociones y los rezos, y entrar en confrontación,  en contacto con la realidad en su crudeza, en adversidad. Esta es la experiencia del "valle", experiencia de cargar con la cruz como modo de llevar adelante las realiades concretas que vivimos. 

Hoy lo leo lo escrito entonces a la luz del tiempo de Cuaresma; y me resulta interesante por lo que tiene de invitación a la conversión, el cambio de mentalidad (metanoia), al abandono de viejos patrones para avanzar en la búsqueda de algo nuevo.  La Cuaresma me parece un tiempo propicio para trabajar mi espiritulidad activa siendo creativo y revolucionario en el mismo entorno en que antes era mimético y conformista.

¿Estamos preparados para abordar cambios decisivos en la propia vida? Esa es la cuestión. 

Espero que os sirva de reflexiòn cuaresmal la relectura de esta entrada; un buen alto en el camino para evaluar como va cada cual en su proceso espiritual. 

Para releer:

 https://meditacionyoracionpersonal.blogspot.com/2023/09/salir-de-la-cueva-entrar-en-el-valle.html

Nos vemos el miércoles a las 7,30 h. Bendiciones. 

*
Marzo 2025
Casto Acedo

martes, 25 de febrero de 2025

La compasión en hervor


Cuando los hermanos de José vieron que había muerto su padre, se dijeron: «A ver si José nos guarda rencor y quiere pagarnos todo el mal que le hicimos». Y mandaron decir a José: ...Perdona a tus hermanos su crimen y su pecado y el mal que te hicieron. ... ». José al oírlo se echó a llorar. ... «No temáis, ¿soy yo acaso Dios? Vosotros intentasteis hacerme mal, pero Dios intentaba hacer bien, para dar vida a un pueblo numeroso, como hoy somos. Por tanto, no temáis; yo os mantendré a vosotros y a vuestros hijos». Y los consoló hablándoles al corazón” (Gn 50,15-21).
*
Podríamos titular este tema como Mantenernos a flote en aguas turbulentas, o recurriendo a un título más bíblico: Abundar en gracia cuando aprieta el pecado (cf Rm 5,20). Lo titulamos La compasión en hervor,  porque me parece un buen resumen. No somos perfectos y tendemos al juicio y la condena, especialmente cuando nos hierve la sangre a causa de circunstancias o apreciaciones más o menos explícitas que nos están humillando. 

El texto del Génesis, que se enmarca en la historia de José (cf Gn 39-50), con el cual hemos abierto este tema nos sirve de introducción en clave bíblica. José, ministro del Faraón en Egipto, hace una lectura sorprendente por insólita de la maldad con la que actuaron sus hermanos cuando le vendieron por envidia a unos mercaderes:  «Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios.  Pero ahora no os preocupéis, ni os pese el haberme vendido aquí, pues para preservar la vida me envió Dios delante de vosotros" (Gn 43,4-5). El texto da a entender que el milagro de la compasión se da cuando se supera la lógica mundana de la venganza. "Vosotros intentasteis hacerme mal, pero Dios intentaba hacer bien, para dar vida a un pueblo numeroso, como hoy somos. Por tanto, no temáis" (Gn 50,20-21).

Con la fuerza de la compasión y el perdón Dios saca el bien del mal; del daño hecho a José saca la salvación de toda la familia de Jacob, el pueblo de Israel. Sólo se necesitó que José pusiera misericordia donde la lógica mundana esperaba venganza. Es todo un adelanto de lo que da a entender Jesús tras la resurrección: vosotros me condenasteis y me llevasteis a la muerte en cruz, "¿no era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?".(Lc 24,26). "Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él." (1 Jn 4,9). "Sus heridas nos han curado” (Is 53, 5). Gran paradoja: Dios saca vida de la misma muerte; el amor compasivo de Dios es más fuerte que el odio del mundo (cf Cant 8,6; Hch 2,36). Ahí tenemos el camino.

* * *

No es bueno alegrarse del mal ajeno

Es fácil sentir compasión hacia personas apreciadas o queridas, pero no lo es tanto cuando se trata de compadecer a quienes han provocado en nosotros rechazo o enfado. La actitud lógica ante los sufrimientos del enemigo suele ser la indiferencia o el deseo de mal. Anda ya, ¡que le zurzan!, oímos decir a muchos cuando pasa un mal momento aquel que lo hizo pasar a ellos o no se ocupó de ayudarles cuando lo esperaban. Quien adopta esta actitud ni sana al prójimo ni se beneficia él mismo. En el juego del odio y del desprecio todos salen perdiendo

Es importante detenernos a mirar, meditar y corregir nuestra tendencia a ignorar, o incluso desear maliciosamente, que quienes identificamos como enemigos o antagonistas sufran las penas que consideramos merecen por sus pecados. Mucho daño nos hacemos a nosotros mismos cuando nos sale la vena justiciera. Esta vena contradice totalmente la sabiduría divina que en el Nuevo Testamento enseña que el amor genuino “no se alegra de la injusticia” (1 Cor 13,a). Ya el Antiguo Testamento decía: "No te regocijes cuando caiga tu enemigo, y no se alegre tu corazón cuando tropiece” (Prov 24,7)

¿Por qué no es buena la actitud o deseo de mal para quien es malvado o  consideramos como tal? Primeramente porque cualquier modo de odio o desprecio del prójimo es irreconciliable con nuestra naturaleza original de hijos de Dios creados a su imagen y semejanza (Gn 1,26). Por creación somos bondad, amor, luz, perdón; y esta naturaleza tiene un potencial infinito que queda mermado a causa de la seducción del mal y la aparición del ego (pecado original) que nos aleja tanto de Dios como de nosotros mismos.

La naturaleza prístina o pura de la persona queda manchada cuando se deja llevar por el odio o el desprecio; queda herida pero no muerta. Adán, por su des-obediencia (no-audiencia de la sabiduría de Dios) pierde la semejanza con Dios, pero al decir de algunos santos padres de la Iglesia,  no pierde su imagen; sigue siendo bueno, capaz de abrirse a la verdad y capaz de amar. Con la ayuda de la gracia puede bucear en su interioridad e ir sacando del baúl de sus entrañas lo que hay en él de divino aplicando el bálsamo del perdón cuando todo invita al odio.


¿En qué nivel de satisfacción 
nos encontramos nosotros y los demás?

Nos pasamos la vida intentando vivir en un estado de felicidad y regocijo perenne. Algo nos dice que podemos vivir del mismo modo que Adán antes de que el paraíso perdido oscureciera la lucidez de su alma; y anhelamos ese estado. Es connatural a la humanidad la nostalgia de un Dios que sigue atrayendo e invitando a las criaturas a la perfección, hacia eso que las religiones orientales llaman iluminación y la cristiana conversión o regreso a la casa del Padre (regreso al estado original del ser). 

En la parábola del hijo pródigo, el reencuentro de éste con el Padre es un momento de retorno a la satisfacción, al gozo y la paz de que gozaba antes de marcharse y de la que no había sido consciente: “Cuántos jornaleros de mi padre -dice el hijo menor- tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre,” (Lc 15,17-18). Anheló el estado primero y confíó en no  hallaría cerrada la puerta a su regreso. 

¡Qué lejos del concepto de Dios como juez justiciero inmisericorde que parece tener el hijo mayor de la misma parábola! Éste sufre de envidia por la bondad del padre y de celos a causa del hermano: "... cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado” (v.30). El rencor le aleja del padre y del hermano; la expresión despectiva "ese hijo tuyo" es toda una declaración de condena.

Muy a menudo buscamos la satisfacción ahí fuera, en el mundo; y en la medida en que nos obsesiona lo externo nos alejamos del estado interno de felicidad genuina; fuera de nosotros vivimos como mucho en simulacro de felicidad, con un grado muy escaso de satisfacción, vviendo entre los cerdos, alejados de la alegría y el gozo del amor divino. Estos “simulacros de felicidad” que nos vienen del mundo actúan en el alma generando un continuo mental de conceptos y emociones tóxicas que contaminan la pureza y transparencia de nuestra alma. Cuando nos vivimos desde la exterioridad, las relaciones altruistas corren el riesgo de empañarse porque se vive en la obsesión de ser valorados y estimados; y las gafas del egoísmo impiden ver y alcanzar la verdadera sabiduría, esa que solo se alcanza con una mirada inocente y abierta a lo universal. Nuestras facultades cognitivas y afectivas quedan deterioradas cuando nuestro amor es posesivo, estrecho, egocéntrico y cerrado al diálogo.

Cuanto más nos colocamos en el centro de todo (egocentrismo) más se darán las circunstancias internas pra sentirnos ofendidos, marginados o humillados, y más expuestos estaremos al hervor del corazón que nos impedirá  discernir, decidir y actuar con amor. Con las entrrañas revueltas se tiende a perder la advertencia amorosa a  Dios y al prójimo, y acabaremos odiando y haciéndonos daño a nosotros mismos; porque quien siembra vientos, cosecha tempestades. 

En resumen: mientras más energía gastemos dedicándonos a buscar la satisfacción, el bienestar o la felicidad fuera de nosotros, más aumentará nuestro nivel de insatisfacción y  desajustes que impedirán estar en armonía con quienes somos realmente (hijos de Dios, amor, bondad, paz). Y esto debe ser tenido en cuenta a la hora de analizar la propia vida. Y, como veremos en el siguiente apartado,  también lo tendremos en cuenta de cara a evaluar las vidas ajenas. Desde unas vidas obsesionadas por el poder, el dinero y el éxito, parece comprensible que haya quienes se  muestren despreciadores o violentos con los demás. 

¿En qué situación viven 
quienes molestan o agreden a los demás?

Un principio importante a tener en cuenta: el malvado es más una víctima que un verdugo, es más un sufridor que un malhechor. Esto es importante tenerlo en cuenta porque la tendencia habitual es la de ver en él a un culpable; y con facilidad tendemos a considerar que el  malvado al que juzgamos inmisericordemente practica su maldad con plena conciencia de ella y es por ello el origen de mis problemas, de mi dolor, de mis sufrimientos y, en definitiva, de mi insatisfacción vital.

Mirado desde Dios es más realista, beneficioso y justo considerar al agresor más como una  tormenta que como una flecha dirigida conscientemente hacia nosotros. Una tormenta no se da sin la confluencia de muchos factores: presión atmosférica, humedad, diferencias de temperatura a ras de tierra y en la altura que generan corrientes de aire y vientos adecuados para que se origine un ciclón, etc... La confluencia de múltiples factores puede dar paso a la tormenta perfecta con nefastas consecuencias para las cosechas, las viviendas, las embarcaciones, las comunicaciones,  etc. No hay un factor concreto y directo que provoque el daño sino la confluencia de factores. Del mismo modo, quien desata su odio o su ira contra otros suelen ser personas en las que confluyen una serie de circunstancias que generan su agresividad. Normalmente son factores ajenos a su elección y en gran medida inconscientes, fruto de las propias frustraciones, que no dejan pensar ni discernir con claridad lo que se está viviendo y por qué se está reaccionando de tal o cual modo. Visto desde aquí no hay  personas tóxicas; sólo es o puede ser tóxica la confluencia de ingredientes perturbadores que vician las relaciones.


Agresor inconsciente y agresor consciente

Podemos advertir que, de hecho, se puede dar una agresividad inconsciente y otra más consciente. La primera es cuando una persona daña a otra, pero con un daño colateral. La intención no era causar daño, sino beneficiarse. Por ejemplo: robar; no quieres hacer  daño a nadie, simplemente quieres poseer algo nuevo; o, más simple, nos apuntamos el éxito del trabajo que ha hecho otra persona; no quiero desprestigiar a nadie, pero de manera egocéntrica y torpe, exagero mi participación en un proyecto exitoso en el que no he llegado a poner ni el diez por ciento; prácticamente todo el trabajo lo hizo otro, pero la inconsciencia de mi egolatría me lleva a atribuirme todo el mérito.

Pero lo verdaderamente grave y dañino es causar daño intencionadamente. Quien busca conscientemente dañar buscando la propia felicidad está sometido a la esclavitud de la ignorancia espiritual. Nadie está más lejos de la felicidad que quien la busca a la sonmbra del sufrimiento de otra persona. Esto no necesita de muchos argumentos para explicarlo, porque no hay manera de argumentar racionalmente cómo tú puedes ser feliz si alguien sufre; cómo puedes tener ventaja robándole el puesto a otra persona, cómo puedes sentir satisfacción por la buena marcha de tus negocios si los haces dañando conscientemente a la competencia. No se puede extraer directamente la felicidad del sufrimiento del otro.

Pongamos un caso típico. Cuando alguien comete un crimen los familiares o amigos piden justicia. Y por tal justicia unos entienden que el criminal sea castigado, y otros que el criminal sea encarcelado para proteger a las personas del daño que el reo pudiera hacer en el futuro. Son dos cosas muy diferentes. En el primer caso se trata de querer que alguien que ha hecho algo malo sufra siendo castigado. Y eso ese deseo es algo que daña al alma. Sembrar odio en el corazón es cultivar espinas y abrojos que no pueden dar frutos buenos. ¿Qué haría Jesús? ¿Condenó a la mujer adúltera o sólo su pecado? “Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8,11), ¿deseó Jesús el mal a los agresores o se compadeció de ellos a causa de su ignorancia?: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

Sea intencional o no, los daños que una persona hace son señales que apuntan a que dicha persona merece compasión por el hecho de estar obsesionada consigo misma. En el primer caso que citábamos la persona puede ser digna de compasión por estar viviendo de una manera torpe, víctima de un egocentrismo incosciente que le hace sufrir día tras día. En el segundo caso, cuando alguien desea conscientemente que otras personas sufran, no hay duda de que estamos ante alguien que está sufriendo mucho por la paranoia que padece, y necesita más de nuestra compasión. Una compasión que no significa que debamos apoyarla para que tenga más ventaja en el mundo; tampoco que hayan hecho más méritos para merecer la compasión; significa que esa persona padece una enfermedad grave, y que, por tanto merece que deseemos que se libere de ese mal o enfermedad, del sufrimiento que comporta y de las causas que lo producen. 

Tal vez, a nivel práctico, se pueda ayudar a quien es violento y ha hecho gala de ello. Puede que lo mejor es que esa persona sea privada de libertad física en una cárcel, o que reciba terapia de rehabilitación en un centro de ayuda a fin de que no pueda dañar a nadie más en el futuro. En cada caso concreto la compasión la podemos ejercer jugando con las circunsgtancias concretas y las posibilidades de actuación. 

*

Reflexionemos sobre esto. Aprendamos a tener una mirada compasiva sobre quien consideramos malvado y cuyas acciones percibimos como premeditadas y a propósito. Se trata de "amar en hervor", superar el instinto y patrón conductual de agresividad automática  contra quien percibo se me acerca en actitud agresiva; calmar el hervor explosivo de mi alma, pacificar mi corazón en momentos propicios para el acaloramiento. Aprende ahí a sacar agua del lodo que patrones de conducta violentos acumulan. 

Piensa: quizá esa persona que te amenaza sólo está viviendo los efectos de una tormenta perfecta, de unas circunstancias extremadamente difíciles en su vida, y, por las casualidades del destino choca con nosotros que nos lo tomamos como algo personal. ¿Nos molestamos y nos ofendemos por una tormenta? Tampoco deberíamos enfadarnos con una persona atormentada por sus miedos, sus inseguridades o sus emociones. No nos precipitemos en nuestros juicios; démosle al amor compasivo la oportunidad de desarrollar sus potencialidades ayudando a quien no parece merecer nuestra compasión.

Febrero 2025
C. A.

miércoles, 29 de enero de 2025

Tres consejos al hilo de la compasión.

Al hilo del tema global de la compasión y la adversidad que  hay que superar para lograrla, van tres consejos o apreciaciones que debemos considerar importantes y que no podemos eludir practicar: No herir a nadie, considerarnos servidores de la humanidad y evitar la compasión equivocada.

1.    No toques las heridas de nadie

No hieras la sensibilidad de otros tocando temas o situaciones que le duelen, porque cada persona tiene suficiente con sus sufrimientos para que tú vayas y les agregues más. 

Esto suele pasar mucho en relaciones cercanas e íntimas, cuando las personas se conocen demasiado bien. De repente surge un conflicto y las aguas se revuelven, y hay quien aprovecha para sacar basuras presentes o pasadas; incluso algunos alardean de adivinos y se atreven a vaticinar futuras basuras.

El ego puede ser frío e implacable en estas situaciones, y goza de aplastar y humillar a quien supone le ha herido. Y essto es terrible cuando tiene en sus manos un plano detallado de los puntos flacos que el mismo atacado le entregó en tiempos de confianza mutua. ¿Hay algo más duro, despreciable y reprochable que sacar los viejos trapos sucios de quien ha compartido contigo sus miserias y te ha abierto el corazón esperando comprensión? ¿No es alta traición hacer un uso mezquino de aquello que en su momento la otra persona compartió como regalo de amistad?

Si tiendes a caer en esa conducta corrígela. No recuerdes a propósito algo que pueda dañar a otra persona; al contrario, tómate un tiempo para observar y descubrir qué inquieta o molesta a esa persona y asegúrate de no tocar ese tema, de no sacar a la luz ese problema que esa persona no está dispuesta aún a afrontar o a embarcarse en solucionar. Y si has caído en el error de herir a alguien aprovechándote de algo que te ha sido confiado en tiempos de buenas relaciones, corrige, reconcíliate; quien no lo hace carga con la falta toda tu vida.

2.    Ama a los demás más que a ti mismo

Es verdad que para amar a otros has de comenzar por amarte a ti mismo. Pero si me amo a mí mismo y descubro que “soy amor” no cabe duda de que la mejor forma de ser yo mismo es amarme y amar a otros olvidándome de mí mismo. Sabemos que las personas que aman dejan verse a sí mismas como personas que se valoran por encima de otras. Por otro lado es evidene que quien se odia a sí mismo difícilmente ama a nadie.

Cuando hablamos de superar el egocentrismo y llenarnos de amor bondadoso, altruismo o compasión no estamos sino invitando a la igualdad, a reconocer el derecho que tienen los demás a merecer los mismos bienes que nosotros merecemos.  Pero como cristianos somos invitados a ir más allá. De esa forma equilibramos el péndulo de nuestra vida, que suele tender a mirar más por uno mismo que por los demás.

La espiritualidad cristiana invita a amar al prójimo incluso cuando éste se plantase ante ti como enemigo: “No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto, sino al contrario, responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados, para heredar una bendición.” (1 Pe 3,9; cf Mt 6,40-42). El camino cristiano es el de pasar del extremo egocéntrico del péndulo de los sentimientos al extremo contrario, punto al que podemos llamar “amor excesivo”. Cuando este amor se practica vamos a mejor más allá del punto medio y recuperamos el equilibrio en nuestra vida.

Hay que advertir, no obstante, que al aconsejar este “amor extremo” no estamos proponiendo el aceptar ser víctimas de maltrato o abuso por parte de los demás. Lo de Jesús en la cruz no fue victimismo; todo lo contrario, fue resiliencia o resistencia al mal, un amor activo muy distinto a la sumisión pasiva del victimista. La vida de Jesús no fue la de una víctima que se instala en la queja sino la de un profeta consciente de su deber de actuar para cambiar el mundo. Por tanto, ¡cuidado con el victimismo! No seamos víctimas sino profetas que pueden sufrir persecución porque aman al prójimo más que a sí mismos.

Entrénate en pensar que las necesidades de los demás son más importantes que las tuyas. En la búsqueda de la felicidad y la paz todas las personas son idénticas a ti, comparten tus mismos deseos y anhelos al respecto. Aunque haya diferencias superficiales en el fondo somos iguales.  Y si tú deseas que todos te traten con deferencia, ¿por qué no tratar con mayor deferencia a los otros? 

Un motivo por el que deberíamos amarlos más que a nosotros mismos es el de saber que tal vez se encuentren más indefensos que yo porque no han tenido las mismas oportunidades de formación y sus recursos para lidiar con los problemas son menores. A medida en que creces en recursos para afrontar los obstáculos y aumentar la calidad de tu vida es lógico que sientas la necesidad de ayudar a quienes sabes y sientes que están en una situación más precaria, no por razones externas sino por razones internas, por lo que están viviendo  internamente y la impotencia de no saber cómo salir del atasco. 

Para amar al prójimo más que a uno mismo conviene cultivar una visión comunitaria de la humanidad, contemplarla  como una barca en la que estamos todos y en la cual cada uno tiene su turno para remar. Hay momentos y etapas en las que otros reman por ti, y ahora es tu turno. Lo harás si te despojas de la arrogancia de creerte con más derechos que los demás y eres capaz de ver que los otros necesitan de ti como tú has necesitado y necesitas de ellos en otras ocasiones.

En fin, en lo que respecta a todo esto, aprende a considerarte servidor; haz tuyo el aforismo de Jesús:“no he venido a ser servido sino a servir y a dar mi vida por muchos” (Mt 20,28). ¿Hasta qué punto podemos y debemos servir a los demás? Depende de lo que los otros quieran, de cuánto se dejen ayudar, de las posibilidades y recursos que disponga cada cual para ello. Lo importante es eliminar las resistencias internas, el miedo o el orgullo que pueden frenar la disposición para darse del todo a los otros.

  Entrénate en esto de modo concreto y sencillo. Tal vez nunca se de te la oportunidad de dar tu vida por los demás en un acto de martirio supremo, pero sí que tienes la oportunidad de ir matando tu ego en pequeños detalles de la vida cotidiana que te entrenarían para grandes sacrificios. Por ejemplo, cada vez que sirvas la comida, piensa si hay suficiente para los demás; escoge la porción menos de comida; interésate si todo el mundo tiene lo que necesita; si todos están cómodos en una reunión; deja el sitio a otros en el autobús o donde no haya plaza suficientes;  escucha atento las opiniones de otros; párate a escuchare al mendigo que reclama tu ayuda; está atento y ayuda a quien te necesita antes de que te lo pida; etc. Son formas y maneras sencillas de entrenarte en cosas que equilibran el péndulo  de la vida, que a veces se inclina al extremo  del egocentrismo.

3.     Mira bien a quien compadeces

Hay que saber bien de quien me compadezco. Porque hay quienes sufren al ver a personas pasando malos tragos, dificultades, etapas, que son necesarias para su crecimiento. Y a esas personas no hay que compadecerlas; sólo desear y pedir que su sufrimiento les ayude a crecer.

Unos ejemplos. Si un niño sufre porque ha sido castigado por algo que hizo mal,  o un opositor prepara su examen sometiéndose a un encierro penoso,  ¿hay que compadecerlos?, ¿no estaríamos ante una compasión equivocada? Desde luego que nos estaríamos equivocando.  Igual que si nos compadecemos por el novicio o novicia que ha entrado en clausura y sufre los rigores de la adaptación a la nueva vida en el espíritu. Todo aprendizaje lleva consigo esfuerzo y sufrimientos. Quitarlos no es un acto de compasión sino de paternalismo nocivo. No madurará nunca el niño al que se le quita todo obstáculo, ni alcanzará la iluminación el principiante de un camino espiritual a quien se le impide experimentar el dolor y el desconcierto que produce el paso por  la noche oscura de la fe.

Aunque los niños, los aspirantes a aprobar un examen o los practicantes espirituales estén pasando dificultades -ayunos, aislamiento, privaciones, etc- están creando las causas y las condiciones de una futura felicidad genuina. Por tanto, no tiene sentido tener compasión por ellos, porque están mejor que los demás. Lo único que les falta es tiempo. La semilla sembrada pudrirá el ego y dará paso a una cosecha abundante (cf  Jn 12,24).

En vez de compadecer a esas personas deberíamos enfocar nuestra compasión hacia quienes lo están pasando pipa sometidos a las sensualidades del mundo, a quienes están en el pico de su éxito, a los que viven su momento de gloria mundana; también debeeríamos compadecer a las personas que están consumiendo mucho alcohol u otras  drogas; o a las que viven arrogantemente encantados por sus expectativas futuras, y que en dos o tres años van a vivir sufriendo como condenados. ¿Cómo van a tolerar el bajón? La mayoría no podrán si no tienen un grupo de soporte muy cercano.

Cuando veas a personas aparentemente admiradas y que tienen éxito, pero que prestan mucha atención a su apariencia, obsesionadas por el último adelanto en cirugía estética, preocupadas por qué tatuaje ponerse, encantadas y cegadas por los aplausos que reciben, etc., ... compadécelas; ahí es donde tienes que sentir compasión, porque están creando las causas y condiciones de su futura miseria.  

La mirada compasiva no debe fijarse tanto en las incomodidades temporales sino en qué causas y condiciones futuras se está creando la persona. ¿Está encaminada la felicidad y el bienestar o va directa a la cárcel de la adicción, la dependencia, ... el dolor? Esto es lo que hay que mirar.

Resumiendo: no compadezcas a quienes con miras a un futuro mejor pasan por momentos de dolor y sufrimiento; estos están pagando el precio de la madurez y son merecedores de ser contados entre los bienaventurados (cf Mt 5,3-12). Compadécete,  más bien,  duélete, de los que sufren sin beneficio y sin sentido a causa de su engreimiento; de los que centrados en aspiraciones materiales y mundanas viven esclavos de su trabajo y sus dineros; de los que viven flotando en el aire como una pluma sin rumbo ni control y a quienes una simple gota de agua puede hacer caer al barro; o de los que están en el pico de su éxito mundano creando las causas de su miseria.  ¿Realmente me dan pena? Cuando los observo, ¿qué siento? , ¿odio?, ¿envidia?, ¿o siento vergüenza ajena, pena y compasión? Si es el caso esto último, ¿qué puedo hacer para ayudarles?

Hay un texto evangélico que se suele malinterpretar como un anuncio de venganza y castigo, cuando lo que pretende transmitir es lástima y compasión. Se refiere a quienes van por el camino equivocado, creando las causas de su miseria. Hay quienes hablan de estos versículos como los de la malaventuranzas, y san  Lucas las detalla inmediatamente después de las bienaventuranzas. Dice  así: “¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!  ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas”(Lc 6, 24-26).  Queda claro de quienes eran los sujetos dignos de compasión para Jesús, aquellos que están creando las causas de su miseria.

Enero 2025

C.A.

lunes, 27 de enero de 2025

Amor bondadoso. Egocentrismo (Power)

 Aquí teneis el resumen del último tema que reflexionamos en el grupo. Podeis mirarlo directamente aquí o bajarlo. Clickar en foto o en el enlace de abajo. Abrir con la APP PowerPoint. 




https://drive.google.com/file/d/1g2mx0MKymUYqiy-khXh5vl8DkUhynDoZ/view?usp=sharing

C. Acedo