lunes, 16 de septiembre de 2024

Sobre el desapego (repetición, cf Nov 2022)

 Os transcribo en una sola entrada los temas del desapego que vimos en su momento hace dos años, y que han sido motivo de reflexión del retiro de esta semana. Espero que os sirva de recordatorio y de invitaciópn a "soltar"

1

SENSACIONES, APEGOS Y MIEDOS (I)


Iniciamos la segunda etapa de nuestro estudio-meditación. Si la primera etapa la podríamos poner bajo el verbo "practicar", a esta la podríamos llamar etapa del "soltar". 


Y la  iniciamos considerando nuestro mundo interior como un  “espacio”. Y, según esta imagen espacial, tenemos la tarea de “abrir ese espacio” que es nuestra vida para crecer espiritualmente,  a fin de llegar a ser “lo que soy” (espacio de y para Dios) y vivir lo que estoy llamado a ser (unión). Tu camino apunta a una “invasión divina”,  tema  importante para ir abriendo una rendija de luz a fin de que la claridad de la sabiduría divina inunde tu espacio interior.


El primer obstáculo para facilitar esa invasión es constatar que estás demasiado lleno de cosas, ideas y personas que te impiden ver y conocer tu verdadera identidad, tu "ser original". Hay que eliminar, pues, todo lo que obstruye, molesta e impide el ser tú mism@. Es necesario iniciar un camino de desapego. No puedes llenarte de Dios si antes no te vacías de otras cosas, como lo da a entender SJC cuando dice que  “Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso” (2 S 21,2). Si Dios no cabe en tu vida es porque está llena de otras cosas; tu espacio no está siendo para Dios, y por ello tampoco para ti. Sólo Dios garantiza tu libertad. Más adelante profundizaremos en esto.


El camino espiritual se puede definir como un “camino de sabiduría”, que te acerca  progresivamente a la verdad que es Dios; es como un adentrarte en la estancia que tú mismo eres visitando tus moradas interiores hasta alcanzar la más interior  “adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma” (Teresa de Jesús, 1 M 1,3), o también lo puedes ver como un proceso de liberación de los deseos que ocupan el lugar del único deseo que merece la pena. “Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón” (SJC Dichos, 15).


Negar tus deseos es desapegarte de ellos. El  mal no está en las ideas, cosas, personas, sino en el deseo de ellas, en el protagonismo que le concedemos. El deseo de algo provoca en nosotros una “atadura”, un  “apego” o un “aferramiento”. Visto desde esta perspectiva, el camino espiritual se puede denominar como un proceso o “camino de desapego”, de “soltar”, de “vaciar”, que empieza con lo más obvio: vaciarte, soltar las dependencias químicas (drogas), la de objetos, las obsesiones con personas, … y luego un soltar más sutil, que son las ideas, donde incluimos nuestro dogma personal (nuestra verdad sobre la vida). Este último es el último gran reto; soltar “mi verdad”, esa verdad que he conceptualizado y que al atarla a mis conceptos se aleja de la auténtica verdad (esto lo veremos más adelante). Se trata en este camino de seguir el consejo de Antonio Machado. “¿Tú verdad? No. / La verdad; /  y ven  conmigo a buscarla. La tuya ¡guárdatela”.

 

Desapego no es que tú no debas tener nada, sino que nada debe poseerte a ti. Nada te debe atar, ninguna idea, objeto o persona se debe apoderar de ti. Te relacionas con todo, pero no debes ceder tu empoderamiento personal, tu dominio sobre tu vida a cualquiera o a cualquier cosa. Sólo en Dios descansará tu alma (cf Salmo 61,2).


San Juan de la cruz, al hablar del desapego (a los apegos los llama "apetitos") que te adentra en la noche, dice algo que te puede ser muy útil meditar y asimilar:  

“No tratamos aquí  del carecer de las cosas, porque eso no desnuda al alma si tiene apetito de ellas, sino de la desnudez del gusto y apetito de ellas, que es lo que deja al alma libre y vacía de ellas, aunque las tenga. Porque no ocupan al alma las cosas de este mundo ni la dañan, pues no entra en ellas, sino la voluntad y apetito de ellas que moran en ella” (SJC. 1 S 3,4)

Las adicciones o apegos ocupan el alma y son semillas de inquietud y sinsentido. Ante adicciones como la droga o al juego se necesita una terapia adecuada. También para adicciones más espirituales, para relaciones insanas con personas  o con realidades espirituales aparentemente inocuas, se necesita una terapia adecuada. 


Y aquí conviene advertir de algo importante. Cuando te adentras en la práctica de meditación el apego inicial puede ser la misma práctica. Nos apegamos a las enseñanzas, las reflexiones, la práctica del silencio meditativo, por ejemplo, y en vez de ser un puro proceso espiritual lo convertimos en una empresa mundana de presunción (comparación con otros meditadores, envidias, celos, soberbia, etc.) o en un escape para nuestros problemas (meditación interesada, egoísta). Estas cosas generan aflicciones que hunden más que sanan.  Meditar no tiene ningún fin concreto, conduce a “nada”, simplemente ejercita la “apertura a lo que suceda”, a lo que sea la verdad por venir. Buena aspiración ésta para el tiempo de Adviento. 


El estudio, la meditación y las prácticas ascéticas no son un fin en sí mismos, son sólo un “medio hábil”, un instrumento del que echamos manos  para crecer; y llegará el momento en que no nos sirva y recurriremos a otra técnica o a otra enseñanza superior. No debes estancarte en ningún método o enseñanza.

 

¿Cómo discernir lo que te ata? Para saberlo puedes hacer una reflexión detenida sobre este aforismo:  Las cosas se adueñan de ti cuando les das el poder de hacerte feliz. Esta frase es toda una pista para saber cuando estamos entablando una relación inadecuada con objetos, personas o aficiones. Si queremos ser felices, con una felicidad auténtica y duradera, es preciso no dejarse atrapar en relaciones o experiencias pasajeras que roban la auténtica felicidad. Dijo Jesús que “donde está tu tesoro está tu corazón (vida) (Mt 6,21); si tu tesoro está en cosa tan baja como la satisfacción inmediata de  tus apetitos, ¿no estarás perdiendo la vida? ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?  (Mt 16,26). Si nos convertimos en adictos a experiencias mundanas pasajeras (v.g. alcohol, sexo, gula, dineros, …)  dependeremos de las cosas que las producen y ahí podemos quedarnos estancados durante años, incluso décadas. Hay que vigilar y tener cuidado.


Pero también es importante, ahora que quieres iniciarte en un camino espiritual serio, que medites acerca de personas y prácticas sociales o religiosas en las que tienes  puesta tu felicidad: tu esposo o esposa, o tu amante, o tus hijos, o tu pertenencia una asociación benéfica, o tu práctica habitual de ritos religiosos. No se trata de demonizar a las personas o las prácticas en sí; se trata de sanar la relación enfermiza que puedes tener con ellas; si esta relación es de dependencia, es tóxica (¡ojo! es tóxica la relación no aquellas personas o cosas con las que te relacionas) hay que sanarla. Si te conviene alejarte de ellas y puedes hacerlo, deberías intentarlo hasta que se sane tu relación. Luego podrás volver a ella con un talante renovado.


Concluyendo


Repito: el primer paso de nuestro camino es liberarnos de toda relación tóxica, de lo que daña y enferma nuestra alma: objetos, sustancias, personas, actividades o conductas dañinas. También hay que procurar que las prácticas espirituales no sean una trampa, una jaula de oro, hermosa pero que te atrapa en vez de liberarte. ¡Cuidado con hacer de la meditación o de otras técnicas de desapego un apego más! Meditar, orar, no es ningún objetivo; sólo es un medio. Todo está en abrirse, soltar, vaciarse, para que la Vida (con mayúsculas) fluya. Cuando cumple su objetivo, “deja incluso que el remedio se vaya; si te aferras al remedio volverá la enfermedad"  (Atisha).

Es importante abrir la mente a los demás, a todas las criaturas de la creación, ser cada vez más inclusivos, vivir un amor cada vez más universal, dejando a un lado la obsesión por el propio bienestar. Hay que tratar a todos los seres por igual. Nosotros no somos especiales. Nuestra especialidad es ser iguales a los demás. Todos queremos ser respetados, tener relaciones santas y nobles; mis anhelos no son más valiosos e importantes que los de los demás. Yo no merezco más felicidad que los demás. Y este es uno de los desapegos más importantes que tenemos que soltar, el apego al propio yo, la obsesión por el propio bienestar que descarta a los demás.

Y lo último, lo más delicado que hemos de conseguir es liberarnos del apego a la verdad. Tememos tanto ser manipulados por creencias, por dogmas, porque alguien nos lave el cerebro, que no nos damos cuenta de que estamos atrapados en nuestro propio dogma (verdad) personal.  Tenemos una visión del mundo, de lo que somos, del propósito de la vida, y ahí estamos atascados, atrapados, encerrados. Las filosofías, también “nuestra filosofía de la vida”, no son la verdad.  El último desapego, el más delicado, es soltar la palabra (mi verdad escrita, mis conceptos, mis imágenes de la realidad, el dedo que señala la luna) para poder vivenciar la verdad (la luna misma, lo absoluto, Dios). Este es el último desapego.


****


2

SENSACINES, APEGOS Y MIEDOS (II)



Ego, sensaciones y miedo.

Es interesante discernir la relación de concatenación causal que se produce entre egocentrismo, emociones aflictivas y conflictos con los otros o con uno mismo. El conflicto no sale de la nada sino que tienen su origen en un proceso interior que lo activa y alimenta.

Eego es un invento, algo que elaboramos artificialmente, como un castillo de arena  construido en la orilla el mar; y requiere mantenimiento. Da la sensación de que ese castillo tan frágil es continuamente amenazado. No nos damos cuenta de esto porque es un proceso que va casi siempre por debajo de la consciencia (por el inconsciente)  y de manera muy sutil.

El egocentrismo es el nerviosismo del ego, la necesidad que tiene de confirmar una y otra vez su validez, su existencia y su valor. Ese nerviosismo –podemos llamarlo miedo- nos hace reactivos; es decir, que cuando experimentamos algo, cuando por ejemplo, el café toca con la lengua hay contacto entre el objeto y el sentido del gusto, y se producen entonces una de las tres sensaciones: agradable, desagradable o neutral. Cierras los ojos, tocas un tejido suave, y si la sensación es grata, agradable, el egocentrismo del ego va a querer que perdure más esa sensación, vas a querer prolongar esa sensación tan grata. Y al revés, si tocas un cactus automáticamente te retraes y generas cierta aversión a esa sensación. Sensación que confundes con el objeto, pero realmente la aversión no está en el objeto,  es la sensación la que produce el rechazo, la valoración que tu cuerpo hace del objeto.  

1. Cuando tomo dulces, chocolate, miel, o cuando vivo cualquier otro instante placentero, siento una sensación agradable que inmediatamente quiero retener. Y ahí se da la solidificación del apego. No me conformo con disfrutar el momento sino que además quiero extenderlo: “¡que nadie me quite este chocolate, esta miel!, ¡que nadie interrumpa el placer que ahora experimento!”. 

Ante lo que nos gusta solemos reaccionar de una forma muy exagerada, muy por encima de lo que realmente está en juego, porque tenemos ansias de poseer y miedo de perder esa sensación en la que hemos puesto la vida. El que reacciona así no es mi “yo”, el que reacciona es mi “ego”, que es muy vulnerable y desconfía de su existencia; el "ego" quiere vivir asociado a cosas agradables y distanciado de las desagradables; cuando ve amenazado este estatus caprichoso siente miedo y reacciona exageradamente (rechazo, violencia, desprecio, etc.) contra todo lo que pueda amenazar su existencia.

2. El miedo  motiva también la aversión o rechazo del ego a determinadas personas cosas o situaciones que teme le pueden acarrear  dolor o sufrimiento. Cuando pruebo un alimento nuevo me puede producir una sensación desagradable al paladar; y el miedo a que se vuelva a repetir crea en mí una reacción de rechazo visceral a ese sabor. Esta respuesta automática puede estar impidiendo que me eduque en el camino de una alimentación sana, donde aprenda a aceptar con sabiduría aquellos alimentos que, si bien no son especialmente sabrosos, son realmente beneficiosos para mi salud. 

La aversión o rechazo por miedo a cosas, personas o situaciones que nos parecen desagradables,  hace que perdamos la oportunidad de vivir abiertos a experiencias nuevas y valiosas que quedan más allá de nuestros gustos personales. La exclusión de algo o de alguien por la mala sensación que nos produce es siempre un mal camino, porque cierra las puertas al amor universal que reclama nuestra naturaleza. El camino del crecimiento pasa por abrazar con un discernimiento sabio (más allá de la simple sensación) las realidades que se nos presenta en el día a día, unas más agradables y otras menos; todas deben ser miradas como una oportunidad para crecer. ¿No es esto lo que nos quiere decir Jesús cuando invita a cada cual a "tomar su cruz" (cf Lc 15,27), o san Pablo cuando habla de "la sabiduría de la cruz" (cf 1 Cor 1,22-25)?

Vivir el presente supone estar abiertos a las sorpresas de la vida y llevarlas adelante aceptándolas con paz y serenidad; para ello, para no alterarse en exceso por las sensaciones agradables o desagradables, es desaconsejable fiarlo todo a ellas. Si pongo mi felicidad en la búsqueda de placenteras sensaciones exteriores, difícilmente erradicaré el miedo a que éstas decepcionen  mis expectativas Si me amedrento ante los retos que suponen las situaciones desagradables viviré paralizado por el miedo y desaprovecharé mi vida. La vida es movimiento, salida, entrega, aventura, valentía y riesgo; y el miedo ahoga esos valores. Si  acepto y miro las realidades, ya sea  placenteras (regalos de Dios que puedo disfrutar sin engancharme a ellos) o dolorosas (problemas, cruces, contrariedades), como oportunidades para crecer en sabiduría estaré en el camino correcto.

3. Ahora bien, lo reacción más común ante los estímulos exteriores suele ser la que menos notamos: la neutral. La reacción neutral es la indiferencia, la apatía, el "me da igual". Tal vez sea ésta la reacción más dañina, porque supone un aislamiento de nuestro ego en sólo nuestro interés o desinterés. La mayoría de los males del mundo no tienen su origen en el agrado o desagrado que me producen sino en la indiferencia. ¿Acaso no es esta la causa de que millones de personas vivan en el olvido más absoluto?

No nos damos cuenta, pero la mayor parte de nuestra vida está gobernada por sensaciones, juicios, criterios o discernimiento no adquiridos por sabiduría sino directamente a partir del juicio que nuestro ego emite sobre la base de las sensaciones. Comemos, bebemos, dormimos o trasnochamos en exceso porque nos apetece, porque necesitamos sensaciones que  satisfagan a nuestro ego. Somos así de simples. Como si negarnos el capricho de un buen plato, un placentero y prolongado retozón o una festiva y complaciente velada fuera una muerte, una desaparición.  Y todo desajuste personal parte de esa inquietud, del nerviosismo o incertidumbre del ego que genera reacciones ofensivas o posturas a la defensiva. De este modo el conflicto con uno mismo, con la naturaleza, con los demás y con Dios está servido. Es imposible que todo lo exterior a ti confluya para tu satisfacción interior; los ajustes para ser feliz no los tienes que hacer fuera, sino dentro. 


El miedo es fruto del apego

Reflexionemos un poco más detalladamente acerca del miedo que se genera a partir de nuestro egocentrismo. El miedo es el fruto del apego. No obstante hay que advertir que tener aprecio a determinados riesgos, con cierto miedo, no es nada dañino; es propio de personas adultas. Hay también un miedo bruto, evidente, que es terror, ataques de pánico, ansiedad y estrés, etc., miedos que detectamos porque los somatizamos; tampoco nos referimos a éstos. Nos referimos aquí a miedos que no detectamos y que están presentes de modo continuo en diversos momentos de nuestra vida; miedos que  nos hacen daño y que no solemos detectar fácilmente. Nos interesa profundizar en este segundo, viendo sus causas, sus efectos y el modo de afrontarlo.

Este miedo inconsciente tiene mucho que ver con el aferramiento o apego. Es proporcional al mismo. En la medida en que estés apegado tienes miedo.  Es algo muy simple: cuando te aferras a algo tienes miedo a perderlo. Nos aferramos ante las posibles pérdidas que  podrían generar sufrimiento. 


Tener una cosa como esencial para mi vida es un tipo de apego, también apegarse a una persona sin la cual nos parece imposible vivir, o bien a unas ideas, creencias, patrones de conducta o prácticas sin las cuales no parece tener sentido nuestra vida, etc. Todo esto lo provoca el miedo. Es muy importante comprender y conocer nuestros apegos, verbalizarlos, porque la comprensión nos lleva a ser cada vez más competentes en la gestión de la ansiedad, el estrés o la incertidumbre. Sólo con la comprensión intelectual ya avanzamos; pero luego hay que llevar a la práctica acciones de desapego.

 

Podemos considerar que hay cuatro niveles de apegos o aferramientos que están en la raíz de nuestros miedos, y que conviene erradicar si queremos avanzar en la vida espiritual. Para adquirir sabiduría espiritual es clave liberarse de estos cuatro apegos:

 

1. Primero, el apego a la existencia.  Aclarar que el apego a existir o a la existencia no significa que debamos minusvalorar  la "vida real"; ésta es un don de Dios y su valor sólo es superado por el amor. El mismo Señor enseña que "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). La vida aquí se considera importante, aunque su perfección está en vivirla en compasión y amor; sólo así conduce a una vida eterna. La vida, la creación, por tanto, es buena. 


La propia existencia se convierte en algo que produce apego y vértigo (miedo) cuando se la valora erróneamente, cuando se le otorgan cualidades que no tiene y esperanzas que no son reales, cuando se deifica. Al decir que hay "apego a la existencia" nos referimos a lo que podríamos llamar apego a “la vida soñada”, o a la vida tal como la vemos cada uno, o como la pretendemos vivir, o la concebimos. La existencia de cuyo aferramiento hay que liberarse es aquella en la que se da una cristalización del ego que la convierte en existencia inventada.  


La vida en sí es transitoria, somos peregrinos, no es nuestra realidad última. Es un error hacer de la vida “aquí abajo” (inmanente) la clave de todo, porque no nos va a poder liberar de muchos sufrimientos, como, por ejemplo, el que surge del miedo a la muerte.  Cuando hacemos de la vida temporal la clave de todo estamos viviendo en una falacia, alimentando un ego que nos engaña, una realidad falsa que requiere mucho mantenimiento, mucha dedicación, mucho sacrificio, y mucho miedo a no conseguir el imposible de una vida eterna que imaginas como temporal sin límites.  Si estás apegado a esta vida no eres muy espiritual, y no te será extraño el “vacío existencial”, porque pones todo en algo inexistente. En esta línea dice Jesús: “No tengáis miedo a quienes pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10,26), es decir, no pongáis el centro de vuestro existir en lo perecedero.

 

2. Un segundo apego es el apego al bienestar. De este apego nace el miedo a no experimentar paz, felicidad, plenitud; un miedo que lleva a la necesidad de alimentar el egoEste apego o idolatría del bienestar es la clave a la que recurre la sociedad de consumo para atrapar en sus redes. Comienza por hacer ver algo accidental como esencial para vivir, por ejemplo: un coche, una pareja, una gran mansión etc. ; luego fija en la mente la idea de que esas cosas dan la felicidad; y esto genera el miedo a ser nadie sin coche, casa o pareja;  o el miedo a perder todo eso si ya lo tengo. Lleva razón quien dice que lo más opuesto al amor es el miedo. Porque el miedo te mueve a aferrarte, a poseer todo, y con ese afán de poseer, de dominar, de controlar es imposible el amor, que es precisamente lo contrario: dar todo.

 

El miedo se manifiesta como inquietud o insatisfacción, aunque no detectamos el origen porque está oculto a la mirada de nuestra conciencia. Se manifiesta el miedo cuando estamos solos y hay sensación de agobio, aburrimiento, soledad, nerviosismo; entonces  salimos  inmediatamente a la búsqueda de un entretenimiento, de algo que nos saque de esa inquietud: navegar sin rumbo por internet, ver la televisión, consultar la aplicaciones del móvil, comer algo, etc.  Son métodos para compensar un miedo subyacente que no detectamos conscientemente.


* * *

 

La vida es gozo, paz, felicidad, …y llevamos dentro el anhelo de todo esto; son bienes que no nos vienen de fuera sino que están dentro, en nuestro interior, en Dios-dentro: “interior intimo meo”. Ser espiritual requiere desaferrarse de las satisfacciones exteriores. “Quien quiera salvar su vida (ego, exterioridad), la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará (yo, interioridad)  (Mt 16, 26).  Sin esa renuncia al bienestar exterior a toda costa es imposible llegar a la fuente de agua viva que está en lo interior, al  Cristo interior, imagen perfecta de uno mismo. Por eso Jesús dice: “El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: ´de sus entrañas manarán ríos de agua viva´" .(Jn 7,37-38). Hay una  sentencia de Jesús sobre la necedad del apego al bienestar y el consumo que es breve y concisa: “¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?  (Mt 16,25)


***


3

SENSACINES, APEGOS Y MIEDOS (III)


(continuación del tema anterior)


3. Apego a “mis” esperanzas. Una vez que tengo asegurado el bienestar viene el aferramiento al futuro; lo que podernos llamar “esperanza”; deseo que lo que tengo mejore y se prolongue en el tiempo, espero en que el futuro me va a hacer feliz, y espero que la felicidad me venga de fuera.

 

Un apego muy sutil, porque pasamos la vida mirando a un futuro que no acaba de llegar, de donde esperamos que algo pase: paz, gozo y una vida excitante. Pero Sólo el presente es real; ese futuro, esa vida que se espera, no existe, es un fraude. Sólo el presente es real. Y nace aquí el miedo a que no se cumpla mi esperanza, a que no salgan las cosas como yo espero. Cuando se pone el futuro en un milagro -y esperar que todo salga según mis deseos es un milagro- se vive en el miedo crónico a que éste no se produzca. Y el miedo conduce a la desesperación.


Hay que aclarar que lo que nos desespera no son las cosas (esperanzas) que deseamos sino el “aferramiento a falsas esperanzas”. Espero que todo suceda tal como yo quiero; y cuando  me aferro a un solo resultado -lo que yo quiero- tengo muchas posibilidades de sufrir un fracaso.


Estadísticamente pedimos  que ocurra una posibilidad entre millones. ¿Por qué va a ocurrir precisamente lo que deseamos? ¿Es lógico esperar que te toque la lotería con un índice de probabilidades de una contra cien mil? ¿Es bueno poner nuestra felicidad en nuestros caprichosos deseos? La experiencia nos dice que nuestros caprichos no siempre los conseguimos, no siempre llegan. Y al final nos vemos como niños que patalean; hacemos de nuestra vida un constante pataleo: “¡ay que ver lo mal que está el mundo!”. Como dice Robert Hugues, nos definimos como eternos insatisfechos instalados en la cultura de la queja. 


Hay que evitar la trampa de confundir la esperanza con el deseo, sobre todo con los deseos que nacen del ego; en este caso ponemos la esperanza en nuestros deseos egoístas y se genera una esperanza enfermiza.  Con razón dice san Basilio que “el deseo es la enfermedad de alma”, un virus que se cultiva en el laboratorio del “me apetece”.


No obstante, hay que considerar que no todos los deseos son iguales.  Luchan en el interior del hombre tendencias desiderativas opuestas:


1.- el deseo de Dios y de sus dones (virtudes), que es el deseo lógico (propio del logos, del  ser de la persona, un deseo racional) conforme a su naturaleza; y


2.- el deseo ilógico, contrario a la razón, deseo loco, contrario al logos, que es Cristo, y que lleva a obrar de manera irracional, insensata, loca; este deseo insensato hace vivir en un mundo al revés, donde los valores están trastocados, pierden su orden y su verdadera proporción. La locura lleva a absolutizar los deseos y placeres sensibles, como es natural en los  animales irracionales. Este deseo ilógico tiende a la cosificación del prójimo, a poner el placer como valor supremo. Aquí el  discernimiento espiritual se pervierte: es bueno lo que me apetece, es malo lo que me desagrada.


El deseo loco o ilógico va directo al fracaso, que es la enfermedad de quien pone las esperanzas en los deseos egoístas. Es absurdo poner expectativas de felicidad en “exterioridades futuribles". El fracaso se acentúa cuando no hacemos nada por conseguir lo esperado, simplemente nos sentamos a esperar. 


La esperanza genuina no se cimenta tanto en el futuro como en la apertura al presente. ”Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,3-5). 


En esta concatenación de causa efecto vemos que la esperanza no se sostiene cuando se focaliza en el futuro sino en el día a día de la práctica de las virtudes. No confundamos la virtud de la esperanza -que se vive en el presente- con el vicio del deseo de un futuro que espero pasivamente.


La esperanza genuina no hay que confundirla con los deseos, por muy buenos que estos sean. La esperanza es "ancla del alma, segura y firme" (Hbr 6,1). Los deseos ansían un futuro apetecible; la esperanza es el ancla del alma en un presente apacible, en puerto seguro que evita que la nave de la existencia se deje arrastrar por vientos caprichosos o zarandear y hundir por las tormentas. En esencia el alma cristiana no espera cosas futuras  que le vengan de fuera, simplemente pone su seguridad en Dios que está aquí y ahora, en el presente eterno. En tiempos de tormenta el ancla de la esperanza mantiene a flote la barca a la espera de tiempos favorables. "Espera en Dios que volverás a alabarle" (Sal 41,12b).

4. Apego o aferramiento a cosas o experiencias concretas que satisfagan mi ego: logros personales, económicos, sociales, deportivos, artísticos, etc. Los miedos debidos a estos aferramientos son muy tangibles, saltan a la vista. En estas experiencias mundanas de apego es donde podemos comprobar de modo más evidente nuestros miedos diarios.  Hay otros apegos más ocultos a la conciencia y que producen al ego miedos tales como el de perder el aprecio de los demás, no ser aceptados por parte de los otros, perder una vida placentera, etc. Un buen trabajo en este tema es preguntarte: ¿Cuáles son, en concreto, tus apegos y cuáles  sus miedos consecuentes? ¿Cómo prevenir esos miedos?


4.1  El apego a las posesiones materiales y el miedo a no poseerlas o verse separado de ellas.  Es el miedo a perder lo que tú "te imaginas" que tienes. Lo que tenemos no es nuestro, es mío de manera funcional pero no de manear existencial.  El deseo de poseer, de posesionarse de las cosas y las personas, crea conflictos muy graves, tanto a nivel personal como social. Muchos conflictos son evidentemente causados por el egoísmo posesivo de cada uno, son conflictos de intereses económicos particulares o nacionales.

 

*¿Cómo prevenir este miedo? La prevención está en la virtud de la generosidad. Ser generoso es una menara de superar el miedo a no poseer o a perder lo que se tiene. La generosidad actúa directamente aquí. Contra el egocentrismo,  generosidad, dar, compartir. Si puedo compartir algo debería disponerme a ser útil, servicial, compartiendo mi tiempo, mi experiencia, mi sabiduría. Siendo voluntario, entregando a otros todo lo que tengo. Sería bueno, cada día, hacer dos o tres pequeños gestos de amabilidad o generosidad hacia otros, y si ese otro es desconocido, mejor; y si el gesto es espontáneo más que preparado, tanto mejor.

 

4.2  El apego a los placeres de los cinco sentidos y el miedo a experiencias desagradables. Miedo a pasarlo mal, al aburrimiento, al trabajo-esfuerzo, a la enfermedad, etc. Nuestra cultura es muy hedonista, y teme mucho al dolor, es poco resistente al dolor.


*¿Cómo  prevenir? La mejor estrategia –que vale para superar todos los miedos- es la de cultivar el altruismo, desarrollar amor y compasión hacia otros y hacia todos los seres para salir así de nuestra burbuja; cuando salimos de nuestro encerramiento nos damos cuenta de que nuestros problemas no son tan importantes. Hay personas que lo pasan peor que yo, sin agua potable, sin familia, sin seguridad médica, etc. Si contextualizo ahí mis dolores parecerán ridículos. Cuando siento la amenaza, cuando surge el miedo a experiencias desagradables basta empatizar con quienes viven esas experiencias y decirme que esto que me está pasando, o que temo me pase, lo está pasando mucha gente, y peor; y del mismo modo que yo no quiero estar en esta situación deseo también que los demás se liberen de ella.

 

4.3  El apego al reconocimiento, la aprobación y la fama y el miedo a la censura o la desaprobación.  Miedo a ser despreciado. Temor a hacer el ridículo en público, que te critiquen, o el miedo a envejecer, a ser despedido de tu trabajo, etc.  Para compensar la falta de estima exigimos la confirmación de otros, lo cual genera relaciones de sumisión, despersonalización, hipocresía, favoritismos, etc. Busco como sea la aprobación de otros, y sin esa aprobación no me valoro, no sirvo, no puedo nada. La relación conmigo mism@ es conflictiva. Esto supone el gasto de mucha energía y genera muchos conflictos por mis reacciones ante la desaprobación de mi ego. 

 

*¿Cómo prevenir aquí? La respuesta aquí está en trabajar la autoestima. El autodesprecio crea muchos problemas y produce mucho desgaste; es agotador estar pendiente de la confirmación de otros para darle valor a lo que somos y hacemos.  Sentir el abrazo de Dios en la meditación resulta aquí una medicina más que eficaz. Si Dios está conmigo, ¿quién estará contra mi? (cf Rm 8,31).

 

4.4  El apego a una buena reputación y el miedo a tener a una mala imagen. Miedo a ser ignorado, a perder el estatus, la honra, la “negra honra” que dirá santa Teresa.

 

*¿Qué hacer para no caer en este miedo? En este, y vale también para los otros, lo mejor es darnos un baño de “realidad”. ¿En qué sentido? Aprender a mirar la realidad tal como es, no como nosotros la imaginamos o tematizamos. Y la realidad tiene dos connotaciones en las que no nos paramos en este tema: 1. la impermanencia: estamos de paso, nada es eterno, todo cambia,  y 2. la interdependencia: soy parte de un todo del que no me puedo separar; mi vida está  unida a la de todos los seres. Mi reputación e imagen no es sino la reputación e imagen de todos; y aquí, si quiero ser transparente –si quiero limpiar mi imagen, sacar mi auténtico ser- basta con que tome conciencia de mi necesidad de altruismo y compasión, no de que me miren y me compadezcan, sino de mirar yo por l@s otr@s y compadecer. Lavar la reputación del otro es lavar mi reputación; haciéndolo así, más que limpiar mi imagen me restablezco en lo que soy. Ser todo en Cristo.


* * *

 

A cada persona le afectan más unos miedos que otros de entre los que hemos expuesto. Hay quienes tienen más miedo a perder el estatus, otros su dinero,  otros tienen miedo a ser ignorados, otros son más sugestionables y temen a la enfermedad, etc. Cada cual debería mirar cuál es el miedo que más le afecta, y hacerse consciente de él, porque ese es el miedo  que está minando su vida.

 

Como tarea podrías pensar dónde crees que está tu  felicidad, donde pones tu esperanza (apegos), y desde ahí leer tus miedos. Y una vez conocidos trabajar más las causas del miedo que el miedo en sí, porque solo actuando sobre las causas podrás sanar la herida.  Trabajas así de modo preventivo (vigilante), poniendo el remedio antes de que sobrevenga el mal.

 

Pregúntate, pues: ¿De dónde espero que venga mi felicidad? Algunas veces te haces trampa, te autoengañas. Si quieres descubrir realmente cuál es el apego (sea persona, objeto o circunstancia) en el que pones tu felicidad, cuál apego genera en ti emociones aflictivas, pregúntate en qué gastas tu tiempo, tu energía y tu dinero.  Ahí ves lo que valoras realmente, y lo valoras porque crees que tiene algo que ofrecerte, algún tipo de felicidad. Y puede que esa felicidad sea solo una sombra, un señuelo que no hace mas que hundirte en una cada vez mayor frustración y sufrimiento. 

 Marzo 2022

Casto Acedo.



miércoles, 11 de septiembre de 2024

1.1 Amor bondadoso y compasión


“Sed misericordiosos (compasivos) como vuestro Padre es misericordioso (compasivo). (Lc 6,36).

 

Amor bondadoso y compasión

El agua de la compasión fluye por el canal del amor. Un amor sin compasión está vacío, como un rio sin agua. El curso pasado hemos tratado sobre el amor bondadoso, hemos intentado limpiar el canal por el que fluye la compasión. Esa limpieza incluye la referencia egocéntrica. La compasión exige la eliinaciónn del ego que se niega a ver  el sufriiento del prójimo cuando éste nos puede causar molestias.  

Hemos trabajado el amor bondadoso, que podríamos definir como el deseo de que todos disfruten de la felicidad, un  impulso interior que apunta a querer para todos aquello que yo mismo deseo para mí. Meditar el amor bondadoso pide una mirada interior, contemplar el propio ser como imagen de Dios, como bondad; meditar este amor es  alimentar la llama del corazón de Cristo en mí corazón para desplegar desde ahí el calor y la luz del amor de Dios a todo lo que me rodea, para expandir por el mundo la fragancia del olor de Cristo (cf 2 Cor 2,14-15).Este amor-bondad nace de dentro. de la chispa divina  que late en el corazón (cf Sab 2,2). Me  siento amado y quiero que todos sean felices, 

 El amor compasivo da un paso más y me exige salir de mí mi zona de confort  y meditar sobre el sufrimiento, que puede ser el sufrimiento propio, para amarme compasivamente o el sufrimiento ajeno, para hacerlo mio (com-padecer) y trabajar porque quien lo padece se libere de él.

Con el amor bondadoso no estamos arriesgando mucho; estamos dando felicidad, estamos beneficiando al mundo con nuestro granito de arena (semillas de amor). Pero la compasión añade un plus. Con la compasión salimos de nuestra visión unilateral, salimos de nuestra zona de confort y nos vamos al otro lado, al lado oscuro; nos ponemos ante el dolor, ante el sufrimiento y las causas de los problemas internos y externos  presentes en nosotros y en los demás.

En esta tercera etapa hay que tocar donde duele, donde no nos gusta mirar, el lugar de nuestra vida que no nos gusta visitar y que tratamos de ocultar. No nos gusta reconocer sufrimientos en nosotros, parece que es como aceptar el fracaso de nuestra vida,  ni tampoco nos gusta ver el sufrimiento ajeno, porque la ley de la interdependencia y el sentido de fraternidad universal nos reprocha las actitudes pasivas ante quien reclama nuestra atención. El amor bondadoso queda en evidencia cuando no desemboca en  la acción compasiva.

Gracias a la compasión esperamos alcanzar la plenitud del amor, un amor que se encamina a la unión con Dios y  que sólo se alcanza por las acciones virtuosas (obras de misericordia, actos compasivos). La misericordia, cuando obra por la consideración del sufrimiento ajeno como propio (com-pasión), nos adentra en el ámbito de Dios: “"Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme". (Mt 25,24-36).  


Empatía

El primer paso a dar si deseamos tener un corazón compasivo es el de cultivar sentimientos de empatía o proximidad a los demás cuando consideramos la gravedad de su desdicha. Como hace el samaritano de la parábola de Jesús (Lc 10,25-37), la persona compasiva no pasa de largo ante el abatido, sino que se aproxima; sin cercanía no hay compasión; cuanto más cerca está de una persona que sufre, más insoportable resulta al compasivo verla sufrir y con más urgencia brotaen él el amort compasivo. Y no hablamos solo de una cercanía física, y tampoco emocional, sino a un sentimiento de responsabilidad, de una preocupación sagrada por esa persona.

Es natural a la compasión el considerar que no somos seres aislados, pura individualidad, sino que en gran medida los otros soy yo y yo soy los otros. Una sana empatía (padecer con), contraria a la antipatía (ignorar, no padecer)  lleva al reconocimiento del otro como parte de mi vida. Y así lo es en verdad. Basta abrir los ojos para ver que mi bienestar depende en gran medida del duro trabajo de otros. Mirando alrededor veo que los edificios que habitamos, las carreteras que nos acercan, las ropas que nos abrigan, los alimentos que comemos, y otras muchas ventajas que tenemos, nos vienen por la mano de otros. Nada de todo esto que disfrutamos existiría sin la amabilidad de gente que ni siquiera conocemos. Soy paerte de un todo del que me beneficio.

Contemplar el mundo desde esta perspectiva hace que crezca nuestro aprecio y con él nuestra empatía hacia los demás seres humanos y hacia la creación toda. Es bueno reconocer la dependencia material que tenemos unos de otros, y la misma dependecnia que tenemos de los recursos naturales para subsistir,  porque nos ayuda a mirar a los demás con unas lentes libres de egoísmo.  

El simple hecho de reconocer el impacto que los demás causan en mi bienestar debería moverme a amarlos; contemplar cuántos bienes disfruto por el mero hecho de formar partye de un todo es un motivo ya de por sí suficiente para aparcar cualquier visión egoísta del mundo; ver cómo tantas personas me aman y me sirven con su trabajo debería bastar para entender que, siendo sujeto de derechos, lo soy más de deberes, como me dan a entender cuantos me sirvem. Meditar sobre la interdependencia de la humanidad y en qué medida afecta te ayudará a cambiar las actitudes cerradas y egoístas. No esperes que este cambio sea repentino sino progresivo; requiere paciencia y constancia.

Conocer el sufrimiento

La compasión propia emana del conocimiento y reconocimiento del sufrimiento. Primero del sufrimiento propio. En la medida en que pasamos por momentos de soledad, experiencias de sinsentido, abandono o dolor, vamos tomando conciencia del sufrimiento que nos embarga, y eso nos hace más sensibles al dolor de los demás.

Pero ¿cuáles son los sufrimientos más comunes?

1.- Desde luego, el más fácil de reconocer y de empatizar es el que viene asociado a una enfermedad dolorosa o a la pérdida de un ser querido. Hospitales y salas de duelo son lugatres donde fácilmente se palpa el sufrimiento. Desde el prisma de la enfermedad y la mauerte es fácil conocer y ser consciente del propio sufrimiento y por analogía estar abiertos al de los otros.

2.- Sin embargo hay otro tipo de sufrimiento ante el cual  es más difícil sentir compasión. Es el que está oculto en la persona que se sumerge alegremente en situaciones placenteras como es el disfrutar de fama o de riquezas. Ricos y sanos también sufren, aunque aquí estamos ante un tipo diferente de sufrimiento. Me explico: cuando vemos que alguien alcanza éxito mundano la reacción más habitual es la de sentir admiración o incluso envidia por ello, en vez de sentir compasión porque sabemos que esto algún día se acabará y la persona habrá de enfrentarse al disgusto asociado a la pérdida. La fama y la riqueza, como todo aquello hacia lo que sentimos apego, son realidades temporales y portadoras de un placer fugaz que se esfumará para dar paso al sufrimiento.

Jesús se refiere a este tipo de sufrimiento cuando dirige a los ricos lo que se ha dado en llamar  las “malaventuranzas”, aunque yo llamaría a eso “lamentos”:

“¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es le que vuestros padres hacían con los falsos profetas”. (Lc 6,24-26)


Con sus lamentos (ayes) Jesús no está deseando que llegue el momento del dolor para los ricos, los satisfechos y los bien considerados; lo que hace Jesús es lamentarse, compadecerse de ellos, porque su aparente bienestar está vinculado a muchas frustraciones.

Solemos envidiar o admirar, como hemos dicho, a quienes viven subidos a los éxitos mundanos. La razón suele ser porque nosotros mismos somos incapaces de ver el doble filo de los apetitos o apegos a riquezas, posición social o fama. Quien ha alcanzado un cierto nivel espiritual, sin embargo, no siente envidia o admiración por esos éxitos, siente ante todo compasión, porque la sabiduría divina le ha enseñado que la felicidad no está en los deseos mundanos sino en el vacío o desprendimiento de ellos.

No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde estará tu tesoro, allí está tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!”(Mt 6,19-23)

Aquí Jesús no sólo aconseja evitar el sufrimiento huyendo de los bienes perecederos, sino que con un deje de compasión afirma que quienes viven cómodamente apegados o instalados en ellos viven en la ignorancia; tienen enfermo el ojo de la sabiduría divina, lo cual les sumerge en una oscuridad que ellos mismos desconocen. 

 El final de la sentencia es un lamento compasivo: “Si la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!.

3.- Existe también un tercer nivel de sufrimiento aún más profundo y sutil. Éste se origina por el hecho universal de estar predispouestos a emociones, pensamientos y deseos negativos. Se pueden disfrutar grandes ventajas materiales (dinero, poder, consideración social), y sin embargo no ser feliz. El miedo, la envidia, la ambición desmedida, la obsesión por el trabajo y la mala vida (vida no virtuosa) imponen un nivel de sufrimiento tan profundo que conduce a la depresión e invita incluso al suicidio. Es consecuencia del veneno que inyecta en el alma un aferramiento desmedido a este mundo y sus poderes.Puede tenerse todo lo que mundanamente es considerado el no va más, y sin embargo, ser digno de compasión por confundir los cimientos de la vida.

“El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande” (Mt 8,24-26).

La parábola de la casa edificada sobre arena (riquezas, poder, fama y demás apegos) comparada con la edificada sobre roca (Verdad, Bondad, Virtudes), nos puede ayudar a  reconocer en la interioridad propia o ajena un sufrimiento que no tiene su raíz en la enfermedad, tampoco en el duelo por una pérdida; ni siquiera en la inestabilidad de vivir en los apegos materiales; en este caso se trata de un sufrimiento enraizado en la misma naturaleza humana que entroniza al ego y sus deseos y caprichos dando de lado a la vida correcta.

Hay una vida interior que cuidar si queremos ser felices. Esa vida es un espacio para Dios. Podemos llenarla de pensamientos, sentimientos o deseos según criterios, gustos o ambiciones personales. Cuando se hace así se corre el riesgo del sufrimiento y el sinsentido. Nada  que no sea vaciar la conciencia (el corazón) de todo apego para dejar su espacio a Dios puede satisfacer plenamente.

Al reconocimiento de este tercer nivel de sufrimiento le sigue una compasión que ha de trabajarse sobre todo en la meditación y la vida contemplativa. Se trata de esforzarse por conectar con la fuente de la vida (oración centrante), compadeciéndose uno mismo por el dominio que ejercen en la propia persona ideas, emociones e impulsos que no congenian con la naturaleza humana y nunca pueden facilitar la verdadera felicidad. Y esta compasión hacia uno mismo se verá reforzada si se hace extensiva a otros, llevándoles la luz de la Palabra para  que ilumine también su conciencia y pueda liberarles del sufrimiento implícito cuando se vive en desconexión con la propia interioridad (alma).

Septiembre 2024

Casto Acedo

jueves, 5 de septiembre de 2024

Batuecas Septiembre 24

Tercera etapa

Aprender el camino de la compasión.

Os recuerdo las fases que vamos siguiendo en nuestro proyecto:

1.  1. La primera estuvo centrada en lograr estabilidad y equilibrio en la vida. Conocimiento propio. A este primer momento corresponde el cuidado del cuerpo y el entorno como primer paso hacia un cambio en profundidad. Etapa de cueva o celda.

2.  2. En la segunda nos hemos centrado en  abrir nuestro corazón para desarrollar eso que ya tenemos y que no sacamos de nosotros mismos: amor y bondad. Una vez adquirido cierto equilibrio y orden en la vida intentamos desarrollar el amor que somos (interdependencia, seres en relación). También amar a tu prójimo. Vuelta de la cueva al valle.

3. 3. Continuamos con la tercera etapa: cementerio, que invita a aprender a vivir en la adversidad, a mantener la vida “entre muertos”, es decir, en situaciones que parecen no tener solución. Es continuación de la etapa anterior en lo referente al amor, pero yendo más allá: superar el egocentrismo, el miedo y desarrollar una compasión totalmente incondicional que ponga en juego nuestra infinita potencialidad de amar. Especialmente amor a los enemigos y amor donde nada invitra a ello.

Esta etapa va aliñada con el trabajo de adquirir una visión cristiana (de Cristo Jesús) de la vida; empaparnos en Jesucristo, sabiduría del Padre. “Pon solos los ojos en él, y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría, y maravillas de Dios, que están encerradas en él, … En el Hijo de Dios están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios. Los cuales tesoros de sabiduría serán para ti muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber". (Juan de la Cruz, 2 S 20,6). Nada en la creación es ajeno a tu persona como no es ajeno a Jesucristo. Se trata de integrar-asumir los gozos y los sufrimientos del mundo tal como lo hizo Jesús.

Este es el esquema didáctico que ya conocemos:

 Fase de la cueva o celda   (Estabilidad y equilibrio)

 Fase del valle (Amor, bondad compasión)

 Fase del cementerio        (Vivir en sabiduría)

Jesús: Desierto,  vida oculta en Nazaret

 Jesús:  Vida pública

 Jesús:  Pasión-Cruz  y Resurrección

San Pablo: Desierto (¿Petra?)

 San Pablo: Jerusalén

 San Pablo: Atenas

Via purgativa

 Vía iluminativa

 Vía unitiva

Novicio

 Profeso

 Monje

Principiantes

 Adelantados

 Perfectos

 Entra en tu celda

 Ordena tus relaciones fraternas

 Afronta los duros problemas de la vida

 

 Iremos alternando con el estudio de grandes figuras de la mística en la historia del cristianismo. Para ello seguiremos el texto de J. MARTIN VELASCO, J, Testigos de la Experiencia de la fe.


Como novedad este año los encuentros serán los miércoles, de 19,30 a 21 h., en la capilla de Salesianos.

* * *


SOBRE EL RETIRO DE BATUECAS 

13,14 y 15 de Septiembre 2024


Os transcribo aquí las mismas orientaciones que ya dí para el Retiro de Febrero.

De principio recordar que se trata de un monasterio de vida contemplativa y silencio, y que como la mayoría de los asistentes ya tenéis experiencia de oración y de grupo no haremos un retiro al uso de “charla-oración-descanso, charla-oración-descanso....”, que agobia a los experimentados y cansa a los novatos.

 Lo mejor que tiene el lugar es que permite que las personas se organicen su jornada como mejor les venga. Por tanto, no vayas esperando que te lo den todo hecho.

Vayamos por partes:

* Seremos, si Dios quiere,  un grupo de 13 personas, el máximo de plazas que nos pueden orrecer esos días.

*Hay que estar allí antes de las 18.30, ya que sino entorpecemos el horario de los monjes. La alida la hacemos juntos desde Abades Mérida a las 15 h. Iremos 4 coches.

*Llegados al lugar distribuiremos las habitaciones, que son individuales, y estarán en dos edificios distintos, en lo que se llama La Casona y en la Hospedería. Cada habitación dispone de baño individual, sábanas y toallas. Los útiles de aseo, gel y jabón incluidos corren por cuenta de cada uno

*Las comidas la hacemos juntos  y procuraremos hacerla en respetuoso silencio. Hay que recoger la comida en el edificio central y llevarla al comedor a su hora. Ya organizamos allí eso. En cada edificio hay frigorífico, lavavajillas, cafetera, tostador, café e infusiones y para desayunar o tomar algo a deshora cualquiera de los huéspedes. Evitemos, no obstante hacer corrillos para café

*Aconsejo ropa cómoda, calzado  adecuado para andar por el monte (pueden servir unas deportivas; no vamos a escalar) y si vais a hacer las horas de silencio en común con los monjes alguna manta pequeña de viaje para cubriros la espalda por si refresca durante la quietud del silencio

*El valle no tiene cobertura de teléfono móvil. En el monasterio hay una zona wifi a la que podéis acercaros en cualquier momento y que está conectada por antena parabólica. Podéis  comunicar por wahsap o cualquier otra app o medio informático. Lo digo para que comuniquéis a los familiares que no siempre estaréis en conexión. La wifi está cerca de la Iglesia  donde se  hace la oración en comunidad, así que siempre podéis consultar un poco antes o después de la oración si tenéis alguna emergencia en el teléfono. No obstante, aconsejo un uso del teléfono razonable y mínimo; una de las claves de estos días puede estar en el ayuno de pantalla.   

*La aportación económica que sugieren los administradores es de 100 € por persona pensión completa los dos días. No obstante, quien no pueda que no tenga impedimento en ir; y quien pueda aportar algo más también puede hacerlo.

*Sobre las normas de la casa me piden desde allí que os enlace esta entrada de su web sobre la hospedería. Echadle un vistazo. También podéis visitar toda la web. https://monasteriodelasbatuecas.wordpress.com/la-hospederia

 
*Sugiero este horario para estos días, contando siempre con los actos propios de la comunidad, a la que podemos unirnos o no; cada cual decida.

Dia 13 viernes

    • 18,30. Hora límite de llegada y reparto de habitaciones.
    • 19,00 Rezo de Vísperas con la comunidad
    • 19,15 a 20,15 Oración-silencio con la comunidad
    • 20,30 Cena 
    • 21,30 Encuentro de todos en La Casona (Breve reflexión y diálogo)
    • 22,15 Descanso

Día 14 Sábado

    •  07, 00. Laudes
    •  07,15 Oración-silencio con la comunidad
    •  08,15 Eucaristía
    •  09 Desayuno y arreglo de habitaciones
    •  10,00  Encuentro de todos.Tema de reflexión. 
    •  11,00 Salida al Parque. Quienes no conocen el entorno pueden subir a a la ermita san Antonio. Y si algunos tienen ánimo y fuerza, subir a la cruz un poco más arriba. Los demás aprovechad las dos horas para contemplar. 
    •  13,00. Comida y descanso
    •  16,00. Encuentro en grupo. 
    •  17,00. Tiempo para pasear, meditar, descansar, ....
    •  19,00. Vísperas y oración-silencio con la comunidad
    •  20,15. Cena.
    •  21,00. Encuentro del grupo en La Casona (Posible visionado de una película o diálogo)
    •  23,00. Descanso

Día 4, Domingo

    • 07,00 Laudes
    • 07,15 – 08,15 Oración-silencio con la comunidad
    • 08,30 Desayuno
    • 09,30-10,30  Reunión del grupo en la Casona (Liturgia dominical)
    • 11, 00 - Eucaristía con la Comunidad de monjes del monsasterio.
    • 12,00. Tiempo libre
    • 13,00 Comida
    • 14-15,30.Recogida y arreglo de habitaciones y demás instalaciones ( hay que dejar todo  tal como la encontramos para uso de quien la vaya a usar en el futuro)
    • 15, 30 Evaluación en la casona
    • 16,00 Regreso.   (Llegada a Mérida sobre las 19 h.)

***

Repito que los horarios son de libre cumplimiento. Excepto las comidas, que, por razones obvias de organización han de ser a sus horas.

Respecto a los temas que se darán para ayudar a la oración y contemplación serán temas que ya hemos tratado en el grupo en algún momento, pero conviene insistir en ellos. 

El objetivo no es escuchar unas charlas magistrales sino impregnárnos del espíritu de Batuecas, que  no es un lugar para recibir charlas piadosas sino sobre todo para “contemplar”, para desacelerarnos un poco y dejar que la naturaleza y la vida entre en nuestro corazón.

Septiembre 2024.

Casto Acedo.