miércoles, 22 de mayo de 2024

8.1 Amor, meditación, vida.

 El tema 8 de nuestro programa nos invita a ir concretando y resumiento lo tratado sobre el altruismo y amor bondadoso. En esta entrada se ofrece una nueva reflexión sobre el tema acompañada de unos interrogantes que van en letra cursiva. El tema es amplio. Léelo por partes, y sobre todo párate sin prisas en las cursivas; asimila, respóndete y toma notas para compartir en grupo.  

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Meditación y amor

Hablamos del amor con demasiada superficialidad. Lo solemos confundir fácilmente con la fruición y el egoísmo refinado que produce la emoción de ser amado por otro y la respuesta autocomplaciente a ese amor recibido. El amor a los amigos es de fácil digestión porque suele estar aliñado con especias de amor propio. Me amo a mí mismo en los otros, pero ¿es ese el verdadero amor?

Mirándonos en los grados del amor que establecíamos en la entrada anterior casi todos nos quedaríamos en el segundo: “ama a los demás como quieres ser amado”, que en la práctica solemos entender como “amo a los demás porque (o mientras) me aman, o a condición de que me amen”. Es un amor de intercambio a veces muy sutil, da la sensación de que hay gratuidad absoluta, pero se esconde tras él un cierto interés las más de las veces  inconsciente. Hablamos por ejemplo del amor del esposo o la esposa,  del padre o la madre, o el amor del hijo; con respecto a su gratuidad suelen tener buena prensa estos amores, pero si afinas el diagnóstico  verás que llegados a cierto limite a estos amores les duele no ser correspondidos.

Teniendo como fondo el amor bondadoso, echemos un vistazo a nuestra meditación y oración contemplativa. ¿Qué busco en mis ejercicios de oración? ¿Dónde pongo mi amor? ¿Dónde mi atención?  Cuando me paro y observo objetivamente suelo descubrir que ante todo me busco a mí mismo, mis deseos, mi anhelo de vivir en paz, mi armonía interior, mi gozo, mi serenidad... mi, mi, mi... un posesivo que pone en evidencia mi falta de amor altruista y generoso. Si el camino de mi oración comienza en mí y termina en mi centro, no estoy bien encaminado, porque no es el amor lo que me mueve sino el egoísmo, por muy luminosas y gratificantes que me parezcan mis sentadas.

Reducir la tarea de la meditación a la adquisición de estados anímicos subjetivos es dar razón a quienes creen erróneamente que la palabra meditar proviene de la expresión in médium ire, ir al centro, sumergirse en el núcleo de la propia subjetividad. Una meditación así entendida elimina la relación con el Otro y con los otros. Según esto Dios y el prójimo, y toda la creación, están a mi servicio, o desaparecen para que sea la pura sensibilidad la que ocupe todo el espacio. En esta experiencia no hay relación, y sin relación no hay amor.

En la meditación nos puede ocurrir lo mismo que en la vida real, que no vayamos en busca del otro deseando incondicionalmente su bien y su felicidad, sino que en cierta medida siempre nos acerquemos a él esperando obtener algún beneficio personal.

Párate y mírate; haz de tu vida un objeto de contemplación. Descubrirás mucho si te observas en tus relaciones, incluso en aquellas que consideras más genuinamente amorosas, como pueden ser tu relación de pareja, tu voluntariado en alguna institución, tu compromiso con tal o cual causa, etc. ¿De veras obras por puro amor? ¿No te has descubierto nunca quejándote o lamentándote de la poca respuesta que encuentras en aquellos a quienes ayudas?

El amor puro, al modo del tercer grado, como ama Jesús de Nazaret, no es algo muy común sino excepcional. Él no amó buscándose a sí mismo sino con total apertura al Padre y a la humanidad. "Mi alimento -dice Jesús-  es hacer la voluntad del que me envió" (Jn 4,24); “No he venido a ser servido (ser amado) sino a servir (amar)”, a dar mi vida por todos (Mt 20,28). Para un cristiano este es el modelo a imitar. A quien llega a prácticar un amor así  podríamos llamarlo  “iluminado”, o con un término más bíblico: “converso”. Éste ha experimentado los límites del amor humano, ha salido de sí, se ha despojado de sus pretensiones de grandeza y ha preparado así el terreno para que Jesús llene su vacío. Ha dejado de mirar su ombligo y se ha vuelto a Cristo. Fue valiente y no enterró sus talentos en el hoyo del "sí-mismo", sino que los negoció para recibir la paga de un bien mayor . La parábola de los talentos (cf Mt 25,14-30) invita a apostar por el amor más grande, el de Jesús. Has recibido la capacidad de amar. ¿Dónde inviertes ese talento? ¿O lo tienes escondido por temor a perderlo? ¿Practico el amor servicial consciente como inversión rentable para mi vida espiritual? Recuerda que el amor que no se da se pierde.



Transmitir la experiencia

Aceptamos, pues, que la experiencia del amor cristiano no se ahoga en el solipsismo de estar yo conmigo mismo. Ciertamente la contemplación puede ayudar al propio conocimiento, pero si se queda estancada ahí no es cristiana. Es gnosis (saber, conocimiento) no-cristiana que se desliza hacia la autodivinización. 

El silencio de la contemplación no culmina en la experiencia inefable e incomprensible de mi yo; tampoco en el regusto de un conocimiento autoinducido de mi persona; el ejercicio de la contemplación no se reduce a la pura sensibilidad sino que apunta al encuentro con el Otro y con los otros, a la comunicación. Quién es tocado por el dedo de Dios no guarda esa experiencia para sí; no tiene razón cristiana el Tao Te King cuando dice que “el que sabe no habla; y el que habla no sabe”.  Quien saborea al Dios de Jesucristo no puede evitar compartir con otros el bien recibido; el amor le impulsa a ello. Puede no encontrar las palabras exactas para comunicar, pero lo hará con las que tenga a mano. Deberías preguntarte si la calidad de tus experiencias místicas la evaluas por tus sensaciones placenteras, que podríamos llamar  onanismo espiritual, o por los cambios a mejor que se van produciendo en tu relación con Dios, los otros y el mundo.   

La experiencia mística cristiana tiende por sí sola a difundirse. Dios no da su gracia para uso privado sino para enriquecer al mundo con ella. Sin compartir no habría existido la tradición mística. ¿Qué son los escritos evangélicos, o los tratados de los santos Padres, o las obras de santa Teresa y san Juan de la Cruz sino transmisión de experiencias de encuentro con Dios? La mística cristiana no se da en el cruce con uno mismo sino con el Misterio; un encuentro que no es hermético (cerrado sobre sí) sino hermenéutico, es decir, pide una interpretación y transmisión de lo vivido, con unas palabras  que siempre serán deficientes pero que permiten comunicar a otros con más o menos acierto la experiencia vivida.

Al hilo de todo esto, ¡qué importante es que en los grupos de meditación cada cual intente compartir su experiencia para confrontarla con los otros! Y, por supuesto, qué necesario es confrontarla con la Palabra evangélica y con las enseñanzas de los místicos que han pasado antes de nosotros.


La decisión de amar

El amor cristiano no tiene límites. El corazón amoroso puede crecer hasta donde quiera, y Dios no le va a faltar. Ahora bien, el mismo Dios que realiza en la persona el milagro del amor no prescindirá de la misma persona para llevar adelante su obra. Si algo limita la experiencia del amor místico no es que la persona esté incapacitada para recibirlo, sino los prejuicios y miedos, los conceptos adquiridos, los pactos con ella misma (“sólo llegaré hasta aquí en mis renuncias”), que no dejan libertad al crecimiento imparable e infinito del amor.  

Para avanzar en sabiduría y virtud, para que el amor no se estanque es preciso tomar la decisión amar. El amor, más que un sentimiento es una decisión, una apuesta que tiene mucho de trabajo y menos de intuición. Decía Edison que “el genio consiste en un 90% de sudor (trabajo, aplicación, método) y un 10% de inspiración (intuición, experiencia)”. Si aplicamos estos porcentajes a la vida espiritual parece que caeríamos en la trampa de minimizar la gracia y sobrevalorar las obras; no obstante creo que merece la pena destacar que si bien todo está en manos de Dios no se pueden desdeñar las cualidades y la libertad de la persona. Te puede tocar la lotería, pero lo tienes difícil si no compras el billete. San Ignacio del Loyola dice lo mismo cuando invita a “fatigarnos como si todo dependiera de uno mismo, y al mismo tiempo confiar como si todo dependiera de Dios”.

Por tanto, hay que decidir y actuar para seguir creciendo en esto del amor. Hay que salir afuera y tomar posturas concretas de rechazo a lo que impide el amor y de aceptación y práctica de lo que lo facilite. Esto es importante; el movimiento se demuestra andando, decimos; pues bien, el amor se visibiliza en los actos. ¿Qué ejercicios de vida práctica ves en ti que son signos de amor genuino? ¿Podrías señalar en la última semana algo que has hecho y que te deja ver que amas de verdad?


Romper barreras

La primera decisión de amar se ha de dar en la atención, en abrir los ojos del corazón para ver en mí lo negativo, aquello que bloquea y limita mi desarrollo espiritual. Imaginemos que Dios es el sol, la luz. No solemos darnos cuenta de que esa luz es invisible. Observa la luna de noche, ves el sol reflejado en ella, pero no ves la luz que ciertamente existe en el espacio que dista entre el sol y ella; no ves la luz, aunque existe. La luz fluye en la oscuridad.  Comprueba que lo que ves no es la luz sino el efecto que los rayos del sol producen al chocar con la materia; en nuestro ejemplo con la superficie de la luna. 

Así es el encuentro con Dios. Dios es la luz que ilumina nuestro ser dando sentido a lo que somos. No lo vemos, pero está ahí. Vemos sus efectos sobre nuestra vida. Nos hace vernos a nosorros mismos ayudándoos a sí a concernos como imagen suya que somos y a vivir en consecuencia: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Salmo 118,105). El mismo Jesús, Dios encarnado, dijo: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8,12), "he venido para que los que no ven vean" (Jn 9,39).

Pero ¿qué ocurre si entre la luna y el sol se interpone un objeto opaco? Entonces la luz no llegaría y la luna y toda la creación quedaría a oscuras. Pues, bien, hay muchos objetos o velos opacos que obstaculizan e impiden que la luz de Dios ilumine mi alma; sin la luz de Dios mi alma no puede ver ni comprender por qué existe, por qué el sufrimiento y por qué sus inquietudes. Y sin una respuesta a estas cuestiones, sin la debida luz,  la vida se deteriora como le ocurre a una planta abandonada en un lugar oscuro. Podemos decir que sin la luz del Amor el amor no florece. 

Por eso el primer paso que hemos de dar es el de observar qué está impidiéndote recibir la luz. ¿Cuáles son esos impedimentos? ¿Qué obstáculos se interponen entre mi alma y Dios? Entre ellos está el velo conductual, los patrones de comportamiento arraigados en el inconsciente, los automatismos y las costumbres negativas. También limitan la percepción de la luz los conceptos heredados que se adquieren en la niñez, y otros que nosotros mismos hemos hecho propios a través de los años. ¿Podrías identificar alguno de tus automatismos o conceptos escleriotizados tan asumidos por ti que sin ellos te parece que no serías tu? Toma nota de alguna creencia que consideras inamovibles e intuyes que te paraliza para crecer psíquica y espiritualmente.

Los que nos hemos criado en una cultura cristiana recibimos en la infancia y la juventud una formación religiosa plagada de conceptos y valores que aceptamos sin pasarlos por el tamiz de la experiencia. Conceptos que puede que en su momento nos llenaran del orgullo de saber y conocer; incluso nos sentíamos felices de cumplir las normas que se nos dictaban  “así porque sí”, sin desvelarnos la fuente que pudiera hacerla un valor santo y deseable. Cumplíamos entonces la ley por puro amor a la ley, y esto nos satisfacía, ¿por soberbia? No me atrevo a afirmar tanto, pero veo que todo eso pudo crear  automatismos y patrones de comportamiento que bloquean la vida y no le permiten volar en libertad. 

Con la mayoría de edad la dinámica espiritual no se puede sostener en un “así porque sí”, necesita la experiencia del Epíritu que le mueva a obrar no por la obligación de la ley sino con la libertad de la fe. Deberías preguntarte si tu motor conductual sigue siendo externo (moral heteróma), atado a unos mandamientos o leyes exteriores a los que te sometes por costumbre y que por falta de un discernimiento serio y dejación en un conformismo atávico te impiden recibir la luz del sol de Dios y vivir más plenamente. Ten en cuenta que las leyes y los credos salvadores arraigan con facilidad en el ego porque le permiten sosegarse y verse más fortalecido. No caigas en la trampa.

Obsérvate y toma nota de hasta qué punto no eres tú quien vive tu vida sino que bailas al ritmo de tics aprendidos que satisfacen tu egoísmo. ¿Por qué rezas? ¿Por qué amas solo a quienes te aman? ¿Por qué tu amor no es imparcial e incondicional sino parcial y condicionado por el objeto o sujeto amoroso? ¿Por qué sigue pesando más en ti la costumbre que la libertad? Uno de los objetivos de esta etapa que seguimos es eliminar gradualmente todo lo que fortalece el ego y pone peros al amor sin fronteras que pretendemos vivir. Eliminando automatismos es posible desarrollar unas mormas de conducta que sean producto de una libre valoración y elección (moral autónoma).

Hay que despertar de los sueños inducidos por nuestra cultura, alejarnos de conceptos o realidades que nos han enseñado a considerar claves para la vida,  apostatar de leyes y situaciones cuya aceptación creemos inevitable, como éstas:  
*individualismo (gusto y regusto por llevar una vida tranquila sin que nadie me moleste),
 *capitalismo (tener bienes materiales y posesiones que me aseguren un futuro confortable y cómodo) y 
*consumismo (que no me falte lo necesario para poder satisfacer a placer mi sentido del gusto, olfato, vista, oído y tacto; ¿tendría sentido mi vida sin eso?). 

¿Hasta qué punto aceptas que del círculo individuo-dinero-consumo no se puede salir?


Virtud y sabiduría

El segundo paso es desarrollar cualidades nuevas que podemos resumir como virtud y sabiduría, es decir, acercarnos a las propuestas de vida  cristianas para conocer la verdad desde la práctica del amor bondadoso y a partir de ahí anclar nuestra conducta a una sabiduría que no sea impuesta (ley) sino aprendida y aceptada desde el descubrimiento y la experiencia interior del amor de Dios (libertad). A esta sabiduría podemos llamarla conocimiento (verdadera gnosis), siempre que este conocimiento no sea producto de unas enseñanzas teóricas (conocimiento puramente intelectual) sino fruto de la praxis del amor y la compasión. Es lo que Isaías llama “el conocimiento del Señor”, cuya sabiduría da paso a los tiempos mesiánicos; lo puedes leer en Isaías 11,1-9.

Este conocimiento se adquiere abrazando la realidad. Hay que dar el paso a la práctica. "Estoy contigo y tú quieres leerme cartas; no es esa la naturaleza del amor auténtico", decía el místico sufí Rumi. Estoy aquí y, aunque estoy prersente, me lees las oraciones de tu libro. Podemos caer en la trampa de confundir la oración con las palabras, la contemplación con los métodos; confundir con el mismo Dios lo que sólo son estados afectivos fruto de la práctica del silencio; y también  confundir el amor con el sentimiento romántico de querer hacer el bien. En todos estos casos la presencia del amante no se percibe para nada porque se tiene miedo a la unión mística; unión que no sólo la refiero a Dios sino a toda la creación, incluidos, por supuesto, los hermanos, especialmente los más pobres y marginados. Esta es la naturaleza del amor cristiano: amor universal. ¡No me leas textos, frases ni oraciones pías! Abrázame en la carne. Amor encarnado. Estoy aquí, presente -dice Dios- en mi Espíritu, presente en la naturaleza, presente, también, en los hermanos. ¿Cómo vives esto?

Deberíamos ir ya introduciendo en nuestra vida diaria todo lo que sobre el amor bondadoso hemos aprendido, 
*cultivando las verdades evangélicas que contemplamos (¿Es para ti el evangelio una novela rosa o ha subido ya al nivel de manual contracultural?)
*unificando conducta y sabiduría (¿Qué nivel de coherencia detectas entre la fe evangélica y tus actitudes y acciones?, 
*dando pasos concretos de entrega y altruismo desinteresado (¿Amas con el mismo afán a tus amigos y a tus enemigos?).

Conclusión

Estas son las aspiraciones de la segunda etapa de nuestro caminar: amor y altruismo. Párate a evaluar tus progresos siguiendo las pistas de los interrogantes que se plantean en este escrito y que te he facilitado poniéndolos en cursiva. En próximos encuentros podemos exponer experiencias y dialogar sobre todo esto.

Mayo 2024
Casto Acedo 

miércoles, 8 de mayo de 2024

7.5 Amar, cuatro grados.

Al hilo de los temas que vamos tratando, que versan sobre el amor bondadoso, compasivo e inclusivo, transcribo unas notas inspiradas en unos viejos apuntes de mi época de seminarista que nos pueden ayudar a tener una visión global sobre los grados de compromiso en el amor, que además suelen se idénticos a nuestro nivel de crecimiento personal (infancia, adelescencia, juventud, madurez) y  espiritual (éste tiene en la práctica y vivencia del amor su termómetro).  


Primer grado:
Ama al prójimo.

No hay duda de que lo más básico que nos enseñan y aprendemos desde niños es el deber de amar al prójimo. El mandato “¡amarás!” se nos transmite en la infancia como la base primera de la convivencia familiar (amar a los padres, hermanos, abuelos) y social (amarás a tus vecinos). Es algo común a toda la humanidad. 

Por todas partes se predica este amor, con unos pequeños matices que se refieren a la consideración de prójimo; hay quienes consideran “prójimo” a todo ser humano y hay quien reduce el significado del término a aquellos que te son más cercanos por vínculos familiares o de amistad.

El amor en este nivel es infantil, su motivación suele ser egoísta; depende del colectivo a quien se quiere agradar cumpliendo el mandato del padre o la madre que da la orden para que el niño haga esto o aquello. La práctica de este amor busca ante todo a aceptación en el grupo sometiéndose a sus normas. No hay un gusto por el amor sino obediencia a una obligación, y la satisfacción que produce amar se obtiene de la benevolencia y el aplauso de quienes te dirigen y obervan más que de la virtud misma. Es por esto un amor frágil, que decae o desaparece cuando se tambalea o muere la presión externa.


Segundo grado:
Ama tu prójimo como a ti mismo

Se añade aquí al primer grado un dato más: amar como me gustaría que me amasen. Hacer por los demás lo que quiero que los demás hagan por mí. Si en el primer grado el amor parece venir exigido por el imperativo de una fría ley externa aquí se invita a mirar al otro desde uno mismo, lo cual supone una mirada al propio interior. La medida del amor no la da en este caso la ley sino la consideración que tengo de mí mismo como persona.

Este principio de “haz o no hagas a los demás lo que no quieres que hagan o te hagan a ti” es patrimonio de la sabiduría milenaria de prácticamente todas las culturas. La Biblia recoge este mandamiento en el libro del Levítico: “No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (19,18). Observa que en el mandamiento o deber de amar parece incluirse sólo a “los hijos de tu pueblo”, los que forman parte de la familia judía. Es propio de la adolescencia este intercambio de fidelidades y favores que consituyen el entramado emotivo de la pandilla; por ello identificamos este amor con esa etapa de la vida.

 El Evangelio de san Mateo pone en boca de Jesús el mandato de amar como te aman  ligándolo al amor a Dios: “Un doctor de la ley le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». El le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas” (22,35-39).

Lo que cambia el Nuevo Testamento respecto al Antiguo es que el amor al prójimo se define como semejante e inseparable del amor a Dios; amar a Dios y no amar al prójimo es una mentira (cf 1 Jn 2,4), y todo lo que se hace a favor o en contra del prójimo lo hacemos a Dios (cf Mt 25,40.45). Además, aunque no se aprecia en esta cita, en otros textos evangélicos se determina quien es para Jesús el prójimo, que no es solo el que forma parte de tu patria, pueblo o familia, sino todo aquel que al presente necesita de ti, aunque no sea de tu tribu; es más, has de considerarlo próximo aunque sea tu enemigo declarado. Así lo deja ver la parábola del buen samaritano (cf Lc 10,25,37).

Tenemos, pues, unas enseñanzas sobre el amor que, invitan a amar al prójimo desde la consideración de uno mismo, pero en el evangelio se añade que se considere prójimo a toda persona cercana cercana en el especioi y el tiempo, todo aquel que se cruza contigo. Estamos ante un amor universal, un amor plenamente inclusivo, que no encuentra en el odio o la venganza una barrera. En este mandato se apoya la declaración de los derechos humanos, que considera a todos los seres humanos iguales en dignidad y, por tanto, con derecho a que se les respete y atienda como tales. ¿No es eseo lo que quieres para ti?

Alguno dirá que con este mandamiento bastaría. Sin embargo, tiene su qué negativo. Hay personas que no se aman a sí mismas, porque se minusvaloran, o se odian por sus vicios o esclavitudes, u odian su status social, su mala suerte, o cualquier otra cosa. Decir a estos que amen al projimo como a sí mismos disminuiría su deber de amar. ¿Vas a pedirle a un alcohólico o a alguien atado a otras drogas o que desprecia su vida que ame a su prójimo? Lo tiene difícil. Primero ha de amarse a sí mismo, y sobre eso el cuarto grado nos enseñará algo importante.


Tercer grado:
Ama al prójimo como Jesús le ama.

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros". (Jn 13,34-35). Aquí el punto de referencia para evaluar el amor no es mi subjetividad (“como a mi mismo”) sino que se recurre a una sabiduría amorosa que está más allá de mí, la sabiduría de Jesús.

Este mandato es ya propiamente cristiano. Para poder practicarlo es necesario conocer a Jesús. Si los dos primeros grados se sustentan en una ley o deber que asumo y desarrollo desde la o bjetividad de un frío mandato o desde mí mismo, el “amar como Jesús”, requiere descentrarse (en el sentido de dejar de ser el centro) para poner la mirada en Jesús, entrar en su relación y aprender de Él. Para ello se requiere una formación cristiana seria que profundice en la persona del Amado mediante el estudio y la oración.

El amor cristiano aquí se adentra en el ámbito del amor de Dios en Jesucristo. En Jesucristo, Dios encarnado, “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él" (1 Jn 5,16). Preciosa definición de quién es cristiano: lo es quien ha experimentado el amor de Dios y ha creído en él. Cuando este amor fluye por las venas de la persona fructifica en amor universal. “Yo soy la vid -dice Jesús- vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante” (Jn 15,5). ¿Se puede trabajar la permanencia en Cristo? Sí, por medio de la escucha de la palabra, la oración, los sacramento y la práctica de las virtudes.

La existencia de una Iglesia tiene sentido si transmite este amor a todos. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16,15). La tarea eclesial consiste en predicar, celebrar y hacer presente el amor de Dios, o dicho de otro modo: hacer vera todos al Dios que es amor. Para ello basta dar a conocer a Jesucristo, amor de Dios encarnado. 

El "amar como Jesús ama" es amor de juventud, centrado y motivado en y por el lider que se sitúa como brújula de la propia vida, y que permite adherirse a una sociedad, en nuetro caso la Iglesia, formada por los que persiguen los mismos fines.

El amor en este grado se llama con toda propiedad amor fraterno; no amo porque una ley de conveniencia me lo haga saber sino porque mi propio ser, habitado por el Espíritu de Jesucristo, me impele a ello. No amo a mi hermano porque sea bueno o malo, alto o bajo, feo o guapo, etc., lo amo porque Jesucristo me ha hecho hermano de todos. Amo porque en Cristo toda persona es carne de mi carne. En el cuerpo de Cristo siento a todos como parte mía, miembros de mi familia (cf 1 Cor 12,12-31).

Este grado de amor nos ayuda a comprender el plus que añade la fe y la pertenencia a la Iglesia a la hora de crecer espiritualmente con un amor que supera lo simplemente humano. Estamos ante un amor donde lo humano se completa en lo divino. “Sin mi no podéis hacer nada” (Jn 15,5b) , dice Jesús (Jn 15,5b), y san Pablo dice: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13).

Desde este amor comprendo que Jesús es el punto de referencia último de la moral cristiana. Cuando no sé que decisión tomar en tal o cual encrucijada de la vida, me pregunto como cristiano: ¿Qué haría Jesús? Y decido en consecuencia, no motivado sólo por mis criterios humanos sino con el plus de amor misericordioso que aplica Jesús. Amor extremo dispuesto a dar a vida por todos, amigos y enemigo: “En el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros".(Rm 5,6-8)

Esta demasía en el amor la adquiero, como ya hemos dicho, por el estudio, la oración y los sacramentos de la Iglesia. El amor de obligación del primer grado lo motiva la ley moral; el segundo la necesidad de consensuar una buena convivencia entre todos; el “amar como Jesús”, que incluye a los dos primeros, necesita de la fe y la relación con Él para materializarse.


Cuarto grado:
Ama como se aman las tres peresonas
de la Santísima Trinidad

¿Acaso hay aún un grado de amor superior a amar como Jesús ama? Nos atrevemos a decir que sí: aunque éste no está al alcance de nosotros en esta vida; podemos vislumbrarlo, podemos degustarlo pero no podemos voivir permanentemente en Él, al menos de momento. Este amaor es aquello que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.” (1 Cor 2,9). Hablamos del amor mismo de Jesús, amor del Hijo  compartido en en el centro mismo del ser de Dios.

El amor de Dios, su mismo ser, es el Misterio por excelencia. Un amor de excelsitud infinita que nos permite decir que “Dios es amor”. Lo llamamos Amor Trinitario, y es el amor de las tres personas de la Santísima Trinidad, misterio de amor divino y de amor cristiano por excelencia. Decir que en Dios hay tres personas distintas y un solo Dios verdadero es decir que Dios es Misterio; eso sí, un misterio que no debemos entender como algo oculto, oscuro, escondido y recóndito, sino misterio en el sentido de algo revelado por Dios, algo luminoso, una experiencia que nuestra inteligencia humana no puede procesar, algo que la razón no puede ver, pero no tanto por falta de luz como por exceso de ella.

Por la experiencia del amor humano, que es reflejo del amor divino, podemos intuir o ver con los ojos del alma este Amor Trinitario. La Biblia, por ejemplo, dice: “dejará el hombre a su padre ya su madre y serán los dos una sola carne” (Ef 5,31). ¿No está hablando de dos distintos que en el amor llegan a ser uno? Un solo ser, sin dejar de ser dos distintos. Pues eso mismo es Dios en sí: tres en uno; no tres dioses en un dios, sino tres personas en un solo Dios. La experiencia del amor humano nos acerca a la comrensión del amor divino.

Nuestro Dios no es un Dios solitario. En sí mismo es comunión, comunicación, relación, amor. Si amar es salir de ti y dirigirte hacia otro, si para amar es necesario la existencia de algo o alguien fuera de ti, y si Dios fuera un solitario, la creación del mundo y del hombre sería una necesidad de Dios. Sin embargo Dios para ser amor no necesita de nadie. Si crea es con absoluta gratuidad. Dios no necesita de mi para existir como amor; es amor desbordante en sí mismo. Desde la eternidad el amor del Padre se vuelca en el Hijo, el hijo ama igualmente al Padre y el Espíritu Santo fluye amoroso entre ambos. Tres personas que no se estorban ni se anulan sino que en su relación potencian cada una su identidad sin perder la unidad.

Al grado primero que expusimos se accede por la razón que aplica la moral escrita en la ley que dice “amarás a tu prójimo·”; al grado segundo por la socialización que exige el respeto necesario entre todos para construir una sociedad decente; al tercer grado nos acercamos por la reflexión, incluyendo en ella la meditación de las escrituras y la admiración por Jesús de Nazaret y la particiación sacramental en su gracia; El cuarto grado nos dice: “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Podemos intuir la relación de personas en el seno de la Trinidad y hacer oración de contemplación elevando el corazón a esa “nube del no-saber”, ese Misterio incognoscible que es Dios. 

La oración de contemplación tiene en este grado su justificación. Este el amor propio de la madurez, cuando la vida espiritual no viene motivada por leyes ni por señuelos exteriores, ni por la simple admiración por Jesús, sino por el encuentro experiencial con Dios en la intimidad del corazón. Llegada a la unión con Dios el alma alcanza su plenitud.

Contemplar a Dios en su Misterio de amor Trinitario es acercarse a la fuente del amor, beber y hacerse uno con ella (cf Jn 7,37). “Qué bien se yo donde está la fonte que mana y corre, aunque es de noche” (San Juan de la Cruz); Dios es la fuente de donde viene el agua de la Vida por en Jesucristo: “En esto se manifestó e amor que Dios nos tiene: en que envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9). Dios es fuente y Misterio: “Bien sé que tres en sola una agua viva residen, / y una de otra se deriva / aunque es de noche” (San Juan de la Cruz).


Enseñanzas concretas:
Amor y oración contemplativa

¿Qué importancia tiene la oración contemplativa? Mucha.

* Contemplar a “Dios en sí mismo” como amor pone al descubierto mi ser único y el ser de cada persona como creada a “imagen” de Dios. Si Dios es amor también el amor forma parte de la esencia personal de todo hombre y mujer. cuanto más amo más soy yo mismo; cuanto más me domina el egoísmo (ego) menos persona soy.  

* Abriendo los ojos al Dios Amor que existe desde la eternidad comprendo que Dios no es un Ser solitario. En sí mismo es comunión, comunicación, relación, amor. Si amar es salir de ti y dirigirte hacia otro, si para amar es necesario la existencia de algo o alguien fuera de ti, y Dios fuera un solitario, la creación del mundo y del hombre sería una necesidad de Dios, que crea algo o alguien a quien amar. Sin embargo Dios para ser amor no necesita de nadie. Si crea es con absoluta gratuidad. Dios no necesita de mi para existir como amor; es amor desbordante en sí mismo. Desde la eternidad el amor del Padre se vuelca en el Hijo, el hijo ama igualmente al Padre y el Espíritu Santo fluye amoroso entre ambos. Tres personas que no se estorban ni se anulan sino que en su relación potencian cada una su identidad sin perder la unidad. Si Dios me ama es por pura gratuidad.

* Hay alguien que dijo "soy lo que miro"; y hay cierta verdad en ello. Cada cual es lo que contempla y deja entrar en su vida. La contemplación determina en gran medida mi ser. Si me complazco en contemplar violencia, destrucción o muerte, mi ser se empapa de todo ello; si mi alma se obsesiona por mirar con deseo el dinero, la fama, el lujo o el poder, quedo atrapado en la ambición, la vanidad, la superficialidad y el mando. ... Contemplar a Dios en sí, en el silencio de la oración, es limpiar el espejo del alma para verse a sí mismo con transparencia y claridad. Quien mira a Dios moldea su espíritu según Él.

* Más que una obligación (ley moral, primer grado), una conveniencia social (“respeto para ser respetado”, segundo grado), una sabiduría admirable (“amar como Jesús”), el amor es un Misterio divino que  contemplar y donde sumergirse (ser sumergido). La "atención amorosa a Dios" me hace descubrir la grandeza del amor de Dios y pone en evidencia la pequeñez de mi amor; veo pasar el amor de Diso por mi vida y no tengo palabras para expresarlo; veo la gratuidad de la creación y me admiro de un amor tan puro; veo el rostro de Dios en mi prójimo y cambia mi percpeción de él... Si mi contemplación es verdadera tendré  la sensación de que cuando veo o siento a Dios, espontáneamente, sin forzar mis decisiones, con naturalidad, el amor que contemplo fluye por mi cuerpo y mi alma y se expande hacia toda la humanidad y demás seres creados. Si no es así he de mirar si es auténtica contemplación.

* Por la contemplación del amor de Dios llegamos a valorar y agradecer lo que somos. Somos a su imagen, somos amor. Contemplando el amor Trinitario aprendo a aceptarme como creación amada de Dios (cf Sb 11,24), con los dones que Dios me ha dado y con las peculiaridades físicas y anímicas con que me ha dotado.  Soy como Dios me ha creado; y así me ama. Aprendo de este modo a "amarme a mí mismo" como soy, porque así me ama Dios. Si Dios es amor y me ama, ¿qué voy a temer? Si Dios está conmigo, ¿quién contra mi? (cf Rm 8, 31-38).

* ¿Para qué la oración contemplativa? Para mirar a Dios y configurar mi alma según el modelo o patrón por el que fue creada. Cuando Dios es todo en la vida el amor fluye por ella sin sobresaltos ni miedos, llevando su amor hasta extremos insospechados. Con felicidad y regocijo; y luego -como dice un amigo- la vida eterna.

Mayo 2024
Casto Acedo

jueves, 25 de abril de 2024

7.4 Atención a los estados aflictivos

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Jn 3,2
*
¿De dónde nace la energía para nuestras críticas y demás acciones negativas? Normalmente tienen su origen en los estados aflictivos: tristeza, orgullo, ira, venganza, apego, confusión... Cuando una emoción negativa está floreciendo en el corazón el instinto primario parece decirnos que si implementamos esa emoción, si damos rienda suelta a la ira, la venganza, el apego, etc., vamos a lograr satisfacción. 

Si tengo ante mí el objeto que deseo me da la sensación de que si lo consumo quedaré satisfecho. Si critico a esa persona que se ha portado mal voy a sentirme bien. Pero esa sensación es errónea; si das rienda suelta a tus energías negativas no logras satisfacción sino más sufrimiento, más dolor, más insatisfacción. No olvides que la causa del sufrimiento está en las aflicciones; y si damos rienda suelta a éstas aumentamos el problema.

Hay que estar prevenido. Es verdad que dentro de nosotros va a surgir la falsa intuición de que el brote emocional aflictivo es bueno, correcto, favorable. ¿Qué mal hay en responder a la crítica con la crítica?, piensas. ¿No es de justicia? ¿No es lógico sentir ira, deseos de venganza hacia quien tanto daño me hace? Así discurrimos y justificamos el “ojo por ojo”; sin embargo, eso que nos parece justo no va a producir sino más angustia, más dolor e  insatisfacción. Excluir de nuestro amor a alguien siempre se volverá en contra generando más sufrimiento.

¿Cómo salir del bucle del sufrimiento que producen los estados aflictivos? Damos tres pistas importantes a tener en cuenta:

1. Primeramente reconoce que estás bajo la influencia de las aflicciones. No es fácil, pero si tomas conciencia de tu ser en medio de la emoción que te embarga, si desde la frialdad objetiva de la mente logras mirar tu interioridad acalorada y afectada por el enfado, si consigues darte cuenta de cómo la emoción aflictiva está manejando los hilos de tu conducta, has dado un gran paso. Se trata de que percibas que hay una fuerza rara que te está manipulando, que está resolviendo dentro de ti sin contar contigo.

El deseo de hacer daño, de responder con ira a quien te ha criticado o dañado, es una sensación tan grata que no te das cuenta de él hasta muy tarde. Sin embargo, la ira es agobiante, crea malestar, no te gusta vivir en el enfado, pero mientras estés mirando la realidad desde él, mientras estés dentro de la película que lo ha generado, no encontrarás salida a tu frustración..

Cuando te das cuenta de que la ira te domina, de que es el enfado el que manda en tus decisiones y tus acciones, comienza tu liberación. Es aquí importante el papel que juega en esto el cuidado, la atención vigilante o el recogimiento, temas que ya tratamos en su momento.

2.En segundo lugar es importante que no te identifiques con la emoción que sufres; aprende a mirarla como algo que está pasando por ti, pero que no eres tú; es como un visitante que pasa por tu casa y huele mal, pero no eres tú, es el visitante el que desprende mal olor. No es tu casa, no es tu aliento, no es tu sudor. “No soy yo; yo no soy la ira, ni la tristeza, ni el apego, ni la envidia; hay un estado de ira, tristeza, apego o envidia que me invade, que se ha infiltrado, una nube negra y espesa que pasa por mí”. No te identifiques con esos estados; tú no eres nada de eso.

3.Y para finalizar, aminora y haz desparecer la aflicción que te afecta cultivando el remedio adecuado para ello. Ya vimos en un tema de la primera etapa los remedios para los estados aflictivos (sanar las 5 aflicciones primarias): para el apego (deseo, aferramiento, adicción,...) mira lo engañoso que es; al odio responde con amor; a la ignorancia de quién eres  ponle sabiduría (conocimiento de tu naturaleza); la envidia corrígela con autoestima; el orgullo con humildad.

Es un reto importante que identifiques tus aflicciones, que son las que causan tus críticas y tus conductas inadecuadas; una vez identificadas has de trabajarte interiormente poniendo los antídotos adecuados: donde haya apego pon generosidad; donde haya odio pon amor; donde haya ignorancia y oscuridad pon una seria formación espiritual; donde haya envidia pon reconocimiento de lo que vales; y donde haya engreimiento y orgullo pon humildad y servicio.

Son importantes los actos, los gestos prácticos; en ellos está la batalla; no basta con los conocimientos teóricos, se necesitan acciones reales que afiancen la certeza de lo que somos: amor, bondad, compasión, misericordia, "amor incliusivo". Ya sabemos que la vida espiritual consiste en ir sacando a luz nuestro espíritu, lo que somos, eliminando las conductas negativas a las que nos lleva el velo de nuestro ego. Es una tarea ardua pero hermosa, gratificante cuando vamos descubriendo que al soltar las ataduras emocionales que nos afligen y al activar la bondad y el amor que somos  nacemos a una vida nueva, la vida del y en el Espíritu (cf Jn 3,4-8).

Abril 2024
Casto Acedo

7. 3 Tolerancia a las críticas.

Como complemento al tema anterior, aunque también con cierta autonomía, va este tema para vuestra consideración. Interesante.


Sé tolerante a las críticas

Si es verdad que somos aficionados a la crítica también es verdad que a menudo somos objeto de críticas por parte de quienes no nos quieren bien o no acaban de asimilarnos a su cultura.

Por eso, además de mordernos la lengua y ejercitarnos en el silencio,  debemos preguntarnos acerca de cómo toleramos las juicios que otras personas hacen sobre nosotros, o que incluso nosotros mismos podemos hacernos (autocrítica). ¿Cómo lidiar con las críticas sobre nosotros?

En este sentido comenzámos diciendo algo que ya apuntábamos al hablar de la adversidad: las críticas que recibimos suelen parecernos situaciones adversas, y como tales nos cuesta asumirlas; sin embargo habría que decir que toda crítica que se nos haga es un regalo que se puede convertir en crítica constructiva en el sentido de que puede ayudar a autoanalizarnos y a ejercitarnos en encajar las críticas sin perder la paz. Si sólo vemos en las críticas algo injusto, despreciable, que no merece sino una respuesta similaren dureza, es porque no estamos avanzados en nuestro camino espiritual. Es un síntoma evidente de que aún tenemos mucho trabajo por hacer.

Las críticas adversas, vistas desde nuestro lado, no tienen por qué ser consideradas  negativas. Sea como fueren vamos a tener que afrontarlas sí o sí. Y no son necesariamente señal de que algo vaya mal. Muy al contrario, pueden ser un síntoma de que se va por el buen camino. Si no te critican es probable que no estés haciendo nada maravilloso, nuevo o importante. Resulta clarificador el hecho de que prácticamente todos los que hoy reconocemos como Premios Nobel de la Paz hubieron de pasar por unos primeros momentos muy críticos. Y si miramos a Jesús de Nazaret, nuestro maestro, vemos que ni él mismo se libró de juicios y críticas malévolas.


Reconoce que si no tienes críticos es porque estás en el promedio, en el centro de la manada, en medio de la tribu; no estás inquietando a nadie, porque no te mueves significativamente. Casi te diría que si no te critican es porque estás muerto o muerta. El cementerio es el lugar más acrítico que existe. Todo el mundo habla bien o no dice nada de los que reposan en la muerte. Han dejado de ser molestos. 

Cuando propones cambios en la sociedad, cuando te mueves hacia la orilla y buscas espacios alternativos al conservadurismo ambiente eres un pionero, y eso supone una amenaza para los conservadores que se instalan en el romanticismo tradicionalista del “siempre ha sido o siempre se ha hecho así”. Éstos  saben que cualquier alteración de lo de siempre amenaza su posición social. ¿No es esclarecedor en este sentido el hecho de que saduceos y fariseos se mostraran hipercríticos con Jesús? Toda persona que arriesga por mejorar recibe críticas por parte de quienes desean permanecer quietos, ya sea por pereza o por miedo.

Los cambios se dan cuando se asume el riesgo de ser criticados con argumentos  que suelen tener su origen en visiones subjetivas de la realidad. El pensamiento y los hábitos de la mayoría son proclives a no aceptar los de la minoría. Así, en un país con mayoría de vegetarianos se critica a los carnívoros, y viceversa, donde la carne se encumbra como alimento se critica a los vegetarianos; en una España donde el matrimonio para toda la vida era la norma se criticaba cualquier atisbo de ruptura o infidelidad, hoy se critica a quienes ponen en valor un matrimonio indisoluble hasta la muerte; en sociedades teocráticas como la musulmana se critica cualquier incumplimiento de la moral confesional, sin embargo, en sociedades laicas se critica el sometimiento a unas leyes morales religiosas, etc.

Todo esto indica que nos quedan dos caminos: someternos al rebaño o buscar nuestro camino y seguirlo a pesar de la persecución verbal o material. Todo sin reaccionar con violencia a la violencia equiparándonos a los que nos juzgan. Para ello puede ayudarnos el entender que la crítica no es sino la conclusión de una persona que tiene tras de sí una historia muy concreta. 

Puedes preguntarte acerca de por qué quien te critica piensa como piensa; esto te ayudará a comprenderle y a aceptar su crítica como conclusión lógica de su historia personal, de su contexto cultural, de su temperamento, su formación, sus estudios, sus inclinaciones, etc. Mirar esto te enseña mucho sobre el funcionamiento de quien emite la crítica; y también puede enseñarte a comprenderte a ti mismo, porque también tú estás mediatizado en tus ideas y posiciones, que responden también a una cultura, un temperamento, unos sentimientos, etc.

Por tanto, cuando encuentres incomprensión por parte de quienes se niegan a respetar tus cambios, cuando te sientas criticado o criticada, no respondas con la misma moneda. Lleva el tema a tu oración y, manteniendo tu camino, acoge las críticas y perdona a tus críticos. Mírales  con comprensión y amor no les excluyas. Al acoger las críticas haces un ejercicio de autocrítica y descubres si hay en ellas algo de verdad que debas asumir; y al perdonar a quien te critica te entrenas en la virtud de la tolerancia, que es amor compasivo por quien aún no ha descubierto que la aceptación propia y el respeto al prójimo son piezas clave para una vida feliz y pacífica.

Toma nota, pues, de las críticas que recibes, y haz de ellas un boomerang aprovechando su energía para autoconocerte y crecer en misericordia. 

Abril 2024
Casto Acedo. 

viernes, 19 de abril de 2024

7.2 "¡No critiques a los demás!"

 Como complemento del tema del "amor inclusivo" que tratamos de meditar y asumir en estos días, reflexionamos acerca de nuestras críticas a los demás, que suelen ser un signo evidente de "exclusión" de aquellos que no son de nuestro agrado por los motivos que sean. 

Ya hemos tratado acerca de la necesidad de evitar los juicios y prejuicios contra los demás.  Puedes releer lo que se dijo en: https://contemplarealiitradere.blogspot.com/2023/07/32-elimina-prejuicios-consejos.html. y en  https://contemplarealiitradere.blogspot.com/2023/02/7e-callar-y-escuchar.html

Vamos a insistir en el tema del silencio ante las actitudes y actos del prójimo. Sobre todo cuando de ello no vamos a sacar ningún beneficio ni nosotros, ni el criticado, ni la sociedad. La consigna conductual es categórica: No critiques.


“No critiques a los demás”.

Es muy importante controlar y cuidar la conducta verbal, porque de todos es sabido que una palabra puede herir más que una espada afilada. La lengua que no se controla puede destruir en unos segundos lo que se ha tardado años en construir. De ahí la atención que debe prestarse a nuestra conducta en lo que respecta a la lengua.

El libro del Eclesiástico previene contra el vicio de la lengua desatada:
“No avientes el grano con cualquier viento, ni camines por cualquier sendero; así lo hace el pecador que habla con doblez. Mantente firme en tus convicciones, y no tengas más que una palabra. Sé pronto para escuchar y tardo en responder. Si sabes algo, responde a tu prójimo, pero si no, mano a la boca. Hablar puede traer gloria y deshonra, y la lengua es la ruina del hombre. Que no te tachen de murmurador, ni pongas emboscadas con tu lengua, porque sobre el ladrón cae la vergüenza, y una severa condena sobre el que habla con doblez” (5,9-14).
Que las palabras hieren no hace falta demostrarlo a nadie, porque todos sabemos de cosas que nos han dicho en el pasado y que aún nos duelen hoy en día; hay palabras que  para bien o para mal atraviesan el corazón; por eso hay que tener cuidado con lo que decimos, sobre todo a los niños y a los más inocentes.

El daño que la crítica negativa produce es nefasto, y  suele ir más allá de lo individual y personal; si tú criticas estás creando las causas y condiciones para que a su vez otros se apunten al carro de los críticones y acaben por criticarte hablando mal de ti. La crítica causa daño no sólo a quien se dirije sino también a quien escucha esa crítica, porque  crea mal ambiente en el entorno. Donde se empieza a criticar todo se va creando negatividad en el grupo, la familia, la comunidad, etc.

No deberíamos, pues, criticar a los demás  ni en su presencia ni en su ausencia, a no ser que esa crítica sea solicitada por el interesado. En este caso estamos ante lo que se llama crítica constructiva, que es pedida por alguien que quiere saber tu opinión sobre algún asunto que le concierne. Pero para ser buena crítica se necesita a además que sea constructiva, que se haga con el interés de mejorar a la persona; los juicios tienen que ayudarle a hacer las correcciones necesarias en su vida. Es lo que la Escritura llama “corrección fraterna” (cf Mt 18, 15-17)


La crítica indica poco amor inclusivo

Solemos juzgar o criticar a las personas según nuestros puntos de vista y experiencias. No nos ponemos en lugar del otro, es decir, nos falta empatía y amor bondadoso, compasivo, hacia los demás. Nos cuesta aceptar que sabemos poco del otro, de lo que pasa dentro de esa persona, de las causas o razones por la que dice o hace tal o cual cosa. A partir de aquí es evidente que nuestras críticas suelen ser muy subjetivas, sostenidas por una visión egoísta de la realidad, lo cual nos impide ver objetivamente las debilidades del otro; juzgamos desde nuestra soberbia, nos erigimos en los intérpretes autorizados de la ley moral, de lo que se debe hacer o no. Ponemos la ley como barrera que nos separa. 
“No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o el que critica a su hermano está hablando mal de la ley y criticando la ley; y si criticas la ley, ya no eres cumplidor de la ley, sino su juez. Uno solo es legislador y juez: el que puede salvar y destruir. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?”(Sant 4,11-12).

Hay que entrenarse en el silencio, la meditación y la decisión puntual para romper la inercia adquirida que nos lleva a la crítica fácil, a conclusiones sobre los demás que no tienen fundamento real, o si lo tienen no deja de ser una inmiscusión en su vida privada. Hace falta mucho tiempo de escucha y observación callada para conocer a una persona a fondo y respetarla como un hermano. El amor bondadoso pide sentir al otro como a uno mismo y, tal como solemos ser con nosotros, deberíamos ser positivos, esperar lo mejor de las personas, no llegar a conclusiones precipitadas, concederles el beneficio de la duda, saber de ellas por lo que hacen antes que por lo que dicen, y, por supuesto, hacer caso omiso a lo que otros dicen de esa persona.

Conocerte en tus críticas

Un buen ejercicio para motivarte a controlar la lengua y de paso conocerte un poco más es tomar conciencia del hecho de que “la crítica dice más de ti que del otro”. En muchas ocasiones, cuando criticamos y rechazamos algo que nos molesta del otro, lo que ocurre no es que nos moleste especialmente ese algo que criticamos, lo que de verdad odiamos es a quien criticamos. Es su persona, no sus actos lo que nos molesta y sometemos a juicios de condenación.  A menudo nuestra crítica está inspirada en la ira. Cuando estamos irritados, frustrados o enfadados descargamos la tensión de esas aflicciones con malas palabra y juicios sobre otros: el jefe, la esposa o el esposo, los hijos, el vecino, ... La crítica desde la ira suele ser muy destructiva, porque no hace sino lanzar dardos sin asumir la parte de responsabilidad en el malestar que la provoca.

Otras veces es la envidia la que inspira la crítica destructiva. El deseo del bien o bienes que el otro posee genera frustración, tristeza y humillación en el envidioso que reacciona criticando al otro curiosamente en lo que personalmente más desea. Si tiene una mejor casa juzgo que tampoco es tan buena, o “¿de dónde habrá sacado el dinero”?; si envidio su vida de familia procuro comentar el más mínimo detalle que le desacredite; si envidio su modo de ser, critico sin misericordia el más pequeñpo fallo, etc...

Es interesante que cuando hayas caído en la crítica destructiva hacia alguien te pares y medites dónde te duele el otro, ¿qué te molesta o qué envidias de él? Puedes descubrir cómo muchos de tus juicios sobre el prójimo no son sino la sangre de la herida que producen en tu alma la ira o la envidia.

También es importante saber encajar las críticas que recibes. ¿Te duelen? Mira a ver si hay algo de razón en lo que se dice; porque si no dicen verdad ¿por qué te molestan tanto? Y si dicen algo real, aunque sea sólo en parte, ¿no deberías asumir humildemente lo que deberías cambiar en tu vida? No obstante, cuando se recibe una crítica que te compromete sin ser cierta en absoluto, hay que buscar los medios para rebatirla sin recurrir a odios ni violencias.

Procura despersonalizar tus juicios, es decir, comenta el pecado pero no te ensañes con el pecador, condena los actos negativos pero no condenes a la persona. ¿Recuerdas a Jesús ante la mujer sorprendida en adulterio? (cf Jn 8,1-11). No niega que el adulterio sea algo negativo: “Vete y en adelante no peques más”; pero muestra una empatía sublime, un amor inclusivo total, hacia la mujer: “¿Ninguno te ha condenado? Yo tampoco te condeno”. 


Una cosa es la acción de una persona y otra sus motivaciones; se puede obrar con ignorancia o inconsciencia, por necesidad, por flaqueza, etc. Y en muchos de los casos la acción puede no estar justificada, pero la persona sí. Y aunque alguien obre por mala voluntad hay que tener paciencia:  la persona que obra el mal necesita un cambio radical en su vida, pero ese cambio no se da en un día, ni en una semana y puede que ni en años. 
La persona puede cambiar, pero hay que darle tiempo. Además, nadie va a cambiar porque lo marginemos y critiquemos; es más fácil que en este caso se obstine en su falta; sin acogida por nuestra parte no cambiará. Puedes condenar el vicio del alcoholismo o cualquier otra cosa, pero no condenes al bebedor o al que yerra de cualquier modo; acógelo, inclúyelo en tu amor. 

Toma medidas para que quien se desvía no recaiga (por ejemplo, alejando el alcohol del alcohólico), pero dale cobijo en tu corazón; acépta a quienes viven lejos de la virtud, sólo desde la aceptación, desde el amor inclusivo, puedes ayudarle en su recuperación. Te viene muy bien para esto observar la conducta global de la personas fijándote sobre todo en sus cualidades positivas. Siempre hay algo que resaltar y digno de imitar en el otro. Desde ahí puedes amarle.

Finalmente, ten en cuenta que los fallos de otros te dan pistas para descubrir tus propios fallos. Seguro que lo que observas e incluso criticas también forma parte de tus hábitos, y haces lo mismo que criticas en menor o mayor grado. Deberías pensar cómo serías tú si el Señor te quitara la mano de encima, si no tuvieras la suerte de haber nacido en una familia, un barrio o una iglesia en la que has aprendido a comportarte; ¿que hubiera sido de ti de no haber podido acceder a una formación a la que otros no pueden acceder?. Si descubres en otra persona una gran travesura, o un gran fallo, más que criticarla deberías sentir aflicción o indignación por no trabajar lo suficiente para que esa persona encuentre su norte.

* * *

En fin, termino retomando citas del libro del Eclesiástico que te pueden servir de guía para hacer un uso consciente y positivo de la lengua, arma de doble filo que puede herir o acariciar, matar o dar vida. Escucha:

*“Antes de hablar, infórmate” (18,19a).

*“El que domina la lengua vivirá sin peleas, y el que detesta la palabrería evita el mal. No repitas nunca un chisme y no sufrirás ningún daño; ni a amigo ni a enemigo se lo cuentes” (19,6-8a).

*“¿Has oído algo? ¡Muera contigo! ¡Tranquilo, que no reventarás! El necio oye una noticia y ya siente dolores, como la mujer que va a dar a luz un hijo. Flecha clavada en el muslo es la noticia en las entrañas del necio” (19,10-12).

*“Un golpe de látigo produce moratones, un golpe de lengua quebranta los huesos. Muchos han caído a filo de espada, pero no tantos como las víctimas de la lengua. Dichoso el que de ella se protege, y no ha estado expuesto a su furor, el que no ha cargado su yugo, ni ha sido atado con sus cadenas” (28,17-19).

* Y una última: “Hay quien resbala sin querer, pero, ¿quién no ha pecado con su lengua?” (19,16).

Cultiva el corazón y el amor inclusivo. Gran enemigo de él es la crítica destructiva y el chisme. ¡Cuida tu lengua! Sin su cuidado no podrás progresar en el amor. ¿Por qué no te paras y haces un voto de silencio, un ayuno de palabras que no sean estrictamente neesarias? Y cuidado con Washap y demás aplicaciones proclives al chisme.

Abril 2024
Casto Acedo