martes, 25 de febrero de 2025

La compasión en hervor


Cuando los hermanos de José vieron que había muerto su padre, se dijeron: «A ver si José nos guarda rencor y quiere pagarnos todo el mal que le hicimos». Y mandaron decir a José: ...Perdona a tus hermanos su crimen y su pecado y el mal que te hicieron. ... ». José al oírlo se echó a llorar. ... «No temáis, ¿soy yo acaso Dios? Vosotros intentasteis hacerme mal, pero Dios intentaba hacer bien, para dar vida a un pueblo numeroso, como hoy somos. Por tanto, no temáis; yo os mantendré a vosotros y a vuestros hijos». Y los consoló hablándoles al corazón” (Gn 50,15-21).
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Podríamos titular este tema como Mantenernos a flote en aguas turbulentas, o recurriendo a un título más bíblico: Abundar en gracia cuando aprieta el pecado (cf Rm 5,20). Lo titulamos La compasión en hervor,  porque me parece un buen resumen. No somos perfectos y tendemos al juicio y la condena, especialmente cuando nos hierve la sangre a causa de circunstancias o apreciaciones más o menos explícitas que nos están humillando. 

El texto del Génesis, que se enmarca en la historia de José (cf Gn 39-50), con el cual hemos abierto este tema nos sirve de introducción en clave bíblica. José, ministro del Faraón en Egipto, hace una lectura sorprendente por insólita de la maldad con la que actuaron sus hermanos cuando le vendieron por envidia a unos mercaderes:  «Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios.  Pero ahora no os preocupéis, ni os pese el haberme vendido aquí, pues para preservar la vida me envió Dios delante de vosotros" (Gn 43,4-5). El texto da a entender que el milagro de la compasión se da cuando se supera la lógica mundana de la venganza. "Vosotros intentasteis hacerme mal, pero Dios intentaba hacer bien, para dar vida a un pueblo numeroso, como hoy somos. Por tanto, no temáis" (Gn 50,20-21).

Con la fuerza de la compasión y el perdón Dios saca el bien del mal; del daño hecho a José saca la salvación de toda la familia de Jacob, el pueblo de Israel. Sólo se necesitó que José pusiera misericordia donde la lógica mundana esperaba venganza. Es todo un adelanto de lo que da a entender Jesús tras la resurrección: vosotros me condenasteis y me llevasteis a la muerte en cruz, "¿no era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?".(Lc 24,26). "Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él." (1 Jn 4,9). "Sus heridas nos han curado” (Is 53, 5). Gran paradoja: Dios saca vida de la misma muerte; el amor compasivo de Dios es más fuerte que el odio del mundo (cf Cant 8,6; Hch 2,36). Ahí tenemos el camino.

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No es bueno alegrarse del mal ajeno

Es fácil sentir compasión hacia personas apreciadas o queridas, pero no lo es tanto cuando se trata de compadecer a quienes han provocado en nosotros rechazo o enfado. La actitud lógica ante los sufrimientos del enemigo suele ser la indiferencia o el deseo de mal. Anda ya, ¡que le zurzan!, oímos decir a muchos cuando pasa un mal momento aquel que lo hizo pasar a ellos o no se ocupó de ayudarles cuando lo esperaban. Quien adopta esta actitud ni sana al prójimo ni se beneficia él mismo. En el juego del odio y del desprecio todos salen perdiendo

Es importante detenernos a mirar, meditar y corregir nuestra tendencia a ignorar, o incluso desear maliciosamente, que quienes identificamos como enemigos o antagonistas sufran las penas que consideramos merecen por sus pecados. Mucho daño nos hacemos a nosotros mismos cuando nos sale la vena justiciera. Esta vena contradice totalmente la sabiduría divina que en el Nuevo Testamento enseña que el amor genuino “no se alegra de la injusticia” (1 Cor 13,a). Ya el Antiguo Testamento decía: "No te regocijes cuando caiga tu enemigo, y no se alegre tu corazón cuando tropiece” (Prov 24,7)

¿Por qué no es buena la actitud o deseo de mal para quien es malvado o  consideramos como tal? Primeramente porque cualquier modo de odio o desprecio del prójimo es irreconciliable con nuestra naturaleza original de hijos de Dios creados a su imagen y semejanza (Gn 1,26). Por creación somos bondad, amor, luz, perdón; y esta naturaleza tiene un potencial infinito que queda mermado a causa de la seducción del mal y la aparición del ego (pecado original) que nos aleja tanto de Dios como de nosotros mismos.

La naturaleza prístina o pura de la persona queda manchada cuando se deja llevar por el odio o el desprecio; queda herida pero no muerta. Adán, por su des-obediencia (no-audiencia de la sabiduría de Dios) pierde la semejanza con Dios, pero al decir de algunos santos padres de la Iglesia,  no pierde su imagen; sigue siendo bueno, capaz de abrirse a la verdad y capaz de amar. Con la ayuda de la gracia puede bucear en su interioridad e ir sacando del baúl de sus entrañas lo que hay en él de divino aplicando el bálsamo del perdón cuando todo invita al odio.


¿En qué nivel de satisfacción 
nos encontramos nosotros y los demás?

Nos pasamos la vida intentando vivir en un estado de felicidad y regocijo perenne. Algo nos dice que podemos vivir del mismo modo que Adán antes de que el paraíso perdido oscureciera la lucidez de su alma; y anhelamos ese estado. Es connatural a la humanidad la nostalgia de un Dios que sigue atrayendo e invitando a las criaturas a la perfección, hacia eso que las religiones orientales llaman iluminación y la cristiana conversión o regreso a la casa del Padre (regreso al estado original del ser). 

En la parábola del hijo pródigo, el reencuentro de éste con el Padre es un momento de retorno a la satisfacción, al gozo y la paz de que gozaba antes de marcharse y de la que no había sido consciente: “Cuántos jornaleros de mi padre -dice el hijo menor- tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre,” (Lc 15,17-18). Anheló el estado primero y confíó en no  hallaría cerrada la puerta a su regreso. 

¡Qué lejos del concepto de Dios como juez justiciero inmisericorde que parece tener el hijo mayor de la misma parábola! Éste sufre de envidia por la bondad del padre y de celos a causa del hermano: "... cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado” (v.30). El rencor le aleja del padre y del hermano; la expresión despectiva "ese hijo tuyo" es toda una declaración de condena.

Muy a menudo buscamos la satisfacción ahí fuera, en el mundo; y en la medida en que nos obsesiona lo externo nos alejamos del estado interno de felicidad genuina; fuera de nosotros vivimos como mucho en simulacro de felicidad, con un grado muy escaso de satisfacción, vviendo entre los cerdos, alejados de la alegría y el gozo del amor divino. Estos “simulacros de felicidad” que nos vienen del mundo actúan en el alma generando un continuo mental de conceptos y emociones tóxicas que contaminan la pureza y transparencia de nuestra alma. Cuando nos vivimos desde la exterioridad, las relaciones altruistas corren el riesgo de empañarse porque se vive en la obsesión de ser valorados y estimados; y las gafas del egoísmo impiden ver y alcanzar la verdadera sabiduría, esa que solo se alcanza con una mirada inocente y abierta a lo universal. Nuestras facultades cognitivas y afectivas quedan deterioradas cuando nuestro amor es posesivo, estrecho, egocéntrico y cerrado al diálogo.

Cuanto más nos colocamos en el centro de todo (egocentrismo) más se darán las circunstancias internas pra sentirnos ofendidos, marginados o humillados, y más expuestos estaremos al hervor del corazón que nos impedirá  discernir, decidir y actuar con amor. Con las entrrañas revueltas se tiende a perder la advertencia amorosa a  Dios y al prójimo, y acabaremos odiando y haciéndonos daño a nosotros mismos; porque quien siembra vientos, cosecha tempestades. 

En resumen: mientras más energía gastemos dedicándonos a buscar la satisfacción, el bienestar o la felicidad fuera de nosotros, más aumentará nuestro nivel de insatisfacción y  desajustes que impedirán estar en armonía con quienes somos realmente (hijos de Dios, amor, bondad, paz). Y esto debe ser tenido en cuenta a la hora de analizar la propia vida. Y, como veremos en el siguiente apartado,  también lo tendremos en cuenta de cara a evaluar las vidas ajenas. Desde unas vidas obsesionadas por el poder, el dinero y el éxito, parece comprensible que haya quienes se  muestren despreciadores o violentos con los demás. 

¿En qué situación viven 
quienes molestan o agreden a los demás?

Un principio importante a tener en cuenta: el malvado es más una víctima que un verdugo, es más un sufridor que un malhechor. Esto es importante tenerlo en cuenta porque la tendencia habitual es la de ver en él a un culpable; y con facilidad tendemos a considerar que el  malvado al que juzgamos inmisericordemente practica su maldad con plena conciencia de ella y es por ello el origen de mis problemas, de mi dolor, de mis sufrimientos y, en definitiva, de mi insatisfacción vital.

Mirado desde Dios es más realista, beneficioso y justo considerar al agresor más como una  tormenta que como una flecha dirigida conscientemente hacia nosotros. Una tormenta no se da sin la confluencia de muchos factores: presión atmosférica, humedad, diferencias de temperatura a ras de tierra y en la altura que generan corrientes de aire y vientos adecuados para que se origine un ciclón, etc... La confluencia de múltiples factores puede dar paso a la tormenta perfecta con nefastas consecuencias para las cosechas, las viviendas, las embarcaciones, las comunicaciones,  etc. No hay un factor concreto y directo que provoque el daño sino la confluencia de factores. Del mismo modo, quien desata su odio o su ira contra otros suelen ser personas en las que confluyen una serie de circunstancias que generan su agresividad. Normalmente son factores ajenos a su elección y en gran medida inconscientes, fruto de las propias frustraciones, que no dejan pensar ni discernir con claridad lo que se está viviendo y por qué se está reaccionando de tal o cual modo. Visto desde aquí no hay  personas tóxicas; sólo es o puede ser tóxica la confluencia de ingredientes perturbadores que vician las relaciones.


Agresor inconsciente y agresor consciente

Podemos advertir que, de hecho, se puede dar una agresividad inconsciente y otra más consciente. La primera es cuando una persona daña a otra, pero con un daño colateral. La intención no era causar daño, sino beneficiarse. Por ejemplo: robar; no quieres hacer  daño a nadie, simplemente quieres poseer algo nuevo; o, más simple, nos apuntamos el éxito del trabajo que ha hecho otra persona; no quiero desprestigiar a nadie, pero de manera egocéntrica y torpe, exagero mi participación en un proyecto exitoso en el que no he llegado a poner ni el diez por ciento; prácticamente todo el trabajo lo hizo otro, pero la inconsciencia de mi egolatría me lleva a atribuirme todo el mérito.

Pero lo verdaderamente grave y dañino es causar daño intencionadamente. Quien busca conscientemente dañar buscando la propia felicidad está sometido a la esclavitud de la ignorancia espiritual. Nadie está más lejos de la felicidad que quien la busca a la sonmbra del sufrimiento de otra persona. Esto no necesita de muchos argumentos para explicarlo, porque no hay manera de argumentar racionalmente cómo tú puedes ser feliz si alguien sufre; cómo puedes tener ventaja robándole el puesto a otra persona, cómo puedes sentir satisfacción por la buena marcha de tus negocios si los haces dañando conscientemente a la competencia. No se puede extraer directamente la felicidad del sufrimiento del otro.

Pongamos un caso típico. Cuando alguien comete un crimen los familiares o amigos piden justicia. Y por tal justicia unos entienden que el criminal sea castigado, y otros que el criminal sea encarcelado para proteger a las personas del daño que el reo pudiera hacer en el futuro. Son dos cosas muy diferentes. En el primer caso se trata de querer que alguien que ha hecho algo malo sufra siendo castigado. Y eso ese deseo es algo que daña al alma. Sembrar odio en el corazón es cultivar espinas y abrojos que no pueden dar frutos buenos. ¿Qué haría Jesús? ¿Condenó a la mujer adúltera o sólo su pecado? “Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8,11), ¿deseó Jesús el mal a los agresores o se compadeció de ellos a causa de su ignorancia?: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

Sea intencional o no, los daños que una persona hace son señales que apuntan a que dicha persona merece compasión por el hecho de estar obsesionada consigo misma. En el primer caso que citábamos la persona puede ser digna de compasión por estar viviendo de una manera torpe, víctima de un egocentrismo incosciente que le hace sufrir día tras día. En el segundo caso, cuando alguien desea conscientemente que otras personas sufran, no hay duda de que estamos ante alguien que está sufriendo mucho por la paranoia que padece, y necesita más de nuestra compasión. Una compasión que no significa que debamos apoyarla para que tenga más ventaja en el mundo; tampoco que hayan hecho más méritos para merecer la compasión; significa que esa persona padece una enfermedad grave, y que, por tanto merece que deseemos que se libere de ese mal o enfermedad, del sufrimiento que comporta y de las causas que lo producen. 

Tal vez, a nivel práctico, se pueda ayudar a quien es violento y ha hecho gala de ello. Puede que lo mejor es que esa persona sea privada de libertad física en una cárcel, o que reciba terapia de rehabilitación en un centro de ayuda a fin de que no pueda dañar a nadie más en el futuro. En cada caso concreto la compasión la podemos ejercer jugando con las circunsgtancias concretas y las posibilidades de actuación. 

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Reflexionemos sobre esto. Aprendamos a tener una mirada compasiva sobre quien consideramos malvado y cuyas acciones percibimos como premeditadas y a propósito. Se trata de "amar en hervor", superar el instinto y patrón conductual de agresividad automática  contra quien percibo se me acerca en actitud agresiva; calmar el hervor explosivo de mi alma, pacificar mi corazón en momentos propicios para el acaloramiento. Aprende ahí a sacar agua del lodo que patrones de conducta violentos acumulan. 

Piensa: quizá esa persona que te amenaza sólo está viviendo los efectos de una tormenta perfecta, de unas circunstancias extremadamente difíciles en su vida, y, por las casualidades del destino choca con nosotros que nos lo tomamos como algo personal. ¿Nos molestamos y nos ofendemos por una tormenta? Tampoco deberíamos enfadarnos con una persona atormentada por sus miedos, sus inseguridades o sus emociones. No nos precipitemos en nuestros juicios; démosle al amor compasivo la oportunidad de desarrollar sus potencialidades ayudando a quien no parece merecer nuestra compasión.

Febrero 2025
C. A.

miércoles, 29 de enero de 2025

Tres consejos al hilo de la compasión.

Al hilo del tema global de la compasión y la adversidad que  hay que superar para lograrla, van tres consejos o apreciaciones que debemos considerar importantes y que no podemos eludir practicar: No herir a nadie, considerarnos servidores de la humanidad y evitar la compasión equivocada.

1.    No toques las heridas de nadie

No hieras la sensibilidad de otros tocando temas o situaciones que le duelen, porque cada persona tiene suficiente con sus sufrimientos para que tú vayas y les agregues más. 

Esto suele pasar mucho en relaciones cercanas e íntimas, cuando las personas se conocen demasiado bien. De repente surge un conflicto y las aguas se revuelven, y hay quien aprovecha para sacar basuras presentes o pasadas; incluso algunos alardean de adivinos y se atreven a vaticinar futuras basuras.

El ego puede ser frío e implacable en estas situaciones, y goza de aplastar y humillar a quien supone le ha herido. Y essto es terrible cuando tiene en sus manos un plano detallado de los puntos flacos que el mismo atacado le entregó en tiempos de confianza mutua. ¿Hay algo más duro, despreciable y reprochable que sacar los viejos trapos sucios de quien ha compartido contigo sus miserias y te ha abierto el corazón esperando comprensión? ¿No es alta traición hacer un uso mezquino de aquello que en su momento la otra persona compartió como regalo de amistad?

Si tiendes a caer en esa conducta corrígela. No recuerdes a propósito algo que pueda dañar a otra persona; al contrario, tómate un tiempo para observar y descubrir qué inquieta o molesta a esa persona y asegúrate de no tocar ese tema, de no sacar a la luz ese problema que esa persona no está dispuesta aún a afrontar o a embarcarse en solucionar. Y si has caído en el error de herir a alguien aprovechándote de algo que te ha sido confiado en tiempos de buenas relaciones, corrige, reconcíliate; quien no lo hace carga con la falta toda tu vida.

2.    Ama a los demás más que a ti mismo

Es verdad que para amar a otros has de comenzar por amarte a ti mismo. Pero si me amo a mí mismo y descubro que “soy amor” no cabe duda de que la mejor forma de ser yo mismo es amarme y amar a otros olvidándome de mí mismo. Sabemos que las personas que aman dejan verse a sí mismas como personas que se valoran por encima de otras. Por otro lado es evidene que quien se odia a sí mismo difícilmente ama a nadie.

Cuando hablamos de superar el egocentrismo y llenarnos de amor bondadoso, altruismo o compasión no estamos sino invitando a la igualdad, a reconocer el derecho que tienen los demás a merecer los mismos bienes que nosotros merecemos.  Pero como cristianos somos invitados a ir más allá. De esa forma equilibramos el péndulo de nuestra vida, que suele tender a mirar más por uno mismo que por los demás.

La espiritualidad cristiana invita a amar al prójimo incluso cuando éste se plantase ante ti como enemigo: “No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto, sino al contrario, responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados, para heredar una bendición.” (1 Pe 3,9; cf Mt 6,40-42). El camino cristiano es el de pasar del extremo egocéntrico del péndulo de los sentimientos al extremo contrario, punto al que podemos llamar “amor excesivo”. Cuando este amor se practica vamos a mejor más allá del punto medio y recuperamos el equilibrio en nuestra vida.

Hay que advertir, no obstante, que al aconsejar este “amor extremo” no estamos proponiendo el aceptar ser víctimas de maltrato o abuso por parte de los demás. Lo de Jesús en la cruz no fue victimismo; todo lo contrario, fue resiliencia o resistencia al mal, un amor activo muy distinto a la sumisión pasiva del victimista. La vida de Jesús no fue la de una víctima que se instala en la queja sino la de un profeta consciente de su deber de actuar para cambiar el mundo. Por tanto, ¡cuidado con el victimismo! No seamos víctimas sino profetas que pueden sufrir persecución porque aman al prójimo más que a sí mismos.

Entrénate en pensar que las necesidades de los demás son más importantes que las tuyas. En la búsqueda de la felicidad y la paz todas las personas son idénticas a ti, comparten tus mismos deseos y anhelos al respecto. Aunque haya diferencias superficiales en el fondo somos iguales.  Y si tú deseas que todos te traten con deferencia, ¿por qué no tratar con mayor deferencia a los otros? 

Un motivo por el que deberíamos amarlos más que a nosotros mismos es el de saber que tal vez se encuentren más indefensos que yo porque no han tenido las mismas oportunidades de formación y sus recursos para lidiar con los problemas son menores. A medida en que creces en recursos para afrontar los obstáculos y aumentar la calidad de tu vida es lógico que sientas la necesidad de ayudar a quienes sabes y sientes que están en una situación más precaria, no por razones externas sino por razones internas, por lo que están viviendo  internamente y la impotencia de no saber cómo salir del atasco. 

Para amar al prójimo más que a uno mismo conviene cultivar una visión comunitaria de la humanidad, contemplarla  como una barca en la que estamos todos y en la cual cada uno tiene su turno para remar. Hay momentos y etapas en las que otros reman por ti, y ahora es tu turno. Lo harás si te despojas de la arrogancia de creerte con más derechos que los demás y eres capaz de ver que los otros necesitan de ti como tú has necesitado y necesitas de ellos en otras ocasiones.

En fin, en lo que respecta a todo esto, aprende a considerarte servidor; haz tuyo el aforismo de Jesús:“no he venido a ser servido sino a servir y a dar mi vida por muchos” (Mt 20,28). ¿Hasta qué punto podemos y debemos servir a los demás? Depende de lo que los otros quieran, de cuánto se dejen ayudar, de las posibilidades y recursos que disponga cada cual para ello. Lo importante es eliminar las resistencias internas, el miedo o el orgullo que pueden frenar la disposición para darse del todo a los otros.

  Entrénate en esto de modo concreto y sencillo. Tal vez nunca se de te la oportunidad de dar tu vida por los demás en un acto de martirio supremo, pero sí que tienes la oportunidad de ir matando tu ego en pequeños detalles de la vida cotidiana que te entrenarían para grandes sacrificios. Por ejemplo, cada vez que sirvas la comida, piensa si hay suficiente para los demás; escoge la porción menos de comida; interésate si todo el mundo tiene lo que necesita; si todos están cómodos en una reunión; deja el sitio a otros en el autobús o donde no haya plaza suficientes;  escucha atento las opiniones de otros; párate a escuchare al mendigo que reclama tu ayuda; está atento y ayuda a quien te necesita antes de que te lo pida; etc. Son formas y maneras sencillas de entrenarte en cosas que equilibran el péndulo  de la vida, que a veces se inclina al extremo  del egocentrismo.

3.     Mira bien a quien compadeces

Hay que saber bien de quien me compadezco. Porque hay quienes sufren al ver a personas pasando malos tragos, dificultades, etapas, que son necesarias para su crecimiento. Y a esas personas no hay que compadecerlas; sólo desear y pedir que su sufrimiento les ayude a crecer.

Unos ejemplos. Si un niño sufre porque ha sido castigado por algo que hizo mal,  o un opositor prepara su examen sometiéndose a un encierro penoso,  ¿hay que compadecerlos?, ¿no estaríamos ante una compasión equivocada? Desde luego que nos estaríamos equivocando.  Igual que si nos compadecemos por el novicio o novicia que ha entrado en clausura y sufre los rigores de la adaptación a la nueva vida en el espíritu. Todo aprendizaje lleva consigo esfuerzo y sufrimientos. Quitarlos no es un acto de compasión sino de paternalismo nocivo. No madurará nunca el niño al que se le quita todo obstáculo, ni alcanzará la iluminación el principiante de un camino espiritual a quien se le impide experimentar el dolor y el desconcierto que produce el paso por  la noche oscura de la fe.

Aunque los niños, los aspirantes a aprobar un examen o los practicantes espirituales estén pasando dificultades -ayunos, aislamiento, privaciones, etc- están creando las causas y las condiciones de una futura felicidad genuina. Por tanto, no tiene sentido tener compasión por ellos, porque están mejor que los demás. Lo único que les falta es tiempo. La semilla sembrada pudrirá el ego y dará paso a una cosecha abundante (cf  Jn 12,24).

En vez de compadecer a esas personas deberíamos enfocar nuestra compasión hacia quienes lo están pasando pipa sometidos a las sensualidades del mundo, a quienes están en el pico de su éxito, a los que viven su momento de gloria mundana; también debeeríamos compadecer a las personas que están consumiendo mucho alcohol u otras  drogas; o a las que viven arrogantemente encantados por sus expectativas futuras, y que en dos o tres años van a vivir sufriendo como condenados. ¿Cómo van a tolerar el bajón? La mayoría no podrán si no tienen un grupo de soporte muy cercano.

Cuando veas a personas aparentemente admiradas y que tienen éxito, pero que prestan mucha atención a su apariencia, obsesionadas por el último adelanto en cirugía estética, preocupadas por qué tatuaje ponerse, encantadas y cegadas por los aplausos que reciben, etc., ... compadécelas; ahí es donde tienes que sentir compasión, porque están creando las causas y condiciones de su futura miseria.  

La mirada compasiva no debe fijarse tanto en las incomodidades temporales sino en qué causas y condiciones futuras se está creando la persona. ¿Está encaminada la felicidad y el bienestar o va directa a la cárcel de la adicción, la dependencia, ... el dolor? Esto es lo que hay que mirar.

Resumiendo: no compadezcas a quienes con miras a un futuro mejor pasan por momentos de dolor y sufrimiento; estos están pagando el precio de la madurez y son merecedores de ser contados entre los bienaventurados (cf Mt 5,3-12). Compadécete,  más bien,  duélete, de los que sufren sin beneficio y sin sentido a causa de su engreimiento; de los que centrados en aspiraciones materiales y mundanas viven esclavos de su trabajo y sus dineros; de los que viven flotando en el aire como una pluma sin rumbo ni control y a quienes una simple gota de agua puede hacer caer al barro; o de los que están en el pico de su éxito mundano creando las causas de su miseria.  ¿Realmente me dan pena? Cuando los observo, ¿qué siento? , ¿odio?, ¿envidia?, ¿o siento vergüenza ajena, pena y compasión? Si es el caso esto último, ¿qué puedo hacer para ayudarles?

Hay un texto evangélico que se suele malinterpretar como un anuncio de venganza y castigo, cuando lo que pretende transmitir es lástima y compasión. Se refiere a quienes van por el camino equivocado, creando las causas de su miseria. Hay quienes hablan de estos versículos como los de la malaventuranzas, y san  Lucas las detalla inmediatamente después de las bienaventuranzas. Dice  así: “¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!  ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas”(Lc 6, 24-26).  Queda claro de quienes eran los sujetos dignos de compasión para Jesús, aquellos que están creando las causas de su miseria.

Enero 2025

C.A.

lunes, 27 de enero de 2025

Amor bondadoso. Egocentrismo (Power)

 Aquí teneis el resumen del último tema que reflexionamos en el grupo. Podeis mirarlo directamente aquí o bajarlo. Clickar en foto o en el enlace de abajo. Abrir con la APP PowerPoint. 




https://drive.google.com/file/d/1g2mx0MKymUYqiy-khXh5vl8DkUhynDoZ/view?usp=sharing

C. Acedo



jueves, 9 de enero de 2025

Lecciones sobre la (cruz) adversidad

 


"Para mortificar las cuatro pasiones naturales, que son: gozo, tristeza, temor y esperanza, aprovecha lo siguiente: Procurar siempre inclinarse no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso. No a lo más sabroso, sino a lo más desabrido; no a lo más gustoso, sino a lo que no da gusto. No inclinarse a lo que es descanso, sino a lo más trabajoso. No a lo que es consuelo, sino a lo que no es consuelo; no a lo más, sino a lo menos. No a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado. No a lo que es querer algo, sino a lo que no es querer nada. No andar buscando lo mejor de las cosas, sino lo peor, y traer desnudez y vacío y pobreza por Jesucristo de cuanto hay en el mundo" (San Juan de la Cruz, Avisos, 1)

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Ampliar los espacios del corazón

No imagines la vida sólo como una inmensa pradera sembrada de flores y de árboles hermosos a la vista y abundantes en frutos. También hay montañas que subir y simas a las que descender, desiertos que atravesar y rios turbulentos que cruzar. También los golpes y caidas, como la serenidad y el gozo, forman parte de la vida; ambas realidades nos ayudan a crecer y madurar.

Toda la realidad ha de ser acogida por quien quiere vivir a tope. Para ello es bueno seguir el consejo bíblico: "ensancha el espacio de tu tienda, despliega los toldos de tu morada, no los restrinjas, alarga tus cuerdas, afianza tus estacas” (Is 54,2). Nos preparamos a una vida plena ensanchando el espacio de nuestro corazón *para acoger  con amor los sucesos y las personas, agradables o no, que nos salen al paso, *para tender la mano a quienes nos resulten antipáticos o despreciables, *para alargar las cuerdas de la fraternidad a fin de que puedan asirse a ella quienes necesitan ayuda, *para afianzar las estacas de la vida interior anclándola en el corazón de Aquel que es amor sin medida, *y por ende, para hacer espacio a la ternura frente al sufrimiento en nuestro corazón, evitando resistencias internas que lo endurezcan.

Muy a menudo nos cuesta hacernos con la vida tal como nos viene por miedo al sufrimiento. El ego nos sumerge en los mundos de yupi, y por eso viramos el rostro ante aquello que en su momento nos causó sufrimiento o prevemos nos lo pueda causar en el futuro. Tendemos a huir de la vida cuando no parece ser favorable a nuestra egolatría. El miedo a la adversidad no es otra cosa que miedo a vivir lo inesperado, miedo a la realidad que no controlo. Como remedio a esto Jesús invita a tomar la cruz y seguirle (cf Mc 7,34; Mt 10,38; 16,24; Lc 9,23; 14,27) a tomar las realidades que se presentan dolorosas y llevarlas hacia adelante con el mismo amor y compasión con que las llevó Él.

A veces esa cruz son circunstancias que irremediablemente sobrevienen; otras veces son personas que por cualquier motivo han sido o son para nosotros causa de sufrimiento. En este caso es importante sanar la relación con esa o esas personas. No basta alejarse física o mentalmente de ellas, porque la herida permanece; hay que restañar el daño procurando el reencuentro con la medicina de la valentía y el perdón; o lo que es lo mismo: poniendo  mucho amor compasivo hacia uno mismo y hacia quien consideramos molesto, hostil o insoportable.

 No debería faltar en los momentos de silencio el ejercicio de ablandar el corazón endurecido por el rechazo, el odio o la costumbre de dejar en el olvido circunsatancias o  personas que no gusta recordar. Para vivir en plenitud se hace necesario ampliar la tienda del corazón para aceptar lo que fue y para que quepan en él esas situaciones y personas concretas que ya hemos desterrado de nuestra conciencia o borrado de la lista de nuestros deseos.

Primero meditar, luego actuar

¿Cómo lidiar con la cruz? ¿Cómo trabajar la adversidad para transformarla antes en fuente de gracia que en motivo de desesperación? ¿Cómo hacer para que los problemas y conflictos que vivimos nos ayuden a madurar como personas con cierto nivel espiritual?

Lo primero: tener claro que hay que trabajar o entrenar la mente en la meditación. Frente a la tendencia a esquivar o dejar apartadas de hecho o mentalmente a las personas o circunstancias que nos molestan, conviene tomar conciencia de que cuando nos estamos exigiendo ser más compasivos, más activos en el perdón a las personas que nos hieren, amar a los demás más que a nosotros mismos, lo hemos de  hacer primeramente como un ejercicio interior para fortalecernos. Esto justifica nuestro estudio y nuestra meditación sobre el tema. Y una vez que por la meditación y el silencio tenemos integrada la compasión en nosotros, intentamos, poco a poco, aplicar lo aprendido en las diferentes situaciones que espontáneamente surgen en la vida.

Primero entrenamos la mente y el corazón en la meditación y luego actuamos en el mundo real. En este caso invertimos el axioma tan de nuestra cultura que dice “primum vivere deinde philosophari” (primero vivir, luego meditar). En nuestro programa primero cultivamos la interioridad a la luz de las enseñanzas de Jesús de Nazaret sobre la compasión (primum philosophari), y luego practicamos lo aprehendido (deinde vivere). Primero meditar, luego vivir lo meditado; cambiar mi corazón para cambiar el mundo. El resultado final es la convergencia de oración y vida. Tambiém podríamos seguir el camino inverso,  analizar hechos de vida y llevarlos a la oración,  pero aquí comenzamos por la meditación.

Convertirnos a la Cruz

A la fiesta de la Santa Cruz, celebrada litúrgicamente el 14 de Septiembre y como tradición en muchos pueblos el 1 de Mayo, se le llamó primeramente fiesta de la Invención de la Santa Cruz, lo cual no debemos leer como que la cruz es un invento sino que es una realidad que “viene hacia” (invenio) nosotros, como prueba y como salvación, y a cada cual toca convertirse, volverse, a ella. Celebra esta fiesta el triunfo de la Cruz, que, curiosamente no es la victoria del mal sobre la cruz sino la de la cruz  sobre el mal; en la aceptación de la Cruz el Jesucristo llega a la madurez y realiza el acto de compasión más perfecto:“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), Jesús hace de la Cruz, que de por sí es instrumento de pena  y castigo, un lugar de salvación por el perdón y la misericordia. Esto no es comprensible para la mente discursiva; sólo quien purifica su corazón de todo odio y deseo de mal puede entenderlo. Sólo quien lo haya experimentado lo entenderá.

Necesitamos convertirnos a la Cruz, volcar la mirada en el Crucificado, para ver el dolor y el sufrimiento desde su perspectiva. ¿Cómo ve Jesús la adversidad?

a) La adversidad no es algo raro y equivocado sino algo que necesariamente va a llegar  y que tenemos que esperar. Jesús, que en los inicios de su ministerio público gozó de la simpatía de todos no tardó en intuir que tanta bonanza no duraría para siempre. Quienes le seguían lo hacían movidos sobre todo por las facilidades que parecía proporcionarles: milagros, esperanzas mesiánicas mundanas, amor incondicional a cada uno, etc. Pero ¿estaban dispuestos a seguirle asumiendo y aceptando sus trabajos por el Reino de Dios?, ¿asumirían que el Reino sufre violencias (Mt 11,12) que hay que soportar sin perder la compasión?

Hacia la mitad de su vida pública Jesús dice a sus discípulos: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”.  (Mc 7,31; Lc 9,21). El sufrimiento no lo ve como algo extraño a la condición y naturaleza humana, es algo que tiene que ocurrir. En un mundo imperfecto e impredecible no tenemos control sobre las cosas que surgen sin una explicación o como consecuencias de acciones humanas dañinas. En un mundo de “egos” el sufrimiento es inevitable, porque  hay mucha manipulación interna debido a los estados aflictivos que se generan por los "egos" que se niegan a morir; hay muchas emociones negativas, mucho fanatismo  y poco sentido común. 

Los cambios en las cosas y las personas, los “nuevos nacimientos”, llevan consigo dolores de parto, transiciones dolorosas. La adversidad no es algo raro, sino más bien algo que no debería sorprender a nadie. Es de sabios asumir que la cruz es algo connatural al mundo herido por el pecado y que aspira a alumbrar un mundo nuevo. "Sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo". (Rom 8,22-23). Mientras aguardamos la plenitud del Reino es inevitable que este sufra violencia (Mt 11,12). Desde aquí podemos entender la expresión "es necesario" en boca de Jesús; por ejemplo: "Es necesario que yo padezca mucho y sea reprobado por esta generación" (Lc 17,25), o "cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida" (Lc 21,9).

Así pues, la adversidad, los problemas, forman parte de la vida. Siempre hay conflictos, roces o imprevistos, y cuando surgen no deberían sorprendernos. Deberíamos decir: esto tiene que pasar, porque el mundo, sometido a la frustración por el mal (cf Rm 8,20) está en evolución, abriéndose camino hacia su plenitud. 

La adversidad forma parte de nuestra condición de criaturas, y por tanto hay que asumirla y superarla, siempre con la esperanza puesta en Aquel que dijo a los de Emaús: "¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?"  (Lc 23,28).

b) Deberíamos esforzarnos por ver la adversidad y la cruz como un valor, asumiendo su venida  como una oportunidad de o para crecer en la interioridad, una ocasión para salir de la comodidad burguesa que pudre el espíritu y ponernos en marcha dejando atrás la pereza espiritual. Se trata de soltar, dejar ir todo y ponerse en manos de Dios. Viene bien recordar aquí lo que dice Jesús: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará." (Mt 16,25).

Ante la adversidad no conviene  preguntarse “¿por qué me está pasando esto?”. La mente discursiva tiende a estancarse en esta pregunta cuya respuesta es multifactorial; son muchas las circunstancias, muchas condiciones, algunas muy antiguas, las que han hecho aflorar el problema. Más útil que ir hacia atrás preguntando ¿”porqué ha surgido o está surgiendo  esto?” es preguntarse “¿qué puedo hacer? ¿Cómo puedo trabajar esta situación para que me ayude a crecer”?  

No se trata de escapar de los problemas, sino de afrontar cómo podemos trabajar con los problemas y las dificultades de nuestra vida, porque si no lo hacemos, si vamos aparcando los obstáculos, terminaremos por ser cada vez más débiles ante el sufrimiento por falta de ejercicios de superación y más sensibles por aburguesamiento espiritual. No dar una respuesta adecuada en cada momento  hace que la adversidad nos afecte y nos dañe cada vez con más facilidad.

Beneficios de afrontar la adversidad

Señalamos cuatro efectos benéficos que se reciben cuando asumimos y respondemos positivamente ante la adversidad.

a.     La adversidad (cruz) purifica. Los problemas  nos ayudan a crecer en humildad. Al tomar conciencia  de ellos y de  nuestra debilidad e impotencia para superarlos descubrimos que vivíamos en el orgullo de creernos poderosos y perfectos. Además hemos de saber que al afrontar con decisión las cruces de la vida  limpiamos  el corazón de impurezas. Un ejemplo del libro del Eclesiástico nos lo dice: “Hijo, cuida de tu padre en su vejez |y durante su vida no le causes tristeza. Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor. Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados” (3,12-14).

b.     La adversidad (cruz) enseña, tiene un enorme valor docente. Las experiencias dolorosas vividas nos dejan ver con más claridad las cruces del prójimo; nos enseñan a valorar más a las otras personas, a desarrollar más paciencia y comprensión, a aceptar que las cosas y las personas cambian y he de aceptarlas como son.  Aquí puede servirnos de ejemplo el texto del Éxodo: “No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Ex 22,20). La experiencai de ser forastero en tierra extraña puede purificar la mente para ver con equidad a los forasteros que ahora residen en la tuya. De cada situación, de cada conflicto vivido podemos sacar una enseñanza que nos haga más fuertes y más sabios. En ámbitos de fe se suele decir que “el pecado nos hace más humanos” porque nos enseña a aceptar que también nosotros caemos en aquello que criticamos en los demás. Lo mismo podemos decir de las experiencias dolorosas. Nos humanizan.

c.  La adversidad (cruz) conecta con otros seres, nos hace sentirnos unidos a personas que están viviendo la adversidad en un grado igual o mayor que el nuestro. Y desde ahí no ayuda a conocer y tener más compasión por los demás, o a reconocer nuestro sufrimiento teniendo como ejemplo el de otros. En este sentido hay que destacar cómo la mirada a la Cruz de Cristo en tiempos de desolación nos conecta con su sufrimiento y nos sirve como referente de que si Él pudo también yo puedo vencer la adversidad que estoy viviendo. Mirando la cruz nos conectamos con Jesucristo, y en Él con toda la humanidad. Conectar con la pasión de Cristo nos hace partícipes de la salvación que Él nos acerca: “Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla». Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida” (Nm 8,9). “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. (Jn 3,14-15). En la adversidad puedo conectar con el sufrimiento del mundo concentrado en Cristo Crucificado.


d. La adversidad (cruz) ayuda a hacer cambiosEl sufrimiento en sí no es bueno, ni sagrado ni santo, pero gestionado con inteligencia y sabiduría puede ser una fuente de beneficios espirituales. Cuando a la adversidad le acompañada la sabiduría de la experiencia ella misma se transforma en inspiradora de cambios. Una de las bondades de la cruz es la de servir de acicate para hacer cambios interiores profundos. Por ejemplo, cuando la situación es insuperable o difícil de eliminar trabajamos con ese problema, con esa dificultad, y adquirimos una fortaleza que genera en nosotros paciencia. “Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia” (Sant 1 2-3). ¿Cómo voy a cambiar de ser impaciente a paciente, de intransigente a respetuoso, si no hay pruebas que me faciliten un cambio efectivo? ¿Cómo evitaré futuras derrotas si no aprendo sufriendo las presentes? Aquí encuentra sentido la frase de san Pablo. "Donde abundó el pecado (y el sufrimiento que lleva consigo) sobreabundó la gracia (apertura a una vida nueva)" (Rm 5,20)



Soportar la adversidad, soportar la felicidad


Un maestro indio dijo en una ocasión algo que de entrada parece contradecir el sentido común: “Las personas sólo soportan un poco de felicidad, pero pueden soportar mucha adversidad” (Padampa Sangye). La lógica parece que pide darle la vuelta al axioma diciendo que la gente soporta muy bien la abundante felicidad y poco o casi nada la adversidad; pero desde una lectura espiritual puede no ser así. 

El autor de la sentencia no habla de la vida corporal sino de la espiritual, y lo que quiere decir es que un poquito de felicidad tiene mucha probabilidad de distraer a las personas de su práctica meditativa, de su esfuerzo por vivirse desde su centro; sin embargo la adversidad tiene menos probabilidad de distraerles, maravillarles, encantarles, extasiarles o hechizarles. Las personas infantiles evitan las dificultades en su desarrollo personal, las personas maduras aprenden a tolerarlas con paciencia; los primeros aguantan poco el sufrimiento, los segundos saben que su crecimiento es imposible sin ello.

Las experiencias espirituales que traen consigo consolaciones, gustos y contentos son a la postre más estorbo para el crecimiento espirtiual que las “noches oscuras”; la adversidad de “las noches” las aprovechan los adelantados como combustible para crecer, aprender, transformar y madurar. Podemos entender desde aquí los consejos de san Juan de la Cruz: ”Para obrar fuertemente y con esta constancia y salir presto a luz con las virtudes, tenga siempre cuidado de inclinarse más a lo dificultoso que a lo fácil, a lo áspero que a lo suave, y a lo penoso de la obra y desabrido que a lo sabroso y gustoso de ella, y no andar escogiendo lo que es menos cruz, pues es carga liviana (Mt. 11, 30 ); y cuanto más carga, más leve es, llevada por Dios”  (Avisos, 6). Una invitación a ir a lo más difícil antes que a lo más fácil. 

Reconocer las oportunidades

Nuestra madurez se ralentiza a menudo porque no reconocemos las oportunidades. Si sólo entrenamos con condiciones favorables el desarrollo es lento y limitado; pero si queremos “jugar en primera división”, si aspiramos a "competir entre las élites", hemos de dar pasos que nos lleven no sólo a afrontar las oportunidades que nos vienen, sino también a plantearnos voluntariamente retos más difíciles.

Debes plantearte en serio que tu práctica espiritual no se limite a treinta minutos diarios de silencio en el cojín, el banquito o la silla; y tu contemplación exterior no se reduzca a dar un paseo para contemplar las abejas o las mariposas, el sol, las nubes o el arco iris. Hay que ir más allá, y en cada momento o situación, especialmente cuando se cruzan en tu día a día personas que te dan un codazo o te ponen la zancadilla, entonces has de practicar aprovechando esa oportunidad de crecer respondiendo con paciencia, amor y compasión. No desaproveches esas oportunidades que se te dan; no sólo son  tan válidas como el paseo contemplativo mirando al sol y a las mariposas sino que puede ser un ejercicio más potente y transformador. Te guste o no esto te conviene.

Y, siguiendo el consejo de san Juan de la Cruz, aún puedes ir más allá. Escoger lo más difícil y dificultoso. Dar pasos hacia la cima con decisión a pesar de lo escarpado y empinado del terreno. Por ejemplo: no te limites a hacer silencio en la soledad de tu hogar, sal fuera y víve ese tiempo en grupo; pierde el miedo a dejar un día al mes, o un fin de semana, para dedicarlo a ti retirándote al lugar adecuado; o si observas que alguien necesita tu ayuda no digas "no me incumbe" sino haz tuyo su sufrimiento y procura cubrir su necesidad. 

La cruz, “cuanto más carga, más leve es, llevada por Dios”, dice el santo carmelita. Esta frase parece tan contradictoria como la comentada del sabio indio que daba a entender que soportamos mejor la adversidad que la bonanza, pero ambas son palabras verdaderas  si las aplicamos a la vida espiritual.

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Enero 2025

Casto Acedo 

martes, 12 de noviembre de 2024

3.6 Extrañar, síntoma de dependencia. Consejos prácticos (IV)

El tema que exponemos como “extrañar” es un poco conflictivo. ¿Porqué? Porque nos toca y nos desnuda a todos y si somos críticos nos hace ver una realidad muy íntima y normalizada que no es tan positiva como aparenta ser. Aceptar que “extrañar” a alguien puede tener mucho de anomalía espiritual no es fácil de entender. Y, por supuesto, el tema admite matizaciones importantes. No somos robots y tenemos sentimientos.

Extrañar

¿No es normal sentir celos de tu pareja cuando presta excesiva atención a otra persona y ves en peligro tu relación? ¿Acaso es inapropiado “echar de menos” a una persona querida que ha fallecido? La partida a tierras lejanas de un buen amigo o amiga, ¿no merece un "sentimiento de falta o extrañamiento”?

Extrañar nos parece algo aceptable. Hasta tal punto lo hemos normalizado que ha pasado a formar parte de nuestra cultura; es una enfermedad espiritual tan extendida que ni siquiera nos planteamos que pueda dañar o ser contagiosa. La aceptamos como parte de nuestro día a día, algo natural que asume todo el mundo, como los ácaros, esos bichitos prácticamente invisibles que están en la piel, en los colchones, en las sábanas, ... y no hay ninguna campaña en contra de ellos; es algo que está tan presente que forma parte de la normalidad. Pero si lo consideramos en profundidad no lo es; veamos por qué.

Lo primero que hay que decir es que extrañar es síntoma de dependencia, aunque si consultas a la comunidad científica que se ocupa de estos temas, los psicólogos, te van a decir que el extrañamiento es señal de que realmente hay afecto, que realmente existe un vínculo cercano con la persona que se extraña. 

Apoyado en ese afecto que profesas a tu amigo, a tu madre o a tu pareja, puede que tú exijas o ellos te exijan algo: “¡Demuéstrame que me quieres, dime cuanto me echas de menos cuando no estoy!”. En una relación así se dan dos factores que revelan que echar de menos a alguien puede no ser tan excelente como parece. Lo primero es que la afectividad focalizada en una persona  suele exigir a ésta que muestre una y otra vez “lo exclusivo que soy para ti”, o la domina dándole a entender “¡cuánto te hago falta!”. Medir el amor por lo exclusivo (amor excluyente) ya es algo contradictorio; medir el amor por “la falta que me haces” es patético.

Date cuenta de que en la medida en que extrañas a una persona, en esa misma medida dejas ver que estás aferrado a ella, y que por tanto tu amor no es tan puro como crees. Me refiero al hecho de “extrañar a personas a las que queremos”, si ampliamos el campo y hablamos de "cosas que tenemos" parece que cuesta menos entender esto del aferramiento.

En muchas ocasiones solemos tratar a las personas como cosas, y por eso las extrañamos, porque las consideramos como tales. ¿No tienen aquí su raíz los ataques de celos? ¿Se sufre por extrañar a la otra persona o se sufre por egoísmo posesivo, por deseo de posesión frustrado? ¿No dices que amas a la otra persona? Dale libertad para buscar la felicidad.

Está claro que extrañar a una persona es signo de que la relación con ella se asienta en una necesidad personal con toques egoísta. No es una relación cuya fuerza esté en atender al interés, las necesidades o la felicidad del otro o la otra, sino en la necesidad de ser atendido por ellos. Es el interés de mi ego el que da lugar a que cuando me falta esa persona, o cuando no me presta atención, o cuando no me mima, me sienta hueco, vacío, carente de algo. Y esto, aunque cueste aceptarlo, es una luz roja, una señal evidente de que no hay amor sino apego y dependencia. Lo que busco en la otra persona es una muleta, un bastón. Si cuando me falta ese bastón mis andares se resienten, si cojeo, camino más lento o me tambaleo, es que tengo una dependencia que sanar.

Las personas no deberían ser bastones o muletas para nadie. Es decir, no deberíamos sentir emocionalmente su ausencia como un daño o falta irreparable; esa partida debería ser más bien una oportunidad de crecimiento espiritual, de reafirmación en una fe que no se apoya en dependencias humanas de ningún tipo, en una esperanza que prescinde de soportes mundanos y en un amor universal que no excluye ni tiene preferencias por nadie.

Duro ¿verdad? La pregunta ahora es: ¿no es bueno sentir la pérdida de grandes líderes sociales o santos, como Madre Teresa de Calcuta, Oscar Romero, Pedro Casaldáliga, etc., que inspiran grandes valores; o maestros o maestras más o menos cercanos cuya santidad nos ha inspirado personalmente; o personas cercanas muy queridas que ya no están con nosotros? ¿Es malo extrañar su partida? Damos por supuesto que podemos admirar a esas personas siempre que tal admiración no nos debilite y consideremos su pérdida sencillamente como el no poder recurrir directamente a esas personas ricas en valores que hemos perdido o ha perdido la humanidad. Si su partida nos debilita o hunde en la tristeza es que hay aferramiento; falta una relación de pura inspiración. 

Recordad lo que decía Jesús a los suyos. "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré." (Jn 16,7). Les dice a los discípulos: yo me voy, pero vosotros vais a crecer, porque el Espíritu que habitará en vosotros y viviréis  no ya desde una influencia exterior sino desde vuestro centro.


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 Dejar algo para tener todo

Debemos, por tanto, “soltar”, liberarnos del apego a cualquier cosa o persona que dificulte nuestro avance espiritual en libertad. Es lo que Jesús propone diciendo que “quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna” (Mc 10, 29-30).

La inclusión de “hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos” nos viene a decir que perdamos el miedo a desapegarnos de aquellos cuya falta nos llevaría a extrañarlos de manera enfermiza. Un desapego que no es falta de amor, sino más bien un acto de amor, porque es un reconocimiento de la libertad con que vivimos nuestras relaciones. El miedo a perder a alguien es fruto de una dependencia;  y a  menudo nos lleva a manipular al ser querido con chantajes emocionales u otros modos para evitar  que nos falten; o al revés, el otro o la otra pueden aprovechar nuestros temores para chantajearnos a nosotros. 

El citado texto de san Marcos además da a entender que romper los lazos afectivos de dependencia de cosas y personas nos hace pasar de uno a cien en libertad y abundancia espiritual, “recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más”; dejas de vivir encerrado en tu identificación con tu amigo o amiga, con tu familia, tu iglesia, tu club, etc., para vivir tu relación con el mundo con un espíritu abierto a todos los seres. Como vivió Jesús; en Él, dice la Sagrada Escritura, se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tito 2,11); en Cristo y por extensión en los que están con Él y son de Él no hay exclusividades. Maestro, sabemos que hablas y enseñas con rectitud y no tienes acepción de personas” (Lc 20,21; cf Rm 2,11). Este es el consejo del Apóstol Santiago: “Hermanos míos, no mezcléis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas” (Sant 2,1).

Ciertamente que en una cultura que se mueve en la exaltación de la afectividad personal esto de vivir con apertura universal en igualdad o equidad para todos no es muy comprendido. Especialmente por los que se ven más afectados cuando dejas de extrañarles y perciben en ello como una especie de rechazo o desprecio hacia ti. No extrañar crea problemas; se recibe “cien veces más, -es cierto, pero- ...con persecuciones”, es decir, con rechazos. 

Recordad lo que le pasó a Jesús cuando, dejando atrás a su familia, comenzó a tratar a todos por igual: “Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí”. (Mc 3,21). Liberarse de ataduras afectivas es algo muy mal visto en un mundo como el nuestro excesivamente centrado en la idolatría de los sentimientos como pieza clave de la felicidad. Pero hemos de aceptar que el Reino de Dios está por encima de particularidades.

Lo que hoy proponemos no es una “desafección de todo”, sino todo lo contrario, una apertura de los afectos del corazón a todos los seres. Es lo que la Iglesia valora cuando propone el seguimiento de Jesús en virginidad o en celibato. Consagrar la propia vida en celibato o virginidad por el Reino de los Cielos (cf Mt 19,12) supone por una parte una renuncia (dejar los afectos particulares), pero al mismo tiempo un enriquecimiento (entregar solemnemente el corazón a Dios, y desde Él a todos los seres).

Quien como cristiano hace voto de virginidad por el Reino de los cielos (Mc 12,30) lo que promete es amar a Dios por encima de todas las criaturas, -con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas (Mc 12,30)- para poder así amar a todos los seres con el corazón y la libertad de Dios, sin ligarse ni excluir a nadie, sin proceder con criterios electivos-selectivos,  sino, por el contrario, amando en particular a quien es menos amable o, de hecho, no es amado. Esto último es lo que solemos llamar “amor preferencial a los más pobres”, no porque sean pobre sino porque están más necesitados de amor.

Y conste que vivir en virginidad consagrada no es vivir en un estado de perfección espiritual superior a los que no hacen el voto. También el matrimonio o la simple vida célibe pueden vivirse en apertura de amor universal. Los monjes o monjas que se consagran a Dios con un voto específico no hacen su promesa para situarse un escalón superior al resto sino como un modo de evangelización, para ser signos escatológicos, es decir, de la perfección de los últimos tiempos (escatología). "Hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos" (Mt 19,12).

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Estamos meditando y conociéndonos, mirando en nuestro interior para pulir el diamante que somos liberándonos de elementos que lo devalúan o empañan. En estos días procura medir tu progreso espiritual fijándote en qué extrañas, qué echas de menos, cuánto extrañas, a quién extrañas; y observa qué parte de ti se debilita cuando extrañas; date cuenta de cuánto tiempo y energías derrochas por tu apego a personas concretas. Lo negativo no es el amor que les tienes sino el apego, el amor posesivo que impide que tu corazón se abra a lo universal, al “amor de Dios”. ¿Entiendes ahora el mandamiento que dice: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”? Como dicen en Centroamérica: ¡primero Dios!; “busca sobre todo el reino de Dios y su justicia (el bien y bienestar de todos los seres); y todo lo demás se te dará por añadidura” (Mt 6,33). Si tienes a Dios ¿extrañarás algo?

Diciembre 2023

Casto Acedo