jueves, 9 de enero de 2025

Lecciones sobre la (cruz) adversidad

 


"Para mortificar las cuatro pasiones naturales, que son: gozo, tristeza, temor y esperanza, aprovecha lo siguiente: Procurar siempre inclinarse no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso. No a lo más sabroso, sino a lo más desabrido; no a lo más gustoso, sino a lo que no da gusto. No inclinarse a lo que es descanso, sino a lo más trabajoso. No a lo que es consuelo, sino a lo que no es consuelo; no a lo más, sino a lo menos. No a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado. No a lo que es querer algo, sino a lo que no es querer nada. No andar buscando lo mejor de las cosas, sino lo peor, y traer desnudez y vacío y pobreza por Jesucristo de cuanto hay en el mundo" (San Juan de la Cruz, Avisos, 1)

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Ampliar los espacios del corazón

No imagines la vida sólo como una inmensa pradera sembrada de flores y de árboles hermosos a la vista y abundantes en frutos. También hay montañas que subir y simas a las que descender, desiertos que atravesar y rios turbulentos que cruzar. También los golpes y caidas, como la serenidad y el gozo, forman parte de la vida; ambas realidades nos ayudan a crecer y madurar.

Toda la realidad ha de ser acogida por quien quiere vivir a tope. Para ello es bueno seguir el consejo bíblico: "ensancha el espacio de tu tienda, despliega los toldos de tu morada, no los restrinjas, alarga tus cuerdas, afianza tus estacas” (Is 54,2). Nos preparamos a una vida plena ensanchando el espacio de nuestro corazón *para acoger  con amor los sucesos y las personas, agradables o no, que nos salen al paso, *para tender la mano a quienes nos resulten antipáticos o despreciables, *para alargar las cuerdas de la fraternidad a fin de que puedan asirse a ella quienes necesitan ayuda, *para afianzar las estacas de la vida interior anclándola en el corazón de Aquel que es amor sin medida, *y por ende, para hacer espacio a la ternura frente al sufrimiento en nuestro corazón, evitando resistencias internas que lo endurezcan.

Muy a menudo nos cuesta hacernos con la vida tal como nos viene por miedo al sufrimiento. El ego nos sumerge en los mundos de yupi, y por eso viramos el rostro ante aquello que en su momento nos causó sufrimiento o prevemos nos lo pueda causar en el futuro. Tendemos a huir de la vida cuando no parece ser favorable a nuestra egolatría. El miedo a la adversidad no es otra cosa que miedo a vivir lo inesperado, miedo a la realidad que no controlo. Como remedio a esto Jesús invita a tomar la cruz y seguirle (cf Mc 7,34; Mt 10,38; 16,24; Lc 9,23; 14,27) a tomar las realidades que se presentan dolorosas y llevarlas hacia adelante con el mismo amor y compasión con que las llevó Él.

A veces esa cruz son circunstancias que irremediablemente sobrevienen; otras veces son personas que por cualquier motivo han sido o son para nosotros causa de sufrimiento. En este caso es importante sanar la relación con esa o esas personas. No basta alejarse física o mentalmente de ellas, porque la herida permanece; hay que restañar el daño procurando el reencuentro con la medicina de la valentía y el perdón; o lo que es lo mismo: poniendo  mucho amor compasivo hacia uno mismo y hacia quien consideramos molesto, hostil o insoportable.

 No debería faltar en los momentos de silencio el ejercicio de ablandar el corazón endurecido por el rechazo, el odio o la costumbre de dejar en el olvido circunsatancias o  personas que no gusta recordar. Para vivir en plenitud se hace necesario ampliar la tienda del corazón para aceptar lo que fue y para que quepan en él esas situaciones y personas concretas que ya hemos desterrado de nuestra conciencia o borrado de la lista de nuestros deseos.

Primero meditar, luego actuar

¿Cómo lidiar con la cruz? ¿Cómo trabajar la adversidad para transformarla antes en fuente de gracia que en motivo de desesperación? ¿Cómo hacer para que los problemas y conflictos que vivimos nos ayuden a madurar como personas con cierto nivel espiritual?

Lo primero: tener claro que hay que trabajar o entrenar la mente en la meditación. Frente a la tendencia a esquivar o dejar apartadas de hecho o mentalmente a las personas o circunstancias que nos molestan, conviene tomar conciencia de que cuando nos estamos exigiendo ser más compasivos, más activos en el perdón a las personas que nos hieren, amar a los demás más que a nosotros mismos, lo hemos de  hacer primeramente como un ejercicio interior para fortalecernos. Esto justifica nuestro estudio y nuestra meditación sobre el tema. Y una vez que por la meditación y el silencio tenemos integrada la compasión en nosotros, intentamos, poco a poco, aplicar lo aprendido en las diferentes situaciones que espontáneamente surgen en la vida.

Primero entrenamos la mente y el corazón en la meditación y luego actuamos en el mundo real. En este caso invertimos el axioma tan de nuestra cultura que dice “primum vivere deinde philosophari” (primero vivir, luego meditar). En nuestro programa primero cultivamos la interioridad a la luz de las enseñanzas de Jesús de Nazaret sobre la compasión (primum philosophari), y luego practicamos lo aprehendido (deinde vivere). Primero meditar, luego vivir lo meditado; cambiar mi corazón para cambiar el mundo. El resultado final es la convergencia de oración y vida. Tambiém podríamos seguir el camino inverso,  analizar hechos de vida y llevarlos a la oración,  pero aquí comenzamos por la meditación.

Convertirnos a la Cruz

A la fiesta de la Santa Cruz, celebrada litúrgicamente el 14 de Septiembre y como tradición en muchos pueblos el 1 de Mayo, se le llamó primeramente fiesta de la Invención de la Santa Cruz, lo cual no debemos leer como que la cruz es un invento sino que es una realidad que “viene hacia” (invenio) nosotros, como prueba y como salvación, y a cada cual toca convertirse, volverse, a ella. Celebra esta fiesta el triunfo de la Cruz, que, curiosamente no es la victoria del mal sobre la cruz sino la de la cruz  sobre el mal; en la aceptación de la Cruz el Jesucristo llega a la madurez y realiza el acto de compasión más perfecto:“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), Jesús hace de la Cruz, que de por sí es instrumento de pena  y castigo, un lugar de salvación por el perdón y la misericordia. Esto no es comprensible para la mente discursiva; sólo quien purifica su corazón de todo odio y deseo de mal puede entenderlo. Sólo quien lo haya experimentado lo entenderá.

Necesitamos convertirnos a la Cruz, volcar la mirada en el Crucificado, para ver el dolor y el sufrimiento desde su perspectiva. ¿Cómo ve Jesús la adversidad?

a) La adversidad no es algo raro y equivocado sino algo que necesariamente va a llegar  y que tenemos que esperar. Jesús, que en los inicios de su ministerio público gozó de la simpatía de todos no tardó en intuir que tanta bonanza no duraría para siempre. Quienes le seguían lo hacían movidos sobre todo por las facilidades que parecía proporcionarles: milagros, esperanzas mesiánicas mundanas, amor incondicional a cada uno, etc. Pero ¿estaban dispuestos a seguirle asumiendo y aceptando sus trabajos por el Reino de Dios?, ¿asumirían que el Reino sufre violencias (Mt 11,12) que hay que soportar sin perder la compasión?

Hacia la mitad de su vida pública Jesús dice a sus discípulos: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”.  (Mc 7,31; Lc 9,21). El sufrimiento no lo ve como algo extraño a la condición y naturaleza humana, es algo que tiene que ocurrir. En un mundo imperfecto e impredecible no tenemos control sobre las cosas que surgen sin una explicación o como consecuencias de acciones humanas dañinas. En un mundo de “egos” el sufrimiento es inevitable, porque  hay mucha manipulación interna debido a los estados aflictivos que se generan por los "egos" que se niegan a morir; hay muchas emociones negativas, mucho fanatismo  y poco sentido común. 

Los cambios en las cosas y las personas, los “nuevos nacimientos”, llevan consigo dolores de parto, transiciones dolorosas. La adversidad no es algo raro, sino más bien algo que no debería sorprender a nadie. Es de sabios asumir que la cruz es algo connatural al mundo herido por el pecado y que aspira a alumbrar un mundo nuevo. "Sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo". (Rom 8,22-23). Mientras aguardamos la plenitud del Reino es inevitable que este sufra violencia (Mt 11,12). Desde aquí podemos entender la expresión "es necesario" en boca de Jesús; por ejemplo: "Es necesario que yo padezca mucho y sea reprobado por esta generación" (Lc 17,25), o "cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida" (Lc 21,9).

Así pues, la adversidad, los problemas, forman parte de la vida. Siempre hay conflictos, roces o imprevistos, y cuando surgen no deberían sorprendernos. Deberíamos decir: esto tiene que pasar, porque el mundo, sometido a la frustración por el mal (cf Rm 8,20) está en evolución, abriéndose camino hacia su plenitud. 

La adversidad forma parte de nuestra condición de criaturas, y por tanto hay que asumirla y superarla, siempre con la esperanza puesta en Aquel que dijo a los de Emaús: "¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?"  (Lc 23,28).

b) Deberíamos esforzarnos por ver la adversidad y la cruz como un valor, asumiendo su venida  como una oportunidad de o para crecer en la interioridad, una ocasión para salir de la comodidad burguesa que pudre el espíritu y ponernos en marcha dejando atrás la pereza espiritual. Se trata de soltar, dejar ir todo y ponerse en manos de Dios. Viene bien recordar aquí lo que dice Jesús: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará." (Mt 16,25).

Ante la adversidad no conviene  preguntarse “¿por qué me está pasando esto?”. La mente discursiva tiende a estancarse en esta pregunta cuya respuesta es multifactorial; son muchas las circunstancias, muchas condiciones, algunas muy antiguas, las que han hecho aflorar el problema. Más útil que ir hacia atrás preguntando ¿”porqué ha surgido o está surgiendo  esto?” es preguntarse “¿qué puedo hacer? ¿Cómo puedo trabajar esta situación para que me ayude a crecer”?  

No se trata de escapar de los problemas, sino de afrontar cómo podemos trabajar con los problemas y las dificultades de nuestra vida, porque si no lo hacemos, si vamos aparcando los obstáculos, terminaremos por ser cada vez más débiles ante el sufrimiento por falta de ejercicios de superación y más sensibles por aburguesamiento espiritual. No dar una respuesta adecuada en cada momento  hace que la adversidad nos afecte y nos dañe cada vez con más facilidad.

Beneficios de afrontar la adversidad

Señalamos cuatro efectos benéficos que se reciben cuando asumimos y respondemos positivamente ante la adversidad.

a.     La adversidad (cruz) purifica. Los problemas  nos ayudan a crecer en humildad. Al tomar conciencia  de ellos y de  nuestra debilidad e impotencia para superarlos descubrimos que vivíamos en el orgullo de creernos poderosos y perfectos. Además hemos de saber que al afrontar con decisión las cruces de la vida  limpiamos  el corazón de impurezas. Un ejemplo del libro del Eclesiástico nos lo dice: “Hijo, cuida de tu padre en su vejez |y durante su vida no le causes tristeza. Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor. Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados” (3,12-14).

b.     La adversidad (cruz) enseña, tiene un enorme valor docente. Las experiencias dolorosas vividas nos dejan ver con más claridad las cruces del prójimo; nos enseñan a valorar más a las otras personas, a desarrollar más paciencia y comprensión, a aceptar que las cosas y las personas cambian y he de aceptarlas como son.  Aquí puede servirnos de ejemplo el texto del Éxodo: “No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Ex 22,20). La experiencai de ser forastero en tierra extraña puede purificar la mente para ver con equidad a los forasteros que ahora residen en la tuya. De cada situación, de cada conflicto vivido podemos sacar una enseñanza que nos haga más fuertes y más sabios. En ámbitos de fe se suele decir que “el pecado nos hace más humanos” porque nos enseña a aceptar que también nosotros caemos en aquello que criticamos en los demás. Lo mismo podemos decir de las experiencias dolorosas. Nos humanizan.

c.  La adversidad (cruz) conecta con otros seres, nos hace sentirnos unidos a personas que están viviendo la adversidad en un grado igual o mayor que el nuestro. Y desde ahí no ayuda a conocer y tener más compasión por los demás, o a reconocer nuestro sufrimiento teniendo como ejemplo el de otros. En este sentido hay que destacar cómo la mirada a la Cruz de Cristo en tiempos de desolación nos conecta con su sufrimiento y nos sirve como referente de que si Él pudo también yo puedo vencer la adversidad que estoy viviendo. Mirando la cruz nos conectamos con Jesucristo, y en Él con toda la humanidad. Conectar con la pasión de Cristo nos hace partícipes de la salvación que Él nos acerca: “Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla». Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida” (Nm 8,9). “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. (Jn 3,14-15). En la adversidad puedo conectar con el sufrimiento del mundo concentrado en Cristo Crucificado.


d. La adversidad (cruz) ayuda a hacer cambiosEl sufrimiento en sí no es bueno, ni sagrado ni santo, pero gestionado con inteligencia y sabiduría puede ser una fuente de beneficios espirituales. Cuando a la adversidad le acompañada la sabiduría de la experiencia ella misma se transforma en inspiradora de cambios. Una de las bondades de la cruz es la de servir de acicate para hacer cambios interiores profundos. Por ejemplo, cuando la situación es insuperable o difícil de eliminar trabajamos con ese problema, con esa dificultad, y adquirimos una fortaleza que genera en nosotros paciencia. “Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia” (Sant 1 2-3). ¿Cómo voy a cambiar de ser impaciente a paciente, de intransigente a respetuoso, si no hay pruebas que me faciliten un cambio efectivo? ¿Cómo evitaré futuras derrotas si no aprendo sufriendo las presentes? Aquí encuentra sentido la frase de san Pablo. "Donde abundó el pecado (y el sufrimiento que lleva consigo) sobreabundó la gracia (apertura a una vida nueva)" (Rm 5,20)



Soportar la adversidad, soportar la felicidad


Un maestro indio dijo en una ocasión algo que de entrada parece contradecir el sentido común: “Las personas sólo soportan un poco de felicidad, pero pueden soportar mucha adversidad” (Padampa Sangye). La lógica parece que pide darle la vuelta al axioma diciendo que la gente soporta muy bien la abundante felicidad y poco o casi nada la adversidad; pero desde una lectura espiritual puede no ser así. 

El autor de la sentencia no habla de la vida corporal sino de la espiritual, y lo que quiere decir es que un poquito de felicidad tiene mucha probabilidad de distraer a las personas de su práctica meditativa, de su esfuerzo por vivirse desde su centro; sin embargo la adversidad tiene menos probabilidad de distraerles, maravillarles, encantarles, extasiarles o hechizarles. Las personas infantiles evitan las dificultades en su desarrollo personal, las personas maduras aprenden a tolerarlas con paciencia; los primeros aguantan poco el sufrimiento, los segundos saben que su crecimiento es imposible sin ello.

Las experiencias espirituales que traen consigo consolaciones, gustos y contentos son a la postre más estorbo para el crecimiento espirtiual que las “noches oscuras”; la adversidad de “las noches” las aprovechan los adelantados como combustible para crecer, aprender, transformar y madurar. Podemos entender desde aquí los consejos de san Juan de la Cruz: ”Para obrar fuertemente y con esta constancia y salir presto a luz con las virtudes, tenga siempre cuidado de inclinarse más a lo dificultoso que a lo fácil, a lo áspero que a lo suave, y a lo penoso de la obra y desabrido que a lo sabroso y gustoso de ella, y no andar escogiendo lo que es menos cruz, pues es carga liviana (Mt. 11, 30 ); y cuanto más carga, más leve es, llevada por Dios”  (Avisos, 6). Una invitación a ir a lo más difícil antes que a lo más fácil. 

Reconocer las oportunidades

Nuestra madurez se ralentiza a menudo porque no reconocemos las oportunidades. Si sólo entrenamos con condiciones favorables el desarrollo es lento y limitado; pero si queremos “jugar en primera división”, si aspiramos a "competir entre las élites", hemos de dar pasos que nos lleven no sólo a afrontar las oportunidades que nos vienen, sino también a plantearnos voluntariamente retos más difíciles.

Debes plantearte en serio que tu práctica espiritual no se limite a treinta minutos diarios de silencio en el cojín, el banquito o la silla; y tu contemplación exterior no se reduzca a dar un paseo para contemplar las abejas o las mariposas, el sol, las nubes o el arco iris. Hay que ir más allá, y en cada momento o situación, especialmente cuando se cruzan en tu día a día personas que te dan un codazo o te ponen la zancadilla, entonces has de practicar aprovechando esa oportunidad de crecer respondiendo con paciencia, amor y compasión. No desaproveches esas oportunidades que se te dan; no sólo son  tan válidas como el paseo contemplativo mirando al sol y a las mariposas sino que puede ser un ejercicio más potente y transformador. Te guste o no esto te conviene.

Y, siguiendo el consejo de san Juan de la Cruz, aún puedes ir más allá. Escoger lo más difícil y dificultoso. Dar pasos hacia la cima con decisión a pesar de lo escarpado y empinado del terreno. Por ejemplo: no te limites a hacer silencio en la soledad de tu hogar, sal fuera y víve ese tiempo en grupo; pierde el miedo a dejar un día al mes, o un fin de semana, para dedicarlo a ti retirándote al lugar adecuado; o si observas que alguien necesita tu ayuda no digas "no me incumbe" sino haz tuyo su sufrimiento y procura cubrir su necesidad. 

La cruz, “cuanto más carga, más leve es, llevada por Dios”, dice el santo carmelita. Esta frase parece tan contradictoria como la comentada del sabio indio que daba a entender que soportamos mejor la adversidad que la bonanza, pero ambas son palabras verdaderas  si las aplicamos a la vida espiritual.

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Enero 2025

Casto Acedo 

martes, 12 de noviembre de 2024

3.6 Extrañar, síntoma de dependencia. Consejos prácticos (IV)

El tema que exponemos como “extrañar” es un poco conflictivo. ¿Porqué? Porque nos toca y nos desnuda a todos y si somos críticos nos hace ver una realidad muy íntima y normalizada que no es tan positiva como aparenta ser. Aceptar que “extrañar” a alguien puede tener mucho de anomalía espiritual no es fácil de entender. Y, por supuesto, el tema admite matizaciones importantes. No somos robots y tenemos sentimientos.

Extrañar

¿No es normal sentir celos de tu pareja cuando presta excesiva atención a otra persona y ves en peligro tu relación? ¿Acaso es inapropiado “echar de menos” a una persona querida que ha fallecido? La partida a tierras lejanas de un buen amigo o amiga, ¿no merece un "sentimiento de falta o extrañamiento”?

Extrañar nos parece algo aceptable. Hasta tal punto lo hemos normalizado que ha pasado a formar parte de nuestra cultura; es una enfermedad espiritual tan extendida que ni siquiera nos planteamos que pueda dañar o ser contagiosa. La aceptamos como parte de nuestro día a día, algo natural que asume todo el mundo, como los ácaros, esos bichitos prácticamente invisibles que están en la piel, en los colchones, en las sábanas, ... y no hay ninguna campaña en contra de ellos; es algo que está tan presente que forma parte de la normalidad. Pero si lo consideramos en profundidad no lo es; veamos por qué.

Lo primero que hay que decir es que extrañar es síntoma de dependencia, aunque si consultas a la comunidad científica que se ocupa de estos temas, los psicólogos, te van a decir que el extrañamiento es señal de que realmente hay afecto, que realmente existe un vínculo cercano con la persona que se extraña. 

Apoyado en ese afecto que profesas a tu amigo, a tu madre o a tu pareja, puede que tú exijas o ellos te exijan algo: “¡Demuéstrame que me quieres, dime cuanto me echas de menos cuando no estoy!”. En una relación así se dan dos factores que revelan que echar de menos a alguien puede no ser tan excelente como parece. Lo primero es que la afectividad focalizada en una persona  suele exigir a ésta que muestre una y otra vez “lo exclusivo que soy para ti”, o la domina dándole a entender “¡cuánto te hago falta!”. Medir el amor por lo exclusivo (amor excluyente) ya es algo contradictorio; medir el amor por “la falta que me haces” es patético.

Date cuenta de que en la medida en que extrañas a una persona, en esa misma medida dejas ver que estás aferrado a ella, y que por tanto tu amor no es tan puro como crees. Me refiero al hecho de “extrañar a personas a las que queremos”, si ampliamos el campo y hablamos de "cosas que tenemos" parece que cuesta menos entender esto del aferramiento.

En muchas ocasiones solemos tratar a las personas como cosas, y por eso las extrañamos, porque las consideramos como tales. ¿No tienen aquí su raíz los ataques de celos? ¿Se sufre por extrañar a la otra persona o se sufre por egoísmo posesivo, por deseo de posesión frustrado? ¿No dices que amas a la otra persona? Dale libertad para buscar la felicidad.

Está claro que extrañar a una persona es signo de que la relación con ella se asienta en una necesidad personal con toques egoísta. No es una relación cuya fuerza esté en atender al interés, las necesidades o la felicidad del otro o la otra, sino en la necesidad de ser atendido por ellos. Es el interés de mi ego el que da lugar a que cuando me falta esa persona, o cuando no me presta atención, o cuando no me mima, me sienta hueco, vacío, carente de algo. Y esto, aunque cueste aceptarlo, es una luz roja, una señal evidente de que no hay amor sino apego y dependencia. Lo que busco en la otra persona es una muleta, un bastón. Si cuando me falta ese bastón mis andares se resienten, si cojeo, camino más lento o me tambaleo, es que tengo una dependencia que sanar.

Las personas no deberían ser bastones o muletas para nadie. Es decir, no deberíamos sentir emocionalmente su ausencia como un daño o falta irreparable; esa partida debería ser más bien una oportunidad de crecimiento espiritual, de reafirmación en una fe que no se apoya en dependencias humanas de ningún tipo, en una esperanza que prescinde de soportes mundanos y en un amor universal que no excluye ni tiene preferencias por nadie.

Duro ¿verdad? La pregunta ahora es: ¿no es bueno sentir la pérdida de grandes líderes sociales o santos, como Madre Teresa de Calcuta, Oscar Romero, Pedro Casaldáliga, etc., que inspiran grandes valores; o maestros o maestras más o menos cercanos cuya santidad nos ha inspirado personalmente; o personas cercanas muy queridas que ya no están con nosotros? ¿Es malo extrañar su partida? Damos por supuesto que podemos admirar a esas personas siempre que tal admiración no nos debilite y consideremos su pérdida sencillamente como el no poder recurrir directamente a esas personas ricas en valores que hemos perdido o ha perdido la humanidad. Si su partida nos debilita o hunde en la tristeza es que hay aferramiento; falta una relación de pura inspiración. 

Recordad lo que decía Jesús a los suyos. "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré." (Jn 16,7). Les dice a los discípulos: yo me voy, pero vosotros vais a crecer, porque el Espíritu que habitará en vosotros y viviréis  no ya desde una influencia exterior sino desde vuestro centro.


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 Dejar algo para tener todo

Debemos, por tanto, “soltar”, liberarnos del apego a cualquier cosa o persona que dificulte nuestro avance espiritual en libertad. Es lo que Jesús propone diciendo que “quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna” (Mc 10, 29-30).

La inclusión de “hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos” nos viene a decir que perdamos el miedo a desapegarnos de aquellos cuya falta nos llevaría a extrañarlos de manera enfermiza. Un desapego que no es falta de amor, sino más bien un acto de amor, porque es un reconocimiento de la libertad con que vivimos nuestras relaciones. El miedo a perder a alguien es fruto de una dependencia;  y a  menudo nos lleva a manipular al ser querido con chantajes emocionales u otros modos para evitar  que nos falten; o al revés, el otro o la otra pueden aprovechar nuestros temores para chantajearnos a nosotros. 

El citado texto de san Marcos además da a entender que romper los lazos afectivos de dependencia de cosas y personas nos hace pasar de uno a cien en libertad y abundancia espiritual, “recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más”; dejas de vivir encerrado en tu identificación con tu amigo o amiga, con tu familia, tu iglesia, tu club, etc., para vivir tu relación con el mundo con un espíritu abierto a todos los seres. Como vivió Jesús; en Él, dice la Sagrada Escritura, se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tito 2,11); en Cristo y por extensión en los que están con Él y son de Él no hay exclusividades. Maestro, sabemos que hablas y enseñas con rectitud y no tienes acepción de personas” (Lc 20,21; cf Rm 2,11). Este es el consejo del Apóstol Santiago: “Hermanos míos, no mezcléis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas” (Sant 2,1).

Ciertamente que en una cultura que se mueve en la exaltación de la afectividad personal esto de vivir con apertura universal en igualdad o equidad para todos no es muy comprendido. Especialmente por los que se ven más afectados cuando dejas de extrañarles y perciben en ello como una especie de rechazo o desprecio hacia ti. No extrañar crea problemas; se recibe “cien veces más, -es cierto, pero- ...con persecuciones”, es decir, con rechazos. 

Recordad lo que le pasó a Jesús cuando, dejando atrás a su familia, comenzó a tratar a todos por igual: “Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí”. (Mc 3,21). Liberarse de ataduras afectivas es algo muy mal visto en un mundo como el nuestro excesivamente centrado en la idolatría de los sentimientos como pieza clave de la felicidad. Pero hemos de aceptar que el Reino de Dios está por encima de particularidades.

Lo que hoy proponemos no es una “desafección de todo”, sino todo lo contrario, una apertura de los afectos del corazón a todos los seres. Es lo que la Iglesia valora cuando propone el seguimiento de Jesús en virginidad o en celibato. Consagrar la propia vida en celibato o virginidad por el Reino de los Cielos (cf Mt 19,12) supone por una parte una renuncia (dejar los afectos particulares), pero al mismo tiempo un enriquecimiento (entregar solemnemente el corazón a Dios, y desde Él a todos los seres).

Quien como cristiano hace voto de virginidad por el Reino de los cielos (Mc 12,30) lo que promete es amar a Dios por encima de todas las criaturas, -con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas (Mc 12,30)- para poder así amar a todos los seres con el corazón y la libertad de Dios, sin ligarse ni excluir a nadie, sin proceder con criterios electivos-selectivos,  sino, por el contrario, amando en particular a quien es menos amable o, de hecho, no es amado. Esto último es lo que solemos llamar “amor preferencial a los más pobres”, no porque sean pobre sino porque están más necesitados de amor.

Y conste que vivir en virginidad consagrada no es vivir en un estado de perfección espiritual superior a los que no hacen el voto. También el matrimonio o la simple vida célibe pueden vivirse en apertura de amor universal. Los monjes o monjas que se consagran a Dios con un voto específico no hacen su promesa para situarse un escalón superior al resto sino como un modo de evangelización, para ser signos escatológicos, es decir, de la perfección de los últimos tiempos (escatología). "Hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos" (Mt 19,12).

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Estamos meditando y conociéndonos, mirando en nuestro interior para pulir el diamante que somos liberándonos de elementos que lo devalúan o empañan. En estos días procura medir tu progreso espiritual fijándote en qué extrañas, qué echas de menos, cuánto extrañas, a quién extrañas; y observa qué parte de ti se debilita cuando extrañas; date cuenta de cuánto tiempo y energías derrochas por tu apego a personas concretas. Lo negativo no es el amor que les tienes sino el apego, el amor posesivo que impide que tu corazón se abra a lo universal, al “amor de Dios”. ¿Entiendes ahora el mandamiento que dice: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”? Como dicen en Centroamérica: ¡primero Dios!; “busca sobre todo el reino de Dios y su justicia (el bien y bienestar de todos los seres); y todo lo demás se te dará por añadidura” (Mt 6,33). Si tienes a Dios ¿extrañarás algo?

Diciembre 2023

Casto Acedo

domingo, 20 de octubre de 2024

Malas palabras no salgan de tu boca.

 


"Quien no falta en el hablar es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas.

Mirad, una chispa insignificante puede incendiar todo un bosque. También la lengua es fuego, un mundo de iniquidad; entre nuestros miembros, la lengua es la que contamina a la persona entera y va quemando el curso de la existencia, pero ella es quemada, a su vez, por la gehenna. Pues toda clase de fieras y pájaros, de reptiles y bestias marinas pueden ser domadas y de hecho lo han sido por el hombre. En cambio, la lengua nadie puede domarla, es un mal inalcanzable cargado de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor y Padre, con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios. De la misma boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser así, hermanos míos. ¿Acaso da una fuente agua dulce y amarga por el mismo caño? ¿Es que puede una higuera, hermanos míos, dar aceitunas o una parra higos? Pues tampoco un manantial salobre puede dar agua dulce". (Sant 3, 2-12).

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“Malas palabras no salgan de tu boca”

Nadie puede estar comprometido en la tarea de practicar el amor compasivo si su lengua gusta de herir a otros. En mayor o menor dosis todos estamos inclinados por nuestra condición pecadora  a ser crueles, a veces no nos atrevemos a serlo con los hechos, pero con las palabras nos es más fácil degradar y herir a otras personas, ya sea directamente o indirectamente comentando por detrás.

La falta en esto no sólo es cuestión de palabras. Más importante que las palabras es a veces el tono que empleamos en ellas, y aún más nuestros gestos corporales; especialmente los faciales, la cara y la mirada. Comunicamos con todo ello. Sabemos que a veces verbalmente se dicen cosas aparentemente inocentes, pero el tono irónico o de desprecio las cargan de crueldad.

Prestemos atención a todo esto, porque los demás suelen ser más inteligentes de lo que pensamos y no se fijan solo en lo que decimos sino que saben leer el tono, la mirada, el gesto, la circunstancia en que comunicamos algo.  Por muy diplomáticos que seamos las personas con quienes compartimos algo son capaces de percibir la intención de fondo con mayor o menor grado según su sensibilidad.

Por tanto, en este tema no pretendemos dar una lección acerca del uso de un vocabulario correcto, aunque es importante ya que las palabras tienen su peso propio, sino quer queremos educarnos espiritualmente de tal modo que no haya dentro de nosotros sensación alguna de querer rebajar a alguien, molestarle o presionarle con nuestras palabras. Tarea no fácil, tal como podemos deducir del texto de la carta de Santiago que introduce nuestro tema.

El apóstol en su carta da mucho que pensar. Sus afirmaciones son determinantes:  el bien hablar deja ver la perfección espiritual; domar la lengua es como controlar el timón de la barca de la vida; una mala palabra puede incendiarlo todo generando división y guerra; una lengua descarriada es un veneno mortal; del mismo modo que una fuente no puede dar agua dulce y amarga, una boca que maldice echando veneno en sus palabras no puede bendecir; “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45);  no se puede dar lo que no se tiene, como de “un manantial salobre no se espera agua dulce”; un corazón duro reparte palabras duras, por mucho que intente disimularlo terminará por sacar lo que tiene dentro; y si no hay bondad y compasión no las podrá dar.


Que tus palabras sean una caricia


También san Pablo aconseja el control de la lengua: “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 4,29). Procura, por tanto, no recriminar a nadie; que tus palabras sean una caricia. Para ello lo primero que has de hacer es suavizar tu interioridad. Y esta labor has de comenzarla cuidando de no recriminarte a ti mismo de forma devastadora.

A menudo somos duros con los demás porque somos duros con nosotros mismos. Nos exigimos una perfección inalcanzable y nos volvemos contra nosotros al no lograr nuestro objetivo. Al vernos frustrados nos volvemos contra los demás, como si fueran la causa de nuestra desdicha. ¡Olvídate de perfecciones! Mírate con humildad. Nadie es perfecto, sólo Dios lo es (cf Lc 18,19). “La lengua -dice la carta de Santiago- nadie puede domarla”, y no es una invitación a dejarla a su libre albedrío, sino una manera de poner ante ti la necesidad de trabajar el silencio necesario para que el Espíritu de Dios tome las riendas de tu boca.

Por tanto, no seas duro contigo mismo; pero sé transparente. Cuando tu conducta sea dañina reconoce que un mal espíritu te domina; pero no identifiques esa conducta con tu ser; no digas “mi conducta fue dañina, luego yo soy malo”. No te identifiques con el mal que practicas; si lo haces te quedas atrapado en la idea de que eres malo, que no puedes, que es imposible salir del pozo oscuro en que vives. Tú eres bueno, porque Dios te hizo a su imagen; tus obras no son tu ser; por tanto, puedes trabajar tu lengua a fin de que sea portadora de bendiciones para ti y para tu prójimo.

Hablar con suavidad y amor es posible si lo haces desde lo más profundo de tí, desde el lugar donde habita el Espíritu en tu espíritu. 



Cuidar el silencio (1)

“Quien mucho habla no escapa al pecado, y quien frena los labios es prudente” (Prov 10,19). ¡Qué difícil es en nuestra cultura del ruido resignarse a cerrar la boca. Cuando en una conversación animada sobreviene un espacio de silencio solemos romperlo diciendo: ha pasado un ángel. Es una expresión que quiere sacarnos de la situación de malestar que nos produce el agotamiento de las palabras. Da la sensación de que ese silencio que se produce entre las personas pudiera ser portador de un peligro. Sin embargo el peligro está más en la palabra cuando se desborda y se pervierte. ¿No es eso lo que denuncia la carta de Santiago?

No siempre son ángeles buenos los que circulan por nuestras palabras;  también se deslizan en  ellas  “demonios” como los de la ira, la soberbia, la envidia  y la maledicencia, la mentira, el halago o la cólera, el desprecio o la indiferencia.

Desconfiamos tanto del silencio que por eso nos las ingeniamos para llenarlo de todo tipo de ruidos, incluido el lenguaje de la mera palabrería. ¿Por qué?  Porque sentimos que el silencio alberga un poder singular, inquietante, el de desvelarnos a nosotros mismos y a los demás en nuestra fragilidad. Nos escondemos en fárragos de palabras, en discursos vacuos, en juicios verbales, críticas y difamaciones que la más de las veces no pretenden sino ocultar el miedo a entrar en lo más íntimo de uno mismo. Como el hombre y la mujer en el Edén se taparon con hojas de parra en cuanto tomaron conciencia de su desnudez: del corazón y del espíritu, así corremos nosotros a tapar con palabrería y ruidos la vergonzosa deficiencia de nuestra interioridad.

El silencio, efectivamente, nos despoja, nos “simplifica”, nos ilumina furtivamente desde el interior y nos reconduce a sentir únicamente a nuestro aliento, y el de los demás, el de nuestros interlocutores, a quienes la eclosión de un silencio imprevisto pone igualmente al desnudo.

El aliento es expresión pura de vida, signo a la vez delicado y perturbador de la presencia de un Ser vivo; la respiración, que se manifiesta en la linde de lo material y lo inmaterial, es el eco sutil del Aliento divino, que es su fuente. Así lo expresa un poeta muy conocido:

Respiración oh tú, invisible poema,

puro, incesante intercambio

de nuestro ser y los espacios. Contrapeso

en el que rítmicamente me cumplo.

(R. M. Rilke, Sonetos a Orfeo)

 

Dios es el aliento, la voz de silencio que se reveló a Elías en el monte Horeb. No estaba Dios en el viento impetuoso, ni en el terremoto; tampoco en el fuego devorador; Dios estaba en el susurro ligero (cf 1 Re 19, 11-13). Elías estaba estresado; abrumado por los tumultos de pensamientos y miedos debido a la persecución que sufría por parte de la  reina Jezabel; había mostrado un "celo ardiente” por su Señor matando a los profetas de Baal, protegidos por la reina, y concibe y venera a Dios como “Dios de los poderes”; y ahora no se le manifiesta en el poder sino en la delicadeza y suavidad de un susurro.

El susurro del viento desmonta la imagen de Dios terrible que Elías había tenido hasta entonces; el silencio y caricia de la brisa le abre a un conocimiento nuevo de Dios.



Jesús y el silencio

Jesús habló mucho. Sus palabras las recogen los evangelios. No son palabras superficiales sino profundas, palabras maduradas en la escucha y el silencio de las comunidades; maduradas en un silencio orante y que han de ser escuchadas en el mismo silencio en que fueron escritas.

Pero de Jesús más que lo que habló fué lo que calló; de principio vive treinta años en lo oculto, escuchando, contemplando. Y en el curso de su vida pública se retiraba a lugares apartados para orar al Padre, para hacer silencio y dar a a sus oyentes la oportunidad de que las palabras que había pronunciado fueran asimiladas, para dar tiempo a que los suyos pudieran entender los secretos del Reino de los cielos. Un pasaje en el que se muestra bien la pedagogía del silencio que usaba Jesús, lo tenemos en el episodio de la mujer adúltera (cf Jn 8,1.11).

Cargados con palabras de odio y de furia los maestros de la ley y los fariseos le traen a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Podemos imaginar el ruido, el barullo, los insultos y descalificaciones dirigidas hacia la adúltera; palabras que piden sangre, gritos que claman castigo y venganza. El ambiente no es precisamente de silencio, sino de  recriminación a la mujer y de reto a Jesús: “tú, que te crees justo y dices que cumples la ley, a quien tantos consideran misericordioso, ¿crees que hay que apedrear a esta mujer según está escrito en la ley de Moisés?”. 

Frente a los autoproclamados jueces que han ido a desafiarlo, Jesús  calla, se inclina, se “ausenta” frente a las miradas que esperan sólo una palabra o un gesto de desafío para estallar en violencia. Jesús, mediante una actitud de sosiego, de retirada, ofrece a cada uno la posibilidad de salirse al menos un instante del rebaño de “bienpensantes” dispuestos a matar con plena buena conciencia; y serenamente y con suavidad hace que cadea uno de los presentes se vuelvan a sí mismos y se trasnsformen en  individuos responsables de sus palabras y de sus actos. Se palpa el silencio que conduce a la introspección mientras “se puso a escribir en el suelo”. Y es el silencio provocado por su silencio el que prepara el terreno para la sentencia que pronuncia: “Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra”. “Después se inclinó de nuevo y siguió escribiendo”

Las palabras de Jesús vibran aquí “con” el silencio que las ha provocado, y “en” el silencio que se ha deslizado entre ellos, contra su voluntad. En cuanto a la mujer acusada y condenada de antemano y de pronto liberada, se mantiene al final del encuentro un ambiente de silencio y de paz. “Puedes irte; no vuelvas a pecar”.

“Ha pasado un ángel”, el ángel del silencio, un soplo del Espíritu que lo cambia todo. El silencio es el tiempo y el espacio que nos permite entrar dentro y serenar los ánimos, tiempo para permitir que sea la conciencia profunda de nuestro ser la que determine nuestras palabras. Conviene, pues, practicar el silencio meditativo, no tanto como una disciplina ascética cuanto como un modo de entrar en el misterio de lo que somos: paz, luz, amor, silencio.  Cuando abrazamos en el silencio el manantial secreto de nuestra alma, nuestras palabras y actos dejan la acritud de las aguas salobres y se transforman en caricias de agua dulce.

Abísmate en el silencio y no dejes que malas palabras salgan de tu boca. Ejercitarte en esto es ya una práctica compasiva. Aprenderas el arte de acariciar con tus palabras a quienes esgtán necesitados de amor.

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Nota (1). Lo referido aquí sobre el silencio está inspirado en GERMAIN, Sylvie, Cuatro actos de presencia.

Octubre 2024

Casto Acedo

martes, 8 de octubre de 2024

Compasión, adversidad y cruz (II)


Beneficios de a adversidad

Señalamos algunos beneficios que puede producir en nosotros la adversidad:

a) La cruz (adversidad) purifica

Primeramente purifica el orgullo. Quien vive en cruz o adversidad experimenta la propia debilidad, la impotencia que se siente al abordar dificultades que no se esperaban, con lo cual se aprende que lejos de controlar todo la persona está expuesta a imprevistos que no domina ni controla. Esto es una excelente oportunidad par una buena cura de humildad. Por  el hecho de encontrar problemas a solventar se aprende a no ir por la vida avasallando.

Y purifica también en sentido espiritual profundo. No somos seres independientes sino en relación. La cruz asumida es una forma de cargar con los sufrimientos del mundo del cual formamos parte. Dice san Pablo: “ Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24). La adversidad es “penitencial”, en el sentido de que es mortificación, porque da muerte a los apegos, purifica el corazón.

b) La cruz (adversidad) enseña.

La adversidad enseña despejando las claves de la vida. ¿Os imagináis un niño que no encuentre nunca dificultades? ¿Qué habría sido de nosotros si no nos hubieran entrenado para tener la resiliencia necesaria ante situaciones adversas? La cruz como adversidad es maestra de vida.

La adversidad educa y hace crecer en la paciencia y en la tolerancia; nos enseña que el mundo exterior y nuestro mismo interior está siempre en cambio, por la adversidad experimentamos y “sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo”. (Rom 8, 22-23).

Todo eso aprendemos, además de las enseñanzas particulares que podemos extraer de cada adversidad concreta, de cada pelea, de cada choque. Sufriendo se aprende, como Jesús, que “aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer” (Hb 8), aprendió a escuchar sin resistencias ególatras la voz del Padre en el Espíritu. La adversidad nos hace más fuertes y más sabios.


c) La cruz (adversidad) nos conecta

Cuando experimentamos el dolor y el sufrimiento éstos nos ayudan a conocer y traer a la memoria los sufrimientos que están viviendo muchas personas; sufren como nosotros, y en un grado mayor que el nuestro. El malestar propio, pues, nos conecta con la experiencia de tantos otros que también sufren. Contemplando su sufrimiento junto al nuestro nos identificamos con ellos y se despierta en nosotros la compasión.

Jesús crucificado, nos dice la Escritura, conecta con los sufrimientos de toda la humanidad, y con sus causas (el pecado), y esa conexión no es indiferente sino eficaz. Jesús, en su sufrimiento, oró por toda la humanidad “llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuimos curados” (1 Pe 2,24). Así pues, nuestra oración y nuestra mortificación en la adversidad nos conecta con los que sufren de un modo también eficaz; cuando yo cargo con el problema de mi hermano y lo descargo de algunos sufrimientos mi amor conecta con él; él puede decir que “mis heridas (sufrimientos, trabajos por él) le sanan”, y yo puedo decir que sus heridas también me sanan a mi, porque el amor que desarrollo atendiéndole es medicina para mi alma. En la adversidad, en la cruz, en el amor compasivo, conectamos con el prójimo y con Dios-crucificado.


d) La cruz (adversidad) nos inspira a hacer grandes cambios

Los grandes avances no se dan de modo lineal ascendente; son más bien el fruto de acciones que siguen el esquema de "acción-error-corrección", "intento-fracaso-corregir-vuelta a intentar". El fracaso, bien mirado, invita a hacer cambios; sobre todo cuando lo que hacemos está inspirado por el deseo de avanzar en la vida espiritual y, más en concreto, en la experiencia de la caridad o compasión sin límites.

Si la actitud frente a la adversidad es buena, si va acompañada de sabiduría, entonces el malestar y el sufrimiento pueden producir cambios importantes en quien la afronta con decisión. El sufrimiento propio pide cambios mentales, ya que la mayoría de ellos son el producto de una mente excesivamente centrada en los bienes materiales. La consideración social (buena reputación), el apego a los bienes materiales (ambición económica) y los pactos con el diablo (acedia, divisiones, tibieza espiritual) suelen ser la causa última de nuestros sufrimientos. Tomar conciencia de esos sufrimientos inútiles y gratuitos nos ayuda a hacer cambios en nuestra vida.


Conclusión

Tomar la cruz, o sea, vivir la compasión y trabajar por erradicar el sufrimiento, no deberíamos considerarlo como un sacrificio personal sino más bien como un medio hábil para crecer y madurar en el camino. No queremos ni buscamos sufrir para ganar algún tipo de mérito. El sufrimiento en sí mismo no es santo, no es sagrado, ni puro ni bueno. Sólo la sabiduría o inteligencia espiritual lo puede encarar y encauzarlo correctamente en beneficio propio y para bien del prójimo.

"El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me. siga", dice Jesús. (Mt 17,24). Es importante tener una percepción del sufrimiento como un reto espiritual insoslayable. Si es de difícil o imposible solución, si no podemos incidir sobre las causas del sufrimiento para erradicarlo, evitemos huir y escapar de la situación dándole la espalda. Abraza la cruz; Dios no te abandona en ella. Lo correcto es seguir trabajando esa dificultad, ese problema, esa adversidad, de manera que nos fortalezca a nosotros y, si podemos, a los demás. A la oscuridad de la noche siempre le sigue la aurora; sólo hay que poner esperanza.

Concluimos el tema con un aforismo un tanto equívoco: “Aunque las personas puedan tolerar solo un poco de felicidad, sí pueden soportar mucha adversidad”. Parece que lo correcto es al revés, lo más lógico es que las personas pueden aguantar un poquito de adversidad y toda la felicidad que se les eches. Sin embargo, en el contexto del tema que estamos trabajando es al revés. Si la frase la aplicamos al desarrollo espiritual podemos entender que un poquito de felicidad tiene mucha probabilidad de distraer a las personas de la práctica de la meditación; sin embargo, la adversidad tiene menos probabilidad de distraer, maravillar, encantar o extasiar la mente.

Las personas inmaduras, infantiles en su desarrollo personal, evitan a toda costa la dificultad. Les da miedo la cruz. Quienes maduran un poco no sólo la toleran sino que la aprovechan como combustible para crecer, aprender, transformar y madurar. Y quienes han logrado una madurez encomiable invitan a meterse y a afrontar las situaciones más adversas y difíciles.

Nuestro avance espiritual se ralentiza porque no reconocemos y rechazamos las oportunidades de dar un paso más adelante. Si queremos avanzar sin límites hemos de procurar salir del banquito, del cojín y de la salita de oración; ir más allá del paseo meditativo donde ves el sol radiante, el arco iris o una mariposa que te inspira ternura y cuidados. La práctica de la compasión va a exigir de ti que te entrenes en sobrellevar con paciencia cada momento y cada situación, especialmente cuando hay personas que te dan un codazo, te ponen la zancadilla o te pegan donde más te duele. En estos momentos adversos, devenidos cruz para el entender de los cristianos, es donde se debe practicar la paciencia, la tolerancia, la bondad, la compasión, el perdón y la misericordia.

Octubre 2024
Casto Acedo