lunes, 18 de marzo de 2024

6.2 Amor y felicidad (eros y agape)

 

Amor y felicidad

Hay una relación muy directa entre amor y felicidad. Ambas palabras expresan “satisfacción plena”, pero hay que entender adecuadamente la satisfacción que se vive.

Comencemos por definir el amor como deseo; pero no como un deseo de que haya personas que amen o me amen. La expresión "no hay amor en el mundo" la suelen pronunicar las personas que no se sienten amadas y que suelen entender el amor como algo que se les debe y no algo que ellos deben.

Más objetivamente podríamos definir el amor como el deseo de que todas las personas sean felices y, a su vez, el deseo de que en todos y para todos se den las causas necesarias para serlo. Un deseo que se espera ver cumplido en ellos no  por las expectativas exteriores sino por el desarrollo de sus cualidades interiores.

Es importante diferenciar entre el amor compasivo, el amor de regocijo y el amor bondadoso que ya citamos en un comentario anterior. El amor compasivo y el de regocijo vienen motivados por causas externas, ya sea el sufrimiento ajeno que genera sentimientos de compasión o la alegría por el bien del prójimo que produce gozo y regocijo en quien lo contempla. Sin embargo, lo que llamamos amor bondadoso no viene del exterior sino que nace de la bondad espontánea que brilla en el centrro del ser, una bondad que no se despliega sólo hacia quienes sufren alguna desgracia o gozan de alguna dicha sino a todos; al amor bondadoso ninguna realidad le es indiferente.

Este amor nace del derecho de todos a ser felices, de la convicción y el sentimiento de que hay una afinidad insoslayable, una comunión, con toda la creación, y por tanto un deseo de lo mejor para todas las creaturas, y con ellas, por supuesto, para todas las personas. Todo es amado sin condiciones, sin etiquetas; amo simplemente porque quiero que todos sean felices, quiero “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4), y procuro que las causas para ello sean una realidad.

Hay que afinar mucho en esto del amor, porque la tendencia habitual es a amar aquello o a aquellas personas que me convienen o facilitan mi vida, y a despreciar todo lo que considero ajeno u opuesto a mis propios planes; el “amor a los enemigos” (en otro tema matizaremos quien o qué es nuestro enemigo) solemos excluirlo de nuestros objetivos amorosos.

Hay una visión muy subjetiva sobre el amor que podemos entender, por ejemplo, analizando lo que llamamos amor esposnal. ¿Es el amor matrimonial un amor simplemente emocional o es otra cosa? El amor compasivo y de regocijo son emocionales. Así, puede que lo que esté sosteniendo a la pareja sea el regocijo o la compasión, el gozo de estar unidos o la pena por abandonar al otro o la otra. Pero, ¿qué ocurre cuando el afecto emocional desaparece o disminuye? ¿Se acaba el amor? Si es así es porque no era amor, un amor completo o genuino. Ya dice san Pablo que “el amor no pasa nunca” ( 1 Cor 12, 8).



Amor eros y amor ágape

Hay matrimonios que se mantienen unidos por una relación de cierto apego (compasión o regocijo). Cuando éstos fallan se ha de recurrir a una “decisión” desde más allá de los afectos, decisión que nace de dentro, de la capacidad de comprensión y aceptación, de la fe en un amor más elevado, el “amor ágape” (amor de Dios, amar en pura gratuidad) que supera con creces al “amor eros”. Distingamos eros y ágape:

El amor eros es el amor con que me amo a mí mismo, el deseo del propio bien, algo que procuro obtener con mi esfuerzo, un amor que suele estar determinado por la cualidad del objeto o la persona amada, como pueden ser su belleza o su consideración personal o social. Amo porque me viene bien amar. Es por tanto un amor de deseo con matices egocéntricos, aunque el deseo sea  un deseo de lo divino: deseo de "Dios para mí".

El amor ágape es 
*espontáneo, no motivado, lo cual no significa que sea algo caprichoso sino que nace de la propia naturaleza divina impresa en la interioridad del ser; 
*es independiente del valor de su objeto, es decir, excluye todo mérito, abraza con la misma gratuidad al considerado amigo como al enemigo; 
*no se limita a amar sólo a las personas que valora sino que es creador de valores, porque da valor a lo que ama o a quien ama. Es el amor del padre del hijo pródigo (Lc 15,22-24), del dueño de la viña que contrata obreros a distinta hora (Mt 20,13-15) o del rey que perdona la deuda al siervo despiadado (Mt, 18,26-27); en estas parábolas se expone un amor ágape que trasciende cualquier atisbo de egocentrismo y concede valor a personas que parecen no tenerlo. 
*es el amor de Dios que me habita y se expande hacia fuera, un amor creativo y creador de un mundo nuevo.

Hay que evitar la simplicidad mental de decir que el amor erótico (eros) es malo y el amor de caridad (ágape) es bueno. Los dos matices forman parte del amor de Dios. No vendría mal tratar este tema en el grupo; lo mejor que hay sobre ello lo tenemos en la Carta encíclica “Deus caritas est” , de Benedicto XVI, en los nn. 3-10: «Eros» y «agapé», diferencia y unidad. Se menciona también el amor filía (amor de amistad). Puedes leerlo. Baste aquí anotar que no se debe demonizar el amor eros en lo que tiene de humano y bondadoso, que es mucho.


La decisión de amar 

Volviendo al ejemplo del amor matrimonial. A veces es un amor eros compasivo o de regocijo que decíamos se mantiene en pie bien sea por el sentimiento de lástima o por el placer mutuamente compartido. ¿Es esto algo totalmente negativo? No. Hemos anotado que el  amor erótico no es necesariamente malo. De hecho casi todas las historias de amor que acaban en matrimonio u otra convivencia en pareja suelen tener como punto de partida un grado más o menos intenso de amor-eros. Todo amor suele comenzar por ahí, por amarse uno a sí mismo en el otro, por el deseo más o menos consciente de ser valorado y considerado. Pero el amor más genuino es ágape, en él no hay consideración ni mirada hacia dentro de uno mismo sino hacia fuera.

Hemos dicho que este amor ágape requiere un cierto grado de decisión, un acto de voluntad que deberá partir de una consideración de la bondad del acto mismo de amar, independientemente de mis sentimientos actuales. La decisión es necesaria; y debe ser tomada no tanto desde las emociones sino desde la razón fundada en la sabiduría; porque ¿cómo abrirme al sufrimiento ajeno si ni siquiera puedo soportar el propio? ¿Cómo amar a quien es objeto de mi ira o mi envidida? En el amor ágape descubro que a pesar de la incomodidad que pueda suponer amar al prójimo, más ún si éste es considderado mi enemigo, hay un Amor (con mayúsculas) más elevado que me llama y me dice que merece la pena amar siempre; hablo del  Amor de Dios; éste es el amor que anhelo, que me atrae interiormente y en el que intuyo la posibilidad de plenitud amorosa.

La atracción del Amor de Dios hace surgir un sentimiento de conexión con el Misterio y un compromiso de meditar y obrar desde ese amor superior (ágape) que no desanima y cansa al alma sino que le da agilidad y frescura. En este amor al que se aspira  no se suprime el sufrimiento que pueda conllevar sino que éste se supera por la asociación del mismo a un sentido, al gozo de una meta, a la satisfacción de responder a la propia llamada interior que es vocación de amar. 

El amor ágape o amor de Dios es un amor atractivo pero no necesariamente indoloro; lo que ocurre es que el mismo sufrimiento (fruto del exceso de mal) es superado por el gozo del amor ágape (exceso de bien). Para los cristianos, la imagen plástica de este amor la tenemos en el Crucificado. “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, (cruz, entrega total de perdón y amor) atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). La cruz atrae y salva no tanto por el dolor que conlleva cuanto por el amor que manifiesta. La cruz se sufre, pero con un sufrimiento asociado a un sentido, a una meta. 

Tienes aquí un buen tema de contemplación para la próxima Semana Santa. 



Amor y sabiduría

En todo crecimiento espiritual, tal como ya lo expuso san Gregorio de Nisa en el siglo IV, se va dando progresivamente un deslizamiento desde el amor eros hacia el amor ágape. Lo normal es que la persona inicie su camino espiritual buscando respuesta a sus preguntas y satisfacción a sus propios deseos; el amor erótico suele ser el punto de partida. ¿Qué esperabas cuando comenzaste en el grupo?. Satisfacer tu necesidad de amor.

Poco a poco descubro que la felicidad no está recogida en ninguna respuesta teórica ni en la la satisfacción de mis deseos, sino en la apertura a la sabiduría revelada en Jesucristo y en la búsqueda de la voluntad de Dios sobre mi vida; es decir, descubro que no seré plenamente feliz mientras no sea el ágape de Dios el que ocupe el espacio central de mi alma. 

Entre las potencias del alma según la filosofía y teología clásicas están la memoria, el entendimiento y la voluntad. La que se ocupa del amor es la tercera. Y el crecimiento espiritual pasa por silenciar las potencias para dar paso a Dios: callar la mente o los pensamientos propios para adquirir la mentalidad de Dios y entrar en fe; callar las propias emociones para vivir en esperanzam liberado de miedos y aflicciones; y callar la  voluntad propia para abrazar la voluntad de Dios y vivir en amor. Ahondar en el Misterio es ir soltando los matices egocéntricos del eros para dejarse inundar por el amor ágape, que es de gratuidad total, Amor de Dios. 

Amarme a mi mismo o desearme lo mejor (eros) no es nada negativo ni malo siempre que sea coherente o transparente conmigo mismo, es decir, siempre y cuando procure hacer mía la verdad de Dios (ágape) a medida que la vaya descubriendo; es decir, siempre que al descubrir la sabiduría divina anteponga lo que me conviene según Dios a los propios deseos egoístas. 

Todos aspiramos a la felicidad, buscamos el gozo, la bienaventuranza. Sin embargo, podemos confundir dicho gozo o bienaventuranza, con la satisfacción de deseos egoístas, con la reducción del amor a simple satisfacción personal; “satisfacción” viene de “satis facere”, hacer lo suficiente o tener lo suficiente; pero no es felicidad genuina la que se contenta con satisfacer las necesidades individuales, la que tiene suficiente con lo suyo ninguneando la necesidad de los demás. Somos un todo; no hay amor auténtico que se limite a una parte.

Es también importante considerar que el amor genuino no debe confundirse con el apego al amor, propio de quienes aman esperando que otros le amen a su vez. El amor verdadero busca el bien propio (amor eros) en el bien de los demás, es misericordioso o bondadoso (amor ágape), sin prejuicios sobre el objeto o sujeto amoroso; desea que los demás se liberen de su sufrimiento, y este deseo está asociado al respeto por ellos y al compromiso porque todos encuentren lo necesario para ser felices, es decir, a la decisión de trabajar por la justicia de unos derechos iguales para todos.
*

Tienes en todo lo expuesto un montón de ideas para hacerlas tuyas y contemplarlas. En esto del amor todos y todas solemos barrer para casa. Nos cuesta aceptar el amor incondicional. Para el amor a los amigos y a los que suponemos necesitados estamos muy  abiertos; aunque más abiertos estamos para el amor a uno mismo. Pero eso del "amor universal", sin discriminaciòn de ningúnm tipo, superando toda dualidad, es decir, sintiendo que "todo y todos soy yo" en cierta medida, eso no acabamos de asumirlo. No se trata tanto de ayudar al prójimo sea quien sea sino de llegar al convencimiento de que "el prójimo soy yo", al sentimiento de que más que gestos de solidaridad se nos están pidiendo sentimientos de fraternidad. Aquí está la clave: ser hermano más que ser solidario, mirarnos con los mismos ojos con los que Dios nos mira en Jesucristo.

Marzo 2024
C.A.

lunes, 11 de marzo de 2024

6.1 Verdadera y falsa felicidad

 

"Observa los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y se prolonguen tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre" (Dt 4, 40)
Un principio universal que mueve a la humanidad es la aspiración a la felicidad, que es sinónimo de alegría, salud, equilibrio emocional, paz, satisfacción exterior e interior...  No cabe duda de que todo esto forma parte de los anhelos humanos.  

El problema está en cómo lograr la felicidad anhelada. Para eso cada cual busca sus caminos, por eso conviene preguntarse cada uno si está haciéndolo bien para conseguir la felicidad que persigue.

Digamos de principio que no deberíamos confundir dos cosas: placer gozo, entendiendo por el primero la satisfacción que encuentro fuera de mí y por el segundo la que brota de mi interioridad. Nuestro tiempo consumista tiende a equiparar la felicidad con el placer sensual. Si bien es cierto que ser feliz conlleva una sensación placentera, también lo es que no está en el placer sensual la clave para una felicidad sostenible. La falsa felicidad es pasajera y se identifica con el placer sensual, sea éste físico o psicológico, algo así como el gusto de un buen masaje o el regocijo puntual por el éxito obtenido en una competición.

El placer, en el sentido que le damos aquí, viene de fuera, y fuera se busca. Pero la felicidad genuina y con vocación de permanencia se sitúa más bien dentro de la persona, y la satisfacción que produce podemos describirla mejor como gozo que como placer. Se atribuye a Thomas Merton una frase que puede ayudar a comprender la diferencia: “No busques descanso en ningún placer, porque no fuiste creado para el placer sino para el gozo. Y si no conoces la diferencia entre el placer y el gozo aún no has comenzado a vivir”; es decir, el placer, como satisfacción externa, da cierta felicidad, pero esa felicidad se escapa apenas se ha disfrutado, porque de inmediato pide más, en un proceso interminable y en muchos casos desesperante. Y es que el placer es como el agua salada, refresca la boca y da la sensación de saciar, pero no hace sino aumentar la sed.

* * *


Para entender la verdadera felicidad, la que nace del ser y no del hacer, la que se gesta dentro y no está sometida a las circunstancias externas, nos puede servir la imagen de la llaga o la picadura. La tomo de Nagarjuna, un sabio tibetano, y dice literalmente: 

“Hay placer cuando una llaga es rascada,
pero el placer es mayor aún cuando no hay úlceras.
Similarmente hay placeres en los deseos mundanos,
pero permanecer libre de deseos es aún más placentero ”.

Todos sabemos por experiencia el gusto que experimentamos al rascar una postilla casi seca o el ronchón de una picadura; pero ¿no será más completo el gozo de no tener ni herida ni picadura? La cita apunta a poner en evidencia la trampa de las necesidades creadas, que generan un sufrimiento que obliga a estar en constante tensión para ser satisfechas. Es verdad que hay placer al satisfacer la avaricia, la gula, la lujuria o cualquier otro deseo mundano, pero verse liberado de la necesidad de dinero, alimento, sexo o demás cosas superfluas es mucho más placentero, o, mejor dicho, más gozoso.

Satisfacer un deseo concreto proporciona cierto alivio, pero no da la satisfacción total, no facilita la felicidad que se anhela en lo profundo. Las satisfacciones que vienen de fuera son siempre relativas y limitadas, por no decir engañosas. Llamar felicidad al hecho de saciar una necesidad superflua (no esencial) es como llamar rico a quien acaba de saldar la deuda que tenía, o a quien se las ha arreglado para rebajar una hipoteca recurriendo a otra mayor,  o como llamar felicidad al estado que experimenta quien ha soltado de sus hombros la carga que traía. Es un alivio haber pagado la deuda, tener más holgura para ir pagando el crédito o haber descargado el saco que se llevaba en la espalda,  pero no se gana nada con ello, no se ha progresado en nada, no se ha erradicado la raíz de la infelicidad mientras se siga apegado al dinero, al trabajo o a los placeres mundanos,  

Si el objetivo principal de la vida es acumular bienes, vivir el placer del momento, sumergirse en el “comamos y bebamos que mañana moriremos”, es indudable que la picadura o la herida irán de mal en peor, y con ella la insatisfacción y necesidad de más y más rascar. Se cae así en la esclavitud, en la dependencia de personas o sustancias tóxicas que abocan a la desesperación y el sinsentido. Quien ha vivido un poco sabe que es así.

* * *

¿Cómo romper el engaño de la falsa felicidad? No es fácil, porque los patrones conductuales que desde la infancia se reciben en nuestra cultura y nuestro entorno familiar suelen apostar por educar para obtener bienes exteriores a la persona. Hay un déficit importante de educación para la vida espiritual. Se educa para alimentar el ego para  tener, poseer, disfrutar de los placeres sensuales o triunfar socialmente, y se insiste poco en la importancia de vivir desde el centro (yo verdadero, conciencia) y así qué es lo más bueno y conveniente..

Además, se ha adueñado de nuestra cultura la idea y el principio de que es libre quien puede hacer lo que más le apetece en cada momento. ¿Tiene sentido una vida donde no puedas disfrutar de la sensualidad? El capitalismo-liberalismo-hedonismo endiosa los caprichos personales hasta hacer de ellos un derecho. Es bueno que haya derechos humanos que salvaguarden la posibilidad de tener lo necesario para vivir dignamente, pero ir más allá reclamando como derechos lo que solo son caprichos no hace ningún bien. 

¿Pensamos que somos adultos y libres y que por ello podemos hacer lo que nos apetezca sin que eso dañe nuestro ser? “Yo hago siempre lo que me apetece”, se oye decir con orgullo; muchos son los que consideran un triunfo poder dar gusto a los apetitos más exóticos e inconfesables. Y, además, hay quien vive en la convicción de que todo eso es expresión de  libertad. Pero si se mira con detenimiento, ¿podemos decir que todo  lo que  ambicionamos o deseamos sale de nuestra conciencia, de lo que elegimos conscientemente?, ¿no somos manipulados por los patrones de comportamiento sociales, por los medios de comunicación, el miedo al qué dirán, etc.? Considerado con honestidad sabemos que mucho de lo que parece una decisión libre no lo es realmente, porque lo que mueve a actuar no suele ser la elección consciente sino la trampa, el engaño. Más que por ideas razonables y sabias nos  movemos por sensaciones y emociones  que hechizan y nublan la mente responsable.

Es preciso estar alerta, porque  hoy se pretende llevar  hasta límites insospechados  la sumisión al "me apetece". Se sostiene que ya no existe la verdad, ni la bondad, ni la belleza objetivas; todo depende del impacto emocional, del agrado o desgrado, de si algo o alguien me gusta o no; y la tendencia común es la de bendecir y considerar óptimo lo que  apetece y pésimo o desechable lo que molesta. Se están traspasando demasiadas líneas rojas en este sentido; lo que  "deseo" tiene unos límites, porque no soy dios, no lo soy todo, soy parte de un todo;  criatura, no Creador.  

* * *

Recuerda el relato bíblico de la caída en desgracia de la humanidad: "La serpiente dijo a la mujer: si coméis del árbol prohibido no moriréis; Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».  Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió" (Gn 3, 4-6). Comer del fruto prohibido, saltarse la línea roja, se presenta siempre como algo "atrayente a los ojos y deseable"

Cuando se absolutizan los placeres se cae en la esclavitud de los mismos. Es la tragedia de la humanidad, la sumisión al placer que le lleva a situaciones indeseables. Grabado en las entrañas del hambre, las injusticias y las guerras, está el deseo inconfesable de quienes no están dispuestos a renunciar a dar satisfacción a sus deseos de dinero, poder y notoriedad. El remedio no está en poner parches (rascar la herida con golpes de pecho y ayudas puntuales a las víctimas de la  injusticia) sino en ir a la raíz, que nos es sino detectar y aniquilar la enfermedad que pudre el alma: los deseos egoístas. Para llegar a esta solución se ha de asumir como verdadera la segunda parte del aforismo que ya citamos: "hay placeres en los deseos mundanos, pero permanecer libre de deseos es aún más placentero" .

Rascando y rascando la úlcera lo único que logra uno es desangrarse por la herida. ¿Por qué cuesta tanto aceptar y practicar la solución que es renunciar a lo no necesario y así no tener la necesidad de rascarse? ¿Por qué no se sigue el consejo de los sabios? Por tres razones: por ignorancia, por debilidad y por miedo.

Para liberarse de las dependencias que conducen a la falsa felicidad lo primero es tomar conciencia de que el placer que proporcionan las apetencias caprichosas es falsa felicidad; y para entenderlo bien se debe estudiar y asumir el proceso por el que se llega a la dependencia de cosas o personas. La dependencia o apego a lo apetecible se da en el inconsciente, soterradamente y a gran velocidad; tanto la percepción del objeto deseado, como la emoción y la respuesta automática son tan rápidas que quedan fuera  el radar de la conciencia; los mensajes subliminares que recibimos por acumulación y sucesión de imágenes en los medios, o por el exceso de información, no se perciben si no nos entrenamos en la lentitud y el silencio. 

Y aquí entra la meditación y la formación espiritual. La meditación ayuda a desacelerar los procesos mentales para poder detectar y desenmascarar las sensaciones engañosas a fin de decidirse por aquello que es verdaderamente bueno para la persona. Podrá entonces elegir preguntándose con criterio: esto es bueno, pero ¿me conviene? Esto no es agradable, pero ¿no será lo mejor?. Si se hace una evaluación consciente se produce el discernimiento en sabiduría. Hasta ahora me fiaba de la sensación según la cual esta persona o cosa me convenía porque me resultaba agradable o me estorbaba porque me desagradaba. Normalmente operamos desde las sensaciones y la libertad de elección queda atrapada en ellas.  Recurrir a los consejos de los sabios, ¿quién más sabio que Jesús de Nazaret?,  meditar sus enseñanzas es un recurso valiosísimo para elegir lo mejor y vivir en felicidad plena.

La auténtica felicidad no se consigue rascándose la úlcera sino poniendo remedio al veneno que contamina el alma con necesidades artificiales que luego hay que satisfacer. Rascarse la picadura causa satisfacción (placer), pero es mucho más satisfactorio la ausencia de úlcera, la carencia de apetitos superfluos; ésto sí que es propio de la felicidad. 

* * *

Para que llegues a ser verdaderamente feliz te recomieneto un ejercicio final, unas preguntas:  ¿Cuáles son las picaduras (necesidades) que te ves obligado a rascar (cubrir) para aliviarte? ¿Cuáles son tus "me apetece", tus caprichos? ¿Qué medicina estás dispuesto a tomar, es decir,  qué ejercicios te comprometes a realizar, para curarte? 

Acallarte, serenarte, apaciguar tu ansiedad ante el picor permitiendo que cure la herida. Esta es la medicina para sanar.  Puedes trabajarla en la reflexión y la meditación; ahí entrenas tu conciencia para verte con claridad y aprendes que no todo lo que apetece conviene, ni todo lo que desagrada es dañino. El fármaco que cura la enfermedad del "me apetece" es la sabiduría, que no consiste en una visión subjetiva de los problemas sino en una verdad objetiva; puedes sanar si se confía en una verdad sanadora independiente de los caprichos y hay abandono a ella. 

Esa verdad para un cristiano es Jesucristo.  Déjale entrar en tu corazón. La felicidad genuina nace del gozo interior; y con Jesús ahí tienes mucho ganado. No es la implosión del ambiente consumista y  hedonista, que  acabará ahogando tu vida con su presión, el que  te proporcionará la verdadera felicidad, sino la explosión del núcleo divino de tu ser, que impulsado por la gracia de Jesucristo expande  hacia afuera el gozo de ser tú mismo, tu misma,  en Él. 

Sopesa la sabiduría que predica Jesús, porque da las claves para hallar el gozo interior dejando a un lado los placeres del mundo: 

* Felices los pobres en el espíritu,

*Felices los no-violentos,

*Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, 

*Felices los misericordiosos, 

*Felices los limpios de corazón,

*Felices los que trabajan por la paz, 

*Felices los perseguidos por causa de la justicia,

*Felices los que escuchan la Palabra y la cumplen,

*No te agobies por el mañana, cada día tiene su afán,

*Observa los lirios del campo y las aves del cielo,

*De qué  sirve ganar el mundo si se pierde la felicidad de la vida, 

*Etc.

Ser felíz es vivir desde dentro, renunciar a los apetitos para dar respuesta a la necesidad de amor y felicidad que tiene el mundo; no es feliz quien se rasca con placer sus úlceras sino quien sana su piel y vive sinceramente preocupado por sanar la piel del mundo. Ánimo.

Marzo 2025

Casto Acedo

64

sábado, 24 de febrero de 2024

5.3 Amar con el cuerpo, la palabra y la mente.

 Un tema más de la serie sobre el amor. Es sencillo decentender. Invita a tomar en serio el amor desde el nivel físico, mental y espiritual,  todo junto y unido.  Espero que os ilumine en el conocimiento y la práctica de esta virtud esencial.



“Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser” (Mc 12,28-30; cf Dt 4,5). 

Todos hemos escuchado alguna vez este mandamiento propio del Antiguo Testamento y que el Nuevo recoge en boca de Jesús. Aunque solemos fijarnos más en lo que sigue al texto transcrito: "El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos". (v 31). La fijación en el segundo mandamiento hace que pasemos de puntillas sobre lo que se dice  acerca de la calidad del mandamiento: que el amor se ejercite “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”, exigencia que parece sólo aplicable al primero (amarás a Dios), pero que también debe decirse del segundo (amarás a tu prójimo),

Detengámonos en la cualidad o cualidades del amor que se citan; amar con todo el corazón (cardia, dice el texto griego, lo más profundo, el espíritu), con toda el alma (psiché, alma sede de los sentimientos), con toda la mente (dianoia, pensamientos), con todo el ser (iskís, fuerza, poder, energía).

El amor ha de ser total, sin divisiones. Se ha de poner al servicio de esta virtud todo lo que forma parte del propio ser. Y para sacar conclusiones prácticas destacamos tres aspectos inseparables del amor: actos, palabras y pensamientos: o desde otra perspectiva:  cuerpo, palabra y mente, elementos inseparables por donde caminar en amor.


Cuerpo

Nuestra cultura, muy sensual y tendente a reducir el amor a su dimensión erótica, sabe que sin encuentro corporal difícilmente se puede expresar el amor, sobre todo en el caso de la pareja.

El cuerpo es el primer medio con el que nos comunicamos. Nuestro cuerpo habla, expresa con gestos no-verbales verdades profundas que captamos al vuelo. De ahí que si queremos amar hemos de prestar mucha atención a nuestro cuerpo; las acciones corporales son verificación del amor; aunque también pueden ser engañosas; para distinguir hay que contar con la intención que mueve a obrar. Pero sea como sea, “obras son amores y no buenas razones”

Amar con el cuerpo supone presencia. La presencia físisa es esencial como testimonio de amor. Me gusta decir que la sola presencia física en las celebraciones eclesiales es una muestra de amor. A veces no hay mejor forma de expresar cariño que haciéndose presente. Cuando participo a la misa del domingo mi estar ya es significativo, ya acompaña, aunque no diga nada.

Lo mismo ocurre cuando simplemente guardamos silencio ante quien vive un sufriiento.  Ante quien está en duelo sobran las palabras; la presencia corporal por sí sola lo dice todo. Y no digamos si a la presencia se le suman gestos como el abrazo, la caricia o la mirada tierna dirigida a quien sufre y necesita ser consolado. La cercanía física es un modo sublime de mostrar amor. De María y las mujeres de la pasión se dice que “estaban de pie” junto a la Cruz. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19,25). El verbo “estar” (stábat) significa mantenerse en pie, acompañar sin rendirse. Creo que basta este ejemplo para reconocer la importancia de “estar”, de hacerse presente. Deberíamos tener esto en cuenta para corregir la obsesión moderna por la presencia virtual, porque castra un elemento fundamental del lenguaje del amor: el cuerpo visible y palpable.

Amar con el cuerpo es una opción preferencial, cuando no una necesidad. ¿No es un tanto artificial que dos amantes no se acerquen físicamente, no se abracen, no se besen, no unan sus cuerpos expresando el amor mutuo? Sería tan artificial como mantener relaciones online cuando es factible el encuentro directo. 

*Cuida tu cuerpo; sin él no puedes comunicar, no puedes transmitir tu ser a otros. Cuida tu salud con una buena alimentación, ejercicio físico, terapias adecuadas para tus achaques. Valora el potencial de riqueza que tienes al poder expresar físicamente tus emociones, pensamientos y mociones de tu volubtad.  

También es importatne el cuerpo en lo que se refiere a la meditación y contemplación. Una postura adecuada, digna, en quietud física, con las manos elevadas y centradas en el pecho, o bien juntas bajo la barbilla, la cabeza ligeramente inclinada, los ojos suavemente cerrados, la boca esbozando una sonrisa, etc. son una buena plataforma para facilitar la apertura espiritual, para expresar el amor a Dios durante el tiempo de oración. Una postura corporal de atención y escucha dice mucho. Ciertamente el cuerpo tiene mucho que ver y hacer en relación al amor a Dios y al prójimo; pero debe ir unido a otros elementos importantes como son la palabra y la mente.


Palabra

Con la presencia física, e inseparable de ella, ha de ir la palabra. Si a la presencia física y a los gestos le acompañan palabras oportunas, se da un paso más para mostrar y desarrollar la virtud del amor. 

Hay palabras que hieren y palabras que matan, palabras que bendicen y otras que maldicen, palabras oportunas e inoportunas, palabras que enseñan y palabras que confunden... palabras que hieren y palabras que sanan. "Panal de miel las palabras amables, dulces al paladar, remedio para el cuerpo", dice el libro de los Proverbios (16,24)Debes cuidar cuáles son las palabras que debes pronunciar para expresar amor.

Jesús fue un maestro en el uso de la palabra. Hablaba con tanto amor y con tanta verdad que cautivaba a quienes le escuchaban:”Todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca”. (Lc 4,22). Cultivar el lenguaje es una buena forma de amar. Las palabras de amor suelen ser performativas, tienen el poder de crear lo que expresan. Así era de modo admirable en Jesús: "Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?" (Mt 8, 26-27). La palabra de Jesús es proactiva, obra lo que pronuncia a favor del interlocutor. así es también la palabra que sale de mi boca: "Mi Palabra no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mi encargo" (Is 55,11)

La palabra facilita la relación con Dios. En este sentido es importante la recitación de jaculatorias (mantras) u oraciones que ayudan a interiorizar, que calman el cuerpo y la mente y permiten que el amor fluya en el corazón. No menos que la escucha de la Palabra evangélica; ¿quién no se ha sentido alguna vez tocado por la proclamación de algún texto bíblico? La Palabra se hizo carne y habita entre nosotros (Jn 1,14), y sigue haciéndose carne en quien la escucha, se realiza en él lo que pronuncia (cf Is 55,11). “Una palabra tuya bastará para sanarme” (cf Lc 7.1-10) decimos antes de comulgar.

No cabe duda de que el amor se expande en la palabra. De ahí la importancia de cuidar lo que decimos. En contraste con las palabras de amor que dan vida están las palabras de odio que matan. Por eso unos consejos:

*Cuida de no hablar con dureza de nadie ni a nadie; que tus palabras no sean hirientes; evita la crítica destructiva que no sirve sino para sembrar división y violencia.

*No seas mentiroso. Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar. Las mentiras pueden causar mucho daño: divisiones, desconfianza entre parejas, familiares, vecinos, ... y causan un tremendo estrés al mentiroso, que se ve obligado a recordar la propia mentira para no poner a la vista su falsedad.  Lo bueno de no mentir es que no tienes que acordarte de nada; la honestidad de vivir en la verdad es el camino del amor.

*No difames con palabras que dividen; no hables de personas que no estén presentes; esto causa deño no sólamente a quien es criticado o sometido al juicio ajeno, también daña a quien juzga, que siempre se queda con un sentimiento de vacío o de falta de honestidad personal.

Medita en el valor de la palabra como plataforma y puente hacia el amor o hacia el odio. Procura amar el silencio; y si has de hablar escucha el consejo del apóstol Pablo. “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 5,29). Esto es parte de la virtud del amor.


Mente

Entiendo aquí por mente el alma con sus potencias que son pensar, sentir y desear, y también el espíritu, lo más profundo del ser humano, su más preciado tesoro. Podemos también referirnos al corazón, el centro personal, la conciencia de la persona como lugar donde cultivar el amor. “De lo que rebosa el corazón habla la boca. El hombre bueno saca del caudal bueno cosas buenas, pero el hombre malo saca del caudal malo cosas malas” (Mt 12,34-35). La mente, o el corazón, es el tercer elemento que entra en el juego del amor y, no nos engañemos, es el más determinante.

Es conveniente tener una mente aristocrática, que no quiere decir selectiva, sino dedicada a lo mejor; aristócrata significa “el mejor”; la “aristocracia” el gobierno de los mejores. Pues que tu corazón, tu mente, tu conciencia, descubra lo que hoy se suele denominar como “la mejor versión de ti mismo”. Educa (conduce) tu mente para que aprenda a contemplar la virtud del amor como la más sublime de todas. Trabaja  siempre con el deseo de ser el mejor en el arte de amar; ser un aristócrata del amor. 

La mente se disciplina. “No codiciarás”, no desearás con la mente y el corazón los bienes del prójimo; así reza el décimo mandamiento (Ex 20,17). La seducción del mundo puede arrastrar a la mente hacia el abismo y la esclavitud; por eso es buena la meditación como ejercicio que ayuda a controlar la mente, los sentimientos y los deseos a fin de que estén al servicio del amor y no caigan en la esclavitud del egoísmo. Todo lo que se hace o se dice ha sido pensado antes. De ahí la importancia de ir a la raíz, la necesidad de sanar el corazón a fin de que partiendo de la chispa primera de la mente el amor sea completo.

*Cultiva pensamientos positivos. Disciplina tu imaginación y tu mente; no permitas que pensamientos negativos se apoderen de ti y te arrastren al desánimo y la depresión. No dejes hablar al enemigo; haz como Jesús hace con los demonios que se atreven a hablar con Él para embaucarle: "Cállate" (Mc 1,25; Lc 4,35). Con el mal no se dialoga; la mejor forma de vencerlo es no prestarle atención.

¿Cómo trabajar el amor en el corazón o el centro personal? No cabe duda de que aquí entran en juego la escucha en profundidad de la Palabra y la práctica de la meditación que prerpara el terreno para que la Palabra germine y  fructifique en la persona.  Quien llega al centro vive desde el espíritu (nucleo personal), y en el Espíritu (sabiduría de Dios encarnada). Dios es el único capaz de hacernos capaces de amar como Él ama. Contemplar y hacer propio el amor mismo de Dios es el objetivo de la disciplina espirtual. A nosotros sólo nos queda aprehender (ejercitar en la meditación, hacer nuestra) la mirada de Dios sobre lel mundo. 

* * *


Conclusión

Concluyendo. En lo dicho en este tema hemos aprendido que el amor se despliega desde la persona como en tres niveles. Tanto el cuerpo, como la palabra, como la mente, han de estar en armonía con el amor para que éste sea verdadero e íntegro.

Amar sólo con el cuerpo es un imposible; los actos no son los que nos santifican sino la intención con la que actuamos. No nos santifican las obras, y tampoco las posturas oracionales; obrar por ambición no es amar y quedarse en  la palabrería o el postureo de la oración es engañarse. “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos, haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. ... Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame rabbí" (Mt 23,3.5-7). Postureo.

Amar sólo con la lengua es también una falsedad. Como hemos leído de los escribas y los fariseos “ellos dicen y no hacen”. Las bellas palabras suelen ser pretenciosas y engañosas. Los sabios enseñan que sólo debemos hablar “cuando nuestras palabras sean más valiosas que nuestro silencio”. Otra versión más irónica nos dice que “es mejor permanecer callado y ser considerado un tonto que hablar y eliminar toda duda”. Sólo es aconsejable hablar cuando se aporta valor. ¿Y qué le da valor a nuestras palabras? El amor que va en ellas y el bien que lleva a quienes las escuchan.

Pero el mayor mal para el amor viene cuando se vive internamente en confusión. No ama en absoluto quien hace del amor sólo un deseo, una buena intención, un sentimentalismo barato o un juego de palabras encantadoras. Todos creemos y decimos que amamos, pero me temo que pocos saben de veras lo que es amar. Quien se sigue escandalizando del dios crucificado aún no ha entendidon nada, no ha captado que el verdadero amor nace del centro y se expande en palabras y entrega corporal. "Tomad y comed, esto es mi cuerpo" (Mt 26,26).

Tendemos a considerar el amor solamente en uno de los elementos que hemos explicado;  hacemos cosas que creemos que son amor, decimos cosas que enamoran, pensamos cosas buenas sobre el amor. Pero nos falta la armonía del pensar, decir y obrar: pensar lo que digo y hago; decir lo que pienso y obro; obrar lo que pienso y digo. Desde aquí lanzo una invitación a unificar: “un cuerpo, una palabra, una mente” para vivir desde el amor total. 

Un consejo. Unifica tu vida en el amor. Si no lo haces no podrás disfrutar del misterio de la vida, ni del misterio de Dios, que es amor.

Febrero 2024
Casto Acedo

sábado, 10 de febrero de 2024

5. 2 Beneficios de la adversidad

Este tema podría llamarse también Mis enemigos pueden ser mis mejores amigos. Es importante considerar cómo todo lo que nos parece adverso, incluidos los adversarios, pueden jugar un papel positivo en la vida.


Adversidad y humildad

Tratamos en este tema sobre algo tan importante y necesario como  la necesidad de aprender a mirar la adversidad como oportunidad para crecer antes que como desgracia o  castigo divino.

Cuando Jesús invita a su seguimiento no lo hace desde la condideración de hermosos idealismos  sino poniendo al llamado ante su propia realidad: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23). La cruz es el obstáculo que cada día sale al paso del discípulo. Podemos definirla como realidad molesta y adversa si no se sabe mirare en su dimensión espiritual. Forma parte del misterio del mal, que algunos quieren explicar como consecuencia de un castigo divino por el pecado, pero que se puede ver tambien como puente para retornar a la humildad de la naturaleza humana  original.

Tras la caída Adán recibe esta palabra: “Comerás el pan con sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado; pues eres polvo y al polvo volverás.” (Gn 3,19). Muchos llaman a esto “la maldición de Adán”; sin embargo las palabras de Dios aquí no son necesariamente de condena; simplemente constatan un hecho: Adán es tierra después y antes de su rebelión. Ignorando a Dios Adán prefirió sus criterios a los de su Creador, pecó de presunción al considerarse igual a Él. “Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios” (Gn 3,4); con estas palabras le sedujo la serpiente llevándole a considerarse más divino que terrenal. 

Y sin embargo el nombre mismo de adam viene del hebreo adamah, “nacido de la tierra”. Olvidó Adán que era polvo y que su naturaleza espiritual le fue dada por gracia inmerecida. Tal vez con lo de "al polvo volverás" Dios le está revelando a Adán que su vida no estará acabada hasta que vuelva al humus primero, a la humildad de la tierra, reconociendo que si tiene algún valor es porque Dios ha insuflado su Espíritu en la arcilla que su mano moldeó (cf Gn 2,7). Volver a la tierra es abajarse, identificarse como tierra, humillarse. El camino de la restauración espiritual es camino de humildad; y la cruz no es sino la aceptación de esta realidad: soy tierra, nada, vacío, fragilidad. Si tengo algún valor es porque Dios me lo otorga. Cuando vacío mi interioridad de autosuficiencias vuelvo a mi ser original.

Las dificultades que encontramos en la vida nos recuerdan la fragilidad de nuestro ser, nos despiertan a la realidad de lo que somos: débiles vasijas de barro (cf Is 64,8); sólo aceptando esto recuperamos la armonía de nuestro ser divino y vivimos como en el paraíso antes de la caída. Así pues, “volver a la tierra” no es una maldición, y experimentar en la tribulación lo que somos no es una muerte sino una oportunidad, na lección  para aprender a vivir según el espíritu.


Niveles en el modo de afrontar la adversidad

¿Cómo nos relacionamos con la adversidad? ¿Cómo me relaciono con el hecho de que poseo la fragilidad del barro? ¿Cómo trato o afronto mi cruz de cada día? ¿Cómo respondo a las pruebas (tentaciones) del mal? Enumeramos cuatro reacciones que a la postre van a ser cuatro fases que jalonan el crecimiento en el espíritu.

1. Lógicamente, en los inicios de la vida espiritual, que podríamos llamar infancia,  todos rehuimos aquello que nos puede generar sufrimiento; esta es la primera reacción ante las pruebas de la vida. No deseamos en modo alguno que vengan. ¡Ojalá no  experimente nunca la adversidad! Esta es la aspiración primera de prácticamente toda la humanidad. No queremos afrontar situaciones difíciles. Y esto, según en qué momento nos hallemos, puede ser positivo. A ningún niño se le debe obligar a afrontar responsabilidades para las que no está preparado. 

Recuerda como al iniciar nuestro proceso invitábamos a retirarnos a la celda o la cueva y dejar a un lado las relaciones o situaciones que nos desbordan. Se trata de eliminar la posibilidad de conflictos, de evitar situaciones, objetos o personas que podrían generarnos  emociones aflictivas que nos impiden ver con serenidad la realidad que somos y vivimos. Como principio no está mal la retirada a fin de prevenir choques que eviten males mayores. Evitar al adversario no es necesariamente del todo malo o negativo. A veces lo aconseja la prudencia. Es el tiempo de reservarte, de cultivar tu autoestima, de amarte a ti mismo en el buen sentido.

2. Pero ¿no nos estaremos perdiendo la vida al huir de las relaciones complicadas  retirándonos a vivir en solitario? A veces es conveniente el retiro, pero es nocivo si se queda ahí, en la huida. En un segundo momento o nivel, una vez fortalecido el espíritu en la soledad y el silencio, conviene afrontar la adversidad que sale al paso. El niño, poco a poco, ha de ir saliendo de la seguridad del entorno familiar para afrontar el mundo que le rodea. No es bueno, de principio, buscar problemas pero al menos deberíamos resolver los que se presentan. 

En esta segunda fase o grado, que podríamos llamar de adolescencia espiritual,  ha llegado el momento de afrontar los problemas diarios sin rehuirlos, la  hora de procurar que la contrariedad no cause negatividad en mí, sino que sirva, que me sea útil y me ayude a crecer y madurar en el camino. El adolescente ve en los retos un camino de aprendizaje. Aquí se comienza a dar un paso importante; la cruz o adversidad comienza a mirarse como una manera de vivir la realidad y al tiempo como una realidads necesaria para madurar espiritualmente.

En esta etapa de adolescencia el deseo podría expresarse así: ¡Que la adversidad me proporcione un sano desarrollo espiritual! Es tiempo para aprender a vivir la vida llevando con dignidad el trabajo y las responsabilidades familiares y sociales. Se trata de tomar la propia cruz, sabiendo que “no nos ha venido prueba alguna que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis probados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la prueba hará que encontréis también el modo de poder soportarla” (1 Cor 10,13).

En esta etapa se crece en la confianza que nos garantiza que podemos pedir a Dios que nos mande lo que sea siempre que con ello nos dé también la fuerza para realizarlo. Así reza una frase atribuida a san Agustín: “¡Dame lo que me pides, y pídeme lo que quieras!”.



3. En el siguiente nivel decimos: ¡No pasaré de largo ante ninguna adversidad! Nos abrimos a la adversidad que sufre la creación entera. El joven se abre al mundo y descubre que no puede dar la espalda al sufrimiento ajeno; se siente interpelado por quienes están siendo  desfavorecidos. Así, en la vida espiritual, llega un momento en que no sólo se está atento a lo que afecta personalmente sino que se abre la mente y se toma conciencia de que hay personas a mi alrededor que sufren adversidad; y con ímpetu juvenil se solidariza con la    humanidad y la creación que sufren violencia. “Toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto” (Rom 8,22). Enfermedades, guerras, falta de recursos materiales y espirituales para una vida digna, deterioro ecológico del planeta, etc. La dinámica de mi crecimiento espiritual en esta etapa no me permite permanecer impasible ni ante los crucificados del mundo ni ante un mundo crucificado por el daño infligido al medio ambiente.

Siguiendo la llamada de mi instinto espiritual me embarco en la tarea de ser parte activa para hacer realidad lo que el papa Francisco llama ecología integral: ambiental, económica y social (cf Laudato Si, 137-162). Salgo al encuentro de la adversidad para allanar lo escabroso y enderezar lo torcido (cf Is 40,1-5; Lc 3,4-6), descubro la dimensión profética de mi vida. Ahora no sólo afronto la adversidad que me sale al paso, también asumo la adversidad ajena y me encarno (compadezco) para cuidarla y sanarla. Es esta tercera  etapa un tiempo para  salir afuera y  dar una respuesta proactiva haciendo la guerra al mal. Aquí se progresa también en calidad espiritual. Ya sabes: siembras amor, cosechas amor.

4. El cuarto nivel es para espíritus muy avanzados. ¿Qué adversidad? ¡No hay adversidad!, expresión que me recuerda a san Pablo: ¿Muerte? No veo la muerte, ha sido absorbida por la victoria de Cristo (cf 1 Cor 15,54-55). El novicio ha llegado a la madurez espiritual. Quien alcanza este grado ya no se ve afectado emocionalmente por los problemas y asume en su interior la realidad de la vida; ha llegado a la meta o está muy cerca de ella.

La comunión con el Cristo interior que habita a quien ha llegado a este nivel le permite andar sobre las aguas tempestuosas que antes amenazaban su paz interior. Contemplación y acción se aúnan. Lo dice Jesús: "A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos" (Mc 16,18). Nada entorpece la marcha de quien vive unido a Cristo. "Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí"  (Gal 2,19-20) “Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38).

El grado de humildad adquirido en esta etapa hace verdaderas e inteligibles en cierto modo  las enigmáticas palabras que san Juan de la Cruz desgrana en su dibujo del Monte: “Paz, gozo, alegría, deleite, sabiduría, justicia, fortaleza, caridad, piedad.... No me da gloria nada... No me da pena nada ... Sólo mora en este monte honra y gloria de Dios.” Cuando el ego desaparece desaparecen con él sus enemigos. Aspirando a esta cima dice Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante todo se pasa, / Dios no se muda, / la paciencia todo lo alcanza,/ quien a Dios tiene / nada le falta/ sólo Dios basta”.

En el estado de madurez espiritual se  vive la humildad perfecta. Se suponen y supern las etapas anteriores. Hay cuidado personal, aceptación de la realidad circundante y preocupación por los que sufren, y a éso se suma una disponibilidad absoluta para el servicio del Reino.  La voluntad propia se ha sometido a Dios; no hago lo que quiero sino lo que Dios quiere; así enro en armonía conmigo, con los demás y con el mundo creado; ya no hay enemigos, porque todo es objeto de mi amor. 

¿Comprendes ahora por qué hemos comenzado este tema hablando de humildad? Quién acepta su condición de “ser polvo”, "tierra", nada, vacío, debilidad absoluta,  no se hunde ante la perspectiva de que la vida le sitúe en el último escalón. En la profundidad de su ser criatura le ha salido al paso Aquel que "se despojó de su rango pasando por uno de tantos" (cf Flp 2 5-11); ahora lo acepta todo con tal que la voluntad de Dios se cumpla en él, como dice la oración Padre, me me pongo en tus manos de Carlos de Foucaul.

Es importante conocer estas etapas, grados o niveles de reacción frente a la "enemiga adversidad" para adquirir una visión general del camino espiritual que seguimos. Nosotros estamos indagando y procurando vivir de momento el segundo nivel, el de adolescentes inseguros que intentan aceptar y afrontar la adversidad que les viene y extraer de esta experiencia la sabiduría necesaria para seguir creciendo.   


Aprender de la adversidad

Hace ya bastantes décadas era muy popular un libro de espiritualidad titulado  El arte de aprovechar nuestras faltas (Joseph Tissot). Se enseña en él que es un arte aprovechar los propios errores; y podríamos añadirle que también es un arte aprovechar la adversidad  haciéndola  tu amiga. Así lo hizo Jesús, amigo de la cruz;  y así lo hizo san Francisco de Asís, que llegó a bendecir a Dios por algo que aparentemente no es por sí digno de ser bendecido: "Bendito seas, Señor, por la hermana muerte". ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo voy a alabar a Dios por las cruces que me salen al camino?

Vamos a dar algunas pistas de cómo las adversidades nos ayudan o aprovechan, tanto cuando las superamos como cuando no podemos con ellas. Si las miramos como regalos de Dios para nuestra madurez personal tendremos motivos sobrados para alabarle por ello.

a) Lo primero que aprendemos es que un problema o dificultad no es algo necesariamente negativo. No hay paridad obligada entre dificultad y negatividad. Las pruebas de la vida (las tentaciones) no son malas en sí; al contrario, afrontarlas nos fortalece y ya con eso su existencia es positiva. Aleja de tu mente la creencia de que todo lo incómodo, lo que molesta, lo que supone un reto es negativo. Quién ha entrado en la dinámica espiritual ya no se mueve sólo al ritmo de las sensaciones físicas  y las emociones, más bien propensas a una visión negativa de los problemas. El enfoque de la vida del sabio es el de mirar todo lo que ocurre a su alrededor como una aventura fascinante, con sus riesgos y sus hazañas.

b) También es importante saber que cuando estamos demasiado cómodos nos estancamos. Por tanto, sospecha cuando todo vaya sobre ruedas. Seguro que se está incubando el virus burgués que anestesia la vida.  Los problemas nos despiertan, la comodidad nos adormece. Vistas así, por ejemplo, las  dificultades que encuentras para la práctica diaria del silencio y la meditación son un buen antídoto frente al sopor espiritual. Es recomendable y encomiable desarrollar en uno mismo el interés por todo lo que suponga un reto; sin esto no hay superación ni madurez.

c) Hay que poner de nuestra parte para disciplinar nuestro ser respondiendo sin miedo a las situaciones que nos provocan y de las que podemos aprender por vía de experiencia. No renuncies a volar alto. Si quieres corregir en ti tal o cual defecto o carencia, puedes. Dios no te va a faltar; y con la experiencia de superación se adquiere cada vez más seguridad vital.

d) La adversidad te permite evaluar tu progreso en el camino. Las pruebas miden el nivel de paciencia, de fortaleza, de optimismo o de entrega. Cuando todo va bien no tenemos la oportunidad de saber hasta qué punto estamos preparados. ¿Cómo vas a conocer tu nivel de conducta, de autoestima, de control mental, de paciencia, de amor y de sabiduría si las dificultades no te ponen a prueba?

e) También ayuda la adversidad a reducir la arrogancia. Podemos vivir una realidad paralela a la auténtica realidad de lo que somos y lo que valemos si no hay nada ni nadie que nos tiente, nadie que ponga en jaque nuestra valía. Cuando pasamos por una dificultad, como puede ser una enfermedad o cuandos e da el hecho de que se nos critique o se nos margine y descarte, podemos aprender con ello a reducir nuestro orgullo y nuestra arrogancia, lo cual es espiritualmente muy valioso.

f) Los obstáculos en el camino nos ayudan a descubrir nuestras debilidades. Nos damos cuenta de que somos débiles cuando vemos que otras personas sobrellevan con mucha entereza situaciones que a nosotros nos hunden. Visto así podemos entender que la dificultad no está sólo ahí fuera, que parte del problema, sino todo, está en nuestro interior, y podemos identificar la debilidad que padecemos; y una vez localizada podremos dedicar esfuerzos a fortalecer ese punto débil.

g) Digamos finalmente que la adversidad nos permite madurar; por eso, aunque parezca paradójico por lo que tiene de chocante con la idea de un Dios bueno que quiere lo mejor para sus hijos, desde la fe cristiana la prueba o adversidad, que también podemos llamar tentación", se puede ver como un don de Dios. "Sin la tentación -dice Isaac de Nínive- no se siente la solicitud de Dios por nosotros, no se adquiere la confianza en Él, no se aprende la sabiduría del Espíritu y el amor de Dios no se consolida en el alma" 

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La fuerza se realiza en la debilidad

Para concluir pongo un texto de san Pablo. No sabemos a qué debilidad se refiere el santo, ¿Algún defecto físico? ¿Un problema de carácter? Sea cual fuera el caso es que vio en ello una oportunidad para no caer en soberbia, crecer en humildad, y alcanzar el conocimiento de Cristo por la fortaleza que le daba la fe en Él: 

"Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte" (1 Cor 12.7-10).

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Un tema el de la adversidad y sus beneficios que conviene meditar y hacer propio si se quiere llegar a tener una vida plenamente feliz. Cuando se asumen los problemas y se trabaja por suprimir todo lo que impide vivir en fe y felicidad procurando más el bien de los demás que el propio estamos en el buen camino. No olvides que las personas y los acontecimientos que te vienen los pone el Señor para tu maduración espiritual. Ánimo. 

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Febrero 2024
Casto Acedo