martes, 21 de octubre de 2025

La esperanza cristiana

 

Un texto budista 

Me escandalizó en su momento un texto de un maestro budista, Lama Rinchen Gyhaltsen, que ningunea y niega la esperanza como virtud y que transcribo aquí:  
“No entres en el juego de la esperanza si no quieres que te persiga la sombra del miedo. Es tentador, es muy tentador tratar de buscar energíá con la esperanza. Cuando todo, de repente, parece tan gris queremos soñar que el futuro será mejor; y queremos pintar ese futuro, queremos cristalizarlo, queremos proyectarnos ahí,́ salir de este horrible y pésimo presente y transportarnos a ese futuro maravilloso. Es muy tentador ese juego de la esperanza, pero tiene un coste muy caro que es el miedo; lo acompaña de la mano el miedo. Con la energíá que apuestas en la esperanza, con esa energía estás comprando el miedo. Si compras un kilo de esperanza, viene un kilo de miedo; van a la par. Es decir, todo lo que esperamos que nos salve en el futuro, también tememos que no ocurra o que alguien lo logre antes”. 
Sigue el discurso invitando a vivir con un optimismo centrado en el presente; porque el futuro no existe, y por tanto la esperanza aleja de la realidad y no tiene mucho sentido, por eso apostilla: 
“No hay ninguna garantía en el mundo más segura que tu lealtad a ti mismo –eso es lo que quiere decir compromiso– . Y después, que venga lo que venga, que digan lo que digan; no hay nada que no puedas afrontar y superar”. (EMI 3, lección 7)
Ciertamente que el discurso tiene su lógica, esa lógica un tanto engañosa que engancha a quien anda en momentos bajos, a quien lleva tiempo esperando salir de una situación desesperada. Entones se agarra uno a lo primero que encuentra. 

Sin embargo, dejando a un lado su lógica teórica y de tinte new age, y desde la perspectiva cristiana vemos que el texto tiene dos errores importantes. El primero es que confunde la “esperanza” con las “expectativas”. Y un segundo error, el error pelagiano, que cree que el hombre puede salvarse o compleatrse, es decir, vivir en plenitud, contando sólo con sus propias fuerzas. "No hay ninguna garantía en el mundo más segura que tu lealtad a ti mismo". Sólo ante el peligro. 


¿Qué enseña la Tradición Cristiana sobre la esperanza?

Ante el pelagianismo budista. Igual que Pelagio, el budismo parte del principio de que la persona es libre para elegir el mal o el bien. Y le basta con seguir las enseñanzas del dharma -doctrina del Buda- bajo la guía de un maestro (en el caso del pelagianismo cristiano tendríamos la ley y el ejemplo de Cristo) para alcanzar la verdad de la iluminación (la salvación).

Sin embargo los cristianos creemos que nadie puede hacer el bien y realizarse sin la ayuda de Dios que con su gracia obra en el corazón y la voluntad para para poder vivir según el Espíritu del Evangelio. 

Y si alguien arguye que la intervención de la gracia de Dios quita la libertad a la persona, decirle que la gracia no destruye la libertad sino que libera para elegir el bien (cf Concilio de Cartago de 418,  y Éfeso de 431). La gracia no destruye la naturaleza original de las persona sino que la perfecciona devolviéndole las capacidades de libertad original antes de la caída. Esto el budismo no pude entenderlo, porque supondría tener fe en un Dios creador y salvador que no tiene.

Sobre la esperanza entendida como virtud reducida a expectativas acerca de un mundo futuro maravilloso e irreal, por la que el budismo invita a renunciar a toda esperanza futura en aras al presente, hay que matizar que en las Escrituras no se da una visión de la esperanza centrada en acontecimientos futuros sino en el acontecimiento-Cristo, en quien confluyen pasado, presente y futuro: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir” (Apc 1,8).

Para nosotros la esperanza no es una idea, ni una utopía inalcanzable, es Cristo, encarnado y que nos alcanza a nosotros.  Cuando las dificultades del mundo, o la inestabilidad interior, el desánimo o la desesperación nos asaltan,
“cobramos ánimos y fuerza refugiándonos en Él, aferrándonos a la esperanza que tenemos delante, la cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme”(Hb 6,17-18). 
La esperanza es como ancla en el presente (presencia; la tenemos delante) de “Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria” (Col 1,27); un ancla en nosotros, una presencia de Dios en nuestro espíritu en el que vivimos la seguridad de que nuestra apuesta no está en sueños, ilusiones o expectativas futuras. 

 Nuestra esperanza está aquí y ahora, con nosotros; venga lo que venga tenemos la seguridad-esperanza de que nuestra alma está anclada a buen puerto; vengan tormentas y vientos, permanecemos firmes en Cristo.
“Si Dios está con nosotros,-dice san Pablo- ... ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; .... Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá apararnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 31.35.37-38)
Si Cristo es nuestra eperanza, ¿a qué vamos a tener miedo? El precio de la eperanza no es el miedo, como afirma el Lama Rinchen, sino la valentía de afrontar la vida virtuosa sabiéndose acompañado por Cristo. Quien pone en Cristo su esperanza queda revestido de fortaleza para la brega de cada día; venga lo que venga.

Cristo es nuestra esperanza (Col 1,27). Y lo poseemos ya “como prenda”, por tanto es una esperanza ya cumplida pero paradójicamente aún no plenamente. Esto también hay que reseñarlo. San Juan de la Cruz, dice que el alma 
"cuanto más de esperanza tiene, tanto más tiene de unión con Dios; porque acerca de Dios, cuanto más espera el alma, tanto más alcanza”(S 3,7). 
Sin embargo también advierte de la necesidad de purificar  la memoria de falsas esperanzas que podríamos llamar pasiones; y, en esto san Juan es admirable cuando aconseja desapegarse incluso de la posesión del orgullo de ser amado de Dios (seguridad de la esperanza), 
“ya que cuando se hubiere desposeído perfectamente, perfectamente quedará con la posesión en unión divina” (Ibid). 
Un consejo este último que nos libera de creernos ya salvados del todo; lo cual no traería sino desesperanza, porque "una esperanza que se ve, no es esperanza" (Rm 8,24). Tener la perfecta seguridad no es posible en esta vida. 

De nuevo san Juan de la Cruz en nuestro socorro, en un poema donde menciona la esperanza como camino a la unión con Dios:

Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

1.
Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino 
que de vista me perdiese;
y, con todo, en este trance 
en el vuelo quedé falto; 
mas el amor fue tan alto, 
que le di a la caza alcance.

2. 
Cuanto más alto subía 
deslumbróseme la vista, 
y la más fuerte conquista 
en oscuro se hacía; 
mas, por ser de amor el lance 
di un ciego y oscuro salto, 
y fui tan alto, tan alto, 
que le di a la caza alcance.

3.
Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba;
dije: ¡No habrá quien alcance!
y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

4.
Por una extraña manera 
mil vuelos pasé de un vuelo, 
porque esperanza del cielo
 tanto alcanza cuanto espera;
 esperé solo este lance, 
y en esperar no fui falto, 
pues fui tan alto, tan alto, 
que le di a la caza alcance.

"Cuanto más alto llegaba, más bajo y rendido y abatido me hallaba,  dije: ¡no habrá quien alcance!, y abatime tanto, tanto, que fui tan alto tan alto, que le di a la caza alcance". Cuanto más cerca de Dios, más consciente de mi pequeñez y miseria. La esperanza verdadera, la que está en Cristo, crece cuando la pequeñez e impotencia tocan fondo y, humillada, el alma deja paso a Aquel que quiere alcanzar, lo cual le permite ser alcanzada por Él. Esa es nuestra esperanza,  esperanza de gracia y compasión de Dios, esperanza de los pobres.

No olvidemos que nuestra meta no es vivir eternamente en esperanza, sino la unión con Dios. Y, paradójicamente, al idolatrar o enorgullecermos egoístamente de poseerle en la plena esperanza en esta vida le perdemos. Si ya lo tenemos todo no hay nada que esperar, porque entonces está todo cumplido, y nmo hay nada más que hacer. Tener la esperanza no puede ser motivo para cruzarnos de brazos en la dulce complacencia del presente sino motivo (motor) para empujar hacia adelante la realidad de la Vida que hemos recibido. Viviendo el presente saboreamos los bienes esperados en el pasado y buscamos incansablemente los futuros. 
"Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús" (Flp 43,13-14).

* * *

Espero, con estas letras, no confundir más acerca de lo que es la esperanza. Queden como resumen:

*La esperanza cristiana no debe confundirse con las expectativas, iluisiones o sueños de futuro.

*La Esperanza es virtud el presente, pero un presente no pasivo y complaciente sino activo y operante.

*Y frente al pelagianismo budista reseñado al principio, decir que para Jesucristo “nada es utopía”, porque con Él ya ha llegado el futuro; quien vive el Amor de Dios en el presente está colaborando a hacer presente el futuro que es promesa de Dios.

Octubre 2025
Casto Acedo

lunes, 27 de enero de 2025

BATUECAS . Retiro Enero 2025.

RETIRO EN BATUECAS 

21,22 Y 23 de Febrero de 2024


Os transcribo aquí las mismas orientaciones que ya dímos para retiros anteriores. 

De principio recordar que el lugar al que vamos es un monasterio de vida contemplativa y silencio, y que como la mayoría de los asistentes ya tenéis experiencia de oración y de grupo no haremos un retiro al uso de “charla-oración-descanso, charla-oración-descanso....”, que agobia a los experimentados y cansa a los principiantes.

 Lo mejor que tiene el lugar es que permite que las personas se organicen su jornada como mejor les venga. Por tanto, no vayas esperando que te lo den todo hecho.

Vayamos por partes:

*Seremos, si Dios quiere, un grupo de 14 personas, el máximo de plazas que nos pueden ofrecer esos días.

*Hay que estar allí antes de las 18.30, ya que sino entorpecemos el horario de los monjes. La salida la hacemos juntos el viernes desde Abades Mérida a las 15 h. Iremos 4 o 5 coches. Ya concertaremos.

*Llegados al lugar distribuiremos las habitaciones, que son individuales, y estarán en dos edificios distintos, en lo que se llama La Casona y en la Hospedería. Cada habitación dispone de baño individual, sábanas y toallas. Los útiles de aseo, gel y jabón incluidos corren por cuenta de cada uno

*Las comidas la hacemos juntos y procuraremos hacerla en respetuoso silencio. Hay que recoger la comida en el edificio central y llevarla al comedor a su hora. Ya organizamos allí eso. En cada edificio hay frigorífico, lavavajillas, cafetera, tostador, café e infusiones y para desayunar o tomar algo a deshora cualquiera de los huéspedes. Evitemos, no obstante hacer corrillos para café

*Aconsejo ropa cómoda, calzado adecuado para andar por el monte (pueden servir unas deportivas; no vamos a escalar) y si vais a hacer las horas de silencio en común con los monjes alguna manta pequeña de viaje para cubriros la espalda por si refresca durante la quietud del silencio.

*El valle de las Batuecas no tiene cobertura de teléfono móvil. En el monasterio hay una zona wifi a la que podéis acercaros en cualquier momento y que está conectada por antena parabólica. Podéis comunicar por wahsap o cualquier otra app o medio informático. Lo digo para que comuniquéis a los familiares que no siempre estaréis en conexión. La wifi está cerca de la Iglesia donde se hace la oración en comunidad, así que siempre podéis consultar un poco antes o después de la oración si tenéis alguna emergencia en el teléfono. No obstante, se aconseja un uso del teléfono razonable y mínimo; una de las claves de estos días puede estar en el ayuno de pantalla.

*La aportación económica que sugieren los administradores es de 100 € por persona pensión completa los dos días. No obstante, quien no pueda que no tenga impedimento en ir; y quien pueda aportar algo más también puede hacerlo.

*Sobre las normas de la casa me piden desde allí que os enlace esta entrada de su web sobre la hospedería. Echadle un vistazo. También podéis visitar toda la web. https://monasteriodelasbatuecas.wordpress.com/la-hospederia

 
*Sugiero este horario para estos días, contando siempre con los actos propios de la comunidad, a la que podemos unirnos o no; cada cual decida.

Dia 13 viernes

    • 18,30. Hora límite de llegada y reparto de habitaciones.
    • 19,00 Rezo de Vísperas con la comunidad
    • 19,15 a 20,15 Oración-silencio con la comunidad
    • 20,30 Cena 
    • 21,30 Encuentro de todos en La Casona (Breve reflexión y diálogo)
    • 22,15 Descanso. SILENCIO MAYOR.

Día 14 Sábado

    •  07, 00. Laudes con la comunidad
    •  07,15 Oración-silencio con la comunidad
    •  08,15 Eucaristía con la comunidad
    •  09 Desayuno y arreglo de habitaciones
    •  10,00  Encuentro de todos.Tema de reflexión. 
    •  11,00 Salida al Parque. Quienes no conocen el entorno pueden subir a a la ermita san Antonio. Y si algunos tienen ánimo y fuerza, subir a la cruz un poco más arriba. Los demás aprovechad las dos horas para contemplar. 
    •  13,00. Comida,  descanso y tiempo para uso personal (paseo, oración, ...)
    •  16,00. Reflexión en grupo (casona) 
    •  19,00. Vísperas y oración-silencio con la comunidad
    •  20,15. Cena.
    •  21,00. Encuentro del grupo en La Casona (Posible visionado de una película o diálogo en clave meditativa)
    •  23,00. Descanso.SILENCIO MAYOR.

Día 4, Domingo

    • 07,00 Laudes con la comunidad
    • 07,15 – 08,15 Oración-silencio con la comunidad
    • 08,30 Desayuno
    • 09,30-10,30  Reunión del grupo en la Casona (Liturgia dominical)
    • 11, 00 - Eucaristía con la Comunidad y personas que acceden de fuera.
    • 12,00. Tiempo libre
    • 13,00 Comida
    • 14-15,30.Recogida y arreglo de habitaciones y demás instalaciones ( hay que dejar todo  tal como la encontramos para uso de quien la vaya a usar en el futuro)
    • 15, 30 Evaluación (en la casona).
    • 16,00 Regreso.   (Llegada a Mérida sobre las 19 h.)

***

Repito que los horarios son de libre cumplimiento. Excepto las comidas, que, por razones obvias de organización han de ser a sus horas.

Respecto a los temas que se darán para ayudar a la oración y contemplación serán temas que ya hemos tratado en el grupo en algún momento, pero conviene insistir en ellos. 

El objetivo no es escuchar unas charlas magistrales sino impregnárnos del espíritu de Batuecas, que  no es un lugar para recibir charlas piadosas sino sobre todo para “contemplar”, para desacelerarnos un poco y dejar que la naturaleza y la vida entre en nuestro corazón.

Enero 2025

Casto Acedo.

Amor bondadoso. Egocentrismo (Power)

 Aquí teneis el resumen del último tema que reflexionamos en el grupo. Podeis mirarlo directamente aquí o bajarlo. Clickar en foto o en el enlace de abajo. Abrir con la APP PowerPoint. 




https://drive.google.com/file/d/1g2mx0MKymUYqiy-khXh5vl8DkUhynDoZ/view?usp=sharing

C. Acedo



martes, 12 de noviembre de 2024

Radiografía del sufrimiento

Hablamos del sufrimiento como lo opuesto a la felicidad. Y si queremos trabajar en nosotros la compasión no podemos evadir una reflexión sobre el tema, ya que no es propio de un corazón compasivo desatender el sufrimiento. Así pues, detengámonos a reflexionar sobre el tema. Vayamos por partes, señalando primeramente  cuatro raíces del miedo y luego una conclusión breve sobre el amor compasivo que se concreta en "cargar con el sufrimiento" para liberar a quien lo padece.

1. El sufrimiento del  vacío existencial

Señalamos de principio que el sufrimiento tiene en su base el miedo al vacío existencial,  un miedo a perder los apoyos y a caer en el abismo. Esto da lugar al sufrimiento más sutil de todos, un sufrimiento que impregna todo el arco vital. 

Mientras no logremos conectar con nuestra “naturaleza original” en comunión y armonía siempre tendremos un fondo de inquietud, incomodidad y desajuste. La confusión o ignorancia de no saber quienes somos genera incertidumbre; y en nuestros tiempos posmodernos, donde hemos abandonado la idea del “ser” que espiritualmente lo engloba y determina todo (el Ser metafísico, o Dios en sentido religioso) estamos más expuestos que nunca al sufrimiento de no saber quienes somos. 

Cuando Nietzsce proclama "la muerte de Dios" (o la caida del Ser) en sus escritos, da ésta noticia no como una buena nueva liberadora sino como una tragedia. Intuye y profetiza la larga serie y sucesión de rupturas, destrucciones, decadencias y caídas que amenazan a un mundo sin Dios. Por eso el discurso de "el loco", que a pleno día enciende una lámpara y grita en la plaza: «Busco a Dios»,... «¿Dónde está Dios?» ... yo os lo voy a decir. Nosotros lo hemos matado ... vosotros y yo», tiene una segunda parte:

"Qué hemos hecho al liberar esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve? ¿Hacia dónde nos movemos, lejos de todos los soles? ¿No nos estamos cayendo? ¿No vamos dando tumbos hacia atrás, de lado, hacia adelante, hacia todos los lados? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No vagamos a través de una nada infinita? ¿No sentimos el espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No anochece cada vez más?" (1)

Esta es la realidad del último siglo: hemos quitado a Dios (el Ser que lo engloba todo) de nuestra vida y nos ha quedado el "vacío", la "nada". Lo profetizó F. Nietzsche y en gran medida se ha cumplido. Este filósofo  no es ingenuo y optimista al  respecto; por eso señala la larga serie y sucesión de rupturas, destrucciones, decadencias y caídas que amenazan a un mundo sin Dios. Ahora no nos queda nada (nihilismo), y desde la nada es difícil responder a las grandes preguntas (¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Qué puedo esperar en el futuro?) cuya respuesta estuvieron siempre colgadas en Dios.

La falta de identidad, la caída en el vacío, da lugar a un sufrimiento que no por indefinido deja de ser real. El primer paso para recuperar un suelo donde pisar con firmeza  pasa por el "conocimiento propio", por el socrático "¡conócete a ti mismo!". La ignorancia del propio ser es el origen de muchos males.

El desconcocimiento de nosotros mismos nos empuja a resolver la inquietud que genera la no-identidad creando un yo-falso (ego) que imaginamos como eterno, independiente, con existencia inherente. Es decir, respondemos al desajuste cristalizando el aspecto subjetivo de la vida, inventando un ego (personaje) al que le damos una existencia, que creemos eterna y no cambia con el tiempo, y con la cual nos idententificamos. 

El cuerpo envejece, sin embargo hay algo en nosotros que no cambia. Poseemos una naturaleza original e inmortal (Alma de Adán) llamada a vivir en comunión con Cristo (nuevo Adán) en la eternidad; el problema está en aprender a reconocer nuestro ser en el ser de Cristo.

Cuando vivimos ajenos a nuestra naturaleza crística (nuestro ser creado a imagen de Dios) tendemos a construirnos un “personaje” en quien ponemos todas nuestras perfecciones y aspiraciones, un falso-yo; eso es el ego que nos hace vivir siempre en la incertidumbre y el miedo a que tal invento o ficción sea eso, algo irreal.  El vacío existencial tiene su origen en la “sombra del ego”, en la sospecha de su no-existencia auténtica. Cuando se vislumbra la falsedad de su ser, cuando sospechamos que no somos el personaje ficticio que nos hemos inventado, cuando descubro que no soy quien creo que soy, cuando vivo situaciones que el ego no puede solucionar o me enfrento a preguntas que no puede responder, se apodera de mí el sufrimiento del vacío existencial.

Caigo en la aflicción, en un abismo tanto más profundo cuanto más alto haya subido con mi castillo de arena. Ni que decir tiene que ésta caída, lejos de ser algo definitivamente dramático y sin remedio, tiene su punto positivo, porque es el primer paso para la búsqueda de nuestra verdadera naturaleza. Son muchos los que testifican que la caída en el abismo fue para ellos es el primer escalón para salir a flote y madurar espiritualmente.

¿Cuáles son los síntomas del vacío existencial? *El aburrimiento, *la soledad que sucede cuando se sueltan los fantasmas a los que se estuvo asido, *el agobio de verse enredado en multitud de sentimientos y pensamientos contradictorios y que no dejan ver claro; *el sentimiento de futilidad, de ser insignificante e irrelevante, *la hiperactividad como intento de compensar con distracciones que alivien el malestar viral,  o *la sombra del ego percibida como vacío amenazante.

Es importante llevar a la meditación (o al análisis posterior al tiempo de silencio) la cuetión acerca de cuál es el proceso que me lleva a sentirme inquieto, incómodo o inseguro. ¿Qué  pensamientos o acciones absurdas e innecesarias descubro en mí como fachadas sin congtenido? ¿A qué drogas recurro para paliar el sufrimiento que me produce el vacío que se esconde tras la máscara de mi ego? ¿Drogas? ¿Consumo? ¿Ruidos? ¿Violencia? 

2. El sufrimiento del cambio

Hay un segundo modo de sufrimiento, el asociado al cambio. Es un hecho que todo a nuestro alrededor fluye, nada permanece, como dijo Heráclito. Nos cuesta aceptar esta realidad de no-permanencia, el hecho de que todo está en movimiento; y sufrimos por ello. ¿Por qué? Porque nos aferramos a una versión de las cosas, congelamos la realidad: nuestra edad, nuestras posesiones, nuestras relaciones, ... y así queremos huir del sufrimiento que anuncia el sunami del tiempo, la ola del cambio que desenmascara nuestras ficciones. 

Se dice que este es un sufrimiento particular de los seres pensantes. No es un sufrimiento que perciben la mayoría de los animales, porque no tienen una mente sofisticada capaz de crear una proyección mental que les lleve a la noción de lo que está pasando, de “quién soy yo” y “cuáles son mis pertenencias”. No tienen expectativas que necesariamente no van a coincidir con los acontecimientos. Y tener expectativas, si las hubiera de hecho, no es nnada negativo, lo malo es cuando nos aferramos a ellas, cuando exigimos cómo ha de ser el futuro. Una  expectativa rígida, tarde o temprano, no va a coincidir con la realidad.

Hay unos principios que deberíamos asumir para aliviar el sufrimiento del cambio: *todo lo que se acumula, ya sea agua, dinero, comida, recursos, etc., tiende finalmente a dispersarse; *todo lo que sube bajará, ya sea una montaña que acabará cediendo a la erosión o una persona cuyo alto estatus descenderá con el tiempo; quien se aferra al estatus sentirá la caída; *todo lo que se agrupa se tiene que separar; además, *las cosas y las personas que quieres tarde o temprano se van, y ¡qué mala suerte! las cosas y las personas que te disgustan se acercan. Somos animales sociales y es importante convivir con personas afines, pero si nos aferramos a esos grupos, a esas familias, clubs, iglesias o amistades, vamos a sufrir la separación. Seamos realistas, estamos de paso por este mundo.

Todo esto no es una invitación a la soledad egoísta, ni a la misantropía insensible y fría, sino un toque de atención acerca de que todo es transitorio en la vida, y, por tanto, apegarse a ello puede ser fuente de sufrimientos.

3. El sufrimiento físico

Es el aspecto más crudo, más simple y más directo, del sufrimiento. Tenemos y somos cuerpo, y nadie se priva de la experiencia del dolor físico en mayor o menor grado. Aunque el origen del sufrimiento físico sea fácilmente explicable (agresión, enfermedad, accidente, etc.), aquí nos adentramos en el tema del sufrimiento en toda su crudeza; podríamos hablar, incluso, del “misterio del mal”,

Si seguimos la secuencia de la parábola de El buen samaritano (Lc 10,30-37),  ante el mal y el sufrimiento que sufre el “hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó”, vemos tres personajes que actúan en ese hecho: Primero está aquel por el que ocurre el mal, ¿quién lo realiza?, ¿un pecador?, ¿lo irracional?, ¿un culpable?, ¿un demonio?... cualquiera de ellos según los casos. De hecho, la parábola deja a los autores en el anonimato. No obstante, hay que decir que señalar un culpable no está mal, siempre que la cuestión de la culpabilidad no ocupe todo el campo de acción y dudas que se abren ante el mal.

Un segundo actor es la víctima inocente de la desgracia, ¿víctima inocente?, ¿alguien que recibe un castigo justo? Tal vez la víctima fue a su vez verdugo sobre el que recae la venganza de  los que le apalean. Inocentye o culpable el sufriente,  se concentra en él la desgracia del mal y en él se libra el combate y se decide la resolución.

Finalmente hay un tercer actor en la parábola, ¿un espectador?, ¿un acusador?, ¿un abogado?,. ¿un salvador?, ¿un prójimo?. ¿un mediador?, ¿Dios? Puede ser cualquiera de ellos. Pero el evangelio deja ver que lo que se espera de ellos es que se conviertan en un adversario del mal, un salvador de la víctima, un “responsable” que asume su carga en la escena.

La pregunta sobre el sufrimiento físico y el mal no tiene en este evangelio una respuesta milagrosa. Lo único que se apunta es a la “responsabilidad” que hace del mal ajeno un mal y un sufrimiento propios y que se intenta erradicar. Ante el mal la respuesta es ser compasivos, sentir el dolor ajeno como propio y tratar de erradicarlo. Es la respuesta de Jesús Crucificado, que no explica el mal sino que actúa compadeciendo; algo que sólo entenderás más tarde (cf Jn 13,7).

Aquí habría de preguntarme hasta qué punto siento el dolor de las víctimas como propio, hasta qué punto, superando dualismos, puedo sentir que mi hermano soy yo; también es bueno analizar mi colaboración directa (acción) o indirecta (omisión) al dolor propio o ajeno; y sentirme “responsable” no sólo del hecho que produce el dolor sino también de la obligación de paliarlo o eliminarlo. La compasión debería ser para mí un modo de ver el mundo y de responder a sus males. 

4. El sufrimiento mental

Señalamos finalmente el sufrimiento fruto de los fantásticos constructos mentales más o menos conscientes. El ego se fabrica un mundo ideal que se ve contestado por la realidad y que acaba dañando su propio ser cuando se percata de su debilidad. Es fácil desde aquí caer en la tristeza y la depresión, estados de ánimo muy relacionados con el “vacío existencial”. La ansiedad y la angustia suelen ser sufrimientos generados por el bloqueo de una mente que se aferra a unos criterios muy solidificados y que no acepta que la realidad es cambiante. Sólo el núcleo del "espíritu" permanece; el cuerpo envejece, los pensamientos, los sentimientos y la voluntad (potencias del alma) evolucionan.

La persona del siglo XXI es muy propensa a idealismos y ensoñaciones, y desde ahí se hace esclavo de la imagen. Pero todo cambia, y aquello que hacemos hoy y es un éxito mañana es un fracaso. Nos pasamos la vida corriendo tras una quimera. Resultado: la permanente insatisfacción. El aumento de bufetes de psicología y de clínicas psiquiátricas nos permiten hacer un balance del sufrimiento mental que lleva sobre los hombros nuestra cultura. 

Sería bueno trabajar por una sana ecología mental que no puede eludir la pregunta acerca de qué palabras o imágenes alimentan nuestra mente. Hay mucha basura contaminante en los medios. Sumergirnos en ella sin criterio es condenarnos al sufrimiento mental. Deberíamos pensar seriamente qué le damos de comer a la mente. El noveno mandamiento del decálogo –“No consentirás pensamientos ni deseos impuros”- quiere ayudarnos a prevenir sufrimientos mentales que suelen acarrear daños psicológicos y físicos.

Importante convencerse de que "yo no soy mis pensamientos"; mi centro vital es de otro orden.

* * *

Amor compasivo

Apuntábamos al principio que el vacío existencial al que nos conduce el sufrimiento puede ser el primer paso para la búsqueda de la sabiduría y la felicidad.

Como cristianos creemos que el sufrimiento y la muerte entran en el mundo a causa del pecado (la invención del ego, el engaño de la mente, la confusión). También decimos creer que Cristo  cargó con nuestros pecados (sufrimientos) haciéndolos suyos, es decir, practicó la “compasión extrema”, el “exceso del amor”, respondiendo así al "exceso del mal". Vivió libre de ego, sustentado en su persona (Hijo de Dios) y huyendo del personaje, como cuando no se deja engañar por el ego (demonio) en el pasaje de las tentaciones del desierto (Mt 4,11) o cuando se aleja de la multitud porque querían hacerlo rey (cf  Jn 6,15).

“Despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos,  ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores;  nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron (Is 53,3-5). Estas palabras proféticas, aplicadas a Jesús, sólo pueden entenderse desde la existencia de un Ser que lo abarque todo y sea capaz de sanar las contradicciones que nos separan y generan sufrimiento en la humanidad. La fe y el acercamiento a Dios, el Ser de todo ser, que trabajamos en el silencio y la meditación, es el único capaz de llenar de luz nuestras vidas evitando el oscuro vacío nihilista.

Deberíamos trabajar nuestro espíritu buscando en él la verdadera naturaleza de nuestro ser personal, que tiene mucho de divino (participamos de la naturaleza divina de Cristo; Jesucristo se encarnó para hacernos "partícipes de su naturelza divina" (2 Pe 1,4).  ¿Quién soy? ¿Por qué vivo? ¿Para qué? El sufrimiento nos lleva a preguntarnos todo ésto. Nosotros,  hemos dicho, hallamos respuesta en Jesucristo, que  no explicó el sufrimiento, pero que asumió el propio y procuró paliar el ajeno. La compasión es la única respuesta que nos dejó para el problema: aproximárse al sufrimiento  y compadecer. "¡Vete y haz tú lo mismo! (cf Lc 10,37)

*

NOTA  (1):  NIEZSCHE, F. La Gaya ciencia, "El loco", 125.

Noviembre 2024

C.A.

domingo, 20 de octubre de 2024

Malas palabras no salgan de tu boca.

 


"Quien no falta en el hablar es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas.

Mirad, una chispa insignificante puede incendiar todo un bosque. También la lengua es fuego, un mundo de iniquidad; entre nuestros miembros, la lengua es la que contamina a la persona entera y va quemando el curso de la existencia, pero ella es quemada, a su vez, por la gehenna. Pues toda clase de fieras y pájaros, de reptiles y bestias marinas pueden ser domadas y de hecho lo han sido por el hombre. En cambio, la lengua nadie puede domarla, es un mal inalcanzable cargado de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor y Padre, con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios. De la misma boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser así, hermanos míos. ¿Acaso da una fuente agua dulce y amarga por el mismo caño? ¿Es que puede una higuera, hermanos míos, dar aceitunas o una parra higos? Pues tampoco un manantial salobre puede dar agua dulce". (Sant 3, 2-12).

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“Malas palabras no salgan de tu boca”

Nadie puede estar comprometido en la tarea de practicar el amor compasivo si su lengua gusta de herir a otros. En mayor o menor dosis todos estamos inclinados por nuestra condición pecadora  a ser crueles, a veces no nos atrevemos a serlo con los hechos, pero con las palabras nos es más fácil degradar y herir a otras personas, ya sea directamente o indirectamente comentando por detrás.

La falta en esto no sólo es cuestión de palabras. Más importante que las palabras es a veces el tono que empleamos en ellas, y aún más nuestros gestos corporales; especialmente los faciales, la cara y la mirada. Comunicamos con todo ello. Sabemos que a veces verbalmente se dicen cosas aparentemente inocentes, pero el tono irónico o de desprecio las cargan de crueldad.

Prestemos atención a todo esto, porque los demás suelen ser más inteligentes de lo que pensamos y no se fijan solo en lo que decimos sino que saben leer el tono, la mirada, el gesto, la circunstancia en que comunicamos algo.  Por muy diplomáticos que seamos las personas con quienes compartimos algo son capaces de percibir la intención de fondo con mayor o menor grado según su sensibilidad.

Por tanto, en este tema no pretendemos dar una lección acerca del uso de un vocabulario correcto, aunque es importante ya que las palabras tienen su peso propio, sino quer queremos educarnos espiritualmente de tal modo que no haya dentro de nosotros sensación alguna de querer rebajar a alguien, molestarle o presionarle con nuestras palabras. Tarea no fácil, tal como podemos deducir del texto de la carta de Santiago que introduce nuestro tema.

El apóstol en su carta da mucho que pensar. Sus afirmaciones son determinantes:  el bien hablar deja ver la perfección espiritual; domar la lengua es como controlar el timón de la barca de la vida; una mala palabra puede incendiarlo todo generando división y guerra; una lengua descarriada es un veneno mortal; del mismo modo que una fuente no puede dar agua dulce y amarga, una boca que maldice echando veneno en sus palabras no puede bendecir; “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45);  no se puede dar lo que no se tiene, como de “un manantial salobre no se espera agua dulce”; un corazón duro reparte palabras duras, por mucho que intente disimularlo terminará por sacar lo que tiene dentro; y si no hay bondad y compasión no las podrá dar.


Que tus palabras sean una caricia


También san Pablo aconseja el control de la lengua: “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 4,29). Procura, por tanto, no recriminar a nadie; que tus palabras sean una caricia. Para ello lo primero que has de hacer es suavizar tu interioridad. Y esta labor has de comenzarla cuidando de no recriminarte a ti mismo de forma devastadora.

A menudo somos duros con los demás porque somos duros con nosotros mismos. Nos exigimos una perfección inalcanzable y nos volvemos contra nosotros al no lograr nuestro objetivo. Al vernos frustrados nos volvemos contra los demás, como si fueran la causa de nuestra desdicha. ¡Olvídate de perfecciones! Mírate con humildad. Nadie es perfecto, sólo Dios lo es (cf Lc 18,19). “La lengua -dice la carta de Santiago- nadie puede domarla”, y no es una invitación a dejarla a su libre albedrío, sino una manera de poner ante ti la necesidad de trabajar el silencio necesario para que el Espíritu de Dios tome las riendas de tu boca.

Por tanto, no seas duro contigo mismo; pero sé transparente. Cuando tu conducta sea dañina reconoce que un mal espíritu te domina; pero no identifiques esa conducta con tu ser; no digas “mi conducta fue dañina, luego yo soy malo”. No te identifiques con el mal que practicas; si lo haces te quedas atrapado en la idea de que eres malo, que no puedes, que es imposible salir del pozo oscuro en que vives. Tú eres bueno, porque Dios te hizo a su imagen; tus obras no son tu ser; por tanto, puedes trabajar tu lengua a fin de que sea portadora de bendiciones para ti y para tu prójimo.

Hablar con suavidad y amor es posible si lo haces desde lo más profundo de tí, desde el lugar donde habita el Espíritu en tu espíritu. 



Cuidar el silencio (1)

“Quien mucho habla no escapa al pecado, y quien frena los labios es prudente” (Prov 10,19). ¡Qué difícil es en nuestra cultura del ruido resignarse a cerrar la boca. Cuando en una conversación animada sobreviene un espacio de silencio solemos romperlo diciendo: ha pasado un ángel. Es una expresión que quiere sacarnos de la situación de malestar que nos produce el agotamiento de las palabras. Da la sensación de que ese silencio que se produce entre las personas pudiera ser portador de un peligro. Sin embargo el peligro está más en la palabra cuando se desborda y se pervierte. ¿No es eso lo que denuncia la carta de Santiago?

No siempre son ángeles buenos los que circulan por nuestras palabras;  también se deslizan en  ellas  “demonios” como los de la ira, la soberbia, la envidia  y la maledicencia, la mentira, el halago o la cólera, el desprecio o la indiferencia.

Desconfiamos tanto del silencio que por eso nos las ingeniamos para llenarlo de todo tipo de ruidos, incluido el lenguaje de la mera palabrería. ¿Por qué?  Porque sentimos que el silencio alberga un poder singular, inquietante, el de desvelarnos a nosotros mismos y a los demás en nuestra fragilidad. Nos escondemos en fárragos de palabras, en discursos vacuos, en juicios verbales, críticas y difamaciones que la más de las veces no pretenden sino ocultar el miedo a entrar en lo más íntimo de uno mismo. Como el hombre y la mujer en el Edén se taparon con hojas de parra en cuanto tomaron conciencia de su desnudez: del corazón y del espíritu, así corremos nosotros a tapar con palabrería y ruidos la vergonzosa deficiencia de nuestra interioridad.

El silencio, efectivamente, nos despoja, nos “simplifica”, nos ilumina furtivamente desde el interior y nos reconduce a sentir únicamente a nuestro aliento, y el de los demás, el de nuestros interlocutores, a quienes la eclosión de un silencio imprevisto pone igualmente al desnudo.

El aliento es expresión pura de vida, signo a la vez delicado y perturbador de la presencia de un Ser vivo; la respiración, que se manifiesta en la linde de lo material y lo inmaterial, es el eco sutil del Aliento divino, que es su fuente. Así lo expresa un poeta muy conocido:

Respiración oh tú, invisible poema,

puro, incesante intercambio

de nuestro ser y los espacios. Contrapeso

en el que rítmicamente me cumplo.

(R. M. Rilke, Sonetos a Orfeo)

 

Dios es el aliento, la voz de silencio que se reveló a Elías en el monte Horeb. No estaba Dios en el viento impetuoso, ni en el terremoto; tampoco en el fuego devorador; Dios estaba en el susurro ligero (cf 1 Re 19, 11-13). Elías estaba estresado; abrumado por los tumultos de pensamientos y miedos debido a la persecución que sufría por parte de la  reina Jezabel; había mostrado un "celo ardiente” por su Señor matando a los profetas de Baal, protegidos por la reina, y concibe y venera a Dios como “Dios de los poderes”; y ahora no se le manifiesta en el poder sino en la delicadeza y suavidad de un susurro.

El susurro del viento desmonta la imagen de Dios terrible que Elías había tenido hasta entonces; el silencio y caricia de la brisa le abre a un conocimiento nuevo de Dios.



Jesús y el silencio

Jesús habló mucho. Sus palabras las recogen los evangelios. No son palabras superficiales sino profundas, palabras maduradas en la escucha y el silencio de las comunidades; maduradas en un silencio orante y que han de ser escuchadas en el mismo silencio en que fueron escritas.

Pero de Jesús más que lo que habló fué lo que calló; de principio vive treinta años en lo oculto, escuchando, contemplando. Y en el curso de su vida pública se retiraba a lugares apartados para orar al Padre, para hacer silencio y dar a a sus oyentes la oportunidad de que las palabras que había pronunciado fueran asimiladas, para dar tiempo a que los suyos pudieran entender los secretos del Reino de los cielos. Un pasaje en el que se muestra bien la pedagogía del silencio que usaba Jesús, lo tenemos en el episodio de la mujer adúltera (cf Jn 8,1.11).

Cargados con palabras de odio y de furia los maestros de la ley y los fariseos le traen a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Podemos imaginar el ruido, el barullo, los insultos y descalificaciones dirigidas hacia la adúltera; palabras que piden sangre, gritos que claman castigo y venganza. El ambiente no es precisamente de silencio, sino de  recriminación a la mujer y de reto a Jesús: “tú, que te crees justo y dices que cumples la ley, a quien tantos consideran misericordioso, ¿crees que hay que apedrear a esta mujer según está escrito en la ley de Moisés?”. 

Frente a los autoproclamados jueces que han ido a desafiarlo, Jesús  calla, se inclina, se “ausenta” frente a las miradas que esperan sólo una palabra o un gesto de desafío para estallar en violencia. Jesús, mediante una actitud de sosiego, de retirada, ofrece a cada uno la posibilidad de salirse al menos un instante del rebaño de “bienpensantes” dispuestos a matar con plena buena conciencia; y serenamente y con suavidad hace que cadea uno de los presentes se vuelvan a sí mismos y se trasnsformen en  individuos responsables de sus palabras y de sus actos. Se palpa el silencio que conduce a la introspección mientras “se puso a escribir en el suelo”. Y es el silencio provocado por su silencio el que prepara el terreno para la sentencia que pronuncia: “Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra”. “Después se inclinó de nuevo y siguió escribiendo”

Las palabras de Jesús vibran aquí “con” el silencio que las ha provocado, y “en” el silencio que se ha deslizado entre ellos, contra su voluntad. En cuanto a la mujer acusada y condenada de antemano y de pronto liberada, se mantiene al final del encuentro un ambiente de silencio y de paz. “Puedes irte; no vuelvas a pecar”.

“Ha pasado un ángel”, el ángel del silencio, un soplo del Espíritu que lo cambia todo. El silencio es el tiempo y el espacio que nos permite entrar dentro y serenar los ánimos, tiempo para permitir que sea la conciencia profunda de nuestro ser la que determine nuestras palabras. Conviene, pues, practicar el silencio meditativo, no tanto como una disciplina ascética cuanto como un modo de entrar en el misterio de lo que somos: paz, luz, amor, silencio.  Cuando abrazamos en el silencio el manantial secreto de nuestra alma, nuestras palabras y actos dejan la acritud de las aguas salobres y se transforman en caricias de agua dulce.

Abísmate en el silencio y no dejes que malas palabras salgan de tu boca. Ejercitarte en esto es ya una práctica compasiva. Aprenderas el arte de acariciar con tus palabras a quienes esgtán necesitados de amor.

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Nota (1). Lo referido aquí sobre el silencio está inspirado en GERMAIN, Sylvie, Cuatro actos de presencia.

Octubre 2024

Casto Acedo

martes, 8 de octubre de 2024

Compasión, adversidad y cruz (II)


Beneficios de a adversidad

Señalamos algunos beneficios que puede producir en nosotros la adversidad:

a) La cruz (adversidad) purifica

Primeramente purifica el orgullo. Quien vive en cruz o adversidad experimenta la propia debilidad, la impotencia que se siente al abordar dificultades que no se esperaban, con lo cual se aprende que lejos de controlar todo la persona está expuesta a imprevistos que no domina ni controla. Esto es una excelente oportunidad par una buena cura de humildad. Por  el hecho de encontrar problemas a solventar se aprende a no ir por la vida avasallando.

Y purifica también en sentido espiritual profundo. No somos seres independientes sino en relación. La cruz asumida es una forma de cargar con los sufrimientos del mundo del cual formamos parte. Dice san Pablo: “ Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24). La adversidad es “penitencial”, en el sentido de que es mortificación, porque da muerte a los apegos, purifica el corazón.

b) La cruz (adversidad) enseña.

La adversidad enseña despejando las claves de la vida. ¿Os imagináis un niño que no encuentre nunca dificultades? ¿Qué habría sido de nosotros si no nos hubieran entrenado para tener la resiliencia necesaria ante situaciones adversas? La cruz como adversidad es maestra de vida.

La adversidad educa y hace crecer en la paciencia y en la tolerancia; nos enseña que el mundo exterior y nuestro mismo interior está siempre en cambio, por la adversidad experimentamos y “sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo”. (Rom 8, 22-23).

Todo eso aprendemos, además de las enseñanzas particulares que podemos extraer de cada adversidad concreta, de cada pelea, de cada choque. Sufriendo se aprende, como Jesús, que “aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer” (Hb 8), aprendió a escuchar sin resistencias ególatras la voz del Padre en el Espíritu. La adversidad nos hace más fuertes y más sabios.


c) La cruz (adversidad) nos conecta

Cuando experimentamos el dolor y el sufrimiento éstos nos ayudan a conocer y traer a la memoria los sufrimientos que están viviendo muchas personas; sufren como nosotros, y en un grado mayor que el nuestro. El malestar propio, pues, nos conecta con la experiencia de tantos otros que también sufren. Contemplando su sufrimiento junto al nuestro nos identificamos con ellos y se despierta en nosotros la compasión.

Jesús crucificado, nos dice la Escritura, conecta con los sufrimientos de toda la humanidad, y con sus causas (el pecado), y esa conexión no es indiferente sino eficaz. Jesús, en su sufrimiento, oró por toda la humanidad “llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuimos curados” (1 Pe 2,24). Así pues, nuestra oración y nuestra mortificación en la adversidad nos conecta con los que sufren de un modo también eficaz; cuando yo cargo con el problema de mi hermano y lo descargo de algunos sufrimientos mi amor conecta con él; él puede decir que “mis heridas (sufrimientos, trabajos por él) le sanan”, y yo puedo decir que sus heridas también me sanan a mi, porque el amor que desarrollo atendiéndole es medicina para mi alma. En la adversidad, en la cruz, en el amor compasivo, conectamos con el prójimo y con Dios-crucificado.


d) La cruz (adversidad) nos inspira a hacer grandes cambios

Los grandes avances no se dan de modo lineal ascendente; son más bien el fruto de acciones que siguen el esquema de "acción-error-corrección", "intento-fracaso-corregir-vuelta a intentar". El fracaso, bien mirado, invita a hacer cambios; sobre todo cuando lo que hacemos está inspirado por el deseo de avanzar en la vida espiritual y, más en concreto, en la experiencia de la caridad o compasión sin límites.

Si la actitud frente a la adversidad es buena, si va acompañada de sabiduría, entonces el malestar y el sufrimiento pueden producir cambios importantes en quien la afronta con decisión. El sufrimiento propio pide cambios mentales, ya que la mayoría de ellos son el producto de una mente excesivamente centrada en los bienes materiales. La consideración social (buena reputación), el apego a los bienes materiales (ambición económica) y los pactos con el diablo (acedia, divisiones, tibieza espiritual) suelen ser la causa última de nuestros sufrimientos. Tomar conciencia de esos sufrimientos inútiles y gratuitos nos ayuda a hacer cambios en nuestra vida.


Conclusión

Tomar la cruz, o sea, vivir la compasión y trabajar por erradicar el sufrimiento, no deberíamos considerarlo como un sacrificio personal sino más bien como un medio hábil para crecer y madurar en el camino. No queremos ni buscamos sufrir para ganar algún tipo de mérito. El sufrimiento en sí mismo no es santo, no es sagrado, ni puro ni bueno. Sólo la sabiduría o inteligencia espiritual lo puede encarar y encauzarlo correctamente en beneficio propio y para bien del prójimo.

"El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me. siga", dice Jesús. (Mt 17,24). Es importante tener una percepción del sufrimiento como un reto espiritual insoslayable. Si es de difícil o imposible solución, si no podemos incidir sobre las causas del sufrimiento para erradicarlo, evitemos huir y escapar de la situación dándole la espalda. Abraza la cruz; Dios no te abandona en ella. Lo correcto es seguir trabajando esa dificultad, ese problema, esa adversidad, de manera que nos fortalezca a nosotros y, si podemos, a los demás. A la oscuridad de la noche siempre le sigue la aurora; sólo hay que poner esperanza.

Concluimos el tema con un aforismo un tanto equívoco: “Aunque las personas puedan tolerar solo un poco de felicidad, sí pueden soportar mucha adversidad”. Parece que lo correcto es al revés, lo más lógico es que las personas pueden aguantar un poquito de adversidad y toda la felicidad que se les eches. Sin embargo, en el contexto del tema que estamos trabajando es al revés. Si la frase la aplicamos al desarrollo espiritual podemos entender que un poquito de felicidad tiene mucha probabilidad de distraer a las personas de la práctica de la meditación; sin embargo, la adversidad tiene menos probabilidad de distraer, maravillar, encantar o extasiar la mente.

Las personas inmaduras, infantiles en su desarrollo personal, evitan a toda costa la dificultad. Les da miedo la cruz. Quienes maduran un poco no sólo la toleran sino que la aprovechan como combustible para crecer, aprender, transformar y madurar. Y quienes han logrado una madurez encomiable invitan a meterse y a afrontar las situaciones más adversas y difíciles.

Nuestro avance espiritual se ralentiza porque no reconocemos y rechazamos las oportunidades de dar un paso más adelante. Si queremos avanzar sin límites hemos de procurar salir del banquito, del cojín y de la salita de oración; ir más allá del paseo meditativo donde ves el sol radiante, el arco iris o una mariposa que te inspira ternura y cuidados. La práctica de la compasión va a exigir de ti que te entrenes en sobrellevar con paciencia cada momento y cada situación, especialmente cuando hay personas que te dan un codazo, te ponen la zancadilla o te pegan donde más te duele. En estos momentos adversos, devenidos cruz para el entender de los cristianos, es donde se debe practicar la paciencia, la tolerancia, la bondad, la compasión, el perdón y la misericordia.

Octubre 2024
Casto Acedo