martes, 12 de noviembre de 2024

3.6 Extrañar, síntoma de dependencia. Consejos prácticos (IV)

El tema que exponemos como “extrañar” es un poco conflictivo. ¿Porqué? Porque nos toca y nos desnuda a todos y si somos críticos nos hace ver una realidad muy íntima y normalizada que no es tan positiva como aparenta ser. Aceptar que “extrañar” a alguien puede tener mucho de anomalía espiritual no es fácil de entender. Y, por supuesto, el tema admite matizaciones importantes. No somos robots y tenemos sentimientos.

Extrañar

¿No es normal sentir celos de tu pareja cuando presta excesiva atención a otra persona y ves en peligro tu relación? ¿Acaso es inapropiado “echar de menos” a una persona querida que ha fallecido? La partida a tierras lejanas de un buen amigo o amiga, ¿no merece un "sentimiento de falta o extrañamiento”?

Extrañar nos parece algo aceptable. Hasta tal punto lo hemos normalizado que ha pasado a formar parte de nuestra cultura; es una enfermedad espiritual tan extendida que ni siquiera nos planteamos que pueda dañar o ser contagiosa. La aceptamos como parte de nuestro día a día, algo natural que asume todo el mundo, como los ácaros, esos bichitos prácticamente invisibles que están en la piel, en los colchones, en las sábanas, ... y no hay ninguna campaña en contra de ellos; es algo que está tan presente que forma parte de la normalidad. Pero si lo consideramos en profundidad no lo es; veamos por qué.

Lo primero que hay que decir es que extrañar es síntoma de dependencia, aunque si consultas a la comunidad científica que se ocupa de estos temas, los psicólogos, te van a decir que el extrañamiento es señal de que realmente hay afecto, que realmente existe un vínculo cercano con la persona que se extraña. 

Apoyado en ese afecto que profesas a tu amigo, a tu madre o a tu pareja, puede que tú exijas o ellos te exijan algo: “¡Demuéstrame que me quieres, dime cuanto me echas de menos cuando no estoy!”. En una relación así se dan dos factores que revelan que echar de menos a alguien puede no ser tan excelente como parece. Lo primero es que la afectividad focalizada en una persona  suele exigir a ésta que muestre una y otra vez “lo exclusivo que soy para ti”, o la domina dándole a entender “¡cuánto te hago falta!”. Medir el amor por lo exclusivo (amor excluyente) ya es algo contradictorio; medir el amor por “la falta que me haces” es patético.

Date cuenta de que en la medida en que extrañas a una persona, en esa misma medida dejas ver que estás aferrado a ella, y que por tanto tu amor no es tan puro como crees. Me refiero al hecho de “extrañar a personas a las que queremos”, si ampliamos el campo y hablamos de "cosas que tenemos" parece que cuesta menos entender esto del aferramiento.

En muchas ocasiones solemos tratar a las personas como cosas, y por eso las extrañamos, porque las consideramos como tales. ¿No tienen aquí su raíz los ataques de celos? ¿Se sufre por extrañar a la otra persona o se sufre por egoísmo posesivo, por deseo de posesión frustrado? ¿No dices que amas a la otra persona? Dale libertad para buscar la felicidad.

Está claro que extrañar a una persona es signo de que la relación con ella se asienta en una necesidad personal con toques egoísta. No es una relación cuya fuerza esté en atender al interés, las necesidades o la felicidad del otro o la otra, sino en la necesidad de ser atendido por ellos. Es el interés de mi ego el que da lugar a que cuando me falta esa persona, o cuando no me presta atención, o cuando no me mima, me sienta hueco, vacío, carente de algo. Y esto, aunque cueste aceptarlo, es una luz roja, una señal evidente de que no hay amor sino apego y dependencia. Lo que busco en la otra persona es una muleta, un bastón. Si cuando me falta ese bastón mis andares se resienten, si cojeo, camino más lento o me tambaleo, es que tengo una dependencia que sanar.

Las personas no deberían ser bastones o muletas para nadie. Es decir, no deberíamos sentir emocionalmente su ausencia como un daño o falta irreparable; esa partida debería ser más bien una oportunidad de crecimiento espiritual, de reafirmación en una fe que no se apoya en dependencias humanas de ningún tipo, en una esperanza que prescinde de soportes mundanos y en un amor universal que no excluye ni tiene preferencias por nadie.

Duro ¿verdad? La pregunta ahora es: ¿no es bueno sentir la pérdida de grandes líderes sociales o santos, como Madre Teresa de Calcuta, Oscar Romero, Pedro Casaldáliga, etc., que inspiran grandes valores; o maestros o maestras más o menos cercanos cuya santidad nos ha inspirado personalmente; o personas cercanas muy queridas que ya no están con nosotros? ¿Es malo extrañar su partida? Damos por supuesto que podemos admirar a esas personas siempre que tal admiración no nos debilite y consideremos su pérdida sencillamente como el no poder recurrir directamente a esas personas ricas en valores que hemos perdido o ha perdido la humanidad. Si su partida nos debilita o hunde en la tristeza es que hay aferramiento; falta una relación de pura inspiración. 

Recordad lo que decía Jesús a los suyos. "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré." (Jn 16,7). Les dice a los discípulos: yo me voy, pero vosotros vais a crecer, porque el Espíritu que habitará en vosotros y viviréis  no ya desde una influencia exterior sino desde vuestro centro.


* * *

 Dejar algo para tener todo

Debemos, por tanto, “soltar”, liberarnos del apego a cualquier cosa o persona que dificulte nuestro avance espiritual en libertad. Es lo que Jesús propone diciendo que “quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna” (Mc 10, 29-30).

La inclusión de “hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos” nos viene a decir que perdamos el miedo a desapegarnos de aquellos cuya falta nos llevaría a extrañarlos de manera enfermiza. Un desapego que no es falta de amor, sino más bien un acto de amor, porque es un reconocimiento de la libertad con que vivimos nuestras relaciones. El miedo a perder a alguien es fruto de una dependencia;  y a  menudo nos lleva a manipular al ser querido con chantajes emocionales u otros modos para evitar  que nos falten; o al revés, el otro o la otra pueden aprovechar nuestros temores para chantajearnos a nosotros. 

El citado texto de san Marcos además da a entender que romper los lazos afectivos de dependencia de cosas y personas nos hace pasar de uno a cien en libertad y abundancia espiritual, “recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más”; dejas de vivir encerrado en tu identificación con tu amigo o amiga, con tu familia, tu iglesia, tu club, etc., para vivir tu relación con el mundo con un espíritu abierto a todos los seres. Como vivió Jesús; en Él, dice la Sagrada Escritura, se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tito 2,11); en Cristo y por extensión en los que están con Él y son de Él no hay exclusividades. Maestro, sabemos que hablas y enseñas con rectitud y no tienes acepción de personas” (Lc 20,21; cf Rm 2,11). Este es el consejo del Apóstol Santiago: “Hermanos míos, no mezcléis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas” (Sant 2,1).

Ciertamente que en una cultura que se mueve en la exaltación de la afectividad personal esto de vivir con apertura universal en igualdad o equidad para todos no es muy comprendido. Especialmente por los que se ven más afectados cuando dejas de extrañarles y perciben en ello como una especie de rechazo o desprecio hacia ti. No extrañar crea problemas; se recibe “cien veces más, -es cierto, pero- ...con persecuciones”, es decir, con rechazos. 

Recordad lo que le pasó a Jesús cuando, dejando atrás a su familia, comenzó a tratar a todos por igual: “Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí”. (Mc 3,21). Liberarse de ataduras afectivas es algo muy mal visto en un mundo como el nuestro excesivamente centrado en la idolatría de los sentimientos como pieza clave de la felicidad. Pero hemos de aceptar que el Reino de Dios está por encima de particularidades.

Lo que hoy proponemos no es una “desafección de todo”, sino todo lo contrario, una apertura de los afectos del corazón a todos los seres. Es lo que la Iglesia valora cuando propone el seguimiento de Jesús en virginidad o en celibato. Consagrar la propia vida en celibato o virginidad por el Reino de los Cielos (cf Mt 19,12) supone por una parte una renuncia (dejar los afectos particulares), pero al mismo tiempo un enriquecimiento (entregar solemnemente el corazón a Dios, y desde Él a todos los seres).

Quien como cristiano hace voto de virginidad por el Reino de los cielos (Mc 12,30) lo que promete es amar a Dios por encima de todas las criaturas, -con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas (Mc 12,30)- para poder así amar a todos los seres con el corazón y la libertad de Dios, sin ligarse ni excluir a nadie, sin proceder con criterios electivos-selectivos,  sino, por el contrario, amando en particular a quien es menos amable o, de hecho, no es amado. Esto último es lo que solemos llamar “amor preferencial a los más pobres”, no porque sean pobre sino porque están más necesitados de amor.

Y conste que vivir en virginidad consagrada no es vivir en un estado de perfección espiritual superior a los que no hacen el voto. También el matrimonio o la simple vida célibe pueden vivirse en apertura de amor universal. Los monjes o monjas que se consagran a Dios con un voto específico no hacen su promesa para situarse un escalón superior al resto sino como un modo de evangelización, para ser signos escatológicos, es decir, de la perfección de los últimos tiempos (escatología). "Hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos" (Mt 19,12).

* * *

Estamos meditando y conociéndonos, mirando en nuestro interior para pulir el diamante que somos liberándonos de elementos que lo devalúan o empañan. En estos días procura medir tu progreso espiritual fijándote en qué extrañas, qué echas de menos, cuánto extrañas, a quién extrañas; y observa qué parte de ti se debilita cuando extrañas; date cuenta de cuánto tiempo y energías derrochas por tu apego a personas concretas. Lo negativo no es el amor que les tienes sino el apego, el amor posesivo que impide que tu corazón se abra a lo universal, al “amor de Dios”. ¿Entiendes ahora el mandamiento que dice: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”? Como dicen en Centroamérica: ¡primero Dios!; “busca sobre todo el reino de Dios y su justicia (el bien y bienestar de todos los seres); y todo lo demás se te dará por añadidura” (Mt 6,33). Si tienes a Dios ¿extrañarás algo?

Diciembre 2023

Casto Acedo

domingo, 20 de octubre de 2024

Malas palabras no salgan de tu boca.

 


"Quien no falta en el hablar es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas.

Mirad, una chispa insignificante puede incendiar todo un bosque. También la lengua es fuego, un mundo de iniquidad; entre nuestros miembros, la lengua es la que contamina a la persona entera y va quemando el curso de la existencia, pero ella es quemada, a su vez, por la gehenna. Pues toda clase de fieras y pájaros, de reptiles y bestias marinas pueden ser domadas y de hecho lo han sido por el hombre. En cambio, la lengua nadie puede domarla, es un mal inalcanzable cargado de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor y Padre, con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios. De la misma boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser así, hermanos míos. ¿Acaso da una fuente agua dulce y amarga por el mismo caño? ¿Es que puede una higuera, hermanos míos, dar aceitunas o una parra higos? Pues tampoco un manantial salobre puede dar agua dulce". (Sant 3, 2-12).

 *

 

“Malas palabras no salgan de tu boca”

Nadie puede estar comprometido en la tarea de practicar el amor compasivo si su lengua gusta de herir a otros. En mayor o menor dosis todos estamos inclinados por nuestra condición pecadora  a ser crueles, a veces no nos atrevemos a serlo con los hechos, pero con las palabras nos es más fácil degradar y herir a otras personas, ya sea directamente o indirectamente comentando por detrás.

La falta en esto no sólo es cuestión de palabras. Más importante que las palabras es a veces el tono que empleamos en ellas, y aún más nuestros gestos corporales; especialmente los faciales, la cara y la mirada. Comunicamos con todo ello. Sabemos que a veces verbalmente se dicen cosas aparentemente inocentes, pero el tono irónico o de desprecio las cargan de crueldad.

Prestemos atención a todo esto, porque los demás suelen ser más inteligentes de lo que pensamos y no se fijan solo en lo que decimos sino que saben leer el tono, la mirada, el gesto, la circunstancia en que comunicamos algo.  Por muy diplomáticos que seamos las personas con quienes compartimos algo son capaces de percibir la intención de fondo con mayor o menor grado según su sensibilidad.

Por tanto, en este tema no pretendemos dar una lección acerca del uso de un vocabulario correcto, aunque es importante ya que las palabras tienen su peso propio, sino quer queremos educarnos espiritualmente de tal modo que no haya dentro de nosotros sensación alguna de querer rebajar a alguien, molestarle o presionarle con nuestras palabras. Tarea no fácil, tal como podemos deducir del texto de la carta de Santiago que introduce nuestro tema.

El apóstol en su carta da mucho que pensar. Sus afirmaciones son determinantes:  el bien hablar deja ver la perfección espiritual; domar la lengua es como controlar el timón de la barca de la vida; una mala palabra puede incendiarlo todo generando división y guerra; una lengua descarriada es un veneno mortal; del mismo modo que una fuente no puede dar agua dulce y amarga, una boca que maldice echando veneno en sus palabras no puede bendecir; “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45);  no se puede dar lo que no se tiene, como de “un manantial salobre no se espera agua dulce”; un corazón duro reparte palabras duras, por mucho que intente disimularlo terminará por sacar lo que tiene dentro; y si no hay bondad y compasión no las podrá dar.


Que tus palabras sean una caricia


También san Pablo aconseja el control de la lengua: “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 4,29). Procura, por tanto, no recriminar a nadie; que tus palabras sean una caricia. Para ello lo primero que has de hacer es suavizar tu interioridad. Y esta labor has de comenzarla cuidando de no recriminarte a ti mismo de forma devastadora.

A menudo somos duros con los demás porque somos duros con nosotros mismos. Nos exigimos una perfección inalcanzable y nos volvemos contra nosotros al no lograr nuestro objetivo. Al vernos frustrados nos volvemos contra los demás, como si fueran la causa de nuestra desdicha. ¡Olvídate de perfecciones! Mírate con humildad. Nadie es perfecto, sólo Dios lo es (cf Lc 18,19). “La lengua -dice la carta de Santiago- nadie puede domarla”, y no es una invitación a dejarla a su libre albedrío, sino una manera de poner ante ti la necesidad de trabajar el silencio necesario para que el Espíritu de Dios tome las riendas de tu boca.

Por tanto, no seas duro contigo mismo; pero sé transparente. Cuando tu conducta sea dañina reconoce que un mal espíritu te domina; pero no identifiques esa conducta con tu ser; no digas “mi conducta fue dañina, luego yo soy malo”. No te identifiques con el mal que practicas; si lo haces te quedas atrapado en la idea de que eres malo, que no puedes, que es imposible salir del pozo oscuro en que vives. Tú eres bueno, porque Dios te hizo a su imagen; tus obras no son tu ser; por tanto, puedes trabajar tu lengua a fin de que sea portadora de bendiciones para ti y para tu prójimo.

Hablar con suavidad y amor es posible si lo haces desde lo más profundo de tí, desde el lugar donde habita el Espíritu en tu espíritu. 



Cuidar el silencio (1)

“Quien mucho habla no escapa al pecado, y quien frena los labios es prudente” (Prov 10,19). ¡Qué difícil es en nuestra cultura del ruido resignarse a cerrar la boca. Cuando en una conversación animada sobreviene un espacio de silencio solemos romperlo diciendo: ha pasado un ángel. Es una expresión que quiere sacarnos de la situación de malestar que nos produce el agotamiento de las palabras. Da la sensación de que ese silencio que se produce entre las personas pudiera ser portador de un peligro. Sin embargo el peligro está más en la palabra cuando se desborda y se pervierte. ¿No es eso lo que denuncia la carta de Santiago?

No siempre son ángeles buenos los que circulan por nuestras palabras;  también se deslizan en  ellas  “demonios” como los de la ira, la soberbia, la envidia  y la maledicencia, la mentira, el halago o la cólera, el desprecio o la indiferencia.

Desconfiamos tanto del silencio que por eso nos las ingeniamos para llenarlo de todo tipo de ruidos, incluido el lenguaje de la mera palabrería. ¿Por qué?  Porque sentimos que el silencio alberga un poder singular, inquietante, el de desvelarnos a nosotros mismos y a los demás en nuestra fragilidad. Nos escondemos en fárragos de palabras, en discursos vacuos, en juicios verbales, críticas y difamaciones que la más de las veces no pretenden sino ocultar el miedo a entrar en lo más íntimo de uno mismo. Como el hombre y la mujer en el Edén se taparon con hojas de parra en cuanto tomaron conciencia de su desnudez: del corazón y del espíritu, así corremos nosotros a tapar con palabrería y ruidos la vergonzosa deficiencia de nuestra interioridad.

El silencio, efectivamente, nos despoja, nos “simplifica”, nos ilumina furtivamente desde el interior y nos reconduce a sentir únicamente a nuestro aliento, y el de los demás, el de nuestros interlocutores, a quienes la eclosión de un silencio imprevisto pone igualmente al desnudo.

El aliento es expresión pura de vida, signo a la vez delicado y perturbador de la presencia de un Ser vivo; la respiración, que se manifiesta en la linde de lo material y lo inmaterial, es el eco sutil del Aliento divino, que es su fuente. Así lo expresa un poeta muy conocido:

Respiración oh tú, invisible poema,

puro, incesante intercambio

de nuestro ser y los espacios. Contrapeso

en el que rítmicamente me cumplo.

(R. M. Rilke, Sonetos a Orfeo)

 

Dios es el aliento, la voz de silencio que se reveló a Elías en el monte Horeb. No estaba Dios en el viento impetuoso, ni en el terremoto; tampoco en el fuego devorador; Dios estaba en el susurro ligero (cf 1 Re 19, 11-13). Elías estaba estresado; abrumado por los tumultos de pensamientos y miedos debido a la persecución que sufría por parte de la  reina Jezabel; había mostrado un "celo ardiente” por su Señor matando a los profetas de Baal, protegidos por la reina, y concibe y venera a Dios como “Dios de los poderes”; y ahora no se le manifiesta en el poder sino en la delicadeza y suavidad de un susurro.

El susurro del viento desmonta la imagen de Dios terrible que Elías había tenido hasta entonces; el silencio y caricia de la brisa le abre a un conocimiento nuevo de Dios.



Jesús y el silencio

Jesús habló mucho. Sus palabras las recogen los evangelios. No son palabras superficiales sino profundas, palabras maduradas en la escucha y el silencio de las comunidades; maduradas en un silencio orante y que han de ser escuchadas en el mismo silencio en que fueron escritas.

Pero de Jesús más que lo que habló fué lo que calló; de principio vive treinta años en lo oculto, escuchando, contemplando. Y en el curso de su vida pública se retiraba a lugares apartados para orar al Padre, para hacer silencio y dar a a sus oyentes la oportunidad de que las palabras que había pronunciado fueran asimiladas, para dar tiempo a que los suyos pudieran entender los secretos del Reino de los cielos. Un pasaje en el que se muestra bien la pedagogía del silencio que usaba Jesús, lo tenemos en el episodio de la mujer adúltera (cf Jn 8,1.11).

Cargados con palabras de odio y de furia los maestros de la ley y los fariseos le traen a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Podemos imaginar el ruido, el barullo, los insultos y descalificaciones dirigidas hacia la adúltera; palabras que piden sangre, gritos que claman castigo y venganza. El ambiente no es precisamente de silencio, sino de  recriminación a la mujer y de reto a Jesús: “tú, que te crees justo y dices que cumples la ley, a quien tantos consideran misericordioso, ¿crees que hay que apedrear a esta mujer según está escrito en la ley de Moisés?”. 

Frente a los autoproclamados jueces que han ido a desafiarlo, Jesús  calla, se inclina, se “ausenta” frente a las miradas que esperan sólo una palabra o un gesto de desafío para estallar en violencia. Jesús, mediante una actitud de sosiego, de retirada, ofrece a cada uno la posibilidad de salirse al menos un instante del rebaño de “bienpensantes” dispuestos a matar con plena buena conciencia; y serenamente y con suavidad hace que cadea uno de los presentes se vuelvan a sí mismos y se trasnsformen en  individuos responsables de sus palabras y de sus actos. Se palpa el silencio que conduce a la introspección mientras “se puso a escribir en el suelo”. Y es el silencio provocado por su silencio el que prepara el terreno para la sentencia que pronuncia: “Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra”. “Después se inclinó de nuevo y siguió escribiendo”

Las palabras de Jesús vibran aquí “con” el silencio que las ha provocado, y “en” el silencio que se ha deslizado entre ellos, contra su voluntad. En cuanto a la mujer acusada y condenada de antemano y de pronto liberada, se mantiene al final del encuentro un ambiente de silencio y de paz. “Puedes irte; no vuelvas a pecar”.

“Ha pasado un ángel”, el ángel del silencio, un soplo del Espíritu que lo cambia todo. El silencio es el tiempo y el espacio que nos permite entrar dentro y serenar los ánimos, tiempo para permitir que sea la conciencia profunda de nuestro ser la que determine nuestras palabras. Conviene, pues, practicar el silencio meditativo, no tanto como una disciplina ascética cuanto como un modo de entrar en el misterio de lo que somos: paz, luz, amor, silencio.  Cuando abrazamos en el silencio el manantial secreto de nuestra alma, nuestras palabras y actos dejan la acritud de las aguas salobres y se transforman en caricias de agua dulce.

Abísmate en el silencio y no dejes que malas palabras salgan de tu boca. Ejercitarte en esto es ya una práctica compasiva. Aprenderas el arte de acariciar con tus palabras a quienes esgtán necesitados de amor.

*

___________

Nota (1). Lo referido aquí sobre el silencio está inspirado en GERMAIN, Sylvie, Cuatro actos de presencia.

Octubre 2024

Casto Acedo

martes, 8 de octubre de 2024

Compasión, adversidad y cruz (II)


Beneficios de a adversidad

Señalamos algunos beneficios que puede producir en nosotros la adversidad:

a) La cruz (adversidad) purifica

Primeramente purifica el orgullo. Quien vive en cruz o adversidad experimenta la propia debilidad, la impotencia que se siente al abordar dificultades que no se esperaban, con lo cual se aprende que lejos de controlar todo la persona está expuesta a imprevistos que no domina ni controla. Esto es una excelente oportunidad par una buena cura de humildad. Por  el hecho de encontrar problemas a solventar se aprende a no ir por la vida avasallando.

Y purifica también en sentido espiritual profundo. No somos seres independientes sino en relación. La cruz asumida es una forma de cargar con los sufrimientos del mundo del cual formamos parte. Dice san Pablo: “ Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24). La adversidad es “penitencial”, en el sentido de que es mortificación, porque da muerte a los apegos, purifica el corazón.

b) La cruz (adversidad) enseña.

La adversidad enseña despejando las claves de la vida. ¿Os imagináis un niño que no encuentre nunca dificultades? ¿Qué habría sido de nosotros si no nos hubieran entrenado para tener la resiliencia necesaria ante situaciones adversas? La cruz como adversidad es maestra de vida.

La adversidad educa y hace crecer en la paciencia y en la tolerancia; nos enseña que el mundo exterior y nuestro mismo interior está siempre en cambio, por la adversidad experimentamos y “sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo”. (Rom 8, 22-23).

Todo eso aprendemos, además de las enseñanzas particulares que podemos extraer de cada adversidad concreta, de cada pelea, de cada choque. Sufriendo se aprende, como Jesús, que “aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer” (Hb 8), aprendió a escuchar sin resistencias ególatras la voz del Padre en el Espíritu. La adversidad nos hace más fuertes y más sabios.


c) La cruz (adversidad) nos conecta

Cuando experimentamos el dolor y el sufrimiento éstos nos ayudan a conocer y traer a la memoria los sufrimientos que están viviendo muchas personas; sufren como nosotros, y en un grado mayor que el nuestro. El malestar propio, pues, nos conecta con la experiencia de tantos otros que también sufren. Contemplando su sufrimiento junto al nuestro nos identificamos con ellos y se despierta en nosotros la compasión.

Jesús crucificado, nos dice la Escritura, conecta con los sufrimientos de toda la humanidad, y con sus causas (el pecado), y esa conexión no es indiferente sino eficaz. Jesús, en su sufrimiento, oró por toda la humanidad “llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuimos curados” (1 Pe 2,24). Así pues, nuestra oración y nuestra mortificación en la adversidad nos conecta con los que sufren de un modo también eficaz; cuando yo cargo con el problema de mi hermano y lo descargo de algunos sufrimientos mi amor conecta con él; él puede decir que “mis heridas (sufrimientos, trabajos por él) le sanan”, y yo puedo decir que sus heridas también me sanan a mi, porque el amor que desarrollo atendiéndole es medicina para mi alma. En la adversidad, en la cruz, en el amor compasivo, conectamos con el prójimo y con Dios-crucificado.


d) La cruz (adversidad) nos inspira a hacer grandes cambios

Los grandes avances no se dan de modo lineal ascendente; son más bien el fruto de acciones que siguen el esquema de "acción-error-corrección", "intento-fracaso-corregir-vuelta a intentar". El fracaso, bien mirado, invita a hacer cambios; sobre todo cuando lo que hacemos está inspirado por el deseo de avanzar en la vida espiritual y, más en concreto, en la experiencia de la caridad o compasión sin límites.

Si la actitud frente a la adversidad es buena, si va acompañada de sabiduría, entonces el malestar y el sufrimiento pueden producir cambios importantes en quien la afronta con decisión. El sufrimiento propio pide cambios mentales, ya que la mayoría de ellos son el producto de una mente excesivamente centrada en los bienes materiales. La consideración social (buena reputación), el apego a los bienes materiales (ambición económica) y los pactos con el diablo (acedia, divisiones, tibieza espiritual) suelen ser la causa última de nuestros sufrimientos. Tomar conciencia de esos sufrimientos inútiles y gratuitos nos ayuda a hacer cambios en nuestra vida.


Conclusión

Tomar la cruz, o sea, vivir la compasión y trabajar por erradicar el sufrimiento, no deberíamos considerarlo como un sacrificio personal sino más bien como un medio hábil para crecer y madurar en el camino. No queremos ni buscamos sufrir para ganar algún tipo de mérito. El sufrimiento en sí mismo no es santo, no es sagrado, ni puro ni bueno. Sólo la sabiduría o inteligencia espiritual lo puede encarar y encauzarlo correctamente en beneficio propio y para bien del prójimo.

"El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me. siga", dice Jesús. (Mt 17,24). Es importante tener una percepción del sufrimiento como un reto espiritual insoslayable. Si es de difícil o imposible solución, si no podemos incidir sobre las causas del sufrimiento para erradicarlo, evitemos huir y escapar de la situación dándole la espalda. Abraza la cruz; Dios no te abandona en ella. Lo correcto es seguir trabajando esa dificultad, ese problema, esa adversidad, de manera que nos fortalezca a nosotros y, si podemos, a los demás. A la oscuridad de la noche siempre le sigue la aurora; sólo hay que poner esperanza.

Concluimos el tema con un aforismo un tanto equívoco: “Aunque las personas puedan tolerar solo un poco de felicidad, sí pueden soportar mucha adversidad”. Parece que lo correcto es al revés, lo más lógico es que las personas pueden aguantar un poquito de adversidad y toda la felicidad que se les eches. Sin embargo, en el contexto del tema que estamos trabajando es al revés. Si la frase la aplicamos al desarrollo espiritual podemos entender que un poquito de felicidad tiene mucha probabilidad de distraer a las personas de la práctica de la meditación; sin embargo, la adversidad tiene menos probabilidad de distraer, maravillar, encantar o extasiar la mente.

Las personas inmaduras, infantiles en su desarrollo personal, evitan a toda costa la dificultad. Les da miedo la cruz. Quienes maduran un poco no sólo la toleran sino que la aprovechan como combustible para crecer, aprender, transformar y madurar. Y quienes han logrado una madurez encomiable invitan a meterse y a afrontar las situaciones más adversas y difíciles.

Nuestro avance espiritual se ralentiza porque no reconocemos y rechazamos las oportunidades de dar un paso más adelante. Si queremos avanzar sin límites hemos de procurar salir del banquito, del cojín y de la salita de oración; ir más allá del paseo meditativo donde ves el sol radiante, el arco iris o una mariposa que te inspira ternura y cuidados. La práctica de la compasión va a exigir de ti que te entrenes en sobrellevar con paciencia cada momento y cada situación, especialmente cuando hay personas que te dan un codazo, te ponen la zancadilla o te pegan donde más te duele. En estos momentos adversos, devenidos cruz para el entender de los cristianos, es donde se debe practicar la paciencia, la tolerancia, la bondad, la compasión, el perdón y la misericordia.

Octubre 2024
Casto Acedo

jueves, 19 de septiembre de 2024

Compasión, adversidad y cruz (I)

“El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24).
El caos y la adversidad

Solemos mirar el caos y la adversidad como una cuestión de mala suerte, algo que sobreviene a quien no tiene buena estrella. Pero se equivoca quien piensa así. La adversidad y el caos forman parte de la realidad de la vida, y como tal es algo esperable. El mundo es imperfecto e impredecible, y en cualquier momento surgen desordenes y contrariedades que nadie busca, pero que forman parte de la existencia. Siempre hay conflictos, siempre hay roces y enfrentamientos, siempre hay problemas.

Todos conocemos el tema de John Lennon “Imagine”, musicalmente excelente, pero con un mensaje equívoco, o incluso engañoso para muchos: 

Imagina que no existe el paraíso,
es fácil si lo intentas;
ningún infierno bajo nosotros, 
por encima de nosotros solo el cielo.

Imagina toda la gente
viviendo el hoy.
Imagina que no hay países.
No es difícil,
nada por que matar o morir

Y ninguna religión tampoco.
Imagina toda la gente
viviendo la vida en paz,

Puedes decir que soy un soñador,
pero no soy el único.
Espero que algún día te unas a nosotros
y el mundo será uno.

Imagina que no existen propiedades.
Me pregunto si puedes hacerlo.
No hay necesidad de codicia o hambre,
una hermandad de la humanidad

Imagina toda la gente
compartiendo todo el mundo.
Puedes decir que soy un soñador...

¿Quién no ha escuchado al guna vez la música de este tema o no ha soñado alguna vez con el mundo que describe? Pero ¿podría existir un mundo así? De hecho podemos decir que ha existido: un mundo sin paraíso ni infierno, sin religión y sin patrias, sin propiedad privada; el paraíso comunista. La misma promesa o similar se encuentra en el capitalismo o  liberalismo económico; dejamos correr el mercado y se acaban los problemas; la ley de la oferta y la demanda regulará las relaciones humanas y todos seremos felices. Pero la realidad es tozuda y se resiste a ser moldeada por los idealismos.


No imagines, contempla.

La letra de Imagine deja ver un anhelo justo, pero que por su falta de realismo puede conducir al sometimiento a una utopía alienante. 

En una situación o mundo adversos, ¿qué pensar? ¿qué camino seguir? Digamos de principio que no es conveniente huir de la realidad dolorosa imaginando un paraiso inexistente. Es mejor contemplar la realidad tal cual es, aceptarla y buscar el modo de actuar sobre ella. Dejar la imaginacióna un lado, que es un ejercicio del intelecto, y trabajar la propia vida en un ejercicio de la voluntad que se decide a amar de veras, con obras.

En la Sagrada Escritura (Ef 2,13-19) encontramos un canto sobre la paz y la unidad más sólido y realista que el que parece desprenderse del tema de John Lennon. Dice así:

Gracias a Cristo Jesús, 
los que un tiempo estabais lejos
estáis cerca por la sangre de Cristo.

Él es nuestra paz:
el que de los d
os pueblos ha hecho uno,
derribando en su cuerpo de carne
el muro que los separaba: la enemistad.

Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos,
para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo,
haciendo las paces.

Reconcilió con Dios a los dos,
uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz,
dando muerte, en él, a la hostilidad.

Vino a anunciar la paz:
paz a vosotros los de lejos,
paz también a los de cerca.

Así, unos y otros, podemos acercamos al Padre.
por medio de él en un mismo Espíritu.

También aquí se habla de un mundo en paz, donde todos viven en una misma casa. Pero no es un sueño sino una realidad hecha posible con la venida de Jesús de Nazaret. Por Él "estais cerca los que antes estábais lejos". No es un sueño intangible el que trae la paz sino la realidad palpable de la entrega generosa de Uno que ha amado hasta el extremo. “Hizo la paz derribando en su cuerpo el muro que separaba: la enemistad”,  eliminando a la enemistad, no al enemigo.

Al decir Jesús que quien quiera seguirle ha de tomar su cruz (Mt 16,24) no está refiriéndose a posibles dificultades concretas que se añaden a lu vida; la cruz hace referencia más bien a la vida misma como realidad sin sacrificios añadidos. Ser discípulo es abrazar la propia vida en lo que tiene de gloria, y también en lo que tiene de cruz. Y si Jesús, “cargando él mismo con la cruz” (Jn 19,17), aceptando y asumiendo lo que teiene de sufrimiento la realidad,  redime (salva, sana) al mundo, lo más natural es que sus discípulos aprendan a aceptar la realidad y a vivirla como camino de liberación.

No cabe duda de que la cruz es algo valioso. Pero no por su dolor, más bien por lo que en ella hay de amor. Cuando el catecismo define la cruz como “la señal del cristiano” no está proclamando que ser cristiano sea vivir bajo el peso del dolor y el sufrimiento. No. Está diciendo que el camino del evangelio no es un sueño idílico, una utopía irreal, sino un camino donde el amor de Dios se cruza con la maldad que genera el sufrimiento ya aprende a vivir sobre él y no sometida bajo él. 

En el misterio de la cruz se puede contemplar el amor compasivo de Dios y el odio destructivo de la humanidad. En la cruz, el mal provoca a Jesús infligiéndole un  sufrimiento extremo, incitándole con ello al odio a fin de inclinarle a renegar del Padre. El odio y el amor, la violencia ("crucifícalo!", Jn 19,6) y la compasión amorosa ("perdónalos" Lc 23,34) confluyen en la cruz. 

Las Sagradas Escrituras iluminan el drama de la cruz con el triunfo del bien: "no está aquí, (en el sepulcro), ha resucitado" (Mc 16,6), “la victoria es de nuestro Dios” (cf Ap 7,10). El mal no ha podido con el bien en el campo de batalla de la vida.

El mal que me sale al paso forma parte de la cruz que debo abrazar; y no por  masoquismo sino por amor;  en la cruz no amo el mal y el dolor sino la oportunidad de superarme en la práctica del amor compasivo; no abrazo la cruz como rendición sino como disponibilidad para la lucha. El sentido o finalidad de la vida consiste en trabajar-luchar con amor compasivo para liberarme del mal y liberar, como hizo Jesús, a todos “los oprimidos por el diablo” (Hch 10,38), príncipe del odio que divide. La liberación viene por la práctica del amor compasivo. Y entre aquellos a quienes hay que amar  no sólo están los que sufren la maldad de otros; también los que la provocan.

Si miras con ojos de fe a Jesús en la Cruz puedes observar cómo en ella confluye toda la vida y la misión de Jesús verás; verás que muere "por nosotros", expresión  que tiene un doble significado: 

a)  "por nosotros" en el sentido de que nuestro odio le llevó a la cruz. Muere porque (debido a que) nosotros le matamos; y 

a) "por nosotros", para nuestra salvación; para liberar a los que sufren las consecuencias del odio del mundo; y entre los liberados estan los mismos que le crucifican. 

La cruz muestra en el primer sentido la confluencia en ella del mal del mundo asumido por Jesús (“no se puede redimir lo que se asume”, dice san Ireneo), y en el segundo sentido (a favor nuestro) deja ver la presencia del sumo bien, que es Dios mismo, cuya compasión y misericordia infinitas transforman la realidad del mal y el sufrimiento en bondad y gloria. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, dirá san Pablo (Rm 5,20). Meditaremos más adelante sobre esto, porque aquí está la clave para entender el amor compasivo extremo: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (Mt 5,44).


¿Cómo entender y actuar ante la cruz?

¿Cómo afrontamos nosotros la cruz? Tras la breve introducción teológica, saquemos consecuencias para nuestro camino espiritual. 

La primera enseñanza que extraemos es que la adversidad de la cruz, que a los ojos de los paganos es una maldición divina o un producto del karma (?), para nosotros es una oportunidad de crecimiento y redención.

El mal es un misterio. Nunca podrás encontrar una explicación lógica acerca de él. Pero sí que puedes hallar en la contemplación de Jesús la respuesta que debes dar a la adversidad del mal cuando se presenta en ti mismo o en los otros. Toda su vida la pasó Jesús luchando contra el mal. Y lo hizo de un modo totalmente amoroso; su prioridad estuvo siempre en procurar el bienestar del prójimo olvidándose o pasando a segundo plano sus propios psufrimientos o necesidades. Podemos decir, pues que Jesús es “compasión de Dios encarnada”. “Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a se: justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21).

La adversidad o cruz es valiosa por lo que supone de oportunidad para el crecimiento espiritual. Como ya apuntamos, querámoslo o no siempre hay conflictos, roces, problemas. Siempre hay cruz. Cuando llegan los problemas, esas dificultades que tenemos que afrontar sí o sí, debemos valorarlos como algo valioso, debemos reconocer en ellos el valor que aportan a nuestro crecimiento espiritual, no necesariamente a nuestra comodidad sino a nuestro despertar a una vida de más hondura interior.

Cuando viene a ti la cruz deja a un lado la pregunta “¿por qué me está pasando esto, o a otros le está pasando esto?”; es esta una pregunta inútil porque, tal como hemos dicho, no tiene respuesta lógica. Aplica el modo que tuvo Jesús a la hora de afrontar el dolor y el sufrimiento humano. Jesús  no mira hacia atrás preguntando; ¿por qué ha surgido esto?, sino que se dice: ¿qué puedo hacer?. En lugar de huir de la realidad buscando explicaciones  lo primero que debemos hacer es actuar para erradicar  los problemas o las dificultades, porque si no lo hacemos de esa manera cada vez seremos más sensibles o más débiles, y nos pueden dañar o afectar con más facilidad. 

Es verdad que debemos buscar las causas del dolor y el  los sufrimiento, desenmascarar las estructuras que conducen a él; pero lo más urgente no es hacer proyectos y planes sino obrar directamente. A la madre Teresa de Calcuta le echaban en cara que recogía a pobres y moribundos pero no denunciaba las causas de la pobreza; ella respondió: "mientra ustedes discuten y buscan soluciones políticas y estructurales yo iré atendiendo a los que mueren hoy,  porque a estos no les va a alcanzar la ayuda de ustedes". Ciertamente. hay que eliminar la raíz del mal, prevernir el cáncer, pero mientras llega la medicina ¿qué hacemos con los enfermos? Amor compasivo en acto. Lo primero es lo primero; esto hay que hacer, pero sin olvidar aquello. Parangonando el refrány conánimo de nos dejarnos educir por cantos de sirena: obras son amores y no buenas "canciones". 

Septiembre 2024
Casto Acedo. 

lunes, 16 de septiembre de 2024

Sobre el desapego (repetición, cf Nov 2022)

 Os transcribo en una sola entrada los temas del desapego que vimos en su momento hace dos años, y que han sido motivo de reflexión del retiro de esta semana. Espero que os sirva de recordatorio y de invitaciópn a "soltar"

1

SENSACIONES, APEGOS Y MIEDOS (I)


Iniciamos la segunda etapa de nuestro estudio-meditación. Si la primera etapa la podríamos poner bajo el verbo "practicar", a esta la podríamos llamar etapa del "soltar". 


Y la  iniciamos considerando nuestro mundo interior como un  “espacio”. Y, según esta imagen espacial, tenemos la tarea de “abrir ese espacio” que es nuestra vida para crecer espiritualmente,  a fin de llegar a ser “lo que soy” (espacio de y para Dios) y vivir lo que estoy llamado a ser (unión). Tu camino apunta a una “invasión divina”,  tema  importante para ir abriendo una rendija de luz a fin de que la claridad de la sabiduría divina inunde tu espacio interior.


El primer obstáculo para facilitar esa invasión es constatar que estás demasiado lleno de cosas, ideas y personas que te impiden ver y conocer tu verdadera identidad, tu "ser original". Hay que eliminar, pues, todo lo que obstruye, molesta e impide el ser tú mism@. Es necesario iniciar un camino de desapego. No puedes llenarte de Dios si antes no te vacías de otras cosas, como lo da a entender SJC cuando dice que  “Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso” (2 S 21,2). Si Dios no cabe en tu vida es porque está llena de otras cosas; tu espacio no está siendo para Dios, y por ello tampoco para ti. Sólo Dios garantiza tu libertad. Más adelante profundizaremos en esto.


El camino espiritual se puede definir como un “camino de sabiduría”, que te acerca  progresivamente a la verdad que es Dios; es como un adentrarte en la estancia que tú mismo eres visitando tus moradas interiores hasta alcanzar la más interior  “adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma” (Teresa de Jesús, 1 M 1,3), o también lo puedes ver como un proceso de liberación de los deseos que ocupan el lugar del único deseo que merece la pena. “Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón” (SJC Dichos, 15).


Negar tus deseos es desapegarte de ellos. El  mal no está en las ideas, cosas, personas, sino en el deseo de ellas, en el protagonismo que le concedemos. El deseo de algo provoca en nosotros una “atadura”, un  “apego” o un “aferramiento”. Visto desde esta perspectiva, el camino espiritual se puede denominar como un proceso o “camino de desapego”, de “soltar”, de “vaciar”, que empieza con lo más obvio: vaciarte, soltar las dependencias químicas (drogas), la de objetos, las obsesiones con personas, … y luego un soltar más sutil, que son las ideas, donde incluimos nuestro dogma personal (nuestra verdad sobre la vida). Este último es el último gran reto; soltar “mi verdad”, esa verdad que he conceptualizado y que al atarla a mis conceptos se aleja de la auténtica verdad (esto lo veremos más adelante). Se trata en este camino de seguir el consejo de Antonio Machado. “¿Tú verdad? No. / La verdad; /  y ven  conmigo a buscarla. La tuya ¡guárdatela”.

 

Desapego no es que tú no debas tener nada, sino que nada debe poseerte a ti. Nada te debe atar, ninguna idea, objeto o persona se debe apoderar de ti. Te relacionas con todo, pero no debes ceder tu empoderamiento personal, tu dominio sobre tu vida a cualquiera o a cualquier cosa. Sólo en Dios descansará tu alma (cf Salmo 61,2).


San Juan de la cruz, al hablar del desapego (a los apegos los llama "apetitos") que te adentra en la noche, dice algo que te puede ser muy útil meditar y asimilar:  

“No tratamos aquí  del carecer de las cosas, porque eso no desnuda al alma si tiene apetito de ellas, sino de la desnudez del gusto y apetito de ellas, que es lo que deja al alma libre y vacía de ellas, aunque las tenga. Porque no ocupan al alma las cosas de este mundo ni la dañan, pues no entra en ellas, sino la voluntad y apetito de ellas que moran en ella” (SJC. 1 S 3,4)

Las adicciones o apegos ocupan el alma y son semillas de inquietud y sinsentido. Ante adicciones como la droga o al juego se necesita una terapia adecuada. También para adicciones más espirituales, para relaciones insanas con personas  o con realidades espirituales aparentemente inocuas, se necesita una terapia adecuada. 


Y aquí conviene advertir de algo importante. Cuando te adentras en la práctica de meditación el apego inicial puede ser la misma práctica. Nos apegamos a las enseñanzas, las reflexiones, la práctica del silencio meditativo, por ejemplo, y en vez de ser un puro proceso espiritual lo convertimos en una empresa mundana de presunción (comparación con otros meditadores, envidias, celos, soberbia, etc.) o en un escape para nuestros problemas (meditación interesada, egoísta). Estas cosas generan aflicciones que hunden más que sanan.  Meditar no tiene ningún fin concreto, conduce a “nada”, simplemente ejercita la “apertura a lo que suceda”, a lo que sea la verdad por venir. Buena aspiración ésta para el tiempo de Adviento. 


El estudio, la meditación y las prácticas ascéticas no son un fin en sí mismos, son sólo un “medio hábil”, un instrumento del que echamos manos  para crecer; y llegará el momento en que no nos sirva y recurriremos a otra técnica o a otra enseñanza superior. No debes estancarte en ningún método o enseñanza.

 

¿Cómo discernir lo que te ata? Para saberlo puedes hacer una reflexión detenida sobre este aforismo:  Las cosas se adueñan de ti cuando les das el poder de hacerte feliz. Esta frase es toda una pista para saber cuando estamos entablando una relación inadecuada con objetos, personas o aficiones. Si queremos ser felices, con una felicidad auténtica y duradera, es preciso no dejarse atrapar en relaciones o experiencias pasajeras que roban la auténtica felicidad. Dijo Jesús que “donde está tu tesoro está tu corazón (vida) (Mt 6,21); si tu tesoro está en cosa tan baja como la satisfacción inmediata de  tus apetitos, ¿no estarás perdiendo la vida? ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?  (Mt 16,26). Si nos convertimos en adictos a experiencias mundanas pasajeras (v.g. alcohol, sexo, gula, dineros, …)  dependeremos de las cosas que las producen y ahí podemos quedarnos estancados durante años, incluso décadas. Hay que vigilar y tener cuidado.


Pero también es importante, ahora que quieres iniciarte en un camino espiritual serio, que medites acerca de personas y prácticas sociales o religiosas en las que tienes  puesta tu felicidad: tu esposo o esposa, o tu amante, o tus hijos, o tu pertenencia una asociación benéfica, o tu práctica habitual de ritos religiosos. No se trata de demonizar a las personas o las prácticas en sí; se trata de sanar la relación enfermiza que puedes tener con ellas; si esta relación es de dependencia, es tóxica (¡ojo! es tóxica la relación no aquellas personas o cosas con las que te relacionas) hay que sanarla. Si te conviene alejarte de ellas y puedes hacerlo, deberías intentarlo hasta que se sane tu relación. Luego podrás volver a ella con un talante renovado.


Concluyendo


Repito: el primer paso de nuestro camino es liberarnos de toda relación tóxica, de lo que daña y enferma nuestra alma: objetos, sustancias, personas, actividades o conductas dañinas. También hay que procurar que las prácticas espirituales no sean una trampa, una jaula de oro, hermosa pero que te atrapa en vez de liberarte. ¡Cuidado con hacer de la meditación o de otras técnicas de desapego un apego más! Meditar, orar, no es ningún objetivo; sólo es un medio. Todo está en abrirse, soltar, vaciarse, para que la Vida (con mayúsculas) fluya. Cuando cumple su objetivo, “deja incluso que el remedio se vaya; si te aferras al remedio volverá la enfermedad"  (Atisha).

Es importante abrir la mente a los demás, a todas las criaturas de la creación, ser cada vez más inclusivos, vivir un amor cada vez más universal, dejando a un lado la obsesión por el propio bienestar. Hay que tratar a todos los seres por igual. Nosotros no somos especiales. Nuestra especialidad es ser iguales a los demás. Todos queremos ser respetados, tener relaciones santas y nobles; mis anhelos no son más valiosos e importantes que los de los demás. Yo no merezco más felicidad que los demás. Y este es uno de los desapegos más importantes que tenemos que soltar, el apego al propio yo, la obsesión por el propio bienestar que descarta a los demás.

Y lo último, lo más delicado que hemos de conseguir es liberarnos del apego a la verdad. Tememos tanto ser manipulados por creencias, por dogmas, porque alguien nos lave el cerebro, que no nos damos cuenta de que estamos atrapados en nuestro propio dogma (verdad) personal.  Tenemos una visión del mundo, de lo que somos, del propósito de la vida, y ahí estamos atascados, atrapados, encerrados. Las filosofías, también “nuestra filosofía de la vida”, no son la verdad.  El último desapego, el más delicado, es soltar la palabra (mi verdad escrita, mis conceptos, mis imágenes de la realidad, el dedo que señala la luna) para poder vivenciar la verdad (la luna misma, lo absoluto, Dios). Este es el último desapego.


****


2

SENSACINES, APEGOS Y MIEDOS (II)



Ego, sensaciones y miedo.

Es interesante discernir la relación de concatenación causal que se produce entre egocentrismo, emociones aflictivas y conflictos con los otros o con uno mismo. El conflicto no sale de la nada sino que tienen su origen en un proceso interior que lo activa y alimenta.

Eego es un invento, algo que elaboramos artificialmente, como un castillo de arena  construido en la orilla el mar; y requiere mantenimiento. Da la sensación de que ese castillo tan frágil es continuamente amenazado. No nos damos cuenta de esto porque es un proceso que va casi siempre por debajo de la consciencia (por el inconsciente)  y de manera muy sutil.

El egocentrismo es el nerviosismo del ego, la necesidad que tiene de confirmar una y otra vez su validez, su existencia y su valor. Ese nerviosismo –podemos llamarlo miedo- nos hace reactivos; es decir, que cuando experimentamos algo, cuando por ejemplo, el café toca con la lengua hay contacto entre el objeto y el sentido del gusto, y se producen entonces una de las tres sensaciones: agradable, desagradable o neutral. Cierras los ojos, tocas un tejido suave, y si la sensación es grata, agradable, el egocentrismo del ego va a querer que perdure más esa sensación, vas a querer prolongar esa sensación tan grata. Y al revés, si tocas un cactus automáticamente te retraes y generas cierta aversión a esa sensación. Sensación que confundes con el objeto, pero realmente la aversión no está en el objeto,  es la sensación la que produce el rechazo, la valoración que tu cuerpo hace del objeto.  

1. Cuando tomo dulces, chocolate, miel, o cuando vivo cualquier otro instante placentero, siento una sensación agradable que inmediatamente quiero retener. Y ahí se da la solidificación del apego. No me conformo con disfrutar el momento sino que además quiero extenderlo: “¡que nadie me quite este chocolate, esta miel!, ¡que nadie interrumpa el placer que ahora experimento!”. 

Ante lo que nos gusta solemos reaccionar de una forma muy exagerada, muy por encima de lo que realmente está en juego, porque tenemos ansias de poseer y miedo de perder esa sensación en la que hemos puesto la vida. El que reacciona así no es mi “yo”, el que reacciona es mi “ego”, que es muy vulnerable y desconfía de su existencia; el "ego" quiere vivir asociado a cosas agradables y distanciado de las desagradables; cuando ve amenazado este estatus caprichoso siente miedo y reacciona exageradamente (rechazo, violencia, desprecio, etc.) contra todo lo que pueda amenazar su existencia.

2. El miedo  motiva también la aversión o rechazo del ego a determinadas personas cosas o situaciones que teme le pueden acarrear  dolor o sufrimiento. Cuando pruebo un alimento nuevo me puede producir una sensación desagradable al paladar; y el miedo a que se vuelva a repetir crea en mí una reacción de rechazo visceral a ese sabor. Esta respuesta automática puede estar impidiendo que me eduque en el camino de una alimentación sana, donde aprenda a aceptar con sabiduría aquellos alimentos que, si bien no son especialmente sabrosos, son realmente beneficiosos para mi salud. 

La aversión o rechazo por miedo a cosas, personas o situaciones que nos parecen desagradables,  hace que perdamos la oportunidad de vivir abiertos a experiencias nuevas y valiosas que quedan más allá de nuestros gustos personales. La exclusión de algo o de alguien por la mala sensación que nos produce es siempre un mal camino, porque cierra las puertas al amor universal que reclama nuestra naturaleza. El camino del crecimiento pasa por abrazar con un discernimiento sabio (más allá de la simple sensación) las realidades que se nos presenta en el día a día, unas más agradables y otras menos; todas deben ser miradas como una oportunidad para crecer. ¿No es esto lo que nos quiere decir Jesús cuando invita a cada cual a "tomar su cruz" (cf Lc 15,27), o san Pablo cuando habla de "la sabiduría de la cruz" (cf 1 Cor 1,22-25)?

Vivir el presente supone estar abiertos a las sorpresas de la vida y llevarlas adelante aceptándolas con paz y serenidad; para ello, para no alterarse en exceso por las sensaciones agradables o desagradables, es desaconsejable fiarlo todo a ellas. Si pongo mi felicidad en la búsqueda de placenteras sensaciones exteriores, difícilmente erradicaré el miedo a que éstas decepcionen  mis expectativas Si me amedrento ante los retos que suponen las situaciones desagradables viviré paralizado por el miedo y desaprovecharé mi vida. La vida es movimiento, salida, entrega, aventura, valentía y riesgo; y el miedo ahoga esos valores. Si  acepto y miro las realidades, ya sea  placenteras (regalos de Dios que puedo disfrutar sin engancharme a ellos) o dolorosas (problemas, cruces, contrariedades), como oportunidades para crecer en sabiduría estaré en el camino correcto.

3. Ahora bien, lo reacción más común ante los estímulos exteriores suele ser la que menos notamos: la neutral. La reacción neutral es la indiferencia, la apatía, el "me da igual". Tal vez sea ésta la reacción más dañina, porque supone un aislamiento de nuestro ego en sólo nuestro interés o desinterés. La mayoría de los males del mundo no tienen su origen en el agrado o desagrado que me producen sino en la indiferencia. ¿Acaso no es esta la causa de que millones de personas vivan en el olvido más absoluto?

No nos damos cuenta, pero la mayor parte de nuestra vida está gobernada por sensaciones, juicios, criterios o discernimiento no adquiridos por sabiduría sino directamente a partir del juicio que nuestro ego emite sobre la base de las sensaciones. Comemos, bebemos, dormimos o trasnochamos en exceso porque nos apetece, porque necesitamos sensaciones que  satisfagan a nuestro ego. Somos así de simples. Como si negarnos el capricho de un buen plato, un placentero y prolongado retozón o una festiva y complaciente velada fuera una muerte, una desaparición.  Y todo desajuste personal parte de esa inquietud, del nerviosismo o incertidumbre del ego que genera reacciones ofensivas o posturas a la defensiva. De este modo el conflicto con uno mismo, con la naturaleza, con los demás y con Dios está servido. Es imposible que todo lo exterior a ti confluya para tu satisfacción interior; los ajustes para ser feliz no los tienes que hacer fuera, sino dentro. 


El miedo es fruto del apego

Reflexionemos un poco más detalladamente acerca del miedo que se genera a partir de nuestro egocentrismo. El miedo es el fruto del apego. No obstante hay que advertir que tener aprecio a determinados riesgos, con cierto miedo, no es nada dañino; es propio de personas adultas. Hay también un miedo bruto, evidente, que es terror, ataques de pánico, ansiedad y estrés, etc., miedos que detectamos porque los somatizamos; tampoco nos referimos a éstos. Nos referimos aquí a miedos que no detectamos y que están presentes de modo continuo en diversos momentos de nuestra vida; miedos que  nos hacen daño y que no solemos detectar fácilmente. Nos interesa profundizar en este segundo, viendo sus causas, sus efectos y el modo de afrontarlo.

Este miedo inconsciente tiene mucho que ver con el aferramiento o apego. Es proporcional al mismo. En la medida en que estés apegado tienes miedo.  Es algo muy simple: cuando te aferras a algo tienes miedo a perderlo. Nos aferramos ante las posibles pérdidas que  podrían generar sufrimiento. 


Tener una cosa como esencial para mi vida es un tipo de apego, también apegarse a una persona sin la cual nos parece imposible vivir, o bien a unas ideas, creencias, patrones de conducta o prácticas sin las cuales no parece tener sentido nuestra vida, etc. Todo esto lo provoca el miedo. Es muy importante comprender y conocer nuestros apegos, verbalizarlos, porque la comprensión nos lleva a ser cada vez más competentes en la gestión de la ansiedad, el estrés o la incertidumbre. Sólo con la comprensión intelectual ya avanzamos; pero luego hay que llevar a la práctica acciones de desapego.

 

Podemos considerar que hay cuatro niveles de apegos o aferramientos que están en la raíz de nuestros miedos, y que conviene erradicar si queremos avanzar en la vida espiritual. Para adquirir sabiduría espiritual es clave liberarse de estos cuatro apegos:

 

1. Primero, el apego a la existencia.  Aclarar que el apego a existir o a la existencia no significa que debamos minusvalorar  la "vida real"; ésta es un don de Dios y su valor sólo es superado por el amor. El mismo Señor enseña que "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). La vida aquí se considera importante, aunque su perfección está en vivirla en compasión y amor; sólo así conduce a una vida eterna. La vida, la creación, por tanto, es buena. 


La propia existencia se convierte en algo que produce apego y vértigo (miedo) cuando se la valora erróneamente, cuando se le otorgan cualidades que no tiene y esperanzas que no son reales, cuando se deifica. Al decir que hay "apego a la existencia" nos referimos a lo que podríamos llamar apego a “la vida soñada”, o a la vida tal como la vemos cada uno, o como la pretendemos vivir, o la concebimos. La existencia de cuyo aferramiento hay que liberarse es aquella en la que se da una cristalización del ego que la convierte en existencia inventada.  


La vida en sí es transitoria, somos peregrinos, no es nuestra realidad última. Es un error hacer de la vida “aquí abajo” (inmanente) la clave de todo, porque no nos va a poder liberar de muchos sufrimientos, como, por ejemplo, el que surge del miedo a la muerte.  Cuando hacemos de la vida temporal la clave de todo estamos viviendo en una falacia, alimentando un ego que nos engaña, una realidad falsa que requiere mucho mantenimiento, mucha dedicación, mucho sacrificio, y mucho miedo a no conseguir el imposible de una vida eterna que imaginas como temporal sin límites.  Si estás apegado a esta vida no eres muy espiritual, y no te será extraño el “vacío existencial”, porque pones todo en algo inexistente. En esta línea dice Jesús: “No tengáis miedo a quienes pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10,26), es decir, no pongáis el centro de vuestro existir en lo perecedero.

 

2. Un segundo apego es el apego al bienestar. De este apego nace el miedo a no experimentar paz, felicidad, plenitud; un miedo que lleva a la necesidad de alimentar el egoEste apego o idolatría del bienestar es la clave a la que recurre la sociedad de consumo para atrapar en sus redes. Comienza por hacer ver algo accidental como esencial para vivir, por ejemplo: un coche, una pareja, una gran mansión etc. ; luego fija en la mente la idea de que esas cosas dan la felicidad; y esto genera el miedo a ser nadie sin coche, casa o pareja;  o el miedo a perder todo eso si ya lo tengo. Lleva razón quien dice que lo más opuesto al amor es el miedo. Porque el miedo te mueve a aferrarte, a poseer todo, y con ese afán de poseer, de dominar, de controlar es imposible el amor, que es precisamente lo contrario: dar todo.

 

El miedo se manifiesta como inquietud o insatisfacción, aunque no detectamos el origen porque está oculto a la mirada de nuestra conciencia. Se manifiesta el miedo cuando estamos solos y hay sensación de agobio, aburrimiento, soledad, nerviosismo; entonces  salimos  inmediatamente a la búsqueda de un entretenimiento, de algo que nos saque de esa inquietud: navegar sin rumbo por internet, ver la televisión, consultar la aplicaciones del móvil, comer algo, etc.  Son métodos para compensar un miedo subyacente que no detectamos conscientemente.


* * *

 

La vida es gozo, paz, felicidad, …y llevamos dentro el anhelo de todo esto; son bienes que no nos vienen de fuera sino que están dentro, en nuestro interior, en Dios-dentro: “interior intimo meo”. Ser espiritual requiere desaferrarse de las satisfacciones exteriores. “Quien quiera salvar su vida (ego, exterioridad), la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará (yo, interioridad)  (Mt 16, 26).  Sin esa renuncia al bienestar exterior a toda costa es imposible llegar a la fuente de agua viva que está en lo interior, al  Cristo interior, imagen perfecta de uno mismo. Por eso Jesús dice: “El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: ´de sus entrañas manarán ríos de agua viva´" .(Jn 7,37-38). Hay una  sentencia de Jesús sobre la necedad del apego al bienestar y el consumo que es breve y concisa: “¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?  (Mt 16,25)


***


3

SENSACINES, APEGOS Y MIEDOS (III)


(continuación del tema anterior)


3. Apego a “mis” esperanzas. Una vez que tengo asegurado el bienestar viene el aferramiento al futuro; lo que podernos llamar “esperanza”; deseo que lo que tengo mejore y se prolongue en el tiempo, espero en que el futuro me va a hacer feliz, y espero que la felicidad me venga de fuera.

 

Un apego muy sutil, porque pasamos la vida mirando a un futuro que no acaba de llegar, de donde esperamos que algo pase: paz, gozo y una vida excitante. Pero Sólo el presente es real; ese futuro, esa vida que se espera, no existe, es un fraude. Sólo el presente es real. Y nace aquí el miedo a que no se cumpla mi esperanza, a que no salgan las cosas como yo espero. Cuando se pone el futuro en un milagro -y esperar que todo salga según mis deseos es un milagro- se vive en el miedo crónico a que éste no se produzca. Y el miedo conduce a la desesperación.


Hay que aclarar que lo que nos desespera no son las cosas (esperanzas) que deseamos sino el “aferramiento a falsas esperanzas”. Espero que todo suceda tal como yo quiero; y cuando  me aferro a un solo resultado -lo que yo quiero- tengo muchas posibilidades de sufrir un fracaso.


Estadísticamente pedimos  que ocurra una posibilidad entre millones. ¿Por qué va a ocurrir precisamente lo que deseamos? ¿Es lógico esperar que te toque la lotería con un índice de probabilidades de una contra cien mil? ¿Es bueno poner nuestra felicidad en nuestros caprichosos deseos? La experiencia nos dice que nuestros caprichos no siempre los conseguimos, no siempre llegan. Y al final nos vemos como niños que patalean; hacemos de nuestra vida un constante pataleo: “¡ay que ver lo mal que está el mundo!”. Como dice Robert Hugues, nos definimos como eternos insatisfechos instalados en la cultura de la queja. 


Hay que evitar la trampa de confundir la esperanza con el deseo, sobre todo con los deseos que nacen del ego; en este caso ponemos la esperanza en nuestros deseos egoístas y se genera una esperanza enfermiza.  Con razón dice san Basilio que “el deseo es la enfermedad de alma”, un virus que se cultiva en el laboratorio del “me apetece”.


No obstante, hay que considerar que no todos los deseos son iguales.  Luchan en el interior del hombre tendencias desiderativas opuestas:


1.- el deseo de Dios y de sus dones (virtudes), que es el deseo lógico (propio del logos, del  ser de la persona, un deseo racional) conforme a su naturaleza; y


2.- el deseo ilógico, contrario a la razón, deseo loco, contrario al logos, que es Cristo, y que lleva a obrar de manera irracional, insensata, loca; este deseo insensato hace vivir en un mundo al revés, donde los valores están trastocados, pierden su orden y su verdadera proporción. La locura lleva a absolutizar los deseos y placeres sensibles, como es natural en los  animales irracionales. Este deseo ilógico tiende a la cosificación del prójimo, a poner el placer como valor supremo. Aquí el  discernimiento espiritual se pervierte: es bueno lo que me apetece, es malo lo que me desagrada.


El deseo loco o ilógico va directo al fracaso, que es la enfermedad de quien pone las esperanzas en los deseos egoístas. Es absurdo poner expectativas de felicidad en “exterioridades futuribles". El fracaso se acentúa cuando no hacemos nada por conseguir lo esperado, simplemente nos sentamos a esperar. 


La esperanza genuina no se cimenta tanto en el futuro como en la apertura al presente. ”Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,3-5). 


En esta concatenación de causa efecto vemos que la esperanza no se sostiene cuando se focaliza en el futuro sino en el día a día de la práctica de las virtudes. No confundamos la virtud de la esperanza -que se vive en el presente- con el vicio del deseo de un futuro que espero pasivamente.


La esperanza genuina no hay que confundirla con los deseos, por muy buenos que estos sean. La esperanza es "ancla del alma, segura y firme" (Hbr 6,1). Los deseos ansían un futuro apetecible; la esperanza es el ancla del alma en un presente apacible, en puerto seguro que evita que la nave de la existencia se deje arrastrar por vientos caprichosos o zarandear y hundir por las tormentas. En esencia el alma cristiana no espera cosas futuras  que le vengan de fuera, simplemente pone su seguridad en Dios que está aquí y ahora, en el presente eterno. En tiempos de tormenta el ancla de la esperanza mantiene a flote la barca a la espera de tiempos favorables. "Espera en Dios que volverás a alabarle" (Sal 41,12b).

4. Apego o aferramiento a cosas o experiencias concretas que satisfagan mi ego: logros personales, económicos, sociales, deportivos, artísticos, etc. Los miedos debidos a estos aferramientos son muy tangibles, saltan a la vista. En estas experiencias mundanas de apego es donde podemos comprobar de modo más evidente nuestros miedos diarios.  Hay otros apegos más ocultos a la conciencia y que producen al ego miedos tales como el de perder el aprecio de los demás, no ser aceptados por parte de los otros, perder una vida placentera, etc. Un buen trabajo en este tema es preguntarte: ¿Cuáles son, en concreto, tus apegos y cuáles  sus miedos consecuentes? ¿Cómo prevenir esos miedos?


4.1  El apego a las posesiones materiales y el miedo a no poseerlas o verse separado de ellas.  Es el miedo a perder lo que tú "te imaginas" que tienes. Lo que tenemos no es nuestro, es mío de manera funcional pero no de manear existencial.  El deseo de poseer, de posesionarse de las cosas y las personas, crea conflictos muy graves, tanto a nivel personal como social. Muchos conflictos son evidentemente causados por el egoísmo posesivo de cada uno, son conflictos de intereses económicos particulares o nacionales.

 

*¿Cómo prevenir este miedo? La prevención está en la virtud de la generosidad. Ser generoso es una menara de superar el miedo a no poseer o a perder lo que se tiene. La generosidad actúa directamente aquí. Contra el egocentrismo,  generosidad, dar, compartir. Si puedo compartir algo debería disponerme a ser útil, servicial, compartiendo mi tiempo, mi experiencia, mi sabiduría. Siendo voluntario, entregando a otros todo lo que tengo. Sería bueno, cada día, hacer dos o tres pequeños gestos de amabilidad o generosidad hacia otros, y si ese otro es desconocido, mejor; y si el gesto es espontáneo más que preparado, tanto mejor.

 

4.2  El apego a los placeres de los cinco sentidos y el miedo a experiencias desagradables. Miedo a pasarlo mal, al aburrimiento, al trabajo-esfuerzo, a la enfermedad, etc. Nuestra cultura es muy hedonista, y teme mucho al dolor, es poco resistente al dolor.


*¿Cómo  prevenir? La mejor estrategia –que vale para superar todos los miedos- es la de cultivar el altruismo, desarrollar amor y compasión hacia otros y hacia todos los seres para salir así de nuestra burbuja; cuando salimos de nuestro encerramiento nos damos cuenta de que nuestros problemas no son tan importantes. Hay personas que lo pasan peor que yo, sin agua potable, sin familia, sin seguridad médica, etc. Si contextualizo ahí mis dolores parecerán ridículos. Cuando siento la amenaza, cuando surge el miedo a experiencias desagradables basta empatizar con quienes viven esas experiencias y decirme que esto que me está pasando, o que temo me pase, lo está pasando mucha gente, y peor; y del mismo modo que yo no quiero estar en esta situación deseo también que los demás se liberen de ella.

 

4.3  El apego al reconocimiento, la aprobación y la fama y el miedo a la censura o la desaprobación.  Miedo a ser despreciado. Temor a hacer el ridículo en público, que te critiquen, o el miedo a envejecer, a ser despedido de tu trabajo, etc.  Para compensar la falta de estima exigimos la confirmación de otros, lo cual genera relaciones de sumisión, despersonalización, hipocresía, favoritismos, etc. Busco como sea la aprobación de otros, y sin esa aprobación no me valoro, no sirvo, no puedo nada. La relación conmigo mism@ es conflictiva. Esto supone el gasto de mucha energía y genera muchos conflictos por mis reacciones ante la desaprobación de mi ego. 

 

*¿Cómo prevenir aquí? La respuesta aquí está en trabajar la autoestima. El autodesprecio crea muchos problemas y produce mucho desgaste; es agotador estar pendiente de la confirmación de otros para darle valor a lo que somos y hacemos.  Sentir el abrazo de Dios en la meditación resulta aquí una medicina más que eficaz. Si Dios está conmigo, ¿quién estará contra mi? (cf Rm 8,31).

 

4.4  El apego a una buena reputación y el miedo a tener a una mala imagen. Miedo a ser ignorado, a perder el estatus, la honra, la “negra honra” que dirá santa Teresa.

 

*¿Qué hacer para no caer en este miedo? En este, y vale también para los otros, lo mejor es darnos un baño de “realidad”. ¿En qué sentido? Aprender a mirar la realidad tal como es, no como nosotros la imaginamos o tematizamos. Y la realidad tiene dos connotaciones en las que no nos paramos en este tema: 1. la impermanencia: estamos de paso, nada es eterno, todo cambia,  y 2. la interdependencia: soy parte de un todo del que no me puedo separar; mi vida está  unida a la de todos los seres. Mi reputación e imagen no es sino la reputación e imagen de todos; y aquí, si quiero ser transparente –si quiero limpiar mi imagen, sacar mi auténtico ser- basta con que tome conciencia de mi necesidad de altruismo y compasión, no de que me miren y me compadezcan, sino de mirar yo por l@s otr@s y compadecer. Lavar la reputación del otro es lavar mi reputación; haciéndolo así, más que limpiar mi imagen me restablezco en lo que soy. Ser todo en Cristo.


* * *

 

A cada persona le afectan más unos miedos que otros de entre los que hemos expuesto. Hay quienes tienen más miedo a perder el estatus, otros su dinero,  otros tienen miedo a ser ignorados, otros son más sugestionables y temen a la enfermedad, etc. Cada cual debería mirar cuál es el miedo que más le afecta, y hacerse consciente de él, porque ese es el miedo  que está minando su vida.

 

Como tarea podrías pensar dónde crees que está tu  felicidad, donde pones tu esperanza (apegos), y desde ahí leer tus miedos. Y una vez conocidos trabajar más las causas del miedo que el miedo en sí, porque solo actuando sobre las causas podrás sanar la herida.  Trabajas así de modo preventivo (vigilante), poniendo el remedio antes de que sobrevenga el mal.

 

Pregúntate, pues: ¿De dónde espero que venga mi felicidad? Algunas veces te haces trampa, te autoengañas. Si quieres descubrir realmente cuál es el apego (sea persona, objeto o circunstancia) en el que pones tu felicidad, cuál apego genera en ti emociones aflictivas, pregúntate en qué gastas tu tiempo, tu energía y tu dinero.  Ahí ves lo que valoras realmente, y lo valoras porque crees que tiene algo que ofrecerte, algún tipo de felicidad. Y puede que esa felicidad sea solo una sombra, un señuelo que no hace mas que hundirte en una cada vez mayor frustración y sufrimiento. 

 Marzo 2022

Casto Acedo.